Aroma

Aunque jamás lo confesaría, había esperado con ansias la llamada de su mamá anunciando que al final no vendría a pasar las fiestas a Sucre. Después de unos minutos al teléfono con ella, falsamente maldiciendo la pandemia por separar a las familias, le pidió con liviandad su exquisita receta de picana navideña, para cocinarla ella por primera vez, empujada por la ausencia materna. Perderse tal manjar sí que le daba una pena infinita.

La madre le narró, como en una algarabía, una lista opaquísima de ingredientes e instrucciones que no obedecían a la lógica, sino a ese instinto arraigado en las entrañas de cualquier mujer que ha crecido entre fogones y cuyas manos bailan solas entre sartenes y ollas. Eliana tomó cuatro notas rápidas e inconexas, agradeció a su madre por (haber intentado) darle la receta y pensó que se las apañaría, pues, al fin y al cabo, lleva toda la vida presenciando el ritual culinario.

Ahora, frente a la gran cacerola donde lleva casi una hora hirviendo en agua con sal el pecho de res troceado, el alivio por la ausencia materna se convierte en pesadumbre, porque se juzga y se tacha de mala hija, y la sensación de malestar se agrava con el bullicio de los ladridos de los perros callejeros entrando por la ventana, como si su furia ronca le diera dentelladas en el alma.

Con los chuchos enrevesados en las entrañas, trocea el pollo —¿será suficiente?; mamá no ha especificado cantidades— y le saltan los pensamientos de un mal recuerdo a otro. Como aquel día del confinamiento en que su madre se levantó con los ojos incendiados. Hacía mucho que no le pasaba en presencia de su hija —llevan años sin vivir juntas, décadas—, y a Eliana ya casi se le había olvidado cómo le cambiaba el humor en los días de fuego, críticas y lamentos.  

Cuando su mamá vino de visita desde Potosí allá por marzo, la idea era alojarla durante dos semanas, para que se despojara de los huequitos en el espíritu de añoranza por los nietos. Sin embargo, el repentino estallido de la cuarentena llevó a que la visita se alargara un mes y otro y otro. En una rutina angustiante que parecía no tener fin, Eliana tenía que cuidar de su madre, educar a sus hijos junto con su esposo a falta de clases en la escuela —para que los profesores les atendieran, había que pagar aparte—, ocuparse de los gatos, del perro, de las tareas del hogar y sacar a flote su joven negocio. ¡Y ya por no hablar de las preocupaciones por la situación política del país! El alud de obligaciones era tal que escaseaban los días en que tenía tiempo para ella misma. 

Una vez añadida la carne, Eliana prepara con esmero los ajíes, la cebolla, las zanahorias, el apio, el laurel, el pimentón colorado, el perejil y la pimienta blanca, para darle otra dimensión a ese guiso a fuego lento que, de momento, expele únicamente olores animales. La fragancia le hace pensar en su mamá y se dice que va por buen camino, pero enseguida duda: ¿de verdad, de verdad, de verdad crees que lo estás haciendo bien, ilusa?

Al principio, a Eliana le angustiaba el hecho de que la enfermedad atacara con más voracidad a las personas mayores, pero a su madre parecía traerle sin cuidado, lo cual dificultaba más aún las atenciones. Con poca paciencia y el instinto protector a flor de piel, Eliana siempre volvía del mercado con el pánico de que el coronavirus estuviera agazapado entre las bolsas de la compra, así que desinfectaba cada producto con esmero y miedo, le lavaba las manos a la anciana constantemente y le pedía que no tocara nada.

Seguro que, si su mamá estuviera presente ahora, criticaría su forma de cortar, seguro, el tamaño de los pedazos, seguro, seguro, el tiempo de cocción, seguro, seguro, seguro, y esta certeza siembra más y más dudas en Eliana, que se incrementan con los ladridos de los perros callejeros. En los ocho meses de encierro, su madre nunca se sintió como en casa y había que incluso invitarla a que se sirviera pan o mantequilla cuando una adivinaba que quizás tuviera hambre. Suspiraba a menudo postrada frente a la ventana: esa mujer de pollera, activa, vivaracha y luchadora solía salir todos los días para ocuparse de sus quehaceres y ahora estaba encerrada entre cuatro paredes, como un animalillo sin voluntad propia. Había veces en que los suspiros pasaban a aluviones de lamentos y la anciana llevaba las riendas de los humores de la casa, para la desesperación del resto de la familia. En los días buenos, jugaba con los nietos, pintaba mandalas o hacía galletas con Eliana, que se llenaba de regocijo al ver a su mamá de buen talante.

Al cortar las papas en trozos grandes, se pregunta qué más podría haber hecho. La anciana parecía analizar cada paso que daba Eliana y se entrometía si alguna vez se ponía algo estricta para instaurar el orden infantil. Alegaba nunca haberla reñido o gritado cuando ella era pequeña y a Eliana le entraban los mil demonios al recordar que incluso alguna vez la llegó a pegar de niña. Qué rabia: ¿acaso la mujer creía sus palabras o lo decía de boca para afuera?

Una vez las papas y las carnes están en su punto, la cocinera vierte en la cacerola una taza de vino blanco con una seguridad inusual en una primeriza y se repite a sí misma que sí, Eliana, que hiciste todo lo que pudiste: además de llevar las riendas de la casa, a tu mamá la cuidabas, la alimentabas, la iniciaste en el arte de colorear mandalas e intentaste inundarla de optimismo.

Se lo dice y se lo cree y después lo duda y cae otra vez en la culpabilidad — Eliana, podrías haber hecho algo más, mucho más—, pero luego acaba por autoconvencerse de nuevo, temporalmente, hasta que el ladrido de los perros callejeros vuelve a mordisquearle los entresijos. 

Prueba el caldo y le sabe algo soso, así que añade sal pensando en el día en que su mamá se levantó sin manos y alegó que ya nunca más podría pintar mandalas. En ese momento, Eliana tiró la toalla. Estaba harta de tanto ajetreo psicosomático. Si la anciana quería sumirse en la negatividad, allá ella. Comenzó a desoírla como remedio para que la convivencia se le hiciera más llevadera, para evitar que ese nubarrón pesimista afectase a su familia (que hasta los gatos estaban deprimidos, carajo): cuando se ponía a criticar al tío Fulanito o a la prima Menganita, Eliana hacía oídos sordos y cambiaba de tema; cuando les decía a los niños que los hombres no lloran o los tachaba de inútiles, Eliana los acunaba en su regazo para sosegar las lágrimas que necesitaran echar; cuando corregía con cinismo las formas de hacer de su hija, Eliana exageraba los gestos supuestamente erróneos con orgullo.

Le rompió el corazón leer los escritos que su madre dejó en su cuarto al marcharse —que si le daba miedo envejecer, que si le dolía todo, que si extrañaba Potosí—, lo cual le hizo sentir peor, porque, en esos ocho meses, nunca logró ponerse en su piel ni compadecerse de sus miedos. ¿Has hecho todo lo que has podido por ayudarla, Eliana?

Su malestar se sigue alimentando de tanto ladrido. Se acerca a la ventana y la cierra con furia mientras musita que si están todos los perros callejeros de Sucre debajo de mi ventana o qué mierda pasa, y el reflejo que le regala el vidrio no sabe si corresponde a su rostro o al de su mamá. Da un respingo del susto: odiaría convertirse en aquella mujer y se juzga más aún por aquel rechazo espiritual, abstractamente parricida. Si sus hijos sintieran lo mismo por ella algún día, no lo soportaría. Pero ella no es su madre, qué va: aunque a veces pierda la paciencia, trata de mejorar cada día y demostrarles amor a sus pequeños, procurarles todo lo que necesitan sin consentirlos demasiado, envolverlos en carantoñas. Fuera, fuera: abre la ventana de nuevo y les lanza la negatividad a los chuchos para que la devoren. 

Se pregunta por qué tanta culpabilidad a posteriori: ¿por sentir alivio y felicidad por no compartir el hogar con una persona de cuya boca rara vez sale nada positivo? Si no se tratara de su propia madre, no se sentiría así: los lazos familiares nos hacen aguantar más de lo que nos gustaría. El desahogo que sintió Eliana cuando su mamá se marchó después de ocho meses, esa sensación de ligereza, le ha hecho replantearse su relación. Tiene que atender a la anciana cuando lo requieran las circunstancias, y lo hará como mejor pueda, pero ha de establecer una distancia emocional que le permita protegerse y cuidarse a sí misma. Hala: ya tiene propósito para el año nuevo.

Parte dos mazorcas de maíz a la mitad —¿estarán justo, justo, justo a la mitad, mamá?— y las incorpora a ese guiso que la reconcilia más con su madre que nunca: le encantaría que sus manos y su instinto fueran idénticos a los maternales, heredar ese don de hacer de cada plato la mayor de las delicias. Tal vez su madre nunca haya demostrado su afecto con abrazos y besos, pero sí lo ha hecho a través de la comida, desde luego, inigualable. 

De pronto, Eliana la extraña.

Ya solo queda una hora de cocción y el guiso estará preparado. Se sienta a la mesa, aún pensativa, preguntándose si la cena será un desastre, y su esposo interrumpe ese bucle de cavilaciones de culpabilidad y recelos con cada niño de una mano, quienes, bien repeinaditos, anuncian que la mesa ya está puesta y los entrantes, listos para hincarles el diente. El esposo olisquea el aire condensado en esa cocina que lleva horas a todo vapor y sus palabras se convierten en un bálsamo: «nunca he olido una picana tan sabrosa».

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Tricofagia

No hay nada como el contacto de los pelitos de gata en las papilas gustativas. Con Isis se complica bastante eso de arrancarle aquellos manjares capilares, pero Nut se deja hacer más perrerías y entonces Abril le quita los pelos de un tirón y los convierte en delicatessen y disfruta de la sensación y los escupe y los traga y se le quedan bailando y bailando por la boca.

Abril persigue a las gatas a gatas por el pasillo. Nut e Isis acaban cediendo. No aprenden. O aprenden, pero se les olvida o les merece la pena o en realidad lo disfrutan o no les importa y caen de nuevo en las redes de aquella humana cazadora de pelajes. Nut, más maternal, suele dormir con Abril, pese a la contingencia alopécica, aunque hay veces que se harta y lanza un mordisquito suave de aviso o directamente se marcha de su lado. Isis la evita más, pero Abril se sale con la suya de vez en cuando, porque las cosquillas de ese pelo, mucho más cotizado por la diversión que entraña agenciárselo, saben a las mil maravillas. 

Pero no siempre puede enganchar fácilmente a las gatas. Cuando la persecución se complica, se conforma con otros pelajes: el vello de hipopótamo sabe a volteretas verdes, los mechones de oso tienen un regustillo muy rosa, la melena de mono recuerda a un dulzor violeta. Pero, al final, los que arranca del cuento se le hacen bola en la boca y no los traga con tanta facilidad, así que vuelve a intentarlo con las gatas.

Por algún motivo, Isis se deja acariciar más fácilmente en la terraza, donde le gusta relajarse al sol. Abril la sigue, sibilina, y le gusta quedarse ahí largo rato, tenga éxito o no con la magnífica degustación capilar. Desde que no sale de paseo por Móstoles en el carrito, adora ese espacio: ahí corre el aire, reside la música del carillón, brillan los colores, habitan palmas y bailoteos. En cuanto sale a la terraza a las ocho de la tarde, ella suele dar el aplauso inaugural, como si le embargara la emoción del momento en que el aire le roza la cara. El aplauso: qué tal impulso entusiasta.

La gente que vive en los pisos vecinos vuelve con las mismas canciones una y otra vez, una y otra vez, todas las tardes, y Abril disfruta al reconocerlas y las baila y aplaude con entusiasmo en cuanto acaban. La señora que la llamaba siempre «rebonica» por los pasillos es la que comienza los festejos diarios con Volveremos a juntarnos, que es una sensiblería, pero bueno, Abril desconoce la tragedia y jamás le hace ascos a un aplauso, plas, plas. Luego viene, ya por tradición, la del vecino ese sesentón —ese, ese que la raspaba con el bigote cada vez que la veía en el portal—; ese pone el Resistiré, y ya ahí a Abril le da todo el subidón y se menea como una posesa y canta a grito pelao y a su manera y da palmas durante toda la canción y el sumun del plas, plas, plas llega al final con minúsculo entusiasmo mayúsculo. La algarabía acaba cada noche con la melodía de la pareja de enfrente —la de la tela roja, amarilla, roja colgando de un ventanuco—, que se encarga de poner una música que recuerda un poco a una nana, pero mucho más difícil de seguir para Abril, que siempre se lía y aplaude después de la parte esa de «y Juan Carlos de Borbón se lo lava con jabón», plas, plas, porque parece que la melodía acaba, pero luego sigue. Siempre sigue. Plas. Mejor, así hay más palmas. Plas, plas, plas.

Con el cambio de hora, las vecinas de enfrente pueden ver mucho mejor a la pequeña, y le lanzan besos y la saludan. A Abril se le dan de perlas las abuelitas, así que les devuelve el saludo con desparpajo, pero aún no sabe tirar besos, así que las deja, sin quererlo, con la miel en los labios. Quién sabe: igual aprende pronto y les tira a las señoras trocitos de felicidad en forma de ósculos flotantes.

Abril es feliz sumida en la brisa primaveral. Da igual si está en la habitación jugando con su reflejo o si va colgada de su madre cuando hace las tareas: solo con oír la palabra «balcón», Abril lo deja todo y sus manos comienzan con el plas, plas, plas, como llevada por un impulso irrefrenable. Ella sabe que tiene que dar palmas y lo cumple. Al igual que cuando sale a la terraza, aunque no sea la hora fijada para los aplausos. A fuerza de costumbre, ya tiene el balcón vinculado a ese gesto de alegría: pasa un rato por la mañana haciendo pompas de jabón con su madre y plas, plas; se planta al sol con su padre para que le lea un cuento y plas, plas, plas; se queda obnubilada con el carillón y aplaude y carcajea cada vez que suenan las campanitas, plas, mientras muerde las pinzas de tender; sigue a Isis a la terraza y la gata baja la guardia y Abril primero aplaude y luego hace zas y ñam en un abrir y cerrar de ojos. Y ya a las ocho comienza el festival de las palmas, que lo disfruta y que lo echaría de menos si alguna vez la rutina cambiara.

Abril ya sabe decir «mamá» —bastante clarito— e «Isis» —con muchas babas y ceceo—, que son a quienes persigue testarudamente para alimentarse. Sale a menudo con ellas a comer a la terraza —y no solo delicias lácteas y capilares— ahora que la primavera está de buen humor, plas, plas; y se llena toda la cara de puré al intentar usar la cuchara y se alegra mucho cada vez que el sol la baña y aplaude y aplaude.

Aquellas tardes en el parque y en la piscina se van difuminando en la nebulosa del olvido y no recuerda todo lo que la cansaban ni que se acostaba mucho antes; y se ha acostumbrado a ver a sus abuelos por videollamada y señalarlos con el dedo y sonreírles para indicar que los conoce y luego seguir intentando comerse los pelos de Nut y de Isis. La normalidad para Abril no significa salir a la calle —¿calle?, ¿qué calle?—, sino echarse siestas, comer pelos y pelos, andar agarrada a los muebles, reír a carcajadas con el cucutrás, tomar teta, jugar en el corralito, escuchar la música de los vecinos y disfrutar del presente en el balcón. 

El primer abril de Abril nace y muere con la realidad del balcón —el toldo con hojas de roble y eucalipto pintadas, las sillas rosas, los cactus resecos, el carillón— como su único contacto con el exterior. En su memoria bailan incesantemente nuevas verdades y costumbres y enseñanzas. Un mes equivale al diez por ciento de la existencia de la pequeña, así que el balcón no se dibuja como un mero lugarcito al aire libre, sino como todo un universo.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
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