Atmósfera

Jamás se había presenciado una tormenta de tal magnitud en el seco verano de Kilstonia. Qué raro que llueva con tanta furia en esta parte de Oregón: tan solo esta mañana, el cielo estaba tan despejado que Vera ha visto con claridad desde la ventana cómo un castor estaba en medio de la isla poniéndose morado a sauce. El sauce del Vera. La mujer ha saltado de la cama de un brinco, como si no tuviera ochenta y un años ni le acabaran de operar de un pie, ha agarrado su rifle calibre 22, ha abierto la cerradura del balcón, ha esperado unos instantes para no alborotar al bicho, ha empujado la puerta lentamente, ha colocado el arma sobre la barandilla para evitar cualquier temblor inesperado, ha guiñado un ojo, ha dicho entre dientes «ya te tengo, cabronzuelo» y lo ha hecho añicos, convirtiéndolo en otro de los testigos de su excelente puntería. 

Ya que estaba, ha aprovechado y se ha cargado a dos nutrias que pasaban por ahí, que son una especie exótica invasora y no pintan nada por esos lares —el castor, bueno, es el animal del estado, pero tenía que haber pensado en conservar el honor antes de hincar esos dientecillos en su sauce—. Reventar esos animales la ha llenado de paz. Vera ya tiene bastante con aguantar que las ocas caguen alrededor de todo el lago, que los pájaros le picoteen el maíz y que los ciervos invadan el jardín si se le olvida cerrar la valla. Qué mañana más gloriosa.

Aquella dicha se ha visto rota cuando Vera ha recordado que el puente está en obras y que dejar a los animales ahí mirando al cielo podría traer un hedor insoportable en unos días, porque no hay manera de saber a ciencia cierta si aparecerá pronto un buitre o un halcón. Normalmente le habría pedido a Steve que se encargara de recoger aquellos animalejos inertes, pero su santo esposo también estaba inerte, y al final ha decidido que le costará menos hacerlo ella misma en un momento que estar rogándole todo el día. Total, sabía de sobra que no iba a tardar nada: se ha recogido los canos cabellos en una coleta, ha agarrado la barca, ha remado los diez metros que separan la tierra de la isla, ha enganchado a las bestias por el pescuezo y, ya en tierra firme, las ha tirado al bosque para que se las meriende un zorro, un lince, un puma o cualquier otro carnívoro que les tenga aprecio a esos asquerosos seres.

Cuando ha vuelto al caserón de mil metros cuadrados, imponente en medio del esplendor natural que lo rodea en todas direcciones, Steve ya estaba impaciente por dar el paseo matutino habitual hasta el buzón para recoger cartas y el periódico, en lo que ahora es su único contacto con la civilización. Cuando se ha enterado de las correrías de Vera, ha decidido algo inusual: en caso de que se cruzaran con algún animal hambriento que hubieran podido atraer las víctimas de su esposa, llevaría el cuchillo de caza con el que solo se arma en las caminatas nocturnas.

Volviendo de aquel paseo bajo el cielo azul, Vera ha sentido un dolor agudo y repentino en las sienes y le ha dicho a Steve que amenazaba tormenta, pero él ha soltado un no como una catedral en ese impulso marital que siempre la desespera. Bueno, que piense lo que quiera, tiempo al tiempo. La mujer no se ofusca con negatividad, porque andar por los caminos de esos ciento sesenta mil metros cuadrados que componen sus tierras le quita todos los males: siempre había soñado con tener un bosque, y ahora Kilstonia le ofrece mucho más que eso.

Como cada mañana, la pareja ha hecho el crucigrama del New York Times, codo con codo, con la adrenalina que da el café mezclado con las soluciones para los acertijos más rebuscados. A la mujer le ha extrañado que la araña Lidia no estuviera en la cocina, pero no se lo ha tomado como un mal presagio. Lo que sí ha levantado sus sospechas es que, durante las horas y horas que ha pasado apañando el jardín, no ha podido divisar ni un solo arácnido entre las margaritas, las rosas, los delfinios, las milenramas, los lirios, las malvarrosas o las aguileñas, y eso que los ha buscado concienzudamente porque, según la tradición en la que se enraízan las bases de su imaginario aprehendido en la colonia checa de Baltimore en la que creció, las arañas traen buena suerte.

Esta misteriosa desaparición le ha causado un escalofrío, que se ha intensificado con los nigérrimos nubarrones que acechaban por el oeste, fundiéndose con las copas de las decenas de pinos que rodean la casa. Lo ha solucionado abrigándose con su sudadera favorita, que reza «Mi cuerpo es un templo (antiguo y en ruinas)» y ha seguido afanada en sus maravillosas flores, donde las abejas hoy no se rebozaban, juguetonas, para embadurnarse de néctar. Ha exclamado en un respingo «¡Ježíš Marjá!», porque si jura, las palabrotas le brotan solo en checo. Se ha obcecado con tanto ahínco en encontrar arañas, que no se ha dado cuenta de la falta absoluta de insectos. Ha afinado el oído: no parecía haber cantos de pájaros tampoco. Y ha sacudido la cabeza durante un buen rato: Ježíš Marjá, ježíš Marjá.

La curiosidad pesaba más que cualquier preocupación, pero, como no existe nada que interrumpa sus costumbres y, a las cuatro de la tarde, se ha sentado en el invernadero con su libro —ahora está sumergida en el mamotreto Historia del Imperio persa—, un vino blanco con gaseosa —que le ayuda a relajarse— y un bol con patatas fritas que iba partiendo en pedacitos más y más pequeños para dilatarlas en el tiempo, de tanto que le gustan —algo que le enseñó su hermano de niña—.

Es entonces cuando ha comenzado la tormenta, con un violento granizo que ha golpeado los tragaluces con tal fuerza que Vera ha quedado aturullada durante largo rato y se ha ido dando tumbos hasta su habitación para echarse la segunda siesta de aquel día extrañamente oscuro de finales de junio.

Ahora, la pareja de ingenieros aeroespaciales jubilados está cocinando tranquilamente, pero la tormenta y el dolor de cabeza continúan. Vera le regala amor al goloso Steve con la mejor repostería, pero hoy solo quiere hacer algo rápido, irse a la cama y dormir toda la noche del tirón. La voz melosa de Steve y la calmada destreza narrativa, que aprendió al criarse en un intelectual ambiente judío carente de niños y repleto de libros, le dan un masaje en las sienes a Vera. Su esposo le cuenta cómo ha ido su día y cómo no le ha dado tiempo a hacer todo lo que hubiera querido: ha tocado un rato el piano pero no el violín en la sala de música, ha jugado al ajedrez en línea, no ha leído, ha hecho unas cuantas flexiones y pesas en el ático y ningún abdominal, ha refunfuñado un buen rato leyendo los últimos tuits del Presidente y ha escrito un par de notas para su libro Sentir nuestro universo, pero no ha añadido ni un solo párrafo. El mismo cuento de siempre.

El coronavirus apenas los ha sacudido. Ha habido un par de cambios, claro: ahora no pueden recibir visitas de sus hijos y sus nietos ni celebrar los campamentos musicales que llevan años acogiendo en casa ni acudir a los almuerzos mensuales de los ateos de Eugene ni tocar con el cuarteto de cuerda ni quedar con la gente de Cottage Grove Community United, el grupo que fundaron para acabar con el statu quo de la zona y que está consiguiendo grandes cosas, como forzar el cierre de la tienda de cuchillos con unos dueños fascistas que destrozaron a pedradas los cristales de la sinagoga hace unos meses. Echan de menos la creatividad en grupo, el activismo y a la familia, pero la rutina, lo esencial, sigue intacto.

Vera se frota las sienes y Steve le recomienda que se tome una aspirina y va a buscarla a la primera planta. Al ser cinco años más joven que su esposa, le preocupa su salud y la cuida mucho, especialmente ahora: Vera ya ha pasado por seis o siete pulmonías, así que el virus podría matarla sin clemencia. Steve se encarga de todas las compras para que Vera no se cruce con gente en el supermercado, pero no le inquieta demasiado que nunca lleven mascarilla ni Laura, la mujer que limpia la casa cada semana, ni Jake, el jardinero bipolar que vive ilegalmente en la cabaña junto al granero y al que llevan un tiempo invitando infructuosamente a que se marche. Al fin y al cabo, Vera lleva practicando el distanciamiento social toda la vida —benditos orígenes centroeuropeos— y, además, tiene buen oído, así que no necesita arrimarse a nadie.

Los nimbos se aferran a las copas de los árboles de Kilstonia y cubren todo el cielo sin perder un ápice de furia, creando una oscuridad grisácea e inusual para las siete de la tarde. El primer fallo eléctrico los azota cuando Steve baja en el ascensor con el bote de aspirinas en la mano, pero no dura mucho y el hombre puede liberarse de la fúnebre claustrofobia a los pocos minutos. Ninguno se asusta, porque viven en la simple y llana convicción de que el miedo no es un recurso útil.

Cenan pasta con una espesa salsa de tomate y albóndigas, sin preocuparse por calorías ni dietas —por algo corre sangre de carniceros por las venas de Vera— y la degustan con tanta gracia, que ninguno de los dos permite que salte ni una sola gotita sobre el mantel blanco de tela, inmaculado aún sin haberlo lavado desde hace mil comidas. Steve le cuenta bajo una titiladora lámpara de araña cómo la sal fue monopolio de la Corona Española en el reino desde la Edad Media hasta 1869, cuando solo los reyes podían explotarla y venderla y variaban los precios y obligaban a comprarla cuando surgían imprevistos, como una guerra o la construcción de un palacete. Vera lleva décadas haciendo la comida sosa a propósito, porque Steve nunca pide el salero así, sin más, sino que lo hace cada noche con un relato salino, que no se acaban jamás y que la mujer adora con toda su alma.

En la misma semana de agosto de 1966, Steve descubrió y bautizó el cometa Kilston y recogió a una muchacha rubia, divertida e inteligente a la que le había dejado tirada su coche en una de las colinas de Berkeley y que se convertiría en su esposa diez años después, tras una década de telenovela, con enredos como líos de faldas con la hermana, el Verano del Amor y tres churumbeles de por medio. El cometa no será visible de nuevo hasta dentro de ciento ochenta mil años y el amor que siente por Vera no se podría repetir en el mismo período de tiempo.

De postre, toman una tostadita de Mermelada de destitución y ciruelas, de la cosecha del verano de 2017, que a Steve le sabe a poco, pero que deja satisfecha a Vera. 

Es entonces cuando el generador explota: «¡Parece que a Donald no le gusta la mermelada que hicimos en su honor!», exclama la mujer, que no pierde el humor jamás, pero en seguida se enzarzan en una discusión sobre a quién le tocaba llenar el tanque de propano —a ti, no, a ti, no, no, no, a ti, a ti—. 

Bueno, no lo vamos a solucionar esta noche: para Steve es demasiado pronto para acostarse, así que busca unas cuantas velas, pero Vera no está para tonterías —hay tormenta fuera y dentro de su cabeza— y sube peldaño tras peldaño tras peldaño por la imponente escalera doble, ayudándose del bastón y la barandilla (¿cuándo fue la última vez que prescindió del ascensor?). Antes de meterse en la cama, se da un refriego y sale a la terraza y admira la vasta oscuridad sin luna desde el balcón, qué belleza extraordinaria, la de esa oscuridad que no existe en las ciudades y que jamás había conocido hasta que se mudó al reino de Kilstonia.

Duerme plácidamente, disfrutando de ese sueño en que dispara desde el balcón a zombies con el rostro descubierto, toses víricas y carteles de «Trump 2020» en las manos, hasta que a eso de las tres de la mañana la despiertan unos torpes y ruidosos pasos en la escalera metálica de caracol junto a su ventana. Se asoma y ve a Jake, con una escopeta y los azules ojos saliéndosele de las cuencas, en lo que parece otro de sus brotes psicóticos. Puf, otra vez. Cierra tranquilamente la cortina, abre la puerta de la habitación y profiere con el eco autoritario que le regala la arquitectura: «¡Steve! Sal por el este y mira a ver qué coño le pasa a Jake». 

Intenta retomar el sueño, porque se le han quedado un par de zombies en el tintero, pero oye el piano y no puede pegar ojo. Qué hartura: Steve no le ha hecho ni caso. Agarra el bastón y baja —peldaño, peldaño, peldaño— rodeada de una oscuridad absoluta solo iluminada por los incesantes relámpagos. Llega al final en un traspiés y prepara el bastón en alto para que la grandilocuente bronca que le va a caer a Steve por no encargarse de Jake adquiera un énfasis más teatral. Abre la puerta de la sala de música y el piano deja de sonar. Se dice a sí misma que será el fantasma del campamento de verano que no podemos celebrar este año y suelta una de esas carcajadas que causa la satisfacción de las propias ocurrencias y que retumba entre las paredes de la mansión y se entremezcla con los truenos.

Pero Vera solo cree en un fantasma, el de su madre, que se le aparece desde por la mañana, cuando lo coloca todo en su sitio sistemáticamente, pasando por la tarde, cada vez que termina una tarea con perfección férrea, hasta por la noche, al realizar el ritual de lavado (manos, cara y pies, manos, cara y pies), antes de acostarse. 

Cuando cierra la puerta de la sala de música, oye la radio carraspeando Paganini desde el comedor, y Vera se lleva hasta ahí a golpe de bastón y de relámpago. En un solo destello, Vera aprecia un chorreón rojo que le ha arrebatado la pulcritud al mantel y unas piernas fugaces arrastradas por el suelo. Siente miedo por primera vez en décadas: no conocía el pavor desde que escapó de la inclemente cuchara de madera de su madre al casarse con su primer marido.

No sabe qué hacer. Se enzarza con el interruptor más cercano, como si así fuera a alumbrar su casa y su mente, ambas inmersas en la oscuridad, en la pesadilla de la sangre de Steve sobre el mantel, de sus pies desapareciendo por la cristalera. Nada. ¿Sube peldaño a peldaño a peldaño para coger el rifle de su habitación? ¿Cómo ha podido dejárselo arriba? Menudo fallo. Pero no hay tiempo de volver a por él: podría perder a Steve. De repente, se le ilumina la bombilla socrática y piensa en la cicuta salvaje de la que lleva queriendo deshacerse durante siglos, pero que inconscientemente sabía que alguna vez tendría que recurrir a ella.

Sale con sigilo. El cielo ruge, la lluvia no cesa, las ramas representadas en el mosaico del jardín se convierten en serpientes, el cuervo Cicerón grazna discursos en una verborrea sin descanso, el carillón pierde su característica delicadeza y ruge con fuerza metálica, Vera arranca la cicuta de cuajo con la mano izquierda enguantada y se pregunta cómo se aplicará el veneno. De entre todas las posibilidades, su favorita es, sin duda, meterle las hierbas por el culo a Jake, pero no cree que la logística vaya a ser demasiado sencilla —aunque, bueno, tiró a un niño el doble de grande que ella de pequeña a un agujero por defender a su hermano: seguro que ahora se las apaña—. Tendrá que improvisar según lo pille. Ese maldito Jake, que no se marcha ni con agua caliente, que se autoproclama familiar de Steve y Vera Kilston —familiar, ja, como si ellos no tuvieran ya suficiente con sus cinco hijos y siete nietos—, que tiene media docena de armas en la cabaña ilegal, que es peor que mil castores y nutrias con hambre, que dice que su pareja se suicidó con un disparo y siempre lo creyeron, pero ahora se llena de dudas. Piensa en la sangre, en los pies, en esos ojos fuera de las cuencas de maníaco con coronavirus (nunca lleva mascarilla, este tipo). Por el culo, la cicuta. 

Vera, despeinada, en camisón blanco, con sandalias y calcetines, ve algo de movimiento en la laguna, como un forcejeo, y avanza rauda bajo la incesante lluvia, aprovechado que el ruido de sus pisadas se guarece en la tabarra incesante de Cicerón y en el ululato del búho desde el granero sin ventanas. Los cuerpos de ambos hombres parecen pugnar por la vida entre los nenúfares y Vera recuerda a Baba Sklutskem, ese espíritu bañado en barro y algas y armado con un palo que habita los lagos para ahogar a los hombres, y se le representa con la cara de su madre y la visión le obliga inmediatamente a darse media vuelta. Steve grita el nombre de Vera.

¡Su Steve, su adorado Steve, su ojito derecho! Olerá sus camisetas tie-dye todos los días, levantará un altar en su honor con orquídeas y nubes de chuchería y piezas de ajedrez en el centro geográfico de Kilstonia y llorará cada vez que vislumbre la estrella polar brillando en el cielo. Ježíš Marjá, Vera, salva a tu esposo, tu madre lleva mucho tiempo muerta y solo habita en tus manías diarias y Baba Sklutskem no existe más que en el folklore y, desde luego, no tiene lugar en Kilstonia. Vera tira el bastón y corre como no sabía que todavía podía hacerlo, piensa en la roja sangre sobre el mantel, en los pies arrastrados…

¡Vera, Vera! Sigue clamando Steve, y los gritos la llenan de tanta furia que convierte la cicuta en zumo. Cuando llega a la orilla, con la lengua fuera, Steve le dice con la mayor tranquilidad del mundo que el alarido de Vera sobre Jake le ha hecho dar tal respingo que ha puesto el mantel perdido de ruibarbo hervido, que había tenido que comerse un bol entero para que no se estropeara al apagarse la nevera tras la explosión del generador, que qué torpe, je, je, pero que no le ha empalagado nada de nada, fíjate tú, ¡un bol entero!, bueno, excepto lo que ha derramado a causa de su grito, que Jake estaba histérico perdido y que Steve ha tenido que tranquilizarlo hablándole de la esencia mágica en nuestro amable universo, de cómo todo está conectado y de cómo por cada acción hay una reacción equitativa y opuesta, que a Jake le ha dado un patatús al escucharlo y que a Steve se le ha ocurrido arrastrarlo hasta el lago para despertarlo con el impacto del agua helada, porque no había manera de reanimarlo de otra manera, que mira qué tranquilito está ahora, nuestro Jake, que están enredados entre los pedúnculos del nenúfar y que no corren peligro, pero que se ha hundido el cuchillo de caza hasta fondo del lago y que no les vendrían mal unas tijeras de podar. 

Por el esfuerzo, a la mujer le duele la cadera, la rodilla izquierda, el dedo gordo del pie derecho y las pestañas superiores, y está empapada de lluvia y de espumarajos de rabia. Ahora querría usar la cicuta también con Steve, por el mismo orificio, pero no podría, pero no por falta de ganas, sino porque ya se le ha deshecho toda por el camino. Vera, que llevaba más de sesenta años sin sentir el pellizco del miedo, mira desde arriba a esos miserables agazapados entre las plantas y se funde con la tormenta, iluminada por la sucesión de relámpagos: pedidle ayuda a Baba Sklutskem o, si queréis, yo podría cortar los tallos desde el balcón de arriba a golpe de rifle, pero no sé qué tal puntería tendré de noche, así que mejor os apañáis vosotros solitos, guapos, y, después de salir, ya podéis encargaros de que el mantel esté reluciente cuando me levante a desayunar, porque en Kilstonia no hay lugar para lamparones. Y se marcha desgañitándose en una proliferación infinita de Ježíš Marjás.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Atmosphere

A storm like this is unheard of at Kilstonia during the dry Oregon summer. Strange to see the pounding rain; only this morning, the baked cloudless sky had set off in stark shadows a beaver brazenly gorging himself on the willow tree on the island. Vera’s willow tree. She jumped out of bed, 81 years and recent foot surgery at once forgotten, grabbed her .22, unlatched the lock to the balcony, paused a brief instant to avoid spooking the critter, and edged the door cautiously open. Resting the gun on the railing to avoid any unwanted trembling, she closed an eye to aim carefully, mumbled “I got you, you little bastard,” and shot him to doll rags, one more witness to her excellent aim.

While she was at it, she picked off a couple of passing nutria, an exotic invasive species with no business in these parts. The beaver may have a bit more local cred as the state animal, but he should have thought more about the responsibilities which accompany that honor before sinking those blunt teeth into her willow tree. Blasting those animals away filled her with peace. Vera already has enough to bear with the geese blanketing the shore of her lake with shit, the birds pecking at her corn, and the deer invading her garden every time she forgets to latch the gate. What a glorious morning.

That happiness was shattered when Vera remembered that the bridge was being repaired, and leaving the animals there to gaze at the sky might mean an unbearable stench in a few days, because it’s hard to guarantee the prompt services of a vulture or a hawk. Normally she would have asked Steve to collect the inert animals, but her husband was still inert himself, and she decided that, in the end, it would be less trouble to take care of it herself than to spend all day begging him to. Anyway, she knew very well it wouldn’t take long: she gathered her gray hair in a ponytail, grabbed the boat, rowed the thirty feet needed to reach the island, seized the beasts by their necks and, once back on terra firma, tossed them into the woods to be eaten by a fox, a lynx, a cougar or any other carnivore that should take a liking to these nasty creatures.

When she got back to the house, its 10,000 square feet imposing even amidst the natural splendor stretching out in every direction, Steve was impatiently waiting to go on their daily morning stroll to pick up the mail, on many days their only lifeline to civilization. When he heard about Vera’s spree, though, he took an unusual step: in case they crossed paths with any hungry animals lured by the sweet stench of his wife’s victims, he fetched the hunting knife that usually only accompanied him on late night walks.

As they returned home under the clear blue sky, Vera felt a sudden sharp pain in her temples and told Steve that a storm was brewing, but he sternly disabused her of that misconception with that universal reflex of husbands that always drove her to desperation. Fine, let him think whatever he wants, time will tell. She can’t be touched by negativity, because pacing the paths of those 40 acres that are her corner of the earth cures her of all ills: she has always dreamed of having her own forest, and now she has much more than that at Kilstonia.

Like every morning, the couple did the New York Times crossword puzzle, side by side, the effects of the coffee mingling with the rush from solving the trickiest clues. Vera was surprised that Lidia the spider was not in the kitchen, but she didn’t take it as a bad omen at the time. What did begin to arouse her suspicions was that, in all the hours and hours she spent tending the garden, she didn’t spot a single arachnid among the daisies, the roses, the delphiniums, the achillea, the lilies, the hollyhocks, or the columbines. And this despite painstakingly searching for them because, in the tradition of the Czech community of Baltimore where she grew up (still the foundation of her vision of the world seven decades later), spiders bring good luck.

This mysterious absence sent a chill down her spine, intensified by the dark, bruised clouds lurking in the west that merged with the tops of the dozens of pine trees encircling the house. She remedied this by wrapping herself in her favorite sweatshirt, which reads “My body is a temple (ancient and crumbling).” She continued busying herself with her wonderful flowers, where today not one bee was buzzing, playfully, to bathe itself in nectar… “Ježíš Marjá,” she exclaimed. She had been so fixated on spiders that she had overlooked the complete disappearance of insects. She listened intently: there was no bird song either. She shook her head. Ježíš Marjá, Ježíš Marjá. When she swore, the words always came out in Czech.

Curiosity outweighed any real concern and, since there was nothing to disrupt her habits, at four o’clock in the afternoon she sat down in the sunroom with her book — she was currently immersed in the mammoth History of the Persian Empire — a white wine and soda — to help her relax — and a bowl of potato chips, such a treat that she broke them into progressively smaller and smaller pieces to stretch them across time — something her brother taught her as a child.

That’s when the storm arrived suddenly, a violent barrage of hail assaulting the skylights with such force that Vera felt dazed, transfixed for several long moments before staggering to her room to take her second nap of that strangely dark day at the end of June.

Now, the couple of retired aerospace engineers is quietly cooking dinner, but the storm and Vera’s headache rage unabated. So powerful is Steve’s sweet tooth that Vera expresses love through fine pastry, but today she just wants to do something quick and dirty, so she can get to bed and sleep all night long. Steve’s warm voice and the meticulous narrative style he learned as an only child in a bookish Jewish environment massage Vera’s aching temples. Her husband recounts his day and laments lacking time to do everything he wanted: he played the piano for a while in the music room but not the violin, he played chess online but didn’t read, he did a few push-ups and weights in the attic but no abs, he grumbled at length while reading the President’s latest tweets and jotted a couple of notes but didn’t add a single paragraph to his book Feeling Our Universe. Same old same old.

The coronavirus has barely tickled them. There have been a few changes, of course: they can’t receive visits from their children and grandchildren, or hold the music camp they’ve been hosting for years, or attend the monthly Eugene Atheist luncheons, or play string quartets, or meet with Cottage Grove Community United, the group they founded to upend the area status quo, already triumphant in shutting down the infamous “fascist knife shop” (two of the owners having been recently convicted of hurling rocks through the windows of a synagogue). They miss the energy of group creativity, activism, and family, but the routine, the essence, is still intact.

Vera rubs her temples, and Steve recommends that she take an aspirin and heads to the first floor to fetch it. Five years younger than his wife, he is concerned about her health and takes zealous care of her, especially now: Vera has already made it through six or seven bouts of pneumonia, so the virus would strike her mercilessly. Steve does all the shopping so that Vera needn’t come into contact with people at the supermarket, but he’s not too worried about Laura, the woman who cleans the house every week, or Jake, the bipolar gardener who lives illegally in the cabin next to the barn, the rusting hulks of his cars covering the lawn, and whom they’ve been politely inviting to vacate the premises for some time without effect. After all, Vera has been practising social distancing all her life — thank God for her Central European origins — and she still has excellent hearing, so she doesn’t need to get too close to anyone.

The clouds cling to the treetops of Kilstonia and drape the entire sweep of the heavens without diluting their fury, and by 7 PM, an unusual greyish darkness has already fallen almost two hours before sunset. The first blackout hits when Steve is descending in the elevator, aspirin bottle in hand, but it doesn’t last long and he escapes the funereal claustrophobia within a few minutes. Neither of them is scared, because they live with the simple conviction that fear is not a useful recourse.

For dinner, they have spaghetti in a thick sauce overflowing with meatballs. No calorie counting or fad diets here — the blood of generations of butchers run in Vera’s veins, after all — but they eat so gracefully that neither of them allows a single drop to escape onto the spotless white tablecloth, still immaculate and unwashed after hundreds of meals. Under the flickering chandelier, Steve tells her how salt was a monopoly of the Spanish royal family from the Middle Ages until 1869, prices tyrannically raised when unforeseen expenses arose, such as a war or the fancy for one more palace. Vera has been intentionally undersalting her cooking for decades because Steve never asks her to pass the shaker without unearthing another tale from the annals of salt, apparently endless, of which she never tires.

In the same week in August 1966, Steve discovered and named the comet Kilston and gave a ride to a funny, intelligent blonde girl whose car had broken down in the Berkeley hills and would become his wife ten years later, after a decade-long soap opera involving irresolute sisters, the Summer of Love, and three children thrown in. The comet will not return for another 180,000 years, and his love for Vera would not repeat any sooner.

For dessert, they have toast with Plum Impeachment Jam from the 2017 summer harvest, lacking flavor for Steve but leaving Vera content. That’s when the generator explodes.

“It seems like the Donald isn’t a fan of his jam,” declares Vera, who never loses her cool, but they immediately get into an argument about whose turn it was to fill the propane tank — yours, no, yours, no, yours, yours.

Well, we’re not going to fix this tonight: Steve scrounges around for some candles, clearly with no intention of going to bed, but Vera is not up for any nonsense — there is a storm pounding outside and inside her skull — so she climbs step by step by step up the majestic double stairway, supporting herself with her cane and the bannister (when was the last time she dispensed with the elevator?). Before she gets into bed, she gives herself a quick sponge bath and goes out on the terrace to admire the vast moonless night from the balcony: what extraordinary beauty, that absolute darkness that does not exist in the city, and that she had never known until moving to the kingdom of Kilstonia.

She sleeps peacefully and, at around one in the morning, in the midst of that dream where she shoots zombies from the balcony as they lurch towards the house, their faces uncovered, their coughing virulent, their hands clutching “Trump 2020” signs, she is awoken by frenzied footsteps ringing on the metal spiral staircase by her window. She peers out and sees Jake, waving a shotgun with crazed blue eyes popping out of their sockets, in what looks like another one of his psychotic breaks. Not again… She calmly draws the curtain, opens the door to the hall and proclaims with that authoritative echo that is a gift of grandiose architecture: “Steve! Go out to the east wing and see what the hell is wrong with Jake.”

She tries to get back to sleep, because she has a couple of zombies left to deal with, but the loud notes of the piano reverberating through the floor ensure that she can’t sleep a wink. What a drag. Steve clearly didn’t pay any attention to her at all. She grabs her cane and heads downstair — step, step, step — engulfed in inky blackness illuminated sporadically by relentless flashes of lightning. She reaches the bottom with a stumble and raises her cane up high so the grandiloquent excoriation that Steve is about to receive for not dealing with Jake will be more theatrical. She opens the door to the music room and the piano stops playing. She tells herself that it must be the ghost of the music camp that will never happen this year, and she lets out one of those guffaws which only one’s own unsurpassed wit can elicit, and it rumbles through the walls of the mansion and mingles with the thunder.

But Vera only believes in one ghost, that of her mother, who haunts her from the morning, when she carefully arranges everything in its proper place, through the afternoon, every time she finishes a task with iron perfection, to the evening, when she performs her washing ritual (hands, face, and feet) before going to bed.

When she closes the door to the music room, she hears Paganini clattering from the radio in the dining room, and Vera is led there by blows of her cane and lightning. In the brief pallid clarity of a flash, Vera sees a red gush that has ravished the cleanliness of the tablecloth and fleeting legs dragged across the floor. Fear grips her for the first time in decades: she has not known terror since fleeing her mother’s wooden spoon after revealing her engagement to her first husband.

She doesn’t know how to react. She flicks the nearest light switch, as if to illuminate her house and her mind, both immersed in darkness, in the nightmare of Steve’s blood on the tablecloth, of his feet now disappearing from her view through the glass door. Nothing. Should she climb stair by stair by stair to retrieve the .22 from her room? How could she have left it upstairs? What a blunder. But there’s no time to go back for it: she could lose Steve. A sudden Socratic epiphany blazes, and she remembers the wild hemlock she’s been trying to dispose of for ages, but which she subconsciously has always known she’d eventually resort to.

She creeps outside stealthily. The sky roars, the rain drums down ceaselessly, the branches of the garden mosaic writhe and turn to snakes, the raven Cicero croaks his long-winded discourses without respite, the wind chimes abandon their delicacy and howl with metallic fury, Vera tears the hemlock out with her gloved left hand and ponders how to administer the poison. Of all the possibilities, her favourite is undoubtedly shoving the herbs up Jake’s ass, but she realizes the logistics may prove tricky — although, well, as a child she threw a boy twice her size into a hole when necessary to defend her brother: no doubt she’ll manage to make it work now. She’ll have to improvise based on what she’s given. That bastard Jake, clinging to them like a limpet, unabashedly calling himself one of the family — pah, as if they didn’t already have family to spare with five children and seven grandchildren — with his gun collection filling his illegal hut, worse than a thousand hungry beavers or nutria. She, like the police, had believed him when he claimed his wife woke up in the middle of the night and shot herself, but now she is filled with doubt. She remembers the crimson stain, the slack feet bouncing, the protruding eyeballs of a maniac with coronavirus (I mean, he never wears a mask, this guy). Hemlock. Up the ass.

Vera, limping in sandals and socks and a white nightgown, her hair disheveled, spots movement in the pond, like a struggle, and advances quickly under the pitiless rain, taking advantage of the fact that the noise of her footsteps is swallowed by Cicero’s incessant harangue and the hooting of the owl from the windowless barn. The shadowy figures of the two men are battling for their lives amidst the water lilies, and Vera remembers Baba Sklutskem, draped in muck and algae, that club-wielding water spirit lurking in the depths of lakes to drag men to their death, who appears with her mother’s face, and the vision makes her recoil and turn around. Steve calls out Vera’s name.

Her Steve, her beloved Steve, the apple of her eye! She will sniff his tie-dye shirts every day, erect a shrine in his honor in the geographical centre of Kilstonia adorned with orchids and marshmallows and chess pieces, cry every time she sees the North Star shining in the sky. Ježíš Marjá, Vera, save your husband, your mother is long dead and lives only in your daily routines, and Baba Sklutskem exists only in folklore and certainly isn’t welcome in Kilstonia. Vera tosses away her cane and runs with an agility she’d thought long-gone; she thinks of the red blood on the tablecloth, of the dragged feet…

Vera, Vera! Steve keeps yelling, and the yells fill her with such fury that she crushes the hemlock into juice. When she arrives at the shore, panting, Steve turns casually to her and informs her with the greatest tranquillity in the world that Vera’s shrieking about Jake startled him so much that he had soaked the tablecloth in stewed rhubarb, that he was forced to eat the entire bowl so it wouldn’t spoil with the fridge off after the generator explosion, hehe, some people might think it was too sweet to eat plain, but the final bite hadn’t lost any of the relish of the first bite, fancy that, an entire bowl, well, until she’d made him upend it! That Jake was hysterical and lost, and that Steve had to soothe him by explaining the magical essence of our gentle universe, how everything is connected and how for every action there is an equal and opposite reaction. That Jake suffered a real shock when he got wind of this, and Steve had to drag him into the lake so the icy water would bring him back to his senses, because there was no other way to revive him, look how calm he is now, our dear Jake. That the two of them are tangled up in the pedicels of the water lilies, though in no danger, but the hunting knife has sunk to the bottom of the lake, so a pair of pruning shears would really come in handy.

Because of her unwonted exertion, Vera’s hips, left knee, right big toe, and upper eyelashes hurt, and she is drenched with rain and foaming rage. Now she would love to use the hemlock on Steve instead, via the same orifice, but she can’t, not for lack of enthusiasm, but because it has all disintegrated along the way. Vera, who had avoided the pinch of fear for more than sixty years, peers down on the miserable duo crouching damply among the plants and melts back into the storm, illuminated by a continuous explosion of lightning bolts: Ask Baba Sklutskem to help you out, or perhaps I could cut off the stalks from the upper balcony with my .22, but I can’t vouch for my aim at night, so maybe you lovebirds had better manage on your own, and after you’ve gotten out, the two of you can see to it that the tablecloth is sparkling by the time I’m up for breakfast, because there’s no place for stains in Kilstonia. And she departs screaming an endless flurry of Ježíš Marjás at the top of her lungs.

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

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