Efemérides

Gao Hi no brilla precisamente por su sentido del humor, pero sus palabras y su carácter se visten de comicidad sin pretensiones al filtrarse por el traductor del móvil, lo cual siempre ha llevado a Lucas a la carcajada, incluso en medio de todo el dramón de hace ya un año, cuando solo él se hospedaba en este céntrico hotel de Wuhan con quinientas cuarenta y cuatro habitaciones, ahora de nuevo boyante y con un nombre que su garganta española sigue sin lograr pronunciar.

El recepcionista del Jinjiang Inn levanta la mirada al oír el traca traca de las ruedas de una maleta en contacto con las juntas de las baldosas y se ilumina al ver a su amigo Lucas y, como todavía es temprano —por las mañanas solo sabe hablar chino—, tira de traductor:

«Puedo ver el rostro de mi amigo laowai.
Bienvenido a un simple agujero.»

Lucas, cómo no, le ríe la ocurrencia a su ya estimado Gao Hi, con tanto salero tecnológico. Al recepcionista siempre le ha gustado la actitud risueña del joven, que ayuda a suavizar el  gris ambiente, cargado de una mezcla de neblina y contaminación agravada por la culpabilidad que flota en el aire. Esa risa sincera le remueve el flequillo a Gao Hi con frescura.

Aquello de la culpabilidad lo lleva notando Lucas desde su primera visita a la ciudad, cuyo nombre al principio le costó recordar —¿dónde iba la hache?; ¿es «Wuhan» o «Wuham»?—, pero que ahora tiene grabado a fuego. En el último año, habrá pasado tres meses en el epicentro del virus, yendo y viniendo desde Pekín, y el nubarrón pecaminoso sigue presente en sus habitantes, quienes otrora sintieran gran orgullo de su ciudad: el impresionante río Yangtsé, los rascacielos, la torre de la Grulla Amarilla, un glorioso pasado y el riquísimo pescado con salsa agridulce.

Lucas conoce la ciudad en parte a través de las gafas de Gao Hi, amable y servicial incluso en los momentos más nefastos. En enero de 2020, cuando era el único huésped, el perfecto recepcionista le tendió una bolsita con sus dedos larguísimos —lo más largos y delgados que Lucas había visto jamás—, con las pulcras uñas de los meñiques bastante más crecidas que el resto. Con una mirada jovial bajo las gafas de pasta —y, seguramente, una servicial sonrisa bajo la mascarilla—, activó el altavoz del traductor y escuchó los fonemas ajenos mientras se retocaba el flequillo: 

«La máscara que llevas es terrible. 
Cuando te enamores de ella, definitivamente morirás. 
Ponte la máscara que usa el médico.» 

Quizás ya era tarde: Lucas se había enamorado un poco de su mascarilla —ya bastante raída, todo sea dicho—, porque lo había protegido durante un par de días de la muerte por esa «extraña neumonía», como la bautizaron los medios en un principio, que había surgido en esa misma ciudad. Pero no veía inconveniente en enamorarse de otra, así que aceptó la bolsita que amablemente le ofreció el recepcionista en un primer gesto de amistad.

El gerente del Jinjiang Inn también se portó muy bien con él durante aquellos días inciertos en los que un nuevo virus había cambiado el destino del mundo. Aquel hombre alto, corpulento y con una gran mascarilla quirúrgica azul fue a tomarle la temperatura y a entregarle un papel rosa que explicaba en un inglés chapucero que los empleados del hotel no podrían ir a trabajar porque, en una decisión sin precedentes, se habían suspendido todos los transportes en esa enorme ciudad con una superficie cinco veces mayor a la de Londres. Además, aclara el papel, se cancelarían las celebraciones del Año de la Rata, que prometía estabilidad y fortuna para abrir un negocio y ganar dinero. El gerente se disculpó: sin personal, no podían ofrecer servicio de habitaciones y la cocina estaría cerrada, así que el huésped de la habitación 532 se tendría que buscar la vida.

Gao Hi parecía vivir en la recepción y cubría de atenciones a Lucas, incluso después de haberlo pillado robando cuatro rollos de papel higiénico, tres botellas de agua, cinco bolsas de basura, unos cuantos vasos de plástico y un puñado de sobres de té negro. El recepcionista lo mimaba sin descanso: le daba mascarillas, le tomaba la temperatura, le ponía en contacto con gente, hacía de intérprete y lo entretenía contándole su vida —traductor mediante por las mañanas y con una asombrosa soltura bilingüe por las tardes, carente, eso sí, de la socarronería dada por la torpeza tecnológica—. Cuando su huésped no estaba, Gao Hi, siempre sumido en la tragicomedia, pasaba las horas muertas con el videojuego de moda en Wuhan, Plague Inc., creado en 2012 y que consiste en crear un virus que extermine a toda la humanidad.

El vínculo pandémico que se fraguó entre el único empleado y el único huésped del Jinjiang Inn ahora hacen que Lucas jamás se plantee alojarse en ningún otro lugar de la gran urbe, porque si hay un hogar verdadero ese es aquel donde uno se ha tenido que lavar los calzoncillos a mano cuando todos los cierres están echados indefinidamente. Pero ese no es el único motivo: a finales de enero del año pasado, el número de contagios no dejaba de aumentar y el Consulado de España en Pekín lo quiso evacuar de la ciudad apestada, pero él trató de quedarse a toda costa en el epicentro de la noticia, hasta que tuvo que dar su brazo a torcer cuando su hotel cerró y ninguno de los abiertos lo quiso alojar —que si no hay habitaciones libres (mentira), que si no aceptamos extranjeros (verdad), que si patatín, que si patatán: al final tuvo que dormir una noche entre cartones—. Después de ese trato, no pensaba volver con el rabo entre las piernas, ni en broma: él ya tiene su hotel.

En fin, que no le quedó otra que tirar para el aeropuerto de Wuhan, prácticamente vacío después de que en 2019 recibiera a 27 millones de pasajeros y con una frecuencia de entre 600 y 800 vuelos al día. No le apetecía nada meterse en un avión de regreso a Europa con veinte españoles más y no sé cuántos británicos que se estaban poniendo hasta el culo de paracetamol en los baños para que no les diera fiebre cuando les tomaran la temperatura antes de despegar y, después de las dos semanas de una cuarentena surrealista en un hospital de Madrid, Lucas volvió a China en cuanto pudo. Nunca se tendría que haber ido: como periodista, aquella decisión iba del todo contra natura.

Las obligaciones lo llevan a Wuhan muy a menudo desde entonces. Esta vez, el periódico lo ha mandado ahí para que escriba varios artículos sobre el equipo de la OMS que pasará varias semanas en el foco inicial para, ojalá, resolver los interrogantes que siguen teniendo al mundo en vilo —y, ya de paso, para desmentir teorías conspiranoicas—. Lucas, como el resto de periodistas, está deseando que alguno de esos trece virólogos, veterinarios, epidemiólogos y expertos en seguridad alimentaria le susurre algún secreto que grite en los titulares, pero en el fondo sabe que no habrá respuestas rotundas.

Más que los periodistas internacionales, son los wuhanianos quienes anhelan un notición que los exculpe. El jefe del equipo de expertos chinos encargado de investigar el coronavirus en la ciudad sigue erre que erre con que el virus posiblemente llegara a través de productos congelados extranjeros —que si de Brasil, que si de Alemania— y presenta las suposiciones como pruebas fehacientes que el pueblo se cree —se quiere creer, porque ha habido tantos contagios, tantos muertos por nuestra culpa…—. Aunque el principal experto de la OMS se muestra escéptico ante tal dudosa contingencia, a Lucas, por un lado, le gustaría que el virus no hubiera surgido aquí. Lleva un año entrevistando a sus gentes —lo que cuesta, joder: de cada cincuenta, tres hablan inglés y solo uno está dispuesto a soltar la lengua— y el sentimiento general es de flagelo. Fuera del país, pocos sabían de la existencia de esa ciudad con tres mil quinientos años de historia y diecinueve millones de habitantes, pero ahora todo el mundo la conoce e, inevitablemente, la estigmatiza. Qué pena le da.

Y qué desconocimiento hay, qué diferencia con el resto del planeta: actualmente, no existe ciudad más segura que Wuhan. Los continuos controles tienen una efectividad tal que llevan desde mayo sin ningún contagio. En todo el país, de hecho: en cuanto hay una ligera sospecha de brote, se hace una PCR a todos los posibles infectados y aquí paz y después gloria. Hace nada, en Pekín se realizaron pruebas a diecisiete millones de personas en una sola semana y se confinó a quien fue necesario y listo. Mientras el mundo sigue confinado, en China todo parece sumirse en la vieja normalidad: las discotecas están a rebosar, cuesta encontrar una mesa libre en los restaurantes, las calles presumen de algarabía en los albores de las celebraciones del Año del Buey y solo hay obligación de llevar mascarilla en el transporte público.

Lucas lleva todo el santo día en la sala de la rueda de prensa. Han soltado cuatro chorradas, pero nada concluyente ni revelador. No cree que digan nada más a este paso. Tiene hambre: será más productivo ir a cenar, e incluso quizás charle con alguien por el camino. Eso quiere él: calle, calle, calle, nada de declaraciones oficiales y rollos burocráticos. Seguro que saca más chicha de una tendera, de un mendigo o de una doctora que de esos mandamases de la OMS. 

Sale a la niebla y se ajusta bajo el cuello de la chaqueta el fular celeste, ese símbolo de identidad de Lucas que le resalta la mirada, ya por sí sola intensificada por las pobladas cejas. Busca restaurantes en el móvil: qué de opciones en comparación con enero de 2020. Entonces solo pudo encontrar abierto un sitio donde vendían una especie de sándwiches de atún, jamón york y maíz envueltos en una capa de queso caramelizado. Después de días a base de almendras y bolas rellenas de pasas y una cosa rara pegajosa y dulcísima, aquellos sándwiches que no hacían justicia a la gastronomía de la zona le supieron a gloria. Esa tiendita y el Starbucks de Jianghan Road lo mantuvieron con fuerzas, además de un desayuno que le ofrecieron en el hotel un día suelto. Como no le corroe precisamente la nostalgia culinaria por esos singulares sándwiches, busca un restaurante en condiciones, algo cerca con una buena puntuación en Baidu. 

Hay uno con buena pinta a veinticinco minutos. Escribe a sus dos amigos, cámaras para otros medios españoles, y les propone reunirse allí. Decide caminar. Ya recorrió la ciudad bastantes veces en bici en su momento y ahora parece otro lugar completamente distinto, lleno de un tráfico loco y de peatones que se le cruzarían sin parar. No le apetece nada pedalear en esas circunstancias, con lo fácil que resultaba antes circular por las calles vacías. Qué momentos de incertidumbre: los medios ya empezaban a hablar de coronavirus pero sin cifras concretas, se acababa de descubrir que se transmitía entre humanos, #EscapeWuhan era el hashtag más popular en Weibo y los taxis solo transportaban a gente con síntomas y necesidad de ir al hospital. Aquella pesadilla se trataba del escenario perfecto para alguien llevado siempre por la intrepidez: Lucas aprovechó las bicicletas de alquiler baratísimas repartidas por toda la ciudad e iba de un hospital a otro en bicicleta, incluidos los improvisados en polideportivos y estadios, donde ingresaban a personas que habían dado positivo pero que no presentaban síntomas graves. 

Por supuesto, también acudió varias veces al colosal mercado de mariscos de Huanan, donde parecía haber empezado todo, con cincuenta mil metros cuadrados de carpas, tenderetes, casetas, callejuelas, aparcamientos, bloques de casas y venta de todo tipo de especies más o menos exóticas, vivas o muertas, en las partes más ocultas de la zona este. Con todo precintado y cerrado, un par de comerciantes que esperaban en fila para recibir un subsidio del gobierno de diez mil yuanes por las pérdidas ocasionadas por el cierre le hablaron del Viejo Fantasma, un hombre de setenta años con un puesto de frutos secos junto a un charco permanente de desechos de ciervo que jugaba todas las tardes a las cartas con otro anciano que vendía pato congelado. El Viejo Fantasma había fallecido hacía unas semanas de esa rara neumonía —¿quizás la primera víctima?; ay, lo que habría dado por entrevistarlo—, y su lúdico compañero seguía hospitalizado. No le dejaron hacer fotos (y le pillaron y obligaron a borrar las que tomó a escondidas), pero las imágenes del desamparo se le quedaron grabadas para siempre: sentía que se encontraba en una película de terror de serie B, en una ciudad gris y húmeda en medio de China, con millones de personas protegiéndose con mascarillas de una contagiosa enfermedad que se expandía más y más y que salió de ese mercado donde cuentan que no sólo se vendían mariscos, sino también desde cocodrilos hasta pavos reales, pasando por ranas, serpientes, erizos, puercoespines, tejones, lobeznos, murciélagos, gatos, venados, ratas, zorros, burros, conejos, perros y patos.

Le encantaba todo: se sentía vivo y enérgico a pesar de la falta de comida, de las horas de pedaleo en las calles vacías, de los mensajes de preocupación que le mandaban a diario su madre y su abuela. Si alguna vez le invadía la morriña, se la borraban de un plumazo las campanas de la iglesia de Hankou, que rompían cada día el silencio del anochecer y le regalaban un eco hogareño que su cuerpo agradecía al invadirle una sensación de cobijo abstracta pero real. 

Y, si no, siempre podía recurrir a TanTan para acurrucarse en un artificioso calor humano. Usar el Tinder chino en Wuhan le trajo consecuencias inesperadas: tuvo un par de citas sosas con chicas sin demasiado miedo a la extraña neumonía, en las que el recién llegado todavía sucumbía al impulso de los dos besos y enrarecía el encuentro desde el primer instante. Una de las citas salió tan mal que su té seguía caliente cuando ella se marchó tras balbucear una excusa mal elaborada. Asumió que no encontraría el amor en ese lugar, pero al menos estableció lazos informativos con gente de a pie —le resultó más satisfactorio aprovechar la tesitura que echar un polvo de una noche, para qué nos vamos a engañar—. Aunque varias mujeres lo bloquearon en cuanto soltó palabras como «Hong Kong», «democracia» o «mala gestión del alcalde de Wuhan», consiguió sonsacar mucha información útil que humanizaría sus crónicas.

A sus veintiocho años, se sabía invencible. Más que darle miedo, lo desconocido siempre lo ha atraído, no tanto por la edad, sino más bien por su condición de periodista hasta la médula. A Lucas siempre le ha podido el deseo de estar en el meollo de la cuestión y desvelar todo lo posible. ¿Cómo evitarlo? No hay remedio contra lo connatural: su primer encuentro con la adrenalina informativa está fuertemente arraigado en sus recuerdos fetales, cuando su madre, Raquelita, embarazada de seis meses, fue en moto a cubrir un atentado terrorista de ETA en Madrid donde murieron dos agentes del TEDAX al desactivar un paquete bomba, y a Lucas le latía el corazón a toda velocidad aún dentro de la joven periodista.

Al caminar por Wuhan, Lucas analiza una vez más la urbe más denostada del último año: la sempiterna niebla baja y espesa, ese aire industrial y amplísimo río. No le encanta, la verdad, pero le tiene un cariño especial y le asombra lo normal que es todo. Tras unos pocos meses en paréntesis, el paisaje chino ha vuelto a su estado natural, verdaderamente inalterable: las mujeres salen a la calle con parasol para que su piel permanezca lo más clara posible, los hombres ya lucen cuerpazo con el llamado «bikini pekinés» —la camiseta remangada y la barriga cervecera al aire— y toda la gente escupe sin cesar —pareciera que más incluso que antes, japú, como si quisieran compensar los meses en que la saliva era infecciosa, japú, japú, como si se les hubiera acumulado, japú—.

Lucas llega el primero al restaurante y aprovecha para hablar por vídeo un ratito con su novia, Yuan Yuan (o Lucrezia, según su sobrenombre occidental), que lo extraña desde el apartamento que comparten en Pekín. Cuando llegan sus amigos, hablan de cosas mundanas —por favor, nada de actualidad ahora, me importa un comino todo— y beben a escondidas baijiu, un licor de arroz y soja con más de 60 grados que camuflan en botellas de agua: hoy saldrán un rato por un antro donde ponen reguetón y sirven cócteles raros y hay que ir calentando motores. Lucas siente el aire cálido de un hombre que está comiendo justo detrás de él y le eructa cada dos por tres en el cogote. Lo comentan los amigos en voz alta, aprovechando que nadie los entiende, y se ríen. Aunque viviera ahí el resto de sus días, no cree que se acostumbrara nunca a los modales chinos: se cuelan en la fila siempre que pueden, le escupen un día sí y otro también en los zapatos, le llenan la nuca de vientecillos en los restaurantes… Sin embargo, admira muchas cualidades de la cultura: la generosidad colectiva, la devoción hacia los mayores, la responsabilidad cívica, el sentido común y la hospitalidad una vez abren las puertas de sus casas. Igual sí podría vivir ahí muchos años. Quién sabe: tiene trabajo, pareja, está aprendiendo chino y le encanta la comida. Quién sabe, quién sabe.

Aún tiene que exprimir más su puesto. Cuando el periódico lo mandó como corresponsal del este de Asia, le hacían los ojos chiribitas al pensar en cubrir algún gran acontecimiento o catástrofe y seguir la estela de sus padres. Algún tsunami o terremoto en el Sudeste Asiático. O Kim Jong-un y Trump de retiro romántico en un spa de lujo norcoreano. O una robot sexual explotada que asesina en serie a pervertidos japoneses. Se le ocurrían mil cosas y ahora no puede salir de China, porque tardaría meses en que le dieran permiso para volver a entrar. Sí, claro, lo del coronavirus ha sido bastante emocionante, pero ya hay poca chicha y, en lugar de plantarse en el cogollo de todo, de momento se tiene que conformar con narrar acaecimientos como el golpe de estado en Birmania desde su oficina de Pekín, como un plumilla de poca monta.

Los amigos pasan un par de horas en la discoteca y se sienten afortunados, porque en España no podrían desfogarse de esta manera. Si lo piensan (si lo cuentan), todo les parece raro, pero esa es su realidad: beber, bailar, ligar como si nada.

Lucas vuelve al hotel y, al atravesar el umbral, Gao Hi sale de las profundidades (del suelo y del sueño) y teclea en su móvil un texto que repite en otro idioma el traductor:

«Demasiado tarde. Estamos de vacaciones.»

Lucas suelta una risotada exangüe y, como sospecha que Gao Hi quiere decirle otra cosa, seguramente nimia, se dispone a despedirse sin más; pero, antes de volver a su camastro tras el mostrador, el recepcionista lo interrumpe. «Any news?» pregunta Gao Hi, esperanzado, con su propia voz humana. Noticias hay —siempre hay noticias—, pero Lucas sabe que Gao Hi quiere absolución, así que el huésped le clava los ojos azules compasivamente y sacude la cabeza, con su característica sonrisa picarona de medio lado, que lleva meses sin esconderse detrás de una mascarilla.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Mnemonics

[Leer cuento en español]

The idea of actually calling the police occurred to the Daughter. By no means did she want him to be arrested and spend the night in lock-up — which no doubt nowadays served more as a breeding ground for the virus than anything else — but it couldn’t be denied that, in a way, he had brought it on himself; driving all the way to Zhuanghe was truly a preposterous idea. 

Xu Wei was between a rock and a hard place. All the siblings were taking turns looking after Grandma, and now he was up. If he didn’t go, either he’d just be leaving someone else in the lurch, or he’d be dooming Grandma to rapid (and lonely) deterioration. And Grandma already had afflictions enough, given that she wouldn’t be able to celebrate nongli xīnnián for the first time in eighty-six? years — at this point, it’s hard to keep track. No, it was Xu Wei’s turn to stay with Grandma, so he would accept his burden. 

Ever-methodical since his birth under the sign of the goat, he packed his bags in a matter of minutes, resorting to his old trick of humming rhyming lists to avoid forgetting anything. Socks in the glove box, cigarette packet in my jacket, ID and cash on the dash, shoes and hat and suit always in the boot, yan xu bing’zi on the seat next to me.

Li Na, whose enduring love for this man had been anchored in those rhyming ditties for decades, was on the verge of a conniption fit. She had already tried, actively and passively, to keep her husband from leaving, because the virus is spreading, because I swear I’m getting a divorce, because you’ll die and give the Daughter a stroke, because nobody cooks a wǔcǎi xuěhuā shànbèi like yours, because I’m too young to be a widow, because it’s freezing cold, because I’m too old to find a boyfriend, because you’re staying here, and that’s final!

But Xu Wei blithely kept going back and forth to the car, with his dopey grin and unwavering devotion to being contrarian, and those unescapable, sing-song rhy-yming li-ists began to grate on Li Na more and more. As he passed from one room to another, the song remained reverberating, like one of those pungent farts that lingers endlessly in a room: “Socks in the glove box, cigarette packet in my jacket, ID and cash on the dash.”

“ID and cash on the dash…” ID AND CASH ON THE DASH…”

In the end, that pestilential song gave Li Na an idea and, as impulsive as any good horse, quickly slipped that detestable “ID and cash” off the hapless dashboard and left him bereft of ID, driver’s license, and credit card.

That cheerful farewell with a have a good trip and a call when you arrive and a smile perplexed Xu Wei, but at the same time, he regarded it as a small triumph, the respect due to the man of the house.

As soon as the car pulled out, Li Na pulled up WeChat to video call the Daughter and report the scheme that had been launched with the theft of the wallet, improvised and without follow-up. It was then that the Daughter, a distant spectator of this drama from her home in the United States, brought up the police, with Machiavellian resolve and a thirst for harmony.

Li Na recounted everything in minute detail to the young man who picked up the phone, that my husband is in a metallic orange Chang’an, with license plate 辽B-C1603, that he doesn’t have any papers, that, remember, it is dangerous to leave Dalian, that if he is stopped, send him home right away. But the receptionist transferred him to a clerk. But the clerk transferred him to a detective. But the detective transferred him to the highway patrol. And even though the story shrunk inexorably with each telling — Chang’an, metallic orange, 辽B-C1603, home, right away — Li Na never despaired.

When Xu Wei called to tell her he had been stopped by the police, she feigned surprise as she sighed with relief, but he wouldn’t let her get a word in edgewise in his eagerness to tell her that according to AutoNavi, I’ll arrive at my destination in Zhuanghe in one hour and forty-six minutes, that the police let me go because you know what a smooth talker I can be, and my charm has only grown with the years, that what no longer work so well for me are rhyming lists, that I was convinced I had my ID and cash on the dash, that I’ll see you in a few days, that in a week at the very most. 

At the very least… what a horrible month. Not only did the city of Zhuanghe close its borders two days after Xu Wei’s arrival, but it forbade him from even leaving the apartment because he didn’t have his papers and had traveled from another city. They treated poor old Xu Wei like a leper, there, locked in his apartment, with sensors monitoring his door to make sure he didn’t leave, and a sign warning his neighbors of the mortal danger of breathing the same air as this undoubtedly virus-ridden interloper. How eternal those few weeks seemed: two cases immediately emerged in the building, one of his brothers had to bring him food, three cases, they played game after game of mahjong (the old biddy is invincible), five cases, he bathed Grandma every day to cleanse her of the virus, the virus, the virus, six, he looked ever poorer and dirtier as his beard grew — which also brings bad luck, and he has nothing to shave with — seven, eight cases.

Li Na has been calling the Daughter and Xu Wei every day; at first with concern, then with melancholy, and finally out of inertia. She had never lived alone before and, to alleviate her isolation (and to celebrate it) she has decided to change things up. Inspired by the Daughter, she has chosen to lead a gweilo lifestyle: she has done zumba every morning, binge-watched the complete filmographies of Audrey Hepburn and Janet Leigh, paraded around the house in a man’s shirt, and eaten caesar salad every day. She has missed Xu Wei, of course, but by the Great Lady of the Three Foxes, what bliss, but how sad, but what a treat.

Today Xu Wei is finally back, hurrying, hurrying, to get to a barbeque at a friend’s house in the outskirts of Dalian, visions of succulent lamb dancing before his eyes. In a rush and excited to return home, Xu Wei struggles to turn the lock, and when he finally opens the door, he does so with a thunderous crash. Li Na hears it (as if it were possible not to) and slips in the bath from surprise and nervousness — positive or negative, who can say?

Despite the spurts and spurts of blood gushing cinematically down the drain, Li Na doesn’t want to go to the hospital because, as she well knows, eating lamb when one has stitches goes against thousands of years of medical lore. And she’s going to devour that lamb whole after a month of salads. She won’t let them give her a single stitch.

Eight stitches. 

Xu Wei absolutely refuses to go to the party under any circumstances, because he doesn’t dare to tempt fate any more, because what wretched luck he’s had: it’s as if he’d been on a fourth floor, as if he’d dressed in white, as if someone had gifted him a clock, as if he’d left his chopsticks stuck in the rice, as if he hadn’t followed the tenets of feng shui, as if he’d adopted a turtle. But either we go to the party, or you can go back to live with your mother and leave me in peace.

In a few minutes, Xu Wei, clean-shaven, will check that his ID and cash are on the dash before starting the car to take his beloved wife with eight stitches on her scalp to dine on lamb. And whatever must happen shall happen.

{Translated by Adam Lischinsky}

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More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Mnemotecnia

[Read story in English]

Lo de llamar a la policía se le ocurrió a la hija. Ella tampoco es que quisiera que lo detuvieran para que pasara la noche en el calabozo —con un foco mayor de virus que de presos, seguro—, pero, en cierta manera, se lo había buscado él solito: conducir hasta Zhuanghe era del todo descabellado.

Xu Wei estaba entre la espada y la pared. Todos los hermanos se iban turnando para cuidar a la abuela, y ahora le tocaba a él. Si no iba, u otro tendría que comerse el marrón o el estado de la abuela empeoraría a pasos agigantados. Y la abuela ya tenía bastante con asumir que no iba a celebrar nónglì xīnnián por primera vez en ochenta y ¿seis? años —uno ya pierde la cuenta—. No: le tocaba quedarse con la abuela a Xu Wei, así que él se responsabilizaría.

Metódico desde que nació bajo el influjo de la cabra, hizo las maletas en un santiamén, porque recurrió a su viejo truco de canturrear listas con rimas para no olvidarse nada. Calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera, camiseta y chaqueta y bragueta siempre en la maleta, yan xu bing’zi en el asiento junto a mí.

Li Na, cuyas razones para seguir enamorada de ese hombre se habían enraizado durante décadas en esas cancioncitas con rimas, estaba al borde de la convulsión. Ya había intentado por activa y por pasiva que su esposo no se marchara, porque el virus se está extendiendo, porque te juro que me divorcio, porque te mueres y a la hija le da un patatús, porque nadie cocina un wǔcǎi xuěhuā shànbèi como el tuyo, porque soy demasiado joven para enviudar, porque hace un frío que pela, porque soy demasiado vieja para buscarme un novio, porque te quedas aquí y punto. 

Pero Xu Wei seguía y seguía, con una sonrisa bobalicona y altas dotes de desobediencia, y a ella cada vez le invadía más la furia con esas enervantes e indelebles lis-ti-tas con ri-mi-tas. Al pasar de una estancia a otra, cada canción de Xu Wei reverberaba durante largo rato, como si se tratara de una de esas horribles ventosidades que se alojan en las habitaciones por un tiempo indeterminado: «calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera…».

«La cartera en la guantera…» «LA CARTERA EN LA GUANTERA…»

Aquella pestilente canción por fin le dio una idea a Li Na y, zodiacalmente impulsiva como buen caballo, sacó la odiosa cartera de la dichosa guantera y lo dejó sin documento de identidad, sin carné de conducir y sin tarjeta de crédito. 

Esa despedida con un buen viaje y un llama cuando llegues y una sonrisa le extrañó muchísimo a Xu Wei, pero, a la vez, la sintió como una pequeña victoria, como el respeto que se le debe guardar al hombre de la casa.

En cuanto el coche arrancó, Li Na se metió en WeChat para hacerle una videollamada a la hija y esbozar el plan que había comenzado con el robo de la cartera y que rebosaba improvisación y carecía de futuro. La hija, espectadora del drama desde Estados Unidos, dijo entonces lo de la policía, con resolución maquiavélica y sed de paz.

Li Na le contó todo con pelos y señales al joven de la centralita, que si mi esposo va en un Chang’an naranja metalizado, con matrícula 辽B-C1603, que si no lleva documentación, que si acuérdense de que es peligroso salir de Dalian, que si deténganlo y mándenmelo a casa inmediatamente. Pero el joven de la centralita transfirió la llamada a servicio en comisaría. Pero servicio en comisaría le pasó con un radiopatrulla. Y, aunque la historia se fue desinflando sin remedio —Chang’an, naranja metalizado, 辽B-C1603, casa, inmediatamente—, Li Na jamás se desesperanzó.

Cuando Xu Wei la llamó y le dijo que lo había parado la policía, ella se hizo la sorprendida y suspiró con alivio, pero él no le dejó abrir el pico: que si según AutoNavi en una hora y cuarenta y seis minutos llegaré a mi destino en Zhuanghe, que si la policía me ha dejado seguir porque ya sabes que soy encantador y que mi talento ha ido mejorando con los años, que si lo que ya no me funciona tan bien son las listas con rimas, que si estaba convencido de que tenía la cartera en la guantera, que si nos vemos en unos días, que si en una semana como muchísimo.

Como poquísimo: qué mes más horroroso. No solo la ciudad de Zhuanghe cerró las fronteras a los dos días de que llegara Xu Wei, sino que ni siquiera se le ha permitido salir del apartamento de la abuela, por carecer de documentos y por haberse desplazado desde otra ciudad —lo han tratado como un apestado al bueno de Xu Wei: ahí, encerrado en casa, con sensores en la puerta y un cartel advirtiendo a los vecinos de lo peligrosísimo que sería respirar el mismo aire que aquel tipo foráneo y probablemente vírico—. Menudas semanitas: en seguida brotaron dos casos en su edificio, les ha tenido que traer comida uno de los hermanos, tres casos, han jugado y jugado al mahjong (esa vieja es invencible), cinco casos, ha bañado a la abuela todos los días para limpiarla de virus, de virus, de virus, seis, parecía cada vez más pobre y más sucio con esas barbas —que encima dan mala suerte, y no tiene con qué afeitarse—, siete, ocho casos.

Li Na ha estado llamando a la hija y a Xu Wei todos los días; primero con preocupación, luego con melancolía y al final por inercia. Jamás había vivido sola y, para amenizar el aislamiento (y para celebrarlo) ha decidido hacer algo distinto. Inspirada por la hija, le ha dado por llevar una vida de gwailo: ha hecho zumba todas las mañanas, se ha tragado toda la filmografía de Audrey Hepburn y de Janet Leigh, se ha paseado por la casa en camisa de hombre y ha comido ensalada césar todos los días. Ha echado de menos a Xu Wei, claro, pero, ay, por nuestra señora de los tres zorros, qué felicidad, pero qué pena, pero qué a gustito.

Hoy por fin regresa Xu Wei, con prisa, con prisa, para no perderse esta tarde una comida con montones de cordero en casa de unos amigos, en las afueras de Dalian. Embriagado por la emoción de volver al hogar, Xu Wei lucha y lucha con la cerradura y, cuando por fin abre la puerta, lo hace con un estruendo espantoso. Li Na lo oye —como para no oírlo— y se resbala en la bañera, por la turbación y por los nervios —no se sabe si de los buenos o de los malos—. 

A pesar de los borbotones y borbotones de sangre que escapaban cinematográficamente por el desagüe, Li Na no quiere ir al hospital, porque comer cordero con puntos atenta contra las milenarias creencias de la medicina tradicional. Y ella va a engullir ese maldito cordero, que lleva un mes a base ensaladas: no piensa dejar que le den ni un solo punto.

Ocho puntos. 

Xu Wei se niega rotundamente a ir a la comida, por no querer tentar más a la suerte, porque ya ha tenido bastante mala pata: parece como si hubiera estado en un cuarto piso, si hubiera vestido de blanco, si le hubieran regalado un reloj, si hubiera dejado los palillos clavados en el arroz, si no hubiera seguido lo que dicta el feng shui, si hubiera adoptado una tortuga. Pero o vamos a la comida o te vuelves a vivir con tu madre y a mí me dejas tranquila.

Dentro de un rato, Xu Wei, bien afeitadito, comprobará si la cartera está en la guantera antes de arrancar el coche para llevar a su querida esposa con ocho puntos en la cabeza a degustar cordero. Y que pase lo que tenga que pasar.

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de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas