Gastronomía

Todo se debe al fatídico festival de durian en la oficina y al consecuente atracón. Y lo peor es que la idea la ha tenido el propio Ong, animado por la llegada de junio y con ganas de complacer a sus compañeros, con paladares sumidos en la pesadumbre y anhelantes de los sabores arrebatados. 

La temporada de la reina de las frutas siempre se tiñe de alegría, pero este año de carencias culinarias, el manjar preferido de los penanguitas ha adquirido las cualidades de maná, en tal desierto de monotonía y aislamiento. Por eso, cuando Ong se ha presentado esta mañana con esos paquetes de plástico desechable —bien envueltos, bien sellados, que no huela en el autobús, que no huela—, sus compañeros lo han recibido con vítores.

Son pocos, los compañeros, nada, cuatro gatos: muchos se han pedido vacaciones no remuneradas indefinidas, por no exponerse o por la inestabilidad política, quién sabe. Da igual, había que celebrar este momento tan esperado, así que se han arrejuntado en un par de mesas —a dos metros de distancia, desinfectando a conciencia cada paquete, sin pasarse nada de mano en mano— y se han dispuesto a disfrutar de esa fruta salada, dulce, cremosa, con un aroma que invade el aire, el pelo, la ropa, las almas. El durian, como el amor, existe para compartirlo. Con tan pocas bocas con quienes compartirlo, al final Ong ha acabado cebándose de lo lindo, engatusado por aquella seducción irremediable de fruit fatal

Incluso en ese placentero momento, Ong no ha podido evitar despotricar. Qué mal, qué mal lo está pasando el cielo de su boca. Y sus compañeros sufren la misma carencia: nadie sabe cocinar, ¿para qué?, si viven en una meca culinaria donde comprar comida casera es más barato y rápido que liarse a guisar en casa. Una compañera le ha recomendado, con la boca llena de durian y el corazón plagado de angustia, una marca de dim sum congelado, que no queda tan mal al hervirlo en casa, no te creas, hace el apaño, y se ríen de tal aberración y cada cual vuelve a su puesto de trabajo. 

Ong, hipnotizado por los dictámenes de su barriga, no se puede sacar de la cabeza su restaurante de dim sum favorito y lleva toda la tarde sin poder pegar un palo al agua. Cuánto van ya, ¿ocho, diez semanas? sin poder sentarse en un restaurante. Ahora dejan, pero con seguimiento de contacto y distanciamiento social y así uno se sumerge en una paranoia vírica que nubla y marea y no hay quien disfrute de nada.

Ong está ahí, entre las cuatro paredes de ese edificio gris en un polígono industrial al ladito del aeropuerto, plantado frente al ordenador como un pasmarote, sumido en una espiral obsesiva en la que solo piensa en volver a degustar una de sus comidas favoritas, aunque sea en versión congelada. Pero antes, tiene que mandar unas facturas en inglés, dim, registrar el último flete aéreo del día, sum, autorizar la partida de un cargamento naval en malayo, dim, negociar precios en hokkien para el transporte en vuelos comerciales sin pasajeros, sum, explicarle en mandarín a un importador singapurense los problemas resultantes de tan insaciable demanda para tan esmirriada oferta, dim, porque, si no, los estantes de los supermercados se vaciarán, sum, y él no va a ser el responsable de tal barbarie. 

A duras penas, lo deja todo bien atado y se larga de una vez por todas, que ya no soporta más la insistencia de su insaciable estómago, que, por mucho que esté lleno de durian, insiste en degustar dim sum. Aunque la mente le diga que seguramente le espere una insípida birria de primera categoría, el estómago gana la pugna al proyectar espejismos hacia la mente, donde aquella delicada y deliciosa delicatessen resplandece en bandejitas meticulosamente ordenadas sobre carros repletos y vertiginosos en algunos de los coloridos edificios con encanto carcomido pergeñados durante el colonialismo británico en pleno Georgetown, donde se come el mejor dim sum de todo el país.

Ong se siente afiebrado, pero sospecha que la sensación se la brinda esa gula visceral que le fustiga con una furia psicosomática. No puede ser otra cosa: como ya es costumbre, esta mañana, antes de que le permitieran acceder a la oficina, le han tomado la temperatura, le han invitado (invitado, ¡ja!) a echarse gel antibacterial y a registrarse en la entrada, con el nombre, DNI, hora, minutos y segundos de llegada, temperatura exacta y casi la talla de calzoncillos. Y, en fin, bueno, no tenía fiebre. Ni él ni nadie. Se toca la frente y quizás siente un ligero ardorcillo, pero nada, nada. No hay virus que valga. Esto viene todo de la añoranza culinaria, sin duda. Agarra sus cosas con una parsimonia infundada por su propia convicción de que todo va bien. Acalla cualquier paranoia en ese cuaderno lleno de garabatos, que guarda en su maletín con todos sus miedos y lo cierra con llave ahogando el pánico en el interior de la cerradura.

Sale a la calle y esos treinta y dos grados húmedos le dan un soplamocos más calenturiento de lo habitual. No pasa nada de nada. Es hora punta y los precios de Grab están por las nubes, así que, como se encuentra tan bien, va a la parada del autobús y empuña el arma necesaria para tan bizarra gesta: la paciencia. Cogerá el autobús a Komtar y luego irá al centro en taxi. Hay una cola larguísima, que al principio lo intimida, porque le recuerda a las filas que se crearon cuando cerraron la ciudad hace unas semanas y la gente se comenzó a arremolinarse frente a las comisarías para pedir los permisos necesarios para realizar viajes interestatales. Entonces el caos empezó a reinar poco a poco, con controles policiales en todos los caminos y aquellas decisiones gubernamentales que ni los guardias entendían y nadie sabía cómo actuar. Las alertas de emergencia lanzadas por el gobierno, que llegaban a todos los móviles únicamente en malayo y con sonidos estridentes que parecían anunciar una guerra, no solo sembraban pánico, sino que además excluían deliberadamente a dos tercios de la población de la isla. En esos días se dio cuenta de que esta vez no iba a ser como las epidemias de SRAG y MERS, sino que se trataba de algo enorme, que en las últimas semanas había traído consecuencias radicales en la economía, en la libertad de movimiento, en la política malaya, en sus nervios.

Pero esta fila se debe a la hora punta y a la vergonzosa frecuencia del autobús 301. Espera, desespera, empieza a sudar. ¿El fuego es interior o exterior? Reboza la cara en el frío cristal de la marquesina, lentamente, en un gesto tirando a gatuno que espera que nadie vea. Al menos las calles están bañadas del dulce aroma del durian; el virus no ha impedido que los maleteros vayan cargados de frutas, que broten tenderetes que las venden en cada esquina. Adopta el método de supervivencia de sumergirse en la fragancia mientras sigue refrescándose la frente.

Por fin llega el autobús y se queda el último, porque no le gustan las aglomeraciones, y menos con gente contagiosa (¿como él?). Antes de subir las escaleras, reúne fuerzas y pone su mejor cara de no tener fiebre. El conductor le toma la temperatura una vez, frunce el gesto, otra. Ong sonríe desabrido —como si se le transparentara la boca con la mascarilla—, sube, anda, sube, son solo un par de décima, y agradece el gesto con un terima kasih enclenque que es más bien un suspiro.

Hace como que se sienta tranquilamente derrumbándose junto a una anciana que parece que no ve tres en un burro, así que posiblemente no juzgará los sudores de Ong. Pega la cabeza al frío cristal de nuevo, en un alivio solo perturbado por sus pensamientos: se acalora más aún al pensar en ese golpe de estado sibilino apoyado por el mismísimo sultán y orquestado aprovechando el brote de COVID para quitarle el poder a Mahathir tras declarar el confinamiento, aunque siguen en una democracia, ¿no?, aunque no hayan votado por el nuevo primer ministro, aunque ahora Muhyiddin tiene todo el poder, aunque ya da igual, porque tienes coronavirus y ya está, asúmelo, Ong, la muerte te besa la nuca, desaparecerás de la faz de la Tierra y la libertad que la luchen los vivos. 

No tosas, no tosas, ponte un capítulo de Normal People en el móvil, con lo que te gusta, y relájate. Pero no se distrae y se obnubila con la idea de no toser y, aunque no tiene ganas, tose como un descosido y la anciana saca lentamente del bolso dos ventiladores a pilas para que el virus no le roce la piel. La ingenuidad y la futilidad del gesto resulta tan extremadamente adorable, que a Ong le encantaría apoyar la cabeza en el hombro de esa afable mujer y casi lo hace, pero se reprime, y su estómago empieza a gritar «¡dim sum, dim sum!» como si no estuviera al borde de la muerte. Al joven lo conmueve tanto el significado etimológico de esas palabras —«acariciar suavemente el corazón»— que el estómago gana una vez el debate interno entre morir comiendo o en la cama. 

Su restaurante favorito queda lejos y, a medida que sube la fiebre, le va pareciendo más y más irresponsable ir; además, está a más de diez kilómetros de su casa, así que legalmente no podría hacerlo, aunque ya lo haya hecho dos veces esquivando a la policía, pero entonces no tenía coronavirus. 

Lo mejor sería volver a casa directamente, pero aparece en su cabeza la recomendación de dim sum congelado de su compañera de trabajo. Ya que va a morir de todas maneras, merece la pena un esfuerzo final, enmarcado en un plan más factible, aunque sea por dim sum congelado: se bajará en un par de paradas e irá al supermercado, eso es, entrar y salir, sin contagiar a nadie, sin hablar, sin mirar a nadie. En casa solo podría comerse las plantas —y no piensa a hacerle eso a sus bebés—. Aquel óbito que lo acecha no le va a privar de un último placer culinario, qué va. Mataría por ese manjar. 

Se le empañan las gafas al pasar del gélido autobús a la sauna exterior y la neblina le hace sentir más mareado, así que le compra un teh tarik con mucho hielo a un vendedor ambulante que no debería estar ahí, pero está y, bueno, parece sano, y Ong le paga sin contagiarlo. Espera en la cola del AEON —es corta, ya no hay tantas compras de por si acasos—, algo que no haría si esta no fuera su última cena, porque odia las filas, las odia, pero se distrae pensando en lo que daría por ver el templo Kek Lok Si y el bosque de manglares en Balik Pulau, por pasear con sus amigos ang mo por la turística calle Chulia e introducirles en el mundo del curry mee (sin confesarles que en Penang se prepara con sangre de cerdo), por hacer otra caminata por la selva hasta llegar a la playa y hasta por que los monos le robaran la comida de nuevo… Pero sobre todo, ay, le encantaría ir en bici por ese camino junto a los huertos de durian y llenarse de aquel olor acre que siempre lo hace viajar a su infancia. Se le inundan los ojos de recuerdos líquidos mientras se pega la fría bolsa de plástico a la frente, qué placer, qué gusto, qué satisfacción, y se le mezclan lágrimas, sudor y condensación en la cara.

Cuando se acerca su turno, se bebe el té de un trago, se seca con la manga y entra al supermercado, del tirón, y el frescor combinado del hielo y del aire acondicionado le recorre el cuerpo en un escalofrío que lo deja aterido y le recuerda que la gélida mano de la muerte le roza la piel, pero está convencido: cumplirá la Misión Dim Sum aunque sea lo último que haga.

En la entrada, pone cara de no tener ni frío ni calor y le toman la temperatura en esa frente gélida de bebida callejera, ningún problema, pasa, pasa, la mentira cuela. Le piden que se ajuste bien, bien, bien la mascarilla, le echan una pegajosa y desinfectante mezcla de agua y jabón con espray en las manos, le pegan un número al cuerpo que tendrá que entregar en caja y le hacen registrarse con un código QR para controlar el tiempo que pasa en la tienda: quince minutos, ni-un-se-gun-do-más. Va flechado a la sección de congelados, agarra una bolsa, paga —pero ¿la gente no deja distancia de seguridad en esta cola tampoco?—, sale y se planta los glaciares dim sum en la frente de virus y fuego. Un abrir y cerrar de ojos: eso es lo que tarda.

Ya solo tiene que coger un taxi, un Grab, un MyCar, un trishaw, lo que sea. Pronto llegará a casa y besará a su madre, su hermana y sus plantas por última vez. Qué pena, pero qué suerte verlas a todas. 

Dos conductores lo echan a patadas y sin explicaciones en cuanto se sube al coche. Ya está, obviamente tiene coronavirus y se ha convertido en un paria. Abre la bolsa a mordiscos, se intenta comer una bolita de dim sum congelada. Ya está, ha llegado su hora, no cabe duda: nadie en su sano juicio se metería eso a la boca, vaya última cena de mierda. Lo escupe. El tercer conductor también lo rechaza, pero al menos le da un motivo: señala un cartelito colgando del reposacabezas con un durian tachado, muy habitual en el transporte malayo, porque en los espacios cerrados el aroma de la fruta se afea e impregna sin remedio todas las superficies.

En ese preciso instante precioso, Ong se da cuenta de que apesta a la dichosa fruta y piensa en el empacho y en la fiebre que siempre le da la ingesta masiva de su adorado durian. Le lleva pasando desde pequeño, pero el pánico de las últimas semanas ha impedido que lo achacara a la glotonería. El rostro se le inunda de alegría y se gasta todo el gel antibacteriano que le queda para lavarse las manos y la boca requetebien y dejar de expeler ese hedor.

Se monta en el cuarto taxi, relajado en la fiebre, olvidándose del estrés y la ansiedad que le produce pensar en estos tiempos totalitarios y en la incertidumbre del futuro. Haber superado el coronavirus de mentira lo tranquiliza de verdad y se sumerge en la felicidad de este instante al pegar la frente en la fresquísima ventanilla hasta quedarse dormido.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas