Melomanía

Andréi sueña con que se le emborronen las manos de nuevo al tocar los preludios de Rachmaninov delante de un público expectante hasta levantar un viento que se lleve por los aires los calcetines del señor barrigón y bigotudo de la primera fila y acabar la actuación con el piano en llamas al no soportar sus cuerdas la vibración.

Últimamente está tocando la música que quería estudiar desde hacía un siglo, porque ahora tiene tiempo para practicar durante horas y horas todos los días, que se pasan en un abrir y cerrar de ojos mientras hace virguerías en ese piano sin público arrinconado en el salón. Ya que está prohibido salir de casa, conviene que nadie se olvide de su talento, así que Andréi se graba y se graba y se graba hasta alcanzar la perfección en todas y cada una de las notas, con la esperanza de recibir virtualmente aquellos infinitos aplausos del público entusiasta que tanto extraña. 

Ve las grabaciones unas cuantas veces —los dedos veloces, el flequillo tieso, las pulseras de hilos, las gafas en la punta de la nariz, el pantalón del pijama, la frescura de esas treinta y tres primaveras en el rostro— y se asegura de que el sonido no pierde un ápice de la sublimidad con la que se compuso la pieza. Escoge la versión que se imagina más adecuada para el neoyorquino Carnegie Hall y, a la vigésimo segunda vez que ve el vídeo elegido, el hastiado compositor le susurra que si de verdad quiere alardear de talento tocando la Sonata para piano n.º 29 en si bemol mayor, op. 106, denominada también «Hammerklavier», lo mejor es que no se presente hecho un zarrapastroso, con ese pijama de lunares y esos colgajos deshilachados en la muñeca, y que se enfunde una buena toga de terciopelo cubierta de brillantes bordados de oro y plata. Andréi acalla las insolencias pretéritas, porque a Ekaterina Voznesenskaya, Katia para los amigos, seguro que le encanta ese aspecto de artista despreocupado, absorbido plenamente por su propio genio y por el confinamiento. Ludwig puede decir misa: ¡si siempre se presentaba ante las teclas con unos pelos de loco que ni pa qué!

Está bien, muy bien, el vídeo de la «Hammerklavier». Si la tocara así el ocho de junio de 2021, se consolidaría como artista. Seguro. El ritmo perfecto, la armonía ideal, la posición de las manos óptima… Y encima se ha grabado desde el perfil bueno, para cuando lo vea la gente, para cuando lo vea Katia.

Antes de subirlo a Facebook, pone a calentar agua en el samovar y, desde la ventana de la cocina oye cómo el vecino está intentando convencer una vez más a la vecina de que se muden de una vez por todas a Moscú. Andréi pega el oído: lleva semanas siguiendo los altibajos de aquella pareja con diálogos dramáticamente insulsos, al más puro estilo de una telenovela del canal Pervyy. Arrancan los gritos acusadores, el agua empieza a hervir, que yo no me voy a una ciudad tan sucia y horripilante y llena de muzhiks, busca y rebusca su taza favorita, acaban con otro tipo de gritos, coloca la zavarka, escucha un ratito más, echa el agua en la tetera, nunca entenderá el sexo de reconciliación, deja infusionar, cierra la ventana, endulza el té con mermelada.

No sabe con qué texto acompañar el vídeo. En el que compartió el 10 de mayo, escribió «Un poco antes de la era del corona», para recordar uno de sus últimos conciertos en una sala con público —hecho un pincel, ahí sí que sí: con su pajarita, su chaqueta de traje granate con mangas azul marino, sus pantalones de tartán en tonos grises—. A Katia le gustaron el vídeo y cada uno de los comentarios de la gente: el «¡Gracias a Dios por Andréi!» de Nina Golyshevskaya, el «¡Increíblemente precioso!» de Steve Kilston, el «Rock star!!» de Marina Kononov y el «Ojalá nos puedas visitar pronto» de David Lischinsky. Katia le dio me gusta, me gusta, me gusta a todos. Y añadió: «Excelente» con una, dos, tres, cuatro, cinco exclamaciones. Uy, seis. Seis exclamaciones.

Katia reacciona ante todo lo que publica Andréi últimamente: cara de sorpresa para el vídeo tocando la Sonata en la menor de W. A. Mozart, ojos de estrellas para el retrato en Baltimore hace dos años, corazones rotos para las fotos y fotos de San Petersburgo con el cielo azulísimo, pulgar hacia arriba para los recuerdos musicales y culinarios en aquel casoplón en Oregón, corazones verdes para el selfie con una cita de Oscar Wilde, besito para la breve grabación de la Sonata 4 de Prokófiev, llanto para la foto de un soldado tocando el piano con un tanque de fondo y a saber qué guerra de trasfondo. 

Pero lo que más le llegó al artista fue cuando Katia vio el vídeo de la pieza Solitude 3, compuesta por él mismo, el futuro celebérrimo Andréi Ivanovich Andreev, que alcanzará la fama mundial con un aplauso cerrado de más de una hora en un Carnegie Hall puesto en pie y acabará casi desmayado por el agotamiento de la gloria, con su futura esposa llorando a moco tendido en el palco y recordando ese comentario que le escribió el 14 de mayo de 2020: «Un reflejo absoluto de la soledad». 

Andréi comparte el vídeo con el título oficial y el nombre popular de la pieza de Beethoven y los pertinentes enlaces a YouTube y Spotify, sin emojis de notas musicales ni ninguna otra chorrada, y queda expectante ante la pantalla. Después de cinco sorbos y medio de té, llega la reacción de Katia. Comenta con un emoticono de un ramo de flores, que le llegan a Andréi de la mano de un repartidor de OZON malhumorado y renegador y taciturno que tararea sin descanso desde la sonoridad espesa de su mascarilla el Nocturno en sol menor de Fanny Mendelssohn y que le entrega los calcetines que Andréi lleva un par de semanas esperando.

Coloca los coloridos calcetines sobre la blanca mesa del salón, exactamente a un vershok de distancia unos de otros, y les hace un par de fotos 3D. Ya tiene el atuendo completo para la actuación en el Carnegie Hall —a no ser que engorde, que a este paso…—, pero no atina a dar con lo más importante. Acaba de recibir diez vistosos pares con rayas, con cuadros, con rombos, con bloques de color y le gustan todos, pero no se decide por ninguno. Se pone el traje, la camisa, la pajarita, los zapatos y se va cambiando de calcetines. Nada, no hay manera. Planta un espejo a un ladito del piano y toca con todas las combinaciones cromáticas posibles mirándose de reojillo. Nada, nada. Se graba en vídeo con la cámara, busca aplausos en un banco de sonidos para reproducirlos al final de cada pieza y darle más autenticidad —qué le va a hacer: es adicto a aquella sensación de transmitir arte en un gran auditorio sin que tenga cabida la oportunidad de repetir—. Nada. Se desnuda para tocar solo con calcetines: primero estos, luego aquellos; grabación, espejo, reojillo, reverencia. Funciona, funciona: los amarillos con cuadrados negros son perfectos para el Carnegie Hall.

¿Perfectos? Da igual que hoy ya haya subido el vídeo de la «Hammerklavier»: mejor compartir la foto 3D en Facebook, a ver qué dice la gente, a ver qué dice Katia. No va a mencionar lo de la actuación en Nueva York, ¿no?, por si acaso la terminan cancelando. Simplemente escribe: «¿Cuáles te pondrías para un gran concierto?». Si Katia elige los del estampado vichy en rojo y negro o los blancos con triángulos bicolores, se olvidará de ella y se abrirá una cuenta de Tinder y todos sus emoticonos le entrarán por un ojo y le saldrán por el otro. 

Pero Katia comenta en seguida: «Sin lugar a dudas, ¡los amarillos!». Y entonces Andréi, desde su hogar dulcemente sumido en un silencio tan absoluto como el de 4’33”, de John Cage, le da la mano a Katia por las calles de San Petersburgo y le muestra la escuela Rimsky-Korsakov, donde él enseña dos días a la semana, y comen borscht y pelmeni y ahora el Neva se viste de granito, cruzan sus aguas puentes incontables, se cubren los islotes de jardines verde obscuro al susurrarse versos de Aleksandr Pushkin y se dan su primer beso en una de las incontables estrellas de las cúpulas de la catedral de la Trinidad y habitan las pinturas de Elena Figurina y Galina Khailu que visten el museo Erarta y la Suite inglesa n.º 2 en la menor de Bach sirve de banda sonora y recuerdan los tiempos del COVID-19, de los que hablan ya en pasado, qué angustia, cuando cancelaron todos los conciertos y no parecía que el Gobierno fuera a apoyar a los artistas y no se podían hacer contactos en persona y nos comunicábamos con emoticonos y soledades.

Viaja al presente hipnotizado por aquella tórtola que siempre se posa en el alféizar a las 19:46 y arrulla y pía y trina Gavotte, de Ella Adayevskaya, y lo mira fijamente a los ojos hasta que gorjea la nota final y arranca el vuelo. El día se está apagando: mejor cenar algo, estudiar un poco de francés y leer a Zinaída Hippius para intentar no pensar en junio de 2021. 

El Carnegie Hall sigue manteniendo en pie la fecha, que brilla con un halo de esperanza en el calendario, pero Andréi es consciente de que el tiempo traiciona: parece que fue ayer cuando se sentó frente al piano e imitó de oído y sin conocimientos previos lo que acababa de hacer aquella niña mayor. Casi tres décadas han pasado en allegro vivace: doce meses sucederán en un suspiro —y quién sabe cómo será el mundo de aquí a un año—. Si algo ha aprendido en los últimos dos meses es que el tiempo no existe, que el presente y el futuro solo se tiñen de ilusiones o miedos o esperanzas o sueños y que solo se visten de la certeza más férrea los nocturnos de Chopin.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

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