Teofanía

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La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

El ejercicio físico no es, pues, su mayor preocupación, pero sí perderse la misa de los domingos. Eso; eso sí que no lo perdona. Ha dado una oportunidad a los vídeos de meditación guiada en YouTube y a las conversaciones teológicas durante la cena en familia; pero, después de dos semanas sin las palabras de terciopelo del cura, el huequito en el estómago se agranda a cada segundo. ¿Cómo afrontar estos tiempos turbulentos sin la paz espiritual de la santa congregación dominical?

Por eso, solo con leer «misa en streaming» en la web de su iglesia —a pesar de sus significados chirriantes, casi de cronología antónima—, se sintió un poquitito más cerca del cielo.

Hoy domingo, se ha vestido como para una boda y se ha dispuesto a corregir exámenes mientras espera a que empiece el servicio. Ha conectado la videollamada veintitrés minutos y cincuenta y siete segundos antes del inicio de la misa, cuando aún no había ni una sola alma por el ciberespacio cristiano, así que sigue tachando errores y poniendo notas, más distraída que de costumbre, debido a las campanitas que suenan, casi celestialmente, cada vez que alguien se conecta.

Seis minutos y catorce segundos antes de la misa en streaming, aparta los exámenes para revisarlos en un momento de más clarividencia y se empieza a fijar en las imágenes del resto de asistentes. Los hay por decenas y, cada vez que alguien habla, su ventana se convierte en la principal y muestra todos los secretos hogareños sin despojos, transformando en un santiamén a todos los demás en míseros e involuntarios espías de salones.

Aunque la longevidad de los parroquianos no es ninguna novedad, Caroline no puede evitar que le llame la atención la gran cantidad de pastillas en primer plano, de respiradores en el último, de bastones y andadores por aquí y por allá —sin juzgar, sin juzgar, que es pecado: pero ¿no crees que es llamativo?—. A ella, que baja la media de edad un buen puñadito de años, le resulta casi pecaminoso espiar en los salones y salones de aquellos ancianos, los pobres, ahí entre sus pastilleros, sus cacharros ortopédicos, sus cojines bordados y sus fotos de antes de la guerra.

Empieza la santa misa; y los abuelitos, que usan el ordenador de pascuas a ramos, no están familiarizados en absoluto con el concepto «silenciar el micro». Las palabras del padre se ven, incesante e inagotablemente, interrumpidas por un «si aquí no hay ni Cristo», un «cielos, cómo funciona esto», un «sube el volumen, Joseph, por el amor de Dios». Las imágenes del padre se intercalan con señoras emperifolladas que gritan que no se enteran, con señores medio sordos que no se enteran de que gritan, con nietos y nietos que gritan y no se enteran de que no se enteran.

Estrépito y caos: qué calvario.

Caroline, vestida como un pincel y deseosa del momento, cada vez se siente más distraída y no hace más que intentar centrarse en la palabra de Dios —gloria a ti, señor Jesús—, pero la situación es más hilarante que solemne. Y exasperante. Y qué risa, pero qué desesperación, pero qué risa.

El cura resopla, bendice, resopla, resopla.

Un hombre joven —no tanto joven, joven, sino joven en comparación con el resto—, aparece en la pantalla principal como caído del cielo y muestra en un folio las instrucciones sobre cómo silenciar el maldito micrófono, escritas con letras del tamaño de una manzana. Caroline ve el cielo abierto, pero la bendición dura unos instantes: los longevos corderos, clic, clic, clic, lo intentan, clic, clic, clic, pero nada, clic, nada, clic, clic, nada, nada, nada.

Infierno en streaming.

Caroline explota por dentro —porque la procesión va por dentro, pero mecagüen D…—. Se muerde la lengua, se santigua, hace ademán de despedirse y cuelga cerrando el ordenador con violencia contenida.

Y su casa se sume súbitamente en el silencio más sigiloso. Y, ahí, en ese sacro silencio, ahí, ahí, escondido, ahí se resguarda su Dios.

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Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

Suena en bucle Águas de março, como no podría ser de otra manera, e Hilda sonríe en naranja y violeta y canturrea é a vida, é o sol con una voz rosada. A Yazmín, la canción más bien se le atasca en la garganta y no puede desenfundar ni una notita —con lo musical que es ella—, porque la noite y la morte aún le laten en las sienes.

Los atardeceres limeños se dibujan más bellos que nunca. La gente lo achaca al parón de la vida frenética en esta ciudad tan gris y contaminada, pero eso no son más que habladurías: Yazmín sabe de sobra que es su madre al fim do caminho —porque la enterraron justo a las 11.11 de la mañana, con los portales para otra dimensión abiertos, y resplandece desde ahí— y que los atardeceres seguirán llevando su luz y su rostro hasta que la velen como se merece. Da igual lo que piense el resto: ella está convencida que Hilda Luz hace honor a su segundo nombre todos los días a eso de las seis.

Después del crepúsculo, Yazmín se seca las lágrimas y hace yoga y luego corre un ratito por la azotea, para abrir los chakras, estirar el cuerpo e intentar despegarse aquel mistério profundo, pero no consigue que deje de ser misterioso ni que abandone las profundidades.

Hilda siempre decía que el espíritu es eterno y el cuerpo solo una vestimenta y ahora sigue su creencia al pie de la letra y aparece en cada cena en las bocas de Yazmín, el papá, el hermano y Celestina —más que el ama de llaves, parte de la familia—, porque un sabor o un chirrido o una palabra o su tenedor favorito siempre la traen al recuerdo. Y del recuerdo pasa a los ojos melancólicos. Y de los ojos baja a la lengua. Y la lengua la convierte en la protagonista de cada cena. Y Hilda está ahí, ahí, a promessa de vida no teu coração, masticando, saboreando, siendo, siendo a su manera. 

Se empeña también en salir en cada película, en cada serie, en cada libro: los ojos de la aristogata Marie recuerdan a Hilda, la inteligencia de Eve Polastri la calzaba también Hilda —además del alto cargo—, la valentía de Jo es idéntica a la de Hilda. Todo. Absolutamente todo grita «Hilda, Hilda, Hilda».

Yazmín procura acostarse temprano, porque se levanta a las siete para trabajar y porque se cura con rutina. Su madre la acurruca con un ligero silbido primaveral y con o corpo na cama se va quedando dormida.

Sola en la clínica, por las restricciones, Hilda apagó su cuerpo cuando ella lo decidió: se marchó el mismo día del equinoccio y de San José (patrón de su paraíso: la provincia brasileña donde vive su mejor amiga). Al igual que fue ella misma, y no el cáncer, quien eligió el día de su partida, Yazmín teme que el espíritu de Hilda decida largarse cuando se acabe el confinamiento y tiene la pesadilla recurrente de que la velan como es debido y Hilda deja de ser Luz.

Pero al día siguiente se levanta y no cesa el estado de emergencia y teletrabaja y, a eso de las seis, su madre la baña de naranja y violeta por la ventana.

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