Melomanía

Andréi sueña con que se le emborronen las manos de nuevo al tocar los preludios de Rachmaninov delante de un público expectante hasta levantar un viento que se lleve por los aires los calcetines del señor barrigón y bigotudo de la primera fila y acabar la actuación con el piano en llamas al no soportar sus cuerdas la vibración.

Últimamente está tocando la música que quería estudiar desde hacía un siglo, porque ahora tiene tiempo para practicar durante horas y horas todos los días, que se pasan en un abrir y cerrar de ojos mientras hace virguerías en ese piano sin público arrinconado en el salón. Ya que está prohibido salir de casa, conviene que nadie se olvide de su talento, así que Andréi se graba y se graba y se graba hasta alcanzar la perfección en todas y cada una de las notas, con la esperanza de recibir virtualmente aquellos infinitos aplausos del público entusiasta que tanto extraña. 

Ve las grabaciones unas cuantas veces —los dedos veloces, el flequillo tieso, las pulseras de hilos, las gafas en la punta de la nariz, el pantalón del pijama, la frescura de esas treinta y tres primaveras en el rostro— y se asegura de que el sonido no pierde un ápice de la sublimidad con la que se compuso la pieza. Escoge la versión que se imagina más adecuada para el neoyorquino Carnegie Hall y, a la vigésimo segunda vez que ve el vídeo elegido, el hastiado compositor le susurra que si de verdad quiere alardear de talento tocando la Sonata para piano n.º 29 en si bemol mayor, op. 106, denominada también «Hammerklavier», lo mejor es que no se presente hecho un zarrapastroso, con ese pijama de lunares y esos colgajos deshilachados en la muñeca, y que se enfunde una buena toga de terciopelo cubierta de brillantes bordados de oro y plata. Andréi acalla las insolencias pretéritas, porque a Ekaterina Voznesenskaya, Katia para los amigos, seguro que le encanta ese aspecto de artista despreocupado, absorbido plenamente por su propio genio y por el confinamiento. Ludwig puede decir misa: ¡si siempre se presentaba ante las teclas con unos pelos de loco que ni pa qué!

Está bien, muy bien, el vídeo de la «Hammerklavier». Si la tocara así el ocho de junio de 2021, se consolidaría como artista. Seguro. El ritmo perfecto, la armonía ideal, la posición de las manos óptima… Y encima se ha grabado desde el perfil bueno, para cuando lo vea la gente, para cuando lo vea Katia.

Antes de subirlo a Facebook, pone a calentar agua en el samovar y, desde la ventana de la cocina oye cómo el vecino está intentando convencer una vez más a la vecina de que se muden de una vez por todas a Moscú. Andréi pega el oído: lleva semanas siguiendo los altibajos de aquella pareja con diálogos dramáticamente insulsos, al más puro estilo de una telenovela del canal Pervyy. Arrancan los gritos acusadores, el agua empieza a hervir, que yo no me voy a una ciudad tan sucia y horripilante y llena de muzhiks, busca y rebusca su taza favorita, acaban con otro tipo de gritos, coloca la zavarka, escucha un ratito más, echa el agua en la tetera, nunca entenderá el sexo de reconciliación, deja infusionar, cierra la ventana, endulza el té con mermelada.

No sabe con qué texto acompañar el vídeo. En el que compartió el 10 de mayo, escribió «Un poco antes de la era del corona», para recordar uno de sus últimos conciertos en una sala con público —hecho un pincel, ahí sí que sí: con su pajarita, su chaqueta de traje granate con mangas azul marino, sus pantalones de tartán en tonos grises—. A Katia le gustaron el vídeo y cada uno de los comentarios de la gente: el «¡Gracias a Dios por Andréi!» de Nina Golyshevskaya, el «¡Increíblemente precioso!» de Steve Kilston, el «Rock star!!» de Marina Kononov y el «Ojalá nos puedas visitar pronto» de David Lischinsky. Katia le dio me gusta, me gusta, me gusta a todos. Y añadió: «Excelente» con una, dos, tres, cuatro, cinco exclamaciones. Uy, seis. Seis exclamaciones.

Katia reacciona ante todo lo que publica Andréi últimamente: cara de sorpresa para el vídeo tocando la Sonata en la menor de W. A. Mozart, ojos de estrellas para el retrato en Baltimore hace dos años, corazones rotos para las fotos y fotos de San Petersburgo con el cielo azulísimo, pulgar hacia arriba para los recuerdos musicales y culinarios en aquel casoplón en Oregón, corazones verdes para el selfie con una cita de Oscar Wilde, besito para la breve grabación de la Sonata 4 de Prokófiev, llanto para la foto de un soldado tocando el piano con un tanque de fondo y a saber qué guerra de trasfondo. 

Pero lo que más le llegó al artista fue cuando Katia vio el vídeo de la pieza Solitude 3, compuesta por él mismo, el futuro celebérrimo Andréi Ivanovich Andreev, que alcanzará la fama mundial con un aplauso cerrado de más de una hora en un Carnegie Hall puesto en pie y acabará casi desmayado por el agotamiento de la gloria, con su futura esposa llorando a moco tendido en el palco y recordando ese comentario que le escribió el 14 de mayo de 2020: «Un reflejo absoluto de la soledad». 

Andréi comparte el vídeo con el título oficial y el nombre popular de la pieza de Beethoven y los pertinentes enlaces a YouTube y Spotify, sin emojis de notas musicales ni ninguna otra chorrada, y queda expectante ante la pantalla. Después de cinco sorbos y medio de té, llega la reacción de Katia. Comenta con un emoticono de un ramo de flores, que le llegan a Andréi de la mano de un repartidor de OZON malhumorado y renegador y taciturno que tararea sin descanso desde la sonoridad espesa de su mascarilla el Nocturno en sol menor de Fanny Mendelssohn y que le entrega los calcetines que Andréi lleva un par de semanas esperando.

Coloca los coloridos calcetines sobre la blanca mesa del salón, exactamente a un vershok de distancia unos de otros, y les hace un par de fotos 3D. Ya tiene el atuendo completo para la actuación en el Carnegie Hall —a no ser que engorde, que a este paso…—, pero no atina a dar con lo más importante. Acaba de recibir diez vistosos pares con rayas, con cuadros, con rombos, con bloques de color y le gustan todos, pero no se decide por ninguno. Se pone el traje, la camisa, la pajarita, los zapatos y se va cambiando de calcetines. Nada, no hay manera. Planta un espejo a un ladito del piano y toca con todas las combinaciones cromáticas posibles mirándose de reojillo. Nada, nada. Se graba en vídeo con la cámara, busca aplausos en un banco de sonidos para reproducirlos al final de cada pieza y darle más autenticidad —qué le va a hacer: es adicto a aquella sensación de transmitir arte en un gran auditorio sin que tenga cabida la oportunidad de repetir—. Nada. Se desnuda para tocar solo con calcetines: primero estos, luego aquellos; grabación, espejo, reojillo, reverencia. Funciona, funciona: los amarillos con cuadrados negros son perfectos para el Carnegie Hall.

¿Perfectos? Da igual que hoy ya haya subido el vídeo de la «Hammerklavier»: mejor compartir la foto 3D en Facebook, a ver qué dice la gente, a ver qué dice Katia. No va a mencionar lo de la actuación en Nueva York, ¿no?, por si acaso la terminan cancelando. Simplemente escribe: «¿Cuáles te pondrías para un gran concierto?». Si Katia elige los del estampado vichy en rojo y negro o los blancos con triángulos bicolores, se olvidará de ella y se abrirá una cuenta de Tinder y todos sus emoticonos le entrarán por un ojo y le saldrán por el otro. 

Pero Katia comenta en seguida: «Sin lugar a dudas, ¡los amarillos!». Y entonces Andréi, desde su hogar dulcemente sumido en un silencio tan absoluto como el de 4’33”, de John Cage, le da la mano a Katia por las calles de San Petersburgo y le muestra la escuela Rimsky-Korsakov, donde él enseña dos días a la semana, y comen borscht y pelmeni y ahora el Neva se viste de granito, cruzan sus aguas puentes incontables, se cubren los islotes de jardines verde obscuro al susurrarse versos de Aleksandr Pushkin y se dan su primer beso en una de las incontables estrellas de las cúpulas de la catedral de la Trinidad y habitan las pinturas de Elena Figurina y Galina Khailu que visten el museo Erarta y la Suite inglesa n.º 2 en la menor de Bach sirve de banda sonora y recuerdan los tiempos del COVID-19, de los que hablan ya en pasado, qué angustia, cuando cancelaron todos los conciertos y no parecía que el Gobierno fuera a apoyar a los artistas y no se podían hacer contactos en persona y nos comunicábamos con emoticonos y soledades.

Viaja al presente hipnotizado por aquella tórtola que siempre se posa en el alféizar a las 19:46 y arrulla y pía y trina Gavotte, de Ella Adayevskaya, y lo mira fijamente a los ojos hasta que gorjea la nota final y arranca el vuelo. El día se está apagando: mejor cenar algo, estudiar un poco de francés y leer a Zinaída Hippius para intentar no pensar en junio de 2021. 

El Carnegie Hall sigue manteniendo en pie la fecha, que brilla con un halo de esperanza en el calendario, pero Andréi es consciente de que el tiempo traiciona: parece que fue ayer cuando se sentó frente al piano e imitó de oído y sin conocimientos previos lo que acababa de hacer aquella niña mayor. Casi tres décadas han pasado en allegro vivace: doce meses sucederán en un suspiro —y quién sabe cómo será el mundo de aquí a un año—. Si algo ha aprendido en los últimos dos meses es que el tiempo no existe, que el presente y el futuro solo se tiñen de ilusiones o miedos o esperanzas o sueños y que solo se visten de la certeza más férrea los nocturnos de Chopin.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Geografía

Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

La emoción lo embarga siempre que prepara todos esos manjares para su gente, pero, desde que sucedió aquello de la persecución y la multa de ciento treinta y cinco dólares hace unos meses, a veces no puede evitar que lo invada la preocupación y pensar que quizás esta vez tampoco salga bien.

Acaba de salir del único supermercado que cedió a sus súplicas —ese Albertsons en el sur de El Paso del que suele sacar un carrito diario desde hace cinco años— y ya se nota especialmente tenso. ¿Lo dejarán pasar? Coloca los excedentes y los productos caducados con la parsimonia y la metodología de quien sabe lo que hace. Ya forma parte de su rutina: llega todos los días a la zona de carga y descarga, desde donde entra a la sección de panadería y pastelería, recopila todo lo que sus compatriotas no quieren para llevárselo a quienes no pueden elegir qué querer, lo mete en el carrito y lo reparte entre las neveras que siempre carga en el maletero.

Calma, calma, bebe agua, respira, entra en la camioneta, murmura una oración rapidita. Tiene los nervios de punta porque la semana pasada cruzó la frontera tres veces en un mismo día. Normalmente no hay tanto ajetreo, pero parece que últimamente los productos perecederos gozan de menos popularidad entre los compradores estadounidenses y se acumulan, se acumulan, se acumulan y suelen acabar en la basura.

Entierra la inquietud, arranca el motor y se dirige a la frontera empapado de la tranquilidad que arropan la esperanza y la fe. Ese trayecto de apenas cinco minutos se le llena de rostros: ojalá pueda verlos hoy. Primero se le aparece la carita de María Fernanda, a la que le mataron a los padres hace un par de meses y que siempre rezonga por el orfanato llenita de cariño y ansias de abrazos y besos y mimos. Después decide que le dejará algún pan a Angélica en casa, que ya está casi reparada después del último arrebato destructivo de su hijo adolescente, que se enganchó al pegamento de niño y luego se pasó a la marihuana y luego a la cocaína y luego al cristal. En seguida se le cruza la imagen de Rahui, que vive en la colonia tarahumara y que siempre quiere ayudar a descargar la camioneta y a repartir comida entre sus vecinos. Justo antes de llegar, le invade la mente el semblante de aquella mujer de humores desgastados a la que llaman Perrita, que adora el chocolate y los chistes verdes y a quien sus hijos abandonaron en el hospital psiquiátrico, donde habitan más de cien personas, después de que se cayera en la vía del tren y perdiera las piernas y un brazo. El simple hecho de pensar en ellos lo llena de calidez: la soledad de un divorcio sin hijos desaparece de un plumazo al llegar a Juárez, donde se reúne con su gente, a la que ve todas las semanas y se besan y abrazan (ahora mucho menos), juegan, rezan, cantan, ríen e incluso comen juntos en Navidad y en Semana Santa. Ojalá lo dejen cruzar. Ojalá, ojalá.

Los agentes de ambos lados de la frontera lo tienen muy visto. Mientras que el regreso a Estados Unidos, con un registro digital de todas sus entradas y salidas, siempre es pan comido (tanto por tratarse de su propio país como por disponer del pase SENTRI para cruzar a sus anchas), México, sin embargo, suele poner problemas. Por eso, en cuanto se va acercando a la aduana, Jeff planifica cómo actuar. Hay cinco puntos de entrada en la frontera —los conoce de sobra: empezó sus andaduras en 1997—, así que, para no despertar tantas sospechas, lleva la cuenta de cabeza de por cuál le toca cruzar cada vez. Aunque México dispone de menos controles de seguridad, a menudo los guardias tachan a Jeff de llevar demasiada comida. Ya tiene calculado cuánto se considera una cantidad aceptable —dos contenedores de un metro y medio de largo por trayecto, tres a lo sumo—, pero quizás hoy lo acusen de ir con más de la cuenta. Entonces tendrá que regresar y esperar a otro día e intentar distribuir la comida entre la gente sin hogar que encuentre por El Paso o entre sus vecinos, porque los bancos de alimentos solo aceptan donaciones de comida imperecedera. Como último recurso, Jeff picoteará un poco de esto y un poco de aquello antes de que se estropee, pero lo que le sobra al supermercado ya está en las últimas y a él no le cabe más pan en el congelador. Qué remedio: a veces resulta inevitable tirarlo y sus pensamiento siempre se visten de sus niños cada vez que se ve obligado a deshacerse de la comida estropeada.

Se va acercando a aquel alto muro que crece sin parar desde 1819 y Jeff no puede controlar el sudor. Venga, que llevas años y años haciendo esto. Hay un par de coches delante. Nada comparado con como suele ser: la frontera cerró el veintiuno de marzo y solo pasa a quien se le considera esencial. Él lo es, pero lo pueden rechazar por cualquier pretexto.

Si no lo dejan pasar, no va a intentarlo por otro punto de control. Odiaría vivir de nuevo aquello de la persecución y la multa del año pasado, cuando llevaba cuatro neveras cargaditas de repostería y los agentes no lo permitieron cruzar y probó por otra entrada y pasó, pero los primeros guardias dieron el chivatazo y los segundos le pidieron que parara y él se puso a cantar a voz en grito para hacer como que no se enteraba de nada y lo persiguieron con un camión y lo devolvieron a Estados Unidos y lo regañaron de lo lindo y tuvo que pagar ciento treinta y cinco dólares por la bromita. Y dos mil trescientos pesos dan para mucho al otro lado. No, si no lo dejan pasar, no se la va a jugar otra vez. Ahora se anda con pies de plomo: mejor volver otro día, aunque tenga que tirar aquella valiosa comida caducada.

Se acerca, se acerca la frontera, y Jeff tensa los hombros, aprieta el volante con las manos, reza y reza por que no le pongan problemas, silencia la música K-LOVE que siempre lo acompaña, se cala bien la gorra amarilla en la cabeza cana, se ajusta la mascarilla con estampado de tigre (mejor dejársela puesta, ¿no?), prepara el pasaporte y se lo entrega al agente con guantes y precaución y los ojillos azules brillando de súplica y las oraciones agazapadas en las comisuras de los labios. ¿Podrá cruzar?

Por lo general, ya sabe de qué pie cojea cada uno de los agentes aduanales, a quienes no les importan un comino ni la gente que se muere de hambre en su país ni los niños de los orfanatos. Sin embargo, el de hoy, ese tal Jorge López, siempre lo desconcierta, porque, según por dónde sople el viento, ya muestra compasión, ya furia; y le puede dar tanto por tramitar oficialmente el impuesto por transportar alimentos, como por carraspear con la prepotencia propia de la autoridad para forzar el soborno.

Jeff sonríe con los ojos y chapurrea un buenos días, un cómo está, señor, un muchas gracias. Para no mostrar signos de debilidad y preocupación por el registro, se concentra en dibujar mentalmente su recorrido de este día. Antes de comenzar el reparto, conducirá hasta el kilómetro 27 para comprar carne, leche, huevos y fruta en el súper El Roble. El dinero, que proviene de diversos donantes y de buena parte de los beneficios que Jeff saca de su propia tienda en eBay, da para una cantidad decente de alimentos frescos. Últimamente pasea por los abundantes pasillos del supermercado con perplejidad: están hasta arriba de papel higiénico, porque nadie se puede permitir el lujo de arramplar y almacenar en caso de hecatombe, porque, en los tiempos que corren, un supermercado lleno es sinónimo de miles de armarios y frigoríficos vacíos. En Ciudad Juárez mata a más gente el hambre y la droga que este dichoso virus.

El agente López le habla como si no lo hubiera visto doscientas cuarenta y dos veces y Jeff responde con amabilidad contenida y el agente López pregunta si tiene algo que declarar y Jeff menciona las tres neveras hasta arriba de panes y dulces y el agente López lo mira con desconcierto y examina el vehículo con los ojos colmados de la sospecha de quien trabaja en las profundidades de la incertidumbre entre el bien y el mal.

Jeff siente fulminantemente que ese registro rutinario es una balsa de aceite y lo invade la tranquilidad. Que sea lo que Dios quiera. A Jeff lo que de verdad le preocupa es que los amos del cotarro aprovechen la situación para atraer a los jóvenes más desesperados y los obliguen a vender droga. En abril impusieron en México el distanciamiento social obligatorio y cerraron más del setenta por ciento de las grandes fábricas de Juárez. Ahora mucha gente está de patitas en la calle y morirá de hambre: quedarse en casa no es una opción, sino un privilegio. 

Encima de todo, ese virus tiene a los cárteles cabreados, porque la mayoría de los ingredientes para elaborar narcóticos vienen de China y las prohibiciones a la hora de transportar mercancías desde el país asiático se traducen en esta tierra como privaciones para enriquecerse. Muy cabreados. Las fronteras cerradas dilapidan las rutas de la droga. Cabreadísimos. Hace unas semanas, asesinaron a cinco gringos, incluida una profesora de colegio con la que Jeff colaboraba.

Pero a Jeff no le dan miedo esos matones y conduce la camioneta de acá para allá con sosiego, con su musiquita cristiana y con su «You have a friend in Jesus» en la matrícula, repitiéndose y repitiéndose que los tipos malos temen a Dios. Con sesenta y siete años, lo que quizás debería temer de verdad es el virus, por ser grupo de riesgo y andar de un lado para otro, pero le da mucho más pavor que su gente no tenga qué llevarse a la boca.

El agente López mira a Jeff con apatía: parece que hoy toca arancel legal; doscientos, trescientos pesos por nevera tendrá que pagar. No es tan mal momento ahora en realidad: la crisis sanitaria no impide que los funcionarios sigan cobrando, así que Jeff solo se ve obligado a recurrir a los sobornos un tercio de las veces que cruza la frontera. La situación empeora después de las elecciones federales, cuando cada presidente que se marcha tiene la fea costumbre de vaciar las arcas del estado y dejar a los agentes aduanales temblando; y como no cobran nada durante tres o cuatro meses, se olvidan de pedir que se rellene el papelito oficial y se les llena la boca de precios ridículos, en la certeza de que aquel flujo de gringos alimentará a sus familias. Aún queda un año y pico para la próximas elecciones, así que, fuera del plano moral, a Jeff en realidad le da igual una cosa que otra: siempre y cuando declare lo que lleva, en los tiempos tranquilos la suma de los impuestos y del soborno es idéntica y solo varían los bolsillos en los que acaba, pero ese no es problema suyo. Él solo quiere estar del otro lado. 

Espera a que el agente rellene tal o cual papel, firma uno o dos documentos, paga esto y lo otro y por fin cruza la frontera a su segundo hogar, aquel paraje dejado de la mano de Dios —sin agua potable, sin alcantarillado, sin asfaltar y sin esperanza— y suspira con alivio. Jeff no se plantea parar y seguirá realizando sus tres viajes semanales en aquella camioneta que solo conoce El Paso y Juárez y que ya carga casi medio millón de kilómetros y de tartaletas y de bizcochos y de tiramisú y pasteles y de tartas y de magdalenas y de coronas y de dulces y de rollos y de panes y de aprendizajes.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Mnemotecnia

Lo de llamar a la policía se le ocurrió a la hija. Ella tampoco es que quisiera que lo detuvieran para que pasara la noche en el calabozo —con un foco mayor de virus que de presos, seguro—, pero, en cierta manera, se lo había buscado él solito: conducir hasta Zhuanghe era del todo descabellado.

Xu Wei estaba entre la espada y la pared. Todos los hermanos se iban turnando para cuidar a la abuela, y ahora le tocaba a él. Si no iba, u otro tendría que comerse el marrón o el estado de la abuela empeoraría a pasos agigantados. Y la abuela ya tenía bastante con asumir que no iba a celebrar nónglì xīnnián por primera vez en ochenta y ¿seis? años —uno ya pierde la cuenta—. No: le tocaba quedarse con la abuela a Xu Wei, así que él se responsabilizaría.

Metódico desde que nació bajo el influjo de la cabra, hizo las maletas en un santiamén, porque recurrió a su viejo truco de canturrear listas con rimas para no olvidarse nada. Calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera, camiseta y chaqueta y bragueta siempre en la maleta, yan xu bing’zi en el asiento junto a mí.

Li Na, cuyas razones para seguir enamorada de ese hombre se habían enraizado durante décadas en esas cancioncitas con rimas, estaba al borde de la convulsión. Ya había intentado por activa y por pasiva que su esposo no se marchara, porque el virus se está extendiendo, porque te juro que me divorcio, porque te mueres y a la hija le da un patatús, porque nadie cocina un wǔcǎi xuěhuā shànbèi como el tuyo, porque soy demasiado joven para enviudar, porque hace un frío que pela, porque soy demasiado vieja para buscarme un novio, porque te quedas aquí y punto. 

Pero Xu Wei seguía y seguía, con una sonrisa bobalicona y altas dotes de desobediencia, y a ella cada vez le invadía más la furia con esas enervantes e indelebles lis-ti-tas con ri-mi-tas. Al pasar de una estancia a otra, cada canción de Xu Wei reverberaba durante largo rato, como si se tratara de una de esas horribles ventosidades que se alojan en las habitaciones por un tiempo indeterminado: «calzoncillos al bolsillo, el sombrero al maletero, la cartera en la guantera…».

«La cartera en la guantera…» «LA CARTERA EN LA GUANTERA…»

Aquella pestilente canción por fin le dio una idea a Li Na y, zodiacalmente impulsiva como buen caballo, sacó la odiosa cartera de la dichosa guantera y lo dejó sin documento de identidad, sin carné de conducir y sin tarjeta de crédito. 

Esa despedida con un buen viaje y un llama cuando llegues y una sonrisa le extrañó muchísimo a Xu Wei, pero, a la vez, la sintió como una pequeña victoria, como el respeto que se le debe guardar al hombre de la casa.

En cuanto el coche arrancó, Li Na se metió en WeChat para hacerle una videollamada a la hija y esbozar el plan que había comenzado con el robo de la cartera y que rebosaba improvisación y carecía de futuro. La hija, espectadora del drama desde Estados Unidos, dijo entonces lo de la policía, con resolución maquiavélica y sed de paz.

Li Na le contó todo con pelos y señales al joven de la centralita, que si mi esposo va en un Chang’an naranja metalizado, con matrícula 辽B-C1603, que si no lleva documentación, que si acuérdense de que es peligroso salir de Dalian, que si deténganlo y mándenmelo a casa inmediatamente. Pero el joven de la centralita transfirió la llamada a servicio en comisaría. Pero servicio en comisaría le pasó con un radiopatrulla. Y, aunque la historia se fue desinflando sin remedio —Chang’an, naranja metalizado, 辽B-C1603, casa, inmediatamente—, Li Na jamás se desesperanzó.

Cuando Xu Wei la llamó y le dijo que lo había parado la policía, ella se hizo la sorprendida y suspiró con alivio, pero él no le dejó abrir el pico: que si según AutoNavi en una hora y cuarenta y seis minutos llegaré a mi destino en Zhuanghe, que si la policía me ha dejado seguir porque ya sabes que soy encantador y que mi talento ha ido mejorando con los años, que si lo que ya no me funciona tan bien son las listas con rimas, que si estaba convencido de que tenía la cartera en la guantera, que si nos vemos en unos días, que si en una semana como muchísimo.

Como poquísimo: qué mes más horroroso. No solo la ciudad de Zhuanghe cerró las fronteras a los dos días de que llegara Xu Wei, sino que ni siquiera se le ha permitido salir del apartamento de la abuela, por carecer de documentos y por haberse desplazado desde otra ciudad —lo han tratado como un apestado al bueno de Xu Wei: ahí, encerrado en casa, con sensores en la puerta y un cartel advirtiendo a los vecinos de lo peligrosísimo que sería respirar el mismo aire que aquel tipo foráneo y probablemente vírico—. Menudas semanitas: en seguida brotaron dos casos en su edificio, les ha tenido que traer comida uno de los hermanos, tres casos, han jugado y jugado al mahjong (esa vieja es invencible), cinco casos, ha bañado a la abuela todos los días para limpiarla de virus, de virus, de virus, seis, parecía cada vez más pobre y más sucio con esas barbas —que encima dan mala suerte, y no tiene con qué afeitarse—, siete, ocho casos.

Li Na ha estado llamando a la hija y a Xu Wei todos los días; primero con preocupación, luego con melancolía y al final por inercia. Jamás había vivido sola y, para amenizar el aislamiento (y para celebrarlo) ha decidido hacer algo distinto. Inspirada por la hija, le ha dado por llevar una vida de gwailo: ha hecho zumba todas las mañanas, se ha tragado toda la filmografía de Audrey Hepburn y de Janet Leigh, se ha paseado por la casa en camisa de hombre y ha comido ensalada césar todos los días. Ha echado de menos a Xu Wei, claro, pero, ay, por nuestra señora de los tres zorros, qué felicidad, pero qué pena, pero qué a gustito.

Hoy por fin regresa Xu Wei, con prisa, con prisa, para no perderse esta tarde una comida con montones de cordero en casa de unos amigos, en las afueras de Dalian. Embriagado por la emoción de volver al hogar, Xu Wei lucha y lucha con la cerradura y, cuando por fin abre la puerta, lo hace con un estruendo espantoso. Li Na lo oye —como para no oírlo— y se resbala en la bañera, por la turbación y por los nervios —no se sabe si de los buenos o de los malos—. 

A pesar de los borbotones y borbotones de sangre que escapaban cinematográficamente por el desagüe, Li Na no quiere ir al hospital, porque comer cordero con puntos atenta contra las milenarias creencias de la medicina tradicional. Y ella va a engullir ese maldito cordero, que lleva un mes a base ensaladas: no piensa dejar que le den ni un solo punto.

Ocho puntos. 

Xu Wei se niega rotundamente a ir a la comida, por no querer tentar más a la suerte, porque ya ha tenido bastante mala pata: parece como si hubiera estado en un cuarto piso, si hubiera vestido de blanco, si le hubieran regalado un reloj, si hubiera dejado los palillos clavados en el arroz, si no hubiera seguido lo que dicta el feng shui, si hubiera adoptado una tortuga. Pero o vamos a la comida o te vuelves a vivir con tu madre y a mí me dejas tranquila.

Dentro de un rato, Xu Wei, bien afeitadito, comprobará si la cartera está en la guantera antes de arrancar el coche para llevar a su querida esposa con ocho puntos en la cabeza a degustar cordero. Y que pase lo que tenga que pasar.

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Teofanía

La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

El ejercicio físico no es, pues, su mayor preocupación, pero sí perderse la misa de los domingos. Eso; eso sí que no lo perdona. Ha dado una oportunidad a los vídeos de meditación guiada en YouTube y a las conversaciones teológicas durante la cena en familia; pero, después de dos semanas sin las palabras de terciopelo del cura, el huequito en el estómago se agranda a cada segundo. ¿Cómo afrontar estos tiempos turbulentos sin la paz espiritual de la santa congregación dominical?

Por eso, solo con leer «misa en streaming» en la web de su iglesia —a pesar de sus significados chirriantes, casi de cronología antónima—, se sintió un poquitito más cerca del cielo.

Hoy domingo, se ha vestido como para una boda y se ha dispuesto a corregir exámenes mientras espera a que empiece el servicio. Ha conectado la videollamada veintitrés minutos y cincuenta y siete segundos antes del inicio de la misa, cuando aún no había ni una sola alma por el ciberespacio cristiano, así que sigue tachando errores y poniendo notas, más distraída que de costumbre, debido a las campanitas que suenan, casi celestialmente, cada vez que alguien se conecta.

Seis minutos y catorce segundos antes de la misa en streaming, aparta los exámenes para revisarlos en un momento de más clarividencia y se empieza a fijar en las imágenes del resto de asistentes. Los hay por decenas y, cada vez que alguien habla, su ventana se convierte en la principal y muestra todos los secretos hogareños sin despojos, transformando en un santiamén a todos los demás en míseros e involuntarios espías de salones.

Aunque la longevidad de los parroquianos no es ninguna novedad, Caroline no puede evitar que le llame la atención la gran cantidad de pastillas en primer plano, de respiradores en el último, de bastones y andadores por aquí y por allá —sin juzgar, sin juzgar, que es pecado: pero ¿no crees que es llamativo?—. A ella, que baja la media de edad un buen puñadito de años, le resulta casi pecaminoso espiar en los salones y salones de aquellos ancianos, los pobres, ahí entre sus pastilleros, sus cacharros ortopédicos, sus cojines bordados y sus fotos de antes de la guerra.

Empieza la santa misa; y los abuelitos, que usan el ordenador de pascuas a ramos, no están familiarizados en absoluto con el concepto «silenciar el micro». Las palabras del padre se ven, incesante e inagotablemente, interrumpidas por un «si aquí no hay ni Cristo», un «cielos, cómo funciona esto», un «sube el volumen, Joseph, por el amor de Dios». Las imágenes del padre se intercalan con señoras emperifolladas que gritan que no se enteran, con señores medio sordos que no se enteran de que gritan, con nietos y nietos que gritan y no se enteran de que no se enteran.

Estrépito y caos: qué calvario.

Caroline, vestida como un pincel y deseosa del momento, cada vez se siente más distraída y no hace más que intentar centrarse en la palabra de Dios —gloria a ti, señor Jesús—, pero la situación es más hilarante que solemne. Y exasperante. Y qué risa, pero qué desesperación, pero qué risa.

El cura resopla, bendice, resopla, resopla.

Un hombre joven —no tanto joven, joven, sino joven en comparación con el resto—, aparece en la pantalla principal como caído del cielo y muestra en un folio las instrucciones sobre cómo silenciar el maldito micrófono, escritas con letras del tamaño de una manzana. Caroline ve el cielo abierto, pero la bendición dura unos instantes: los longevos corderos, clic, clic, clic, lo intentan, clic, clic, clic, pero nada, clic, nada, clic, clic, nada, nada, nada.

Infierno en streaming.

Caroline explota por dentro —porque la procesión va por dentro, pero mecagüen D…—. Se muerde la lengua, se santigua, hace ademán de despedirse y cuelga cerrando el ordenador con violencia contenida.

Y su casa se sume súbitamente en el silencio más sigiloso. Y, ahí, en ese sacro silencio, ahí, ahí, escondido, ahí se resguarda su Dios.

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El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Prolepsis

Cuando toma el aire en el balcón, Phil se sume en el baile sempiterno de las copas de los árboles que cubren con ahínco la realidad urbana de cemento y ladrillo. Sus cabellos anaranjados no salen de paseo más que para lo justo y necesario; no así su mente: aquel verdor lo hipnotiza un día más hasta que su imaginación se desboca y ve —siente— la tierra siempre húmeda de Londres en cada pisada, las cosquillas de la lavanda movida por el viento y la minúscula mano del pequeño Colin, que a su vez entrelaza los dedos de su otra mano con los de Adrien.

De camino a la granja urbana, Colinho va trotando sin soltarse de sus padres y les cuenta cómo ha ido su primer día de guardería y pregunta incansablemente por qué, por qué, por qué. Phil lo entretiene enseñándole los números en portugués, Adrien le llena los oídos de cuentitos franceses y luego canturrean susurrantes Thinking Out Loud, porque siempre encuentran un hueco para entonar su canción. En la granja, Colinho se ríe a carcajadas y a veces le asusta algún gruñido y repasa los nombres de los animales en todos los idiomas de su universo. Cuando se le antoja un dulce, Phil no sabe si su hijo querría un muffin, un éclair o un brigadeiro, y la duda lo saca de cuajo de la ensoñación.

La interrupción no lo incomoda, sin embargo, porque la vuelta a la realidad se convierte en un deleitoso limbo donde el tiempo que habita en las copas de los árboles transcurre a cámara lenta. Le llama la atención cómo su subconsciente siempre elige los nombres más británicos que existen —hoy le ha salido un Colin, pero ayer se imaginó a una Prudence, el jueves a un Freddy y la otra tarde a una Daisy—; y le hace mucha gracia cómo enseguida los portugaliza, como si su lengua materna se impusiera casi indignada a los años y años de residencia en Inglaterra.

Vuelve del todo a la realidad con el sonido de un nuevo correo electrónico. Siempre que ve el nombre de la asistenta social en la pantalla de su móvil, le da un vuelco al corazón, cruza los dedos, llama a Adrien —¡mensaje de Ginnie!— y abre la misiva digital en su presencia. Suspiran: novedades sin novedades: otra entrevista conjunta más. 

Nunca saben muy bien qué les deparará la próxima cita con Ginnie. Adrien es algo parco en palabras, pero para el dicharachero de Phil siempre hay más y más y más de lo que hablar. En las entrevistas individuales se pasó más de dos horas contándole minuciosamente los pormenores de los amoríos de su tío favorito, las disputas que dibujan el lado más oscuro de la historia familiar y cómo desafió su abuela las rígidas normas sociales del Brasil de los 60 al criar a sus hijas. Las entrevistas juntos obligan a la pareja a mirarse más allá de las pupilas, confesar creencias que ni siquiera se habían planteado antes y tomar decisiones lejanas e intangibles férreamente. Y no solo se exploran el uno al otro: con cada reunión, Phil y Adrien sienten que ahondan un poquito más en las profundidades de sí mismos.

A pesar de sus temores iniciales, la pandemia les ha regalado ciertas facilidades en el proceso. Para la reuniones con la asistenta social antes del confinamiento, ambos estaban obligados a pedir el día libre en el trabajo, llegar con puntualidad britaniquísima, repeinarse, emperifollarse y esconder cualquier posible tic nervioso repentino. Pero ahora todo resulta mucho más sencillo, porque las citas por Skype se compaginan fácilmente con la jornada laboral, hay más permisividad con los cortes de pelo y reina una verdadera distensión al hablar desde la calidez del hogar.

En la última entrevista, Ginnie les avisó de que en la siguiente etapa tendrían que decidir la edad. En el caso de que quisieran un bebé, uno de ellos tendría que dejar de trabajar durante un año, pero en la empresa solo les concederían trece semanas pagadas, pero Londres es carísima y no tienen tantos ahorros, pero podrían si se cambiaran a un piso más barato, pero mudarse es un símbolo de inconsistencia y la agencia de adopción exige una estabilidad pétrea, pero igual con una ayuda del gobierno, pero todo esto solo se lo podría permitir el mismísimo Sir Elton Hercules John. 

En la próxima entrevista, tendrán que hablar de por qué quieren adoptar. Eso ha dicho Ginnie, además de la fecha y de la hora, que han confirmado ipso facto. Adrien refunfuña y entra a casa; Phil prefiere rezongar en el balcón y busca y rebusca un porqué no tan manido. 

Antes de abandonar la brisa del balcón, Phil echa una última mirada al exterior y siente una cierta fricción entre la abrumadora inactividad de aquellas calles (en las que no parece pasar nada) y la exaltación por el inminente cambio que llegará dentro de ¿semanas, meses, un año? Al contrario que ahí fuera, sus vidas se inundan de celeridad y emoción.

Hoy le toca cocinar a Adrien y, como sabe que Phil tiende a la melancolía y extraña las noches en Camden, ha preparado un fish and chips de bacalao, como el de Poppies, acompañado de una pinta de cerveza y de las mejores canciones de su bar favorito, The Hawley Arms, temporalmente cerrado, pero hoy abierto en un hogar cualquiera de Londres. Para evitar hablar de las preguntas de Ginnie y de los miedos, las expectativas y los desafíos de la paternidad, se ponen al día sobre su jornada de teletrabajo: Adrien ha estado elaborando un anuncio de humus para Luxemburgo y Phil ha recopilado dibujos de los niños de sus amigos para que aparezcan en el canal de televisión. Como su vida social se viste únicamente de la del otro, la conversación elegida para tan especial velada se extingue pronto y no pueden evitar que el futuro vuelva a sus bocas y acaban hablando de cuando vayan los tres a Mantes-la-Jolie a visitar a los padres de Adrien, de lo buen ejemplo que será la cariñosísima ahijada de Phil, Lily, de cuando visiten Petrópolis para hacer la presentación oficial del nuevo miembro de la familia, de los bailes que se pegarán en el salón al ritmo de las Spice Girls.

Todas las noches —incluso las noches de Camden—, la pareja ve una serie, y hoy están de suerte: hay un nuevo capítulo de una de sus favoritas. Pero a los seis minutos y dieciséis segundos, Adrien ya está durmiendo a pierna suelta, como de costumbre, así que Phil se resigna a dejar Killing Eve para mañana, porque conoce los límites fijados por el código moral de su sacra unión y sabe que no ha ver ni una escena más él solo. 

De naturaleza más nocturna, a Phil aún le queda un buen rato para que le invada el cansancio. Como a Adrien Friends no le hace tilín, se clava dos capítulos, conteniendo la risa con todos los chistes, aunque se los sepa de memoria. Entre broma y broma, mira de reojillo a su marido, quien, cuando duerme, desborda ternura y parece quinientos años más joven. Poco a poco, se va ovillando a su lado y Adrien le cede su cuerpo para acurrucarse, como imantado por la somnolienta inercia de su idilio. En ese momento y como cada noche, Phil se va adormilando con la absoluta certeza de que sus cuerpos encajan a la perfección y recuerda a Colinho y a Prudencenha y a Freddinho y a Daisynha y sus párpados se rinden ante la añoranza del futuro.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

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Catarsis

Qué bonito el mensaje de Rose. ¿No es encantadora Rose? Hace años que no hablaban y ahora, de repente, le manda estas bellas palabras. Siempre ha tenido un corazón enorme Rose, ¿verdad? El mensaje de su antigua amiga arropa a Cris toda la mañana y le ilumina el confinamiento durante unos cuantos días. La buena de Rose, qué ramalazo le ha dado, qué atenta, mírala.

Menos de una semana después le llega un saludo de Linda, tan melifluo como el de su otra amiga: que si su mágica sonrisa, que si sus gráciles andares, que si su dulzura inigualable. Cris se siente bien, arropada por el cariño de la gente a la que quiere. Qué suerte tiene. Qué suerte.

El mensaje de Richard es el que despierta sus sospechas: «Siempre que vislumbre el cielo californiano, sentiré que me están mirando tus ojos azules, que son, han sido y serán los más bellos que existan.» ¿Y este hombre? ¿Cómo que ahora le da por la zalamería? Él siempre ha sido como un libro cerrado, como un ser inerte y sin sentimientos que existe pero que no es. Y ahora qué mosca le habrá picado. Bueno.

Bueno.

Bueno, lo que pasa es que Cris lleva años enferma y los mensajes se multiplican víricamente, se convierten en un goteo constante y diario. Lo que empezó como un rayo de luz se convierte en una tormenta: más que de cariño, cada mensaje está cargado de truenos fulminantes con previsiones obituarias.

¿Años enferma? Lustros, más bien: un tumor cerebral, lupus, linfoma, cáncer de estómago, EPOC y a saber qué más. Su cuerpo, paradigma y viva imagen del vademécum. Lo que pasa, pues, es que nadie cree que Cris vaya a sobrevivir a la pandemia y no le mandan mensajes de amor, sino de despedida, de muerte. 

Cris se enfurece: si alguien va a sobrevivir, esa es ella: la máxima superviviente. No por nada, simplemente se especializa en protegerse. Ella podría dar lecciones magistrales sobre pasar semanas sin poner un pie en la calle sin perder la cabeza, sobre evitar virus y bacterias, sobre sobrevivir.

Como vuelva a recibir un mensaje sobre su sonrisa, sus andares o su dulzura, va a vomitar. Quizás el coronavirus no pueda con ella, pero esta avalancha de mensajes contagiosos la tiene con un pie en la tumba. De verdad.

Se acumulan palabras y palabras y palabras, que se niega a leer, así que se le enquistan y le supuran y la envenenan. Para sobreviviente, Cris. Basta ya.

Pero, una mañana, ojeriza y vencida, abre el ordenador y lee la ristra de mensajes de muerte apilados. Así, todos juntitos, resplandecen. Cris brilla: quizás sí sean palabras de cariño. Eros/Thánatos/Eros: palabras de amor pero de muerte pero de amor.

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Filosofía

La inmensidad se dibuja ante sus ojos: el infinito naranja se funde con el azul, que luego se torna rosa, morado, amarillo, hasta que empieza a abrirse hueco la oscuridad con olor a té, una oscuridad que se inunda de sopa y yogur y dátiles y dulces melosos y leche; y comen por primera vez en toda la jornada, con más templanza que voracidad, agradecidos por otro día de aprendizaje.

La velada comienza sobre las siete de la tarde y no tiene fecha de caducidad. Moha no es capaz de recordar cuánto tiempo hacía que no estaban todos juntos ni cuándo fue la última vez que tenía que engullir aquellos manjares a matacaballo —porque mañana temprano sale un tour al norte y hay que dormir al menos un par de horas—. Aquellos días, en los que no paraba ni un solo momento, ni un mísero segundo, ahora solo existen en la memoria. ¿Te acuerdas? Que si para arriba, que si para abajo, que si un beso, un beso, que si adiós, que si al día siguiente tenemos cuatro excursiones, que si yallah, yallah, yallah. La convivencia del Ramadán con la familia —la abuela, las tres hermanas, el hermano— le hinchan el pecho de dicha. 

Lo tiene claro, le sonríe la fortuna: no le cabe duda de que no existe mejor lugar que Merzouga para pasar estos tiempos inciertos. En las ciudades, hay más aglomeración y no puede salir a pasear como si nada. Solo de pensarlo, un escalofrío le recorre la espalda. No concibe vivir sin la caricia de las dunas, sin el frescor de la madrugada, sin los susurros de Dihia en los pliegues del viento.

Cuando se acaba el apetito, caminan entre los montículos apagados por la noche y llenos de frescor. Susurren o callen, siempre se sumen en la avasalladora paz del paisaje. Algunas veladas, ese trocito de vastedad se rinde a los deseos de la ghaita, del gembri, de las qraqeb, del bendir, acompañados de palmas y cánticos y bailes y no existe nada más, ningún otro lugar ni pasado ni futuro ni virus que valga. Inshallah. La silueta del té con azúcar vertido con cierta altura resiste hasta que los rayos del sol resquebrajan la madrugada y, solo entonces, los bereberes abrazan el sueño para aniquilar algunas de las dieciséis horas de ayuno que trae consigo el nuevo día.

Cuando abandona el mundo de los sueños, Moha se enfunda en la túnica, se enrolla el turbante y se calza las babuchas, preparado para lo que le depare el nuevo día. Inshallah. El desierto está más vacío que nunca. Qué hermoso poder verlo constantemente solo a través de sus propios ojos: se toma todo esto como una lección para valorar lo que tiene y se repite una y otra vez, a modo de zalá, que a saber dónde nos va a llevar este mundo, que por lo menos tenemos tiempo para nosotros, tiempo para nosotros, tiempo.

Ahora no hay trabajo, pero sí quehaceres —comprar esto y lo otro, alimentar a los camellos, acudir a la mezquita— y pasea por el pueblo bañado de una sensación inusual de extrañeza: no solo los restaurantes y los hoteles han cerrado temporalmente, sino que también hay vecinos que prefieren no saludar más que con el verbo. A Moha le parece que el salam labas bikhir se llena de vacío al no tocarse los unos a los otros: si nos va a pasar algo, nos pasará; hay solo una muerte, no hay dos. Quizás si hubiera alguna persona infectada, el cuento cambiaría y también negaría apretones de manos y besos y abrazos y besos y besos.

La convivencia del Ramadán también ha cambiado, porque la gente no se junta en grandes grupos. Vale, no pasa nada: ese tiempo en familia es más dorado que los reflejos de la arena a las tres de la tarde, cuando el sol brilla y hace treintaitrés grados y no se puede beber. Pero Moha lo lleva bien, eso de no beber, porque el calor abrasador y la sed desesperante se visten de estío. Podría ser peor.

Cuando le desgarra el hambre, eso sí, sueña que vuelve a viajar: él nunca ha salido de Marruecos, pero recorre el mundo a través de las personas cuyos caminos desembocan en su tierra. En las contadas ocasiones en que el joven se suelta del presente, extraña compartir con los turistas, hablarles de las constelaciones, enseñarles el alfabeto árabe, dejarlos boquiabiertos en las gargantas de Dades, mostrarles cómo mover la lengua para hacer el zaghrouta maghrebiya, contarles las tradiciones de los bereberes —o de los berberechos, como dice él, que es un bromista nato—. Le apetece reírse a carcajadas una vez más al explicar que tentmert significa «gracias» en bereber y «tiene mierda» en catalán. Quizás porque él ha crecido caminando de puntillas por una cuerda sostenida en tres mundos, el bereber, el árabe y el musulmán, siente predilección por los chistes interculturales. Sin esas (con)vivencias internacionales, su desparpajo no existiría, ni su magnífico dominio del español, que practica a diario con sus amigos al otro lado del estrecho, a los que a saber cuándo volverá a ver. Inshallah

Pero ahora los únicos turistas llegan con sus propias caravanas y miden mucho las distancias. Mejor. Cada cosa que pasa siempre trae algo bueno. Aunque jamás lo confesaría, inconscientemente sabe que hay una cierta belleza en no ver por enésima vez cómo se hace el aceite de argán, en no llevar en la furgoneta a seis españolas que se desgañitan cantando David Bisbal, en no buscar y rebuscar restaurantes y hamanes buenos, bonitos y baratos para europeos con dinero que lo primero que aprenden en árabe es walluh fluss. No ha elegido el descanso, pero lo recibe con los brazos abiertos y, a la vez, está listo para volver a disfrutar en cualquier momento de los nuevos amigos internacionales que le traiga la vida. 

Eso de que la prisa mata y la pachorra remata, que tanto les dice a los turistas, es de broma pero de verdad; y las calles de Merzouga —los edificios anaranjados, los sacos de especias, la algarabía diaria, los aromas— siguen este precepto con más fuerza que nunca. Inevitablemente, el virus acentúa la dulce parsimonia de la vida bereber. «Vosotros tenéis reloj y no tenéis tiempo y nosotros no tenemos reloj y nos sobra tiempo», Moha disfruta intentando que sus invitados entiendan a los bereberes, pero ahora le inunda la prodigiosa armonía de no dar ni una sola explicación sobre su cultura, de sumergirse de lleno en ella. Ahora no tiene por qué subyugarse a los dictados occidentales, que tampoco llega a comprender del todo. Y es que ¿para qué seguir incansablemente unas exigencias al ritmo de tictac, tictac? Tiene mucho más sentido dejarse llevar por los soles, las lunas y al-Qurʼān.

Por las tardes, Moha y sus amigos se hacen vídeos y fotos saltando desde las dunas altas y la estela que crea la arena queda petrificada para siempre. Ese tipo de instantáneas les encantan a los turistas, así que las comparte, para que esos lares no caigan en el olvido. El Sáhara del siglo XXI está formado de arena, sol, estrellas y mensajes y directos y me gusta, me gusta, me gusta. 

Pero eso de capturar cada instante es más bien cosa de extranjeros: su familia no vive atrapada en la galería de su móvil, sino que pervive en el presente de cada momento compartido. ¿Qué sentido tiene fotografiar a su abuela cocinando si el olor queda fuera del retrato? ¿Para qué inmortalizar a sus hermanas jugando si sus risas perecerán sin aferrarse a la imagen? 

Quedan semanas de ayuno. Parece que este año Moha celebrará Eid al-Fitr con la familia al completo. Parece, parece: nunca hay nada seguro. Como buen nómada, Moha vive en el hoy y saboreará cada momento hasta que llegue el gran festín, que también será fenomenal, al igual que los días, los meses, los años por venir. Inshallah. Pero esos pensamientos no lo avasallan, simplemente viven en él como apacibles certezas. Ahora solo hunde los pies en el calor de la arena, siente la suave brisa en el rostro, contempla inmensidad y se ensimisma en su existencia puramente espiritual y astronómica.

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Autarquía

Beyoncé está atrapada en sus uñas de gel —no es Beyoncé Beyoncé, pero es que María no quiere que se sepa su nombre verdadero, porque es demasiado común y prefiere que no la reconozcan por la calle; así que mejor utilizar el de su ídolo como apodo (seguro que existen más fans de la diva que Marías hay por el mundo)—. Bueno, pues resulta que Beyoncé enfermó antes de que el virus saliera de China con el pasaporte en regla y estuvo nueve días con fiebre y mucho malestar, pero se recuperó, porque se cuidó y porque tuvo suerte y porque no es grupo de riesgo y porque desconoce si tenía coronavirus o solo gripe o vaya usté a saber qué.

Ya está del todo recuperada. No conoce los pormenores de su padecimiento exactamente, pero el caso es que está recuperada. Para celebrar su mejoría, se gastó veinte euritos para que una señora china le hiciera unas bonitas uñas de gel rosadas —naturales—, con una florecilla en un costado —naturales en otro sentido— y bien pegaditas a la lámina ungular, bien, bien pegaditas.

Era la primera vez que se hacía las uñas de gel, pero se lo merecía, coño, que estuvo al borde de la muerte —o al menos tuvo una fiebre horrible, horrible— durante nueve días. Se merecía un premio en forma de uñas. Claro que se lo merecía.

El problema es que llegó la pandemia, ya oficialmente y con visado de turista, y los negocios que no fueran absolutamente necesarios tuvieron que cerrar temporalmente, por órdenes del Bundesregierung. Y ahora resulta que las uñas de gel son un capricho. Jódete y baila. Todas las chinas de las uñas cerradas. Todas. 

Ya han pasado dos semanas desde que metiera la mano en un cacharro con una lámpara ultravioleta que abrasaba como los mil demonios. Dos semanas: las uñas están fearrutas. Wikipedia dice que crecen a una velocidad promedio de 0,1 milímetros al día. Eso son ya 1,4 milímetros. A Beyoncé se le asoma la luna creciente por la cutícula.

La pobre Beyoncé, confinada en su casa y teletrabajando sin disciplina, teclea y teclea en su ordenador y mete mal los números en Excel, porque esas malditas añadiduras a sus pezuñas cada vez sobresalen más y presionan donde no deben y se le desbarajusta todo. Tiene que revisar cada cálculo con lupa.

Y lo peor es que no puede concentrarse, porque su amiga Carmen (vamos a llamarla Gwyneth por cuestiones de privacidad) le dijo que uy, uy, uy, que esas uñas y ese gel son un nidito de coronavirus. Desinfecta, desinfecta. Un ni-di-to.

Beyoncé revisa las celdas, la mitad mal, porque los nidos de coronavirus adoran el caos, y no encuentra la manera de concentrarse, porque las palabras de Gwyneth le rondan por la cabeza sin respiro. Además, el ordenador se lo trajeron del trabajo hace unos días: seguro que todavía tiene bicho. Se va desinfectando las uñas con un espray cada poco rato. Operación matemática, flis, flis, corrección, flis, multiplicación, flis, flis, etcétera, flis, flis, flis.

Luego la compra, que esa es otra. No pueden traérsela a domicilio sin que le cueste un ojo de la cara, porque vive sola y tendría que comprar comida para un regimiento para disfrutar del servicio gratuito. Así que va al súper, qué le vamos a hacer. Por lo menos, con suerte, arriesga la vida de las uñas de gel: en las compras anteriores, se le han desprendido dos con las malditas asas benditas de las bolsas, pero otras veces no va a tener tanta buena mala suerte (aunque lo intente). 

Cuando sale, pone en práctica todos y cada uno de los consejos que ha visto en los vídeos que le han pasado por wasap: lleva guantes y mascarilla, no toca nada de nada, regaña a una señora que manosea pan tras pan a toda piel —pero ¡señora, copón!—, hace la cola a dos metros de distancia, se cruza de acera si viene alguien de frente. Un sinvivir, mire usté. Al llegar a casa, sigue los protocolos de desinfección desde el descansillo —que si un cubo con amoniaco a la entrada para los zapatos, que si bolsas de plástico para apoyar las bolsas de plástico, que si dejar el abrigo en una zona de desinfección (que ella no tiene, claro, porque vive en un estudio, no en una mansión)—. Se lava las manos como si no hubiera un mañana. Se frota y se refrota los niditos de coronavirus, que han estado muy expuestos. Y luego mata y remata con un flis, flis, flis.

Se siente fea, con las uñas así. Un día se alisa el pelo, que ya siempre lo lleva rizado y no se lo alisa desde la última vez que fue al Fabrik; puf, hará más de cinco años. Se ve rara: entre ese pelo y esas uñas parece un nosequé. Hace videollamada con su madre, qué fea estás, con su mejor amigo, qué fea, qué fea. Y se lava el pelo enfurruñada para que le vuelva el rizo, pero las uñas no se caen por mucho que insista e insista en el cuero cabelludo.

Ha aprendido a hacer punto con vídeos de YouTube y se le pasan las horas volando, pero no se quita de la cabeza las uñas, porque las ve danzando y danzando con las agujas. Las uñas sin gel, las que se le rompieron al cargar la compra, tienen restos repegados y no se los puede quitar tampoco. Las otras uñas están cada vez más al borde, pero bien adheridas, brillando en rosa y en flor, y con la luna de las cutículas ya llena. No sabe si es peor el remedio o la enfermedad. 

Beyoncé no sale de casa más que para hacer la compra, pero lo que le hace sentirse atrapada son esas uñas de gel ñoñísimas: en qué momento me las hice, quiero mis veinte euros, no me vuelvo a poner uñas de gel jamás en la vida jamás, jamás.

Entre que si uñas esto y que si no uñas lo otro, los días se pasan rapidísimo: ve una peli de explosiones y sudores protagonizada por Angelina Jolie y se le olvidan las uñas; cocina y ahí están las uñas, mirándola, flis, flis; toma el sol en el balcón cuando no nieva en Berlín y ¿uñas, qué uñas?; hace ejercicios de HIIT y le duele todo menos las uñas; teje y teje y uñas y uñas y flis; se echa una siesta y no sueña con uñas; lee a Julia Navarro y a veces se asoman por el bordecillo de las páginas, flis, flis, y otras se pierden entre las tramas de la novela; organiza partidas de bingo por Skype y las uñas empujan las bolas, flis, pero es divertido y no le importa tanto —por algo ostenta el título de Online Bingo Queen—. 

Ya lleva 2,1 milímetros (o tres semanas) confinada, y parece que va para largo, pero los días se van diluyendo, se van diluyendo, diluyendo. Su mayor preocupación en la vida es que las chinas abran las tiendas de uñas. Bueno. Quizás algún día se caigan las uñas de gel por el inevitable precipicio dactilar que supone el paso del tiempo. Quizás ese día llegue antes que la fecha incierta del fin de la cuarentena. Quizás.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
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Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

Suena en bucle Águas de março, como no podría ser de otra manera, e Hilda sonríe en naranja y violeta y canturrea é a vida, é o sol con una voz rosada. A Yazmín, la canción más bien se le atasca en la garganta y no puede desenfundar ni una notita —con lo musical que es ella—, porque la noite y la morte aún le laten en las sienes.

Los atardeceres limeños se dibujan más bellos que nunca. La gente lo achaca al parón de la vida frenética en esta ciudad tan gris y contaminada, pero eso no son más que habladurías: Yazmín sabe de sobra que es su madre al fim do caminho —porque la enterraron justo a las 11.11 de la mañana, con los portales para otra dimensión abiertos, y resplandece desde ahí— y que los atardeceres seguirán llevando su luz y su rostro hasta que la velen como se merece. Da igual lo que piense el resto: ella está convencida que Hilda Luz hace honor a su segundo nombre todos los días a eso de las seis.

Después del crepúsculo, Yazmín se seca las lágrimas y hace yoga y luego corre un ratito por la azotea, para abrir los chakras, estirar el cuerpo e intentar despegarse aquel mistério profundo, pero no consigue que deje de ser misterioso ni que abandone las profundidades.

Hilda siempre decía que el espíritu es eterno y el cuerpo solo una vestimenta y ahora sigue su creencia al pie de la letra y aparece en cada cena en las bocas de Yazmín, el papá, el hermano y Celestina —más que el ama de llaves, parte de la familia—, porque un sabor o un chirrido o una palabra o su tenedor favorito siempre la traen al recuerdo. Y del recuerdo pasa a los ojos melancólicos. Y de los ojos baja a la lengua. Y la lengua la convierte en la protagonista de cada cena. Y Hilda está ahí, ahí, a promessa de vida no teu coração, masticando, saboreando, siendo, siendo a su manera. 

Se empeña también en salir en cada película, en cada serie, en cada libro: los ojos de la aristogata Marie recuerdan a Hilda, la inteligencia de Eve Polastri la calzaba también Hilda —además del alto cargo—, la valentía de Jo es idéntica a la de Hilda. Todo. Absolutamente todo grita «Hilda, Hilda, Hilda».

Yazmín procura acostarse temprano, porque se levanta a las siete para trabajar y porque se cura con rutina. Su madre la acurruca con un ligero silbido primaveral y con o corpo na cama se va quedando dormida.

Sola en la clínica, por las restricciones, Hilda apagó su cuerpo cuando ella lo decidió: se marchó el mismo día del equinoccio y de San José (patrón de su paraíso: la provincia brasileña donde vive su mejor amiga). Al igual que fue ella misma, y no el cáncer, quien eligió el día de su partida, Yazmín teme que el espíritu de Hilda decida largarse cuando se acabe el confinamiento y tiene la pesadilla recurrente de que la velan como es debido y Hilda deja de ser Luz.

Pero al día siguiente se levanta y no cesa el estado de emergencia y teletrabaja y, a eso de las seis, su madre la baña de naranja y violeta por la ventana.

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Tricofagia

No hay nada como el contacto de los pelitos de gata en las papilas gustativas. Con Isis se complica bastante eso de arrancarle aquellos manjares capilares, pero Nut se deja hacer más perrerías y entonces Abril le quita los pelos de un tirón y los convierte en delicatessen y disfruta de la sensación y los escupe y los traga y se le quedan bailando y bailando por la boca.

Abril persigue a las gatas a gatas por el pasillo. Nut e Isis acaban cediendo. No aprenden. O aprenden, pero se les olvida o les merece la pena o en realidad lo disfrutan o no les importa y caen de nuevo en las redes de aquella humana cazadora de pelajes. Nut, más maternal, suele dormir con Abril, pese a la contingencia alopécica, aunque hay veces que se harta y lanza un mordisquito suave de aviso o directamente se marcha de su lado. Isis la evita más, pero Abril se sale con la suya de vez en cuando, porque las cosquillas de ese pelo, mucho más cotizado por la diversión que entraña agenciárselo, saben a las mil maravillas. 

Pero no siempre puede enganchar fácilmente a las gatas. Cuando la persecución se complica, se conforma con otros pelajes: el vello de hipopótamo sabe a volteretas verdes, los mechones de oso tienen un regustillo muy rosa, la melena de mono recuerda a un dulzor violeta. Pero, al final, los que arranca del cuento se le hacen bola en la boca y no los traga con tanta facilidad, así que vuelve a intentarlo con las gatas.

Por algún motivo, Isis se deja acariciar más fácilmente en la terraza, donde le gusta relajarse al sol. Abril la sigue, sibilina, y le gusta quedarse ahí largo rato, tenga éxito o no con la magnífica degustación capilar. Desde que no sale de paseo por Móstoles en el carrito, adora ese espacio: ahí corre el aire, reside la música del carillón, brillan los colores, habitan palmas y bailoteos. En cuanto sale a la terraza a las ocho de la tarde, ella suele dar el aplauso inaugural, como si le embargara la emoción del momento en que el aire le roza la cara. El aplauso: qué tal impulso entusiasta.

La gente que vive en los pisos vecinos vuelve con las mismas canciones una y otra vez, una y otra vez, todas las tardes, y Abril disfruta al reconocerlas y las baila y aplaude con entusiasmo en cuanto acaban. La señora que la llamaba siempre «rebonica» por los pasillos es la que comienza los festejos diarios con Volveremos a juntarnos, que es una sensiblería, pero bueno, Abril desconoce la tragedia y jamás le hace ascos a un aplauso, plas, plas. Luego viene, ya por tradición, la del vecino ese sesentón —ese, ese que la raspaba con el bigote cada vez que la veía en el portal—; ese pone el Resistiré, y ya ahí a Abril le da todo el subidón y se menea como una posesa y canta a grito pelao y a su manera y da palmas durante toda la canción y el sumun del plas, plas, plas llega al final con minúsculo entusiasmo mayúsculo. La algarabía acaba cada noche con la melodía de la pareja de enfrente —la de la tela roja, amarilla, roja colgando de un ventanuco—, que se encarga de poner una música que recuerda un poco a una nana, pero mucho más difícil de seguir para Abril, que siempre se lía y aplaude después de la parte esa de «y Juan Carlos de Borbón se lo lava con jabón», plas, plas, porque parece que la melodía acaba, pero luego sigue. Siempre sigue. Plas. Mejor, así hay más palmas. Plas, plas, plas.

Con el cambio de hora, las vecinas de enfrente pueden ver mucho mejor a la pequeña, y le lanzan besos y la saludan. A Abril se le dan de perlas las abuelitas, así que les devuelve el saludo con desparpajo, pero aún no sabe tirar besos, así que las deja, sin quererlo, con la miel en los labios. Quién sabe: igual aprende pronto y les tira a las señoras trocitos de felicidad en forma de ósculos flotantes.

Abril es feliz sumida en la brisa primaveral. Da igual si está en la habitación jugando con su reflejo o si va colgada de su madre cuando hace las tareas: solo con oír la palabra «balcón», Abril lo deja todo y sus manos comienzan con el plas, plas, plas, como llevada por un impulso irrefrenable. Ella sabe que tiene que dar palmas y lo cumple. Al igual que cuando sale a la terraza, aunque no sea la hora fijada para los aplausos. A fuerza de costumbre, ya tiene el balcón vinculado a ese gesto de alegría: pasa un rato por la mañana haciendo pompas de jabón con su madre y plas, plas; se planta al sol con su padre para que le lea un cuento y plas, plas, plas; se queda obnubilada con el carillón y aplaude y carcajea cada vez que suenan las campanitas, plas, mientras muerde las pinzas de tender; sigue a Isis a la terraza y la gata baja la guardia y Abril primero aplaude y luego hace zas y ñam en un abrir y cerrar de ojos. Y ya a las ocho comienza el festival de las palmas, que lo disfruta y que lo echaría de menos si alguna vez la rutina cambiara.

Abril ya sabe decir «mamá» —bastante clarito— e «Isis» —con muchas babas y ceceo—, que son a quienes persigue testarudamente para alimentarse. Sale a menudo con ellas a comer a la terraza —y no solo delicias lácteas y capilares— ahora que la primavera está de buen humor, plas, plas; y se llena toda la cara de puré al intentar usar la cuchara y se alegra mucho cada vez que el sol la baña y aplaude y aplaude.

Aquellas tardes en el parque y en la piscina se van difuminando en la nebulosa del olvido y no recuerda todo lo que la cansaban ni que se acostaba mucho antes; y se ha acostumbrado a ver a sus abuelos por videollamada y señalarlos con el dedo y sonreírles para indicar que los conoce y luego seguir intentando comerse los pelos de Nut y de Isis. La normalidad para Abril no significa salir a la calle —¿calle?, ¿qué calle?—, sino echarse siestas, comer pelos y pelos, andar agarrada a los muebles, reír a carcajadas con el cucutrás, tomar teta, jugar en el corralito, escuchar la música de los vecinos y disfrutar del presente en el balcón. 

El primer abril de Abril nace y muere con la realidad del balcón —el toldo con hojas de roble y eucalipto pintadas, las sillas rosas, los cactus resecos, el carillón— como su único contacto con el exterior. En su memoria bailan incesantemente nuevas verdades y costumbres y enseñanzas. Un mes equivale al diez por ciento de la existencia de la pequeña, así que el balcón no se dibuja como un mero lugarcito al aire libre, sino como todo un universo.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

El amor en los tiempos del coronavirus

[Cuentos pandémicos basados en historias reales con pinceladas de ficción.
Proyecto literario en curso.]
El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín RivasNiña en sillón azul, de Mary Cassatt

Melomanía

Andréi sueña con que se le emborronen las manos de nuevo al tocar los preludios de Rachmaninov delante de un público expectante hasta levantar un viento que se lleve por los aires los calcetines del señor barrigón y bigotudo de la primera fila y acabar la actuación con el piano en llamas al no soportar sus cuerdas la vibración.

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Geografía

Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

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Mnemotecnia

Lo de llamar a la policía se le ocurrió a la hija. Ella tampoco es que quisiera que lo detuvieran para que pasara la noche en el calabozo —con un foco mayor de virus que de presos, seguro—, pero, en cierta manera, se lo había buscado él solito: conducir hasta Zhuanghe era del todo descabellado.

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Prolepsis

Cuando toma el aire en el balcón, Phil se sume en el baile sempiterno de las copas de los árboles que cubren con ahínco la realidad urbana de cemento y ladrillo. Sus cabellos anaranjados no salen de paseo más que para lo justo y necesario; no así su mente: aquel verdor lo hipnotiza un día más hasta que su imaginación se desboca y ve —siente— la tierra siempre húmeda de Londres en cada pisada, las cosquillas de la lavanda movida por el viento y la minúscula mano del pequeño Colin, que a su vez entrelaza los dedos de su otra mano con los de Adrien.

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Filosofía

La inmensidad se dibuja ante sus ojos: el infinito naranja se funde con el azul, que luego se torna rosa, morado, amarillo, hasta que empieza a abrirse hueco la oscuridad con olor a té, una oscuridad que se inunda de sopa y yogur y dátiles y dulces melosos y leche; y comen por primera vez en toda la jornada, con más templanza que voracidad, agradecidos por otro día de aprendizaje.

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Tricofagia

No hay nada como el contacto de los pelitos de gata en las papilas gustativas. Con Isis se complica bastante eso de arrancarle aquellos manjares capilares, pero Nut se deja hacer más perrerías y entonces Abril le quita los pelos de un tirón y los convierte en delicatessen y disfruta de la sensación y los escupe y los traga y se le quedan bailando y bailando por la boca.

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Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

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Autarquía

Beyoncé está atrapada en sus uñas de gel —no es Beyoncé Beyoncé, pero es que María no quiere que se sepa su nombre verdadero, porque es demasiado común y prefiere que no la reconozcan por la calle; así que mejor utilizar el de su ídolo como apodo (seguro que existen más fans de la diva que Marías hay por el mundo)—. Bueno, pues resulta que Beyoncé enfermó antes de que el virus saliera de China con el pasaporte en regla y estuvo nueve días con fiebre y mucho malestar, pero se recuperó, porque se cuidó y porque tuvo suerte y porque no es grupo de riesgo y porque desconoce si tenía coronavirus o solo gripe o vaya usté a saber qué.

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Catarsis

Qué bonito el mensaje de Rose. ¿No es encantadora Rose? Hace años que no hablaban y ahora, de repente, le manda estas bellas palabras. Siempre ha tenido un corazón enorme Rose, ¿verdad? El mensaje de su antigua amiga arropa a Cristina toda la mañana y le ilumina el confinamiento durante unos cuantos días. La buena de Rose, qué ramalazo le ha dado, qué atenta, mírala.

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Teofanía

La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

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