Pseudónimo

[Read story in English]

Con mucho mimo, Lana le ofrece a Vladimir un poco de guacamole de edamame para que se le calme la garganta. Él le ha dicho que es vegetariano y que le encanta la comida picante, pero Lana siempre duda cuando una persona blanca presume de tolerancia a las especias. No hay más que verlo: apenas unos minutos después de pavonearse, una insignificante rodajita de chile rojo lo ha llevado hasta la náusea.

A ella no le sorprende en absoluto porque ha presenciado el mismo espectáculo mil veces en Malasia; y mastica tranquilamente trocitos de pollo teriyaki y coliflor con cúrcuma y rábano mientras observa a lo lejos cómo unos niños en la pista de patinaje junto al puente de Waterloo se caen, se levantan y vuelven a empezar. Le encantaría encenderse un cigarro para que este momento fuera perfecto, pero está prohibido fumar en los restaurantes de Londres. Tendrá que conformarse con el cielo azul, la sopa y los niños cayéndose y levantándose, cayéndose y levantándose, como si fuera una metáfora cutre de su propia vida. Esperará a que el rostro de Vladimir vuelva a la normalidad para romper el silencio. Hasta entonces, seguirá disfrutando de la ruidosa tranquilidad de la ciudad.

Justo antes, estaban hablando sobre Albert Camus, a raíz de que Lana soltara con cierta indiferencia una cita suya que leyó en una exposición de arte el otro día: «¿Debería suicidarme o tomarme un café?». A lo largo de la comida, han charlado sobre filosofía, leninismo, Beauvoir, comunismo, Butler y Chomsky. ¿Por qué no sacar a colación otro tema así, ligerito, como las enfermedades mentales?

Pero tampoco se han limitado a hablar de temas impersonales. Él le ha contado que, durante la pandemia, se ha estado centrando en la fotografía en un empeño de distraerse y no volverse loco, que ha sentido una profunda soledad, que toda su familia vive en Eslovaquia y que apenas hablan.

Ella menciona así por encima que también tiene una relación bastante complicada con su familia, pero decide no entrar en detalles. No le cuenta que no la aceptan tal y como es por el qué dirán, que la rechazaron y desheredaron, que hace poco su madre la llamó «Lana» por primera vez porque necesitaba dinero, que ya no se preocupa por lo que le pase. Su madre… Ay. En Malasia hay un dicho: «Mira la cara de tu madre y verás el cielo». En el fondo, a Lana le encantaría sentir esa frase como suya. Tras la cadena de pensamientos, en silencio, suelta de la nada: «A veces, ayudamos a quienes nos hacen mucho daño porque en la vida hay que ser buena persona, ¿no crees? No hay otra manera de pasar página».

Está mejor desde que aceptó enviar dinero a su familia. Siente como si les hubiera compensado por haber huido. Ahora puede alejarse por completo de ellos y de Malasia, el país que la vio nacer y que luego la castigó por ser quien es, que denigra a las personas como ella, que las encarcela. Al ser refugiada política, aún le quedan al menos tres años para poder volver a su país. Pero no le importa: desde hace un par de años Inglaterra ya es su casa, porque le ha dado la oportunidad de ser ella misma y ​​no hay mejor hogar que aquel que le permite habitar libremente su cuerpo. Por eso es voluntaria en un centro de acogida: quiere que otros solicitantes de asilo y refugiados también (se) habiten aquí. Nadie mejor que ella sabe lo importante que es que el cuerpo propio se convierta en hogar.

Vladimir es majo, pero seguramente no entendería ni papa sobre todo este embrollo. Tampoco maneja las artes de la psicología. Parece creer en los rincones más oscuros de la mente tanto como en la comida picante e, ignorante de todo el sufrimiento por el que ha pasado la mujer que tiene enfrente, responde a la cita de Camus con un chiste un tanto despectivo sobre el suicidio.

Lana no se lo toma como algo personal, porque está muy orgullosa de todo el camino que lleva recorrido hacia su sanación. Y, en todo caso, le dan pena las personas que desconocen sus propias mentes y sus patrones tóxicos, ajenas a sí mismas y a quienes las rodean. Vladimir se le dibuja como un ser muy transparente, sin un ápice de hostilidad ni maldad. Sin embargo, a Lana le gusta pasarse de la raya de vez en cuando y, solo para ver cómo reaccionaría, se plantea responder a su chistecito hablándole de las treinta y seis pastillas de paracetamol que colocó en fila sobre la mesilla de noche, de su llamada desesperada al teléfono de prevención del suicidio, de los policías que entraron en dos ocasiones a su casa para corroborar que estaba bien, de los psiquiátricos, de los calmantes, de sus varios intentos de suicidio a raíz del aislamiento por la pandemia. Pero le da una pereza horrible verle el rostro incendiado de nuevo; ya le ha bastado con el espectáculo rojo y ridículo de chile picante.

Aún en silencio, Lana se transporta a la primera mañana que despertó en el hospital psiquiátrico y nevaba con fuerza, algo que esta criaturita tropical nunca había visto antes. Entonces le invadió un anhelo súbito y desesperado de sentir la nieve en la cara. Sin embargo, para cuando los médicos le hicieron todas las pruebas y le dieron permiso de salir, ya había dejado de nevar y solo quedaba un sucio rastro de hielo marrón. Qué puta suerte la suya. Le dio igual: corrió y corrió y corrió como una niña hasta agotarse por completo. Cuando paró, se prometió que esta vez sería diferente. Ocho meses después, esas ganas de nieve se le agarran con una claridad visceral.

Vladimir por fin se ha tranquilizado. Todo él parece calmado ahora: su cabello gris y alborotado, sus ojillos marrones y su barba bien recortadita. Lana no le contará nada sobre sus intentos de suicidio. El resto de gente en su vida sabe que lo está pasando fatal, pero él no tiene por qué enterarse. Le gusta que él la vea así, liviana, ingeniosa, y ocultarle su trastorno límite de la personalidad. Mientras mira de reojo cómo los niños se caen y se levantan, se caen y se levantan, le viene a la mente de nuevo la cita de Camus («¿Debería suicidarme o tomarme un café?») y se ríe y suelta mientras Vladimir bebe agua: «Ya que no queda leche, supongo que lo mejor es que me suicide».

Vladimir la mira un poco desconcertado, pero enseguida suelta una carcajada. Aunque a Lana le queda claro que no la ha llegado a comprender, le da igual: se ríen juntos. Se entienden en cierta manera. A ella le parece que hay como una complicidad padre-hija, pero enseguida se quita esa tonta idea de la cabeza, porque reconoce el patrón de búsqueda constante de una figura paterna sana, algo que nunca le ofreció su propio padre y que nunca lo hará.

—Me gustas, niña. Eres directa, tienes la voz grave y sabes mucho sobre filosofía —explica Vladimir—. Recuérdame tu nombre.

Lana se siente de maravilla. Qué felicidad. Vladimir no se ha equivocado de género. La muchacha lleva más de cuatro años en terapia de reemplazo hormonal y no siempre pasa por mujer. Pero Vlad —puedo llamarte Vlad, ¿verdad?— asume directamente que Lana es «ella» y la llama «niña» y qué sensación más alucinante. Quiere gritar a los cuatro vientos: «Hola, atención al cliente, ¿esto que siento es euforia de género? Si es así, quiero máááás. ¿Puedo hacer un pedido al por mayor?». Para delatarse, simplemente responde: «Me llamo Lana Isa».

Los pequeños detalles marcan la diferencia (y qué diferencia); y los valora más aún desde que tuvo hace poco una experiencia extracorpórea después de fumar un poco de marihuana. Ese viaje cambió para siempre su forma de sentir la vida. Un vacío a nivel atómico absorbió su alma, arrojada a otra esfera. Con el alma absorbida, Lana viajaba a la velocidad de la luz, hasta que, aterrada, se dio cuenta de lo pequeña que era —una mera entidad de partículas como cualquier otra— y cayó en la absurdidad de su existencia en la tierra. Por un extraño motivo, al sentirse tan pequeña, se sintió también enorme, y pasó a ser una persona totalmente diferente, que ahora valoraba todas las pequeñas cosas de la vida que no significan nada pero, a la vez, significan mucho.

—Mira, Lana, yo soy artista. Y me encantaría pintar un retrato tuyo leyendo a Camus. ¿Me harías el honor?

Ella lo observa, deslumbrante con su jersey verde, con esa boquita llena de amabilidad, y decide no responder. Pide la cuenta y se dispone a pagar, porque ella ha sido quien ha tenido la idea de ir a comer, pero Vlad insiste en que él invita, que él invita, venga, y ella acaba aceptando. Después de todo, Lana está acostumbrada a que los hombres paguen por todo. Hace poco, ha empezado a contarle a la gente que lleva una doble vida como trabajadora sexual desde hace años, porque guardar el secreto no le ha hecho ningún bien a su salud mental y porque se le da de maravilla y se merece presumir de ello. Durante la pandemia pudo sacarse un dinerillo extra gracias a todas las plataformas con servicios de vídeo, que le salvaron el culo. Pero no piensa contarle esto tampoco a su amigo, porque no están en ese punto de la relación, por mucho que todo esto forme parte de ella y de su vida actual. Ahora está ahorrando lo que gana con el sexo para poder pagarse la cirugía de afirmación de género, porque no le da para todo solo con su salario como programadora. Y es que esta ciudad es carísima, chica.

Todavía no le apetece despedirse de Vladimir, así que lo lleva a su tienda de regalos alternativa favorita, ese lugar que no suele compartir con nadie, porque es su rincón secreto en Londres para comprar regalos extravagantes. Le divierte pensar en cómo les ha contado a todos sus amigos todas sus experiencias más dramáticas, pero no les ha dicho ni mu sobre esta tienda de regalos. Y con Vlad ha hecho todo lo contrario. Desde luego, hoy es otra versión de sí misma. ¿Por qué siempre ha mantenido esta tienda en secreto y ahora de repente lleva a este tipo? Quizás le dé pena la soledad que irradia Vlad, porque ella la ha vivido en sus carnes. ¿O puede que sea por lo bien que se han caído? ¿O porque Vlad se rió de su comentario sobre Camus?

A fin de cuentas, se han conocido hace tan solo seis cigarrillos. Lana estaba dando un paseo hacia el oeste por Southbank, a orillas del Támesis, en dirección al Teatro Nacional, disfrutando del calor y el sol —quedan pocos días así este año…—. El sol brillaba con fuerza suficiente como para plantarse frente a él con los ojos cerrados y sentir la cálida brisa a través de los párpados.

Mientras escuchaba música, respiraba profundamente para vivir el momento con más intensidad. Fue entonces cuando un hombre de unos sesenta años la interrumpió para preguntarle si podía hacerle una foto sujetando el cigarro y con la catedral de San Pablo al fondo, al otro lado del río. Ella le preguntó por qué. Él dijo que le gustaba hacer fotos de personas desconocidas. Lana se preguntó si a ese señor le gustaría fotografiar a personas tristes y si podía ver su tristeza o si, por el contrario, la escondía bien.

En realidad, hoy se ha despertado con la sensación de que estaba muy sexy. Quizás era eso: lo sexy es fotogénico. Después de cambiar los nombres de sus plantas por otros únicamente femeninos y neutros —Miss Lolita, Adura, Rapunzel, August, Lil-Cupcake, Farina, Lily, Durjana y Sembilu— porque los hombres son una mierda, Lana se ha marchado de su estudio con una falda gris por encima de la rodilla, una chaqueta a juego con un top rosa chillón debajo y el pelo suelto y salvaje. Hoy es la primera vez que sale de casa después de que ese capullo le rompiera el corazón hace cuatro días.

Al salir del estudio donde se suponía que iba a vivir con otro capullo (¿son todos una mierda o quUuUuUé?), no tenía ningún destino en mente: solo quería marcharse de ahí para no volver a caer una vez más en un bucle depresivo. Como ya ha terminado el máster y ha pedido la baja laboral para centrarse en la terapia y la recuperación, ahora mismo tiene tiempo de sobra para pasear por la ciudad. Tal azar en sus horarios la ha llevado a conocer a Vladimir, posar para él y comer juntos.

Y ahora no les apetece despedirse porque ambos se han sentido muy solos durante los múltiples encierros y están carentes de calidez. Le ha sentado de maravilla este día. Le alegra mucho haberse atrevido a seguirle el rollo a este señor. Lana le agarra del brazo y le susurra: «Todos estamos tan inmersos en nuestro mundo que olvidamos la humanidad que habita en la gente que no conocemos y con la que nos cruzamos en nuestro día a día».

Lana quiere sacar a relucir su lado más pícaro y alegre y ocultar todo lo que ha sufrido. De repente se da cuenta: ¿por qué mierdas habrá pasado él? En esta vida, todos sufrimos y él, con su edad, seguro que habrá caído en la mierda más de una vez. ¿También atravesará fases autodestructivas? ¿Habrá perdido a algún ser querido? ¿Qué problema tendrá con su familia? Cuéntamelo todo, Vlad. Sincerémonos. O no. Mejor otro día; quizás. Disfrutemos de la compañía mutua sin compartir traumitas. Sigamos siendo desconocidos, Vlad, aunque solo sea por un día, sigamos hablando de Tolstói y Wollstonecraft, seamos superficiales, Vlad, distraigámonos con baratijas, ignoremos toda la mierdamierdamierda para crear una ilusión de perfección solo por un día.

Tiene clarísimo que no va a hablar sobre sus cosas ni a preguntarle a Vlad sobre su mierdamierdamierda. Prefiere esto: agarrar una estatuilla de la Reina y embelesarse en lo bien que está hecha. Las pequeñas cosas… Después de describirla minuciosamente, Lana comenta, por si él nunca hubiera reparado en ello —y porque de vez en cuando necesita decírselo a sí misma—: «Los pequeños detalles hacen que la vida valga la pena, ¿verdad?».

Vlad le sonríe con esa tranquilidad y bondad que parecen caracterizarlo. A Lana no le gustaría que su relación actual se echara a perder. Cree que quizás lo mejor sería despedirse para siempre, dejarlo así, pequeñito, seguir siendo eternos desconocidos, cristalizar este azaroso encuentro idealizándolo para siempre. ¿O tal vez no? Esta maldita pandemia ha sido tan dura para ambos que sus soledades se desvanecerán al menos por un rato si él la pinta. Además, así Lana tendría otro motivo para quedarse en este mundo un día más. Con Isabel II todavía en la mano, también vestida de rosa y gris, le dice a Vlad clavándole las pupilas: «Quiero llevar exactamente este modelito cuando me pintes».

{Pintura de @morganico_com}

~~~~~~~~~~~~~~~~~

Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Pseudonym

[Leer cuento en español]

Lana solicitously offers Vladimir some of her edamame guacamole to soothe his throat. He claimed to be a vegetarian who loves spicy food, but she has learned never to take white people’s word for it on spice tolerance. A scant few minutes after his bold claims, the old man is practically heaving over a tiny slice of red chili.

She’s not surprised. She’s seen this a thousand times back in Malaysia. So she calmly chows down on little pieces of teriyaki chicken, turmeric cauliflower, and a radish while gazing at the kids falling and getting back up and rolling on in the skate park by the Waterloo Bridge. She’d love to light another cigarette to make this moment a perfect one, but smoking is not allowed in London restaurants. She’ll have to feel content about the blue sky, and the soup, and the kids falling and getting back up, falling and getting back up, a cheap metaphor for her own life. She’ll wait until Vladimir’s face fades to a less inflamed tone to rip the silence away, but for now she’s enjoying the noisy tranquility of the city.

They are in the middle of talking about Albert Camus, after Lana nonchalantly mentioned a quote of his she had stumbled upon in an art exhibition the other day, “Should I kill myself or have a cup of coffee?” They’ve been chatting over lunch about philosophy, Leninism, Beauvoir, communism, Butler, and Chomsky. Why not discuss another light topic like mental illness?

They haven’t limited themselves to such impersonal matters though. He’s told her about his efforts to avoid going stir-crazy by keeping himself occupied, which is why he’s been focusing on photography, about his deep loneliness during the pandemic, about how his whole family is back in Slovakia, and he barely talks to them.

She tells him she also has a complicated relationship with her family but opts not to go into detail. She leaves unmentioned the part where they wanted her not to be herself because of what the neighbors would think, the part where they disavowed and disowned her, the part where her mom recently called her “Lana” for the first time… while contacting her to ask for money, the part where she has given up caring what happens to her mom. Her mom… There’s a Malay saying — “Look at your mother’s face, and you’ll see heaven.” Deep inside, Lana longs to be able to feel that again. Instead, she just adds without any real context: “Sometimes you help someone who hurt you deeply because life is about being the bigger person, right? And that brings some closure.”

She does feel better since she sent the money back to her family in Malaysia. It is almost as if she paid them off for her escape, and she can now completely walk away from them and from the country that birthed her and then punished her for who she is, that vilifies people like her, that throws them into prison. Because of her status as a political refugee, she won’t be able to go back for at least three more years, but that’s fine with her, because England has been her home now for a couple of years — it has given her the chance to be herself, and what’s more home than freely inhabiting your own body? All this inspired her to volunteer for a housing shelter — she wants to help other asylum seekers and refugees to also feel like themselves here. She knows how important it is for one’s body to become one’s home.

Vladimir’s kind, but he probably wouldn’t understand all this. And he’s not keen on the arts of psychology. He seems to believe in the darkness of the mind about as much as he does in spicy food, and, not knowing how much the woman in front of him has been suffering, he replies to Camus’s quote with a somewhat scornful joke about suicide.

Lana doesn’t take it personally because she’s proud of the progress she’s made with her healing. If anything, she feels sorry for people who are so unaware of their own minds and their harmful patterns, oblivious of others and themselves. Also, she reads him and concludes he is devoid of any hostility or malice. However, just to see how he would react, because sometimes she kind of enjoys pushing limits, Lana considered replying to his jokes by telling him about the thirty-six Paracetamol pills she lined up, about her desperate call to the suicide line, about the cops who have entered her place twice to check on her, about the mental wards, about the diazepam to help her calm down, about her various suicide attempts spurred by pandemic isolation. But then he ate that stupid chili, and now Lana feels like she shouldn’t make him even redder than he already looks.

Immersed in the lack of conversation, Lana transports herself to the first morning she woke up in the mental ward, when the snow was coming down heavily, something she’d never seen before, tropical creature that she is. A sudden desperate need to feel the snow on her face overcame her. But by the time the doctors had finished their evaluations and given her permission to go out, the snow had stopped, and only a trace of dirty brown ice remained on the road and pavement. Just her fucking luck. Never mind — she ran and ran and ran like a child until she was exhausted. When she finally came to a rest, she decided this time would be different. Eight months later, that longing for snow lingers with visceral clarity.

Vladimir seems calmer now. His gray messy hair, his squinty brown eyes, his well-trimmed beard — all of it seems calmer now. Lana won’t tell him anything about her suicide attempts. Everybody else in her life knows she’s struggling, but not Vladimir. She wants him to see her at her lightest, at her wittiest, to see that part of her untouched by borderline personality disorder. As the kids fall and get up again, fall and get up again at the edge of her vision, she thinks of Camus’ quote — “Should I kill myself or have a cup of coffee?” —, and then chuckles and remarks as Vladimir takes another gulp of his water: “Since we ran out of milk, I guess killing myself is the better option.”

Vladimir looks at her slightly bemused, then laughs, but she can tell he doesn’t quite follow. Then they are both laughing. There’s mutual understanding between them. It’s almost like father-daughter complicity, but she doesn’t want to see it that way, because she recognizes her pattern of eternally trying to find a healthy paternal figure, and then she’d confront once again that this is something she never had from her own dad and never will.

“I like you, girl, your bluntness, your deep voice, your knowledge of philosophy,” he states. “What was your name again?”

She now feels over the moon. She’s glowing. He definitely hasn’t misgendered her! She’s been on hormone replacement therapy for over four years, and she sometimes still doesn’t pass. But Vlad — I can call you Vlad, right? — just assumed she was a she, and, girl, that feels like heaven. She wants to scream, “Hello, customer service, is this what gender euphoria looks like? ‘Cuz I want moarrr of it! Can I make a bulk order, plz?” But she would give herself away, so she just replies, “My name is Lana Isa”.

These small things are so huge. So huge. And she values them even more since she had an out-of-body experience not too long ago after smoking some pot. That trip changed how she feels about life forever. Her soul got sucked in into a vacuum at an atomic level, hurled into a different realm, and she kept getting sucked in, traveling at the speed of light. Terrified, she realized how small she was, an entity of particles like any other, and she felt the meaninglessness of her existence on the earth. Somehow, feeling so tiny made her feel enormous, and she became a totally different person, valuing all of these small things in life that mean nothing but mean so much.

“Listen, Lana. I’m also a painter. I’d love to paint a portrait of you reading Camus. Would you let me paint you?”

She looks at him, shining in his green sweater, with that kind little mouth of his, and decides not to answer that question. She asks for the check and wants to pay, because it was her idea to have lunch together in the first place, but Vlad insists and insists, and she eventually just gives in. After all, she’s used to men paying for things. Recently she’s been revealing to people that she’s been living a double life as a sex worker for years, because doing it hush-hush has done her mental-health no good whatsoever, and because she’s so fucking talented, but she won’t confess this to Vlad either. Lana keeps it to herself because she doesn’t think she and Vlad are at that point yet, even if this is part of who she is and of her present life. The pandemic didn’t stop her from making extra cash — all these platforms offering video services saved her ass. She’s now putting the sex money away to fund her gender affirmation surgery, because her salary as a programmer is just not enough. This city is damn expensive, girl.

She’s not ready to say goodbye, and she takes him to her favorite alternative gift shop, a place she normally never shares with anyone, because it is her own Hidden Gem in London for buying unconventional gifts. She thinks it is funny how she’s told all of her friends now about her more dramatic experiences but not about this gift shop, but in Vlad’s case, it is the other way around. Today she’s another version of herself. Why did she always keep this store such a secret, but now suddenly she takes this guy? Maybe because she feels sorry for Vlad’s loneliness — she knows that feeling very well. Or is it because they have bonded for real? Or because he laughed at her Camus comment?

After all, they met only six cigarettes ago. She had been taking a stroll in South Bank along the Thames, heading west towards the National Theater, enjoying this increasingly rare warm and sunny day, most certainly one of the last of the year. The sun was just bright enough that she could close her eyes facing straight into it and feel a warm breeze through her eyelids.

She was taking deep breaths to soak it all in and listening to music when a man in his sixties asked her if he could take her picture holding her cigarette with a backdrop of St Paul’s Cathedral across the Thames. She asked why. He replied that he liked taking pictures of strangers. She wondered if he liked to take pictures of sad strangers, if he could even see her sadness, or if she hid it well.

She had actually woken up feeling very sexy. Maybe that was it. Sexy is photogenic. She left her studio after renaming her plants with female and queer names because men are trash: Miss Lolita, Adura, Rapunzel, August, Lil-Cupcake, Farina, Lily, Durjana and Sembilu. She put on a gray over-the-knee skirt and matching jacket with a hot pink top underneath, wearing her hair down and wild. This walk would be her first time venturing out of her apartment after that wanker broke her heart four days ago.

She left the studio where she was supposed to live with the previous wanker (are they trash or whaAaAat?) with no destination in mind, determined only to leave the house so as not to fall into a spiral of depression again. Now that she has finished her master’s degree and is taking some time off from her day job to focus on therapy and recovery, she has more free time to wander around the city. That randomness gave her the room to meet Vlad and agree to pose for him, and to have lunch together.

And now they don’t want to say goodbye because they have both felt damned lonely during the multiple lockdowns, and this warmth is a big deal. She needed a day like this. She’s so glad she wasn’t afraid to talk to a stranger. She tells him, grabbing his arm, “You know, we are so focused on ourselves that we forget the humanity of strangers that we come across in our everyday lives.”

Lana is choosing to be sassy and cheerful and not to tell him all the horrors she’s been through. It suddenly hits her: what has he been through? We all go through shit, and he’s old-ish — he must have been through shitshitshit. Does he also have self destructive patterns? Has he lost someone he loves? What happened to his relationship with his family? What is it, Vlad? Let’s be honest. Or not. Maybe another day. Let’s enjoy each other’s company without digging up our traumas. If only for today, Vlad, let’s keep being strangers, let’s keep talking about Tolstoy and Wollstonecraft, let’s keep it simple, Vlad, let’s look at trinkets, let’s ignore all the shitshishit to create an illusion of perfection only for today.

She’s determined not to ask him about his shitshishit, nor tell him about hers, so she holds a figurine of the Queen and admires how well it is made. The small things, you know? After describing it thoughtfully, she tells him, just in case he’s never thought about it — and because she often needs to convince herself — “Don’t these little details make life worth living?”

Vlad smiles back at her. He seems so serene and good-natured. She wouldn’t like to spoil what they have right now. She thinks maybe it would be better to part forever, to keep it small, to remain eternal strangers, to crystallize this idealized encounter for good. Or would it? This damn pandemic has been so harsh for both of them, their solitudes will retreat at least once more if he paints her portrait. Plus, that would give her yet another reason to stick around here one more day. With Elizabeth II, also dressed in pink and gray, still in her hand, Lana looks directly into Vlad’s eyes and says, “I want to wear this exact same outfit when you paint me.”

{Painting credit: @morganico_com}

~~~~~~~~~~~~~~~~~

More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.