Enigma

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Kawa maúlla mantras desde fuera de la puerta mosquitera y Akiko entrelaza los miaus que le regala el presente, kan-ze-on, na-mu-butsu, y entona los cánticos que lleva repitiendo cada mañana antes del amanecer durante más de treinta años, yo-butsu-u-in, yo-butsu-u-en, con una concentración arraigada en la práctica, bup-po-so-en, jo-raku-ga-jo, una estricta disciplina, cho-nen-kan-ze-on, bon-nen-kan-ze-on, y una energía más propia de una chavala que de una septuagenaria, nen-nen-ju-shin-ki, nen-nen-fu-ri-shin.

El amanecer hawaiano revela poco a poco el exuberante verdor y los grillos y las ranas que llevan toda la noche de cháchara dan paso a los pájaros, que no descansarán la garganta hasta que no caiga el sol. Akiko adora ese silencio lleno de melodías que compone su hogar y lo saborea durante unos instantes antes de comenzar la jornada.

Lleva un par de días con una preocupación recurrente que se le aparece incluso durante la meditación —una es humana, qué le vamos a hacer—: ha de resolver el conflicto del shi-shi antes de que se derrumbe la casa más grande de toda la hacienda, ese lugar donde antaño convivían nueve o diez trabajadores de las plantaciones de azúcar de Hakalau y que seguro que tenían menos roces que estos cuatro patanes de vida y llanto fáciles.

Akiko acepta el enredo con la paciencia aprendida de la filosofía budista y, sobre todo, con la experiencia de alguien que lleva tres décadas gestionando su negocio y recibiendo a blanquitos quejumbrosos en su propiedad. Empezó allá por los albores de los noventa, con un conocido que le pidió alojamiento a cambio de un puñado de dólares y Akiko durmió en el suelo y le ofreció su propio futón y un delicioso desayuno y con el dinero compró otro futón y luego una cama y otra y después apañó la casa de los trabajadores del azúcar y más adelante construyó las cabañas en el jardín trasero y acabó por dedicarse a arreglar todo el pueblo. Ese pequeño imperio en medio de la selva del que está orgullosa ahora lo pone en entredicho un tipo que lleva meses alargando la estancia en la casa porque «no es seguro buscar piso con la que está cayendo» y que se niega a proyectar los orines en el ángulo correcto o, al menos, a limpiar el shi-shi que invade el suelo sin decoro. Encima, la novia de aquel mequetrefe se ha tragado sus falacias. Ayer, la pareja le entregó una lista con las horribles fechorías de sus compañeras de casa pormenorizadas: “21/12/2020, 8:37 – Cuchillo con restos de mermelada de frambuesa en el fregadero, sin lavar”; “21/12/2020, 14:46 – Tres migas de pan anómalas, probablemente integrales, en el ala sureste de la encimera, consecuente hilera de hormigas nueva”; Akiko pasa las páginas impacientemente, “26/12/2020, 15:04 – Rollo de papel casi terminado, con 1,5 cuadrados restantes, y sin el próximo listo sobre la tapa del váter, según las pesquisas”; etcétera, etcétera, etceterísima. Akiko susurró una de sus coletillas («Intrigante…»), pero no se lió a mirar con detalle aquellas páginas y páginas de tinta emborronada, claro, porque una tiene poco tiempo y mucho nervio y porque, a decir verdad, la caligrafía del meón deja mucho que desear y no merece ni medio minuto. Si llega a verle la letruja antes de alquilarles la habitación, bien sabe Buda que ella no estaría aquí y ahora pasando por este embrollo. 

Esa lista ha sido lo que faltaba para terminar un año lleno de dificultades; y todo porque las chicas le dejaron una nota al tipo pidiéndole que no meara fuera del váter y el cuarentón se indignó hasta límites insospechados, alegando que su mamá le enseñó en su momento a hacer sus cosas correctamente. Al crecer con su madre y cuatro hermanas, ¿acaso no crees que sabe todo lo que hay que saber sobre menesteres urinarios en un baño compartido? Por qué va a ser él quien apunta fuera, sostiene la novia, como ignorando que el resto de la casa alivia las vejigas en posición sentada. El grandullón incluso llamó a su mamá para informarle sobre la opresión a la que su niño se estaba viendo sometido, y ella simplemente estalló en una carcajada, lo cual prueba irrefutablemente que hay imperfecciones en el diseño del inodoro. Y puesto que no hay pruebas fehacientes de que esos orines provengan de él, se niega a limpiar el suelo, con lo mal que tiene la espalda, y huele todo a meado y las chicas, de apenas veinte años, se ven obligadas a someterse a los mandatos fálicos y fregotear a cada rato las baldosas húmedas y pestilentes.

Qué manera de acabar este inolvidablemente extraño 2020 en que Akiko ha sufrido ya bastantes cambios, con lo que a ella le gusta la rigidez de la rutina: primero tuvo que dejar de acoger a huéspedes durante unos meses —como si se pudiera permitir afrontar tanto gasto ella sola—; luego empezó a recibir gente como a escondidas, forzando cuarentenas e invitando a cada persona recién llegada a evitar obligatoriamente el camino que da a la carretera y usar un atajillo con una inestable escalera oxidada para moverse de un lado a otro de la inmensa hacienda, para no levantar las sospechas de los vecinos, que andan con la mosca detrás de la oreja y el ceño permanentemente fruncido. Después de tan solo tres décadas aquí, para algunos ella aún levanta sospechas y no es más que una extraña de Oahu que solo trae a más forasteros con excéntricas costumbres.

Todo este panorama la abrumó hasta tal punto durante las primeras semanas, que había días en que desoía la alarma a las 4:44 de cada mañana para levantarse y meditar, y su compañero fijo de la práctica ancestral tenía que despertarla retorciéndole con ternura el dedo gordo de un pie. Gracias a él, la mujer pudo mantener el ritmo tambaleado por la pandemia.

Pero hay algo que le duele más que nada: tener que renunciar al festival de mochis que lleva celebrando en su casa más de veinte años, que atrae a más de seiscientas personas en cada ocasión, tanto de esta isla como del resto del archipiélago y que aparece en toda buena guía de viajes que se precie. Cómo le gustaría machacar el arroz con su familia espiritual para elaborar el dulce desde las cinco de la mañana, preparar adornos florales, charlar con las pitonisas y las vendedoras de frutipán y poke que nunca fallan, escuchar a los más ancianos narrar historias sobre la plantación, agarrar el micrófono para hacer reír a su ávido público con cualquier chorrada que se le pase por la mente, en su salsa, en su día, en su hacienda, menearse al ritmo de los tambores japoneses y recaudar dinero para la preservación de los cementerios, la escuela, el pueblo, su legado. Extraoficialmente, Akiko es la alcaldesa de Wailea. No, no: la reina de Wailea.

Extraña el maravilloso festival de mochis, pero acepta el cambio estoicamente y no se aferra más de lo necesario a la melancolía, sino que se centra en el osoji, la tradición japonesa de limpiar a fondo durante los últimos días de diciembre para recibir cada año nuevo con la pulcritud emocional que se merece. Empezará por el jardín. Ya se ha cambiado el kimono de la meditación por su atuendo de diario —ropa ancha y ajada, pañoleta a la cabeza con una flor amarilla enganchada, la larga melena recogida en un moño y un sombrero de paja encima—; y coge la motosierra firmemente para despedazar la palmera que anoche derribó el viento y que ahora obstruye uno de los caminos de tierra. Akiko sabe que en realidad mide uno noventa y pesa ochenta y cinco kilos de puro músculo y se sorprende cada vez que el espejo se inventa la imagen de un alfeñique de metro y medio. 

La reina de Wailea lleva veintisiete años sin pisar una consulta médica —lo cual achaca a su dieta vegetariana y las sesiones de acupuntura y los masajes mensuales— y saca fuerzas no solo para ocuparse de su casa, sino que, lideresa innata, organiza encuentros para limpiar anualmente el templo del pueblo e ir cada mes a sacar hierbajos de dos metros y restaurar los cementerios budistas que se esconden en cada rincón de la isla. Agradece especialmente el último encuentro del año, que coincide con la tradición del osoji, y que, al ser al aire libre, sí ha podido mantener a pesar del coronavirus. 

Rodeada de los gallos y gallinas que han salido a pasear bajo la sombra de las palmeras, Akiko transporta el tronco despedazado en la carretilla, se dice que le pedirá al fontanero que venga esta misma tarde y deja de pensar en ese zoquete que ya debería ser mayorcito como para haber aprendido a hacer shi-shi como Buda manda.

Sus huéspedes favoritos son, desde luego, las mujeres de mediana edad divorciadas, como las dos que se alojan actualmente en la parte de la propiedad donde vive Akiko. Las mujeres que salen victoriosas de un matrimonio atroz se llenan de una fuerza desmesurada y se saben sacar las castañas por sí mismas, sin lloriquear a cada rato porque la puerta de la habitación no cierra, el wifi no va o Zutanito está ocupando toda la nevera. Independiente e imparable, Akiko se ve reflejada en ellas y comparten energía: no hay mujer más fuerte que la que no depende de un hombre. Si solo alquilara habitaciones a mujeres divorciadas, podría vivir la existencia zen en la que se enraíza su ser interior y, desde luego, no tendría que preocuparse de si hay o no shi-shi fuera del váter.

Toca las campanas con gratitud y aloha por todos los ancestros de Wailea y para atraer a su cada vez más numerosa manada felina, que está entrenada para saber que el tañimiento es sinónimo de boles con comida reciente. Kawa, esa bola gris que maúlla casi con lamento, acude siempre el primero y es un pozo sin fondo. Se dice que por estas criaturas ella ya no viaja, pero en realidad no lo hace porque su alma está adherida a las ramas del árbol de aguacate que ocupa parte del jardín trasero y que la despierta cada madrugada con la caricia de la fragorosa caída de sus frutos sobre el tejado de latón.

Hace un par de noches no la desveló, sin embargo, el rugido volcánico de la diosa Pele, que llevaba dos años dormida y cuya furia inesperada vino acompañada de escupitajos de lava de hasta ciento veinte metros de altura y de la vaporización de un lago entero en un mísero segundo. El grito divino recorrió sesenta y cinco kilómetros para llegar a Wailea en forma de un terremoto que hizo vibrar las ventanas. Akiko mantiene las costumbres de sus ancestros por el respeto que merece la sangre que le corre por las venas, pero, al ser hawaiana de tercera generación, conoce de sobra los antojos de fuego del volcán Kīlauea cuando le da por erupcionar un poquitín y ni pestañea. 

El fontanero, un imperturbable y lacónico hawaiano, llega a la hora acordada porque sabe que Akiko valora la puntualidad. Otea el váter con pachorra y en silencio durante unos instantes y, confuso, le pide explicaciones a Akiko. La mujer corre a la cocina y llama a las chicas, honey, honey, les dice, es la hora del Congreso del shi-shi, y acuña la expresión con total naturalidad, sin pensar que esas californianas que se están resguardando del virus en las islas quizás no sean muy duchas en terminología hawaiana-japonesa. La siguen algo perplejas y se despejan de dudas al llegar al baño y vislumbrar al fontanero. «Por lo visto hay un problema con el váter, pero yo no entiendo muy bien cuál es. ¿Se lo podéis explicar vosotras a este buen hombre?». Les encantaría decir directamente que, bueno, que el problema es muy sencillo, que a su compañero de casa parece no importarle si atina o no en la taza, pero su amabilidad gringa les agarra la lengua y las bloquea. Afortunadamente, la pareja, siempre al acecho desde el dormitorio, hace su aparición con prepotencia y las chicas les ceden el turno de palabra. Explican que ese váter o está mal diseñado o se ha roto, que salpica lo use quien lo use y que el pis rebota y rebosa entre la taza y la tapa y mancha así en suelo y que han comprado un váter de repuesto de segunda mano para que el fontanero lo cambie, que está en el jardín trasero y que no tiene mayor complicación la cosa.

Akiko, con su energía habitual, se pone en acción, dispuesta a descubrir qué leyes de la física desafía este objeto. Llena un vaso de agua y lo destila para simular un shi-shi machuno cualquiera. Como no parece haber salpicadura perceptible al ojo humano, la mujer se tira al suelo de un brinco y se pone a palmotearlo sin dejar ni un solo centímetro sin inspeccionar, para el asombro de los presentes y la arcada contenida de las chicas, que saben de sobra todo el shi-shi que cae a diario por esos lares. Le pide al fontanero que compruebe el suelo con sus manos expertas, por si ella se ha dejado algo que revisar, pero el hombre se niega con elegante rotundidad y sin rodeos.

Los inquilinos comienzan a discutir sobre los misterios del suelo seco civilizadamente, pero poco a poco las voces se pisan y aumentan y el fontanero no sabe dónde meterse. El mártir de la micción defiende su honor a capa y espada y el debate va subiendo de tono. El fontanero se ampara en un rincón, queriéndose invisible. De repente, Akiko da dos palmadas autoritarias y el grupo enmudece al instante. «Dejadme pensar veinte segundos; veinte» ordena con el índice de punta y, de inmediato, la mujer entra casi en trance, sin importarle los diez ojos que tiene encima. La idea le viene de golpe, como en una revelación. Es brillante. Sí, sí, desde luego: brillante. ¿Cómo no se le habrá ocurrido antes? ¿Cómo han podido estar perdiendo el tiempo con vasitos y chorradas? En seguida resolverán el misterio y ella podrá dedicarle tiempo a asuntos que de verdad merecen la pena, como acariciar a Kawa.

«Honey», le dice al meón titánico —ella conoce de sobra el nombre, la edad y la profesión de cada huésped, pero siempre recurre a la misma fórmula para referirse a la gente—.  «Honey», repite, «tengo una solución: ¿podrías hacer shi-shi delante del fontanero? Así él podrá ver cuál es exactamente el defecto del váter y lo solucionará». Akiko lo dice con el rigor y el convencimiento con que guía las meditaciones; y solo el asombro paraliza la carcajada de las chicas, mientras que la novia y el fontanero no saben qué cara poner y quedan expectantes a la respuesta de ese grandullón que no tiene ni idea de cómo orinar y que ha quedado totalmente inmóvil, pero se puede ver con claridad que se está retorciendo por dentro. Finalmente, masculla con esa voz de barítono bobalicón tan suya que hace retumbar las paredes en una verborrea diaria incesante: «oh, ni en broma, ni en broma, me niego a hacer eso». Akiko no entiende el rechazo, tan convencida como estaba de su brillantez. 

Sin poder quitarse las miradas de encima, el malhechor de los inodoros intenta romper el silencio y se derrumba para darle paso al mea culpa: que bueno, que tiene que ir al baño tres o cuatro veces cada noche y que a veces nota como el pis le baja por las piernas, que está oscuro, que no se puede agachar, ni en broma, que no tiene porqué limpiarlo, que también le pasa lo mismo al resto, que por supuesto que no va a mear sentado porque eso es indigno y que sería injusto que solo él tuviera que usar el baño exterior, lo que además supondría seguramente espachurrar un par de babosas al salir a oscuras. 

Tamaña verbosidad patética empieza a diluirse entre los pensamientos de Akiko hasta convertirse en un zumbido y sale del ensimismamiento para cortar esa retahíla sin sentido con un agradecimiento seco, «mahalo, honey», y teletransportarse a otro lugar, porque es la hora de encender las velas y el incienso en los templetes que tiene repartidos por la hacienda y de hacer sonar las campanas para que coman los gatos de nuevo. 

Tras la sesión de yoga al final de la jornada, tiene las ideas más claras sobre cómo afrontar la situación. Si una se centrara en lo puramente económico, después de casi un año de pérdidas, lo más sabio quizás sería mantener a los inquilinos ignorando sus grados de patanería, pero Akiko está enraizada en el plano de lo inmaterial: respira y tiene la dicha de ser y estar. Y, como no necesita nada más, manda un correo al meón y su cómplice recomendándoles que para el mes que viene lo mejor será que busquen otro alojamiento con un váter que se adapte a sus necesidades. A 31 de diciembre, el osoji ha sido todo un éxito: Akiko ha terminado de limpiar su casa y está lista para el año nuevo.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Enigma

[Leer cuento en español]

Kawa yowls mantras from outside the screen door, and Akiko weaves in these meows bestowed upon her by the Eternal Now, kan-ze-on, na-mu-butsu, and intones the chants that she has recited every morning before dawn for more than thirty years, yo-butsu-u-in, yo-butsu-u-en, with deep concentration rooted in practice, bup-po-so-en, jo-raku-ga-jo, strict discipline, cho-nen-kan-ze-on, bon-nen-kan-ze-on, and an energy redolent more of a brash girl than a septuagenarian, nen-nen-ju-shin-ki, nen-nen-fu-ri-shin.

The Hawaiian sunrise reveals in fits and starts an exuberant explosion of verdure, and the crickets and frogs who have been gossiping all night cede to the birds, who will not rest their throats until the sun sets. Akiko loves this silence full of melodies that makes her home, and for a few stolen moments before the day begins, she pauses to savor it.

For a couple of days now, a niggling concern has been creeping to join her even in the meditation room — she is only human. A truce must be negotiated in the war of the shi-shi before it tears apart the big house, that ramshackle dwelling sufficient for a family of nine when the Hakalau sugar plantation was still active, but apparently too small for these four coddled oafs.

To the stoicism of Buddhist philosophy, Akiko adds the finely-honed patience of someone who has been managing her business and hosting querulous haoles on her property for three decades. She started back in the early nineties, when an acquaintance asked for accommodation in exchange for a few bucks, and Akiko slept on the floor to give him her own futon and a delicious breakfast and reinvested that money in another futon and leveraged that into a bed and then fixed up the plantation house and then built the cabins in the back garden and is now tackling remodeling the whole village. That little empire in the middle of the jungle that she is so proud of is now under assault from a dude who has been prolonging his stay in the house for months because “it’s not safe to look for an apartment with all this shit going on” and who refuses to make the effort to project his piss at the correct angle or at the very least clean the shi-shi that puddles obscenely in front of the toilet. On top of that, the girlfriend of that overgrown lolo has circled the wagons with him. Yesterday, the couple suddenly appeared with a clipboard with a dozen tightly-ruled sheets of paper and mutely presented it to Akiko. In confusion, Akiko glanced down at the pages, which it quickly became apparent contained a painstaking accounting of their housemates’ most lurid crimes: “12/21/2020, 8:37 AM – Knife with traces of raspberry jam discovered in sink, unwashed; “12/21/2020, 2:46 PM – Three anomalous crumbs, likely whole-wheat, detected on southeast countertop. Heightened ant activity.” Flipping impatiently, “12/26/2020, 3:04 PM – Left-side toilet paper roll contained only 1.5 remaining sheets, further search revealed no backup roll queued up on toilet tank,” etcetera, etcetera, etcetera. “Intriguing,” Akiko murmured to herself, one of her repertoire of factotum responses, but perused no more of the densely-inked pages, because one’s time on this plane is short and because, to tell the truth, this lout’s handwriting left a lot to be desired and was not worthy of any additional scrutiny. If she had set eyes on this crooked scrawl before renting the room to them, Buddha knows she would not be here now suffering through this. 

This unhinged list was the last straw in a year full of tribulations, a counter-barrage after the girls had left a note gently counseling him not to pee outside the toilet, leaving the 45-year-old sputtering with incredulous indignation at the sheer manifest injustice of it all before retorting that his mother taught him very well to take care of his business correctly. He’d grown up in a house with his mother and four sisters, so do you really think he could have survived ’til now otherwise? Why pin the blame on just him for bad aim, the girlfriend interjected, ignoring the inconvenient fact that the rest of the house relieved themselves sitting down. In fact, he’d even called his mother to report the persecution and vile accusations, and she’d merely cracked up laughing, which proved that the real culprit must be faulty toilet design. Since the urine is no likelier to be his than anyone else’s, he refuses to clean the floor, not with his bad back, so the rich bouquet of piss permeating the entire first story has forced the girls, barely twenty years old, to submit to phallic mandate, regularly scrubbing the moist, fragrant tiles. 

Akiko, who thrives under the rigidity of routine, has suffered through enough changes already this year: first she had to stop taking in guests entirely for a few months — if only her fixed expenses had paused as well — then she’d started receiving people on the sly, for long stays only, strictly enforcing quarantines and instructing each newcomer to use a rickety, rusting ladder instead of the path visible from the road to avoid the prying eyes of suspicious neighbors who prowl the town with engraved frowns. After only three decades here, to some she is still suspect, an outsider from Oahu bringing in a parade of strangers with outlandish customs. 

The whole situation had discombobulated her to such an extent in the first few weeks that there were days when she didn’t hear her alarm that rang at 4:44 every morning for meditation, and her one unflagging companion in this ancestral practice had to come to her room to wake her up by tenderly twisting her big toe. Thanks to him, she’d been able to cling to routine left tottering by the pandemic.

But one deprivation stings her more than anything else: having to cancel the mochi festival that she has been celebrating on her property for more than two decades, in recent years attracting more than six hundred people from the Big Island and from the whole archipelago, a fixture of more recent guidebooks. How she would like to gather with her whole spiritual ohana at 5 AM to crush the rice for the cakes, prepare floral decorations, chat with the fortunetellers and the breadfruit and poke vendors who never fail to appear, listen to the elders recount fading tales of the plantation, seize the microphone and hold forth on whatever subject crosses her mind to a laughing, appreciative audience, in her element, on her day, at her estate, shaking to the beat of Japanese drums, all while raising money for the cemeteries, the school, the village, her legacy. Unofficially, Akiko is the mayor of Wailea. No, no: the queen of Wailea.

She misses the wonderful year-end festival, but accepts the change stoically, releasing her melancholy to focus instead on osoji, the Japanese tradition of cleaning thoroughly in the final days of December in order to receive each new year with the emotional purity it deserves. It will start in the garden. She has already switched out her meditation kimono for everyday attire — loose, worn clothing, a scarf around her head with a yellow flower attached, long hair gathered in a bun with a straw hat perched on top of everything. She grasps the chainsaw firmly to rip apart the palm tree toppled by last night’s powerful gusts, now blocking one of the dirt paths. Akiko knows that she is six feet tall and 200 pounds of pure muscle, and she is astonished each time to see the tiny, thin woman that the mirror invents. 

The queen of Wailea hasn’t set foot in a doctor’s office in 27 years —why would she need to, with a vegetarian diet and monthly acupuncture and massage? — and she not only draws on her strength to take care of her house, but also, as a born leader, she organizes efforts to clean the town’s temple annually and to go every month to hack through the jungle and restore the overgrown Buddhist cemeteries hidden in every corner of the island. She is especially grateful for the last meeting of the year, which coincides with the tradition of osoji, and which, being outdoors, buffeted by the cleansing Hawaiian winds, she has been able to maintain despite the coronavirus. 

Surrounded by roosters and hens promenading in the shade of the palm trees, Akiko hefts the shattered trunk into her wheelbarrow, telling herself she will ask the plumber to come around this very afternoon so she can stop thinking once and for all about that puffed-up pissant who should be old enough by now to have learned to make shi-shi.

Her favorite guests are, without a doubt, divorced women in the assuredness of middle age, like the two currently staying in the part of the property where Akiko lives. These women emerge unbowed from atrocious marriages and are filled with an inordinate strength. They know how to change their own diapers, without whining incessantly that their bedroom door won’t stay closed, that the internet is slow, that their housemate is hogging the fridge. Independent and unstoppable, Akiko is reflected in them, and they share energy: there is no woman stronger than one who does not depend on a man. If she only rented rooms to divorced women, she could live the Zen existence of her true inner being and, of course, she wouldn’t have to worry about what proportion of shi-shi ended up in the toilet. 

She rings the bells in gratitude and warm aloha for the Wailea ancestors and to summon the ever-growing herd of cats, conditioned to know this clanging is synonymous with bowls of fresh food. Kawa, that immense gray mound whose meows seem infused with plaintive longing, always gets there first, his majestic stomach a bottomless pit. She tells herself that she has forsworn travel in order to care for these creatures, but in reality it is because her soul is tied to the branches of the avocado tree that towers over the back garden, waking her up every morning with the ringing caress of its colossal two-pound fruits on her brass roof.

A couple of nights ago, however, she alone had continued sleeping unfazed when the goddess Pele, after an unaccustomed respite of two years, had roared into alertness, spewing plumes of lava 400 feet into the air, vaporizing an entire lake in a fraction of a second, and rattling every window in Wailea, 40 miles away. Akiko maintains the customs of her Japanese ancestors because of her respect for the blood that runs through her veins, but she is also a third generation Hawaiian who knows all too well the Kīlauea volcano’s cravings for fire, so she doesn’t even blink an eye. 

The plumber, a stolid, laconic Hawaiian, arrives at the agreed-upon time because he knows that Akiko values punctuality. He unhurriedly examines the toilet in silence for a few minutes, then finally asks, “So, what is it that you want me to do?” Akiko heads to the kitchen and beckons to the girls. “Honey, honey,” she calls explosively, “it’s time for a shi-shi convention,” taking it as a matter of course that these two coronavirus refugees from California will understand this Hawaiian term of Japanese origin without further elaboration. Somewhat bemused, they follow her, but the import becomes clear as they are led into the bathroom and spot the plumber. “Apparently there is some kind of problem with the toilet, but I don’t understand it too well. Can you kids explain it to the plumber?” They would love to say straight out that, well, the problem is pretty simple — we’ve got a guy here who seems to regard a bathroom as a personal challenge to piss over the largest possible surface area, but politeness grabs their tongues and stymies them. Fortunately, the ever-attentive couple emerges self-importantly from their bedroom at that moment, and the girls are able to refer the inquiry to them. They clarify that the toilet is either badly designed or damaged, so whenever anyone uses it, the pee ricochets and manages to splash between the bowl and the seat, wetting the floor. Fortunately, they have managed to lay their hands on a second-hand toilet of more appropriate design which they have been conveniently storing outside the back door. The plumber need merely swap in this wonderful new toilet and every issue will be solved. 

Akiko, with her usual boundless energy, springs into action to verify this unfortunate artifact of physics. She fills up a glass of water and decants it into the bowl to simulate an ordinary male shi-shi. As there doesn’t seem to be any perceptible splash to the fallible human eye, she drops to the floor and pats every square inch with her hands in search of fresh puddling, to the amazement of all present and the contained retching of the girls, who know all about the daily rain of shi-shi that falls in these parts. She invites the plumber to check the floor with his own hands, in case his greater expertise in the field will allow finer-tuned detection, but the man begs off politely.

The tenants begin to discuss the conundrum of the dry floor in a civilized manner, but little by little voices rise and accusations start to fly. The micturating martyr defends his honor vigorously, and remarks start to get personal. The plumber shifts his weight awkwardly in the background. Akiko suddenly gives two authoritative slaps and the group instantly falls silent. “Let me think for twenty seconds; twenty” she orders with her index finger pointed and immediately the woman enters into a state almost of trance, unconscious of the ten eyes trained on her. The idea comes to her at once, as in a revelation. It is brilliant. Yes, yes, of course: brilliant. How could it not have occurred to her before? Why on Earth were they fooling around with glasses and water? Soon the mystery will be solved, and she will be able to spend time on matters that are truly worthwhile, like petting Kawa.

“Honey,” she says to the titanic tinkler — she knows the name, age, and profession of every guest with precision, but she always reverts to this universal form of address, “Honey,” she repeats, “Here’s what we’re gonna do. Can you just quickly do a little shi-shi in front of the plumber? Then he can see exactly where things go wrong, and he’ll be able to fix it.” Akiko pronounces this with the rigor and conviction with which she guides her meditations; and only amazement paralyzes the girls’ laughter, while the girlfriend and the plumber don’t know how to react, and merely turn expectantly to await the the response of the ungainly urinater. He totally freezes for a few endless seconds, the tortured inner workings of his thoughts playing out on his face, before, finally, he mumbles in that slightly-addled baritone that drones for hours each day to an apparently enthralled audience, rumbling through the walls of the house: “Oh, hell no, hell no, I’m not going to do that”. Akiko cannot fathom this refusal, so convinced is she of the faultless logic of her solution. 

As the eyes continue to bore into him, the lavatory lawbreaker nervously fills the silence, tripping over himself to give explanations. Sure, he has to go to the bathroom three or four times every night, and sometimes he feels a little pee trickling down his legs in the dark, but that doesn’t mean it gets on the floor and hell no, he’s not going to clean it, the same thing happens to everyone. And of course he can’t pee sitting down because that’s undignified, and it would be completely unfair to single him out and make him go to the outside bathroom, plus it’s impossible because he might step on slugs. 

As he rambles idiotically on, the words blur into a senseless hum in the background of Akiko’s thoughts. She jerks herself from her musing to abruptly stem the chaotic, splashing stream of words with a “mahalo, honey” and appears in another place, because it is time to light the candles and incense in the shrines she has scattered around the property and to ring the bells for the cats to feast once more. 

After the evening yoga session, her ideas on dealing with the situation finally crystallize completely. If she were to think purely in economic terms, after almost a year of operating losses, perhaps the wisest thing would be to keep tenants no matter how boorish, but Akiko grounds herself in the plane of the immaterial: she is breathing, so she is blessed. And, since she requires nothing else, she sends off an e-mail to the couple announcing that for next month, they will have to find accommodations with a toilet more suited to their needs. On December 31st, osoji is at last complete: Akiko has finally fully cleansed her house and is ready to welcome in the new year.

{Translated by Adam Lischinsky}

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.