Onirismo

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Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

Sin pretensiones de cotillear, Ganza no puede evitar escuchar de fondo cada promesa de Keza y le entristece el mero hecho de pensar en su partida. Intenta centrarse en la cocina: ya tiene preparadas desde hace un buen rato las mimosas (se van a aguar), las tortitas (se van a enfriar), la fruta (se va a oxidar), las bolas de helado (se van a derretir). La paciencia se le está consumiendo, pero sabe que se trata de una gran oportunidad laboral para ella, pero no quiere que se marche de Nebraska, pero en realidad son menos de cuatro horas en avión, pero él tampoco es que se pueda mudar ahora, pero no tendrá problema para encontrar algo allí como ingeniero eléctrico cuando esté libre, pero ojalá se quede, pero cuelga ya, copón, pero.

Cuando Keza termina, se nota que la entrevista la ha dejado exhausta, pero se recupera con ese brunch aguado, frío, oxidado, derretido y lleno de amor que le ha preparado su Ganza. Ninguno menciona los desperfectos culinarios y disfrutan mucho de ese comienzo de fin de semana cumpleañero, a pesar de los incesantes soniditos de notificaciones, que Keza ignora, pero que enervan a Ganza, con tanto bip-bip-bip, bip-bip-bip. Keza no se molesta en mirar el móvil: a las nueve de la noche en África central, sus tías por fin han aparcado el ajetreo diario y le mandan recomendaciones en forma de fotos y memes y vídeos y textos de copia-pega con kilómetros de faltas de ortografía sobre cómo lavarse las manos, los beneficios de comer carne, los robots antiepidemia en los hospitales, los maleficios de la delgadez, los horrores de los vestidos demasiado cortos. Y también envían selfies, muchos selfies, todos los días, con luces y perspectivas que resaltarían inevitablemente cualquier papada de cualquier tía. No todas son sus tías-tías: en Ruanda, cada bebé crece en el seno de la comunidad, consanguinidad mediante o no, y las mujeres que se involucran en la crianza derrochan una generosidad vestida consejos ad æternum, por mucho que una ya tenga una edad. Las tías-no-tías con WhatsApp son el antónimo de silencio.

A pesar de las truculencias del bip-bip-bip, la mezcla explosiva de champán y vitamina C los empieza a poner mimosos, pero enseguida llega una llamada interruptus. Ganza le pide que no lo coja, anda, que tu cumpleaños no es hasta mañana, pero sabe de sobra cómo funcionan esos paquetes de veinticuatro horas de llamadas e internet en su patria: si no contesta ahora, igual no hablarán hasta dentro de una o dos semanas.

Es la madre de Keza. Ya sabes, chitón. Que no podía esperar a mañana, que qué tal por Maine, que muy bien, muy bien, tranquila, que si por aquí todo como siempre. Las conversaciones con mamá rozan lo soporífero, y más ahora que se ha hecho a la narración desde el embuste —antes, al menos, las verdades a medias la llenaban de adrenalina—. Le cuenta qué estaría haciendo en Maine y reproduce su día en Nebraska, cambiando un poquito de escenario, imaginándose confinada en soledad en aquel apartamento que lleva semanas sin pisar. Ya no se pone nerviosa cuando hablan, porque está cómoda en la acolchada mentirijilla piadosa: por si mamá llama hoy —como en Ruanda es invierno, siempre pregunta si hace frío—, tiene la costumbre de revisar cada mañana el clima de la ciudad donde paga el alquiler pero que no pisa desde marzo. 

A Keza le parece normal no contarle toda la verdad sobre sus amoríos, aún tiernos, inciertos, frágiles, pero mentir sobre la situación meteorológica le parece el sumun de la sinvergonzonería, porque sería negar la naturaleza. Sentir la piel de Ganza también forma parte de la naturaleza, pero sucede en un recoveco, y no en el absolutismo del sol y el viento. Como jamás le haría eso a su madre, en Omaha, Nebraska, siempre se viste según los dictámenes atmosféricos de Portland, Maine, para mantenerse fiel a la mujer que le dio la vida, aunque eso implique algún achicharre ocasional. Total, según los meteorólogos, ambas presumen de un clima continental templado, así que por qué poner el grito en el cielo por nimiedades de seis u ocho grados.

Keza cambia de tema en cuanto puede: todo bien por aquí, todo igual, como siempre, como siempre, nada nuevo, tú qué tal. La vida en Ruanda ha pegado un cambio con el virus, claro, y al principio le despertaba interés conocer los pormenores, pero ahora ya las novedades se visten de antigüedades: los negocios familiares siguen luchando por mantenerse a flote, la gente se arremolina sin mascarillas ni remordimientos en las motos y en la iglesia y la mayoría de personas viven al día. A papá le gusta pensar que está salvando la situación porque saca algo de dinero de aquí y allá, en esos negocios en los que siempre está enredado y que Keza y el resto de hermanos desconocen. Mamá desenreda: no se dedica solo a las tareas de casa —eso es de ricas—, sino que trabaja en la compañía de gas, tiene ahorros y le hace pensar a su marido que sí, que sí, que sin ti no saldríamos adelante. Nada nuevo bajo el sol, excepto el trasfondo vírico.

Sus padres no están muy al tanto de lo que pasa en Estados Unidos —papá no está al tanto de nada, para qué engañarnos: nunca llama—. Saben lo de la esclavitud pretérita y para de contar: no tienen ni la más remota idea de las injusticias actuales. Jamás han oído nombrar a George Floyd —ni mucho menos a Breonna Taylor— y Keza tampoco les cuenta nada sobre #BlackLivesMatter ni sobre las protestas en todo el país. ¿Para qué? ¿Para preocuparlos? Todo bien, mamá; como siempre, mamá.

La madre conoce lo básico: que Keza trabaja desde casa —¿casa?: «casa»—, que hace algo con ordenadores, algo, que Ganza existe, que obviamente es tutsi, que hoy no ha llovido. No necesita saber nada más: adentrarse en los intríngulis de las vidas de las hijas está sobrevalorado. 

Keza lo mencionó una vez hace meses, un amigo, y luego no soltó ni prenda cuando se mudó a dos mil quinientos kilómetros para sobrellevar la incertidumbre pandémica en la casa de aquel muchacho al que tampoco conocía tanto. Antes procuraba colocarse siempre delante de muro blanco, para no despertar sospechas, pero poco a poco ha conseguido pergeñar una reproducción del salón de su piso en Maine, un escenario diseñado a golpe de clic, tan perfectamente idéntico que Keza se mueve por él, videollamada en mano, con una mezcolanza de comodidad y repelús. No sabe por qué se ha molestado tanto; total, qué más da: al final sus conversaciones se componen de píxeles, ecos, repeticiones y ¿qué, qué, qué? 

Hoy la mentira se le está haciendo bola, pero al final se las apaña: se inventa un cumpleaños paralelo, en Maine, donde sí que vive su hermana, y le cuenta a su madre los planes que harán juntas con todo lujo de detalles y se embarulla y embarulla en el embuste y ella misma se imagina a la perfección hasta el color del confeti inexistente de su celebración imaginaria.

Cuelgan y tanta trola le deja un mal sabor de boca. Da igual: seguirá ocultando su ubicuidad y hablará sobre el clima, le hará luz de gas a su madre sobre cualquier extrañeza fruto del despiste en el mobiliario y se armará de paciencia una vez más (y otra y otra) para explicarle a su madre cómo activar la cámara delantera.

Keza está encantada. Le tiene un cariño tremendo a Ganza, tremendo, pero ha de ser un secreto todavía, porque ha crecido escuchando «no te eches novio hasta que no te cases» o «esconde a tu prometido de tu padre hasta la boda». Y eso hace, lo omite, lo separa del universo que comparte con su madre. Al verbalizar una realidad imaginaria en la que está soltera y confinada en soledad, sin darse cuenta ha creado una doble vida que domina cuando está despierta, pero que se solidifica en sus pesadillas.

Apenas si llevan seis meses saliendo, pero para Ganza este fin de semana es el más especial del año. Le da su primer regalo: una cena sorpresa con amigos en la terraza de ese restaurante africano en el centro, su favorito de la ciudad. La velada empieza con guantes, mascarilla y besos al aire y acaba inevitablemente con fotos sin distanciamiento social y chinchines con copas baboseadas. La guinda a una noche perfecta la pone el segundo obsequio, que emociona a todos los comensales: unos trajes tradicionales ruandeses con estampados a juego, que la pareja se enfunda en un periquete en el baño, que les da un aire aún más fuerte de tortolitos y que acabarán manchando de brindis y carcajadas.

Duermen en cucharita, sin quitarse esa ropa con lamparones, en un gesto de amor improvisado, silencioso y envolvente. Keza vive en el centro del país, paga el alquiler de su piso vacío en la costa este y tiene las miras laborales en la costa oeste. A veces se pierde en sus pensamientos noctívagos cuestionándose la corporeidad de su existencia, pero hoy se adormece en el convencimiento absoluto de que su hogar verdadero converge en este abrazo secreto.

Despierta desde el placer de un masaje en los pies, de millones de besos conmemorativos y del olor a café y a las sobras recalentadas de la cena. Keza se despereza y observa los trajes que ahora conforman su unidad como pareja, y se siente dichosa y tranquila. Su propósito de hoy, la calma: nada de correos de trabajo ni de competiciones sobre quién dobla la colada más rápido.

Aunque los domingos acostumbran a comenzar el día comentando la actualidad con las bocas llenas de soluciones y desayuno, Ganza intenta hablar de banalidades y cambiar el rumbo de la conversación cada vez que sale el tema, porque hoy es un día alegre, mejor hablemos de otra cosa, que hoy querías relajarte, ¿no? Pero Keza argumenta que no puede haber nada más valioso en su cumpleaños que la palabra, su único poder, de hecho: como residentes temporales en Estados Unidos, no pueden ir a manifestaciones, ya que cualquier sombra política en la que se involucren podría acabar fácilmente en una deportación. Por no poder no pueden ni siquiera caminar en su propio barrio residencial de noche, porque quedan a la merced de que cualquier vecino blanco los considere sospechosos y llame a la policía. 

Les encanta que el sistema se tambalee, pero les toca resignarse a vivirlo desde una lucha sombría y castrada y refugiarse en hablar de lo que ocurre a su alrededor, ver vídeos de la brutalidad policial, remover conciencias en internet desde seudónimos, consumir en negocios afroamericanos y africanos. Su trinchera la conforman esos pequeños gestos. Quieren ayudar y participar, porque también han arado durante años parte de su historia en esta tierra, aunque no tengan pensado quedarse aquí para siempre, en este lugar con tantas oportunidades como desprecio, que ha dibujado sus identidades desde una perspectiva que jamás los rozó en Ruanda. Ambos rechazan desde las entrañas cualquier posibilidad de tener hijos en un lugar donde el mero hecho de ser una persona negra equivale a estar en peligro constante.

Pero por ahora no ven ningún motivo para volver a Ruanda: sus trayectoria profesionales van viento en popa, cada uno de sus hermanos está en un país distinto, todos sus amigos han emigrado y se tienen que gastar cientos de dólares en regalos cada vez que van de visita. Cuando vuelvan, en el futuro, será para abrir su propio negocio, pero su presente está en algún lugar de la vastedad estadounidense. Mejor no manifestarse, no.

Tiene razón Ganza, es mejor no pensar en ello: olvídalo, da igual, que el plan para hoy consiste sumirse en la relajación más sublime. Pero durante la sesión de manicura y pedicura, Keza se acuerda del gas pimienta que la policía lanzó en la manifestación del jueves pasado; en plena película de matiné, le viene a la mente el comentario racista que le soltó aquel hombre por la calle hace un par de semanas; y hasta al leer un libro —con esa incesante sinfonía de bip-bip-bip de fondo—, se refuerza en la idea de que la gente solo escucha cuando hay revueltas y le apena no poder acudir.

Solo al cocinar juntos la cena especial de cumpleaños —isombe, ubugali y waakye—, Keza se sume por completo en el fulgor de la ternura que le ha regalado el confinamiento y observa a Ganza remojando las hojitas de zahína. Se olvida de Seattle y de Portland y su presencia se enraíza por completo en Omaha, y la escena irradia tanta belleza que se convierte en óleo sobre lienzo: la amalgama de colores, la luz perpendicular que divide el rostro de su chico, las sombras que dramatizan la col y los tomates, la perspectiva aérea dada por aquel sfumato de harina de yuca.

Interrumpe el bodegón una llamada y, en cuanto descuelga, Keza siente de sopetón de que mamá ya no vive en la ignorancia. Se siente ridícula, minúscula, insignificante. No sabe cómo lo sabe, pero lo sabe. Una corazonada, qué quieres que te diga, chica. El pensamiento dura el lapso de un segundo —¿se lo cuento o no?—, pero enseguida vuelve a fingir verdades, agradece la felicitación y se centra en las preguntas entrecortadas con respuestas certeras: no, mamá, nada de frío, nada, hoy hace un tiempo de lujo aquí en Maine.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Oneirism

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After all, Keza has been exercising omnipresence for some time: why should one more city be a problem? Saturday kicks off with a job interview over Zoom that she’d told Ganza would finish by 12 at the absolute latest; three quarters of an hour past noon, she’s still there, her tongue coated with the minutiae of her value as a computer programmer, pert as ever, full of assurances that the location is perfect. If she’s hired, she’ll be in Seattle right away, yes, yes, no problem, it’s practically next door, there’s nothing tying me down here.

Much as he tries not to eavesdrop, Ganza overhears each of Keza’s promises, and the mere thought of her departure saddens him. He tries to focus on cooking: he long since finished the mimosas (they will be watered down), the pancakes (they will get cold), the fruit (it will go brown), the scoops of ice cream (they will melt). His patience is wearing thin, but he knows that this is a great job opportunity for her, but he doesn’t want her to leave Nebraska, but in reality it’s less than four hours by plane, but he’s tied down here, but it will be a great place for an electrical engineer once he can go, but he hopes she stays, but hang up already, goddamnit, but.

When Keza finishes, it’s obvious that the interview has left her drained, but she revives herself with that watery, cold, browned, melted and love-filled brunch prepared by her Ganza. The culinary shortcomings go unmentioned and they thoroughly enjoy the start of the birthday weekend, despite the incessant pinging of notifications, which Keza ignores, but which irritate Ganza, so much beep-beep-beep, beep-beep-beep. Keza doesn’t even bother glancing at her cell any more: at nine o’clock at night in Central Africa, her aunts have finally finished the daily grind and are free to flood her with advice in the form of photos and memes and videos and copy-pasted texts full of painful misspellings about how to wash your hands, the benefits of eating meat, anti-epidemic robots in hospitals, the evils of thinness, the horrors of too short a dress. And they also send selfies, many selfies, every day, with lighting and perspectives that would inevitably accentuate (or create) double-chins on even the best of aunts. Not all are really her aunts, of course: in Rwanda, every baby is raised in the bosom of the community, family or not, and the women involved in that upbringing are generous enough to bestow their precious advice ad æternum, no matter how old the baby grows. The non-aunt aunts of WhatsApp are the antonym of silence.

Despite the aggressive beep-beep-beep, the volatile mix of champagne and vitamin C starts to have its effect, but just as things are really progressing, a call comes in. Ganza tells her not to take it, come on, it’s not your birthday until tomorrow, but she knows all too well how the twenty-four hour phone and internet packages work in her homeland: if she doesn’t answer now, they may not talk for another week or two.

It’s Keza’s mother. You know the drill, shhhh! I couldn’t wait until tomorrow, how is Maine, very good, very good, quiet, here it’s the same ol’ same ol’. Her conversations with Mom verge on the soporific, now more than ever since she fully dedicated herself to lying as a narrative form before, at least, the half-truths gave her a rush of adrenaline. She recounts to her mother what she would be doing in Maine by reproducing her day in Nebraska, changing the backdrop a little, imagining herself confined in solitude in that apartment she hasn’t seen in weeks. She no longer gets nervous when they talk because she is at peace with this compassionate white lie. In case Mom calls that day (since it is winter in Rwanda, she always asks if it is cold), Keza has gotten into the morning habit of checking the weather in the city where she pays rent but hasn’t set foot since March.

Keza considers it perfectly normal not to reveal the whole truth about her romantic situation, which is still tender, uncertain and fragile, but to lie about the weather somehow seems to her the nadir of shamelessness, because that would be to deny nature. Feeling Ganza’s skin is also part of nature, but it happens in a modest recess, not exposed to the totalitarian sun and wind. She would never do that to her mother, so in Omaha, Nebraska, she always dresses in accordance with the meteorological whims of Portland, Maine, to remain faithful to the woman who gave her life, even if it means sweltering occasionally. Besides, science assures her that both cities have temperate continental climates, so who’s she to quibble about 10 or 15 degrees?

Keza changes the subject as quickly as possible: everything is fine here, everything is the same, the usual, how about you? Life in Rwanda has changed with the virus, of course, and at first she was interested in keeping up-to-minute on all the daily ins and outs, but now it has all begun to blend together: the family businesses are still struggling to stay afloat, people are swarming around without masks or remorse on their motorbikes and in church, and most are living hand to mouth. Dad likes to think he’s the one saving the day because he’s bringing some money in here and there from those ventures he’s always tangled up in that Keza and the rest of the siblings are kept blissfully ignorant about. Mom keeps things running smoothly: she doesn’t merely do housework that’s a perk of the rich she works at the gas company, has savings, and ensures her husband thinks that yes, yes, without you, we couldn’t manage. So the usual, but with a pandemic in the background. 

Her parents are not really aware of what is going on in the United States Dad is not at all aware, let’s not delude ourselves; he never calls. They know about historical slavery and stop telling us about it: they have no idea about the current injustices. They’ve never heard of George Floyd, much less Breonna Taylor, and Keza doesn’t tell them about #BlackLivesMatter, or protests around the country. What for? To make them worry? Everything’s all right, Mom; the usual, Mom.

Her mother knows the basics: that Keza works from home (home? “home”), that she does something with computers, something, that Ganza exists, that he is a Tutsi, obviously, that it hasn’t rained today. She doesn’t need to know anything else: delving into the intricacies of daughters’ lives is overrated.

Keza mentioned him once months ago, a friend, and then didn’t breathe a word when she moved 1,000 miles away to hunker down through the uncertainty and loneliness of the pandemic in his house, all timelines accelerated. At the beginning, she always made sure to Skype from in front of a white wall, to avoid arousing suspicion, but little by little she has managed to assemble a reproduction of the living room of her apartment in Maine, a stage designed with a click, so perfectly identical that Keza moves through it, phone in hand, with a mixture of comfort and repulsion. She doesn’t know why she has gone to so much trouble; in the end her conversations are made up of pixels, echoes, endless repeating, and what, what, what?

Today lying seems unusually daunting for some reason: she invents a parallel birthday in Maine, where her sister still lives, and recounts to her mother in great detail the plans they have together, but soon she gets caught up in the fabrication and is able to visualize every detail, even the color of the non-existent confetti at her imaginary celebration.

They end the call, and so much dissembling leaves a bad taste in her mouth. No matter she’ll steel herself by the next call and continue to hide her omnipresence and talk about the weather, gaslight her mother if she remarks on anything off about the furniture and patiently explain once again (and again and again) how to activate the front camera.

Keza is living in a joyful glow. She really cares about Ganza, but it must remain a secret, because she has grown up listening to “don’t go out with a boy until you’re married” and “hide your fiancé from your father until the wedding day.” And that’s why she must omit him, separate him from the world shared with her mother. By verbalizing an imaginary reality in which she is single and confined in solitude, she has unwittingly created a double life that overwhelms her sleep-weakened defenses to erupt into her nightmares.

They’ve barely been dating for six months, but for Ganza this is the most special weekend of the year. He gives her his first gift: a surprise dinner with friends on the terrace of the African restaurant downtown, her favorite of the city. The evening starts with gloves, mask and air kisses and inevitably ends with photos of abandoned social distancing and santés with spit-covered glasses. The cherry on top of a perfect night is his second gift, which the whole group gets excited about: traditional Rwandan outfits with matching prints. The couple quickly changes in the bathroom, making them look even more hopelessly like lovebirds, and their garb ends the night stained with toasts and laughter.

They sleep spooning, without taking off their soiled clothing, in an improvised, unspoken, and enveloping gesture of love. Keza lives in flyover country, pays rent on an empty apartment in the Northeast and has her sights set on working on the West Coast. Sometimes she gets lost in nocturnal musings, questioning the tangibility of her existence, but today she drifts off with the absolute conviction that her true home lies in that secret embrace.

She awakes to the pleasure of a foot massage, a barrage of celebratory kisses and the smell of coffee and reheated dinner leftovers. Keza rouses herself and looks at the outfits that now marks their unity as a couple, and she feels happy and calm. Her objectives for today: tranquility and repose no work emails or competition over who folds the laundry faster.

Although on Sundays they usually start the day discussing current events with mouths full of solutions and breakfast, Ganza tries to keep things trivial, steering the conversation away every time a fraught topic comes up, because today is a happy day, we should talk about something else; today you wanted to relax, right? But Keza argues that there is nothing more worthy of her birthday than words, their only power, in fact: as temporary residents of the United States, they cannot risk going to demonstrations, since getting involved in any hint of politics could easily end up in deportation. They can’t even feel secure walking in their residential neighborhood at night, because they are at the mercy of any white neighbor who deems them suspicious and calls the police.

They love to see the system finally teetering, but they have to resign themselves to a struggle from the shadows and take solace in talking about what’s going on around them, watching videos of police brutality, stirring up consciousness on the Internet under pseudonyms, patronizing African American and African businesses. Their trench is built of those little gestures. They want to help and participate, because they have become a part of this country over the years, even if they don’t plan to stay forever, in this place as full of opportunities as of contempt, this place that has defined their identities from a perspective they never could have conceived of in Rwanda. They both reject from the core of their beings any possibility of raising children in a land where merely to be black is to be in constant danger.

But for now they see no reason to return to Rwanda: their careers are going well, each of their siblings is scattered in a different country, all their friends have emigrated, and every visit means hundreds of dollars in gifts. When they return, in the future, it will be to open their own business, but their present is located somewhere in the vastness of the United States. Better not to protest, no.

Ganza is right: on this day it is better not to think about any of that. Forget it, it doesn’t matter, the agenda for today is to immerse herself in utter relaxation. But in the midst of her mani-pedi, Keza remembers the pepper spray that the police used against demonstrators last Thursday; as they watch a matinee, a racist comment from a man in the street a couple of weeks back races through her mind; and even trying to read a book (with the incessant beep-beep-beep symphony in the background), her eyes glaze over as she reaffirms to herself that people only listen when there are riots, and she feels devastated that she cannot be there.

It is only when they cook the special birthday dinner together isombe, ubugali and waakye that Keza becomes completely immersed in the glow of tenderness that has been a gift of the lockdown and stands watching Ganza dipping the sorghum leaves. She forgets about Seattle or Portland and for once is fully present in Omaha, and the scene radiates so much beauty that it becomes an oil painting: the blending of colors, the perpendicular light that divides his face, the shadows that infuse the cabbage and tomatoes with drama, the atmospheric perspective created by the sfumato of yucca flour.

The still life is shattered by a sudden ringing. As soon as she picks up the phone, Keza has a mysterious premonition that her mother is no longer living in ignorance. She feels ridiculous, tiny, insignificant. She doesn’t know how she knows, but she knows. A hunch, what do you want me to tell you, kid? The thought lasts for a second should I tell her or not? but then she returns to constructing a simpler life, thanks her for the well-wishes and focuses on the staccato questions with precise answers: no, Mom, not at all cold, not at all, the weather here in Maine today is gorgeous. 

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus