Prolepsis

[Ler a história em português]

Cuando toma el aire en el balcón, Phil se sume en el baile sempiterno de las copas de los árboles que cubren con ahínco la realidad urbana de cemento y ladrillo. Sus cabellos anaranjados no salen de paseo más que para lo justo y necesario; no así su mente: aquel verdor lo hipnotiza un día más hasta que su imaginación se desboca y ve —siente— la tierra siempre húmeda de Londres en cada pisada, las cosquillas de la lavanda movida por el viento y la minúscula mano del pequeño Colin, que a su vez entrelaza los dedos de su otra mano con los de Adrien.

De camino a la granja urbana, Colinho va trotando sin soltarse de sus padres y les cuenta cómo ha ido su primer día de guardería y pregunta incansablemente por qué, por qué, por qué. Phil lo entretiene enseñándole los números en portugués, Adrien le llena los oídos de cuentitos franceses y luego canturrean susurrantes Thinking Out Loud, porque siempre encuentran un hueco para entonar su canción. En la granja, Colinho se ríe a carcajadas y a veces le asusta algún gruñido y repasa los nombres de los animales en todos los idiomas de su universo. Cuando se le antoja un dulce, Phil no sabe si su hijo querría un muffin, un éclair o un brigadeiro, y la duda lo saca de cuajo de la ensoñación.

La interrupción no lo incomoda, sin embargo, porque la vuelta a la realidad se convierte en un deleitoso limbo donde el tiempo que habita en las copas de los árboles transcurre a cámara lenta. Le llama la atención cómo su subconsciente siempre elige los nombres más británicos que existen —hoy le ha salido un Colin, pero ayer se imaginó a una Prudence, el jueves a un Freddy y la otra tarde a una Daisy—; y le hace mucha gracia cómo enseguida los portugaliza, como si su lengua materna se impusiera casi indignada a los años y años de residencia en Inglaterra.

Vuelve del todo a la realidad con el sonido de un nuevo correo electrónico. Siempre que ve el nombre de la asistenta social en la pantalla de su móvil, le da un vuelco al corazón, cruza los dedos, llama a Adrien —¡mensaje de Ginnie!— y abre la misiva digital en su presencia. Suspiran: novedades sin novedades: otra entrevista conjunta más. 

Nunca saben muy bien qué les deparará la próxima cita con Ginnie. Adrien es algo parco en palabras, pero para el dicharachero de Phil siempre hay más y más y más de lo que hablar. En las entrevistas individuales se pasó más de dos horas contándole minuciosamente los pormenores de los amoríos de su tío favorito, las disputas que dibujan el lado más oscuro de la historia familiar y cómo desafió su abuela las rígidas normas sociales del Brasil de los 60 al criar a sus hijas. Las entrevistas juntos obligan a la pareja a mirarse más allá de las pupilas, confesar creencias que ni siquiera se habían planteado antes y tomar decisiones lejanas e intangibles férreamente. Y no solo se exploran el uno al otro: con cada reunión, Phil y Adrien sienten que ahondan un poquito más en las profundidades de sí mismos.

A pesar de sus temores iniciales, la pandemia les ha regalado ciertas facilidades en el proceso. Para la reuniones con la asistenta social antes del confinamiento, ambos estaban obligados a pedir el día libre en el trabajo, llegar con puntualidad britaniquísima, repeinarse, emperifollarse y esconder cualquier posible tic nervioso repentino. Pero ahora todo resulta mucho más sencillo, porque las citas por Skype se compaginan fácilmente con la jornada laboral, hay más permisividad con los cortes de pelo y reina una verdadera distensión al hablar desde la calidez del hogar.

En la última entrevista, Ginnie les avisó de que en la siguiente etapa tendrían que decidir la edad. En el caso de que quisieran un bebé, uno de ellos tendría que dejar de trabajar durante un año, pero en la empresa solo les concederían trece semanas pagadas, pero Londres es carísima y no tienen tantos ahorros, pero podrían si se cambiaran a un piso más barato, pero mudarse es un símbolo de inconsistencia y la agencia de adopción exige una estabilidad pétrea, pero igual con una ayuda del gobierno, pero todo esto solo se lo podría permitir el mismísimo Sir Elton Hercules John. 

En la próxima entrevista, tendrán que hablar de por qué quieren adoptar. Eso ha dicho Ginnie, además de la fecha y de la hora, que han confirmado ipso facto. Adrien refunfuña y entra a casa; Phil prefiere rezongar en el balcón y busca y rebusca un porqué no tan manido. 

Antes de abandonar la brisa del balcón, Phil echa una última mirada al exterior y siente una cierta fricción entre la abrumadora inactividad de aquellas calles (en las que no parece pasar nada) y la exaltación por el inminente cambio que llegará dentro de ¿semanas, meses, un año? Al contrario que ahí fuera, sus vidas se inundan de celeridad y emoción.

Hoy le toca cocinar a Adrien y, como sabe que Phil tiende a la melancolía y extraña las noches en Camden, ha preparado un fish and chips de bacalao, como el de Poppies, acompañado de una pinta de cerveza y de las mejores canciones de su bar favorito, The Hawley Arms, temporalmente cerrado, pero hoy abierto en un hogar cualquiera de Londres. Para evitar hablar de las preguntas de Ginnie y de los miedos, las expectativas y los desafíos de la paternidad, se ponen al día sobre su jornada de teletrabajo: Adrien ha estado elaborando un anuncio de humus para Luxemburgo y Phil ha recopilado dibujos de los niños de sus amigos para que aparezcan en el canal de televisión. Como su vida social se viste únicamente de la del otro, la conversación elegida para tan especial velada se extingue pronto y no pueden evitar que el futuro vuelva a sus bocas y acaban hablando de cuando vayan los tres a Mantes-la-Jolie a visitar a los padres de Adrien, de lo buen ejemplo que será la cariñosísima ahijada de Phil, Lily, de cuando visiten Petrópolis para hacer la presentación oficial del nuevo miembro de la familia, de los bailes que se pegarán en el salón al ritmo de las Spice Girls.

Todas las noches —incluso las noches de Camden—, la pareja ve una serie, y hoy están de suerte: hay un nuevo capítulo de una de sus favoritas. Pero a los seis minutos y dieciséis segundos, Adrien ya está durmiendo a pierna suelta, como de costumbre, así que Phil se resigna a dejar Killing Eve para mañana, porque conoce los límites fijados por el código moral de su sacra unión y sabe que no ha ver ni una escena más él solo. 

De naturaleza más nocturna, a Phil aún le queda un buen rato para que le invada el cansancio. Como a Adrien Friends no le hace tilín, se clava dos capítulos, conteniendo la risa con todos los chistes, aunque se los sepa de memoria. Entre broma y broma, mira de reojillo a su marido, quien, cuando duerme, desborda ternura y parece quinientos años más joven. Poco a poco, se va ovillando a su lado y Adrien le cede su cuerpo para acurrucarse, como imantado por la somnolienta inercia de su idilio. En ese momento y como cada noche, Phil se va adormilando con la absoluta certeza de que sus cuerpos encajan a la perfección y recuerda a Colinho y a Prudencenha y a Freddinho y a Daisynha y sus párpados se rinden ante la añoranza del futuro.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

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