Gastronomía

Todo se debe al fatídico festival de durian en la oficina y al consecuente atracón. Y lo peor es que la idea la ha tenido el propio Ong, animado por la llegada de junio y con ganas de complacer a sus compañeros, con paladares sumidos en la pesadumbre y anhelantes de los sabores arrebatados. 

La temporada de la reina de las frutas siempre se tiñe de alegría, pero este año de carencias culinarias, el manjar preferido de los penanguitas ha adquirido las cualidades de maná, en tal desierto de monotonía y aislamiento. Por eso, cuando Ong se ha presentado esta mañana con esos paquetes de plástico desechable —bien envueltos, bien sellados, que no huela en el autobús, que no huela—, sus compañeros lo han recibido con vítores.

Son pocos, los compañeros, nada, cuatro gatos: muchos se han pedido vacaciones no remuneradas indefinidas, por no exponerse o por la inestabilidad política, quién sabe. Da igual, había que celebrar este momento tan esperado, así que se han arrejuntado en un par de mesas —a dos metros de distancia, desinfectando a conciencia cada paquete, sin pasarse nada de mano en mano— y se han dispuesto a disfrutar de esa fruta salada, dulce, cremosa, con un aroma que invade el aire, el pelo, la ropa, las almas. El durian, como el amor, existe para compartirlo. Con tan pocas bocas con quienes compartirlo, al final Ong ha acabado cebándose de lo lindo, engatusado por aquella seducción irremediable de fruit fatal

Incluso en ese placentero momento, Ong no ha podido evitar despotricar. Qué mal, qué mal lo está pasando el cielo de su boca. Y sus compañeros sufren la misma carencia: nadie sabe cocinar, ¿para qué?, si viven en una meca culinaria donde comprar comida casera es más barato y rápido que liarse a guisar en casa. Una compañera le ha recomendado, con la boca llena de durian y el corazón plagado de angustia, una marca de dim sum congelado, que no queda tan mal al hervirlo en casa, no te creas, hace el apaño, y se ríen de tal aberración y cada cual vuelve a su puesto de trabajo. 

Ong, hipnotizado por los dictámenes de su barriga, no se puede sacar de la cabeza su restaurante de dim sum favorito y lleva toda la tarde sin poder pegar un palo al agua. Cuánto van ya, ¿ocho, diez semanas? sin poder sentarse en un restaurante. Ahora dejan, pero con seguimiento de contacto y distanciamiento social y así uno se sumerge en una paranoia vírica que nubla y marea y no hay quien disfrute de nada.

Ong está ahí, entre las cuatro paredes de ese edificio gris en un polígono industrial al ladito del aeropuerto, plantado frente al ordenador como un pasmarote, sumido en una espiral obsesiva en la que solo piensa en volver a degustar una de sus comidas favoritas, aunque sea en versión congelada. Pero antes, tiene que mandar unas facturas en inglés, dim, registrar el último flete aéreo del día, sum, autorizar la partida de un cargamento naval en malayo, dim, negociar precios en hokkien para el transporte en vuelos comerciales sin pasajeros, sum, explicarle en mandarín a un importador singapurense los problemas resultantes de tan insaciable demanda para tan esmirriada oferta, dim, porque, si no, los estantes de los supermercados se vaciarán, sum, y él no va a ser el responsable de tal barbarie. 

A duras penas, lo deja todo bien atado y se larga de una vez por todas, que ya no soporta más la insistencia de su insaciable estómago, que, por mucho que esté lleno de durian, insiste en degustar dim sum. Aunque la mente le diga que seguramente le espere una insípida birria de primera categoría, el estómago gana la pugna al proyectar espejismos hacia la mente, donde aquella delicada y deliciosa delicatessen resplandece en bandejitas meticulosamente ordenadas sobre carros repletos y vertiginosos en algunos de los coloridos edificios con encanto carcomido pergeñados durante el colonialismo británico en pleno Georgetown, donde se come el mejor dim sum de todo el país.

Ong se siente afiebrado, pero sospecha que la sensación se la brinda esa gula visceral que le fustiga con una furia psicosomática. No puede ser otra cosa: como ya es costumbre, esta mañana, antes de que le permitieran acceder a la oficina, le han tomado la temperatura, le han invitado (invitado, ¡ja!) a echarse gel antibacterial y a registrarse en la entrada, con el nombre, DNI, hora, minutos y segundos de llegada, temperatura exacta y casi la talla de calzoncillos. Y, en fin, bueno, no tenía fiebre. Ni él ni nadie. Se toca la frente y quizás siente un ligero ardorcillo, pero nada, nada. No hay virus que valga. Esto viene todo de la añoranza culinaria, sin duda. Agarra sus cosas con una parsimonia infundada por su propia convicción de que todo va bien. Acalla cualquier paranoia en ese cuaderno lleno de garabatos, que guarda en su maletín con todos sus miedos y lo cierra con llave ahogando el pánico en el interior de la cerradura.

Sale a la calle y esos treinta y dos grados húmedos le dan un soplamocos más calenturiento de lo habitual. No pasa nada de nada. Es hora punta y los precios de Grab están por las nubes, así que, como se encuentra tan bien, va a la parada del autobús y empuña el arma necesaria para tan bizarra gesta: la paciencia. Cogerá el autobús a Komtar y luego irá al centro en taxi. Hay una cola larguísima, que al principio lo intimida, porque le recuerda a las filas que se crearon cuando cerraron la ciudad hace unas semanas y la gente se comenzó a arremolinarse frente a las comisarías para pedir los permisos necesarios para realizar viajes interestatales. Entonces el caos empezó a reinar poco a poco, con controles policiales en todos los caminos y aquellas decisiones gubernamentales que ni los guardias entendían y nadie sabía cómo actuar. Las alertas de emergencia lanzadas por el gobierno, que llegaban a todos los móviles únicamente en malayo y con sonidos estridentes que parecían anunciar una guerra, no solo sembraban pánico, sino que además excluían deliberadamente a dos tercios de la población de la isla. En esos días se dio cuenta de que esta vez no iba a ser como las epidemias de SRAG y MERS, sino que se trataba de algo enorme, que en las últimas semanas había traído consecuencias radicales en la economía, en la libertad de movimiento, en la política malaya, en sus nervios.

Pero esta fila se debe a la hora punta y a la vergonzosa frecuencia del autobús 301. Espera, desespera, empieza a sudar. ¿El fuego es interior o exterior? Reboza la cara en el frío cristal de la marquesina, lentamente, en un gesto tirando a gatuno que espera que nadie vea. Al menos las calles están bañadas del dulce aroma del durian; el virus no ha impedido que los maleteros vayan cargados de frutas, que broten tenderetes que las venden en cada esquina. Adopta el método de supervivencia de sumergirse en la fragancia mientras sigue refrescándose la frente.

Por fin llega el autobús y se queda el último, porque no le gustan las aglomeraciones, y menos con gente contagiosa (¿como él?). Antes de subir las escaleras, reúne fuerzas y pone su mejor cara de no tener fiebre. El conductor le toma la temperatura una vez, frunce el gesto, otra. Ong sonríe desabrido —como si se le transparentara la boca con la mascarilla—, sube, anda, sube, son solo un par de décima, y agradece el gesto con un terima kasih enclenque que es más bien un suspiro.

Hace como que se sienta tranquilamente derrumbándose junto a una anciana que parece que no ve tres en un burro, así que posiblemente no juzgará los sudores de Ong. Pega la cabeza al frío cristal de nuevo, en un alivio solo perturbado por sus pensamientos: se acalora más aún al pensar en ese golpe de estado sibilino apoyado por el mismísimo sultán y orquestado aprovechando el brote de COVID para quitarle el poder a Mahathir tras declarar el confinamiento, aunque siguen en una democracia, ¿no?, aunque no hayan votado por el nuevo primer ministro, aunque ahora Muhyiddin tiene todo el poder, aunque ya da igual, porque tienes coronavirus y ya está, asúmelo, Ong, la muerte te besa la nuca, desaparecerás de la faz de la Tierra y la libertad que la luchen los vivos. 

No tosas, no tosas, ponte un capítulo de Normal People en el móvil, con lo que te gusta, y relájate. Pero no se distrae y se obnubila con la idea de no toser y, aunque no tiene ganas, tose como un descosido y la anciana saca lentamente del bolso dos ventiladores a pilas para que el virus no le roce la piel. La ingenuidad y la futilidad del gesto resulta tan extremadamente adorable, que a Ong le encantaría apoyar la cabeza en el hombro de esa afable mujer y casi lo hace, pero se reprime, y su estómago empieza a gritar «¡dim sum, dim sum!» como si no estuviera al borde de la muerte. Al joven lo conmueve tanto el significado etimológico de esas palabras —«acariciar suavemente el corazón»— que el estómago gana una vez el debate interno entre morir comiendo o en la cama. 

Su restaurante favorito queda lejos y, a medida que sube la fiebre, le va pareciendo más y más irresponsable ir; además, está a más de diez kilómetros de su casa, así que legalmente no podría hacerlo, aunque ya lo haya hecho dos veces esquivando a la policía, pero entonces no tenía coronavirus. 

Lo mejor sería volver a casa directamente, pero aparece en su cabeza la recomendación de dim sum congelado de su compañera de trabajo. Ya que va a morir de todas maneras, merece la pena un esfuerzo final, enmarcado en un plan más factible, aunque sea por dim sum congelado: se bajará en un par de paradas e irá al supermercado, eso es, entrar y salir, sin contagiar a nadie, sin hablar, sin mirar a nadie. En casa solo podría comerse las plantas —y no piensa a hacerle eso a sus bebés—. Aquel óbito que lo acecha no le va a privar de un último placer culinario, qué va. Mataría por ese manjar. 

Se le empañan las gafas al pasar del gélido autobús a la sauna exterior y la neblina le hace sentir más mareado, así que le compra un teh tarik con mucho hielo a un vendedor ambulante que no debería estar ahí, pero está y, bueno, parece sano, y Ong le paga sin contagiarlo. Espera en la cola del AEON —es corta, ya no hay tantas compras de por si acasos—, algo que no haría si esta no fuera su última cena, porque odia las filas, las odia, pero se distrae pensando en lo que daría por ver el templo Kek Lok Si y el bosque de manglares en Balik Pulau, por pasear con sus amigos ang mo por la turística calle Chulia e introducirles en el mundo del curry mee (sin confesarles que en Penang se prepara con sangre de cerdo), por hacer otra caminata por la selva hasta llegar a la playa y hasta por que los monos le robaran la comida de nuevo… Pero sobre todo, ay, le encantaría ir en bici por ese camino junto a los huertos de durian y llenarse de aquel olor acre que siempre lo hace viajar a su infancia. Se le inundan los ojos de recuerdos líquidos mientras se pega la fría bolsa de plástico a la frente, qué placer, qué gusto, qué satisfacción, y se le mezclan lágrimas, sudor y condensación en la cara.

Cuando se acerca su turno, se bebe el té de un trago, se seca con la manga y entra al supermercado, del tirón, y el frescor combinado del hielo y del aire acondicionado le recorre el cuerpo en un escalofrío que lo deja aterido y le recuerda que la gélida mano de la muerte le roza la piel, pero está convencido: cumplirá la Misión Dim Sum aunque sea lo último que haga.

En la entrada, pone cara de no tener ni frío ni calor y le toman la temperatura en esa frente gélida de bebida callejera, ningún problema, pasa, pasa, la mentira cuela. Le piden que se ajuste bien, bien, bien la mascarilla, le echan una pegajosa y desinfectante mezcla de agua y jabón con espray en las manos, le pegan un número al cuerpo que tendrá que entregar en caja y le hacen registrarse con un código QR para controlar el tiempo que pasa en la tienda: quince minutos, ni-un-se-gun-do-más. Va flechado a la sección de congelados, agarra una bolsa, paga —pero ¿la gente no deja distancia de seguridad en esta cola tampoco?—, sale y se planta los glaciares dim sum en la frente de virus y fuego. Un abrir y cerrar de ojos: eso es lo que tarda.

Ya solo tiene que coger un taxi, un Grab, un MyCar, un trishaw, lo que sea. Pronto llegará a casa y besará a su madre, su hermana y sus plantas por última vez. Qué pena, pero qué suerte verlas a todas. 

Dos conductores lo echan a patadas y sin explicaciones en cuanto se sube al coche. Ya está, obviamente tiene coronavirus y se ha convertido en un paria. Abre la bolsa a mordiscos, se intenta comer una bolita de dim sum congelada. Ya está, ha llegado su hora, no cabe duda: nadie en su sano juicio se metería eso a la boca, vaya última cena de mierda. Lo escupe. El tercer conductor también lo rechaza, pero al menos le da un motivo: señala un cartelito colgando del reposacabezas con un durian tachado, muy habitual en el transporte malayo, porque en los espacios cerrados el aroma de la fruta se afea e impregna sin remedio todas las superficies.

En ese preciso instante precioso, Ong se da cuenta de que apesta a la dichosa fruta y piensa en el empacho y en la fiebre que siempre le da la ingesta masiva de su adorado durian. Le lleva pasando desde pequeño, pero el pánico de las últimas semanas ha impedido que lo achacara a la glotonería. El rostro se le inunda de alegría y se gasta todo el gel antibacteriano que le queda para lavarse las manos y la boca requetebien y dejar de expeler ese hedor.

Se monta en el cuarto taxi, relajado en la fiebre, olvidándose del estrés y la ansiedad que le produce pensar en estos tiempos totalitarios y en la incertidumbre del futuro. Haber superado el coronavirus de mentira lo tranquiliza de verdad y se sumerge en la felicidad de este instante al pegar la frente en la fresquísima ventanilla hasta quedarse dormido.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Gastronomy

It was all caused by that fateful office durian party and his resulting binge. And the worst thing is that Ong himself had come up with the idea, inspired by the arrival of June and hoping to cheer up his coworkers, their palates plunged in sorrow and longing for vanished flavors.

The arrival of the king of fruits is always an occasion of joy, but in this year of culinary deprivation, Penang’s favorite delicacy has become manna in a desert of monotony and isolation. That’s why, when Ong showed up this morning with those disposable plastic packages of durian well-wrapped, well-sealed, no smell on the bus, no smell his coworkers had greeted him with eager cries.

His few coworkers who were still there, that is many had asked for indefinite unpaid leave to avoid infection or because of the political instability, who knows. But now is one of the most joyful periods of the year, and they gathered round a couple of tables eight feet apart, disinfecting every package, not passing anything along and enjoy the savory, sweet, creamy fruit, its smell permeating the air, attaching to their hair, their clothing, and their souls. Durian, like love, is meant to be shared. With so few left to share with, though, Ong ended up gorging himself, entranced by the irresistible seduction of that fruit fatal.

Even in this rare moment of bliss, Ong couldn’t resist complaining. What misery, what misery it has been for his taste buds. And his coworkers are going through the same suffering: nobody knows how to cook, what’s the point? They live in a culinary mecca where buying food crafted by a specialist is cheaper and quicker than getting tangled up with pots and pans at home. A colleague, mouth full of durian, heart full of desperation, recommended a brand of frozen dim sum which is quite edible when boiled at home, don’t be close-minded, it does the job, and they laughed at this perversity, and each returned to his job.

Ong, mesmerized by the demands of his belly, can’t get his favorite dim sum restaurant out of his head all afternoon and hasn’t done diddly squat. What’s it been, eight, ten weeks now? Without being able to sit in a restaurant. Now they do let you, but with contact tracing and social distancing, and eating out means being immersed in a viral paranoia that clouds and dizzies you, and it’s impossible to enjoy anything.

He sits there, in that grey building in an office park in the Free Industrial Zone, gawking foolishly at his computer, caught in an obsessive spiral in which all he can focus on is tasting one of his favorite culinary treats again. But first, he has to send invoices in English, dim, record the last air freight of the day, sum, authorize the departure of a shipload in Malay, dim, negotiate prices in Hokkien for transport on passenger-free commercial flights, sum, explain in Mandarin to a Singapore importer the problems of meeting the voracious demand with the current meager supply, dim, because, if not, the shelves of the supermarkets will be empty, sum, and he will not be responsible for such an atrocity.

With difficulty, he wraps everything up and leaves once and for all, no longer able to resist the urging of his insatiable stomach, which, though already full of durian, insists on tasting dim sum. Although his mind may tell him that a bland slop is all that awaits him for dinner, his stomach prevails by projecting mirages before his mind, of laden carts groaning under a dizzying array of neatly-arranged plates amidst a halo of light, surrounded by the dingy colonial charm of the colorful shophouses of central Georgetown, where the best dim sum in the country is eaten.

Ong feels feverish, but suspects that the sensation is fruit of the visceral gluttony that is whipping him with psychosomatic fury. It can’t be anything else; as usual, this morning, before he had been allowed into the office, they had taken his temperature, invited him (invited him, ha!) to apply an anti-bacterial gel and check in at the entrance, with his name, ID, hour, minute and second of arrival, exact temperature and practically his brand of underwear. And, anyway, well, he doesn’t have a fever. Neither he nor anyone else. He touches his forehead and perhaps there is a slight burning, but nothing, nothing. There’s no virus whatsoever. This is all just a result of culinary nostalgia, no doubt. He grabs his things with a calmness grounded in his own conviction that all is well. He shuts all his paranoia in that scrawl-filled notebook which he puts away in his briefcase with all his fears and locks up, suffocating the panic behind the lock.

He goes out into the street, and the humid 90 degrees pack more of a punch than ever. There’s absolutely nothing wrong. It’s rush hour and prices on Grab are sky high, so, since he’s feeling so well, he heads to the bus stop and unsheathes the weapon he needs for such an inexplicable whim: patience. He’ll take the bus to Komtar and then continue in a taxi. There is a very long line, which at first intimidates him, because it reminds him of the lines that formed when they shut down the city a few weeks ago, and people began to pile up in front of the police stations to apply for the necessary permits to make interstate trips. Then chaos had seized dominion little by little, with police checkpoints on every road and those government edicts that even their enforcers did not understand, and nobody sure how to behave. The emergency alerts issued by the government, which were pushed to all cell phones in Malay only, with shrill alarms that seemed to announce a nuclear strike, not only spread panic but also deliberately excluded two thirds of the island’s population. It was during those days that he realized that this time it wouldn’t be like the SARS and MERS scares, that this was something huge, which in recent weeks had already wrought radical consequences on the economy, on freedom of movement, on Malaysian politics, on his nerves.

But this line can be blamed only on rush hour and the embarrassing scarcity of 301 buses. Wait, wait, he’s starting to sweat. Is the fire from within or without? He rubs his face against the cold glass of the shelter, slowly, with a cat-like gesture that he hopes nobody sees. At least the street is awash with the sweet smell of durian; despite the virus, it seems like every trunk is loaded with the fruit, and stalls have sprouted up overnight along the side of the road. He focuses on that fragrance as a survival method while cooling his forehead.

Finally the bus arrives and he ends up last to board, because he doesn’t like crowds, much less of contagious people (like him?). Before climbing the stairs, he gathers his strength and puts on his best “I don’t have a fever” face. The driver takes his temperature once, frowns, once again. Ong smiles grimly (as if his mouth were visible through his mask) get in, c’mon, get in, it’s only a few tenths of degrees, and acknowledges the favor with a terima kasih that is more like a sigh.

He pretends to sit tranquilly, collapsing next to an old woman who doesn’t seem like she can see her hand in front of her face, so she probably won’t be judgmental about Ong’s sweat. He presses his face to the cold glass again, his relief only spoiled by his own thoughts: he grows even hotter at the thought of that devious coup d’état supported by the sultan himself and orchestrated to take advantage of the COVID outbreak and seize power from Mahathir after instituting confinement, even though this is still a democracy, right? even if they didn’t vote for the new prime minister, even if now Muhyiddin has consolidated power, even if it doesn’t matter anymore, because you have coronavirus and that’s that, admit it, Ong, death is kissing the back of your neck, you will disappear from the face of the Earth and leave the living to squabble over freedom. 

Don’t cough, don’t cough, watch an episode of Normal People on your phone and relax. But he can’t lose himself in the show and is obsessed with the idea of not coughing, and although he doesn’t really need to, he starts coughing like a Sabah coal miner, and the old woman asks him if he is all right while she edges away and pulls out two tiny plastic battery-operated fans to try to push the virus away. The ingenuity and the futility of this gesture somehow seems adorable in that moment. Ong has an urge to lay his head on the woman’s shoulder, but he holds back, and his stomach starts screaming “dim sum, dim sum!” as if he weren’t teetering on the edge of his grave. The young man is so moved by the etymological origin of that term “to gently caress the heart” that his stomach triumphs once and for all in the internal debate between dying while eating or dying in bed.

His favorite restaurant is far away and, as the fever continues to rise, it begins to seem more and more irresponsible to go; besides, it’s more than ten kilometers from his house, so legally it’s not even permitted, even though he’s already done it twice by dodging the police, Admittedly, he didn’t have coronavirus back then.

He should just go home directly, but that recommendation of frozen dim sum from his co-worker pops into his head. Since he is going to die anyway, it is worth one final effort, on a smaller scale, even if it is for frozen dim sum. He will get off in a couple of stops and go to the supermarket, that’s it, in and out, without infecting anyone, without talking, without looking at anyone. At home, the only thing he has to eat is his plants and he would never do that to his babies. This specter which is haunting him will not deprive him of one last culinary pleasure, no way. He’d kill for that delight.

As he passes from the icebox of the bus into the sauna of the outdoors, his glasses fog up, and the blur makes him feel even dizzier, so he buys a teh tarik with extra ice from a street vendor who shouldn’t be there, but he is and, well, he looks healthy, and Ong pays without infecting him. He waits in line at the AEON it’s short, there’s no longer so much precautionary hoarding something he would never subject himself to if this weren’t his last meal, because he hates lines, he hates them, but he manages to lose track of time thinking about what he would give to see the Kek Lok Si temple or the mangrove backwaters of Balik Pulau once again, to go walking with his ang mo friends along touristy Chulia Street and introduce them to the world of curry mee (without telling them that in Penang it’s served with pig’s blood), to take another walk through the jungle to the beach, even to have his food stolen by monkeys again… But above all, he would love to ride his bike along the trail of durian orchards, bathing in that pungent smell that brings him back to his childhood. Once more, just once more. His eyes flood with liquid memories as he sticks the cold plastic bag to his forehead, what pleasure, what delight, what relief, and tears, sweat, and condensation mix on his face.

When his turn comes, he downs his tea in one gulp, dries himself with his sleeve, and enters the supermarket, all in a single movement, and the combined coolness of ice and air conditioning courses through his body in a chill that leaves him terrified and reminds him that the icy hand of death is still clutching at his skin, but he is convinced: he will fulfill this Dim Sum Mission if it is his last act on Earth.

At the entrance, he carefully puts on his “neither hot nor cold” face, and the guard scans the temperature of that forehead frozen from street drinking, no problem, enter, enter, the lie sticks. The guard asks him to fit his mask tight, tight, tight, puts a sticky, disinfecting mixture of soap and water and spray on his hands, sticks a number on his body that he will have to display at checkout and makes him register with a QR code to monitor the time he spends in the store: fifteen minutes, not-one-sec-ond-more. He beelines to the frozen food section, grabs a bag, pays but doesn’t anybody respect safe distances in this line either? exits and presses dim sum glaciers to his forehead of virus and fire. A blink of an eye: that’s how long he takes.

Now all he has to do is get a taxi, a Grab, a MyCar, a trishaw, whatever. Soon he will arrive home and kiss his mother, his sister, and his plants one last time. It’s sad, but what luck to be able to see them all.

Two drivers kick him out without explanation as soon as he gets in the car. That’s it, it is obvious to everyone that he has coronavirus, and he has become a pariah. He bites open the bag, tries to eat a frozen dumpling. That’s it, his time has come, there’s no doubt about it: nobody in their right mind would put that in their mouth, what a shitty last meal. He spits it out. The third driver also rejects him, but at least gives him a reason, gesturing to the sign on the headrest with a crossed-out durian, familiar in public transport across the Malay peninsula. In the enclosed space, every surface and fabric would be impregnated with the powerful smell. 

In that blessed instant, Ong suddenly realizes that he reeks of the cursed fruit and recalls the indigestion and fever that has always punished him for overindulgence in his beloved durian. It first happened when he was a little boy, but with panic in the air, he hadn’t even thought to blame his suffering on gluttony. His face floods with joy, and he uses the entire remainder of his anti-bacterial gel to wash his hands and mouth thoroughly and conceal the odor.

He gets into the fourth taxi, relaxed in his fever, leaving behind the stress and anxiety caused by pondering these totalitarian times and the uncertainty of the future. His conquest of the false coronavirus fills him with assurance, and he immerses himself in the happiness of this moment by resting his forehead against the icy-cool window until he drifts into sleep.

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus