El amor en los tiempos del coronavirus

[Cuentos pandémicos basados en historias reales alrededor del mundo con pinceladas de ficción.
Proyecto literario en curso.]
El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín RivasNiña en sillón azul, de Mary Cassatt

Idiosincrasia

Ensimismada por la insistencia de su cilantro en amarillear, Angélica se imagina su propia muerte con una clarividencia abrumadora por enésima vez en la vida. Y eso que ahora no fuma. Antes, cuando se acomodaba durante horas en la barda de la Casa de Cortés, para ver a la gente de paseo y susurrarse efímeras ficciones ajenas mientras se vestía los interiores con humos, jamás le invadían pensamientos obituarios. 

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Acribia

Cada vez que ve su propia imagen, se le aparece Alfonsina Storni para susurrarle alguna perogrullada. «Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas», le canturrea, dejándole a Giselle con la duda si se referirá al maquillaje o a las ronchas.

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Onirismo

Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

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Caleidoscopio

Todo está en paréntesis. Y qué: volverá. No pensaba que fuera a vivir una revolución, a estar viva para ver las calles llenas del grito unánime, las pintadas, los cacerolazos desde los balcones, los zarpazos de justicia, la sed de lucha. El estallido social le ha regalado la carantoña de la justicia y el sentirse chilena por primera vez, pero no con un orgullo nacional hueco, sino con una fuerza intrínseca y voraz que la inunda ferozmente.

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Atmósfera

Jamás se había presenciado una tormenta de tal magnitud en el seco verano de Kilstonia. Qué raro que llueva con tanta furia en esta parte de Oregón: tan solo esta mañana, el cielo estaba tan despejado que Vera ha visto con claridad desde la ventana cómo un castor estaba en medio de la isla poniéndose morado a sauce. El sauce del Vera. La mujer ha saltado de la cama de un brinco, como si no tuviera ochenta y un años ni le acabaran de operar de un pie, ha agarrado su rifle calibre 22, ha abierto la cerradura del balcón, ha esperado unos instantes para no alborotar al bicho, ha empujado la puerta lentamente, ha colocado el arma sobre la barandilla para evitar cualquier temblor inesperado, ha guiñado un ojo, ha dicho entre dientes «ya te tengo, cabronzuelo» y lo ha hecho añicos, convirtiéndolo en otro de los testigos de su excelente puntería.

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Gastronomía

Todo se debe al fatídico festival de durian en la oficina y al consecuente atracón. Y lo peor es que la idea la ha tenido el propio Ong, animado por la llegada de junio y con ganas de complacer a sus compañeros, con paladares sumidos en la pesadumbre y anhelantes de los sabores arrebatados. 

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Peripecia

Vendrá primero la madrugadora de Manoli, la panadera, que es una balsa de aceite y a quien a veces hay que arrancarle las palabras de la garganta; luego le toca a Juan, ese que se compró una casita en la zona nueva, que parece un lorito de repetición y le pone a uno la cabeza como un bombo; más tarde tendrá a las dos hermanas, las señoras mayores que viven un poco más arriba de la calle, que son la alegría de la huerta y siempre lo piropean por tener cada ojo de un color; a las cuatro acudirá la dueña del bar de la plaza de la Iglesia, la Mari, que está muy sola y se desahoga en cada visita y suele soltar alguna de esas lagrimillas que dejan un nudo en la garganta, pero al final se acaba yendo con la autoestima por las nubes; después será el turno del chiquito este joven de las loterías, cómo se llama, ay, que no para quieto y pone los nervios a flor de piel y hay que cerrar los oídos y contar hasta cien para tranquilizarse; casi al final llegará Julito, el bedel del colegio, a quien le sientan genial los consejos y la maestría de Dioni y se va con el guapo subido; y ya a última hora tiene cita Antonio, el patatero, que trae tranquilidad y un soplo de aire fresco y le pone al tanto de todo entre broma y broma con la confianza de la amistad.

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Melomanía

Andréi sueña con que se le emborronen las manos de nuevo al tocar los preludios de Rachmaninov delante de un público expectante hasta levantar un viento que se lleve por los aires los calcetines del señor barrigón y bigotudo de la primera fila y acabar la actuación con el piano en llamas al no soportar sus cuerdas la vibración.

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Geografía

Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

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Mnemotecnia

Lo de llamar a la policía se le ocurrió a la hija. Ella tampoco es que quisiera que lo detuvieran para que pasara la noche en el calabozo —con un foco mayor de virus que de presos, seguro—, pero, en cierta manera, se lo había buscado él solito: conducir hasta Zhuanghe era del todo descabellado.

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Prolepsis

Cuando toma el aire en el balcón, Phil se sume en el baile sempiterno de las copas de los árboles que cubren con ahínco la realidad urbana de cemento y ladrillo. Sus cabellos anaranjados no salen de paseo más que para lo justo y necesario; no así su mente: aquel verdor lo hipnotiza un día más hasta que su imaginación se desboca y ve —siente— la tierra siempre húmeda de Londres en cada pisada, las cosquillas de la lavanda movida por el viento y la minúscula mano del pequeño Colin, que a su vez entrelaza los dedos de su otra mano con los de Adrien.

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Filosofía

La inmensidad se dibuja ante sus ojos: el infinito naranja se funde con el azul, que luego se torna rosa, morado, amarillo, hasta que empieza a abrirse hueco la oscuridad con olor a té, una oscuridad que se inunda de sopa y yogur y dátiles y dulces melosos y leche; y comen por primera vez en toda la jornada, con más templanza que voracidad, agradecidos por otro día de aprendizaje.

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Tricofagia

No hay nada como el contacto de los pelitos de gata en las papilas gustativas. Con Isis se complica bastante eso de arrancarle aquellos manjares capilares, pero Nut se deja hacer más perrerías y entonces Abril le quita los pelos de un tirón y los convierte en delicatessen y disfruta de la sensación y los escupe y los traga y se le quedan bailando y bailando por la boca.

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Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

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Autarquía

Beyoncé está atrapada en sus uñas de gel —no es Beyoncé Beyoncé, pero es que María no quiere que se sepa su nombre verdadero, porque es demasiado común y prefiere que no la reconozcan por la calle; así que mejor utilizar el de su ídolo como apodo (seguro que existen más fans de la diva que Marías hay por el mundo)—. Bueno, pues resulta que Beyoncé enfermó antes de que el virus saliera de China con el pasaporte en regla y estuvo nueve días con fiebre y mucho malestar, pero se recuperó, porque se cuidó y porque tuvo suerte y porque no es grupo de riesgo y porque desconoce si tenía coronavirus o solo gripe o vaya usté a saber qué.

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Catarsis

Qué bonito el mensaje de Rose. ¿No es encantadora Rose? Hace años que no hablaban y ahora, de repente, le manda estas bellas palabras. Siempre ha tenido un corazón enorme Rose, ¿verdad? El mensaje de su antigua amiga arropa a Cristina toda la mañana y le ilumina el confinamiento durante unos cuantos días. La buena de Rose, qué ramalazo le ha dado, qué atenta, mírala.

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Teofanía

La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

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~ Love in the Time of Coronavirus ~

 

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