Distopía

La alarma de Flózar-262 suena a las siete horas, cuarenta y siete minutos y cuatro segundos cada mañana, ineludiblemente. Esa cadencia (siete-cuatro-siete-cuatro) le transmite una calma supersticiosa que jamás le confesaría a nadie, porque en el planeta Gocoau parece no haber hueco para cosas de hechicería.

A ella tampoco es que le guste demasiado la brujería, pero aún le quedan ademanes de haber crecido en el planeta Lirú, al que de momento no puede volver, porque las fronteras espacio-temporales llevan cerradas desde mar20 y, si cogiera una nave para visitar a su familia, no podría regresar a Gocoau, porque aún no tiene el estatus de residente astral, a pesar de llevar cuatro años en este territorio.

Ciertamente, los años se pasan volando en Gocoau —vino como para ocho meses, pero tuvo estrella y logró quedarse—, pero no puede evitar pensar en Lirú y buscarlo en cada rincón del planeta en el que reside sin residir oficialmente. A una distancia de mil millones e-18 años luz, Gocoau y Lirú poco tienen en común: a diferencia de su ciudad natal, la actual es extremadamente segura y nada caótica y no tiene tanto tráfico intergaláctico ni cláxones, cláxones, cláxones. Ambas ciudades acaso se parecen remotamente por el olor a mar y la humedad costera. Quizás: los recuerdos se tornan a menudo en caprichosos espejismos, más aún sin poder volver a su tierra.

Vivir con otra liruense hace su vida más hogareña, pero prefiere no contarle aquello de los números de su alarma a su compañera de base, Neytius-79. Una cosa es que sepa que es religiosa y otra muy distinta, supersticiosa. Mejor así. Después de todo, Flózar-262 siempre ha sido algo reservada y muy práctica. Seguramente por eso se haya quedado en este planeta, porque su carácter casa a la perfección con el gocoauchí.

Con su característico temple, compara las cifras a diario desde hace meses y meses, sin soltar esa calma compulsiva de observadora curiosa y racional. Forma parte de su rutina: se levanta, se asea, enciende el medidor de CO2, se hace un café y revisa gráficos. Desde abril de 2020, el día que más casos ha habido en todo el departamento astroestatal de QuD, en el planeta Gocoau, fueron veintisiete. En Lirú, se cuentan por miles. Claro que la densidad de población varía mucho, pero las comparaciones per cápita asustan igual.

A veces lee estas cifras con la distancia que imponen los números y la distancia interplanetaria. Equis casos, sorbito de café, equis hospitalizaciones, sorbito, equis muertos, sorbito, sorbito. Es tan rutinaria la tarea que no da cabida a la sensibilidad. Vino a estudiar negocios a Gocoau: le apasionan los datos, las medidas, adivinar hacia dónde van las cifras. En todo este tiempo de estudio no oficial del coronavirus, sus intereses han ido variando: al principio las páginas webs no le daban toda la información de la que estaba sedienta, así que creó un documento de Excel para apuntar sus propias pesquisas, como cuánto tiempo tardaban en doblarse el número de casos a nivel planetario o dónde había más hospitalizaciones; más adelante consultaba varias fuentes oficiales, ya más robustas, y comparaba las cifras dispares; ahora le esperanzas los aumentos de las vacunaciones.

Sabía de sobra que algunos planetas falseaban los números. Un día se despertó con un salto desproporcinado en las cifras de Lirú, que no cuadraba con sus cálculos, y luego descubrió por las noticias que habían cambiado la forma de contar o de testear o de a saber qué exactamente. Por lo visto, el gobierno liruense había adoptado una de las formas más honestas de conteo en su región interplanetaria, algo que Flózar-262 agradeció con una especie de orgullo comparativo, pero a la vez le daba cólera que el resto mintieran. Los números serían mucho más hermosos si transpiraran verdad. 

Las cifras en su planeta de origen y lo que le cuentan sus amigos y familiares la llenan de tristeza, pero se trata de una tristeza ajena, por la impermeabilidad que le dan los mil millones e-18 años luz de distancia y su propia experiencia pandémica, radicalmente opuesta. Debido a la estrategia COVID-zero, Gocoau ha cambiado más bien poco durante este año y medio largo. Hay que llevar mascarillas y las fronteras están cerradas. Punto. Por lo demás, la vida de Flózar-262 permanece casi inalterable: sigue estudiando una maestría en la universidad, donde además trabaja a jornada parcial para cubrir gastos, queda con sus amigos para surfear e ir al cine al aire libre cuando los niveles de CO2 se lo permiten y darse paseos junto al mar. Ni siquiera ha tenido preocupaciones económicas: en las pocas ocasiones en que la administración gocoauchí se ha visto en la tesitura de instaurar el confinamiento forzado durante más de una semana, todos los trabajadores reciben un pago gubernamental equivalente al sueldo no ganado.

Esa tristeza ajena por la situación liruense aumenta cuando las cifras se convierten en nombres y les sale rostro: de cuando en cuando, las redes sociales le muestran una ventanita de realidades. Amistades que han perdido a su papá o a su abuelita a causa del virus, gente de su edad enganchada a un respirador y mandando mensajes de esperanza, trabajadores precarios despedidos sin beneficios… Horrible, todo horrible. Ella nunca ha sido de esas personas que se impregnan de tristeza sin embargo. Es práctica: si el problema tiene solución, lo resuelve, y, si no, lo olvida. 

Al principio compartía sus descubrimientos y especulaciones con Neytius-79, pero su compañera de base le pidió que por favor, por favor, no lo hiciera más, porque la realidad de su planeta de origen le daba una angustia cósmica que para qué y le llevaba ora a ataques de ansiedad ora a vacíos existenciales. La gravedad de la situación se incrementó cuando la mamá de Neytius-79 se contagió del virus y no había camillas ni respiradores libres en la capital de Lirú y Flózar-262 intentó solucionarlo y movió cielo y tierra, pero no sirvió de mucho, porque la mamá acabó muriendo. Por un tiempo hubo una nebolusa oscurísima dentro de la base y cada una de las cifras tenían la cara de la mámá. Una cara multiplicada por cientos, por miles. 

Aun así, Flózar-262 llevó todo el drama con estoicismo. Todo va bien en Gocoau, se repetía, todo va recontra recontra bien. Pero no ha conseguido mantener la calma todo este tiempo. Casi cayó en un agujero negro al ver varios vídeos sobre cadáveres apilados en una ciudad en la selva de Lirú y en algunos otros puntos de la región interplanetaria. No vio las imágenes por masoquismo, sino por una mezcla de curiosidad antropológica y hambre informativa. En los planetas de Quior y Brabra también estaban las morgues y los cementerios colapsados y los muertos se amotonaban sin control en las calles. Flózar-262 no era de piedra y se le grabaron las imágenes con el fuego de esos horrores que superan cualquier ficción: los difuntos se le aparecieron durante unas cuantas noches en sus pesadillas y las cifras entre sorbito y sorbito de café se aplastaban entre bolsas mortuorias. Siempre con los números como bálsamo, consiguió encontrar su centro de nuevo repitiéndose la cadencia siete-cuatro-siete-cuatro de su alarma y volvió a soñar con galaxias.

Lo que no parece afectarle, desde luego, es el peso histórico de Gocoau. Ni siquiera el hecho de vivir en un planeta concebido por los colonos de Lonuk como cárcel la hace sentir prisionera. De momento no puede salir. Y qué. Podría ser peor, mucho peor. En realidad, podría marcharse para regresar a Lirú, pero no le permitirían subirse a la nave para volver a entrar a lo que ya es su hogar, donde tiene su vida hecha. Y ¿para qué ir a un lugar donde poder enfermar con tanta facilidad y sin facilidades económicas? Ya saldrá. Qué le va a hacer.

Ahora todo parece ir a mejor y últimamente sus dos planetas están de buena luna: los casos, muertes y hospitalizaciones no hacen más que bajar en Lirú y hay niveles normales de CO2 en Gocoau. Se pondrá la mascarilla e irá a la universidad en bicicleta, sintiéndose relajada y bendecida.

Está hasta arriba de tareas, pero le gusta. Agradece la suerte de vivir en este planeta y más aún los jueves, como hoy. Los jueves a sol puesto, Flózar-262 va religiosamente al restaurante típico liruense donde trabaja Neytius-79. Los precios son bastante altos en Gocoau y el sabor de la comida virtual no está del todo logrado: el pescado del tiradito a veces se digitaliza un poco seco y para la causa rellena usan una papa quimérica algo dulzona, pero la nostalgia y el sempiterno olor a mar de Gocoau rellenan las oquedades gastronómicas.

Cuando salga de la universidad, irá directamente al restaurante y no le mencionará a Neytius-79 nada sobre el trabajo ni los estudios ni las muertes ni las hospitalizaciones ni la cadencia siete-cuatro-siete-cuatro. Se relajará hablando de bagatelas y tomando lo habitual: primero un vasito de chicha morada y luego ya unos piscos, que le harán volver a la realidad de un plumazo. 

Y su realidad es eso: vivir entre dos culturas, amar esta y aquella, comer lo de allá estando acá, sentirse a la vez en su hogar y a más de doce mil kilómetros de su casa, habitar dos mundos, extrañar eternamente Perú y nunca querer marcharse de Australia. Y entonces Florencia Gózar le dirá a su compañera de piso: «¿A veces no te da la sensación de que Lima es un planeta completamente diferente a Gold Coast?».

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Cromatismo

Hilda mira a su hija por la ventana y la llena de luz. Es puntualísima, lleva un par de semanas haciéndolo, espléndida, universo mediante, sin faltar ni un solo día. Yazmín se lo toma según le pille —con la piel anegada, con furia bermellón, con la calma áspera, con el espíritu en flor—, pero siempre, siempre, siempre se asoma a la ventana a eso de las seis para recibir a su crepuscular madre. Porque así, solo así, tiene sentido aquello de #QuédateEnCasa: sin los colores de Hilda, la casa sigue pareciéndole un hogar desangelado.

Suena en bucle Águas de março, como no podría ser de otra manera, e Hilda sonríe en naranja y violeta y canturrea é a vida, é o sol con una voz rosada. A Yazmín, la canción más bien se le atasca en la garganta y no puede desenfundar ni una notita —con lo musical que es ella—, porque la noite y la morte aún le laten en las sienes.

Los atardeceres limeños se dibujan más bellos que nunca. La gente lo achaca al parón de la vida frenética en esta ciudad tan gris y contaminada, pero eso no son más que habladurías: Yazmín sabe de sobra que es su madre al fim do caminho —porque la enterraron justo a las 11.11 de la mañana, con los portales para otra dimensión abiertos, y resplandece desde ahí— y que los atardeceres seguirán llevando su luz y su rostro hasta que la velen como se merece. Da igual lo que piense el resto: ella está convencida que Hilda Luz hace honor a su segundo nombre todos los días a eso de las seis.

Después del crepúsculo, Yazmín se seca las lágrimas y hace yoga y luego corre un ratito por la azotea, para abrir los chakras, estirar el cuerpo e intentar despegarse aquel mistério profundo, pero no consigue que deje de ser misterioso ni que abandone las profundidades.

Hilda siempre decía que el espíritu es eterno y el cuerpo solo una vestimenta y ahora sigue su creencia al pie de la letra y aparece en cada cena en las bocas de Yazmín, el papá, el hermano y Celestina —más que el ama de llaves, parte de la familia—, porque un sabor o un chirrido o una palabra o su tenedor favorito siempre la traen al recuerdo. Y del recuerdo pasa a los ojos melancólicos. Y de los ojos baja a la lengua. Y la lengua la convierte en la protagonista de cada cena. Y Hilda está ahí, ahí, a promessa de vida no teu coração, masticando, saboreando, siendo, siendo a su manera. 

Se empeña también en salir en cada película, en cada serie, en cada libro: los ojos de la aristogata Marie recuerdan a Hilda, la inteligencia de Eve Polastri la calzaba también Hilda —además del alto cargo—, la valentía de Jo es idéntica a la de Hilda. Todo. Absolutamente todo grita «Hilda, Hilda, Hilda».

Yazmín procura acostarse temprano, porque se levanta a las siete para trabajar y porque se cura con rutina. Su madre la acurruca con un ligero silbido primaveral y con o corpo na cama se va quedando dormida.

Sola en la clínica, por las restricciones, Hilda apagó su cuerpo cuando ella lo decidió: se marchó el mismo día del equinoccio y de San José (patrón de su paraíso: la provincia brasileña donde vive su mejor amiga). Al igual que fue ella misma, y no el cáncer, quien eligió el día de su partida, Yazmín teme que el espíritu de Hilda decida largarse cuando se acabe el confinamiento y tiene la pesadilla recurrente de que la velan como es debido y Hilda deja de ser Luz.

Pero al día siguiente se levanta y no cesa el estado de emergencia y teletrabaja y, a eso de las seis, su madre la baña de naranja y violeta por la ventana.

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