Bibliofilia

Cada vez que se trenza el pelo, agradece por Nina Wayra. Cada mechón, cada cruce, cada tirón marcan la presencia de la niña en el mundo con salud y alborozo. Las dos trenzas caen a ambos lados del cuello y ahora llegan hasta el pecho, pero se quieren cada vez más largas, cada vez más largas, hasta el infinito, porque prometió no volver a cortarse nunca más el cabello si Nina Wayra nacía sanita.

Después de peinarse, Coyote lee un par de cuentos (ahora le embelesa Edgar Allan Poe), con las letras ensombrecidas efímeramente por el humillo de la aguapanela y el silencio del verbo acariciado por los arrullos desde el exterior. No se le cae la casa encima: sale a diario al monte o a hacer recados, dejándose llevar por los soles y las lunas y la medida de pico y cédula, según la cual puede ir al pueblo solo en los días impares. Sus padres ya son señores de edad, grupo de riesgo, y no pueden caminar tanto, por lo que lleva meses encargándose él de tales menesteres. No le importa, le gusta caminar al mercado, aunque vivan lejos de la zona urbana, porque respira aire puro y le rozan la piel el aire y la luz de la naturaleza y reflexiona e imagina y crea y se le pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén. Eso dice él siempre, se me pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén, porque el encierro le angustia, lo aborrece, él que ha sido siempre tan callejero.

Está mejor acá que si lo hubieran confinado en Tunja. Acá puede caminar por la finquita y más allá. Puede recorrer el campo y sumergirse en el inigualable verdor colombiano para encontrarse consigo mismo. Siente más libertad que en cualquier ciudad, excepto si alguien se enamora de él. Y, desgraciadamente…

Tuvo suerte: vino al pueblo a visitar a sus padres con Nina Wayra y la mamá, que ya no son pareja, pero comparten y se ayudan mutuamente; y ese fin de semana de visita pasó a convertirse en semanas de estancia, en meses de convivencia. La niña y la mamá acabaron por conseguir un permiso para salir del pueblo y regresar a Tunja, pero entre todos decidieron que lo mejor sería que Coyote se quedara un tiempico para cuidar de sus padres, hacerles compañía (y la compra) y continuar con el acercamiento a sí mismo.

La pandemia y los paseos en soledad han esclarecido algunas de sus dudas vitales. Ahora se vuelve a hablar con su hermana y su cuñado, que también han pasado tiempo en la casa de los papás. De joven, de loco, se obsesionó con unos libros de Foucault suyos que no le quisieron prestar y acabó por robarlos y perder su confianza. Pero ahora le ha dado por airear sus propios textos, originados durante el confinamiento, y han vuelto a hablar porque el cuñado también escribe y su hermana mayor lee con avidez. Robar letras, escupir letras: las pasiones literarias han marcado su relación. La extrañaba, carajo, a su querida hermana.

Catapultar letras. Planea nuevas formas de enfocar sus proyectos de difusión de la literatura en espacios no convencionales. ¿Cuándo podrá volver a repartir obras en zonas rurales con su proyecto Bicilibros? Quizás virtualmente, claro, no queda otra, virtualmente: aunque ahorita haya tránsito libre, la gente ya le tiene miedo al contacto físico, y ¿cuánto perdura el miedo? 

Lee mucho, muchísimo. Escribe, como lleva haciendo un tiempo, pero ahora también publica, deja que lo miren todito por dentro. Antes lo hacía para sí mismo y difundía solo las letras del resto. Pero ahora se está exponiendo. Forma parte de un colectivo de minificción internacional, con escritores de los que aprende cada día y lo motivan. Escribe, lee, difunde, sueña entre renglón y renglón.

Lo que más le gusta de la ciudad es que sus trenzas pasan más desapercibidas. No como en Somondoco, con tres, cuatro mil habitantes, donde nadie comprende qué le puede llevar a un tipo a no cortarse el pelo. Nada. No hay justificación suficiente para que un hombre elija pasearse alegremente con tal aspecto, porque ya se sabe que los mechudos no son más que revolucionarios o anarquistas o gandules o guerrilleros o subversivos o drogadictos o todo lo anterior. Sí, sí, seguro que todo lo anterior. Todo junto, por muy contradictorio que parezca. La violencia hizo que los campesinos de esa zona esmeraldera se volvieran cada vez más conservadores y se dicen que conocen muy bien a los hombres como Coyote, ese, no más que un mechudo que solo busca problemas, una persona no deseable para la estabilidad del país. 

Sin duda.

El comandante de la estación de policía desde luego no tiene ninguna duda de que un hombre que no se apaña como se tendría que apañar, que no se afeita a diario, que no se corta el pelo cada pocas semanas, que no viste de traje o de uniforme, que no se presenta con decencia ante la sociedad y ante Dios, que no se baña, carajo, es que ni se bañan, carajo, que son purito piojo, que un hombre así no busca más que problemas.

Su aspecto le trae problemas, problemas, problemas inevitablemente, pero él lo reinterpreta y lo honra. En una actividad de promoción de lectura hace ya tiempo, un joven le dijo que parece uno de esos hombres que se dedican al tráfico ilegal de personas para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, un coyote. A Antonio le encantó imaginarse a sí mismo como un hombre que cruza y expande las fronteras —las fronteras literarias— y se apropió el término. 

Pero ¿cómo podría desdibujar las fronteras levantadas por la pandemia? Le da muchas vueltas al tema, todo un quebradero de cabeza. Le encantaría juntarse en la universidad, hacer una lluvia de ideas, pero no es momento de reunirse con nadie. Pregunta a compañeros por internet. Cómo lo hacemos, cómo seguimos. Difícil. Está la cosa negra.

Cada vez que recorre esos dos punto seis kilómetros para llegar al pueblo va moldeando más su plan, lo cual lo distrae y le da un aire como ido. Los libros se cogen, se miran, se manosean: llevar la literatura a espacios no convencionales se dificulta en tiempos de pandemia. Llega al pueblo otro día más para comprar comida de a poquitos, porque luego hay que cargarla: es más fácil en varios viajes, poquito, poquito, en varios viajes.

Es más difícil en varios viajes, pero al estar tan ensimismado, al principio no se dio cuenta. El comandante lleva un tiempo observando cada movimiento de Coyote, ese melenudo que merodea a sus anchas por el pueblo, que seguro que se trae algo maléfico entre manos. Ahora siempre le pide que le muestre la cédula de ciudadanía, siempre, siempre, cada vez que baja al pueblo, con la esperanza de que rompa las nuevas normas creadas para mitigar la enfermedad y castigarlo como merece, con esos pelos, a quién se le ocurre ir así por la vida.

Coyote cada vez ha ido cargando más compra de una vez para reducir sus visitas al pueblo, aunque dificulte el viaje y tenga que parar en varias ocasiones para que le dejen de latir los dedos, se desdibujen las marcas de las asas sobre la piel y las yemas recobren el color natural. Llegaba a casa cada vez más pálido, más fatigado, y su madre, que jamás le llama Coyote, solo le susurra «Antonio, Antonio, qué pasó, Antonio» y él musita que se enamoró de mí el comandante de la policía, el pendejo comandante. Eso dice siempre, que se enamoró de él el comandante.

Pero ahora tiene una bici nueva, de montaña. La primera era de ruta, un cacharro. Con esta puede bajar al pueblo más rápido, no ser visto por el comandante, quizás. Con esta podrá retomar su misión con más fuerza que nunca y que la falta de un libro no sea motivo para que una persona no lea. Sueña con recibir libros de todos los géneros, para compartir con la comunidad. Le donan obras diferentes universidades y él va —bueno, iba, irá, ahora no puede— con su bici por las zonas rurales de Colombia repartiendo libros, con la intención de que los jóvenes se enganchen a la literatura y no a las sustancias psicoactivas. En las zonas más ricas sí que pide una luquita, una platica, pide, porque él tiene gastos y familia, pero su objetivo es compartir con la comunidad, expandir por toda Colombia el amor por la literatura.

Con la bici nueva, baja al pueblo más rápido, pero el comandante de policía le sigue pidiendo la cédula. Al principio, cuando la mascarilla no era obligatoria, la excusa para pararle era esa, cédula, barbijo, decía el comandante, dónde está tu barbijo, decía el comandante. Y, ya cada vez que baja al pueblo, lo hostiga, lo indaga y cédula, cédula, dónde está tu cédula. Un calvario. Baja poco, lo menos posible, y vuelve a casa con la mochila hasta arriba de comida, con bolsas enganchadas en el manillar de la bici, sintiéndose casi funambulista.

Quizás la difusión literaria virtual no triunfe tanto como se imaginó en un principio. Un par de colegas le han dicho que en las ciudades, sí, bueno, hay más medios, más librerías, más bibliotecas. Pero él quiere llegar a las zonas rurales y ahí no hay tanta gente con acceso a la tecnología y entonces Bicilibros cobra aún más importancia. Podría seguir ciertos protocolos de desinfección y limpiar bien todos los libros y pedir que no se toquen; podría convertirse en una especie de juglar y hablar de los contenidos y narrar historias de historias a través de la mascarilla y entregar solo la obra elegida, sin manoseos.

El comandante debería leer un libro o dos o cien para romper esa costrica de prejuicios y poder convertirse en una persona crítica pensante. Hastiado, el otro día lo denunció Coyote en sus redes sociales, porque necesita escribir lo que ve, lo que escucha y lo que siente. No teme tanto por su vida, pero conoce el fraude, la corrupción y la brutalidad de la policía, y le da miedo que le coloquen una sustancia prohibida en la maleta, que le apliquen todo el peso de la ley, que le multen con un millón de pesos que no tiene. Y, si pasara, quién le iba a creer a él, no más que un mechudo, en lugar de a un señor con uniforme, un señor como Dios manda, carajo.

Esos cabellos no recuerdan la caricia metálica de las tijeras, pero sí las carantoñas de Nina Wayra. Cada vuelta de trenza dibuja un recuerdo con su hija, que se enreda entre los mechones durante los sueños nocturnos de Coyote. El treintañero extraña su vida social, antes tan movida —el campus universitario, los parques—, añora Bicilibros y su club de lectura, echa de menos las tertulias, las charlas, esa búsqueda grupal constante para solucionar los problemas del país. Pero, cuando duerme profundamente, en la maraña de sus sueños solo se aparece la carita de Nina Wayra y por eso cada mañana se enorgullece de la imagen de sus cabellos resplandecientes ante el espejo.

Hace nadita, sus padres por fin han conseguido un auto y pueden bajar al pueblo, comprar rápido, exponerse menos al virus y al comandante, porque su aspecto sí entra dentro de los confines de la decencia. Ya él poco tiene que hacer acá. Sin duda, lo mejor es regresar mañana a Tunja. Su melena de seis años pasará desapercibida en una borrasca de deshumanización e individualismo, en esa nube de conocidos y desconocidos con tapabocas, hasta que se pueda volver a la camaradería. Coyote extrañará a sus padres y el campo —verde diurno silente, negro nocturno estrellado—, pero su melena regresará a los brazos risueños de Nina Wayra. 

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Acribia

Cada vez que ve su propia imagen, se le aparece Alfonsina Storni para susurrarle alguna perogrullada. «Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas», le canturrea, dejándole a Giselle con la duda de si se referirá al maquillaje o a las ronchas.

Como en las videoconferencias con los alumnos apenas si se aprecia el colorete, la máscara de pestañas y el labial —a diferencia de cuando había clases presenciales—, quizás la poeta hable de cómo Giselle ha renunciado a ese color rojizo con el que siempre se aderezaba. Pero Giselle de verdad cree que Storni tiende más bien a la sororidad, así que la estará piropeando porque el confinamiento se ha llevado los sarpullidos que antes le invadían la cara.

Giselle se queda largo rato observando su reflejo: hacía demasiado tiempo que no veía ese rostro que es intrínsecamente suyo. Lo mira y remira y lo admira. En el aula, se sentía el centro de todos los pares de ojos e intentaba acudir de punta en blanco, para que sus estudiantes no la sometieran a un interrogatorio mordaz: que si la profe Gise está muy pálida, que si la profe Gise no se peinó hoy, que si la profe Gise lleva un pantalón muy ajustado. Por primera vez no siente la presión de cubrirse con la feminidad reglamentaria ni de tener que esconder cualquier anomalía: ahora no existe el estrado, sino que ella ocupa un cuadradito más en la pantalla y está a la misma altura que el resto de la clase.

La pregunta más inquisidora, sin duda, versaba sobre el porqué de las ronchas. Qué sé yo, les decía siempre, rehilando sobremanera el «yo» avivada por el puñal del incordio. Tener que exponerse así y que dar explicaciones que ni ella misma tenía alimentaba las ronchas hasta que el maquillaje no servía y rasca, rasca, rasca y se veía obligada a recurrir a aquellas dolorosas inyecciones de corticoides.

Qué sé yo, qué sé yo. Nadie sabía el origen de esos ronchones que llevaban dos años brotándole por todo el cuerpo: ni los médicos generales en Río Cuarto, ni los dermatólogos en Córdoba, ni, desde luego, aquel doctor que aún creía en las brujas y en la histeria y que le recetó que se marchara un tiempito a Gigena porque todo se debía a la locura.

Pero las cremas y los comprimidos ya forman parte de esa realidad remota en que Giselle corría de un lado para otro automáticamente, todo el día, todos los días —las clases en dos institutos, los exámenes, las atenciones familiares, los mates con las amigas—. Su vida dependía del cronómetro inexorable de los hábitos repetidos y no podía parar, no podría parar; pero ahora que las agujas del reloj llevan meses retenidas, ha resuelto el misterio de esos molestos sarpullidos: lo que le irritaba el cuerpo era el purito estrés.

Giselle lleva tanto rato frente al espejo, que Alfonsina reaparece: «Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana». Y sí: la muchacha extraña su aspecto impoluto y se siente petisa, porque no le apetece alisarse la rubia melena ni andar de tacos para estar en casa.

A decir verdad, a veces sí recurre al repiqueteo para poner orden: cuando las hormonas de sus estudiantes están en huelga antiliteraria, se calza los zapatitos rojos, esos de tacones portentosos, y camina de un lado para otro de su cuarto, para producir ese sonido hipnótico que amaina a cualquier bestia. Y, en cuanto vuelve a las pantuflas, se jura que jamás se las sacará aunque la vida se rebobine y nunca se pongan de moda.

Su cuarto, como el resto de la casa, ahora hace las veces de hogar y de lugar de trabajo, y se desdibujan tanto las líneas entre ocio y obligación que siente a menudo que sus días se espachurran en una sola dimensión en que siempre está a un clic de todo el mundo, dispuesta a recibir encargos y deberes y dictámenes y protestas.

Enciende el ordenador y prueba la cámara para ver que todo esté perfecto: el ángulo idóneo, el fondo y la camisa y el peinado profesionales y la luz a una buena temperatura. Se cuela por la ventana una conversación que no puede evitar entreoír —el año está perdido, che, los profes no hacen un pedo—, y antes de que se unan sus estudiantes al aula virtual, Storni la sosiega: «gimen porque nace el sol, gimen porque muere el sol…». Al mirarse en la pantalla, se siente poderosa y la vocecilla de la poeta runrunea y la vigoriza. Cuando comienzan a aflorar adolescentes en la pantalla, los saluda con dulzura y distancia, porque los adora, pero necesitan rigidez para concentrarse y recitar poesía. Se le pasa la mañana volando entre los versos dorados de sor Juana Inés de la Cruz.

Emiliano llega del hospital a las dos, puntual, con la jornada laboral a la espalda y el canturreo cordobés colgando de su sonrisa permanente. Se ducha ipso facto, porque Río Cuarto presenta ya cien casos, los primeros, aparecidos meses después que en las zonas del mundo más pobladas, y hay que ser más precavidos. Entretanto, Giselle pone la mesa y sirve la comida. Se besan antes de sentarse, torpemente, aún desacostumbrados a la diferencia mayor de altura desde que los tacones no forman ya parte de su rutina. Piensa en pedirle a su novio que se encargue de quitar la mesa más tarde, pero vendrá cansado, no importa, vos hacés otras cosas.

La profesora se enreda últimamente en reflexiones flamantes que le brotan desde lo más profundo de su fuero interno: al salir a trabajar, una siente que se equipara con el hombre, pero, al contrario que su novio, ella sí puede teletrabajar y, al pasar todo tiempo en casa, pareciera que Emiliano es quien labura de verdad, que ella solo enreda un poco por el ciberespacio y plin.

Por mucho que pugne con sus adentros —que yo no vine al mundo para hacer esto, que mi mamá me enseñó a no ser esclava de las tareas domésticas, que no me tengo que reducir al hogar—, no puede evitar arrastrar ancestralmente las tradiciones que la aplastan y la anulan, y es ella quien sobre todo acondiciona ese lugar, hilando el trabajo remunerado con el invisible y gratuito, porque no le cuesta nada, porque le gusta que todo esté limpio y ordenado, porque lo siente más suyo porque lo habita más rato y, asúmelo, porque los siglos a las mujeres se nos ha encasquetado todo embrollo doméstico, y es más fácil continuar con la costumbre que nadar contracorriente.

Una vez acabado el almuerzo, la pareja se rinde a la siesta, a la que no quieren renunciar, porque es lo único que les queda intacto de aquella vida pasada que se pierde en la neblina y se descascarilla sin remedio. Justo antes de caer en las redes del sueño, los iris de Emiliano reflejan un par de Giselles y mana ese rumor convincente de que «la casa era un arrullo, un perfume infinito, un nido blando» y la melosidad de la escena la amodorra apaciblemente.

Al despertar, él estudia y ella trabaja en la cama, arrecida por el frío invernal de agosto en la ciudad de los vientos y despojada de la culpa que la carcomía al principio de la cuarentena por corregir las tareas desde la comodidad de cojines y cobijas y no desde la rigidez adusta de un escritorio. La culpa también se le dibuja como una penitencia femenina, que se multiplica al dedicarse a la docencia, porque siente el escrutinio incesante de la fama que tienen los profesores de vivir eternamente de vacaciones.

Giselle mira por la ventana y Alfonsina musita desde el cristal aquello de que «¿qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?». Emiliano rompe el reflejo, y su novia le pregunta extasiada que cómo hacíamos todo lo que hacíamos, de verdad, cómo, cómo lo hacíamos. Él se encoge de hombros y la ve iluminada y declara con un beso que él hoy hará la cena, para demostrarle que también anda últimamente cuestionándose los roles.

En las imperfecciones de la nueva normalidad, Giselle ha encontrado un bálsamo: no madruga tanto, no corre de un lado para otro y no se llena de ronchas y ronchas por el estrés. Que el mundo se haya parado de golpe le ha regalado ese tiempo que no sabía que necesitaba, y ahora se siente más ella que nunca, porque ha recuperado su altura, su rostro y su piel y porque cada día le ofrece un huequito para reordenarse, reorganizarse y readaptarse.

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El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas