Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

Suena en bucle Águas de março, como no podría ser de otra manera, e Hilda sonríe en naranja y violeta y canturrea é a vida, é o sol con una voz rosada. A Yazmín, la canción más bien se le atasca en la garganta y no puede desenfundar ni una notita —con lo musical que es ella—, porque la noite y la morte aún le laten en las sienes.

Los atardeceres limeños se dibujan más bellos que nunca. La gente lo achaca al parón de la vida frenética en esta ciudad tan gris y contaminada, pero eso no son más que habladurías: Yazmín sabe de sobra que es su madre al fim do caminho —porque la enterraron justo a las 11.11 de la mañana, con los portales para otra dimensión abiertos, y resplandece desde ahí— y que los atardeceres seguirán llevando su luz y su rostro hasta que la velen como se merece. Da igual lo que piense el resto: ella está convencida que Hilda Luz hace honor a su segundo nombre todos los días a eso de las seis.

Después del crepúsculo, Yazmín se seca las lágrimas y hace yoga y luego corre un ratito por la azotea, para abrir los chakras, estirar el cuerpo e intentar despegarse aquel mistério profundo, pero no consigue que deje de ser misterioso ni que abandone las profundidades.

Hilda siempre decía que el espíritu es eterno y el cuerpo solo una vestimenta y ahora sigue su creencia al pie de la letra y aparece en cada cena en las bocas de Yazmín, el papá, el hermano y Celestina —más que el ama de llaves, parte de la familia—, porque un sabor o un chirrido o una palabra o su tenedor favorito siempre la traen al recuerdo. Y del recuerdo pasa a los ojos melancólicos. Y de los ojos baja a la lengua. Y la lengua la convierte en la protagonista de cada cena. Y Hilda está ahí, ahí, a promessa de vida no teu coração, masticando, saboreando, siendo, siendo a su manera. 

Se empeña también en salir en cada película, en cada serie, en cada libro: los ojos de la aristogata Marie recuerdan a Hilda, la inteligencia de Eve Polastri la calzaba también Hilda —además del alto cargo—, la valentía de Jo es idéntica a la de Hilda. Todo. Absolutamente todo grita «Hilda, Hilda, Hilda».

Yazmín procura acostarse temprano, porque se levanta a las siete para trabajar y porque se cura con rutina. Su madre la acurruca con un ligero silbido primaveral y con o corpo na cama se va quedando dormida.

Sola en la clínica, por las restricciones, Hilda apagó su cuerpo cuando ella lo decidió: se marchó el mismo día del equinoccio y de San José (patrón de su paraíso: la provincia brasileña donde vive su mejor amiga). Al igual que fue ella misma, y no el cáncer, quien eligió el día de su partida, Yazmín teme que el espíritu de Hilda decida largarse cuando se acabe el confinamiento y tiene la pesadilla recurrente de que la velan como es debido y Hilda deja de ser Luz.

Pero al día siguiente se levanta y no cesa el estado de emergencia y teletrabaja y, a eso de las seis, su madre la baña de naranja y violeta por la ventana.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

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