Catarsis

Qué bonito el mensaje de Rose. ¿No es encantadora Rose? Hace años que no hablaban y ahora, de repente, le manda estas bellas palabras. Siempre ha tenido un corazón enorme Rose, ¿verdad? El mensaje de su antigua amiga arropa a Cris toda la mañana y le ilumina el confinamiento durante unos cuantos días. La buena de Rose, qué ramalazo le ha dado, qué atenta, mírala.

Menos de una semana después le llega un saludo de Linda, tan melifluo como el de su otra amiga: que si su mágica sonrisa, que si sus gráciles andares, que si su dulzura inigualable. Cris se siente bien, arropada por el cariño de la gente a la que quiere. Qué suerte tiene. Qué suerte.

El mensaje de Richard es el que despierta sus sospechas: «Siempre que vislumbre el cielo californiano, sentiré que me están mirando tus ojos azules, que son, han sido y serán los más bellos que existan.» ¿Y este hombre? ¿Cómo que ahora le da por la zalamería? Él siempre ha sido como un libro cerrado, como un ser inerte y sin sentimientos que existe pero que no es. Y ahora qué mosca le habrá picado. Bueno.

Bueno.

Bueno, lo que pasa es que Cris lleva años enferma y los mensajes se multiplican víricamente, se convierten en un goteo constante y diario. Lo que empezó como un rayo de luz se convierte en una tormenta: más que de cariño, cada mensaje está cargado de truenos fulminantes con previsiones obituarias.

¿Años enferma? Lustros, más bien: un tumor cerebral, lupus, linfoma, cáncer de estómago, EPOC y a saber qué más. Su cuerpo, paradigma y viva imagen del vademécum. Lo que pasa, pues, es que nadie cree que Cris vaya a sobrevivir a la pandemia y no le mandan mensajes de amor, sino de despedida, de muerte. 

Cris se enfurece: si alguien va a sobrevivir, esa es ella: la máxima superviviente. No por nada, simplemente se especializa en protegerse. Ella podría dar lecciones magistrales sobre pasar semanas sin poner un pie en la calle sin perder la cabeza, sobre evitar virus y bacterias, sobre sobrevivir.

Como vuelva a recibir un mensaje sobre su sonrisa, sus andares o su dulzura, va a vomitar. Quizás el coronavirus no pueda con ella, pero esta avalancha de mensajes contagiosos la tiene con un pie en la tumba. De verdad.

Se acumulan palabras y palabras y palabras, que se niega a leer, así que se le enquistan y le supuran y la envenenan. Para sobreviviente, Cris. Basta ya.

Pero, una mañana, ojeriza y vencida, abre el ordenador y lee la ristra de mensajes de muerte apilados. Así, todos juntitos, resplandecen. Cris brilla: quizás sí sean palabras de cariño. Eros/Thánatos/Eros: palabras de amor pero de muerte pero de amor.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

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