Acribia

Cada vez que ve su propia imagen, se le aparece Alfonsina Storni para susurrarle alguna perogrullada. «Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas», le canturrea, dejándole a Giselle con la duda de si se referirá al maquillaje o a las ronchas.

Como en las videoconferencias con los alumnos apenas si se aprecia el colorete, la máscara de pestañas y el labial —a diferencia de cuando había clases presenciales—, quizás la poeta hable de cómo Giselle ha renunciado a ese color rojizo con el que siempre se aderezaba. Pero Giselle de verdad cree que Storni tiende más bien a la sororidad, así que la estará piropeando porque el confinamiento se ha llevado los sarpullidos que antes le invadían la cara.

Giselle se queda largo rato observando su reflejo: hacía demasiado tiempo que no veía ese rostro que es intrínsecamente suyo. Lo mira y remira y lo admira. En el aula, se sentía el centro de todos los pares de ojos e intentaba acudir de punta en blanco, para que sus estudiantes no la sometieran a un interrogatorio mordaz: que si la profe Gise está muy pálida, que si la profe Gise no se peinó hoy, que si la profe Gise lleva un pantalón muy ajustado. Por primera vez no siente la presión de cubrirse con la feminidad reglamentaria ni de tener que esconder cualquier anomalía: ahora no existe el estrado, sino que ella ocupa un cuadradito más en la pantalla y está a la misma altura que el resto de la clase.

La pregunta más inquisidora, sin duda, versaba sobre el porqué de las ronchas. Qué sé yo, les decía siempre, rehilando sobremanera el «yo» avivada por el puñal del incordio. Tener que exponerse así y que dar explicaciones que ni ella misma tenía alimentaba las ronchas hasta que el maquillaje no servía y rasca, rasca, rasca y se veía obligada a recurrir a aquellas dolorosas inyecciones de corticoides.

Qué sé yo, qué sé yo. Nadie sabía el origen de esos ronchones que llevaban dos años brotándole por todo el cuerpo: ni los médicos generales en Río Cuarto, ni los dermatólogos en Córdoba, ni, desde luego, aquel doctor que aún creía en las brujas y en la histeria y que le recetó que se marchara un tiempito a Gigena porque todo se debía a la locura.

Pero las cremas y los comprimidos ya forman parte de esa realidad remota en que Giselle corría de un lado para otro automáticamente, todo el día, todos los días —las clases en dos institutos, los exámenes, las atenciones familiares, los mates con las amigas—. Su vida dependía del cronómetro inexorable de los hábitos repetidos y no podía parar, no podría parar; pero ahora que las agujas del reloj llevan meses retenidas, ha resuelto el misterio de esos molestos sarpullidos: lo que le irritaba el cuerpo era el purito estrés.

Giselle lleva tanto rato frente al espejo, que Alfonsina reaparece: «Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana». Y sí: la muchacha extraña su aspecto impoluto y se siente petisa, porque no le apetece alisarse la rubia melena ni andar de tacos para estar en casa.

A decir verdad, a veces sí recurre al repiqueteo para poner orden: cuando las hormonas de sus estudiantes están en huelga antiliteraria, se calza los zapatitos rojos, esos de tacones portentosos, y camina de un lado para otro de su cuarto, para producir ese sonido hipnótico que amaina a cualquier bestia. Y, en cuanto vuelve a las pantuflas, se jura que jamás se las sacará aunque la vida se rebobine y nunca se pongan de moda.

Su cuarto, como el resto de la casa, ahora hace las veces de hogar y de lugar de trabajo, y se desdibujan tanto las líneas entre ocio y obligación que siente a menudo que sus días se espachurran en una sola dimensión en que siempre está a un clic de todo el mundo, dispuesta a recibir encargos y deberes y dictámenes y protestas.

Enciende el ordenador y prueba la cámara para ver que todo esté perfecto: el ángulo idóneo, el fondo y la camisa y el peinado profesionales y la luz a una buena temperatura. Se cuela por la ventana una conversación que no puede evitar entreoír —el año está perdido, che, los profes no hacen un pedo—, y antes de que se unan sus estudiantes al aula virtual, Storni la sosiega: «gimen porque nace el sol, gimen porque muere el sol…». Al mirarse en la pantalla, se siente poderosa y la vocecilla de la poeta runrunea y la vigoriza. Cuando comienzan a aflorar adolescentes en la pantalla, los saluda con dulzura y distancia, porque los adora, pero necesitan rigidez para concentrarse y recitar poesía. Se le pasa la mañana volando entre los versos dorados de sor Juana Inés de la Cruz.

Emiliano llega del hospital a las dos, puntual, con la jornada laboral a la espalda y el canturreo cordobés colgando de su sonrisa permanente. Se ducha ipso facto, porque Río Cuarto presenta ya cien casos, los primeros, aparecidos meses después que en las zonas del mundo más pobladas, y hay que ser más precavidos. Entretanto, Giselle pone la mesa y sirve la comida. Se besan antes de sentarse, torpemente, aún desacostumbrados a la diferencia mayor de altura desde que los tacones no forman ya parte de su rutina. Piensa en pedirle a su novio que se encargue de quitar la mesa más tarde, pero vendrá cansado, no importa, vos hacés otras cosas.

La profesora se enreda últimamente en reflexiones flamantes que le brotan desde lo más profundo de su fuero interno: al salir a trabajar, una siente que se equipara con el hombre, pero, al contrario que su novio, ella sí puede teletrabajar y, al pasar todo tiempo en casa, pareciera que Emiliano es quien labura de verdad, que ella solo enreda un poco por el ciberespacio y plin.

Por mucho que pugne con sus adentros —que yo no vine al mundo para hacer esto, que mi mamá me enseñó a no ser esclava de las tareas domésticas, que no me tengo que reducir al hogar—, no puede evitar arrastrar ancestralmente las tradiciones que la aplastan y la anulan, y es ella quien sobre todo acondiciona ese lugar, hilando el trabajo remunerado con el invisible y gratuito, porque no le cuesta nada, porque le gusta que todo esté limpio y ordenado, porque lo siente más suyo porque lo habita más rato y, asúmelo, porque los siglos a las mujeres se nos ha encasquetado todo embrollo doméstico, y es más fácil continuar con la costumbre que nadar contracorriente.

Una vez acabado el almuerzo, la pareja se rinde a la siesta, a la que no quieren renunciar, porque es lo único que les queda intacto de aquella vida pasada que se pierde en la neblina y se descascarilla sin remedio. Justo antes de caer en las redes del sueño, los iris de Emiliano reflejan un par de Giselles y mana ese rumor convincente de que «la casa era un arrullo, un perfume infinito, un nido blando» y la melosidad de la escena la amodorra apaciblemente.

Al despertar, él estudia y ella trabaja en la cama, arrecida por el frío invernal de agosto en la ciudad de los vientos y despojada de la culpa que la carcomía al principio de la cuarentena por corregir las tareas desde la comodidad de cojines y cobijas y no desde la rigidez adusta de un escritorio. La culpa también se le dibuja como una penitencia femenina, que se multiplica al dedicarse a la docencia, porque siente el escrutinio incesante de la fama que tienen los profesores de vivir eternamente de vacaciones.

Giselle mira por la ventana y Alfonsina musita desde el cristal aquello de que «¿qué mundos tengo dentro del alma que ha tiempo vengo pidiendo medios para volar?». Emiliano rompe el reflejo, y su novia le pregunta extasiada que cómo hacíamos todo lo que hacíamos, de verdad, cómo, cómo lo hacíamos. Él se encoge de hombros y la ve iluminada y declara con un beso que él hoy hará la cena, para demostrarle que también anda últimamente cuestionándose los roles.

En las imperfecciones de la nueva normalidad, Giselle ha encontrado un bálsamo: no madruga tanto, no corre de un lado para otro y no se llena de ronchas y ronchas por el estrés. Que el mundo se haya parado de golpe le ha regalado ese tiempo que no sabía que necesitaba, y ahora se siente más ella que nunca, porque ha recuperado su altura, su rostro y su piel y porque cada día le ofrece un huequito para reordenarse, reorganizarse y readaptarse.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en El amor en los tiempos del coronavirus, de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

¿Quién dijo arte latinoamericano contemporáneo?

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Una de las tareas más difíciles que existen en el mundo es elegir qué visitar en la maravillosa ciudad de Buenos Aires. Las opciones son tan amplias y atractivas que se puede llegar a sentir angustia a la hora de escoger, de recopilar recomendaciones, de haber hecho esto y no lo otro.

Una elección siempre acertada es el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, más conocido como Malba. La colección permanente ya de por sí es atractiva: presenta propuestas contemporáneas de artistas latinoamericanos, casi siempre con base más bien internacional, pero de vuelo latino. Con ello, se puede apreciar perfectamente cómo los estilos que nacieron en Europa o Estados Unidos viajaron al sur y se relavaron con aires latinos con un par de décadas de distancia, y en el Malba se ven todos estos neos (Neodadá, Neoconcretos, Neoconceptualismo): una vuelta de tuerca a lo ya sucedido.

La gente pasa de largo en el insulso Minimal, se interesa por las numerosas acuarelas de Alejandro Xul Solar y se arremolina alrededor de las obras del grupo argentino Mondongo (activo desde 1999), que compone sus obras con materiales poco convencionales, como caramelos o embutidos y, últimamente, plastilina, creando piezas verdaderamente asombrosas. Asimismo, el museo presume con la cabeza bien alta (y una sala extremadamente documentada) de su adquisición más reciente: Mercado colla o Mercado del altiplano, un mural americanista en tonos pastel del artista nacional Antonio Berni.

Si bien la colección permanente es interesante, dos de las exposiciones temporales que hay actualmente son imperdibles. Por un lado, se puede decir que Encuentros/Tensiones amplía la muestra fija, con arte latinoamericano contemporáneo muy bien explicadito, a partir de la propuesta de que el arte local y el universal se unen y (pro)crean, con una fricción, pero de un modo bellísimo.

Por otro lado, hay dos espacios reservados a artistas femeninas. Uno es soso y totalmente prescindible: las esculturas de Elba Bairon, que ni fu ni fa. En cambio, el otro es espectacular: en El hombre con el hacha y otras situaciones breves, una instalación in situ de la artista contemporánea argentina Liliana Porter, a uno le invade una sensación de angustia (pero una angustia muy hermosa) y le hace reflexionar sobre la teoría del caos, a través del particular elenco de personajes que forman parte de la constante de la artista. La obra que le da nombre a la exposición es brutal: un señor diminuto, hacha en mano, de un solo golpe provoca tal efecto que empieza atacando algo chiquito y se crea un efecto dominó por el cual acaba destrozando un piano de tamaño humano —y qué tan inmensas pueden llegar a ser hasta nuestras acciones más ínfimas—.

El museo cuenta con una disposición maravillosa: el espacio está muy bien aprovechado (pero sin llegar a agobiar al visitante), el arte fluye hasta por los bancos en los que se puede descansar y las salas son increíblemente explicativas. Pero tenga cuidado con las fechas: por ejemplo, la exposición de Porter, según la cartelería terminó hace una semana, según uno de los trabajadores acabará en marzo y según la página web estará abierta hasta febrero. Sea como sea, la colección es digna de ver y, aunque se llegue después de la semana pasada, febrero, marzo o siempre, seguro que la visita será altamente satisfactoria.

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«Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.»
Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor argentino.