Diatriba

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El apartamento de Mischi en Queens ya casi no huele a cerrado ni a comida podrida. Lleva pagando el alquiler de un lugar desocupado desde que murió, y ahora Ruth y Mark han llegado desde California para desempolvarlo, llenarlo de aromas frescos y vaciarlo de historia y de la oquedad forzada de los últimos meses para poder devolvérselo a su dueño de una vez por todas.

Estaba todo patas arriba desde principios de marzo, porque Ruth voló a Nueva York apresurada por la noticia de la muerte de su madre para hacer los trámites absolutamente necesarios y quedarse solo unos días, convencida de que regresaría en un par de semanas y lo apañaría todo como era debido. Jamás se le pasó por la cabeza que atravesaría un limbo de cinco meses hasta poder regresar. Sí, el virus ya se hacía eco en las noticias y la ciudad que se convertiría en uno de los epicentros mundiales apuntaba maneras, pero nadie creía que la vida cambiaría de una forma tan colosal. En marzo hizo lo básico. Cuando recogió las cenizas de Staten Island, gozó de las mismas vistas de la estatua de la Libertad que su madre contemplara al llegar a tierras desconocidas. Luego entró a una iglesia por curiosidad y las reliquias comenzaron a revolverse dentro de la urna, porque la aversión de Mischi al cristianismo se estiraba hasta en las postrimerías. En casa, recitó en su honor un pequeño kadish, la oración de los muertos, con un grupúsculo de nonagenarios y exempleadas con quienes Mischi no había sido del todo maligna. Ruth acabó besándose y abrazándose con aquellos cuasi desconocidos, como si se les hubiera olvidado a todos que la apreciación física podría acarrear consecuencias fatídicas en estos tiempos.

Ruth desempeñó las tareas con un instinto ritual, mientras sentía un gran alivio al ir cerrando este capítulo de su vida tan lleno de lucha y rabia. Sumida en la destemplanza, el aturdimiento y las ganas de terminar, tiró todo lo que pillaba, soñando con vaciar el apartamento lo antes posible. Cuando se dio cuenta de que se había deshecho de los certificados de defunción recién recibidos, le dio por pensar que quizás la rabia habitaba en sus actos. Lo único que conservó sin pensárselo dos veces fue la maleta que trajo Mischi en el Gripsholm, aquel barco sueco que le regaló la oportunidad de empezar de cero en Nueva York. En marzo aparcó el equipaje en una esquinita del apartamento, donde aún seguía, ajeno al paso del tiempo y a la ausencia de Mischi. Aún no se siente preparada para descifrar qué hay dentro de esa maleta tan enigmática como roñosa, y lleva toda la semana posponiendo la apertura, porque sabe que los documentos que guarda en su interior podrían derrumbarla.

Quizás la abra hoy, aprovechando que va a pasar el día sola, ya que Mark tiene planes sabatinos infinitos en Manhattan. Madre e hijo merecen de sobra un paréntesis hoy, después de una semana frenética deshaciéndose de los libros, papeles, cachivaches, muebles, sábanas bordadas, medicinas y máquinas obsoletas que se han ido acumulando en el apartamento durante más de medio siglo. Jamás habrían pensado que regalar objetos se convertiría en una tarea tan ardua. A Ruth le ha encantado estrechar su relación con Mark en estos días, pero ahora le seduce la idea de la soledad, que se le dibuja como ese broche final tan esperado de un luto que lleva nublándola desde la primavera. Se despedirá así de ese apartamento en que pasó parte de la infancia y la adolescencia con sus padres y su hermana, que ahora, ay, no existen más allá que en los recuerdos, muchos de ellos condensados entre estas cuatro paredes.

Mischi se marchó en el momento adecuado: qué horrible habría sido que viviera la pandemia. ¿Qué habría hecho Ruth: exponerse de vez en cuando a las hordas virulentas de los aeropuertos o mudarse con su madre? Ambas opciones le parecen igualmente mortíferas y, solo de pensarlo, le recorre por el cuerpo un escalofrío. Afortunadamente, Mischi murió como deseaba —en casa, de golpe, sin dolor, de vieja—, después de torear a la enfermedad con la que le diagnosticaron tres meses de vida a principios de 2017. Casi era de esperar, porque ya tenía experiencia en los menesteres de la supervivencia, al haber huido hacia Inglaterra con once años en uno de los primeros trenes del Kindertransport. Y, una semana antes de marcharse, le confesó a Ruth por teléfono que estaba más que preparada para abandonar este mundo y así lo hizo a los noventa y dos años.

En estos días que llevan madre e hijo confinados en el apartamento de Queens, han ido amontonando sin orden ni concierto sobre la alfombra persa del salón los papeles que irradiaran cualquier brillo de importancia, y el plan de hoy para Ruth es hacer una buena criba. 

Le apetece sumergirse en la vorágine del papeleo, porque las palabras escritas se están convirtiendo en los puntos de sutura que han ido cerrándole una herida que lleva décadas abierta. Por algún motivo desconocido, Mischi se pasó más de treinta años martirizándola, incluso amenazándola con desheredarla durante los últimos años, como empeñada en perpetuar el dolor que ella había sufrido en su piel cuando sus propios padres intentaron hacer lo mismo. 

Precisamente por eso, Ruth no cabía de asombro cuando leyó el testamento en marzo y descubrió que la última voluntad de Mischi no solo contradecía aquellas lacerantes e inagotables maldiciones, sino que le concedía a su hija la parte correspondiente y le daba el poder absoluto de decisión como única albacea. El inesperado regalo póstumo supuso un alivio mayúsculo, después del último testamento que Mischi le hubo enseñado con sorna a su hija, a quien no le legaba más que una mesa y una lámpara.

Ahora está plantada frente a una vastedad epistolar abrumadora y lee y lee sin descanso. Sostiene entre las manos decenas y decenas de cartas coléricas, con batallas dilatadas entre 1952 y 2016, y las separa en dos montones. A la derecha, coloca las cartas devueltas a Mischi en las que combatía enérgicamente por los derechos civiles de las personas negras en los años cincuenta y sesenta. Ruth había oído hablar algo del tema, pero los detalles de la feroz lucha de su madre por la calidad educativa y la vivienda digna la tienen boquiabierta. A la izquierda, acumula el enrevesado laberinto epistolar con los esfuerzos de Mischi durante siete décadas por recuperar los negocios familiares, los inmuebles, las obras de arte, por los que consiguió cuatro duros de acá y acullá. A los ochenta y ocho años, después de toda una vida, logró que la indemnizaran por aquello del Holocausto con una suculenta suma que le mostró las comodidades de tener dinero. A este galimatías se suman misivas entre Mischi y una docena de abogados en su pugna eterna por que sus padres no la dejaran en la miseria. Ruth siempre se ha preguntado qué los llevó a intentar tan fervientemente desheredarla —algo ilegal en la legislación alemana, según lo que acabó por descubrir Mischi—, porque, según la correspondencia que se despliega ante sus ojos, siempre se preocuparon por su hija.

Hace tan solo un rato ha leído una carta de 1944, en que la doctora Hilde Lion —fundadora de Stoatley Rough, el internado inglés para jovencísimos refugiados alemanes donde Mischi pasó los años del conflicto bélico— les asegura a Lily y Hermann Matthiessen que a su hija le encanta recibir noticias y fotos suyas, que no tienen que preocuparse por ninguna falta de cariño y que es alta, guapa, práctica y organizada.

Encuentra un diario de Mischi. Lo lee por encima, saltándose fragmentos, hasta que llega a una entrada de 1959 en la que, agotada por el mal de amores, contempla el suicidio. Lo primero que sobrecoge a Ruth es el amor tan fuerte que su madre sentía por su padre, eternizado en tinta hasta décadas después de que se separaran. Pero luego le hiere que, por el contrario, solo se mencione a Ruth y a su hermana, Irene, muy por encima y de refilón, como si esas niñas fueran insignificantes para ella. Su madre llevaba sin tenerla en cuenta más tiempo de lo que creía. 

Tira el diario lejos, con una rabia similar a la que sintiera ya en marzo, y mira de reojo el equipaje del Gripsholm, como diciéndose que ya ha visto todo lo que tenía que ver, que está preparada. Pero algo la frena en su interior: sabe que su madre atesoró esa maleta durante décadas. Qué absurdo: a Ruth nunca le han intimidado los objetos, pero no se siente capaz de abrirla aún; no reúne la fuerza necesaria para enfrentarse a su interior lleno de historia.

En su lugar, agarra un pequeño archivador con una etiqueta que reza «Kochrezepte», que guarda las recetas de su bisabuela Helene Dobrin, la querida abuela de Mischi asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt, cerca de Praga. Helene y su marido Moritz abrieron varias sedes de la Dobrin Konditorei en Berlín, una pastelería y panadería de tanto éxito que incluso aparece en varias guías turísticas y obras literarias de la época. Dice la leyenda familiar que Helene introdujo el banana split en la capital alemana y que tenía mucha mano para los postres, así que Ruth acaricia las páginas de colores otoñales y se promete cocinar Schokoladencreme y ZitronenEis y Kastanientorte cuando regresen a California.

De pronto, del archivador cae un sobre con una pequeña inscripción: «Última carta de Helene a Lily antes de que la mandaran a Theresienstadt». Como es de esperar, la carta está en alemán, en un papel de arroz que expande las letras cursivas y las hace parecer cirílico. Ruth casi siente alivio de no poder entender el mensaje por ahora y coloca la carta junto al pasaporte verde con una gran esvástica con el que Lilly consiguió huir a Estados Unidos después de un tortuoso viaje atravesando por tierra Francia, España y Portugal durante la guerra. 

Gran parte de las relaciones familiares durante generaciones se enraiza en esas epístolas que inundan la alfombra persa, ahora unos papeles amarillentos con tinta vertida por gente que ya solo existe en esta correspondencia con mensajes que oscilan entre la futilidad y la trascendencia. Hablan de música, de literatura, de comida y de todas las esencias de la rutina, pero las cartas también sirvieron como medio para que el padre de Ruth, Stanley, le confesara su homosexualidad o para que su hermana le contara que tenía un cáncer terminal, que acabaría llevándosela con cuarenta y cinco años. Entonces los acontecimientos, mundanos o trascendentales, venían a golpe de grafías y matasellos.

A Ruth la asedian tantas sensaciones simultáneas que se le apelotonan y no siente absolutamente nada, excepto el respeto por esa maleta marrón y destartalada. Se centra más rato en las cartas: las lee deprisa, con una curiosidad tan consanguínea como histórica, y le asombran especialmente las de la posguerra, porque Mischi es capaz de mezclar en una sola misiva y con total ligereza temas como el último libro que ha leído, tal o cual pariente asesinado en Auschwitz, lo que disfrutó viendo Los rivales en el teatro o las historias de terror que cuenta su abuelo Moritz después de sobrevivir a Theresienstadt.

Además de la retahíla de cartas de amor entre Mischi y Stanley, que se escribían incluso viviendo juntos, también hay otras entre Mischi y un noviete de los años cuarenta, un tal Hans, del que Ruth nunca había oído hablar, pero por lo visto una pieza esencial de su juventud y de su vida. Ahí se le aparece otra cara de Mischi, vivaracha, distinta, románticamente lenguaraz, que le reprueba con gracia que la llame sweetheart y honey y lo achaca a la rápida adopción de los modismos estadounidenses del recién llegado Hans, quizás provocada por un golpe de calor. En una misiva escrita un mes antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Hans recurre a palabras en alemán y al apelativo cariñoso «Mischilein», y muestra su impaciencia por que se reúna con él en Nueva York —que describe como una ciudad asombrosa y vertiginosa, además de como un lugar lleno de fruta y chocolate, al contrario que Inglaterra—. Le cuenta que se ha reunido con Lily y Hermann, ya divorciados, que también están deseando verla y que le han preguntado si su hija es alta o baja, gorda o flaca, guapa o fea y que si anda erguida o encorvada. En este momento, Ruth se da cuenta de que sí sabe quién es ese Hans: aquella figura misteriosa que convenció a los padres de Mischi de que le pagaran el pasaje para mudarse de Inglaterra a Estados Unidos.

Ruth sigue leyendo el testimonio de Hans y una frase se queda con ella. El muchacho asegura que, en la conversación con sus padres, no ha abierto el pico sobre los «jamones algo gordos» de Mischi. Al principio, a Ruth eso le resuena como un insulto, del todo extraño, sobre todo porque la joven Mischi estaba más bien tísica. Pero luego le resulta completamente meloso, al dibujársele como una de esas bromas coquetas que las parejas comparten en secreto con intenciones eternas, pero que acaba por extinguirse. Desde luego, nunca imaginaron que la confidencialidad la romperían, setenta y cinco años después, los ojos lectores de alguien que existe gracias a que ese romance acabara por disolverse.

Después de superar todos los desafíos de una relación a distancia, ¿por qué acabó aquel romance en cuanto Mischi llegó a Nueva York? Seguramente Mischi no se casara con Hans porque, para ella, aquella mudanza equivalía a empezar de cero. Mischi rechazó fervientemente arrastrar la cruz de refugiada judía y se quiso desvincular de cualquiera que hubiera huido también de los nazis. Para protegerse a sí misma y rebelarse contra sus padres, prefirió desposarse con un intelectual cristiano con aspecto ario que huyó de la rusticidad de la Indiana profunda y celebrar con sus hijas Navidad en lugar de Janucá.

La lectora sobre la alfombra persa encuentra también mensajes menos importantes y más distantes, que habían caído en el pozo de la desmemoria, y la Ruth del presente mira a los ojos de la Ruth del pasado, a quien, por lo visto, también le obsesionaba la comida y J. D. Salinger y utilizaba con soltura términos freudianos para describir sus sentimientos a la edad de nueve años. Pero lo que más le sorprende es leer cómo su madre y ella bromeaban y se hablaban con cariño, algo que la transporta a los primeros veinte años de su vida, cuando admiraba a su madre profundamente, antes de que todo empezara a torcerse.

Para salvarse a sí misma, Ruth se agarra a un recuerdo hermoso que ha resistido el paso del tiempo: las dotes culinarias de Mischi. Abre el congelador, donde le está esperando el último bocado maternal: la sopa que Mischi cocinó para la pasada pascua judía, que todavía sabe a gloria meses después.

Una vez reconciliada por el abrazo culinario, Ruth vuelve a la alfombra persa y agarra unas cuantas carpetas. Tenía a Mischi por una escritora en ciernes, pero ahora se encuentra ante sus complejos poemas y una prosa que atrajo el interés de varios editores. ¿Cómo pudo ocultarle todo eso a su hija? Hay una carta de rechazo de una tal Annie Laurie Williams, que no quiere publicar un relato de Mischi, Éxodo, y, sin embargo, muestra un gran interés por la novela que tiene en el horno.

Ruth lee la primera frase de la novela, sin título aparente —«Cuando los Jackson celebraban sus fiestas habituales en las noches de los sábados, Harriet Jackson se sometía a una total metamorfosis»— y cae en esa trampa lectora de preguntarse si esa tal Harriet sería un alter ego de la presumida de su madre. Hojea los papeles y salta de página en página hasta llegar al suicidio de Harriet y de nuevo le atormenta la actitud de Mischi.

Se da media vuelta y aparecen ante ella todas fotos llenas de gente pretérita, que, en lugar de apenarla, le hacen sentir de golpe una enorme gratitud por este tiempo de pausa mundial. A pesar de haberse sumido en ese umbral de disociación, confusión e incertidumbre que vienen de la mano de la parca, ha podido resguardarse en el silencio, el aislamiento y la ausencia de distracciones, los ingredientes perfectos para un bálsamo magnánimo, de los cuales habría carecido en circunstancias normales, pues en la cultura estadounidense hay que superarlo todo de un día para otro, y el duelo no tiene cabida.

En su conjunto, toda esa montonera de documentos inunda a Ruth de una simpatía, compasión y apreciación que no recuerda haber sentido jamás por su madre. Desde la perspectiva del tiempo, solidificado sobre la alfombra persa de ese apartamento en Queens, su madre se ha convertido en un personaje literario de múltiples nombres (Marion, Mischi, Mischilein), en un espectro con una vida fascinante que su hija desconocía casi por completo. Le parece que ese retrato post-mortem derrocha inteligencia, sentido del humor y sensibilidad y Ruth le perdona a su madre todos los años de amenazas, sinsentidos y negatividad.

Ahora sí cree estar emocionalmente preparada para abrir la maleta. Ruth la coloca junto al ventanal para verlo todo con la mayor claridad y, aunque no sea muy de fotos, saca un par para el recuerdo, por el miedo que le da que se le deshaga en las manos. Se limpia las gafas, respira hondo, se sonríe y se anima a abrir el equipaje del Gripsholm, sabiéndose preparada para aceptar cualquier recuerdo o descubrimiento doloroso. La Historia la está mirando fijamente, y se siente poderosa ante ese equipaje en que su madre cargó sueños y suspiros en un largo trayecto en barco desde Liverpool a Nueva York. Durante unos instantes, Ruth no puede creer lo que contiene ese objeto valiosísimo que su madre lleva décadas atesorando; y le da un ataque de risa cuando por fin procesa que la maleta está llena de las decoraciones navideñas más horteras que ha visto en su vida.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Diatribe

[Leer cuento en español]

By now, the odor of abandon and decaying food has almost dissipated from Mischi’s apartment in Queens. She has been paying rent for a vacant apartment since her death, and now Ruth and her son, Mark, have come all the way from California to dust it off, to expel the mustiness, to empty it of history and the tangible void of the last few months so that it can be returned to its owner. 

Everything has remained in disarray since the beginning of March, because when the sudden news of her mother’s death sent Ruth rushing to New York, she took care of only the barest necessities, confident that she would be back within a couple of weeks to arrange everything properly. It had never crossed her mind that five months of purgatory would pass before her return. Yes, the virus was filling the news even then, and New York was already giving hints that it would become one of the world’s epicenters, but it still seemed like a distant, foreign scourge, not quite real. Collecting the ashes from Staten Island, she faced the same views of the Statue of Liberty that had greeted her mother arriving on these alien shores. Her curiosity aroused by a church she’d never noticed before, she entered on a whim, and the remains started to writhe within their urn, because it seemed Mischi’s repulsion to Christianity survived even incineration. Back at the apartment, she recited the Kaddish, the prayer of the dead, with a minyan formed of the hodgepodge of nonagenarians and former employees Mischi hadn’t been nasty enough to drive away permanently. She ended up kissing and hugging these near-strangers as if everyone had forgotten that in these times, death lurked in every breath.

Ruth performed these obligations by ritualistic instinct, relief growing as she closed out this chapter of her life so full of fighting and anger. Eager to be done and feeling slightly dazed, she threw things away with abandon, emptying the apartment as quickly as possible. Later, when she realized that in her cleansing frenzy, she’d thrown away all the death certificates she’d just paid for, she allowed the thought to cross her mind that maybe her anger hadn’t yet been completely surmounted. The one thing she kept without a second thought was the suitcase that Mischi brought on the Gripsholm, the Swedish ship that carried her to a new life in New York. In March, Ruth set this luggage in a corner and there it remains, oblivious to the march of history and the absence of Mischi. She still doesn’t feel ready to face whatever’s inside that shabby and enigmatic suitcase and has been postponing opening it all week long, knowing the memories it holds might shatter her.

Perhaps she’ll open it today, taking advantage of being on her own, since Mark set off for a Saturday in Manhattan and shows no signs of returning. Both mother and son deserve a break today, after a frenzied week trying to dispose of the seemingly inexhaustible stores of books, documents, tchotchkes, furniture, clothing, medical equipment, and now-obscure devices that accumulate over more than half a century of a life in the same apartment. Who’d have thought giving valuable items away could prove so difficult? Ruth has enjoyed strengthening her relationship with Mark over these days, but now she is lured by the idea of solitude, which seems to her like a chance for the long-awaited closure to the mourning that has clouded her since spring. She will say goodbye for the last time to that apartment where she spent most of her childhood and adolescence with her parents and sister, all of whom, it hits her, now exist only as memories, many staged within these four walls.

Mischi made her exit at the right time; how awful it would have been for her to live through the pandemic. And what would Ruth have done? Expose herself repeatedly to the menacing, panting crowds of airports or just move in with her mother? Both options sound potentially deadly, and just the thought sends a chill down her spine. Fortunately, Mischi died exactly as she wished — at home, suddenly, painlessly, after a long life, able to claim moral victory over the cancer the doctors had said would kill her in three months all the way back in early 2017. This defiance of death was almost to be expected, because by the age of eleven, she was already a reluctant expert on the necessities of survival, leaving behind all friends and family to escape to England on one of the first trains of the Kindertransport. But a week before she’d died, she announced on a phone call with Ruth that she was more than ready to leave this world behind too, and she finally did so at the age of ninety-two.

Over these days that mother and son have been confined to the apartment in Queens, they have erected a giant, chaotic pyramid on the Persian rug out of every document that exudes the slightest whiff of interest, and Ruth’s goal for today is to do a thorough winnowing.

She is eager to plunge into the maelstrom of paper because the written words are stitching up a wound that has gaped open for decades. For some unknowable reason, Mischi spent more than thirty years bad-mouthing her as greedy and conniving, even threatening to disinherit her in later years, as if determined to perpetuate the pain she had suffered when her own father did the same to her.

Hence, Ruth was astonished when she read the will in March and discovered that Mischi’s last testament contradicted those lacerating, inexhaustible curses, not only granting her daughter her rightful share of the estate but giving her absolute power as the sole executor. This unanticipated posthumous gift was a tremendous emotional reprieve, a far cry from the single table and lamp granted to Ruth in an earlier will tauntingly shown to her by her mother. 

Now she sits before an overwhelming epistolary expanse and reads and reads without respite. Through her hands pass dozens and dozens of angry letters from forgotten battles that took place between 1952 and 2016, and she separates them into two piles. On the right, she places the letters returned to Mischi which trace her fierce advocacy for Black civil rights in the 1950s and 1960s. She had already known the broad details of her mother’s education campaigning, but the deep commitment to fair housing was all new to her. On the left, she puts the Byzantine labyrinth of correspondence relating to her attempts to recover the family businesses, real estate, and works of art, in a struggle that spanned seven decades, with restitution of pennies on the dollar granted in spurts and dribbles. At the age of eighty-eight, her life already behind her, she received a tidy sum from the German government that allowed her, in her 90s, to finally discover the pleasure of spending money. Inextricably intertwined with this saga is her ultimately futile fight to recover her rightful share of her parents’ estate, traced in drifts of letters from a dozen different lawyers. Ruth has always wondered what led them to disinherit her — an impossibility in German law, as Mischi later discovered — because, from the correspondence she comes across, it seems they never stopped caring for their daughter.

Just minutes ago, she discovered a letter from 1944, in which Dr. Hilde Lion — founder of Stoatley Rough, the English boarding school for German refugee children where Mischi spent the war years— assures Lily and Hermann Matthiessen that their daughter loves to receive news and photos of them, that they don’t have to worry about any lack of affection, and that she is a good-looking, tall girl, very practical, and “quite capable to organise.”

She finds a diary of Mischi’s which she skims through, skipping whole sections, until she comes across a 1959 entry in which, exhausted and lovesick, Mischi contemplates suicide. Ruth’s first overwhelming impression is how much her mother truly loved her father, and the letters she’s found demonstrate that this endured until the end, even decades after their separation. But she can’t help the nagging realization that, conversely, Ruth and her sister, Irene, are mentioned only in passing, as if they were irrelevant to this decision… her mother has been ignoring her for even longer than she thought.

She tosses the journal away in a moment of ire, and peers out of the corner of her eye at the Gripsholm luggage, as if now she has seen everything she needed to, she is ready. But something is still holding her back: she knows her mother treasured that suitcase for decades. It’s ridiculous, because Ruth has never felt intimidated by objects, but she cannot open it yet; she does not feel strong enough to face its contents, maybe because of the weight of history. 

Instead, she grabs a small file cabinet labeled “Kochrezepte” that proves to hold the recipes of her great-grandmother Helene Dobrin, Mischi’s beloved grandmother who was killed in Theresienstadt, the concentration camp near Prague. Helene and her husband Moritz founded the Dobrin Konditoreien, which quickly grew to many branches across the ritziest neighborhoods of Berlin, so successful that it became a fixture in guidebooks and even literature of the epoch. Family legend has it that Helene introduced the banana split to the German capital, and she was unquestionably a savant with desserts, so Ruth strokes the autumnal pages and vows to cook Schokoladencreme and Zitronen-Eis and Kastanientorte when they return to California.

Suddenly, an envelope with a small note pinned to it drops from the file cabinet: “Last letter from Helene to Lily before she was sent to Theresienstadt.” The ink is still crystal clear, as if written yesterday, but it is in German, the precise, old-fashioned cursive on the pristine onionskin so elongated that it resembles Cyrillic. Ruth is almost relieved that the message is indecipherable for now, and she places the letter next to the green passport with a large swastika that Lily used to flee to the United States via a tortuous journey overland through wartime France, Spain, and Portugal.

Generations of a family reside in these epistles flooding the Persian rug, yellowing papers with ink spilled in love and anger and confession by people who now must be conjured out of this correspondence that oscillates between futility and transcendence. They speak of music, literature, food and all the routines of a life, but the letters also served as a means for Ruth’s father, Stanley, to reveal his homosexuality, and for her sister to tell her that she has terminal cancer, shortly before her death at the age of forty-five. At this remove in time, there is indeed a curious flattening in which the mundane has become as important as the momentous. 

Ruth is besieged by so many simultaneous sensations that no single emotion can break through, and she feels absolutely nothing except dread of that brown, battered suitcase. She focuses again on the letters: she reads them quickly, with a curiosity that is both historical and familial, and she is especially amazed by those from the post-war period, how in a single letter, Mischi is able to casually mix book recommendations with news of relatives killed in Auschwitz, and the pleasure of a night at the theater seeing The Rivals with the the horror stories of her grandfather Moritz about surviving Theresienstadt.

Among the countless letters between Mischi and Stanley, who couldn’t resist painting their love in ink even when living under the same roof, Ruth stumbles upon love letters to Mischi from a boyfriend in the 1940s, Hans, never mentioned by her mother in 70 years, yet apparently a key figure of her youth, and of her life. There, another side of Mischi appears, vivacious, chattily romantic, reproving him lightly for calling her “sweetheart” and “honey,” blaming pernicious American influence on newly-arrived Hans or perhaps a heat wave addling his mind. In a letter written a month before the end of World War II, Hans resorts to German words and uses the affectionate nickname “Mischilein,” expressing his impatience to be reunited with her in New York, which he describes as an amazing and dizzying city, as well as a place full of fruit and chocolate, so unlike England. He tells her that he has met with Lily and Hermann who, after so many years of separation from their daughter, are forced to ask this stranger whether she is tall or short, fat or thin, beautiful or ugly, straight or hunched. And Ruth suddenly makes a connection in her mind and realizes that this Hans is the same person as that mysterious figure who finally convinced Mischi’s parents to bring her over from England and reunite her with them.

A curious and slightly jarring phrase jumps out at her. Hans assures Mischi that he has not said a word to her parents about her “slightly fat hams”. At first it seems vaguely insulting, especially since Mischi was always rather skinny, if anything, in her youth, but then she sees its sweetness. This is clearly the inside joke of a playful young couple (likely born in the awkward transition from Germanophone to Anglophone), repeatedly endlessly by flirtatious lovers who see a lifetime before them, until suddenly it is never repeated again. It was never intended to be seen, seventy-five years later, by the prying eyes of someone who exists only thanks to the disintegration of that romance.

After surviving all the stresses of a year apart, why did their love collapse so quickly once Mischi rejoined him in New York? Perhaps she didn’t marry Hans because for her, New York was always supposed to be a blank slate. She fervently refused to play the role of the pitiable Jewish refugee and strove to disassociate herself from anyone else who had escaped the Nazis. Driven by an instinct for self-protection and rebelliousness against her family, she preferred to marry the most Aryan-looking man she met, an intellectual Christian from rural Indiana, and to celebrate Christmas with her daughters instead of Hanukkah.

The explorer on the Persian rug also comes across less exciting but less distant messages, fallen into the oblivion of forgetfulness, and the Ruth of the present stares into the eyes of the Ruth of the past, who, apparently, was already obsessed with food and J. D. Salinger and casually bandying about Freudian terms to describe her feelings at the age of nine. But what surprises her most is to read how she and her mother joked with each other and talked to each other with love, and it brings her back to the first 20 years of her life, when she had admired her mother so much, before everything soured.

Mischi’s cooking is one bright memory Ruth has always been able to cling to. She opens the freezer, where the last taste of her mother awaits her, and the soup that Mischi froze the previous Passover still tastes like youth and life all these months later.

After this culinary reconciliation, Ruth returns to the fray and grabs a few more folders. She knew Mischi always had some aspirations as a writer, but she had no idea how complex her poetry was, or that she had gotten interest from publishers about short stories and even a novel. How could she have hidden this part of her life from her daughter? She finds a rejection letter from an Annie Laurie Williams, who regrets being unable to publish Mischi’s story, Exodus, but expresses great interest in her upcoming novel.

Ruth reads the first sentence of the novel, apparently untitled — “When the Jacksons did their customary entertaining on Saturday nights, Harriet Jackson underwent a complete metamorphosis” — and falls into the reader’s trap of wondering if Harriet is an alter ego of her mother. She leafs through the sheets and jumps from page to page until she reaches Harriet’s suicide, and she is stung once again by Mischi’s attitude.

She turns around and sees only photos full of inhabitants of the past which, instead of saddening her, suddenly make her feel an enormous gratitude for this world-wide caesura. Plunged by Death into dissociation, confusion and uncertainty, she has been able to take refuge in silence, isolation and freedom from distractions, the perfect ingredients for a generous balm, all of which she would have lacked under normal circumstances, since in American culture everything must be overcome from one day to the next, because it holds no place for mourning.

Seen as a unified story, the pile of documents floods Ruth with sympathy, compassion and appreciation. With the safety and perspective of time, reified on the Persian carpet of that apartment in Queens, her mother has been transformed into a literary character with multiple names — Marion, Mischi, Mischilein, — a stranger with a fascinating life that her daughter was often barely aware of. It seems to her that this post-mortem portrait exudes intelligence, humor and sensitivity, and Ruth forgives her mother all the years of threats and negativity.

Now she feels emotionally ready to face the suitcase. Ruth carries it next to the window to illuminate it clearly and, even though she’s not normally one for photos, she snaps a couple as a memento, because she’s afraid the valise will crumble in her hands. She wipes off her glasses, takes a deep breath, smiles, and steels herself to open the case, knowing she can take any painful memory or discovery. She has History before her eyes and feels powerful confronting that suitcase which bore her mother’s dreams and sighs on the long boat ride from Liverpool to New York and the unknown. For a second after it falls open, Ruth’s brain can’t process what’s before her eyes, and then she giggles helplessly as she realizes the case is filled entirely with the tackiest Christmas decorations she’s ever seen.

{Translated by Adam Lischinsky}

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by Patricia Martín Rivas.

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