Navarrevisca

Genealogía

Únicamente tía Tomasa guarda recuerdos de recuerdos de la gripe de 1918 en toda Navarrevisca; y, hasta ahora, siempre le habían parecido historias de fantasmas, de otro mundo o de otra época.

Las anécdotas se las regaló su madre, Fermina, y llevaban décadas sin paseársele por la memoria, pero desde hace unos meses se le dibujan como reminiscencias incesantes que se le aparecen hasta en sueños. 

Tía Tomasa se levanta de buena mañana, abre la ventana para airear bien la habitación y le comienzan a invadir esos vientos gerontológicos que configuran sus pensamientos desde hace noventa y cuatro años. Antes de descender a la planta baja para no regresar hasta la noche, se lava, se viste, se toma sus pastillas y hace la cama. En esa misma cama fallecieron su madre y su suegra y quizás también su abuela María con lo de la gripe, quién sabe, porque entonces en los pueblos se moría en casa. Una vez aviada, recorre las escaleras despacito, despacito, porque tiene la pierna un poco a la virulé y el descenso le agrava el dolor. 

Para no centrarse en el calvario de la bajada, piensa, peldaño a peldaño, si entonces tendrían vacunas. Ayer se preguntó si usarían mascarillas. Y el otro día le asaltaron dudas sobre el distanciamiento social. Siempre se responde que no a todo, que seguramente por eso se murió su abuela María de la mal llamada gripe española: porque no tenían nada y no conocían nada y no se cuidaban nada de nada. O sí, quién sabe, si nadie se acuerda ya de esos tiempos. Como siempre, llega a la planta baja sin sacar nada en claro, pero al menos la divagación le sirve para ignorar la dolencia.

Tiene sus rituales diarios, tía Tomasa, que apaña la casa con brío y salero: barre, recoge los cacharros de la noche anterior, se hace el desayuno. Hoy no le toca cocinar, porque aún le quedan croquetas de la semana pasada, además de unos tomatillos y unos torreznitos que le trajo ayer Maritere, la vecina, que está siempre pendiente de ella. Mañana hará empanadillas para un regimiento y las congelará para ir comiéndoselas de a poquitos.

La pierna le está dando guerra. Normal: ayer se fue con Currita a la farmacia y luego se tomaron un café y unos churros en Casa Victoria, que las llenaron de energía para echar a andar hasta las Pezuelas y la puerta de tío Ufe, casi hasta San Antonio, y se les fue la mañana en un santiamén. 

Hoy toca descanso. Se acopla en la flexura del codo la cesta con los útiles del ganchillo, agarra la silla de mimbre y sale ágilmente a la puerta de casa, donde se coloca con maña al sol y el cabello cano le resplandece mientras lo acarician suavemente los aires serranos. Si ya el pueblo se estaba quedando sin gente, ahora el desamparo ocupa las calles con más solemnidad. Esta mañana no hay ni un alma, excepto un par de gatillos que maúllan en ruegos famélicos y que sienten la ausencia humana desde el estómago.

Tía Tomasa se acomoda sobre la mimbre, totalmente amoldada a sus hechuras, y, en cuanto junta las agujas, el tintineo invoca la figura de Fermina y le vienen esos recuerdos en un torbellino confuso y se le enredan entre la lana. Su madre le daba bien a la sinhueso en el telar, mientras desenmarañaba y urdía, pero aquellas palabras se las llevó el viento y el tiempo, porque no parecían importantes. 

Fermina sobrevivió a la anterior pandemia, pero se quedó huérfana de madre con dieciocho años. A saber si se infectó alguien más de la familia, a saber con cuántos años contaba abuela María cuando se la llevó la gripe, a saber cómo se enfrentó a la parca, a saber dónde falleció. A pesar de ser familia directa, tía Tomasa se dice que desconoce quién es aquella gente, si ella no había nacido aún, qué voy a saber yo. No suspira, porque es de humores risueños, y tampoco le preocupa el olvido, pero la cadena de pensamientos inciertos se le hace inevitable durante estos tiempos.

Y aquellos tiempos… Qué duros, por Dios. Tía Tomasa creció entre cañas y canillas y su abuelo y su padre la enseñaron desde muy pequeña el arte de tejer, a lo que se dedicó en cuerpo y alma hasta que se casó con su Aurelio, que en paz descanse, un cabrero guapetón que la conquistó con las tantas y tantas cartas que le envió desde la mili. Ella tejía mejor que su hermana, que era puro nervio, dónde va a parar. A tía Tomasa se le inundaban las manos de paz y paciencia y no se le rompían los hilos al confeccionar las mantas para los pastores. Pero no solo tejía: también tupía las mantas en el batán y las cortaba —de cincuenta metros a veinticinco y luego a cinco y luego a dos y medio, le resuena como un sonsonete— y las llevaba al tendedero y las dejaba bonitas bonitas y las trocaba por los pueblos de esa zona de Ávila con su padre. Mantas y mantas pesadísimas (sobre todo cuando llovía) a cambio de queso o garbanzos o pimentón o patatas o castañas o higos o aceites o lana de oveja sin preparar o lo que hubiera, hija, a veces cuatro duros, si había suerte, que entonces había pesetas.

Come con la tele. Dicen en el parte que la gente que se salvó durante la gripe española no salía a la calle y que vivía en espacios bien ventilados y que incluso se les prohibió la cría de cerdos en casa. Sobrevivirían los ricos, tú verás. Aquí en el pueblo, antes había mucha gente y muchas casas malutas, de piedras amontonadas y con ventanucos, y siempre había un gorrino en cada hogar, que daba para el caldero de todo el año. Y las familias vivían todas juntas (los padres, los hijos, los nietos) y no tenían ni agua, solo la del pilón, y las calles eran puras trampaleras. Le contaba su madre que, durante esa horrible gripe, había días que no daban abasto ni para llevar a los muertos al cementerio de La Mata, el de ahí abajo, el antiguo.

Después de comer, regresa a su sillilla. Poco a poco, van saliendo tía Paula, tía Leoncia, tía María, todas las viudas que habitan la calle. Cada una con su asiento arcaico de mimbre, con su distancia, con sus agujas y sin sus cartas. Eso sí que lo echan de menos, más que ninguna otra cosa: las partidas durante horas y horas cada domingo, la fuerte presencia del mazo dentro del puño, los sonidos secos al barajear, el júbilo de cantar brisca. Cada vez son menos las que juegan, porque ya fallecieron tía Felisa, tía Fidela y tía Rosario, pero las homenajean con una vivacidad de carcajadas y alguna reyerta fortuita.

Ahora tienen que hablarse cada una desde una esquina, qué le vamos a hacer, y a ratos no se entienden, pero se contestan «pues tú verás», y acaban por comprenderse, porque se hacen compañía desde que no tenían arrugas. Cuando pasa alguien, si pasa, se ponen la mascarilla. Se tiran toda la tarde como cotorras, sin parar de tejer y, entre dimes y diretes, se van los días volando, aunque les falte el ajetreo de los forasteros y no puedan preguntarles «¿dónde va la cuadrilla?» o «¿cuándo habéis venío?» o «¿ya han llegado tu hermana?».

Están bien, se cuidan, no ha muerto nadie que resida en el pueblo, aquí no hay tanto peligro. Tía Tomasa está como un roble, si no fuera por el dolor de pierna… Aunque, hace unas semanas, se levantó toda revuelta y mareada y, nada, le pusieron una inyección, la llevaron a Burgohondo, que ahí sí hay médicos, y le metieron un palitroque en cada roto de la nariz y aquí paz y después gloria. Nada, todo bien, hija, no hay coronavirus que valga. A saber si hubiera agarrado ella también lo de antaño, ¿qué pruebas le harían a su abuela?, la pobre, tan joven, tan joven. Parece que otras dos o tres señoras más se murieron ese mismo día en Navarrevisca. Seguro que antes no había ni pruebas ni nada.

Hoy dan misa. Las vetustas amigas pueden ver la sombra de la torre de piedra coronada con cigüeñas desde la puerta de casa, pero se preparan con bastante antelación, porque vaya trajín siempre que repican las campanas: ay, la garrota, ay, la mascarilla. Entran y salen, entran y salen, hasta que tienen todos los avíos. Y van caminando lentamente, bien separadas, sin agarrarse del brazo, con el único apoyo del bastón y de la presencia de las amigas.

Y ahora, tú verás, hay que hacer de todo antes de entrar a la iglesia: limpiarse bien las suelas en el felpudo, lavarse bien las manos con el gel ese que está como un témpano, sentarse cada una en una punta en los banquillos —uno sí, uno no, uno sí, uno no, que así no hay quién se dé la paz en condiciones—, tomar el cuerpo de Cristo en la mano, con mascarilla el cura y mascarilla la persona comulgante. Al final se ríen, las señoras, porque todo este jaleo le da algo de emoción a la cosa: no ha habido cambios en la misa desde hace ni te cuento.

Al final del día, tía Tomasa se siente feliz en su hogar, en ese pueblo de la sierra con doscientos y pico habitantes. Tiene que aprovechar estos días que le quedan. Ya llega el otoño y empieza a refrescar y en el parte hablan y hablan de la segunda ola esa y sus hijas se la quieren llevar a Madrid, para otro posible confinamiento. No le gustaría volver a los meses de encierro, cuando se le hacían los días larguísimos, porque el único entretenimiento era observar a las familias reales europeas en las revistas, hacer calcetinillos para sus bisnietos y mirar a la policía desde el balcón. Y, encima, cuando salió a pasear por primera vez desde después de dos meses encerrada, ahí sí que le dolía la pierna pero bien, veía las estrellas, no podía dar un paso. Pero, hija, habrá que obedecer: si se queda y se pone mala, ¿qué hace? Su Maribel y su Lumi quieren lo mejor para ella. 

Se convence de que podría ser peor cuando rememora las crónicas borrosas sobre la pandemia anterior en el pueblo que le narraba su madre en el telar, testimonio que ya solo habita en su memoria, porque no está recogido en ninguna hemeroteca ni en ningún registro de la iglesia ni en ningún otro imaginario de este mundo y que se hunde cada vez más en los misteriosos recovecos de la historia. Esos recuerdos de recuerdos se esconden como un tesoro efímero en la persona más mayor de toda Navarrevisca, que se acaba de meter en la cama para descansar sobre todo la pierna —que le duele menos cuando la estira—. Tía Tomasa sueña con soñar que su abuela sobrevive y que le cuenta con pelos y señales todo lo que pasó en Navarrevisca durante la gripe española.

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Idiosincrasia

Ensimismada por la insistencia de su cilantro en amarillear, Angélica se imagina su propia muerte con una clarividencia abrumadora por enésima vez en la vida. Y eso que ahora no fuma. Antes, cuando se acomodaba durante horas en la barda de la Casa de Cortés, para ver a la gente de paseo y susurrarse efímeras ficciones ajenas mientras se vestía los interiores con humos, jamás le invadían pensamientos obituarios. 

El fulgor verde de sus lechugas al atardecer la suelen llenar de brío, pero a veces empatiza con el cilantro: al ser grupo de riesgo, su esposo y el hijo que todavía vive en la casa familiar apenas si la dejan salir. Arranca las hojillas malheridas de cuajo, porque dejarse hipnotizar por sus humores ocráceos sería como volver a los años de amargura en Emiratos Árabes Unidos, cuando la mera idea de enfermar o morir le producía tal pánico que se sumía ya en las garras de un insomnio anclado en la ansiedad, ya en esos sueños profundos de hasta veinte horas de quienes quieren escapar de la realidad.

Ahí sí que estaba sola por sentencia: empujada al exilio por el despido masivo de aquella criminal empresa que, de un día para otro, puso a ocho mil quinientas familias de patitas en la calle, sin declarar quiebra ni dar finiquitos ni indemnizaciones ni salarios caídos ni nada de nada. Se robaron hasta las cajas de ahorros de los trabajadores con el apoyo de ese ratero de Calderón, quien jamás se mereció el honor de presidir la República Mexicana.

En los Emiratos, sus hijos no aguantaron ni un tris y su esposo pilotaba aviones sin descanso: no se le veía el pelo durante seis días seguidos y luego se marchaba de nuevo a las pocas horas de volver al hogar. «Hogar», en ese caso, servía de eufemismo para «departamento teñido de la soledad impuesta de existir en medio de la arena de un país donde las palabras de una mujer se equiparan a la nada y su valía solo depende de la de un hombre y más como extranjera, que una pasa a la categoría de ciudadana de tercera clase».

Escapa de los tormentos añejos gracias a la palpabilidad de un fruto maduro de su huerta. Hace unos días leyó que «aguacate» en náhuatl significa «testículo», así que lo saborea regodeándose en la etimología y evitando mirar de reojillo las hojitas secas del cilantro, que le recuerdan a toda la gente que está muriendo —decenas, cientos, miles: las cifras no paran de subir—. A través del gusto regresa a su ser, a su presencia en Coyoacán, donde vive y donde fallecerá, porque ya no piensa morar ni morir en ningún otro lugar del planeta jamás.

Aquella otra vez que vislumbró la parca, estaba atrapada casi en las antípodas con una depresión coronada por la certeza de que la mataría. Su temor la llevó a hacer jurar y perjurar a su marido que, si la muerte llegaba, mandaría sus restos a México para que sus cenizas se desperdigaran por cada rincón de Coyoacán; daba igual si en las banquetas, los maceteros, los charcos o incluso los botes para la basura: ella quería desperdigarse por su barrio querido, por la tierra que la llenaba de sollozos y nostalgias incluso cuando se sumía en esos sueños profundos de los que despertaba empapada en sudor y suspiros con el amor por su polícroma tierra exacerbado. Si sus restos permanecieran hasta los confines de la eternidad en esos territorios remotos, sería como morir por duplicado. 

Allá, inmersa en el desamparo, viviendo algunos de los peores años de su vida, se acostumbró a hilar palabrillas en el silencio más absoluto y ahora espera a que ennegrezca el día y su familia se deje embelesar por la caída de los párpados, para que el ruido sólo quepa en el pasado y en el futuro. Y entonces, sólo entonces, consigue escribir los portentosos microcuentos y poemas que le brotan de las uñas al sigilo de su fascinante guarida crepuscular. 

Pero hay veces en que el silencio se llena del ruido causado por la incertidumbre del mañana y entonces anhela la inspiración pasada: ya no se puede sentar en la barda de la Casa de Cortés, su lugar favorito para observar a la gente e inventarse historias. Aunque mejor, ya que el mequetrefe del alcalde ha anotado una escabechina más a su lista de barbaridades cometidas y por cometer, afeando el edificio al cubrir de blanco el radiante amarillo pretérito y alejando de la zona toda brizna de inspiración.

Con el confinamiento se ha aferrado a las letras y está más activa que nunca: a sus cincuenta y siete años se ha convertido en toda una marisabidilla de la tecnología e imparte cursos en línea, participa de proyectos de escritura virtuales y hace de las noticias, añoranzas, reminiscencias y rutinas sus musas. En días como hoy, se cuestiona su propia supervivencia y se convence de que permanecerá en este mundo cristalizándose en la literatura. 

Ha comenzado un microcuento —«Escurrían sobre sus redes los sudores de varios bichos»—, pero necesita llenarse los entresijos de brisillas para poder continuarlo. Sube a la azotea del edificio a tomar ese aire nocturno que parece tan limpio —la contaminación se camufla, sibilina, entre las maravillas de la noche— y disfruta del sonido de los árboles mecidos por el viento y del canto de los grillos que festejan el verano. Su casa, ese refugio donde se narra por dentro, se envuelve entre las cálidas páginas de sus libros, los deliciosos zarandeos de sus plantas y los entrelazamientos con su familia. 

Una tormenta de verano le recuerda que está viva con el vigor de la lluvia y el arte fugaz de los relámpagos sobre el cielo violeta; y sobrelleva con dulzura su enésima certeza de la propia muerte, pero se resiste a sucumbir a sus promesas de descanso porque desearía no marcharse todavía de este mundo. Aunque, si pereciese, habría cumplido con lo que ha venido a hacer: se encuentra en su país, sus hijos ya se dan de comer solos y ha plantado semillitas literarias acá y acullá: no teme su partida, qué va, empero le tiene pánico a irse con dolor y sufrimiento. 

Ya enraizada donde debe, se permite el lujo de ponerse tiquismiquis: si se muriera ahora —de golpe, por favor, de golpe—, no querría que sus restos cayeran en cualquier agujero de su barrio: le encantaría que se arremolinaran alrededor del quiosco del parque Hidalgo y acariciaran a los mimos y los payasos callejeros que entretienen a un público, ahora medio ausente, por unas cuantas monedas; adoraría que sus cenizas bailotearan entre los sones y huapangos que ensayan los jaraneros en el parque de La Conchita; disfrutaría que se colaran por las fosas nasales de los gringos que se apelotonan en la casa de Frida Kahlo y se niegan a soltar jamás una mísera palabrita en nuestra lengua, para hacerlos al menos estornudar en español.

Desde el sosiego de la azotea se siente más coyoacanense que nunca. Es feliz en el lugar correcto, aunque la muerte ronde. Medita un poco —pero poco, que si no se queda dormida— y se dice que mañana inundará de amor a su familia con besos, abrazos, rica comida y les dirá que ya saben que ella es muy apapachona —porque revienta si no se llena la boca cada día con su palabra favorita, exiliada del diccionario academicista— y se inventará que falta algo indispensable y saldrá al supermercado o a la farmacia para empaparse los sentidos brevemente del arcoíris urbano hoy negado por el confinamiento. 

La pandemia no le ha arrebatado ni un gramito de hambre, y hoy Angélica sueña que las calles se dejan pasear libremente de nuevo y que come quesadillas en el mercado de antojitos, un chocolate en El Jarocho y un helado de higo con mezcal sentada en una banca oyendo el sonido de la fuente de los Coyotes mientras se llena las pupilas de las variopintas personas que, sin darse cuenta, le regalan esas historias que nutren las hambrientas líneas de su literatura.

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Acribia

Cada vez que ve su propia imagen, se le aparece Alfonsina Storni para susurrarle alguna perogrullada. «Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas», le canturrea, dejándole a Giselle con la duda si se referirá al maquillaje o a las ronchas.

Como en las videoconferencias con los alumnos apenas si se aprecia el colorete, la máscara de pestañas y el labial —a diferencia de cuando había clases presenciales—, quizás la poeta hable de cómo Giselle ha renunciado a ese color rojizo con el que siempre se aderezaba. Pero Giselle de verdad cree que Storni tiende más bien a la sororidad, así que la estará piropeando porque el confinamiento se ha llevado los sarpullidos que antes le invadían la cara.

Giselle se queda largo rato observando su reflejo: hacía demasiado tiempo que no veía ese rostro que es intrínsecamente suyo. Lo mira y remira y lo admira. En el aula, se sentía el centro de todas las miradas e intentaba acudir de punta en blanco, para que sus estudiantes no la sometieran a un interrogatorio mordaz: que si la profe Gise está muy pálida, que si la profe Gise no se peinó hoy, que si la profe Gise lleva un pantalón muy ajustado. Por primera vez no siente la presión de cubrirse con la feminidad reglamentaria ni de tener que esconder cualquier anomalía: ahora no existe el estrado, sino que ella ocupa un cuadradito más en la pantalla y está a la misma altura que el resto de la clase.

La pregunta más inquisidora, sin duda, versaba sobre el porqué de las ronchas. Qué sé yo, les decía siempre, rehilando sobremanera el «yo» avivada por el puñal del incordio. Tener que exponerse así y que dar explicaciones que ni ella misma tenía alimentaba las ronchas hasta que el maquillaje no servía y rasca, rasca, rasca y se veía obligada a recurrir a aquellas dolorosas inyecciones de corticoides.

Qué sé yo, qué sé yo. Nadie sabía el origen de esos ronchones que llevaban dos años brotándole por todo el cuerpo: ni los médicos generales en Río Cuarto, ni los dermatólogos en Córdoba, ni, desde luego, aquel doctor que aún creía en las brujas y en la histeria y que le recetó que se marchara un tiempito a Gigena porque todo se debía a la locura.

Pero las cremas y los comprimidos ya forman parte de esa realidad remota en que Giselle corría de un lado para otro automáticamente, todo el día, todos los días —las clases en dos institutos, los exámenes, las atenciones familiares, los mates con las amigas—. Su vida dependía del cronómetro inexorable de los hábitos repetidos y no podía parar, no podría parar; pero ahora que las agujas del reloj llevan meses retenidas, ha resuelto el misterio de esos molestos sarpullidos: lo que le irritaba el cuerpo era el purito estrés.

Giselle lleva tanto rato frente al espejo, que Alfonsina reaparece: «Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana». Y sí: la muchacha extraña su aspecto impoluto y se siente petisa, porque no le apetece alisarse la rubia melena ni andar de tacos para estar en casa.

A decir verdad, a veces sí recurre al repiqueteo para poner orden: cuando las hormonas de sus estudiantes están en huelga antiliteraria, se calza los zapatitos rojos, esos de tacones portentosos, y camina de un lado para otro de su cuarto, para producir ese sonido hipnótico que amaina a cualquier bestia. Y, en cuanto vuelve a las pantuflas, se jura que jamás se las sacará aunque la vida se rebobine y nunca se pongan de moda.

Su cuarto, como el resto de la casa, ahora hace las veces de hogar y de lugar de trabajo, y se desdibujan tanto las líneas entre ocio y obligación que siente a menudo que sus días se espachurran en una sola dimensión en que siempre está a un clic de todo el mundo, dispuesta a recibir encargos y deberes y dictámenes y protestas.

Enciende el ordenador y prueba la cámara para ver que todo esté perfecto: el ángulo idóneo, el fondo y la camisa y el peinado profesionales y la luz a una buena temperatura. Se cuela por la ventana una conversación que no puede evitar entreoír —el año está perdido, che, los profes no hacen un pedo—, y antes de que se unan sus estudiantes al aula virtual, Storni la sosiega: «gimen porque nace el sol, gimen porque muere el sol…». Al mirarse en la pantalla, se siente poderosa y la vocecilla de la poeta runrunea y la vigoriza. Cuando comienzan a aflorar adolescentes en la pantalla, los saluda con dulzura y distancia, porque los adora, pero necesitan rigidez para concentrarse y recitar poesía. Se le pasa la mañana volando entre los versos dorados de sor Juana Inés de la Cruz.

Emiliano llega del hospital a las dos, puntual, con la jornada laboral a la espalda y el canturreo cordobés colgando de su sonrisa permanente. Se ducha ipso facto, porque Río Cuarto presenta ya cien casos, los primeros, aparecidos meses después que en las zonas del mundo más pobladas, y hay que ser más precavidos. Entretanto, Giselle pone la mesa y sirve la comida. Se besan antes de sentarse, torpemente, aún desacostumbrados a la diferencia mayor de altura desde que los tacones no forman ya parte de su rutina. Piensa en pedirle a su novio que se encargue de quitar la mesa más tarde, pero vendrá cansado, no importa, vos hacés otras cosas.

La profesora se enreda últimamente en reflexiones flamantes que le brotan desde lo más profundo de su fuero interno: al salir a trabajar, una siente que se equipara con el hombre, pero, al contrario que su novio, ella sí puede teletrabajar y, al pasar todo tiempo en casa, pareciera que Emiliano es quien labura de verdad, que ella solo enreda un poco por el ciberespacio y plin.

Por mucho que pugne con sus adentros —que yo no vine al mundo para hacer esto, que mi mamá me enseñó a no ser esclava de las tareas domésticas, que no me tengo que reducir al hogar—, no puede evitar arrastrar ancestralmente las tradiciones que la aplastan y la anulan, y es ella quien sobre todo acondiciona ese lugar, hilando el trabajo remunerado con el invisible y gratuito, porque no le cuesta nada, porque le gusta que todo esté limpio y ordenado, porque lo siente más suyo porque lo habita más rato y, asúmelo, porque los siglos a las mujeres se nos ha encasquetado todo embrollo doméstico, y es más fácil continuar con la costumbre que nadar contracorriente.

Una vez acabado el almuerzo, la pareja se rinde a la siesta, a la que no quieren renunciar, porque es lo único que les queda intacto de aquella vida pasada que se pierde en la neblina y se descascarilla sin remedio. Justo antes de caer en las redes del sueño, los iris de Emiliano reflejan un par de Giselles y mana ese rumor convincente de que «la casa era un arrullo, un perfume infinito, un nido blando» y la melosidad de la escena la amodorra apaciblemente.

Al despertar, él estudia y ella trabaja en la cama, arrecida por el frío invernal de agosto en la ciudad de los vientos y despojada de la culpa que la carcomía al principio de la cuarentena por corregir las tareas desde la comodidad de cojines y cobijas y no desde la rigidez adusta de un escritorio. La culpa también se le dibuja como una penitencia femenina, que se multiplica al dedicarse a la docencia, porque siente el escrutinio incesante de la fama que tienen los profesores de vivir eternamente de vacaciones.

Giselle mira por la ventana y Alfonsina musita desde el cristal aquello de que «¿qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?». Emiliano rompe el reflejo, y su novia le pregunta extasiada que cómo hacíamos todo lo que hacíamos, de verdad, cómo, cómo lo hacíamos. Él se encoge de hombros y la ve iluminada y declara con un beso que él hoy hará la cena, para demostrarle que también anda últimamente cuestionándose los roles.

En las imperfecciones de la nueva normalidad, Giselle ha encontrado un bálsamo: no madruga tanto, no corre de un lado para otro y no se llena de ronchas y ronchas por el estrés. Que el mundo se haya parado de golpe le ha regalado ese tiempo que no sabía que necesitaba, y ahora se siente más ella que nunca, porque ha recuperado su altura, su rostro y su piel y  porque cada día le ofrece un huequito para reordenarse, reorganizarse y readaptarse.

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El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Onirismo

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Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

Sin pretensiones de cotillear, Ganza no puede evitar escuchar de fondo cada promesa de Keza y le entristece el mero hecho de pensar en su partida. Intenta centrarse en la cocina: ya tiene preparadas desde hace un buen rato las mimosas (se van a aguar), las tortitas (se van a enfriar), la fruta (se va a oxidar), las bolas de helado (se van a derretir). La paciencia se le está consumiendo, pero sabe que se trata de una gran oportunidad laboral para ella, pero no quiere que se marche de Nebraska, pero en realidad son menos de cuatro horas en avión, pero él tampoco es que se pueda mudar ahora, pero no tendrá problema para encontrar algo allí como ingeniero eléctrico cuando esté libre, pero ojalá se quede, pero cuelga ya, copón, pero.

Cuando Keza termina, se nota que la entrevista la ha dejado exhausta, pero se recupera con ese brunch aguado, frío, oxidado, derretido y lleno de amor que le ha preparado su Ganza. Ninguno menciona los desperfectos culinarios y disfrutan mucho de ese comienzo de fin de semana cumpleañero, a pesar de los incesantes soniditos de notificaciones, que Keza ignora, pero que enervan a Ganza, con tanto bip-bip-bip, bip-bip-bip. Keza no se molesta en mirar el móvil: a las nueve de la noche en África central, sus tías por fin han aparcado el ajetreo diario y le mandan recomendaciones en forma de fotos y memes y vídeos y textos de copia-pega con kilómetros de faltas de ortografía sobre cómo lavarse las manos, los beneficios de comer carne, los robots antiepidemia en los hospitales, los maleficios de la delgadez, los horrores de los vestidos demasiado cortos. Y también envían selfies, muchos selfies, todos los días, con luces y perspectivas que resaltarían inevitablemente cualquier papada de cualquier tía. No todas son sus tías-tías: en Ruanda, cada bebé crece en el seno de la comunidad, consanguinidad mediante o no, y las mujeres que se involucran en la crianza derrochan una generosidad vestida consejos ad æternum, por mucho que una ya tenga una edad. Las tías-no-tías con WhatsApp son el antónimo de silencio.

A pesar de las truculencias del bip-bip-bip, la mezcla explosiva de champán y vitamina C los empieza a poner mimosos, pero enseguida llega una llamada interruptus. Ganza le pide que no lo coja, anda, que tu cumpleaños no es hasta mañana, pero sabe de sobra cómo funcionan esos paquetes de veinticuatro horas de llamadas e internet en su patria: si no contesta ahora, igual no hablarán hasta dentro de una o dos semanas.

Es la madre de Keza. Ya sabes, chitón. Que no podía esperar a mañana, que qué tal por Maine, que muy bien, muy bien, tranquila, que si por aquí todo como siempre. Las conversaciones con mamá rozan lo soporífero, y más ahora que se ha hecho a la narración desde el embuste —antes, al menos, las verdades a medias la llenaban de adrenalina—. Le cuenta qué estaría haciendo en Maine y reproduce su día en Nebraska, cambiando un poquito de escenario, imaginándose confinada en soledad en aquel apartamento que lleva semanas sin pisar. Ya no se pone nerviosa cuando hablan, porque está cómoda en la acolchada mentirijilla piadosa: por si mamá llama hoy —como en Ruanda es invierno, siempre pregunta si hace frío—, tiene la costumbre de revisar cada mañana el clima de la ciudad donde paga el alquiler pero que no pisa desde marzo. 

A Keza le parece normal no contarle toda la verdad sobre sus amoríos, aún tiernos, inciertos, frágiles, pero mentir sobre la situación meteorológica le parece el sumun de la sinvergonzonería, porque sería negar la naturaleza. Sentir la piel de Ganza también forma parte de la naturaleza, pero sucede en un recoveco, y no en el absolutismo del sol y el viento. Como jamás le haría eso a su madre, en Omaha, Nebraska, siempre se viste según los dictámenes atmosféricos de Portland, Maine, para mantenerse fiel a la mujer que le dio la vida, aunque eso implique algún achicharre ocasional. Total, según los meteorólogos, ambas presumen de un clima continental templado, así que por qué poner el grito en el cielo por nimiedades de seis u ocho grados.

Keza cambia de tema en cuanto puede: todo bien por aquí, todo igual, como siempre, como siempre, nada nuevo, tú qué tal. La vida en Ruanda ha pegado un cambio con el virus, claro, y al principio le despertaba interés conocer los pormenores, pero ahora ya las novedades se visten de antigüedades: los negocios familiares siguen luchando por mantenerse a flote, la gente se arremolina sin mascarillas ni remordimientos en las motos y en la iglesia y la mayoría de personas viven al día. A papá le gusta pensar que está salvando la situación porque saca algo de dinero de aquí y allá, en esos negocios en los que siempre está enredado y que Keza y el resto de hermanos desconocen. Mamá desenreda: no se dedica solo a las tareas de casa —eso es de ricas—, sino que trabaja en la compañía de gas, tiene ahorros y le hace pensar a su marido que sí, que sí, que sin ti no saldríamos adelante. Nada nuevo bajo el sol, excepto el trasfondo vírico.

Sus padres no están muy al tanto de lo que pasa en Estados Unidos —papá no está al tanto de nada, para qué engañarnos: nunca llama—. Saben lo de la esclavitud pretérita y para de contar: no tienen ni la más remota idea de las injusticias actuales. Jamás han oído nombrar a George Floyd —ni mucho menos a Breonna Taylor— y Keza tampoco les cuenta nada sobre #BlackLivesMatter ni sobre las protestas en todo el país. ¿Para qué? ¿Para preocuparlos? Todo bien, mamá; como siempre, mamá.

La madre conoce lo básico: que Keza trabaja desde casa —¿casa?: «casa»—, que hace algo con ordenadores, algo, que Ganza existe, que obviamente es tutsi, que hoy no ha llovido. No necesita saber nada más: adentrarse en los intríngulis de las vidas de las hijas está sobrevalorado. 

Keza lo mencionó una vez hace meses, un amigo, y luego no soltó ni prenda cuando se mudó a dos mil quinientos kilómetros para sobrellevar la incertidumbre pandémica en la casa de aquel muchacho al que tampoco conocía tanto. Antes procuraba colocarse siempre delante de muro blanco, para no despertar sospechas, pero poco a poco ha conseguido pergeñar una reproducción del salón de su piso en Maine, un escenario diseñado a golpe de clic, tan perfectamente idéntico que Keza se mueve por él, videollamada en mano, con una mezcolanza de comodidad y repelús. No sabe por qué se ha molestado tanto; total, qué más da: al final sus conversaciones se componen de píxeles, ecos, repeticiones y ¿qué, qué, qué? 

Hoy la mentira se le está haciendo bola, pero al final se las apaña: se inventa un cumpleaños paralelo, en Maine, donde sí que vive su hermana, y le cuenta a su madre los planes que harán juntas con todo lujo de detalles y se embarulla y embarulla en el embuste y ella misma se imagina a la perfección hasta el color del confeti inexistente de su celebración imaginaria.

Cuelgan y tanta trola le deja un mal sabor de boca. Da igual: seguirá ocultando su ubicuidad y hablará sobre el clima, le hará luz de gas a su madre sobre cualquier extrañeza fruto del despiste en el mobiliario y se armará de paciencia una vez más (y otra y otra) para explicarle a su madre cómo activar la cámara delantera.

Keza está encantada. Le tiene un cariño tremendo a Ganza, tremendo, pero ha de ser un secreto todavía, porque ha crecido escuchando «no te eches novio hasta que no te cases» o «esconde a tu prometido de tu padre hasta la boda». Y eso hace, lo omite, lo separa del universo que comparte con su madre. Al verbalizar una realidad imaginaria en la que está soltera y confinada en soledad, sin darse cuenta ha creado una doble vida que domina cuando está despierta, pero que se solidifica en sus pesadillas.

Apenas si llevan seis meses saliendo, pero para Ganza este fin de semana es el más especial del año. Le da su primer regalo: una cena sorpresa con amigos en la terraza de ese restaurante africano en el centro, su favorito de la ciudad. La velada empieza con guantes, mascarilla y besos al aire y acaba inevitablemente con fotos sin distanciamiento social y chinchines con copas baboseadas. La guinda a una noche perfecta la pone el segundo obsequio, que emociona a todos los comensales: unos trajes tradicionales ruandeses con estampados a juego, que la pareja se enfunda en un periquete en el baño, que les da un aire aún más fuerte de tortolitos y que acabarán manchando de brindis y carcajadas.

Duermen en cucharita, sin quitarse esa ropa con lamparones, en un gesto de amor improvisado, silencioso y envolvente. Keza vive en el centro del país, paga el alquiler de su piso vacío en la costa este y tiene las miras laborales en la costa oeste. A veces se pierde en sus pensamientos noctívagos cuestionándose la corporeidad de su existencia, pero hoy se adormece en el convencimiento absoluto de que su hogar verdadero converge en este abrazo secreto.

Despierta desde el placer de un masaje en los pies, de millones de besos conmemorativos y del olor a café y a las sobras recalentadas de la cena. Keza se despereza y observa los trajes que ahora conforman su unidad como pareja, y se siente dichosa y tranquila. Su propósito de hoy, la calma: nada de correos de trabajo ni de competiciones sobre quién dobla la colada más rápido.

Aunque los domingos acostumbran a comenzar el día comentando la actualidad con las bocas llenas de soluciones y desayuno, Ganza intenta hablar de banalidades y cambiar el rumbo de la conversación cada vez que sale el tema, porque hoy es un día alegre, mejor hablemos de otra cosa, que hoy querías relajarte, ¿no? Pero Keza argumenta que no puede haber nada más valioso en su cumpleaños que la palabra, su único poder, de hecho: como residentes temporales en Estados Unidos, no pueden ir a manifestaciones, ya que cualquier sombra política en la que se involucren podría acabar fácilmente en una deportación. Por no poder no pueden ni siquiera caminar en su propio barrio residencial de noche, porque quedan a la merced de que cualquier vecino blanco los considere sospechosos y llame a la policía. 

Les encanta que el sistema se tambalee, pero les toca resignarse a vivirlo desde una lucha sombría y castrada y refugiarse en hablar de lo que ocurre a su alrededor, ver vídeos de la brutalidad policial, remover conciencias en internet desde seudónimos, consumir en negocios afroamericanos y africanos. Su trinchera la conforman esos pequeños gestos. Quieren ayudar y participar, porque también han arado durante años parte de su historia en esta tierra, aunque no tengan pensado quedarse aquí para siempre, en este lugar con tantas oportunidades como desprecio, que ha dibujado sus identidades desde una perspectiva que jamás los rozó en Ruanda. Ambos rechazan desde las entrañas cualquier posibilidad de tener hijos en un lugar donde el mero hecho de ser una persona negra equivale a estar en peligro constante.

Pero por ahora no ven ningún motivo para volver a Ruanda: sus trayectoria profesionales van viento en popa, cada uno de sus hermanos está en un país distinto, todos sus amigos han emigrado y se tienen que gastar cientos de dólares en regalos cada vez que van de visita. Cuando vuelvan, en el futuro, será para abrir su propio negocio, pero su presente está en algún lugar de la vastedad estadounidense. Mejor no manifestarse, no.

Tiene razón Ganza, es mejor no pensar en ello: olvídalo, da igual, que el plan para hoy consiste sumirse en la relajación más sublime. Pero durante la sesión de manicura y pedicura, Keza se acuerda del gas pimienta que la policía lanzó en la manifestación del jueves pasado; en plena película de matiné, le viene a la mente el comentario racista que le soltó aquel hombre por la calle hace un par de semanas; y hasta al leer un libro —con esa incesante sinfonía de bip-bip-bip de fondo—, se refuerza en la idea de que la gente solo escucha cuando hay revueltas y le apena no poder acudir.

Solo al cocinar juntos la cena especial de cumpleaños —isombe, ubugali y waakye—, Keza se sume por completo en el fulgor de la ternura que le ha regalado el confinamiento y observa a Ganza remojando las hojitas de zahína. Se olvida de Seattle y de Portland y su presencia se enraíza por completo en Omaha, y la escena irradia tanta belleza que se convierte en óleo sobre lienzo: la amalgama de colores, la luz perpendicular que divide el rostro de su chico, las sombras que dramatizan la col y los tomates, la perspectiva aérea dada por aquel sfumato de harina de yuca.

Interrumpe el bodegón una llamada y, en cuanto descuelga, Keza siente de sopetón de que mamá ya no vive en la ignorancia. Se siente ridícula, minúscula, insignificante. No sabe cómo lo sabe, pero lo sabe. Una corazonada, qué quieres que te diga, chica. El pensamiento dura el lapso de un segundo —¿se lo cuento o no?—, pero enseguida vuelve a fingir verdades, agradece la felicitación y se centra en las preguntas entrecortadas con respuestas certeras: no, mamá, nada de frío, nada, hoy hace un tiempo de lujo aquí en Maine.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas