Bibliofilia

Cada vez que se trenza el pelo, agradece por Nina Wayra. Cada mechón, cada cruce, cada tirón marcan la presencia de la niña en el mundo con salud y alborozo. Las dos trenzas caen a ambos lados del cuello y ahora llegan hasta el pecho, pero se quieren cada vez más largas, cada vez más largas, hasta el infinito, porque prometió no volver a cortarse nunca más el cabello si Nina Wayra nacía sanita.

Después de peinarse, Coyote lee un par de cuentos (ahora le embelesa Edgar Allan Poe), con las letras ensombrecidas efímeramente por el humillo de la aguapanela y el silencio del verbo acariciado por los arrullos desde el exterior. No se le cae la casa encima: sale a diario al monte o a hacer recados, dejándose llevar por los soles y las lunas y la medida de pico y cédula, según la cual puede ir al pueblo solo en los días impares. Sus padres ya son señores de edad, grupo de riesgo, y no pueden caminar tanto, por lo que lleva meses encargándose él de tales menesteres. No le importa, le gusta caminar al mercado, aunque vivan lejos de la zona urbana, porque respira aire puro y le rozan la piel el aire y la luz de la naturaleza y reflexiona e imagina y crea y se le pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén. Eso dice él siempre, se me pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén, porque el encierro le angustia, lo aborrece, él que ha sido siempre tan callejero.

Está mejor acá que si lo hubieran confinado en Tunja. Acá puede caminar por la finquita y más allá. Puede recorrer el campo y sumergirse en el inigualable verdor colombiano para encontrarse consigo mismo. Siente más libertad que en cualquier ciudad, excepto si alguien se enamora de él. Y, desgraciadamente…

Tuvo suerte: vino al pueblo a visitar a sus padres con Nina Wayra y la mamá, que ya no son pareja, pero comparten y se ayudan mutuamente; y ese fin de semana de visita pasó a convertirse en semanas de estancia, en meses de convivencia. La niña y la mamá acabaron por conseguir un permiso para salir del pueblo y regresar a Tunja, pero entre todos decidieron que lo mejor sería que Coyote se quedara un tiempico para cuidar de sus padres, hacerles compañía (y la compra) y continuar con el acercamiento a sí mismo.

La pandemia y los paseos en soledad han esclarecido algunas de sus dudas vitales. Ahora se vuelve a hablar con su hermana y su cuñado, que también han pasado tiempo en la casa de los papás. De joven, de loco, se obsesionó con unos libros de Foucault suyos que no le quisieron prestar y acabó por robarlos y perder su confianza. Pero ahora le ha dado por airear sus propios textos, originados durante el confinamiento, y han vuelto a hablar porque el cuñado también escribe y su hermana mayor lee con avidez. Robar letras, escupir letras: las pasiones literarias han marcado su relación. La extrañaba, carajo, a su querida hermana.

Catapultar letras. Planea nuevas formas de enfocar sus proyectos de difusión de la literatura en espacios no convencionales. ¿Cuándo podrá volver a repartir obras en zonas rurales con su proyecto Bicilibros? Quizás virtualmente, claro, no queda otra, virtualmente: aunque ahorita haya tránsito libre, la gente ya le tiene miedo al contacto físico, y ¿cuánto perdura el miedo? 

Lee mucho, muchísimo. Escribe, como lleva haciendo un tiempo, pero ahora también publica, deja que lo miren todito por dentro. Antes lo hacía para sí mismo y difundía solo las letras del resto. Pero ahora se está exponiendo. Forma parte de un colectivo de minificción internacional, con escritores de los que aprende cada día y lo motivan. Escribe, lee, difunde, sueña entre renglón y renglón.

Lo que más le gusta de la ciudad es que sus trenzas pasan más desapercibidas. No como en Somondoco, con tres, cuatro mil habitantes, donde nadie comprende qué le puede llevar a un tipo a no cortarse el pelo. Nada. No hay justificación suficiente para que un hombre elija pasearse alegremente con tal aspecto, porque ya se sabe que los mechudos no son más que revolucionarios o anarquistas o gandules o guerrilleros o subversivos o drogadictos o todo lo anterior. Sí, sí, seguro que todo lo anterior. Todo junto, por muy contradictorio que parezca. La violencia hizo que los campesinos de esa zona esmeraldera se volvieran cada vez más conservadores y se dicen que conocen muy bien a los hombres como Coyote, ese, no más que un mechudo que solo busca problemas, una persona no deseable para la estabilidad del país. 

Sin duda.

El comandante de la estación de policía desde luego no tiene ninguna duda de que un hombre que no se apaña como se tendría que apañar, que no se afeita a diario, que no se corta el pelo cada pocas semanas, que no viste de traje o de uniforme, que no se presenta con decencia ante la sociedad y ante Dios, que no se baña, carajo, es que ni se bañan, carajo, que son purito piojo, que un hombre así no busca más que problemas.

Su aspecto le trae problemas, problemas, problemas inevitablemente, pero él lo reinterpreta y lo honra. En una actividad de promoción de lectura hace ya tiempo, un joven le dijo que parece uno de esos hombres que se dedican al tráfico ilegal de personas para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, un coyote. A Antonio le encantó imaginarse a sí mismo como un hombre que cruza y expande las fronteras —las fronteras literarias— y se apropió el término. 

Pero ¿cómo podría desdibujar las fronteras levantadas por la pandemia? Le da muchas vueltas al tema, todo un quebradero de cabeza. Le encantaría juntarse en la universidad, hacer una lluvia de ideas, pero no es momento de reunirse con nadie. Pregunta a compañeros por internet. Cómo lo hacemos, cómo seguimos. Difícil. Está la cosa negra.

Cada vez que recorre esos dos punto seis kilómetros para llegar al pueblo va moldeando más su plan, lo cual lo distrae y le da un aire como ido. Los libros se cogen, se miran, se manosean: llevar la literatura a espacios no convencionales se dificulta en tiempos de pandemia. Llega al pueblo otro día más para comprar comida de a poquitos, porque luego hay que cargarla: es más fácil en varios viajes, poquito, poquito, en varios viajes.

Es más difícil en varios viajes, pero al estar tan ensimismado, al principio no se dio cuenta. El comandante lleva un tiempo observando cada movimiento de Coyote, ese melenudo que merodea a sus anchas por el pueblo, que seguro que se trae algo maléfico entre manos. Ahora siempre le pide que le muestre la cédula de ciudadanía, siempre, siempre, cada vez que baja al pueblo, con la esperanza de que rompa las nuevas normas creadas para mitigar la enfermedad y castigarlo como merece, con esos pelos, a quién se le ocurre ir así por la vida.

Coyote cada vez ha ido cargando más compra de una vez para reducir sus visitas al pueblo, aunque dificulte el viaje y tenga que parar en varias ocasiones para que le dejen de latir los dedos, se desdibujen las marcas de las asas sobre la piel y las yemas recobren el color natural. Llegaba a casa cada vez más pálido, más fatigado, y su madre, que jamás le llama Coyote, solo le susurra «Antonio, Antonio, qué pasó, Antonio» y él musita que se enamoró de mí el comandante de la policía, el pendejo comandante. Eso dice siempre, que se enamoró de él el comandante.

Pero ahora tiene una bici nueva, de montaña. La primera era de ruta, un cacharro. Con esta puede bajar al pueblo más rápido, no ser visto por el comandante, quizás. Con esta podrá retomar su misión con más fuerza que nunca y que la falta de un libro no sea motivo para que una persona no lea. Sueña con recibir libros de todos los géneros, para compartir con la comunidad. Le donan obras diferentes universidades y él va —bueno, iba, irá, ahora no puede— con su bici por las zonas rurales de Colombia repartiendo libros, con la intención de que los jóvenes se enganchen a la literatura y no a las sustancias psicoactivas. En las zonas más ricas sí que pide una luquita, una platica, pide, porque él tiene gastos y familia, pero su objetivo es compartir con la comunidad, expandir por toda Colombia el amor por la literatura.

Con la bici nueva, baja al pueblo más rápido, pero el comandante de policía le sigue pidiendo la cédula. Al principio, cuando la mascarilla no era obligatoria, la excusa para pararle era esa, cédula, barbijo, decía el comandante, dónde está tu barbijo, decía el comandante. Y, ya cada vez que baja al pueblo, lo hostiga, lo indaga y cédula, cédula, dónde está tu cédula. Un calvario. Baja poco, lo menos posible, y vuelve a casa con la mochila hasta arriba de comida, con bolsas enganchadas en el manillar de la bici, sintiéndose casi funambulista.

Quizás la difusión literaria virtual no triunfe tanto como se imaginó en un principio. Un par de colegas le han dicho que en las ciudades, sí, bueno, hay más medios, más librerías, más bibliotecas. Pero él quiere llegar a las zonas rurales y ahí no hay tanta gente con acceso a la tecnología y entonces Bicilibros cobra aún más importancia. Podría seguir ciertos protocolos de desinfección y limpiar bien todos los libros y pedir que no se toquen; podría convertirse en una especie de juglar y hablar de los contenidos y narrar historias de historias a través de la mascarilla y entregar solo la obra elegida, sin manoseos.

El comandante debería leer un libro o dos o cien para romper esa costrica de prejuicios y poder convertirse en una persona crítica pensante. Hastiado, el otro día lo denunció Coyote en sus redes sociales, porque necesita escribir lo que ve, lo que escucha y lo que siente. No teme tanto por su vida, pero conoce el fraude, la corrupción y la brutalidad de la policía, y le da miedo que le coloquen una sustancia prohibida en la maleta, que le apliquen todo el peso de la ley, que le multen con un millón de pesos que no tiene. Y, si pasara, quién le iba a creer a él, no más que un mechudo, en lugar de a un señor con uniforme, un señor como Dios manda, carajo.

Esos cabellos no recuerdan la caricia metálica de las tijeras, pero sí las carantoñas de Nina Wayra. Cada vuelta de trenza dibuja un recuerdo con su hija, que se enreda entre los mechones durante los sueños nocturnos de Coyote. El treintañero extraña su vida social, antes tan movida —el campus universitario, los parques—, añora Bicilibros y su club de lectura, echa de menos las tertulias, las charlas, esa búsqueda grupal constante para solucionar los problemas del país. Pero, cuando duerme profundamente, en la maraña de sus sueños solo se aparece la carita de Nina Wayra y por eso cada mañana se enorgullece de la imagen de sus cabellos resplandecientes ante el espejo.

Hace nadita, sus padres por fin han conseguido un auto y pueden bajar al pueblo, comprar rápido, exponerse menos al virus y al comandante, porque su aspecto sí entra dentro de los confines de la decencia. Ya él poco tiene que hacer acá. Sin duda, lo mejor es regresar mañana a Tunja. Su melena de seis años pasará desapercibida en una borrasca de deshumanización e individualismo, en esa nube de conocidos y desconocidos con tapabocas, hasta que se pueda volver a la camaradería. Coyote extrañará a sus padres y el campo —verde diurno silente, negro nocturno estrellado—, pero su melena regresará a los brazos risueños de Nina Wayra. 

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Eufonía

Esta casa. La de al lado. Do-ba-du-ba-du. Los cabellos rizados al viento. El jardín común. Una balada eterna de John Coltrane. La belleza del caos. Du-ba. La belleza en el caos. Compañeros de sueños que van y vienen según la temporada y el amor. El amor. Du-ba-du. Una voz. Esa voz. Du-du. Méli jamás se había mimetizado tanto con un sitio y, transfronteriza, ahora no sabe dónde acaba su piel y dónde empiezan la huerta, la piedra, el aire de su hogar.

Y ahora la llegada de un bebé, ba-ba-bu, a esa familia que no es una familia pero sí es una familia. Be-be-bu. Lily y Martin van a ser padres, ¿recuerdas cuando nos lo contaron?, vamos a ser madres, ¿te acuerdas? Be-ba-ba. Y las malas noticias sobre su salud, se acuerda de cuando lo contó, ¿recuerdas?, cuánto la apoyaron, ¿te acuerdas? El amor. Ba-ba-bu. Esa casa. El amor.

En esa casa de Toulouse vive la música y la política y el amor y el saxofón tenor y la reflexión y el amor y vamos a tener un bebé y la creatividad y cambiemos el mundo y ¿la enfermedad?, ssh, ssh, nada negativo, nada, da-da-da, no lo pienses, canta, toca. Cambiemos el mundo. Du-du-du. El piano. Du-du. Y el amor. Méli fuma y siente y pronuncia hermosísimos galimatías con la magia de su garganta, da-da-da, y se olvida de todo lo que no tiene cabida en la casa.

Cuando se mete en el estudio de grabación casero que improvisaron al principio de la pandemia, se le llena todo el cuerpo de un, dos, tres, y, y do, re, fa, la; ese estudio, t-t-tcha, del que ya han nacido varios proyectos musicales, tcha. Ahora no hay tanto movimiento y solo viven cuatro en la casa, dos parejas, todos músicos, t-t-tcha, todos música, y crean, ensayan, graban, ensayan, crean, crean, t-t-tcha, graban. Le ha costado coger ritmo, la verdad. Los músicos que conoció durante los años que vivió en España y los de Francia se activaron con el encierro, y al principio recibía vídeos a diario. Pero a ella le invadieron la timidez y las dudas. Tcha. A diario. Qué talento. ¿Qué talento? Tcha. ¿Y tú, Méli, y tú?

Se juzgaba. Se juzga. De siempre. No hay peor juez para sí misma. Ha empezado mil textos, melodías, ritmos que se le apelotonan en la garganta y comienzan, pero se atascan, mal, Méli, mal, fatal, Méli, se atascan, se quedan, un carraspeo, mal, mal, Mélissandre, por favor, céntrate, mujer. Se exige tanto porque el espejo y los vídeos no muestran el aura resplandeciente que le aparece al cantar. No se da cuenta de cómo su voz cabalga sobre las notas de un piano, de una trompeta, de cualquier instrumento que se le ponga por delante. Cómo le hace amor a las notas, su voz. Brillas, Méli, fíjate. Bien. Bien. Maravillosa. Pero podría ser mejor, ¿no? Di-da-di-la-la. En su ser se enfrentan dos fuerzas desiguales, la de su yo autoritario, ta-ta-ri-o, y la de su voz interior, que pugna incansable, para afirmarse y salir. Afirmarse y salir. Salir. Di-la-la.

Ahora, Méli ha aprendido a abrir la compuerta al instante. Deja que hablen su voz primitiva, su instinto, sus entrañas. Le viene y lo canta, ta-ta-ta, lo graba y lo esconde, bien bien guardadito, to-ta-ta, lejos de ese yo autoritario, en un lugar donde jamás podría encontrarlo, ni juzgar, porque no tiene la llave. No tiene la clave. No tiene más que miedo. Y cuando se pase el miedo, do-da-do, Méli llegará al escondite y rescatará la canción. Hoy no. ¿Mañana? No. No-na-no. Bueno, quizás. Quizás. Quizás mañana. Hoy aprende de los demás. ¿Mañana? Bueno, quizás mañana.

Junto con Emilio, su pareja, tiene un dúo musical. Antes del confinamiento, paseaban la progresión II-V-I por cada rincón de Toulouse, ba-bop-ba-dop-bop, pero los vientos del presente no se lo permiten. Ahora están experimentando con la música brasileña. Lily y Martin gozan de una ayuda del gobierno por haber tocado más de setecientas horas y esperan a su bebé sin demasiadas preocupaciones económicas. Pero Méli y Emilio no alcanzan el número de minutitos exigido, así que se ven obligados a tirar de ahorros, dop-bop, porque no se puede tocar en bares ni en salas ni en parques. Les cancelan conciertos desde hace meses, para dentro de meses. Ba-dop. Toulouse está en silencio. Todo cancelado, pospuesto. No, no, no. ¿Mayo? No. ¿Agosto? No. ¿Octubre? No. No. Quizás en 2021 cesará el silencio. ¿Enero? No. Quizás. El silencio extraña que lo desgarre la voz de Méli. El silencio se llena de significado gracias a la música, pero de momento las notas están encerradas en la jaula invisible del jardín común.

El jardín común adora la algarabía de todos los músicos que lo habitan. ¿Solo músicos? Bueno, músico-etno-psico-carpinteros. ¿Cuántos son ahora? ¿Ocho? ¿Diez? No sé. ¿Doce? No sé. ¿Cuánta gente vive en la otra casa? La gente va y viene. No sé. Del jardín. De la vida. Na-na-na. Como cuando con dos años y medio Méli llegó desde Tahití con su madre, quien se lió a cantar en bares y salas y parques. Así creció Méli, de escenario en escenario, inmersa en las melodías, y por eso ahora siente a sus treinta años que la casa musical-caótica-creativa de Toulouse es el hogar por antonomasia. Va y viene la gente. Méli hace diez años que no va a Tahití. Volverá. Ta-ta-hi-ti-ti. Volverá. No sabe cuándo, pero la gente va y viene. Va y viene. Volverá. O no. Ta-hi-hi-ti. Volverá.

Han hecho de todo en el jardín común. De todo. Clarinete. Coser mascarillas para los hospitales. Contrabajo. Concursos culinarios. Piano. Yoga, pilates. Saxofón. Empaquetar comida para gente sin hogar. Trompeta. El jardín es el presente más férreo y armonioso. ¿Te acuerdas del concierto de música balcánica para la vecina que no pudo volver a Rumanía como tenía planeado? De todo. De todo. Do-do-do. Todo. El jardín común, la casa común, la vida común. Lo comparten todo. La comida, la ropa, los porros. Debaten, discuten, dudan de las medidas gubernamentales. Da igual. Se quieren. Todo es de todos, nada es de nadie. El bebé común. Do-to-do-do. La huerta brilla porque cada mañana —si le da el venazo, la verdad— Méli la riega canturreando, do-do-do, y se fusiona con la tierra y, mientras las plantas se enredan en gorgoritos, ella hace la fotosíntesis.

Poco antes de confinarse, empezaron los problemas de salud y Méli rompía el encierro para acudir al hospital y entonces descubrieron las manchas en la resonancia. La noticia del bebé se mezcló con la de la esclerosis múltiple y todos los sentimientos se apiñaron en esa casa de Toulouse. Pena. Rabia. Alegría. Pena. Alegría. Amor. Sorpresa. Miedo. Amor. Amor. Alegría. Miedo. Amor. Amor. Amor.

Esperó para contárselo a sus padres hasta después del confinamiento. Quería decírselo en persona. A su abuela, nada. Ni mu. Su abuela tiene demasiadas malas noticias. Pierde amigos cada mes. Nada. Ni mu-mu-mm. Es una señora muy alegre, no la quiere contaminar. Todo sigue igual con la abuela; pero la relación con sus padres ha cambiado desde que lo saben. Ahora los llama más. Ellos le dejan espacio. Saben que Méli les contará cualquier novedad. Mu-mu. Se quieren, confían, tienen esperanza.

La música, la huerta, la política la mantienen viva. Bi-bi-ba-ba-ba. Hace unos meses, a una chica de la otra casa se la quiso llevar la policía por colgar en su ventana una pancarta contra Macron. Entonces se les ocurrió la idea de llenar las calles de Toulouse de preguntas, y ahora salen de vez en cuando para colgar carteles. Bi-bi-ba-ba. Méli ha obtenido becas y ayudas sociales, y agradece a quienes lucharon por conseguirlas y los homenajea luchando. Durante el confinamiento, el Gobierno aprovechó para sacar nuevos decretos que empeoran las condiciones de los trabajadores. Bu-bu-bu. La lucha no puede parar. Los carteles no dicen nada rotundo, solo preguntan, abren el debate, bi-ba-ba, y la gente los mira y reprocha o dialoga o aplaude o intercambia opiniones o reflexiona un momentito y sigue de largo, con la pregunta a rastras, inevitablemente. ¿Cuáles son mis valores esenciales? Ba-ba. ¿La esperanza se siembra? Bi-ba-ba. ¿Quieres volver a la anormalidad? Bi-bi. ¿Cultivas tu pensamiento crítico? Bi-bi-ba-ba.

La música, la huerta, la política, el amor. El amor. Da-ya-da-du. Méli le debe su fortaleza mental a todos los que la rodean y cuidan. El amor. Está persuadida, más que nunca, del gran poder salvador del amor y de la solidaridad en este momento. Ya-da-du. Las muestras de afecto y de cariño no cuestan dinero. Cuestan tiempo, dedicación y a veces compromisos. Méli es una composición de armonía y amor y ánimo, un torbellino de notas musicales arremolinados en la garganta que explotan en el aire, y sabe de sobra que en esta vida no nos queda más que improvisar.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Diatriba

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El apartamento de Mischi en Queens ya casi no huele a cerrado ni a comida podrida. Lleva pagando el alquiler de un lugar desocupado desde que murió, y ahora Ruth y Mark han llegado desde California para desempolvarlo, llenarlo de aromas frescos y vaciarlo de historia y de la oquedad forzada de los últimos meses para poder devolvérselo a su dueño de una vez por todas.

Estaba todo patas arriba desde principios de marzo, porque Ruth voló a Nueva York apresurada por la noticia de la muerte de su madre para hacer los trámites absolutamente necesarios y quedarse solo unos días, convencida de que regresaría en un par de semanas y lo apañaría todo como era debido. Jamás se le pasó por la cabeza que atravesaría un limbo de cinco meses hasta poder regresar. Sí, el virus ya se hacía eco en las noticias y la ciudad que se convertiría en uno de los epicentros mundiales apuntaba maneras, pero nadie creía que la vida cambiaría de una forma tan colosal. En marzo hizo lo básico. Cuando recogió las cenizas de Staten Island, gozó de las mismas vistas de la estatua de la Libertad que su madre contemplara al llegar a tierras desconocidas. Luego entró a una iglesia por curiosidad y las reliquias comenzaron a revolverse dentro de la urna, porque la aversión de Mischi al cristianismo se estiraba hasta en las postrimerías. En casa, recitó en su honor un pequeño kadish, la oración de los muertos, con un grupúsculo de nonagenarios y exempleadas con quienes Mischi no había sido del todo maligna. Ruth acabó besándose y abrazándose con aquellos cuasi desconocidos, como si se les hubiera olvidado a todos que la apreciación física podría acarrear consecuencias fatídicas en estos tiempos.

Ruth desempeñó las tareas con un instinto ritual, mientras sentía un gran alivio al ir cerrando este capítulo de su vida tan lleno de lucha y rabia. Sumida en la destemplanza, el aturdimiento y las ganas de terminar, tiró todo lo que pillaba, soñando con vaciar el apartamento lo antes posible. Cuando se dio cuenta de que se había deshecho de los certificados de defunción recién recibidos, le dio por pensar que quizás la rabia habitaba en sus actos. Lo único que conservó sin pensárselo dos veces fue la maleta que trajo Mischi en el Gripsholm, aquel barco sueco que le regaló la oportunidad de empezar de cero en Nueva York. En marzo aparcó el equipaje en una esquinita del apartamento, donde aún seguía, ajeno al paso del tiempo y a la ausencia de Mischi. Aún no se siente preparada para descifrar qué hay dentro de esa maleta tan enigmática como roñosa, y lleva toda la semana posponiendo la apertura, porque sabe que los documentos que guarda en su interior podrían derrumbarla.

Quizás la abra hoy, aprovechando que va a pasar el día sola, ya que Mark tiene planes sabatinos infinitos en Manhattan. Madre e hijo merecen de sobra un paréntesis hoy, después de una semana frenética deshaciéndose de los libros, papeles, cachivaches, muebles, sábanas bordadas, medicinas y máquinas obsoletas que se han ido acumulando en el apartamento durante más de medio siglo. Jamás habrían pensado que regalar objetos se convertiría en una tarea tan ardua. A Ruth le ha encantado estrechar su relación con Mark en estos días, pero ahora le seduce la idea de la soledad, que se le dibuja como ese broche final tan esperado de un luto que lleva nublándola desde la primavera. Se despedirá así de ese apartamento en que pasó parte de la infancia y la adolescencia con sus padres y su hermana, que ahora, ay, no existen más allá que en los recuerdos, muchos de ellos condensados entre estas cuatro paredes.

Mischi se marchó en el momento adecuado: qué horrible habría sido que viviera la pandemia. ¿Qué habría hecho Ruth: exponerse de vez en cuando a las hordas virulentas de los aeropuertos o mudarse con su madre? Ambas opciones le parecen igualmente mortíferas y, solo de pensarlo, le recorre por el cuerpo un escalofrío. Afortunadamente, Mischi murió como deseaba —en casa, de golpe, sin dolor, de vieja—, después de torear a la enfermedad con la que le diagnosticaron tres meses de vida a principios de 2017. Casi era de esperar, porque ya tenía experiencia en los menesteres de la supervivencia, al haber huido hacia Inglaterra con once años en uno de los primeros trenes del Kindertransport. Y, una semana antes de marcharse, le confesó a Ruth por teléfono que estaba más que preparada para abandonar este mundo y así lo hizo a los noventa y dos años.

En estos días que llevan madre e hijo confinados en el apartamento de Queens, han ido amontonando sin orden ni concierto sobre la alfombra persa del salón los papeles que irradiaran cualquier brillo de importancia, y el plan de hoy para Ruth es hacer una buena criba. 

Le apetece sumergirse en la vorágine del papeleo, porque las palabras escritas se están convirtiendo en los puntos de sutura que han ido cerrándole una herida que lleva décadas abierta. Por algún motivo desconocido, Mischi se pasó más de treinta años martirizándola, incluso amenazándola con desheredarla durante los últimos años, como empeñada en perpetuar el dolor que ella había sufrido en su piel cuando sus propios padres intentaron hacer lo mismo. 

Precisamente por eso, Ruth no cabía de asombro cuando leyó el testamento en marzo y descubrió que la última voluntad de Mischi no solo contradecía aquellas lacerantes e inagotables maldiciones, sino que le concedía a su hija la parte correspondiente y le daba el poder absoluto de decisión como única albacea. El inesperado regalo póstumo supuso un alivio mayúsculo, después del último testamento que Mischi le hubo enseñado con sorna a su hija, a quien no le legaba más que una mesa y una lámpara.

Ahora está plantada frente a una vastedad epistolar abrumadora y lee y lee sin descanso. Sostiene entre las manos decenas y decenas de cartas coléricas, con batallas dilatadas entre 1952 y 2016, y las separa en dos montones. A la derecha, coloca las cartas devueltas a Mischi en las que combatía enérgicamente por los derechos civiles de las personas negras en los años cincuenta y sesenta. Ruth había oído hablar algo del tema, pero los detalles de la feroz lucha de su madre por la calidad educativa y la vivienda digna la tienen boquiabierta. A la izquierda, acumula el enrevesado laberinto epistolar con los esfuerzos de Mischi durante siete décadas por recuperar los negocios familiares, los inmuebles, las obras de arte, por los que consiguió cuatro duros de acá y acullá. A los ochenta y ocho años, después de toda una vida, logró que la indemnizaran por aquello del Holocausto con una suculenta suma que le mostró las comodidades de tener dinero. A este galimatías se suman misivas entre Mischi y una docena de abogados en su pugna eterna por que sus padres no la dejaran en la miseria. Ruth siempre se ha preguntado qué los llevó a intentar tan fervientemente desheredarla —algo ilegal en la legislación alemana, según lo que acabó por descubrir Mischi—, porque, según la correspondencia que se despliega ante sus ojos, siempre se preocuparon por su hija.

Hace tan solo un rato ha leído una carta de 1944, en que la doctora Hilde Lion —fundadora de Stoatley Rough, el internado inglés para jovencísimos refugiados alemanes donde Mischi pasó los años del conflicto bélico— les asegura a Lily y Hermann Matthiessen que a su hija le encanta recibir noticias y fotos suyas, que no tienen que preocuparse por ninguna falta de cariño y que es alta, guapa, práctica y organizada.

Encuentra un diario de Mischi. Lo lee por encima, saltándose fragmentos, hasta que llega a una entrada de 1959 en la que, agotada por el mal de amores, contempla el suicidio. Lo primero que sobrecoge a Ruth es el amor tan fuerte que su madre sentía por su padre, eternizado en tinta hasta décadas después de que se separaran. Pero luego le hiere que, por el contrario, solo se mencione a Ruth y a su hermana, Irene, muy por encima y de refilón, como si esas niñas fueran insignificantes para ella. Su madre llevaba sin tenerla en cuenta más tiempo de lo que creía. 

Tira el diario lejos, con una rabia similar a la que sintiera ya en marzo, y mira de reojo el equipaje del Gripsholm, como diciéndose que ya ha visto todo lo que tenía que ver, que está preparada. Pero algo la frena en su interior: sabe que su madre atesoró esa maleta durante décadas. Qué absurdo: a Ruth nunca le han intimidado los objetos, pero no se siente capaz de abrirla aún; no reúne la fuerza necesaria para enfrentarse a su interior lleno de historia.

En su lugar, agarra un pequeño archivador con una etiqueta que reza «Kochrezepte», que guarda las recetas de su bisabuela Helene Dobrin, la querida abuela de Mischi asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt, cerca de Praga. Helene y su marido Moritz abrieron varias sedes de la Dobrin Konditorei en Berlín, una pastelería y panadería de tanto éxito que incluso aparece en varias guías turísticas y obras literarias de la época. Dice la leyenda familiar que Helene introdujo el banana split en la capital alemana y que tenía mucha mano para los postres, así que Ruth acaricia las páginas de colores otoñales y se promete cocinar Schokoladencreme y ZitronenEis y Kastanientorte cuando regresen a California.

De pronto, del archivador cae un sobre con una pequeña inscripción: «Última carta de Helene a Lily antes de que la mandaran a Theresienstadt». Como es de esperar, la carta está en alemán, en un papel de arroz que expande las letras cursivas y las hace parecer cirílico. Ruth casi siente alivio de no poder entender el mensaje por ahora y coloca la carta junto al pasaporte verde con una gran esvástica con el que Lilly consiguió huir a Estados Unidos después de un tortuoso viaje atravesando por tierra Francia, España y Portugal durante la guerra. 

Gran parte de las relaciones familiares durante generaciones se enraiza en esas epístolas que inundan la alfombra persa, ahora unos papeles amarillentos con tinta vertida por gente que ya solo existe en esta correspondencia con mensajes que oscilan entre la futilidad y la trascendencia. Hablan de música, de literatura, de comida y de todas las esencias de la rutina, pero las cartas también sirvieron como medio para que el padre de Ruth, Stanley, le confesara su homosexualidad o para que su hermana le contara que tenía un cáncer terminal, que acabaría llevándosela con cuarenta y cinco años. Entonces los acontecimientos, mundanos o trascendentales, venían a golpe de grafías y matasellos.

A Ruth la asedian tantas sensaciones simultáneas que se le apelotonan y no siente absolutamente nada, excepto el respeto por esa maleta marrón y destartalada. Se centra más rato en las cartas: las lee deprisa, con una curiosidad tan consanguínea como histórica, y le asombran especialmente las de la posguerra, porque Mischi es capaz de mezclar en una sola misiva y con total ligereza temas como el último libro que ha leído, tal o cual pariente asesinado en Auschwitz, lo que disfrutó viendo Los rivales en el teatro o las historias de terror que cuenta su abuelo Moritz después de sobrevivir a Theresienstadt.

Además de la retahíla de cartas de amor entre Mischi y Stanley, que se escribían incluso viviendo juntos, también hay otras entre Mischi y un noviete de los años cuarenta, un tal Hans, del que Ruth nunca había oído hablar, pero por lo visto una pieza esencial de su juventud y de su vida. Ahí se le aparece otra cara de Mischi, vivaracha, distinta, románticamente lenguaraz, que le reprueba con gracia que la llame sweetheart y honey y lo achaca a la rápida adopción de los modismos estadounidenses del recién llegado Hans, quizás provocada por un golpe de calor. En una misiva escrita un mes antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Hans recurre a palabras en alemán y al apelativo cariñoso «Mischilein», y muestra su impaciencia por que se reúna con él en Nueva York —que describe como una ciudad asombrosa y vertiginosa, además de como un lugar lleno de fruta y chocolate, al contrario que Inglaterra—. Le cuenta que se ha reunido con Lily y Hermann, ya divorciados, que también están deseando verla y que le han preguntado si su hija es alta o baja, gorda o flaca, guapa o fea y que si anda erguida o encorvada. En este momento, Ruth se da cuenta de que sí sabe quién es ese Hans: aquella figura misteriosa que convenció a los padres de Mischi de que le pagaran el pasaje para mudarse de Inglaterra a Estados Unidos.

Ruth sigue leyendo el testimonio de Hans y una frase se queda con ella. El muchacho asegura que, en la conversación con sus padres, no ha abierto el pico sobre los «jamones algo gordos» de Mischi. Al principio, a Ruth eso le resuena como un insulto, del todo extraño, sobre todo porque la joven Mischi estaba más bien tísica. Pero luego le resulta completamente meloso, al dibujársele como una de esas bromas coquetas que las parejas comparten en secreto con intenciones eternas, pero que acaba por extinguirse. Desde luego, nunca imaginaron que la confidencialidad la romperían, setenta y cinco años después, los ojos lectores de alguien que existe gracias a que ese romance acabara por disolverse.

Después de superar todos los desafíos de una relación a distancia, ¿por qué acabó aquel romance en cuanto Mischi llegó a Nueva York? Seguramente Mischi no se casara con Hans porque, para ella, aquella mudanza equivalía a empezar de cero. Mischi rechazó fervientemente arrastrar la cruz de refugiada judía y se quiso desvincular de cualquiera que hubiera huido también de los nazis. Para protegerse a sí misma y rebelarse contra sus padres, prefirió desposarse con un intelectual cristiano con aspecto ario que huyó de la rusticidad de la Indiana profunda y celebrar con sus hijas Navidad en lugar de Janucá.

La lectora sobre la alfombra persa encuentra también mensajes menos importantes y más distantes, que habían caído en el pozo de la desmemoria, y la Ruth del presente mira a los ojos de la Ruth del pasado, a quien, por lo visto, también le obsesionaba la comida y J. D. Salinger y utilizaba con soltura términos freudianos para describir sus sentimientos a la edad de nueve años. Pero lo que más le sorprende es leer cómo su madre y ella bromeaban y se hablaban con cariño, algo que la transporta a los primeros veinte años de su vida, cuando admiraba a su madre profundamente, antes de que todo empezara a torcerse.

Para salvarse a sí misma, Ruth se agarra a un recuerdo hermoso que ha resistido el paso del tiempo: las dotes culinarias de Mischi. Abre el congelador, donde le está esperando el último bocado maternal: la sopa que Mischi cocinó para la pasada pascua judía, que todavía sabe a gloria meses después.

Una vez reconciliada por el abrazo culinario, Ruth vuelve a la alfombra persa y agarra unas cuantas carpetas. Tenía a Mischi por una escritora en ciernes, pero ahora se encuentra ante sus complejos poemas y una prosa que atrajo el interés de varios editores. ¿Cómo pudo ocultarle todo eso a su hija? Hay una carta de rechazo de una tal Annie Laurie Williams, que no quiere publicar un relato de Mischi, Éxodo, y, sin embargo, muestra un gran interés por la novela que tiene en el horno.

Ruth lee la primera frase de la novela, sin título aparente —«Cuando los Jackson celebraban sus fiestas habituales en las noches de los sábados, Harriet Jackson se sometía a una total metamorfosis»— y cae en esa trampa lectora de preguntarse si esa tal Harriet sería un alter ego de la presumida de su madre. Hojea los papeles y salta de página en página hasta llegar al suicidio de Harriet y de nuevo le atormenta la actitud de Mischi.

Se da media vuelta y aparecen ante ella todas fotos llenas de gente pretérita, que, en lugar de apenarla, le hacen sentir de golpe una enorme gratitud por este tiempo de pausa mundial. A pesar de haberse sumido en ese umbral de disociación, confusión e incertidumbre que vienen de la mano de la parca, ha podido resguardarse en el silencio, el aislamiento y la ausencia de distracciones, los ingredientes perfectos para un bálsamo magnánimo, de los cuales habría carecido en circunstancias normales, pues en la cultura estadounidense hay que superarlo todo de un día para otro, y el duelo no tiene cabida.

En su conjunto, toda esa montonera de documentos inunda a Ruth de una simpatía, compasión y apreciación que no recuerda haber sentido jamás por su madre. Desde la perspectiva del tiempo, solidificado sobre la alfombra persa de ese apartamento en Queens, su madre se ha convertido en un personaje literario de múltiples nombres (Marion, Mischi, Mischilein), en un espectro con una vida fascinante que su hija desconocía casi por completo. Le parece que ese retrato post-mortem derrocha inteligencia, sentido del humor y sensibilidad y Ruth le perdona a su madre todos los años de amenazas, sinsentidos y negatividad.

Ahora sí cree estar emocionalmente preparada para abrir la maleta. Ruth la coloca junto al ventanal para verlo todo con la mayor claridad y, aunque no sea muy de fotos, saca un par para el recuerdo, por el miedo que le da que se le deshaga en las manos. Se limpia las gafas, respira hondo, se sonríe y se anima a abrir el equipaje del Gripsholm, sabiéndose preparada para aceptar cualquier recuerdo o descubrimiento doloroso. La Historia la está mirando fijamente, y se siente poderosa ante ese equipaje en que su madre cargó sueños y suspiros en un largo trayecto en barco desde Liverpool a Nueva York. Durante unos instantes, Ruth no puede creer lo que contiene ese objeto valiosísimo que su madre lleva décadas atesorando; y le da un ataque de risa cuando por fin procesa que la maleta está llena de las decoraciones navideñas más horteras que ha visto en su vida.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

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Navarrevisca

Genealogía

Únicamente tía Tomasa guarda recuerdos de recuerdos de la gripe de 1918 en toda Navarrevisca; y, hasta ahora, siempre le habían parecido historias de fantasmas, de otro mundo o de otra época.

Las anécdotas se las regaló su madre, Fermina, y llevaban décadas sin paseársele por la memoria, pero desde hace unos meses se le dibujan como reminiscencias incesantes que se le aparecen hasta en sueños. 

Tía Tomasa se levanta de buena mañana, abre la ventana para airear bien la habitación y le comienzan a invadir esos vientos gerontológicos que configuran sus pensamientos desde hace noventa y cuatro años. Antes de descender a la planta baja para no regresar hasta la noche, se lava, se viste, se toma sus pastillas y hace la cama. En esa misma cama fallecieron su madre y su suegra y quizás también su abuela María con lo de la gripe, quién sabe, porque entonces en los pueblos se moría en casa. Una vez aviada, recorre las escaleras despacito, despacito, porque tiene la pierna un poco a la virulé y el descenso le agrava el dolor. 

Para no centrarse en el calvario de la bajada, piensa, peldaño a peldaño, si entonces tendrían vacunas. Ayer se preguntó si usarían mascarillas. Y el otro día le asaltaron dudas sobre el distanciamiento social. Siempre se responde que no a todo, que seguramente por eso se murió su abuela María de la mal llamada gripe española: porque no tenían nada y no conocían nada y no se cuidaban nada de nada. O sí, quién sabe, si nadie se acuerda ya de esos tiempos. Como siempre, llega a la planta baja sin sacar nada en claro, pero al menos la divagación le sirve para ignorar la dolencia.

Tiene sus rituales diarios, tía Tomasa, que apaña la casa con brío y salero: barre, recoge los cacharros de la noche anterior, se hace el desayuno. Hoy no le toca cocinar, porque aún le quedan croquetas de la semana pasada, además de unos tomatillos y unos torreznitos que le trajo ayer Maritere, la vecina, que está siempre pendiente de ella. Mañana hará empanadillas para un regimiento y las congelará para ir comiéndoselas de a poquitos.

La pierna le está dando guerra. Normal: ayer se fue con Currita a la farmacia y luego se tomaron un café y unos churros en Casa Victoria, que las llenaron de energía para echar a andar hasta las Pezuelas y la puerta de tío Ufe, casi hasta San Antonio, y se les fue la mañana en un santiamén. 

Hoy toca descanso. Se acopla en la flexura del codo la cesta con los útiles del ganchillo, agarra la silla de mimbre y sale ágilmente a la puerta de casa, donde se coloca con maña al sol y el cabello cano le resplandece mientras lo acarician suavemente los aires serranos. Si ya el pueblo se estaba quedando sin gente, ahora el desamparo ocupa las calles con más solemnidad. Esta mañana no hay ni un alma, excepto un par de gatillos que maúllan en ruegos famélicos y que sienten la ausencia humana desde el estómago.

Tía Tomasa se acomoda sobre la mimbre, totalmente amoldada a sus hechuras, y, en cuanto junta las agujas, el tintineo invoca la figura de Fermina y le vienen esos recuerdos en un torbellino confuso y se le enredan entre la lana. Su madre le daba bien a la sinhueso en el telar, mientras desenmarañaba y urdía, pero aquellas palabras se las llevó el viento y el tiempo, porque no parecían importantes. 

Fermina sobrevivió a la anterior pandemia, pero se quedó huérfana de madre con dieciocho años. A saber si se infectó alguien más de la familia, a saber con cuántos años contaba abuela María cuando se la llevó la gripe, a saber cómo se enfrentó a la parca, a saber dónde falleció. A pesar de ser familia directa, tía Tomasa se dice que desconoce quién es aquella gente, si ella no había nacido aún, qué voy a saber yo. No suspira, porque es de humores risueños, y tampoco le preocupa el olvido, pero la cadena de pensamientos inciertos se le hace inevitable durante estos tiempos.

Y aquellos tiempos… Qué duros, por Dios. Tía Tomasa creció entre cañas y canillas y su abuelo y su padre la enseñaron desde muy pequeña el arte de tejer, a lo que se dedicó en cuerpo y alma hasta que se casó con su Aurelio, que en paz descanse, un cabrero guapetón que la conquistó con las tantas y tantas cartas que le envió desde la mili. Ella tejía mejor que su hermana, que era puro nervio, dónde va a parar. A tía Tomasa se le inundaban las manos de paz y paciencia y no se le rompían los hilos al confeccionar las mantas para los pastores. Pero no solo tejía: también tupía las mantas en el batán y las cortaba —de cincuenta metros a veinticinco y luego a cinco y luego a dos y medio, le resuena como un sonsonete— y las llevaba al tendedero y las dejaba bonitas bonitas y las trocaba por los pueblos de esa zona de Ávila con su padre. Mantas y mantas pesadísimas (sobre todo cuando llovía) a cambio de queso o garbanzos o pimentón o patatas o castañas o higos o aceites o lana de oveja sin preparar o lo que hubiera, hija, a veces cuatro duros, si había suerte, que entonces había pesetas.

Come con la tele. Dicen en el parte que la gente que se salvó durante la gripe española no salía a la calle y que vivía en espacios bien ventilados y que incluso se les prohibió la cría de cerdos en casa. Sobrevivirían los ricos, tú verás. Aquí en el pueblo, antes había mucha gente y muchas casas malutas, de piedras amontonadas y con ventanucos, y siempre había un gorrino en cada hogar, que daba para el caldero de todo el año. Y las familias vivían todas juntas (los padres, los hijos, los nietos) y no tenían ni agua, solo la del pilón, y las calles eran puras trampaleras. Le contaba su madre que, durante esa horrible gripe, había días que no daban abasto ni para llevar a los muertos al cementerio de La Mata, el de ahí abajo, el antiguo.

Después de comer, regresa a su sillilla. Poco a poco, van saliendo tía Paula, tía Leoncia, tía María, todas las viudas que habitan la calle. Cada una con su asiento arcaico de mimbre, con su distancia, con sus agujas y sin sus cartas. Eso sí que lo echan de menos, más que ninguna otra cosa: las partidas durante horas y horas cada domingo, la fuerte presencia del mazo dentro del puño, los sonidos secos al barajear, el júbilo de cantar brisca. Cada vez son menos las que juegan, porque ya fallecieron tía Felisa, tía Fidela y tía Rosario, pero las homenajean con una vivacidad de carcajadas y alguna reyerta fortuita.

Ahora tienen que hablarse cada una desde una esquina, qué le vamos a hacer, y a ratos no se entienden, pero se contestan «pues tú verás», y acaban por comprenderse, porque se hacen compañía desde que no tenían arrugas. Cuando pasa alguien, si pasa, se ponen la mascarilla. Se tiran toda la tarde como cotorras, sin parar de tejer y, entre dimes y diretes, se van los días volando, aunque les falte el ajetreo de los forasteros y no puedan preguntarles «¿dónde va la cuadrilla?» o «¿cuándo habéis venío?» o «¿ya han llegado tu hermana?».

Están bien, se cuidan, no ha muerto nadie que resida en el pueblo, aquí no hay tanto peligro. Tía Tomasa está como un roble, si no fuera por el dolor de pierna… Aunque, hace unas semanas, se levantó toda revuelta y mareada y, nada, le pusieron una inyección, la llevaron a Burgohondo, que ahí sí hay médicos, y le metieron un palitroque en cada roto de la nariz y aquí paz y después gloria. Nada, todo bien, hija, no hay coronavirus que valga. A saber si hubiera agarrado ella también lo de antaño, ¿qué pruebas le harían a su abuela?, la pobre, tan joven, tan joven. Parece que otras dos o tres señoras más se murieron ese mismo día en Navarrevisca. Seguro que antes no había ni pruebas ni nada.

Hoy dan misa. Las vetustas amigas pueden ver la sombra de la torre de piedra coronada con cigüeñas desde la puerta de casa, pero se preparan con bastante antelación, porque vaya trajín siempre que repican las campanas: ay, la garrota, ay, la mascarilla. Entran y salen, entran y salen, hasta que tienen todos los avíos. Y van caminando lentamente, bien separadas, sin agarrarse del brazo, con el único apoyo del bastón y de la presencia de las amigas.

Y ahora, tú verás, hay que hacer de todo antes de entrar a la iglesia: limpiarse bien las suelas en el felpudo, lavarse bien las manos con el gel ese que está como un témpano, sentarse cada una en una punta en los banquillos —uno sí, uno no, uno sí, uno no, que así no hay quién se dé la paz en condiciones—, tomar el cuerpo de Cristo en la mano, con mascarilla el cura y mascarilla la persona comulgante. Al final se ríen, las señoras, porque todo este jaleo le da algo de emoción a la cosa: no ha habido cambios en la misa desde hace ni te cuento.

Al final del día, tía Tomasa se siente feliz en su hogar, en ese pueblo de la sierra con doscientos y pico habitantes. Tiene que aprovechar estos días que le quedan. Ya llega el otoño y empieza a refrescar y en el parte hablan y hablan de la segunda ola esa y sus hijas se la quieren llevar a Madrid, para otro posible confinamiento. No le gustaría volver a los meses de encierro, cuando se le hacían los días larguísimos, porque el único entretenimiento era observar a las familias reales europeas en las revistas, hacer calcetinillos para sus bisnietos y mirar a la policía desde el balcón. Y, encima, cuando salió a pasear por primera vez desde después de dos meses encerrada, ahí sí que le dolía la pierna pero bien, veía las estrellas, no podía dar un paso. Pero, hija, habrá que obedecer: si se queda y se pone mala, ¿qué hace? Su Maribel y su Lumi quieren lo mejor para ella. 

Se convence de que podría ser peor cuando rememora las crónicas borrosas sobre la pandemia anterior en el pueblo que le narraba su madre en el telar, testimonio que ya solo habita en su memoria, porque no está recogido en ninguna hemeroteca ni en ningún registro de la iglesia ni en ningún otro imaginario de este mundo y que se hunde cada vez más en los misteriosos recovecos de la historia. Esos recuerdos de recuerdos se esconden como un tesoro efímero en la persona más mayor de toda Navarrevisca, que se acaba de meter en la cama para descansar sobre todo la pierna —que le duele menos cuando la estira—. Tía Tomasa sueña con soñar que su abuela sobrevive y que le cuenta con pelos y señales todo lo que pasó en Navarrevisca durante la gripe española.

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Idiosincrasia

Ensimismada por la insistencia de su cilantro en amarillear, Angélica se imagina su propia muerte con una clarividencia abrumadora por enésima vez en la vida. Y eso que ahora no fuma. Antes, cuando se acomodaba durante horas en la barda de la Casa de Cortés, para ver a la gente de paseo y susurrarse efímeras ficciones ajenas mientras se vestía los interiores con humos, jamás le invadían pensamientos obituarios. 

El fulgor verde de sus lechugas al atardecer la suelen llenar de brío, pero a veces empatiza con el cilantro: al ser grupo de riesgo, su esposo y el hijo que todavía vive en la casa familiar apenas si la dejan salir. Arranca las hojillas malheridas de cuajo, porque dejarse hipnotizar por sus humores ocráceos sería como volver a los años de amargura en Emiratos Árabes Unidos, cuando la mera idea de enfermar o morir le producía tal pánico que se sumía ya en las garras de un insomnio anclado en la ansiedad, ya en esos sueños profundos de hasta veinte horas de quienes quieren escapar de la realidad.

Ahí sí que estaba sola por sentencia: empujada al exilio por el despido masivo de aquella criminal empresa que, de un día para otro, puso a ocho mil quinientas familias de patitas en la calle, sin declarar quiebra ni dar finiquitos ni indemnizaciones ni salarios caídos ni nada de nada. Se robaron hasta las cajas de ahorros de los trabajadores con el apoyo de ese ratero de Calderón, quien jamás se mereció el honor de presidir la República Mexicana.

En los Emiratos, sus hijos no aguantaron ni un tris y su esposo pilotaba aviones sin descanso: no se le veía el pelo durante seis días seguidos y luego se marchaba de nuevo a las pocas horas de volver al hogar. «Hogar», en ese caso, servía de eufemismo para «departamento teñido de la soledad impuesta de existir en medio de la arena de un país donde las palabras de una mujer se equiparan a la nada y su valía solo depende de la de un hombre y más como extranjera, que una pasa a la categoría de ciudadana de tercera clase».

Escapa de los tormentos añejos gracias a la palpabilidad de un fruto maduro de su huerta. Hace unos días leyó que «aguacate» en náhuatl significa «testículo», así que lo saborea regodeándose en la etimología y evitando mirar de reojillo las hojitas secas del cilantro, que le recuerdan a toda la gente que está muriendo —decenas, cientos, miles: las cifras no paran de subir—. A través del gusto regresa a su ser, a su presencia en Coyoacán, donde vive y donde fallecerá, porque ya no piensa morar ni morir en ningún otro lugar del planeta jamás.

Aquella otra vez que vislumbró la parca, estaba atrapada casi en las antípodas con una depresión coronada por la certeza de que la mataría. Su temor la llevó a hacer jurar y perjurar a su marido que, si la muerte llegaba, mandaría sus restos a México para que sus cenizas se desperdigaran por cada rincón de Coyoacán; daba igual si en las banquetas, los maceteros, los charcos o incluso los botes para la basura: ella quería desperdigarse por su barrio querido, por la tierra que la llenaba de sollozos y nostalgias incluso cuando se sumía en esos sueños profundos de los que despertaba empapada en sudor y suspiros con el amor por su polícroma tierra exacerbado. Si sus restos permanecieran hasta los confines de la eternidad en esos territorios remotos, sería como morir por duplicado. 

Allá, inmersa en el desamparo, viviendo algunos de los peores años de su vida, se acostumbró a hilar palabrillas en el silencio más absoluto y ahora espera a que ennegrezca el día y su familia se deje embelesar por la caída de los párpados, para que el ruido sólo quepa en el pasado y en el futuro. Y entonces, sólo entonces, consigue escribir los portentosos microcuentos y poemas que le brotan de las uñas al sigilo de su fascinante guarida crepuscular. 

Pero hay veces en que el silencio se llena del ruido causado por la incertidumbre del mañana y entonces anhela la inspiración pasada: ya no se puede sentar en la barda de la Casa de Cortés, su lugar favorito para observar a la gente e inventarse historias. Aunque mejor, ya que el mequetrefe del alcalde ha anotado una escabechina más a su lista de barbaridades cometidas y por cometer, afeando el edificio al cubrir de blanco el radiante amarillo pretérito y alejando de la zona toda brizna de inspiración.

Con el confinamiento se ha aferrado a las letras y está más activa que nunca: a sus cincuenta y siete años se ha convertido en toda una marisabidilla de la tecnología e imparte cursos en línea, participa de proyectos de escritura virtuales y hace de las noticias, añoranzas, reminiscencias y rutinas sus musas. En días como hoy, se cuestiona su propia supervivencia y se convence de que permanecerá en este mundo cristalizándose en la literatura. 

Ha comenzado un microcuento —«Escurrían sobre sus redes los sudores de varios bichos»—, pero necesita llenarse los entresijos de brisillas para poder continuarlo. Sube a la azotea del edificio a tomar ese aire nocturno que parece tan limpio —la contaminación se camufla, sibilina, entre las maravillas de la noche— y disfruta del sonido de los árboles mecidos por el viento y del canto de los grillos que festejan el verano. Su casa, ese refugio donde se narra por dentro, se envuelve entre las cálidas páginas de sus libros, los deliciosos zarandeos de sus plantas y los entrelazamientos con su familia. 

Una tormenta de verano le recuerda que está viva con el vigor de la lluvia y el arte fugaz de los relámpagos sobre el cielo violeta; y sobrelleva con dulzura su enésima certeza de la propia muerte, pero se resiste a sucumbir a sus promesas de descanso porque desearía no marcharse todavía de este mundo. Aunque, si pereciese, habría cumplido con lo que ha venido a hacer: se encuentra en su país, sus hijos ya se dan de comer solos y ha plantado semillitas literarias acá y acullá: no teme su partida, qué va, empero le tiene pánico a irse con dolor y sufrimiento. 

Ya enraizada donde debe, se permite el lujo de ponerse tiquismiquis: si se muriera ahora —de golpe, por favor, de golpe—, no querría que sus restos cayeran en cualquier agujero de su barrio: le encantaría que se arremolinaran alrededor del quiosco del parque Hidalgo y acariciaran a los mimos y los payasos callejeros que entretienen a un público, ahora medio ausente, por unas cuantas monedas; adoraría que sus cenizas bailotearan entre los sones y huapangos que ensayan los jaraneros en el parque de La Conchita; disfrutaría que se colaran por las fosas nasales de los gringos que se apelotonan en la casa de Frida Kahlo y se niegan a soltar jamás una mísera palabrita en nuestra lengua, para hacerlos al menos estornudar en español.

Desde el sosiego de la azotea se siente más coyoacanense que nunca. Es feliz en el lugar correcto, aunque la muerte ronde. Medita un poco —pero poco, que si no se queda dormida— y se dice que mañana inundará de amor a su familia con besos, abrazos, rica comida y les dirá que ya saben que ella es muy apapachona —porque revienta si no se llena la boca cada día con su palabra favorita, exiliada del diccionario academicista— y se inventará que falta algo indispensable y saldrá al supermercado o a la farmacia para empaparse los sentidos brevemente del arcoíris urbano hoy negado por el confinamiento. 

La pandemia no le ha arrebatado ni un gramito de hambre, y hoy Angélica sueña que las calles se dejan pasear libremente de nuevo y que come quesadillas en el mercado de antojitos, un chocolate en El Jarocho y un helado de higo con mezcal sentada en una banca oyendo el sonido de la fuente de los Coyotes mientras se llena las pupilas de las variopintas personas que, sin darse cuenta, le regalan esas historias que nutren las hambrientas líneas de su literatura.

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Acribia

Cada vez que ve su propia imagen, se le aparece Alfonsina Storni para susurrarle alguna perogrullada. «Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas», le canturrea, dejándole a Giselle con la duda si se referirá al maquillaje o a las ronchas.

Como en las videoconferencias con los alumnos apenas si se aprecia el colorete, la máscara de pestañas y el labial —a diferencia de cuando había clases presenciales—, quizás la poeta hable de cómo Giselle ha renunciado a ese color rojizo con el que siempre se aderezaba. Pero Giselle de verdad cree que Storni tiende más bien a la sororidad, así que la estará piropeando porque el confinamiento se ha llevado los sarpullidos que antes le invadían la cara.

Giselle se queda largo rato observando su reflejo: hacía demasiado tiempo que no veía ese rostro que es intrínsecamente suyo. Lo mira y remira y lo admira. En el aula, se sentía el centro de todas las miradas e intentaba acudir de punta en blanco, para que sus estudiantes no la sometieran a un interrogatorio mordaz: que si la profe Gise está muy pálida, que si la profe Gise no se peinó hoy, que si la profe Gise lleva un pantalón muy ajustado. Por primera vez no siente la presión de cubrirse con la feminidad reglamentaria ni de tener que esconder cualquier anomalía: ahora no existe el estrado, sino que ella ocupa un cuadradito más en la pantalla y está a la misma altura que el resto de la clase.

La pregunta más inquisidora, sin duda, versaba sobre el porqué de las ronchas. Qué sé yo, les decía siempre, rehilando sobremanera el «yo» avivada por el puñal del incordio. Tener que exponerse así y que dar explicaciones que ni ella misma tenía alimentaba las ronchas hasta que el maquillaje no servía y rasca, rasca, rasca y se veía obligada a recurrir a aquellas dolorosas inyecciones de corticoides.

Qué sé yo, qué sé yo. Nadie sabía el origen de esos ronchones que llevaban dos años brotándole por todo el cuerpo: ni los médicos generales en Río Cuarto, ni los dermatólogos en Córdoba, ni, desde luego, aquel doctor que aún creía en las brujas y en la histeria y que le recetó que se marchara un tiempito a Gigena porque todo se debía a la locura.

Pero las cremas y los comprimidos ya forman parte de esa realidad remota en que Giselle corría de un lado para otro automáticamente, todo el día, todos los días —las clases en dos institutos, los exámenes, las atenciones familiares, los mates con las amigas—. Su vida dependía del cronómetro inexorable de los hábitos repetidos y no podía parar, no podría parar; pero ahora que las agujas del reloj llevan meses retenidas, ha resuelto el misterio de esos molestos sarpullidos: lo que le irritaba el cuerpo era el purito estrés.

Giselle lleva tanto rato frente al espejo, que Alfonsina reaparece: «Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana». Y sí: la muchacha extraña su aspecto impoluto y se siente petisa, porque no le apetece alisarse la rubia melena ni andar de tacos para estar en casa.

A decir verdad, a veces sí recurre al repiqueteo para poner orden: cuando las hormonas de sus estudiantes están en huelga antiliteraria, se calza los zapatitos rojos, esos de tacones portentosos, y camina de un lado para otro de su cuarto, para producir ese sonido hipnótico que amaina a cualquier bestia. Y, en cuanto vuelve a las pantuflas, se jura que jamás se las sacará aunque la vida se rebobine y nunca se pongan de moda.

Su cuarto, como el resto de la casa, ahora hace las veces de hogar y de lugar de trabajo, y se desdibujan tanto las líneas entre ocio y obligación que siente a menudo que sus días se espachurran en una sola dimensión en que siempre está a un clic de todo el mundo, dispuesta a recibir encargos y deberes y dictámenes y protestas.

Enciende el ordenador y prueba la cámara para ver que todo esté perfecto: el ángulo idóneo, el fondo y la camisa y el peinado profesionales y la luz a una buena temperatura. Se cuela por la ventana una conversación que no puede evitar entreoír —el año está perdido, che, los profes no hacen un pedo—, y antes de que se unan sus estudiantes al aula virtual, Storni la sosiega: «gimen porque nace el sol, gimen porque muere el sol…». Al mirarse en la pantalla, se siente poderosa y la vocecilla de la poeta runrunea y la vigoriza. Cuando comienzan a aflorar adolescentes en la pantalla, los saluda con dulzura y distancia, porque los adora, pero necesitan rigidez para concentrarse y recitar poesía. Se le pasa la mañana volando entre los versos dorados de sor Juana Inés de la Cruz.

Emiliano llega del hospital a las dos, puntual, con la jornada laboral a la espalda y el canturreo cordobés colgando de su sonrisa permanente. Se ducha ipso facto, porque Río Cuarto presenta ya cien casos, los primeros, aparecidos meses después que en las zonas del mundo más pobladas, y hay que ser más precavidos. Entretanto, Giselle pone la mesa y sirve la comida. Se besan antes de sentarse, torpemente, aún desacostumbrados a la diferencia mayor de altura desde que los tacones no forman ya parte de su rutina. Piensa en pedirle a su novio que se encargue de quitar la mesa más tarde, pero vendrá cansado, no importa, vos hacés otras cosas.

La profesora se enreda últimamente en reflexiones flamantes que le brotan desde lo más profundo de su fuero interno: al salir a trabajar, una siente que se equipara con el hombre, pero, al contrario que su novio, ella sí puede teletrabajar y, al pasar todo tiempo en casa, pareciera que Emiliano es quien labura de verdad, que ella solo enreda un poco por el ciberespacio y plin.

Por mucho que pugne con sus adentros —que yo no vine al mundo para hacer esto, que mi mamá me enseñó a no ser esclava de las tareas domésticas, que no me tengo que reducir al hogar—, no puede evitar arrastrar ancestralmente las tradiciones que la aplastan y la anulan, y es ella quien sobre todo acondiciona ese lugar, hilando el trabajo remunerado con el invisible y gratuito, porque no le cuesta nada, porque le gusta que todo esté limpio y ordenado, porque lo siente más suyo porque lo habita más rato y, asúmelo, porque los siglos a las mujeres se nos ha encasquetado todo embrollo doméstico, y es más fácil continuar con la costumbre que nadar contracorriente.

Una vez acabado el almuerzo, la pareja se rinde a la siesta, a la que no quieren renunciar, porque es lo único que les queda intacto de aquella vida pasada que se pierde en la neblina y se descascarilla sin remedio. Justo antes de caer en las redes del sueño, los iris de Emiliano reflejan un par de Giselles y mana ese rumor convincente de que «la casa era un arrullo, un perfume infinito, un nido blando» y la melosidad de la escena la amodorra apaciblemente.

Al despertar, él estudia y ella trabaja en la cama, arrecida por el frío invernal de agosto en la ciudad de los vientos y despojada de la culpa que la carcomía al principio de la cuarentena por corregir las tareas desde la comodidad de cojines y cobijas y no desde la rigidez adusta de un escritorio. La culpa también se le dibuja como una penitencia femenina, que se multiplica al dedicarse a la docencia, porque siente el escrutinio incesante de la fama que tienen los profesores de vivir eternamente de vacaciones.

Giselle mira por la ventana y Alfonsina musita desde el cristal aquello de que «¿qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?». Emiliano rompe el reflejo, y su novia le pregunta extasiada que cómo hacíamos todo lo que hacíamos, de verdad, cómo, cómo lo hacíamos. Él se encoge de hombros y la ve iluminada y declara con un beso que él hoy hará la cena, para demostrarle que también anda últimamente cuestionándose los roles.

En las imperfecciones de la nueva normalidad, Giselle ha encontrado un bálsamo: no madruga tanto, no corre de un lado para otro y no se llena de ronchas y ronchas por el estrés. Que el mundo se haya parado de golpe le ha regalado ese tiempo que no sabía que necesitaba, y ahora se siente más ella que nunca, porque ha recuperado su altura, su rostro y su piel y  porque cada día le ofrece un huequito para reordenarse, reorganizarse y readaptarse.

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Prolepse

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Enquanto toma ar na sacada, Phil se junta na dança eterna das copas das árvores que cobrem com dificuldade a realidade urbana de cimento e azulejo. Seus cabelos alaranjados não saem para passear mais do que o justo e necessário; ao contrário de sua mente: aquela vegetação o hipnotiza mais uma vez até que sua imaginação foge e vê — e sente — a terra sempre úmida de Londres a cada pisada, as cosquinhas da lavanda movida pelo vento e a mão minúscula do pequeno Colin, que entrelaça os dedos de sua outra mão com os do Adrien.

A caminho da fazenda urbana, Colinho vai correndo sem se soltar dos seus pais e conta como foi o primeiro dia da creche e pergunta incansavelmente por quê, por quê, por quê. Phil o entretém ensinando os número em português, Adrien enche seus ouvidos de continhos franceses e logo cantarolam sussurrantes Thinking Out Loud porque sempre encontram um espaço para entoar a canção deles. Na fazenda, Colinho gargalha e às vezes se assusta com algum grunhido e repassa os nomes dos animais em todos os idiomas de seu universo. Quando fica com desejo de um doce, Phil não sabe se seu filho quer um muffin, um éclair ou um brigadeiro, e a dúvida o tira do devaneio.

A interrupção não o incomoda, certamente porque a volta à realidade o converte em um limbo delicioso onde o tempo que habita as copas das árvores transcorre em câmera lenta. O que o chama a atenção é como seu subconsciente sempre escolhe os nomes mais britânicos que existem hoje saiu Colin, ontem imaginou uma Prudence, na quinta-feira era Freddy e outro dia era uma Daisy ; e acha muito engraçado como em seguida já os aportuguesa, como se sua língua materna se impusesse quase indignada aos anos e anos de residência na Inglaterra.

Volta com tudo à realidade com o som de um e-mail novo. Sempre que vê o nome da assistente social na tela do celular, sente um aperto no coração, cruza os dedos, chama o Adrien mensagem da Ginnie! e abre a missiva digital em sua presença. Suspiram: novidades sem novidades mais outra entrevista juntos.

Nunca sabem muito bem o que vão encontrar na próxima reunião com Ginnie. Adrien é mais contido nas palavras, mas para o tagarela do Phil sempre há mais e mais do que falar. Nas entrevistas individuais, passou mais de duas horas contando minuciosamente os pormenores dos casos de amor do seu tio favorito, as disputas que definem o lado mais obscuro da história familiar e como sua avó desafiou as rígidas normas sociais do Brasil dos anos 60 ao criar suas filhas. As entrevistas juntos obrigam o casal a se olhar além de suas pupilas, confessar crenças que nem sabiam que tinham e a tomar decisões distantes e intangíveis firmemente. E não só a explorar um ao outro: a cada entrevista, Phil e Adrien sentem que mergulham um pouco mais nas profundidades de si mesmos.

Apesar dos temores iniciais, a pandemia os presenteou com certas facilidades no processo. Para as reuniões com a assistente social antes do confinamento, ambos eram obrigados a pedir o dia livre no trabalho, chegar com uma pontualidade britâniquíssima, se pentear, se arrumar e esconder qualquer tique nervoso repentino. Mas agora tudo está muito mais simples, porque as entrevistas por Skype combinam bem com a jornada de trabalho, há mais permissividade com os cortes de cabelo e reina um verdadeiro alívio ao falar no conforto do lar.

Na última entrevista, Ginnie os avisou que na etapa seguinte teriam que decidir a idade. Caso quisessem um bebê, teriam que parar de trabalhar por um ano, mas a empresa só concede três semanas pagas, mas Londres é caríssima e eles não têm muitas economias, mas poderiam ter mais se mudassem para um apartamento mais barato, mas mudar é um símbolo de inconsistência e a agência de adoção exige uma estabilidade de pedra, mas com a ajuda do governo, mas ter tudo isso só mesmo se fosse o Sir Elton Hercules John.

Na próxima entrevista, terão que falar o porquê querem adotar. Isso foi Ginnie que disse, além da data e da hora, que confirmaram ipso facto. Adrien resmunga e entra em casa; Phil prefere ficar na sacada e busca e busca um porquê não tão batido.

Antes de abandonar a brisa da sacada, Phil olha uma última vez ao exterior e sente uma certa fricção entre a esmagadora inatividade daquelas ruas (em que nada parece acontecer) e a exaltação da mudança iminente que chegará em semanas, meses ou um ano? Ao contrário do lado de fora, suas vidas se inundam de velocidade e emoção.

Hoje é a vez do Adrien de cozinhar e como sabe que o Phil tem tendência à melancolia e sente falta das noites de Camden, preparou um fish and chips de bacalhau, como no Poppies, acompanhado de uma caneca de cerveja e as melhores canções de ser bar favorito, The Hawley Arms, temporariamente fechado, mas hoje aberto em um lar qualquer de Londres. Para evitar falar das perguntas de Ginnie e dos medos, as expectativas e os desafios da paternidade, falam sobre seu dia de trabalho em casa: Adrien estava criando um comercial de grão de bico para Luxemburgo e Phil selecionou desenhos dos filhos de seus amigos para aparecer no canal de TV. Como suas vidas sociais são unicamente um com o outro, a conversa escolhida chega rapidamente ao fim e não conseguem evitar que o futuro volte às suas bocas e acabam falando de quando os três forem a Mantes-la-Jolie visitar os pais de Adrien, do bom exemplo que vai ser a carinhosíssima afilhada do Phil, Lily, de quando visitarem Petrópolis para fazer a apresentação especial do novo membro da família, e das danças que farão na pista ao ritmo das Spice Girls.

Todas as noites incluindo as noites de Camden , o casal assiste a uma série, e hoje estão com sorte: há um episódio novo de uma de suas preferidas. Mas aos 6 minutos e 16 segundos, Adrien já está dormindo com a perna esticada, como de costume, então Phil decide deixar Killing Eve para amanhã porque entende os limites fixados pelo código moral de uma união sagrada e sabe que não pode ver uma cena a mais sozinho.

De natureza mais noturna, Phil ainda continua um bom tempo até que o cansaço o invada. Como Adrien não liga muito para Friends, ele assiste a dois episódios contendo as risadas com as piadas, mesmo que já saiba todas de cór. Entre piadas e piadas, olha de canto de olho o seu marido que, quando dorme, fica cheio de ternura e parece quinhentos anos mais novo. Aos poucos, vai chegando ao seu lado e Adrien cede seu corpo para aconchegar-se, como se magnetizado pela inércia sonolenta de seu idílio. Nesse momento e como todas as noites, Phil adormece com a absoluta certeza de que seus corpos se encaixam perfeitamente e lembra de Colinho e Prudencinha e Fredinho e Daisinha e suas pálpebras cedem às saudades do futuro.

{Tradução de Philippe Ladvocat}

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Este relato pertenece à coleção de contos pandêmicos
baseados em histórias reais
El amor en los tiempos del coronavirus
(«Amor nos tempos do coronavírus»),
por Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Onirismo

[Read story in English]

Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

Sin pretensiones de cotillear, Ganza no puede evitar escuchar de fondo cada promesa de Keza y le entristece el mero hecho de pensar en su partida. Intenta centrarse en la cocina: ya tiene preparadas desde hace un buen rato las mimosas (se van a aguar), las tortitas (se van a enfriar), la fruta (se va a oxidar), las bolas de helado (se van a derretir). La paciencia se le está consumiendo, pero sabe que se trata de una gran oportunidad laboral para ella, pero no quiere que se marche de Nebraska, pero en realidad son menos de cuatro horas en avión, pero él tampoco es que se pueda mudar ahora, pero no tendrá problema para encontrar algo allí como ingeniero eléctrico cuando esté libre, pero ojalá se quede, pero cuelga ya, copón, pero.

Cuando Keza termina, se nota que la entrevista la ha dejado exhausta, pero se recupera con ese brunch aguado, frío, oxidado, derretido y lleno de amor que le ha preparado su Ganza. Ninguno menciona los desperfectos culinarios y disfrutan mucho de ese comienzo de fin de semana cumpleañero, a pesar de los incesantes soniditos de notificaciones, que Keza ignora, pero que enervan a Ganza, con tanto bip-bip-bip, bip-bip-bip. Keza no se molesta en mirar el móvil: a las nueve de la noche en África central, sus tías por fin han aparcado el ajetreo diario y le mandan recomendaciones en forma de fotos y memes y vídeos y textos de copia-pega con kilómetros de faltas de ortografía sobre cómo lavarse las manos, los beneficios de comer carne, los robots antiepidemia en los hospitales, los maleficios de la delgadez, los horrores de los vestidos demasiado cortos. Y también envían selfies, muchos selfies, todos los días, con luces y perspectivas que resaltarían inevitablemente cualquier papada de cualquier tía. No todas son sus tías-tías: en Ruanda, cada bebé crece en el seno de la comunidad, consanguinidad mediante o no, y las mujeres que se involucran en la crianza derrochan una generosidad vestida consejos ad æternum, por mucho que una ya tenga una edad. Las tías-no-tías con WhatsApp son el antónimo de silencio.

A pesar de las truculencias del bip-bip-bip, la mezcla explosiva de champán y vitamina C los empieza a poner mimosos, pero enseguida llega una llamada interruptus. Ganza le pide que no lo coja, anda, que tu cumpleaños no es hasta mañana, pero sabe de sobra cómo funcionan esos paquetes de veinticuatro horas de llamadas e internet en su patria: si no contesta ahora, igual no hablarán hasta dentro de una o dos semanas.

Es la madre de Keza. Ya sabes, chitón. Que no podía esperar a mañana, que qué tal por Maine, que muy bien, muy bien, tranquila, que si por aquí todo como siempre. Las conversaciones con mamá rozan lo soporífero, y más ahora que se ha hecho a la narración desde el embuste —antes, al menos, las verdades a medias la llenaban de adrenalina—. Le cuenta qué estaría haciendo en Maine y reproduce su día en Nebraska, cambiando un poquito de escenario, imaginándose confinada en soledad en aquel apartamento que lleva semanas sin pisar. Ya no se pone nerviosa cuando hablan, porque está cómoda en la acolchada mentirijilla piadosa: por si mamá llama hoy —como en Ruanda es invierno, siempre pregunta si hace frío—, tiene la costumbre de revisar cada mañana el clima de la ciudad donde paga el alquiler pero que no pisa desde marzo. 

A Keza le parece normal no contarle toda la verdad sobre sus amoríos, aún tiernos, inciertos, frágiles, pero mentir sobre la situación meteorológica le parece el sumun de la sinvergonzonería, porque sería negar la naturaleza. Sentir la piel de Ganza también forma parte de la naturaleza, pero sucede en un recoveco, y no en el absolutismo del sol y el viento. Como jamás le haría eso a su madre, en Omaha, Nebraska, siempre se viste según los dictámenes atmosféricos de Portland, Maine, para mantenerse fiel a la mujer que le dio la vida, aunque eso implique algún achicharre ocasional. Total, según los meteorólogos, ambas presumen de un clima continental templado, así que por qué poner el grito en el cielo por nimiedades de seis u ocho grados.

Keza cambia de tema en cuanto puede: todo bien por aquí, todo igual, como siempre, como siempre, nada nuevo, tú qué tal. La vida en Ruanda ha pegado un cambio con el virus, claro, y al principio le despertaba interés conocer los pormenores, pero ahora ya las novedades se visten de antigüedades: los negocios familiares siguen luchando por mantenerse a flote, la gente se arremolina sin mascarillas ni remordimientos en las motos y en la iglesia y la mayoría de personas viven al día. A papá le gusta pensar que está salvando la situación porque saca algo de dinero de aquí y allá, en esos negocios en los que siempre está enredado y que Keza y el resto de hermanos desconocen. Mamá desenreda: no se dedica solo a las tareas de casa —eso es de ricas—, sino que trabaja en la compañía de gas, tiene ahorros y le hace pensar a su marido que sí, que sí, que sin ti no saldríamos adelante. Nada nuevo bajo el sol, excepto el trasfondo vírico.

Sus padres no están muy al tanto de lo que pasa en Estados Unidos —papá no está al tanto de nada, para qué engañarnos: nunca llama—. Saben lo de la esclavitud pretérita y para de contar: no tienen ni la más remota idea de las injusticias actuales. Jamás han oído nombrar a George Floyd —ni mucho menos a Breonna Taylor— y Keza tampoco les cuenta nada sobre #BlackLivesMatter ni sobre las protestas en todo el país. ¿Para qué? ¿Para preocuparlos? Todo bien, mamá; como siempre, mamá.

La madre conoce lo básico: que Keza trabaja desde casa —¿casa?: «casa»—, que hace algo con ordenadores, algo, que Ganza existe, que obviamente es tutsi, que hoy no ha llovido. No necesita saber nada más: adentrarse en los intríngulis de las vidas de las hijas está sobrevalorado. 

Keza lo mencionó una vez hace meses, un amigo, y luego no soltó ni prenda cuando se mudó a dos mil quinientos kilómetros para sobrellevar la incertidumbre pandémica en la casa de aquel muchacho al que tampoco conocía tanto. Antes procuraba colocarse siempre delante de muro blanco, para no despertar sospechas, pero poco a poco ha conseguido pergeñar una reproducción del salón de su piso en Maine, un escenario diseñado a golpe de clic, tan perfectamente idéntico que Keza se mueve por él, videollamada en mano, con una mezcolanza de comodidad y repelús. No sabe por qué se ha molestado tanto; total, qué más da: al final sus conversaciones se componen de píxeles, ecos, repeticiones y ¿qué, qué, qué? 

Hoy la mentira se le está haciendo bola, pero al final se las apaña: se inventa un cumpleaños paralelo, en Maine, donde sí que vive su hermana, y le cuenta a su madre los planes que harán juntas con todo lujo de detalles y se embarulla y embarulla en el embuste y ella misma se imagina a la perfección hasta el color del confeti inexistente de su celebración imaginaria.

Cuelgan y tanta trola le deja un mal sabor de boca. Da igual: seguirá ocultando su ubicuidad y hablará sobre el clima, le hará luz de gas a su madre sobre cualquier extrañeza fruto del despiste en el mobiliario y se armará de paciencia una vez más (y otra y otra) para explicarle a su madre cómo activar la cámara delantera.

Keza está encantada. Le tiene un cariño tremendo a Ganza, tremendo, pero ha de ser un secreto todavía, porque ha crecido escuchando «no te eches novio hasta que no te cases» o «esconde a tu prometido de tu padre hasta la boda». Y eso hace, lo omite, lo separa del universo que comparte con su madre. Al verbalizar una realidad imaginaria en la que está soltera y confinada en soledad, sin darse cuenta ha creado una doble vida que domina cuando está despierta, pero que se solidifica en sus pesadillas.

Apenas si llevan seis meses saliendo, pero para Ganza este fin de semana es el más especial del año. Le da su primer regalo: una cena sorpresa con amigos en la terraza de ese restaurante africano en el centro, su favorito de la ciudad. La velada empieza con guantes, mascarilla y besos al aire y acaba inevitablemente con fotos sin distanciamiento social y chinchines con copas baboseadas. La guinda a una noche perfecta la pone el segundo obsequio, que emociona a todos los comensales: unos trajes tradicionales ruandeses con estampados a juego, que la pareja se enfunda en un periquete en el baño, que les da un aire aún más fuerte de tortolitos y que acabarán manchando de brindis y carcajadas.

Duermen en cucharita, sin quitarse esa ropa con lamparones, en un gesto de amor improvisado, silencioso y envolvente. Keza vive en el centro del país, paga el alquiler de su piso vacío en la costa este y tiene las miras laborales en la costa oeste. A veces se pierde en sus pensamientos noctívagos cuestionándose la corporeidad de su existencia, pero hoy se adormece en el convencimiento absoluto de que su hogar verdadero converge en este abrazo secreto.

Despierta desde el placer de un masaje en los pies, de millones de besos conmemorativos y del olor a café y a las sobras recalentadas de la cena. Keza se despereza y observa los trajes que ahora conforman su unidad como pareja, y se siente dichosa y tranquila. Su propósito de hoy, la calma: nada de correos de trabajo ni de competiciones sobre quién dobla la colada más rápido.

Aunque los domingos acostumbran a comenzar el día comentando la actualidad con las bocas llenas de soluciones y desayuno, Ganza intenta hablar de banalidades y cambiar el rumbo de la conversación cada vez que sale el tema, porque hoy es un día alegre, mejor hablemos de otra cosa, que hoy querías relajarte, ¿no? Pero Keza argumenta que no puede haber nada más valioso en su cumpleaños que la palabra, su único poder, de hecho: como residentes temporales en Estados Unidos, no pueden ir a manifestaciones, ya que cualquier sombra política en la que se involucren podría acabar fácilmente en una deportación. Por no poder no pueden ni siquiera caminar en su propio barrio residencial de noche, porque quedan a la merced de que cualquier vecino blanco los considere sospechosos y llame a la policía. 

Les encanta que el sistema se tambalee, pero les toca resignarse a vivirlo desde una lucha sombría y castrada y refugiarse en hablar de lo que ocurre a su alrededor, ver vídeos de la brutalidad policial, remover conciencias en internet desde seudónimos, consumir en negocios afroamericanos y africanos. Su trinchera la conforman esos pequeños gestos. Quieren ayudar y participar, porque también han arado durante años parte de su historia en esta tierra, aunque no tengan pensado quedarse aquí para siempre, en este lugar con tantas oportunidades como desprecio, que ha dibujado sus identidades desde una perspectiva que jamás los rozó en Ruanda. Ambos rechazan desde las entrañas cualquier posibilidad de tener hijos en un lugar donde el mero hecho de ser una persona negra equivale a estar en peligro constante.

Pero por ahora no ven ningún motivo para volver a Ruanda: sus trayectoria profesionales van viento en popa, cada uno de sus hermanos está en un país distinto, todos sus amigos han emigrado y se tienen que gastar cientos de dólares en regalos cada vez que van de visita. Cuando vuelvan, en el futuro, será para abrir su propio negocio, pero su presente está en algún lugar de la vastedad estadounidense. Mejor no manifestarse, no.

Tiene razón Ganza, es mejor no pensar en ello: olvídalo, da igual, que el plan para hoy consiste sumirse en la relajación más sublime. Pero durante la sesión de manicura y pedicura, Keza se acuerda del gas pimienta que la policía lanzó en la manifestación del jueves pasado; en plena película de matiné, le viene a la mente el comentario racista que le soltó aquel hombre por la calle hace un par de semanas; y hasta al leer un libro —con esa incesante sinfonía de bip-bip-bip de fondo—, se refuerza en la idea de que la gente solo escucha cuando hay revueltas y le apena no poder acudir.

Solo al cocinar juntos la cena especial de cumpleaños —isombe, ubugali y waakye—, Keza se sume por completo en el fulgor de la ternura que le ha regalado el confinamiento y observa a Ganza remojando las hojitas de zahína. Se olvida de Seattle y de Portland y su presencia se enraíza por completo en Omaha, y la escena irradia tanta belleza que se convierte en óleo sobre lienzo: la amalgama de colores, la luz perpendicular que divide el rostro de su chico, las sombras que dramatizan la col y los tomates, la perspectiva aérea dada por aquel sfumato de harina de yuca.

Interrumpe el bodegón una llamada y, en cuanto descuelga, Keza siente de sopetón de que mamá ya no vive en la ignorancia. Se siente ridícula, minúscula, insignificante. No sabe cómo lo sabe, pero lo sabe. Una corazonada, qué quieres que te diga, chica. El pensamiento dura el lapso de un segundo —¿se lo cuento o no?—, pero enseguida vuelve a fingir verdades, agradece la felicitación y se centra en las preguntas entrecortadas con respuestas certeras: no, mamá, nada de frío, nada, hoy hace un tiempo de lujo aquí en Maine.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Caleidoscopio

Todo está en paréntesis. Y qué: volverá. No pensaba que fuera a vivir una revolución, a estar viva para ver las calles llenas del grito unánime, las pintadas, los cacerolazos desde los balcones, los zarpazos de justicia, la sed de lucha. El estallido social le ha regalado la carantoña de la justicia y el sentirse chilena por primera vez, pero no con un orgullo nacional hueco, sino con una fuerza intrínseca y voraz que la inunda ferozmente.

Se sienta a escribir cada mañana, mientras Aliwe aún duerme, y se le agolpan las ideas en las uñas; y no porque la hayan mandado callar durante demasiado tiempo, sino porque el estallido la ha convertido en una figura más valorada y visible en el mundo de la microficción y ahora tiene tanto que decir que se le enredan los dedos y la lengua. Un día escribe: «acumula la melena extraída, la arrulla»; y otro: «las vocales del texto comenzaron seductoras a danzar emergiendo del escrito»; y al siguiente: «la anhelada selva de cemento insiste en moldearnos con el frío mimetismo del hormigón». Paula paladea las palabras, cuando le llegan, y las saborea y las escupe en el papel y extraña cada escenario con un slam de poesía. 

Extrañar quizás sea demasiado fuerte. Le gustaría volver a ponerse frente a un micrófono, sí, pero acepta la realidad y la atesora. Ha creado un templo con Aliwe, y no echan nada de menos, en realidad, si lo piensan, porque se aferran al presente, y del presente en adelante. Entre los muros del hogar más seguro que ha habitado jamás, a su hija le transmite la fuerza, la paciencia y la chilenidad con un amor maternal que ha tenido que sacar de las entrañas y del propio aprendizaje más allá de su estirpe. Se veneran, se ronronean. 

En cuanto Aliwe se despierta, busca a su mamá para meditar. Paula, empeñada en mejorar la crianza y en no repetir los patrones sufridos, ha creado esta rutina porque sabe que la niña aprenderá así a conocerse y a tomar posesión de sí misma y de su interior y que no hay nada más importante que eso para superar cualquier situación externa. Aunque a veces se queje del encierro, Aliwe disfruta de la vida en casa y de la constante caricia de su madre, y sabe entretenerse sola con las clases a distancia, las tareas, la pintura y los vídeos y vídeos de TikTok. 

A veces las visita el aura de Pablo, eternamente joven, con esos treinta y un años que rechazan las agujas del reloj. Durante la infancia de Paula, su papá se convirtió en tabú, porque la familia adoptó una postura hermética tras su desaparición e hicieron como si Pablo de repente no hubiera existido. El 31 de agosto de 1975, con trece días de vida, le arrebataron a su padre arrastrándolo al vórtice de la desmemoria chilena, lo que llevó a un ¿in?evitable maltrato doméstico y nacional y a los horrores que componen todo el pasado al que Paula apenas si vuelve. 

Aliwe nació en el mismo lugar que su mamá, Santiago, que a la vez es un sitio totalmente distinto, porque Pinochet ya llevaba un lustro criando malvas cuando la pequeña llegó al mundo. Paula suaviza las verdades para que su niñita sí disfrute de la infancia y expectora la denuncia entre las páginas. Le tocó (sobre)vivir la dictadura hasta los quince años, ahogada entre amenazas de muerte y en la siniestra falacia sobre el vacío paternal. Los once años de su hija no le dejan entender la realidad del todo. Mejor: a su edad, Paula tampoco comprendía nada. 

Creció en la mentira repetitiva y repetitiva de que a su papá se lo había llevado un ataque al corazón, sin pestañear sobre el porqué de esas visitas a la Vicaría de la Solidaridad cada viernes, para ver si había alguna noticia, alguna noticia, alguna, algo. Ella solo sabía que le estampaban una identificación al llegar y cada sellito le hacía sentirse importante en el refugio de la imaginación y andaba por el edificio con una majestuosidad inventada, que desapareció el día que vio la fotografía de su padre en uno de los muros con desaparecidos. Desde entonces, se tiñeron de amargura aquellos paseos de viernes de la mano de su mamá, rodeadas de mujeres con pancartas, rostros de hombres en blanco y negro y las miradas confusas de los otros niños a los que el estado de Chile les había legado la orfandad. Aún hoy, podría hacerse el camino al edificio descascarillado de la Vicaría de la Solidaridad desde varios puntos de la ciudad sin abrir los ojos, porque creció trazando mapas mentales de cómo llegar a un lugar seguro, con la amenaza permanente del asesinato de su madre.

Aliwe es el vivo reflejo de Paula, pero existe entre ellas una diferencia radical: el recelo. Mientras que a la mujer todavía le acecha sin remedio, la niña vive felizmente sumida en un país imperfecto pero sin dictadura y desconoce los azotes del pánico. Por esa sutil diferencia, Aliwe insistía e insistía en ir a las manifestaciones con su mamá, pero solo lo hicieron por la orillita y se centraron en la micropolítica en el barrio y en casa: Paula siempre se congela ante las aglomeraciones, se enerva con solo recordar las amenazas de muerte en forma de llamadas de teléfono y le espanta el mero avistamiento de un paco, porque la policía tiene las manos manchadas de la sangre de su padre y de los más de tres mil asesinados y desaparecidos.

Pero en casa se entrelazan en la calma y los miedos no sobrepasan los umbrales ni los alféizares. Han construido una unidad que desafía la de la sagrada familia del pesebre (o no tanto: tampoco es que San José fuera el papá biológico ni que la dictadura diera lugar a la figura del padre de izquierdas); y cocinan, bailan, meditan, charlan, corretean: su refugio se viste de la certeza del presente y de la tangibilidad del hogar. El estallido social está latente y volverá con fuerza, por mucho que el Gobierno borre las pintadas y siga estrujando a la gente humilde. Es cuestión de tiempo, tiempo, poco a poco vamos cerrando la herida.

Hasta ahora, a Paula le rondaba con insistencia el pensamiento de que no existía la justicia en este país. El estallido ha marcado un antes y un después en la historia chilena y se ha convertido en un inicio que es a la vez un cierre, el fin de un largo duelo.

Hace dos años le contaron cómo lo habían asesinado. Sin tortura, lo dispararon, lo tiraron a una fosa común a saber dónde. Listo. Paula ya no busca a su padre, pero no va a retirar su ADN del Instituto Médico Legal —guardadito ahí para que lo contrasten en caso de que un olfato canino localice restos óseos y se desvele la verdad—, pero a la vez está reconciliada con la idea de no saber nunca nada más. Acepta las contrariedades, cree en la reencarnación, se sabe en una continua transformación y no se ata al cuerpo físico: Pablo está en la naturaleza y es el viento, los pájaros, el aire que respiran, un invitado de honor cuando se abre una ventana, la historia de Chile. Eso es mucho más importante que el paradero de un cuerpo.

Mientras que la ansiada revolución le ha regalado la resignificación como persona, ciudadana y víctima de los derechos humanos y la reconciliación con su pasado, el confinamiento se ha convertido en un oasis que comparte con Aliwe y con Pablo, que forma parte de la familia más que nunca: hija y nieta reciben sus energías, su risa, su humor, sus andares, sus abrazos y todo aquello que trasciende la realidad de las escasas fotografías.  

Aliwe no conoce el rencor y ha aprendido a querer más allá de horizontes espaciotemporales, como lo hace con su abuelo o con su papá, al que solo ha visto tres veces desde que los tiempos adoptaron estos tintes pandémicos. Es buen padre, pero vive en otra ciudad y no es factible ni seguro moverse, así que el virus lo ha convertido en un papá digital de videollamada diaria. Paula se pregunta qué onda con los hombres ausentes, qué pena, pero le consuela que su hija sí disfrute de un padre, aunque ahora mismo sea bidimensional.

Su mayor aprendizaje como mujer herida por la historia radica en cultivar la paciencia y se lo transmite a su hija a través de la cotidianidad. Le obsequia las enseñanzas de Jesús y de Mistral y de Buda y de Lautaro y le susurra que siempre crecemos como seres humanos, que estamos en una transformación a nivel mundial, que creamos constantemente un espacio de autogeneración. Cuando la niña duerme, saca las penitas y dolores y los gurruña para soltarlos entre los vientos y los escritos.

En la caricia de los cuarenta y cinco años, Paula lucha desde la pluma, cría desde el amor y piensa desde las entrañas. Le ha tocado vivir una situación fuerte dentro de las muchas situaciones fuertes que acontecen en la vida. Bueno. Estudió teatro para ordenarse por dentro, para entender(se) y para denunciar, y ahora moldea el tiempo desnudando su alma y vomitándola frente a cada página en blanco, y escribe para destapar sus miedos y sacar a la luz sus horrores. 

Todo está en un paréntesis, sí, y qué: Paula ahora se acurruca en el fragor callejero y los remiendos de una justicia hasta ahora exangüe, y se cura cada día junto a su hija en unos muros levantados en el eco incesante de la introspección, la reflexión, la sanación y la liberación. Volverá: paciencia, paciencia; volverá.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Atmósfera

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Jamás se había presenciado una tormenta de tal magnitud en el seco verano de Kilstonia. Qué raro que llueva con tanta furia en esta parte de Oregón: tan solo esta mañana, el cielo estaba tan despejado que Vera ha visto con claridad desde la ventana cómo un castor estaba en medio de la isla poniéndose morado a sauce. El sauce del Vera. La mujer ha saltado de la cama de un brinco, como si no tuviera ochenta y un años ni le acabaran de operar de un pie, ha agarrado su rifle calibre 22, ha abierto la cerradura del balcón, ha esperado unos instantes para no alborotar al bicho, ha empujado la puerta lentamente, ha colocado el arma sobre la barandilla para evitar cualquier temblor inesperado, ha guiñado un ojo, ha dicho entre dientes «ya te tengo, cabronzuelo» y lo ha hecho añicos, convirtiéndolo en otro de los testigos de su excelente puntería. 

Ya que estaba, ha aprovechado y se ha cargado a dos nutrias que pasaban por ahí, que son una especie exótica invasora y no pintan nada por esos lares —el castor, bueno, es el animal del estado, pero tenía que haber pensado en conservar el honor antes de hincar esos dientecillos en su sauce—. Reventar esos animales la ha llenado de paz. Vera ya tiene bastante con aguantar que las ocas caguen alrededor de todo el lago, que los pájaros le picoteen el maíz y que los ciervos invadan el jardín si se le olvida cerrar la valla. Qué mañana más gloriosa.

Aquella dicha se ha visto rota cuando Vera ha recordado que el puente está en obras y que dejar a los animales ahí mirando al cielo podría traer un hedor insoportable en unos días, porque no hay manera de saber a ciencia cierta si aparecerá pronto un buitre o un halcón. Normalmente le habría pedido a Steve que se encargara de recoger aquellos animalejos inertes, pero su santo esposo también estaba inerte, y al final ha decidido que le costará menos hacerlo ella misma en un momento que estar rogándole todo el día. Total, sabía de sobra que no iba a tardar nada: se ha recogido los canos cabellos en una coleta, ha agarrado la barca, ha remado los diez metros que separan la tierra de la isla, ha enganchado a las bestias por el pescuezo y, ya en tierra firme, las ha tirado al bosque para que se las meriende un zorro, un lince, un puma o cualquier otro carnívoro que les tenga aprecio a esos asquerosos seres.

Cuando ha vuelto al caserón de mil metros cuadrados, imponente en medio del esplendor natural que lo rodea en todas direcciones, Steve ya estaba impaciente por dar el paseo matutino habitual hasta el buzón para recoger cartas y el periódico, en lo que ahora es su único contacto con la civilización. Cuando se ha enterado de las correrías de Vera, ha decidido algo inusual: en caso de que se cruzaran con algún animal hambriento que hubieran podido atraer las víctimas de su esposa, llevaría el cuchillo de caza con el que solo se arma en las caminatas nocturnas.

Volviendo de aquel paseo bajo el cielo azul, Vera ha sentido un dolor agudo y repentino en las sienes y le ha dicho a Steve que amenazaba tormenta, pero él ha soltado un no como una catedral en ese impulso marital que siempre la desespera. Bueno, que piense lo que quiera, tiempo al tiempo. La mujer no se ofusca con negatividad, porque andar por los caminos de esos ciento sesenta mil metros cuadrados que componen sus tierras le quita todos los males: siempre había soñado con tener un bosque, y ahora Kilstonia le ofrece mucho más que eso.

Como cada mañana, la pareja ha hecho el crucigrama del New York Times, codo con codo, con la adrenalina que da el café mezclado con las soluciones para los acertijos más rebuscados. A la mujer le ha extrañado que la araña Lidia no estuviera en la cocina, pero no se lo ha tomado como un mal presagio. Lo que sí ha levantado sus sospechas es que, durante las horas y horas que ha pasado apañando el jardín, no ha podido divisar ni un solo arácnido entre las margaritas, las rosas, los delfinios, las milenramas, los lirios, las malvarrosas o las aguileñas, y eso que los ha buscado concienzudamente porque, según la tradición en la que se enraízan las bases de su imaginario aprehendido en la colonia checa de Baltimore en la que creció, las arañas traen buena suerte.

Esta misteriosa desaparición le ha causado un escalofrío, que se ha intensificado con los nigérrimos nubarrones que acechaban por el oeste, fundiéndose con las copas de las decenas de pinos que rodean la casa. Lo ha solucionado abrigándose con su sudadera favorita, que reza «Mi cuerpo es un templo (antiguo y en ruinas)» y ha seguido afanada en sus maravillosas flores, donde las abejas hoy no se rebozaban, juguetonas, para embadurnarse de néctar. Ha exclamado en un respingo «¡Ježíš Marjá!», porque si jura, las palabrotas le brotan solo en checo. Se ha obcecado con tanto ahínco en encontrar arañas, que no se ha dado cuenta de la falta absoluta de insectos. Ha afinado el oído: no parecía haber cantos de pájaros tampoco. Y ha sacudido la cabeza durante un buen rato: Ježíš Marjá, ježíš Marjá.

La curiosidad pesaba más que cualquier preocupación, pero, como no existe nada que interrumpa sus costumbres y, a las cuatro de la tarde, se ha sentado en el invernadero con su libro —ahora está sumergida en el mamotreto Historia del Imperio persa—, un vino blanco con gaseosa —que le ayuda a relajarse— y un bol con patatas fritas que iba partiendo en pedacitos más y más pequeños para dilatarlas en el tiempo, de tanto que le gustan —algo que le enseñó su hermano de niña—.

Es entonces cuando ha comenzado la tormenta, con un violento granizo que ha golpeado los tragaluces con tal fuerza que Vera ha quedado aturullada durante largo rato y se ha ido dando tumbos hasta su habitación para echarse la segunda siesta de aquel día extrañamente oscuro de finales de junio.

Ahora, la pareja de ingenieros aeroespaciales jubilados está cocinando tranquilamente, pero la tormenta y el dolor de cabeza continúan. Vera le regala amor al goloso Steve con la mejor repostería, pero hoy solo quiere hacer algo rápido, irse a la cama y dormir toda la noche del tirón. La voz melosa de Steve y la calmada destreza narrativa, que aprendió al criarse en un intelectual ambiente judío carente de niños y repleto de libros, le dan un masaje en las sienes a Vera. Su esposo le cuenta cómo ha ido su día y cómo no le ha dado tiempo a hacer todo lo que hubiera querido: ha tocado un rato el piano pero no el violín en la sala de música, ha jugado al ajedrez en línea, no ha leído, ha hecho unas cuantas flexiones y pesas en el ático y ningún abdominal, ha refunfuñado un buen rato leyendo los últimos tuits del Presidente y ha escrito un par de notas para su libro Sentir nuestro universo, pero no ha añadido ni un solo párrafo. El mismo cuento de siempre.

El coronavirus apenas los ha sacudido. Ha habido un par de cambios, claro: ahora no pueden recibir visitas de sus hijos y sus nietos ni celebrar los campamentos musicales que llevan años acogiendo en casa ni acudir a los almuerzos mensuales de los ateos de Eugene ni tocar con el cuarteto de cuerda ni quedar con la gente de Cottage Grove Community United, el grupo que fundaron para acabar con el statu quo de la zona y que está consiguiendo grandes cosas, como forzar el cierre de la tienda de cuchillos con unos dueños fascistas que destrozaron a pedradas los cristales de la sinagoga hace unos meses. Echan de menos la creatividad en grupo, el activismo y a la familia, pero la rutina, lo esencial, sigue intacto.

Vera se frota las sienes y Steve le recomienda que se tome una aspirina y va a buscarla a la primera planta. Al ser cinco años más joven que su esposa, le preocupa su salud y la cuida mucho, especialmente ahora: Vera ya ha pasado por seis o siete pulmonías, así que el virus podría matarla sin clemencia. Steve se encarga de todas las compras para que Vera no se cruce con gente en el supermercado, pero no le inquieta demasiado que nunca lleven mascarilla ni Laura, la mujer que limpia la casa cada semana, ni Jake, el jardinero bipolar que vive ilegalmente en la cabaña junto al granero y al que llevan un tiempo invitando infructuosamente a que se marche. Al fin y al cabo, Vera lleva practicando el distanciamiento social toda la vida —benditos orígenes centroeuropeos— y, además, tiene buen oído, así que no necesita arrimarse a nadie.

Los nimbos se aferran a las copas de los árboles de Kilstonia y cubren todo el cielo sin perder un ápice de furia, creando una oscuridad grisácea e inusual para las siete de la tarde. El primer fallo eléctrico los azota cuando Steve baja en el ascensor con el bote de aspirinas en la mano, pero no dura mucho y el hombre puede liberarse de la fúnebre claustrofobia a los pocos minutos. Ninguno se asusta, porque viven en la simple y llana convicción de que el miedo no es un recurso útil.

Cenan pasta con una espesa salsa de tomate y albóndigas, sin preocuparse por calorías ni dietas —por algo corre sangre de carniceros por las venas de Vera— y la degustan con tanta gracia, que ninguno de los dos permite que salte ni una sola gotita sobre el mantel blanco de tela, inmaculado aún sin haberlo lavado desde hace mil comidas. Steve le cuenta bajo una titiladora lámpara de araña cómo la sal fue monopolio de la Corona Española en el reino desde la Edad Media hasta 1869, cuando solo los reyes podían explotarla y venderla y variaban los precios y obligaban a comprarla cuando surgían imprevistos, como una guerra o la construcción de un palacete. Vera lleva décadas haciendo la comida sosa a propósito, porque Steve nunca pide el salero así, sin más, sino que lo hace cada noche con un relato salino, que no se acaban jamás y que la mujer adora con toda su alma.

En la misma semana de agosto de 1966, Steve descubrió y bautizó el cometa Kilston y recogió a una muchacha rubia, divertida e inteligente a la que le había dejado tirada su coche en una de las colinas de Berkeley y que se convertiría en su esposa diez años después, tras una década de telenovela, con enredos como líos de faldas con la hermana, el Verano del Amor y tres churumbeles de por medio. El cometa no será visible de nuevo hasta dentro de ciento ochenta mil años y el amor que siente por Vera no se podría repetir en el mismo período de tiempo.

De postre, toman una tostadita de Mermelada de destitución y ciruelas, de la cosecha del verano de 2017, que a Steve le sabe a poco, pero que deja satisfecha a Vera. 

Es entonces cuando el generador explota: «¡Parece que a Donald no le gusta la mermelada que hicimos en su honor!», exclama la mujer, que no pierde el humor jamás, pero en seguida se enzarzan en una discusión sobre a quién le tocaba llenar el tanque de propano —a ti, no, a ti, no, no, no, a ti, a ti—. 

Bueno, no lo vamos a solucionar esta noche: para Steve es demasiado pronto para acostarse, así que busca unas cuantas velas, pero Vera no está para tonterías —hay tormenta fuera y dentro de su cabeza— y sube peldaño tras peldaño tras peldaño por la imponente escalera doble, ayudándose del bastón y la barandilla (¿cuándo fue la última vez que prescindió del ascensor?). Antes de meterse en la cama, se da un refriego y sale a la terraza y admira la vasta oscuridad sin luna desde el balcón, qué belleza extraordinaria, la de esa oscuridad que no existe en las ciudades y que jamás había conocido hasta que se mudó al reino de Kilstonia.

Duerme plácidamente, disfrutando de ese sueño en que dispara desde el balcón a zombies con el rostro descubierto, toses víricas y carteles de «Trump 2020» en las manos, hasta que a eso de las tres de la mañana la despiertan unos torpes y ruidosos pasos en la escalera metálica de caracol junto a su ventana. Se asoma y ve a Jake, con una escopeta y los azules ojos saliéndosele de las cuencas, en lo que parece otro de sus brotes psicóticos. Puf, otra vez. Cierra tranquilamente la cortina, abre la puerta de la habitación y profiere con el eco autoritario que le regala la arquitectura: «¡Steve! Sal por el este y mira a ver qué coño le pasa a Jake». 

Intenta retomar el sueño, porque se le han quedado un par de zombies en el tintero, pero oye el piano y no puede pegar ojo. Qué hartura: Steve no le ha hecho ni caso. Agarra el bastón y baja —peldaño, peldaño, peldaño— rodeada de una oscuridad absoluta solo iluminada por los incesantes relámpagos. Llega al final en un traspiés y prepara el bastón en alto para que la grandilocuente bronca que le va a caer a Steve por no encargarse de Jake adquiera un énfasis más teatral. Abre la puerta de la sala de música y el piano deja de sonar. Se dice a sí misma que será el fantasma del campamento de verano que no podemos celebrar este año y suelta una de esas carcajadas que causa la satisfacción de las propias ocurrencias y que retumba entre las paredes de la mansión y se entremezcla con los truenos.

Pero Vera solo cree en un fantasma, el de su madre, que se le aparece desde por la mañana, cuando lo coloca todo en su sitio sistemáticamente, pasando por la tarde, cada vez que termina una tarea con perfección férrea, hasta por la noche, al realizar el ritual de lavado (manos, cara y pies, manos, cara y pies), antes de acostarse. 

Cuando cierra la puerta de la sala de música, oye la radio carraspeando Paganini desde el comedor, y Vera se lleva hasta ahí a golpe de bastón y de relámpago. En un solo destello, Vera aprecia un chorreón rojo que le ha arrebatado la pulcritud al mantel y unas piernas fugaces arrastradas por el suelo. Siente miedo por primera vez en décadas: no conocía el pavor desde que escapó de la inclemente cuchara de madera de su madre al casarse con su primer marido.

No sabe qué hacer. Se enzarza con el interruptor más cercano, como si así fuera a alumbrar su casa y su mente, ambas inmersas en la oscuridad, en la pesadilla de la sangre de Steve sobre el mantel, de sus pies desapareciendo por la cristalera. Nada. ¿Sube peldaño a peldaño a peldaño para coger el rifle de su habitación? ¿Cómo ha podido dejárselo arriba? Menudo fallo. Pero no hay tiempo de volver a por él: podría perder a Steve. De repente, se le ilumina la bombilla socrática y piensa en la cicuta salvaje de la que lleva queriendo deshacerse durante siglos, pero que inconscientemente sabía que alguna vez tendría que recurrir a ella.

Sale con sigilo. El cielo ruge, la lluvia no cesa, las ramas representadas en el mosaico del jardín se convierten en serpientes, el cuervo Cicerón grazna discursos en una verborrea sin descanso, el carillón pierde su característica delicadeza y ruge con fuerza metálica, Vera arranca la cicuta de cuajo con la mano izquierda enguantada y se pregunta cómo se aplicará el veneno. De entre todas las posibilidades, su favorita es, sin duda, meterle las hierbas por el culo a Jake, pero no cree que la logística vaya a ser demasiado sencilla —aunque, bueno, tiró a un niño el doble de grande que ella de pequeña a un agujero por defender a su hermano: seguro que ahora se las apaña—. Tendrá que improvisar según lo pille. Ese maldito Jake, que no se marcha ni con agua caliente, que se autoproclama familiar de Steve y Vera Kilston —familiar, ja, como si ellos no tuvieran ya suficiente con sus cinco hijos y siete nietos—, que tiene media docena de armas en la cabaña ilegal, que es peor que mil castores y nutrias con hambre, que dice que su pareja se suicidó con un disparo y siempre lo creyeron, pero ahora se llena de dudas. Piensa en la sangre, en los pies, en esos ojos fuera de las cuencas de maníaco con coronavirus (nunca lleva mascarilla, este tipo). Por el culo, la cicuta. 

Vera, despeinada, en camisón blanco, con sandalias y calcetines, ve algo de movimiento en la laguna, como un forcejeo, y avanza rauda bajo la incesante lluvia, aprovechado que el ruido de sus pisadas se guarece en la tabarra incesante de Cicerón y en el ululato del búho desde el granero sin ventanas. Los cuerpos de ambos hombres parecen pugnar por la vida entre los nenúfares y Vera recuerda a Baba Sklutskem, ese espíritu bañado en barro y algas y armado con un palo que habita los lagos para ahogar a los hombres, y se le representa con la cara de su madre y la visión le obliga inmediatamente a darse media vuelta. Steve grita el nombre de Vera.

¡Su Steve, su adorado Steve, su ojito derecho! Olerá sus camisetas tie-dye todos los días, levantará un altar en su honor con orquídeas y nubes de chuchería y piezas de ajedrez en el centro geográfico de Kilstonia y llorará cada vez que vislumbre la estrella polar brillando en el cielo. Ježíš Marjá, Vera, salva a tu esposo, tu madre lleva mucho tiempo muerta y solo habita en tus manías diarias y Baba Sklutskem no existe más que en el folklore y, desde luego, no tiene lugar en Kilstonia. Vera tira el bastón y corre como no sabía que todavía podía hacerlo, piensa en la roja sangre sobre el mantel, en los pies arrastrados…

¡Vera, Vera! Sigue clamando Steve, y los gritos la llenan de tanta furia que convierte la cicuta en zumo. Cuando llega a la orilla, con la lengua fuera, Steve le dice con la mayor tranquilidad del mundo que el alarido de Vera sobre Jake le ha hecho dar tal respingo que ha puesto el mantel perdido de ruibarbo hervido, que había tenido que comerse un bol entero para que no se estropeara al apagarse la nevera tras la explosión del generador, que qué torpe, je, je, pero que no le ha empalagado nada de nada, fíjate tú, ¡un bol entero!, bueno, excepto lo que ha derramado a causa de su grito, que Jake estaba histérico perdido y que Steve ha tenido que tranquilizarlo hablándole de la esencia mágica en nuestro amable universo, de cómo todo está conectado y de cómo por cada acción hay una reacción equitativa y opuesta, que a Jake le ha dado un patatús al escucharlo y que a Steve se le ha ocurrido arrastrarlo hasta el lago para despertarlo con el impacto del agua helada, porque no había manera de reanimarlo de otra manera, que mira qué tranquilito está ahora, nuestro Jake, que están enredados entre los pedúnculos del nenúfar y que no corren peligro, pero que se ha hundido el cuchillo de caza hasta fondo del lago y que no les vendrían mal unas tijeras de podar. 

Por el esfuerzo, a la mujer le duele la cadera, la rodilla izquierda, el dedo gordo del pie derecho y las pestañas superiores, y está empapada de lluvia y de espumarajos de rabia. Ahora querría usar la cicuta también con Steve, por el mismo orificio, pero no podría, pero no por falta de ganas, sino porque ya se le ha deshecho toda por el camino. Vera, que llevaba más de sesenta años sin sentir el pellizco del miedo, mira desde arriba a esos miserables agazapados entre las plantas y se funde con la tormenta, iluminada por la sucesión de relámpagos: pedidle ayuda a Baba Sklutskem o, si queréis, yo podría cortar los tallos desde el balcón de arriba a golpe de rifle, pero no sé qué tal puntería tendré de noche, así que mejor os apañáis vosotros solitos, guapos, y, después de salir, ya podéis encargaros de que el mantel esté reluciente cuando me levante a desayunar, porque en Kilstonia no hay lugar para lamparones. Y se marcha desgañitándose en una proliferación infinita de Ježíš Marjás.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Gastronomía

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Todo se debe al fatídico festival de durian en la oficina y al consecuente atracón. Y lo peor es que la idea la ha tenido el propio Ong, animado por la llegada de junio y con ganas de complacer a sus compañeros, con paladares sumidos en la pesadumbre y anhelantes de los sabores arrebatados. 

La temporada de la reina de las frutas siempre se tiñe de alegría, pero este año de carencias culinarias, el manjar preferido de los penanguitas ha adquirido las cualidades de maná, en tal desierto de monotonía y aislamiento. Por eso, cuando Ong se ha presentado esta mañana con esos paquetes de plástico desechable —bien envueltos, bien sellados, que no huela en el autobús, que no huela—, sus compañeros lo han recibido con vítores.

Son pocos, los compañeros, nada, cuatro gatos: muchos se han pedido vacaciones no remuneradas indefinidas, por no exponerse o por la inestabilidad política, quién sabe. Da igual, había que celebrar este momento tan esperado, así que se han arrejuntado en un par de mesas —a dos metros de distancia, desinfectando a conciencia cada paquete, sin pasarse nada de mano en mano— y se han dispuesto a disfrutar de esa fruta salada, dulce, cremosa, con un aroma que invade el aire, el pelo, la ropa, las almas. El durian, como el amor, existe para compartirlo. Con tan pocas bocas con quienes compartirlo, al final Ong ha acabado cebándose de lo lindo, engatusado por aquella seducción irremediable de fruit fatal

Incluso en ese placentero momento, Ong no ha podido evitar despotricar. Qué mal, qué mal lo está pasando el cielo de su boca. Y sus compañeros sufren la misma carencia: nadie sabe cocinar, ¿para qué?, si viven en una meca culinaria donde comprar comida casera es más barato y rápido que liarse a guisar en casa. Una compañera le ha recomendado, con la boca llena de durian y el corazón plagado de angustia, una marca de dim sum congelado, que no queda tan mal al hervirlo en casa, no te creas, hace el apaño, y se ríen de tal aberración y cada cual vuelve a su puesto de trabajo. 

Ong, hipnotizado por los dictámenes de su barriga, no se puede sacar de la cabeza su restaurante de dim sum favorito y lleva toda la tarde sin poder pegar un palo al agua. Cuánto van ya, ¿ocho, diez semanas? sin poder sentarse en un restaurante. Ahora dejan, pero con seguimiento de contacto y distanciamiento social y así uno se sumerge en una paranoia vírica que nubla y marea y no hay quien disfrute de nada.

Ong está ahí, entre las cuatro paredes de ese edificio gris en un polígono industrial al ladito del aeropuerto, plantado frente al ordenador como un pasmarote, sumido en una espiral obsesiva en la que solo piensa en volver a degustar una de sus comidas favoritas, aunque sea en versión congelada. Pero antes tiene que mandar unas facturas en inglés, dim, registrar el último flete aéreo del día, sum, autorizar la partida de un cargamento naval en malayo, dim, negociar precios en hokkien para el transporte en vuelos comerciales sin pasajeros, sum, explicarle en mandarín a un importador singapurense los problemas resultantes de tan insaciable demanda para tan esmirriada oferta, dim, porque, si no, los estantes de los supermercados se vaciarán, sum, y él no va a ser el responsable de tal barbarie. 

A duras penas, lo deja todo bien atado y se larga de una vez por todas, que ya no soporta más la insistencia de su insaciable estómago, que, por mucho que esté lleno de durian, insiste en degustar dim sum. Aunque la mente le diga que seguramente le espere una insípida birria de primera categoría, el estómago gana la pugna al proyectar espejismos hacia la mente, donde aquella delicada y deliciosa delicatessen resplandece en bandejitas meticulosamente ordenadas sobre carros repletos y vertiginosos en algunos de los coloridos edificios con encanto carcomido pergeñados durante el colonialismo británico en pleno Georgetown, donde se come el mejor dim sum de todo el país.

Ong se siente afiebrado, pero sospecha que la sensación se la brinda esa gula visceral que le fustiga con una furia psicosomática. No puede ser otra cosa: como ya es costumbre, esta mañana, antes de que le permitieran acceder a la oficina, le han tomado la temperatura, le han invitado (invitado, ¡ja!) a echarse gel antibacterial y a registrarse en la entrada, con el nombre, DNI, hora, minutos y segundos de llegada, temperatura exacta y casi la talla de calzoncillos. Y, en fin, bueno, no tenía fiebre. Ni él ni nadie. Se toca la frente y quizás siente un ligero ardorcillo, pero nada, nada. No hay virus que valga. Esto viene todo de la añoranza culinaria, sin duda. Agarra sus cosas con una parsimonia infundada por su propia convicción de que todo va bien. Acalla cualquier paranoia en ese cuaderno lleno de garabatos, que guarda en su maletín con todos sus miedos y lo cierra con llave ahogando el pánico en el interior de la cerradura.

Sale a la calle y esos treinta y dos grados húmedos le dan un soplamocos más calenturiento de lo habitual. No pasa nada de nada. Es hora punta y los precios de Grab están por las nubes, así que, como se encuentra tan bien, va a la parada del autobús y empuña el arma necesaria para tan bizarra gesta: la paciencia. Cogerá el autobús a Komtar y luego irá al centro en taxi. Hay una cola larguísima, que al principio lo intimida, porque le recuerda a las filas que se crearon cuando cerraron la ciudad hace unas semanas y la gente se comenzó a arremolinarse frente a las comisarías para pedir los permisos necesarios para realizar viajes interestatales. Entonces el caos empezó a reinar poco a poco, con controles policiales en todos los caminos y aquellas decisiones gubernamentales que ni los guardias entendían y nadie sabía cómo actuar. Las alertas de emergencia lanzadas por el gobierno, que llegaban a todos los móviles únicamente en malayo y con sonidos estridentes que parecían anunciar una guerra, no solo sembraban pánico, sino que además excluían deliberadamente a dos tercios de la población de la isla. En esos días se dio cuenta de que esta vez no iba a ser como las epidemias de SRAG y MERS, sino que se trataba de algo enorme, que en las últimas semanas había traído consecuencias radicales en la economía, en la libertad de movimiento, en la política malaya, en sus nervios.

Pero esta fila se debe a la hora punta y a la vergonzosa frecuencia del autobús 301. Espera, desespera, empieza a sudar. ¿El fuego es interior o exterior? Reboza la cara en el frío cristal de la marquesina, lentamente, en un gesto tirando a gatuno que espera que nadie vea. Al menos las calles están bañadas del dulce aroma del durian; el virus no ha impedido que los maleteros vayan cargados de frutas, que broten tenderetes que las venden en cada esquina. Adopta el método de supervivencia de sumergirse en la fragancia mientras sigue refrescándose la frente.

Por fin llega el autobús y se queda el último, porque no le gustan las aglomeraciones, y menos con gente contagiosa (¿como él?). Antes de subir las escaleras, reúne fuerzas y pone su mejor cara de no tener fiebre. El conductor le toma la temperatura una vez, frunce el gesto, otra. Ong sonríe desabrido —como si se le transparentara la boca con la mascarilla—, sube, anda, sube, son solo un par de décima, y agradece el gesto con un terima kasih enclenque que es más bien un suspiro.

Hace como que se sienta tranquilamente derrumbándose junto a una anciana que parece que no ve tres en un burro, así que posiblemente no juzgará los sudores de Ong. Pega la cabeza al frío cristal de nuevo, en un alivio solo perturbado por sus pensamientos: se acalora más aún al pensar en ese golpe de estado sibilino apoyado por el mismísimo sultán y orquestado aprovechando el brote de COVID para quitarle el poder a Mahathir tras declarar el confinamiento, aunque siguen en una democracia, ¿no?, aunque no hayan votado por el nuevo primer ministro, aunque ahora Muhyiddin tiene todo el poder, aunque ya da igual, porque tienes coronavirus y ya está, asúmelo, Ong, la muerte te besa la nuca, desaparecerás de la faz de la Tierra y la libertad que la luchen los vivos. 

No tosas, no tosas, ponte un capítulo de Normal People en el móvil, con lo que te gusta, y relájate. Pero no se distrae y se obnubila con la idea de no toser y, aunque no tiene ganas, tose como un descosido y la anciana saca lentamente del bolso dos ventiladores a pilas para que el virus no le roce la piel. La ingenuidad y la futilidad del gesto resulta tan extremadamente adorable, que a Ong le encantaría apoyar la cabeza en el hombro de esa afable mujer y casi lo hace, pero se reprime, y su estómago empieza a gritar «¡dim sum, dim sum!» como si no estuviera al borde de la muerte. Al joven lo conmueve tanto el significado etimológico de esas palabras —«acariciar suavemente el corazón»— que el estómago gana una vez el debate interno entre morir comiendo o en la cama. 

Su restaurante favorito queda lejos y, a medida que sube la fiebre, le va pareciendo más y más irresponsable ir; además, está a más de diez kilómetros de su casa, así que legalmente no podría hacerlo, aunque ya lo haya hecho dos veces esquivando a la policía, pero entonces no tenía coronavirus. 

Lo mejor sería volver a casa directamente, pero aparece en su cabeza la recomendación de dim sum congelado de su compañera de trabajo. Ya que va a morir de todas maneras, merece la pena un esfuerzo final, enmarcado en un plan más factible, aunque sea por dim sum congelado: se bajará en un par de paradas e irá al supermercado, eso es, entrar y salir, sin contagiar a nadie, sin hablar, sin mirar a nadie. En casa solo podría comerse las plantas —y no piensa a hacerle eso a sus bebés—. Aquel óbito que lo acecha no le va a privar de un último placer culinario, qué va. Mataría por ese manjar. 

Se le empañan las gafas al pasar del gélido autobús a la sauna exterior y la neblina le hace sentir más mareado, así que le compra un teh tarik con mucho hielo a un vendedor ambulante que no debería estar ahí, pero está y, bueno, parece sano, y Ong le paga sin contagiarlo. Espera en la cola del AEON —es corta, ya no hay tantas compras de por si acasos—, algo que no haría si esta no fuera su última cena, porque odia las filas, las odia, pero se distrae pensando en lo que daría por ver el templo Kek Lok Si y el bosque de manglares en Balik Pulau, por pasear con sus amigos ang mo por la turística calle Chulia e introducirles en el mundo del curry mee (sin confesarles que en Penang se prepara con sangre de cerdo), por hacer otra caminata por la selva hasta llegar a la playa y hasta por que los monos le robaran la comida de nuevo… Pero sobre todo, ay, le encantaría ir en bici por ese camino junto a los huertos de durian y llenarse de aquel olor acre que siempre lo hace viajar a su infancia. Se le inundan los ojos de recuerdos líquidos mientras se pega la fría bolsa de plástico a la frente, qué placer, qué gusto, qué satisfacción, y se le mezclan lágrimas, sudor y condensación en la cara.

Cuando se acerca su turno, se bebe el té de un trago, se seca con la manga y entra al supermercado, del tirón, y el frescor combinado del hielo y del aire acondicionado le recorre el cuerpo en un escalofrío que lo deja aterido y le recuerda que la gélida mano de la muerte le roza la piel, pero está convencido: cumplirá la Misión Dim Sum aunque sea lo último que haga.

En la entrada, pone cara de no tener ni frío ni calor y le toman la temperatura en esa frente gélida de bebida callejera, ningún problema, pasa, pasa, la mentira cuela. Le piden que se ajuste bien, bien, bien la mascarilla, le echan una pegajosa y desinfectante mezcla de agua y jabón con espray en las manos, le pegan un número al cuerpo que tendrá que entregar en caja y le hacen registrarse con un código QR para controlar el tiempo que pasa en la tienda: quince minutos, ni-un-se-gun-do-más. Va flechado a la sección de congelados, agarra una bolsa, paga —pero ¿la gente no deja distancia de seguridad en esta cola tampoco?—, sale y se planta los glaciares dim sum en la frente de virus y fuego. Un abrir y cerrar de ojos: eso es lo que tarda.

Ya solo tiene que coger un taxi, un Grab, un MyCar, un trishaw, lo que sea. Pronto llegará a casa y besará a su madre, su hermana y sus plantas por última vez. Qué pena, pero qué suerte verlas a todas. 

Dos conductores lo echan a patadas y sin explicaciones en cuanto se sube al coche. Ya está, obviamente tiene coronavirus y se ha convertido en un paria. Abre la bolsa a mordiscos, se intenta comer una bolita de dim sum congelada. Ha llegado su hora, no cabe duda: nadie en su sano juicio se metería eso a la boca, vaya última cena de mierda. Lo escupe. El tercer conductor también lo rechaza, pero al menos le da un motivo: señala un cartelito colgando del reposacabezas con un durian tachado, muy habitual en el transporte malayo, porque en los espacios cerrados el aroma de la fruta se afea e impregna sin remedio todas las superficies.

En ese preciso instante precioso, Ong se da cuenta de que apesta a la dichosa fruta y piensa en el empacho y en la fiebre que siempre le da la ingesta masiva de su adorado durian. Le lleva pasando desde pequeño, pero el pánico de las últimas semanas ha impedido que lo achacara a la glotonería. El rostro se le inunda de alegría y se gasta todo el gel antibacteriano que le queda para lavarse las manos y la boca requetebien y dejar de expeler ese hedor.

Se monta en el cuarto taxi, relajado en la fiebre, olvidándose del estrés y la ansiedad que le produce pensar en estos tiempos totalitarios y en la incertidumbre del futuro. Haber superado el coronavirus de mentira lo tranquiliza de verdad y se sumerge en la felicidad de este instante al pegar la frente en la fresquísima ventanilla hasta quedarse dormido.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Peripecia

Vendrá primero la madrugadora de Manoli, la panadera, que es una balsa de aceite y a quien a veces hay que arrancarle las palabras de la garganta; luego le toca a Juan, ese que se compró una casita en la zona nueva, que parece un lorito de repetición y le pone a uno la cabeza como un bombo; más tarde tendrá a las dos hermanas, las señoras mayores que viven un poco más arriba de la calle, que son la alegría de la huerta y siempre lo piropean por tener cada ojo de un color; a las cuatro acudirá la dueña del bar de la plaza de la Iglesia, la Mari, que está muy sola y se desahoga en cada visita y suele soltar alguna de esas lagrimillas que dejan un nudo en la garganta, pero al final se acaba yendo con la autoestima por las nubes; después será el turno del chiquito este joven de las loterías, cómo se llama, ay, que no para quieto y pone los nervios a flor de piel y hay que cerrar los oídos y contar hasta cien para tranquilizarse; casi al final llegará Julito, el bedel del colegio, a quien le sientan genial los consejos y la maestría de Dioni y se va con el guapo subido; y ya a última hora tiene cita Antonio, el patatero, que trae tranquilidad y un soplo de aire fresco y le pone al tanto de todo entre broma y broma con la confianza de la amistad.

Para el primer día, no está nada mal. Ha costado cuadrarlo todo: lleva sonando el teléfono sin parar desde que anunció la reapertura hace menos de una semana y ha tenido que hacer malabarismos para que el horario quede muy organizadito, porque las citas han de hacerse con cuentagotas para una mayor seguridad. Se muere de ganas de ponerse manos a la obra. Qué duro, qué duro está siendo. Y qué raro. Al principio lo veía todo con el ojo marrón y le daba por cepillar al gato, sin parar, de los puritos nervios. Se cruzaba con él y tris, lo agarraba de un zarpazo y se pasaba el tiempo cepillándolo y cepillándolo, y el gato sin decir ni miau, ahí, con la paciencia de un santo. Ahora, aunque roza el final con los dedos, todavía le da ansiedad e intenta peinarlo, pero lo trae tan frito que, en cuanto vislumbra a su humano cepillo en mano, sale corriendo como un descosido.

Por fin cambiarán las tornas en un rato y nadie huirá de sus peines, más bien al contrario: irán llegando las personas que ha citado para hoy, ávidas, como imantadas a su cepillo. Se ha hinchado de ilusión solo al abrir el cierre de la peluquería —el golpe seco del candado, el estruendo del metal, el dulce repiqueteo de la campanilla— y el ánimo ha ido creciendo y creciendo a medida que ultimaba cada detalle. Está el ojillo verde resplandeciente: le apasiona su trabajo y enfrentarse a todos esos pelos de cuarentena se plantea como todo un reto en que tiene que tirar de creatividad y realizar transformaciones drásticas, ras, ras, ras. Se imagina perfectamente el desfile de hoy: greñas y canas y puntas abiertísimas y restos del tinte ese del supermercado, que satura el cabello y lo ahoga, que mira que te avisé de que no echaras esa baratija y tú erre que erre. 

Desde que empezara a lavar cabezas a los dieciséis años en el barrio de Salamanca y luego abriera su propio negocio en 1991 en su Leganés natal, jamás había soltado las tijeras durante tanto tiempo. La última semana antes del confinamiento sentía cierta desconfianza y preocupación, pero el virus parecía lejano y ajeno, así que, cuando anunció el cierre del establecimiento, lo hizo con incredulidad y se le centró toda la visión del mundo en el ojo marrón. 

El confinamiento le ha regalado una extraña sensación de calma desoladora al no oír la incesante campanilla de una puerta que se abre y se cierra constantemente, al carecer de gente entrando, tilín, tilín, y saliendo, tilín, tilín, y entrando, tilín, tilín, al no forzarse a mantener una conversación y otra y otra, al descubrir el silencio de los secadores apagados. De la noche a la mañana, su realidad se guareció entre las cuatro paredes de su hogar, flanqueado por esas puertas blindadas sin blindar, con todo el tiempo del que nunca había disfrutado con Reme y con los niños, conociéndose. 

Conociéndose, sí, porque antes solo se veían a la hora de la cena y los fines de semana, pero en los dos últimos meses lo han hecho todo juntos y construyen recuerdos buenos, muy buenos; aunque también hay momentos en los que siente presión en el ojo marrón huye como gato que atisba un cepillo. Entonces se baja a caminar al garaje un rato, nada, treinta, cuarenta minutitos, y da un paso y otro y otro sumido en la claustrofobia del gas, la luz, el agua, el teléfono, la comunidad, los seguros, los tributos al ayuntamiento, el IVA, las facturas, los productos, la tarifa de autónomos, la gestoría, los seguros sociales de su trabajadora y el alquiler del piso y luego se ofusca con los enredos con los niños, cuya única preocupación es el instituto y que entregan los deberes siempre a ultimita hora. Y da pasos y pasos y pasos rebotando de un muro a otro en ese oscuro garaje que huele a humedad y vuelve a fumar en secreto y los pasos van desenredando sus pensamientos y se llena de respiraciones profundas —inhala, exhala— y vuelve a casa con el ojo verde incendiado y con ganas de mejorar sus nuevas dotes en la cocina y de echar un parchís con esa familia tan bien peinada para disfrutar del trajín del niño, la curiosidad de la niña y el humor de Reme.

Ella, Reme, fue la que agarró las riendas para tirar para delante y organizar todos los gastos y apretarse el cinturón en lo que haga falta, hombre ya. También a ella se le ocurrió lo de decorar el escaparate de la peluquería por el día de la madre, como hace mañosamente para cualquier ocasión especial, y esta no va a ser menos: que si al final no podemos abrir y la mayor parte del tiempo el cierre va a tener que estar echado, porque el Gobierno al final decide que no se puede pasar de fase y nadie más ve el escaparate, no importa, por lo menos nos entretenemos. Quedó precioso: aquellas flores, aquellos colores se le metieron a Dioni por ambos ojos, el marrón y el verde, y todavía los lleva dentro, dándole vueltas en el estómago. Aquel florecimiento lo hizo querer más a su pareja, qué gran suerte tenerla a su lado, pero no se lo digas, que no le gustan esas ñoñerías, y le plantó un beso en los morros que retumbó en aquella peluquería sin un alma y ella se dio cuenta de que había vuelto a fumar, pero no lo regañó, porque esta vez lo entendía.

El Gobierno, bueno, bien, a saber qué habrían hecho otros, lo mismo o peor. La ambigüedad inicial lo carcomía, la ruina lo acechaba como una infausta tormenta y se le arremolinaba la angustia en el ojo marrón hasta tirarse de los pelos y gritar y llorar en sus paseos y paseos por el garaje. Afortunadamente, no tuvo que verse obligado a aceptar el dinero de sus amigos, porque poco a poco le fueron concediendo esto y lo otro: aplazamientos en los pagos del IVA, respira, condonación de la tarifa de autónomos y los seguros sociales de marzo y abril, respira, respira, concesión de un bono social para agua y luz, respira, respira, respira. Y los bancos, bueno, mal, como siempre, unos buitres: le aprobaron un crédito ICO, para tener liquidez y afrontar los pagos, pero con un interés regulado por el Gobierno, porque siempre tienen que sacar tajada, incluso en estos momentos.

En los últimos días ha estado yendo a la peluquería para apañarla e ir acostumbrándose a los estrictos protocolos: complementos sanitarios, desinfección después de cada corte, mascarillas obligatorias, aforo limitado, esterilización de utensilios… En lo que va y vuelve, pasea por el barrio con incredulidad y piensa en el resto de autónomos y cada cierre echado le parte el corazón. Se pregunta cómo estarán los demás negocios, si habrán solicitado las ayudas a tiempo, si cumplirán con los requisitos, si se las habrán concedido. El ojo marrón se anega. Se esperaba cada vez un mayor optimismo, pero en esas calles con contagios y muertes reinan la incertidumbre y la preocupación. Dioni le pone nombre, apellidos y cara a cada una de las víctimas, porque no existe cabeza en el barrio que no haya pasado por sus manos: sus padres fueron de los primeros en llegar allá cuando aquello no eran más que casitas bajas y chabolas y calles estrechas sin asfaltar. Dioni es el barrio, lo conocen todos. Su clientela hace las veces de familia y la familia ayuda con la clientela. Se echarán una mano unos a otros, seguro… Se nota que últimamente la gente del barrio quiere ayudar, hay iniciativas, donativos, colectas de comida. Le da por pensar que el ser humano es maravilloso y el ojo verde le hace chiribitas.

El reloj ya está a punto de marcar las diez. Se pone la mascarilla quirúrgica y encima la N95 para mayor seguridad. La manitas de Reme les ha hecho a él y a su empleada unas pantallas de protección que ocupan toda la cara, para que arreglen esas hordas de pelos que llegarán a partir de hoy. Lo ha echado tanto de menos… Lleva treinta y seis años dedicándose a trastabillar por esa rama de la psicología que supone escuchar y aconsejar mientras lava cabezas, corta las puntas —y un poquito más, un poquitito, para sanear, que te va a quedar un peinado mo-ní-si-mo—, alisa, riza, moldea, pone horquillas y echa laca, desde la mañana hasta la tarde, muchas horas, muchas.

Llega Manoli con una larga melena y pide que corte, que corte bien, que la va a donar. La quiere besar y abrazar, pero no le queda más remedio que hacerlo de boquilla, con una voz distorsionada por todos esos cachivaches reglamentarios. Cuando mete la tijera, siente en el brazo una ráfaga de aliento que atraviesa la mascarilla de la mujer y le recorre un escalofrío, pero continúa, porque queda mucho día y hay que cambiar el miedo por respeto y asumir la nueva normalidad y los iris se le colman de arcoíris.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Melomanía

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Andréi sueña con que se le emborronen las manos de nuevo al tocar los preludios de Rachmaninov delante de un público expectante hasta levantar un viento que se lleve por los aires los calcetines del señor barrigón y bigotudo de la primera fila y acabar la actuación con el piano en llamas al no soportar sus cuerdas la vibración.

Últimamente está tocando la música que quería estudiar desde hacía un siglo, porque ahora tiene tiempo para practicar durante horas y horas todos los días, que se pasan en un abrir y cerrar de ojos mientras hace virguerías en ese piano sin público arrinconado en el salón. Ya que está prohibido salir de casa, conviene que nadie se olvide de su talento, así que Andréi se graba y se graba y se graba hasta alcanzar la perfección en todas y cada una de las notas, con la esperanza de recibir virtualmente aquellos infinitos aplausos del público entusiasta que tanto extraña. 

Ve las grabaciones unas cuantas veces —los dedos veloces, el flequillo tieso, las pulseras de hilos, las gafas en la punta de la nariz, el pantalón del pijama, la frescura de esas treinta y tres primaveras en el rostro— y se asegura de que el sonido no pierde un ápice de la sublimidad con la que se compuso la pieza. Escoge la versión que se imagina más adecuada para el neoyorquino Carnegie Hall y, a la vigésimo segunda vez que ve el vídeo elegido, el hastiado compositor le susurra que si de verdad quiere alardear de talento tocando la Sonata para piano n.º 29 en si bemol mayor, op. 106, denominada también «Hammerklavier», lo mejor es que no se presente hecho un zarrapastroso, con ese pijama de lunares y esos colgajos deshilachados en la muñeca, y que se enfunde una buena toga de terciopelo cubierta de brillantes bordados de oro y plata. Andréi acalla las insolencias pretéritas, porque a Ekaterina Voznesenskaya, Katia para los amigos, seguro que le encanta ese aspecto de artista despreocupado, absorbido plenamente por su propio genio y por el confinamiento. Ludwig puede decir misa: ¡si siempre se presentaba ante las teclas con unos pelos de loco que ni pa qué!

Está bien, muy bien, el vídeo de la «Hammerklavier». Si la tocara así el ocho de junio de 2021, se consolidaría como artista. Seguro. El ritmo perfecto, la armonía ideal, la posición de las manos óptima… Y encima se ha grabado desde el perfil bueno, para cuando lo vea la gente, para cuando lo vea Katia.

Antes de subirlo a Facebook, pone a calentar agua en el samovar y, desde la ventana de la cocina oye cómo el vecino está intentando convencer una vez más a la vecina de que se muden de una vez por todas a Moscú. Andréi pega el oído: lleva semanas siguiendo los altibajos de aquella pareja con diálogos dramáticamente insulsos, al más puro estilo de una telenovela del canal Pervyy. Arrancan los gritos acusadores, el agua empieza a hervir, que yo no me voy a una ciudad tan sucia y horripilante y llena de muzhiks, busca y rebusca su taza favorita, acaban con otro tipo de gritos, coloca la zavarka, escucha un ratito más, echa el agua en la tetera, nunca entenderá el sexo de reconciliación, deja infusionar, cierra la ventana, endulza el té con mermelada.

No sabe con qué texto acompañar el vídeo. En el que compartió el 10 de mayo, escribió «Un poco antes de la era del corona», para recordar uno de sus últimos conciertos en una sala con público —hecho un pincel, ahí sí que sí: con su pajarita, su chaqueta de traje granate con mangas azul marino, sus pantalones de tartán en tonos grises—. A Katia le gustaron el vídeo y cada uno de los comentarios de la gente: el «¡Gracias a Dios por Andréi!» de Nina Golyshevskaya, el «¡Increíblemente precioso!» de Steve Kilston, el «Rock star!!» de Marina Kononov y el «Ojalá nos puedas visitar pronto» de David Lischinsky. Katia le dio me gusta, me gusta, me gusta a todos. Y añadió: «Excelente» con una, dos, tres, cuatro, cinco exclamaciones. Uy, seis. Seis exclamaciones.

Katia reacciona ante todo lo que publica Andréi últimamente: cara de sorpresa para el vídeo tocando la Sonata en la menor de W. A. Mozart, ojos de estrellas para el retrato en Baltimore hace dos años, corazones rotos para las fotos y fotos de San Petersburgo con el cielo azulísimo, pulgar hacia arriba para los recuerdos musicales y culinarios en aquel casoplón en Oregón, corazones verdes para el selfie con una cita de Oscar Wilde, besito para la breve grabación de la Sonata 4 de Prokófiev, llanto para la foto de un soldado tocando el piano con un tanque de fondo y a saber qué guerra de trasfondo. 

Pero lo que más le llegó al artista fue cuando Katia vio el vídeo de la pieza Solitude 3, compuesta por él mismo, el futuro celebérrimo Andréi Ivanovich Andreev, que alcanzará la fama mundial con un aplauso cerrado de más de una hora en un Carnegie Hall puesto en pie y acabará casi desmayado por el agotamiento de la gloria, con su futura esposa llorando a moco tendido en el palco y recordando ese comentario que le escribió el 14 de mayo de 2020: «Un reflejo absoluto de la soledad». 

Andréi comparte el vídeo con el título oficial y el nombre popular de la pieza de Beethoven y los pertinentes enlaces a YouTube y Spotify, sin emojis de notas musicales ni ninguna otra chorrada, y queda expectante ante la pantalla. Después de cinco sorbos y medio de té, llega la reacción de Katia. Comenta con un emoticono de un ramo de flores, que le llegan a Andréi de la mano de un repartidor de OZON malhumorado y renegador y taciturno que tararea sin descanso desde la sonoridad espesa de su mascarilla el Nocturno en sol menor de Fanny Mendelssohn y que le entrega los calcetines que Andréi lleva un par de semanas esperando.

Coloca los coloridos calcetines sobre la blanca mesa del salón, exactamente a un vershok de distancia unos de otros, y les hace un par de fotos 3D. Ya tiene el atuendo completo para la actuación en el Carnegie Hall —a no ser que engorde, que a este paso…—, pero no atina a dar con lo más importante. Acaba de recibir diez vistosos pares con rayas, con cuadros, con rombos, con bloques de color y le gustan todos, pero no se decide por ninguno. Se pone el traje, la camisa, la pajarita, los zapatos y se va cambiando de calcetines. Nada, no hay manera. Planta un espejo a un ladito del piano y toca con todas las combinaciones cromáticas posibles mirándose de reojillo. Nada, nada. Se graba en vídeo con la cámara, busca aplausos en un banco de sonidos para reproducirlos al final de cada pieza y darle más autenticidad —qué le va a hacer: es adicto a aquella sensación de transmitir arte en un gran auditorio sin que tenga cabida la oportunidad de repetir—. Nada. Se desnuda para tocar solo con calcetines: primero estos, luego aquellos; grabación, espejo, reojillo, reverencia. Funciona, funciona: los amarillos con cuadrados negros son perfectos para el Carnegie Hall.

¿Perfectos? Da igual que hoy ya haya subido el vídeo de la «Hammerklavier»: mejor compartir la foto 3D en Facebook, a ver qué dice la gente, a ver qué dice Katia. No va a mencionar lo de la actuación en Nueva York, ¿no?, por si acaso la terminan cancelando. Simplemente escribe: «¿Cuáles te pondrías para un gran concierto?». Si Katia elige los del estampado vichy en rojo y negro o los blancos con triángulos bicolores, se olvidará de ella y se abrirá una cuenta de Tinder y todos sus emoticonos le entrarán por un ojo y le saldrán por el otro. 

Pero Katia comenta en seguida: «Sin lugar a dudas, ¡los amarillos!». Y entonces Andréi, desde su hogar dulcemente sumido en un silencio tan absoluto como el de 4’33”, de John Cage, le da la mano a Katia por las calles de San Petersburgo y le muestra la escuela Rimsky-Korsakov, donde él enseña dos días a la semana, y comen borscht y pelmeni y ahora el Neva se viste de granito, cruzan sus aguas puentes incontables, se cubren los islotes de jardines verde obscuro al susurrarse versos de Aleksandr Pushkin y se dan su primer beso en una de las incontables estrellas de las cúpulas de la catedral de la Trinidad y habitan las pinturas de Elena Figurina y Galina Khailu que visten el museo Erarta y la Suite inglesa n.º 2 en la menor de Bach sirve de banda sonora y recuerdan los tiempos del COVID-19, de los que hablan ya en pasado, qué angustia, cuando cancelaron todos los conciertos y no parecía que el Gobierno fuera a apoyar a los artistas y no se podían hacer contactos en persona y nos comunicábamos con emoticonos y soledades.

Viaja al presente hipnotizado por aquella tórtola que siempre se posa en el alféizar a las 19:46 y arrulla y pía y trina Gavotte, de Ella Adayevskaya, y lo mira fijamente a los ojos hasta que gorjea la nota final y arranca el vuelo. El día se está apagando: mejor cenar algo, estudiar un poco de francés y leer a Zinaída Hippius para intentar no pensar en junio de 2021. 

El Carnegie Hall sigue manteniendo en pie la fecha, que brilla con un halo de esperanza en el calendario, pero Andréi es consciente de que el tiempo traiciona: parece que fue ayer cuando se sentó frente al piano e imitó de oído y sin conocimientos previos lo que acababa de hacer aquella niña mayor. Casi tres décadas han pasado en allegro vivace: doce meses sucederán en un suspiro —y quién sabe cómo será el mundo de aquí a un año—. Si algo ha aprendido en los últimos dos meses es que el tiempo no existe, que el presente y el futuro solo se tiñen de ilusiones o miedos o esperanzas o sueños y que solo se visten de la certeza más férrea los nocturnos de Chopin.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Geografía

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Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

La emoción lo embarga siempre que prepara todos esos manjares para su gente, pero, desde que sucedió aquello de la persecución y la multa de ciento treinta y cinco dólares hace unos meses, a veces no puede evitar que lo invada la preocupación y pensar que quizás esta vez tampoco salga bien.

Acaba de salir del único supermercado que cedió a sus súplicas —ese Albertsons en el sur de El Paso del que suele sacar un carrito diario desde hace cinco años— y ya se nota especialmente tenso. ¿Lo dejarán pasar? Coloca los excedentes y los productos caducados con la parsimonia y la metodología de quien sabe lo que hace. Ya forma parte de su rutina: llega todos los días a la zona de carga y descarga, desde donde entra a la sección de panadería y pastelería, recopila todo lo que sus compatriotas no quieren para llevárselo a quienes no pueden elegir qué querer, lo mete en el carrito y lo reparte entre las neveras que siempre carga en el maletero.

Calma, calma, bebe agua, respira, entra en la camioneta, murmura una oración rapidita. Tiene los nervios de punta porque la semana pasada cruzó la frontera tres veces en un mismo día. Normalmente no hay tanto ajetreo, pero parece que últimamente los productos perecederos gozan de menos popularidad entre los compradores estadounidenses y se acumulan, se acumulan, se acumulan y suelen acabar en la basura.

Entierra la inquietud, arranca el motor y se dirige a la frontera empapado de la tranquilidad que arropan la esperanza y la fe. Ese trayecto de apenas cinco minutos se le llena de rostros: ojalá pueda verlos hoy. Primero se le aparece la carita de María Fernanda, a la que le mataron a los padres hace un par de meses y que siempre rezonga por el orfanato llenita de cariño y ansias de abrazos y besos y mimos. Después decide que le dejará algún pan a Angélica en casa, que ya está casi reparada después del último arrebato destructivo de su hijo adolescente, que se enganchó al pegamento de niño y luego se pasó a la marihuana y luego a la cocaína y luego al cristal. En seguida se le cruza la imagen de Rahui, que vive en la colonia tarahumara y que siempre quiere ayudar a descargar la camioneta y a repartir comida entre sus vecinos. Justo antes de llegar, le invade la mente el semblante de aquella mujer de humores desgastados a la que llaman Perrita, que adora el chocolate y los chistes verdes y a quien sus hijos abandonaron en el hospital psiquiátrico, donde habitan más de cien personas, después de que se cayera en la vía del tren y perdiera las piernas y un brazo. El simple hecho de pensar en ellos lo llena de calidez: la soledad de un divorcio sin hijos desaparece de un plumazo al llegar a Juárez, donde se reúne con su gente, a la que ve todas las semanas y se besan y abrazan (ahora mucho menos), juegan, rezan, cantan, ríen e incluso comen juntos en Navidad y en Semana Santa. Ojalá lo dejen cruzar. Ojalá, ojalá.

Los agentes de ambos lados de la frontera lo tienen muy visto. Mientras que el regreso a Estados Unidos, con un registro digital de todas sus entradas y salidas, siempre es pan comido (tanto por tratarse de su propio país como por disponer del pase SENTRI para cruzar a sus anchas), México, sin embargo, suele poner problemas. Por eso, en cuanto se va acercando a la aduana, Jeff planifica cómo actuar. Hay cinco puntos de entrada en la frontera —los conoce de sobra: empezó sus andaduras en 1997—, así que, para no despertar tantas sospechas, lleva la cuenta de cabeza de por cuál le toca cruzar cada vez. Aunque México dispone de menos controles de seguridad, a menudo los guardias tachan a Jeff de llevar demasiada comida. Ya tiene calculado cuánto se considera una cantidad aceptable —dos contenedores de un metro y medio de largo por trayecto, tres a lo sumo—, pero quizás hoy lo acusen de ir con más de la cuenta. Entonces tendrá que regresar y esperar a otro día e intentar distribuir la comida entre la gente sin hogar que encuentre por El Paso o entre sus vecinos, porque los bancos de alimentos solo aceptan donaciones de comida imperecedera. Como último recurso, Jeff picoteará un poco de esto y un poco de aquello antes de que se estropee, pero lo que le sobra al supermercado ya está en las últimas y a él no le cabe más pan en el congelador. Qué remedio: a veces resulta inevitable tirarlo y sus pensamiento siempre se visten de sus niños cada vez que se ve obligado a deshacerse de la comida estropeada.

Se va acercando a aquel alto muro que crece sin parar desde 1819 y Jeff no puede controlar el sudor. Venga, que llevas años y años haciendo esto. Hay un par de coches delante. Nada comparado con como suele ser: la frontera cerró el veintiuno de marzo y solo pasa a quien se le considera esencial. Él lo es, pero lo pueden rechazar por cualquier pretexto.

Si no lo dejan pasar, no va a intentarlo por otro punto de control. Odiaría vivir de nuevo aquello de la persecución y la multa del año pasado, cuando llevaba cuatro neveras cargaditas de repostería y los agentes no lo permitieron cruzar y probó por otra entrada y pasó, pero los primeros guardias dieron el chivatazo y los segundos le pidieron que parara y él se puso a cantar a voz en grito para hacer como que no se enteraba de nada y lo persiguieron con un camión y lo devolvieron a Estados Unidos y lo regañaron de lo lindo y tuvo que pagar ciento treinta y cinco dólares por la bromita. Y dos mil trescientos pesos dan para mucho al otro lado. No, si no lo dejan pasar, no se la va a jugar otra vez. Ahora se anda con pies de plomo: mejor volver otro día, aunque tenga que tirar aquella valiosa comida caducada.

Se acerca, se acerca la frontera, y Jeff tensa los hombros, aprieta el volante con las manos, reza y reza por que no le pongan problemas, silencia la música K-LOVE que siempre lo acompaña, se cala bien la gorra amarilla en la cabeza cana, se ajusta la mascarilla con estampado de tigre (mejor dejársela puesta, ¿no?), prepara el pasaporte y se lo entrega al agente con guantes y precaución y los ojillos azules brillando de súplica y las oraciones agazapadas en las comisuras de los labios. ¿Podrá cruzar?

Por lo general, ya sabe de qué pie cojea cada uno de los agentes aduanales, a quienes no les importan un comino ni la gente que se muere de hambre en su país ni los niños de los orfanatos. Sin embargo, el de hoy, ese tal Jorge López, siempre lo desconcierta, porque, según por dónde sople el viento, ya muestra compasión, ya furia; y le puede dar tanto por tramitar oficialmente el impuesto por transportar alimentos, como por carraspear con la prepotencia propia de la autoridad para forzar el soborno.

Jeff sonríe con los ojos y chapurrea un buenos días, un cómo está, señor, un muchas gracias. Para no mostrar signos de debilidad y preocupación por el registro, se concentra en dibujar mentalmente su recorrido de este día. Antes de comenzar el reparto, conducirá hasta el kilómetro 27 para comprar carne, leche, huevos y fruta en el súper El Roble. El dinero, que proviene de diversos donantes y de buena parte de los beneficios que Jeff saca de su propia tienda en eBay, da para una cantidad decente de alimentos frescos. Últimamente pasea por los abundantes pasillos del supermercado con perplejidad: están hasta arriba de papel higiénico, porque nadie se puede permitir el lujo de arramplar y almacenar en caso de hecatombe, porque, en los tiempos que corren, un supermercado lleno es sinónimo de miles de armarios y frigoríficos vacíos. En Ciudad Juárez mata a más gente el hambre y la droga que este dichoso virus.

El agente López le habla como si no lo hubiera visto doscientas cuarenta y dos veces y Jeff responde con amabilidad contenida y el agente López pregunta si tiene algo que declarar y Jeff menciona las tres neveras hasta arriba de panes y dulces y el agente López lo mira con desconcierto y examina el vehículo con los ojos colmados de la sospecha de quien trabaja en las profundidades de la incertidumbre entre el bien y el mal.

Jeff siente fulminantemente que ese registro rutinario es una balsa de aceite y lo invade la tranquilidad. Que sea lo que Dios quiera. A Jeff lo que de verdad le preocupa es que los amos del cotarro aprovechen la situación para atraer a los jóvenes más desesperados y los obliguen a vender droga. En abril impusieron en México el distanciamiento social obligatorio y cerraron más del setenta por ciento de las grandes fábricas de Juárez. Ahora mucha gente está de patitas en la calle y morirá de hambre: quedarse en casa no es una opción, sino un privilegio. 

Encima de todo, ese virus tiene a los cárteles cabreados, porque la mayoría de los ingredientes para elaborar narcóticos vienen de China y las prohibiciones a la hora de transportar mercancías desde el país asiático se traducen en esta tierra como privaciones para enriquecerse. Muy cabreados. Las fronteras cerradas dilapidan las rutas de la droga. Cabreadísimos. Hace unas semanas, asesinaron a cinco gringos, incluida una profesora de colegio con la que Jeff colaboraba.

Pero a Jeff no le dan miedo esos matones y conduce la camioneta de acá para allá con sosiego, con su musiquita cristiana y con su «You have a friend in Jesus» en la matrícula, repitiéndose y repitiéndose que los tipos malos temen a Dios. Con sesenta y siete años, lo que quizás debería temer de verdad es el virus, por ser grupo de riesgo y andar de un lado para otro, pero le da mucho más pavor que su gente no tenga qué llevarse a la boca.

El agente López mira a Jeff con apatía: parece que hoy toca arancel legal; doscientos, trescientos pesos por nevera tendrá que pagar. No es tan mal momento ahora en realidad: la crisis sanitaria no impide que los funcionarios sigan cobrando, así que Jeff solo se ve obligado a recurrir a los sobornos un tercio de las veces que cruza la frontera. La situación empeora después de las elecciones federales, cuando cada presidente que se marcha tiene la fea costumbre de vaciar las arcas del estado y dejar a los agentes aduanales temblando; y como no cobran nada durante tres o cuatro meses, se olvidan de pedir que se rellene el papelito oficial y se les llena la boca de precios ridículos, en la certeza de que aquel flujo de gringos alimentará a sus familias. Aún queda un año y pico para la próximas elecciones, así que, fuera del plano moral, a Jeff en realidad le da igual una cosa que otra: siempre y cuando declare lo que lleva, en los tiempos tranquilos la suma de los impuestos y del soborno es idéntica y solo varían los bolsillos en los que acaba, pero ese no es problema suyo. Él solo quiere estar del otro lado. 

Espera a que el agente rellene tal o cual papel, firma uno o dos documentos, paga esto y lo otro y por fin cruza la frontera a su segundo hogar, aquel paraje dejado de la mano de Dios —sin agua potable, sin alcantarillado, sin asfaltar y sin esperanza— y suspira con alivio. Jeff no se plantea parar y seguirá realizando sus tres viajes semanales en aquella camioneta que solo conoce El Paso y Juárez y que ya carga casi medio millón de kilómetros y de tartaletas y de bizcochos y de tiramisú y pasteles y de tartas y de magdalenas y de coronas y de dulces y de rollos y de panes y de aprendizajes.

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Mnemotecnia

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Lo de llamar a la policía se le ocurrió a la hija. Ella tampoco es que quisiera que lo detuvieran para que pasara la noche en el calabozo —con un foco mayor de virus que de presos, seguro—, pero, en cierta manera, se lo había buscado él solito: conducir hasta Zhuanghe era del todo descabellado.

Xu Wei estaba entre la espada y la pared. Todos los hermanos se iban turnando para cuidar a la abuela, y ahora le tocaba a él. Si no iba, u otro tendría que comerse el marrón o el estado de la abuela empeoraría a pasos agigantados. Y la abuela ya tenía bastante con asumir que no iba a celebrar nónglì xīnnián por primera vez en ochenta y ¿seis? años —uno ya pierde la cuenta—. No: le tocaba quedarse con la abuela a Xu Wei, así que él se responsabilizaría.

Metódico desde que nació bajo el influjo de la cabra, hizo las maletas en un santiamén, porque recurrió a su viejo truco de canturrear listas con rimas para no olvidarse nada. Calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera, camiseta y chaqueta y bragueta siempre en la maleta, yan xu bing’zi en el asiento junto a mí.

Li Na, cuyas razones para seguir enamorada de ese hombre se habían enraizado durante décadas en esas cancioncitas con rimas, estaba al borde de la convulsión. Ya había intentado por activa y por pasiva que su esposo no se marchara, porque el virus se está extendiendo, porque te juro que me divorcio, porque te mueres y a la hija le da un patatús, porque nadie cocina un wǔcǎi xuěhuā shànbèi como el tuyo, porque soy demasiado joven para enviudar, porque hace un frío que pela, porque soy demasiado vieja para buscarme un novio, porque te quedas aquí y punto. 

Pero Xu Wei seguía y seguía, con una sonrisa bobalicona y altas dotes de desobediencia, y a ella cada vez le invadía más la furia con esas enervantes e indelebles lis-ti-tas con ri-mi-tas. Al pasar de una estancia a otra, cada canción de Xu Wei reverberaba durante largo rato, como si se tratara de una de esas horribles ventosidades que se alojan en las habitaciones por un tiempo indeterminado: «calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera…».

«La cartera en la guantera…» «LA CARTERA EN LA GUANTERA…»

Aquella pestilente canción por fin le dio una idea a Li Na y, zodiacalmente impulsiva como buen caballo, sacó la odiosa cartera de la dichosa guantera y lo dejó sin documento de identidad, sin carné de conducir y sin tarjeta de crédito. 

Esa despedida con un buen viaje y un llama cuando llegues y una sonrisa le extrañó muchísimo a Xu Wei, pero, a la vez, la sintió como una pequeña victoria, como el respeto que se le debe guardar al hombre de la casa.

En cuanto el coche arrancó, Li Na se metió en WeChat para hacerle una videollamada a la hija y esbozar el plan que había comenzado con el robo de la cartera y que rebosaba improvisación y carecía de futuro. La hija, espectadora del drama desde Estados Unidos, dijo entonces lo de la policía, con resolución maquiavélica y sed de paz.

Li Na le contó todo con pelos y señales al joven de la centralita, que si mi esposo va en un Chang’an naranja metalizado, con matrícula 辽B-C1603, que si no lleva documentación, que si acuérdense de que es peligroso salir de Dalian, que si deténganlo y mándenmelo a casa inmediatamente. Pero el joven de la centralita transfirió la llamada a servicio en comisaría. Pero servicio en comisaría le pasó con un radiopatrulla. Y, aunque la historia se fue desinflando sin remedio —Chang’an, naranja metalizado, 辽B-C1603, casa, inmediatamente—, Li Na jamás se desesperanzó.

Cuando Xu Wei la llamó y le dijo que lo había parado la policía, ella se hizo la sorprendida y suspiró con alivio, pero él no le dejó abrir el pico: que si según AutoNavi en una hora y cuarenta y seis minutos llegaré a mi destino en Zhuanghe, que si la policía me ha dejado seguir porque ya sabes que soy encantador y que mi talento ha ido mejorando con los años, que si lo que ya no me funciona tan bien son las listas con rimas, que si estaba convencido de que tenía la cartera en la guantera, que si nos vemos en unos días, que si en una semana como muchísimo.

Como poquísimo: qué mes más horroroso. No solo la ciudad de Zhuanghe cerró las fronteras a los dos días de que llegara Xu Wei, sino que ni siquiera se le ha permitido salir del apartamento de la abuela, por carecer de documentos y por haberse desplazado desde otra ciudad —lo han tratado como un apestado al bueno de Xu Wei: ahí, encerrado en casa, con sensores en la puerta y un cartel advirtiendo a los vecinos de lo peligrosísimo que sería respirar el mismo aire que aquel tipo foráneo y probablemente vírico—. Menudas semanitas: en seguida brotaron dos casos en su edificio, les ha tenido que traer comida uno de los hermanos, tres casos, han jugado y jugado al mahjong (esa vieja es invencible), cinco casos, ha bañado a la abuela todos los días para limpiarla de virus, de virus, de virus, seis, parecía cada vez más pobre y más sucio con esas barbas —que encima dan mala suerte, y no tiene con qué afeitarse—, siete, ocho casos.

Li Na ha estado llamando a la hija y a Xu Wei todos los días; primero con preocupación, luego con melancolía y al final por inercia. Jamás había vivido sola y, para amenizar el aislamiento (y para celebrarlo) ha decidido hacer algo distinto. Inspirada por la hija, le ha dado por llevar una vida de gwailo: ha hecho zumba todas las mañanas, se ha tragado toda la filmografía de Audrey Hepburn y de Janet Leigh, se ha paseado por la casa en camisa de hombre y ha comido ensalada césar todos los días. Ha echado de menos a Xu Wei, claro, pero, ay, por nuestra señora de los tres zorros, qué felicidad, pero qué pena, pero qué a gustito.

Hoy por fin regresa Xu Wei, con prisa, con prisa, para no perderse esta tarde una comida con montones de cordero en casa de unos amigos, en las afueras de Dalian. Embriagado por la emoción de volver al hogar, Xu Wei lucha y lucha con la cerradura y, cuando por fin abre la puerta, lo hace con un estruendo espantoso. Li Na lo oye —como para no oírlo— y se resbala en la bañera, por la turbación y por los nervios —no se sabe si de los buenos o de los malos—. 

A pesar de los borbotones y borbotones de sangre que escapaban cinematográficamente por el desagüe, Li Na no quiere ir al hospital, porque comer cordero con puntos atenta contra las milenarias creencias de la medicina tradicional. Y ella va a engullir ese maldito cordero, que lleva un mes a base ensaladas: no piensa dejar que le den ni un solo punto.

Ocho puntos. 

Xu Wei se niega rotundamente a ir a la comida, por no querer tentar más a la suerte, porque ya ha tenido bastante mala pata: parece como si hubiera estado en un cuarto piso, si hubiera vestido de blanco, si le hubieran regalado un reloj, si hubiera dejado los palillos clavados en el arroz, si no hubiera seguido lo que dicta el feng shui, si hubiera adoptado una tortuga. Pero o vamos a la comida o te vuelves a vivir con tu madre y a mí me dejas tranquila.

Dentro de un rato, Xu Wei, bien afeitadito, comprobará si la cartera está en la guantera antes de arrancar el coche para llevar a su querida esposa con ocho puntos en la cabeza a degustar cordero. Y que pase lo que tenga que pasar.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

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Teofanía

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La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

El ejercicio físico no es, pues, su mayor preocupación, pero sí perderse la misa de los domingos. Eso; eso sí que no lo perdona. Ha dado una oportunidad a los vídeos de meditación guiada en YouTube y a las conversaciones teológicas durante la cena en familia; pero, después de dos semanas sin las palabras de terciopelo del cura, el huequito en el estómago se agranda a cada segundo. ¿Cómo afrontar estos tiempos turbulentos sin la paz espiritual de la santa congregación dominical?

Por eso, solo con leer «misa en streaming» en la web de su iglesia —a pesar de sus significados chirriantes, casi de cronología antónima—, se sintió un poquitito más cerca del cielo.

Hoy domingo, se ha vestido como para una boda y se ha dispuesto a corregir exámenes mientras espera a que empiece el servicio. Ha conectado la videollamada veintitrés minutos y cincuenta y siete segundos antes del inicio de la misa, cuando aún no había ni una sola alma por el ciberespacio cristiano, así que sigue tachando errores y poniendo notas, más distraída que de costumbre, debido a las campanitas que suenan, casi celestialmente, cada vez que alguien se conecta.

Seis minutos y catorce segundos antes de la misa en streaming, aparta los exámenes para revisarlos en un momento de más clarividencia y se empieza a fijar en las imágenes del resto de asistentes. Los hay por decenas y, cada vez que alguien habla, su ventana se convierte en la principal y muestra todos los secretos hogareños sin despojos, transformando en un santiamén a todos los demás en míseros e involuntarios espías de salones.

Aunque la longevidad de los parroquianos no es ninguna novedad, Caroline no puede evitar que le llame la atención la gran cantidad de pastillas en primer plano, de respiradores en el último, de bastones y andadores por aquí y por allá —sin juzgar, sin juzgar, que es pecado: pero ¿no crees que es llamativo?—. A ella, que baja la media de edad un buen puñadito de años, le resulta casi pecaminoso espiar en los salones y salones de aquellos ancianos, los pobres, ahí entre sus pastilleros, sus cacharros ortopédicos, sus cojines bordados y sus fotos de antes de la guerra.

Empieza la santa misa; y los abuelitos, que usan el ordenador de pascuas a ramos, no están familiarizados en absoluto con el concepto «silenciar el micro». Las palabras del padre se ven, incesante e inagotablemente, interrumpidas por un «si aquí no hay ni Cristo», un «cielos, cómo funciona esto», un «sube el volumen, Joseph, por el amor de Dios». Las imágenes del padre se intercalan con señoras emperifolladas que gritan que no se enteran, con señores medio sordos que no se enteran de que gritan, con nietos y nietos que gritan y no se enteran de que no se enteran.

Estrépito y caos: qué calvario.

Caroline, vestida como un pincel y deseosa del momento, cada vez se siente más distraída y no hace más que intentar centrarse en la palabra de Dios —gloria a ti, señor Jesús—, pero la situación es más hilarante que solemne. Y exasperante. Y qué risa, pero qué desesperación, pero qué risa.

El cura resopla, bendice, resopla, resopla.

Un hombre joven —no tanto joven, joven, sino joven en comparación con el resto—, aparece en la pantalla principal como caído del cielo y muestra en un folio las instrucciones sobre cómo silenciar el maldito micrófono, escritas con letras del tamaño de una manzana. Caroline ve el cielo abierto, pero la bendición dura unos instantes: los longevos corderos, clic, clic, clic, lo intentan, clic, clic, clic, pero nada, clic, nada, clic, clic, nada, nada, nada.

Infierno en streaming.

Caroline explota por dentro —porque la procesión va por dentro, pero mecagüen D…—. Se muerde la lengua, se santigua, hace ademán de despedirse y cuelga cerrando el ordenador con violencia contenida.

Y su casa se sume súbitamente en el silencio más sigiloso. Y, ahí, en ese sacro silencio, ahí, ahí, escondido, ahí se resguarda su Dios.

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