Onirismo

Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

Sin pretensiones de cotillear, Ganza no puede evitar escuchar de fondo cada promesa de Keza y le entristece el mero hecho de pensar en su partida. Intenta centrarse en la cocina: ya tiene preparadas desde hace un buen rato las mimosas (se van a aguar), las tortitas (se van a enfriar), la fruta (se va a oxidar), las bolas de helado (se van a derretir). La paciencia se le está consumiendo, pero sabe que se trata de una gran oportunidad laboral para ella, pero no quiere que se marche de Nebraska, pero en realidad son menos de cuatro horas en avión, pero él tampoco es que se pueda mudar ahora, pero no tendrá problema para encontrar algo allí como ingeniero eléctrico cuando esté libre, pero ojalá se quede, pero cuelga ya, copón, pero.

Cuando Keza termina, se nota que la entrevista la ha dejado exhausta, pero se recupera con ese brunch aguado, frío, oxidado, derretido y lleno de amor que le ha preparado su Ganza. Ninguno menciona los desperfectos culinarios y disfrutan mucho de ese comienzo de fin de semana cumpleañero, a pesar de los incesantes soniditos de notificaciones, que Keza ignora, pero que enervan a Ganza, con tanto bip-bip-bip, bip-bip-bip. Keza no se molesta en mirar el móvil: a las nueve de la noche en África central, sus tías por fin han aparcado el ajetreo diario y le mandan recomendaciones en forma de fotos y memes y vídeos y textos de copia-pega con kilómetros de faltas de ortografía sobre cómo lavarse las manos, los beneficios de comer carne, los robots antiepidemia en los hospitales, los maleficios de la delgadez, los horrores de los vestidos demasiado cortos. Y también envían selfies, muchos selfies, todos los días, con luces y perspectivas que resaltarían inevitablemente cualquier papada de cualquier tía. No todas son sus tías-tías: en Ruanda, cada bebé crece en el seno de la comunidad, consanguinidad mediante o no, y las mujeres que se involucran en la crianza derrochan una generosidad vestida consejos ad æternum, por mucho que una ya tenga una edad. Las tías-no-tías con WhatsApp son el antónimo de silencio.

A pesar de las truculencias del bip-bip-bip, la mezcla explosiva de champán y vitamina C los empieza a poner mimosos, pero enseguida llega una llamada interruptus. Ganza le pide que no lo coja, anda, que tu cumpleaños no es hasta mañana, pero sabe de sobra cómo funcionan esos paquetes de veinticuatro horas de llamadas e internet en su patria: si no contesta ahora, igual no hablarán hasta dentro de una o dos semanas.

Es la madre de Keza. Ya sabes, chitón. Que no podía esperar a mañana, que qué tal por Maine, que muy bien, muy bien, tranquila, que si por aquí todo como siempre. Las conversaciones con mamá rozan lo soporífero, y más ahora que se ha hecho a la narración desde el embuste —antes, al menos, las verdades a medias la llenaban de adrenalina—. Le cuenta qué estaría haciendo en Maine y reproduce su día en Nebraska, cambiando un poquito de escenario, imaginándose confinada en soledad en aquel apartamento que lleva semanas sin pisar. Ya no se pone nerviosa cuando hablan, porque está cómoda en la acolchada mentirijilla piadosa: por si mamá llama hoy —como en Ruanda es invierno, siempre pregunta si hace frío—, tiene la costumbre de revisar cada mañana el clima de la ciudad donde paga el alquiler pero que no pisa desde marzo. 

A Keza le parece normal no contarle toda la verdad sobre sus amoríos, aún tiernos, inciertos, frágiles, pero mentir sobre la situación meteorológica le parece el sumun de la sinvergonzonería, porque sería negar la naturaleza. Sentir la piel de Ganza también forma parte de la naturaleza, pero sucede en un recoveco, y no en el absolutismo del sol y el viento. Como jamás le haría eso a su madre, en Omaha, Nebraska, siempre se viste según los dictámenes atmosféricos de Portland, Maine, para mantenerse fiel a la mujer que le dio la vida, aunque eso implique algún achicharre ocasional. Total, según los meteorólogos, ambas presumen de un clima continental templado, así que por qué poner el grito en el cielo por nimiedades de seis u ocho grados.

Keza cambia de tema en cuanto puede: todo bien por aquí, todo igual, como siempre, como siempre, nada nuevo, tú qué tal. La vida en Ruanda ha pegado un cambio con el virus, claro, y al principio le despertaba interés conocer los pormenores, pero ahora ya las novedades se visten de antigüedades: los negocios familiares siguen luchando por mantenerse a flote, la gente se arremolina sin mascarillas ni remordimientos en las motos y en la iglesia y la mayoría de personas viven al día. A papá le gusta pensar que está salvando la situación porque saca algo de dinero de aquí y allá, en esos negocios en los que siempre está enredado y que Keza y el resto de hermanos desconocen. Mamá desenreda: no se dedica solo a las tareas de casa —eso es de ricas—, sino que trabaja en la compañía de gas, tiene ahorros y le hace pensar a su marido que sí, que sí, que sin ti no saldríamos adelante. Nada nuevo bajo el sol, excepto el trasfondo vírico.

Sus padres no están muy al tanto de lo que pasa en Estados Unidos —papá no está al tanto de nada, para qué engañarnos: nunca llama—. Saben lo de la esclavitud pretérita y para de contar: no tienen ni la más remota idea de las injusticias actuales. Jamás han oído nombrar a George Floyd —ni mucho menos a Breonna Taylor— y Keza tampoco les cuenta nada sobre #BlackLivesMatter ni sobre las protestas en todo el país. ¿Para qué? ¿Para preocuparlos? Todo bien, mamá; como siempre, mamá.

La madre conoce lo básico: que Keza trabaja desde casa —¿casa?: «casa»—, que hace algo con ordenadores, algo, que Ganza existe, que obviamente es tutsi, que hoy no ha llovido. No necesita saber nada más: adentrarse en los intríngulis de las vidas de las hijas está sobrevalorado. 

Keza lo mencionó una vez hace meses, un amigo, y luego no soltó ni prenda cuando se mudó a dos mil quinientos kilómetros para sobrellevar la incertidumbre pandémica en la casa de aquel muchacho al que tampoco conocía tanto. Antes procuraba colocarse siempre delante de muro blanco, para no despertar sospechas, pero poco a poco ha conseguido pergeñar una reproducción del salón de su piso en Maine, un escenario diseñado a golpe de clic, tan perfectamente idéntico que Keza se mueve por él, videollamada en mano, con una mezcolanza de comodidad y repelús. No sabe por qué se ha molestado tanto; total, qué más da: al final sus conversaciones se componen de píxeles, ecos, repeticiones y ¿qué, qué, qué? 

Hoy la mentira se le está haciendo bola, pero al final se las apaña: se inventa un cumpleaños paralelo, en Maine, donde sí que vive su hermana, y le cuenta a su madre los planes que harán juntas con todo lujo de detalles y se embarulla y embarulla en el embuste y ella misma se imagina a la perfección hasta el color del confeti inexistente de su celebración imaginaria.

Cuelgan y tanta trola le deja un mal sabor de boca. Da igual: seguirá ocultando su ubicuidad y hablará sobre el clima, le hará luz de gas a su madre sobre cualquier extrañeza fruto del despiste en el mobiliario y se armará de paciencia una vez más (y otra y otra) para explicarle a su madre cómo activar la cámara delantera.

Keza está encantada. Le tiene un cariño tremendo a Ganza, tremendo, pero ha de ser un secreto todavía, porque ha crecido escuchando «no te eches novio hasta que no te cases» o «esconde a tu prometido de tu padre hasta la boda». Y eso hace, lo omite, lo separa del universo que comparte con su madre. Al verbalizar una realidad imaginaria en la que está soltera y confinada en soledad, sin darse cuenta ha creado una doble vida que domina cuando está despierta, pero que se solidifica en sus pesadillas.

Apenas si llevan seis meses saliendo, pero para Ganza este fin de semana es el más especial del año. Le da su primer regalo: una cena sorpresa con amigos en la terraza de ese restaurante africano en el centro, su favorito de la ciudad. La velada empieza con guantes, mascarilla y besos al aire y acaba inevitablemente con fotos sin distanciamiento social y chinchines con copas baboseadas. La guinda a una noche perfecta la pone el segundo obsequio, que emociona a todos los comensales: unos trajes tradicionales ruandeses con estampados a juego, que la pareja se enfunda en un periquete en el baño, que les da un aire aún más fuerte de tortolitos y que acabarán manchando de brindis y carcajadas.

Duermen en cucharita, sin quitarse esa ropa con lamparones, en un gesto de amor improvisado, silencioso y envolvente. Keza vive en el centro del país, paga el alquiler de su piso vacío en la costa este y tiene las miras laborales en la costa oeste. A veces se pierde en sus pensamientos noctívagos cuestionándose la corporeidad de su existencia, pero hoy se adormece en el convencimiento absoluto de que su hogar verdadero converge en este abrazo secreto.

Despierta desde el placer de un masaje en los pies, de millones de besos conmemorativos y del olor a café y a las sobras recalentadas de la cena. Keza se despereza y observa los trajes que ahora conforman su unidad como pareja, y se siente dichosa y tranquila. Su propósito de hoy, la calma: nada de correos de trabajo ni de competiciones sobre quién dobla la colada más rápido.

Aunque los domingos acostumbran a comenzar el día comentando la actualidad con las bocas llenas de soluciones y desayuno, Ganza intenta hablar de banalidades y cambiar el rumbo de la conversación cada vez que sale el tema, porque hoy es un día alegre, mejor hablemos de otra cosa, que hoy querías relajarte, ¿no? Pero Keza argumenta que no puede haber nada más valioso en su cumpleaños que la palabra, su único poder, de hecho: como residentes temporales en Estados Unidos, no pueden ir a manifestaciones, ya que cualquier sombra política en la que se involucren podría acabar fácilmente en una deportación. Por no poder no pueden ni siquiera caminar en su propio barrio residencial de noche, porque quedan a la merced de que cualquier vecino blanco los considere sospechosos y llame a la policía. 

Les encanta que el sistema se tambalee, pero les toca resignarse a vivirlo desde una lucha sombría y castrada y refugiarse en hablar de lo que ocurre a su alrededor, ver vídeos de la brutalidad policial, remover conciencias en internet desde seudónimos, consumir en negocios afroamericanos y africanos. Su trinchera la conforman esos pequeños gestos. Quieren ayudar y participar, porque también han arado durante años parte de su historia en esta tierra, aunque no tengan pensado quedarse aquí para siempre, en este lugar con tantas oportunidades como desprecio, que ha dibujado sus identidades desde una perspectiva que jamás los rozó en Ruanda. Ambos rechazan desde las entrañas cualquier posibilidad de tener hijos en un lugar donde el mero hecho de ser una persona negra equivale a estar en peligro constante.

Pero por ahora no ven ningún motivo para volver a Ruanda: sus trayectoria profesionales van viento en popa, cada uno de sus hermanos está en un país distinto, todos sus amigos han emigrado y se tienen que gastar cientos de dólares en regalos cada vez que van de visita. Cuando vuelvan, en el futuro, será para abrir su propio negocio, pero su presente está en algún lugar de la vastedad estadounidense. Mejor no manifestarse, no.

Tiene razón Ganza, es mejor no pensar en ello: olvídalo, da igual, que el plan para hoy consiste sumirse en la relajación más sublime. Pero durante la sesión de manicura y pedicura, Keza se acuerda del gas pimienta que la policía lanzó en la manifestación del jueves pasado; en plena película de matiné, le viene a la mente el comentario racista que le soltó aquel hombre por la calle hace un par de semanas; y hasta al leer un libro —con esa incesante sinfonía de bip-bip-bip de fondo—, se refuerza en la idea de que la gente solo escucha cuando hay revueltas y le apena no poder acudir.

Solo al cocinar juntos la cena especial de cumpleaños —isombe, ubugali y waakye—, Keza se sume por completo en el fulgor de la ternura que le ha regalado el confinamiento y observa a Ganza remojando las hojitas de zahína. Se olvida de Seattle y de Portland y su presencia se enraíza por completo en Omaha, y la escena irradia tanta belleza que se convierte en óleo sobre lienzo: la amalgama de colores, la luz perpendicular que divide el rostro de su chico, las sombras que dramatizan la col y los tomates, la perspectiva aérea dada por aquel sfumato de harina de yuca.

Interrumpe el bodegón una llamada y, en cuanto descuelga, Keza siente de sopetón de que mamá ya no vive en la ignorancia. Se siente ridícula, minúscula, insignificante. No sabe cómo lo sabe, pero lo sabe. Una corazonada, qué quieres que te diga, chica. El pensamiento dura el lapso de un segundo —¿se lo cuento o no?—, pero enseguida vuelve a fingir verdades, agradece la felicitación y se centra en las preguntas entrecortadas con respuestas certeras: no, mamá, nada de frío, nada, hoy hace un tiempo de lujo aquí en Maine.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Oneirism

After all, Keza has been exercising omnipresence for some time: why should one more city be a problem? Saturday kicks off with a job interview over Zoom that she’d told Ganza would finish by 12 at the absolute latest; three quarters of an hour past noon, she’s still there, her tongue coated with the minutiae of her value as a computer programmer, pert as ever, full of assurances that the location is perfect. If she’s hired, she’ll be in Seattle right away, yes, yes, no problem, it’s practically next door, there’s nothing tying me down here.

Much as he tries not to eavesdrop, Ganza overhears each of Keza’s promises, and the mere thought of her departure saddens him. He tries to focus on cooking: he long since finished the mimosas (they will be watered down), the pancakes (they will get cold), the fruit (it will go brown), the scoops of ice cream (they will melt). His patience is wearing thin, but he knows that this is a great job opportunity for her, but he doesn’t want her to leave Nebraska, but in reality it’s less than four hours by plane, but he’s tied down here, but it will be a great place for an electrical engineer once he can go, but he hopes she stays, but hang up already, goddamnit, but.

When Keza finishes, it’s obvious that the interview has left her drained, but she revives herself with that watery, cold, browned, melted and love-filled brunch prepared by her Ganza. The culinary shortcomings go unmentioned and they thoroughly enjoy the start of the birthday weekend, despite the incessant pinging of notifications, which Keza ignores, but which irritate Ganza, so much beep-beep-beep, beep-beep-beep. Keza doesn’t even bother glancing at her cell any more: at nine o’clock at night in Central Africa, her aunts have finally finished the daily grind and are free to flood her with advice in the form of photos and memes and videos and copy-pasted texts full of painful misspellings about how to wash your hands, the benefits of eating meat, anti-epidemic robots in hospitals, the evils of thinness, the horrors of too short a dress. And they also send selfies, many selfies, every day, with lighting and perspectives that would inevitably accentuate (or create) double-chins on even the best of aunts. Not all are really her aunts, of course: in Rwanda, every baby is raised in the bosom of the community, family or not, and the women involved in that upbringing are generous enough to bestow their precious advice ad æternum, no matter how old the baby grows. The non-aunt aunts of WhatsApp are the antonym of silence.

Despite the aggressive beep-beep-beep, the volatile mix of champagne and vitamin C starts to have its effect, but just as things are really progressing, a call comes in. Ganza tells her not to take it, come on, it’s not your birthday until tomorrow, but she knows all too well how the twenty-four hour phone and internet packages work in her homeland: if she doesn’t answer now, they may not talk for another week or two.

It’s Keza’s mother. You know the drill, shhhh! I couldn’t wait until tomorrow, how is Maine, very good, very good, quiet, here it’s the same ol’ same ol’. Her conversations with Mom verge on the soporific, now more than ever since she fully dedicated herself to lying as a narrative form before, at least, the half-truths gave her a rush of adrenaline. She recounts to her mother what she would be doing in Maine by reproducing her day in Nebraska, changing the backdrop a little, imagining herself confined in solitude in that apartment she hasn’t seen in weeks. She no longer gets nervous when they talk because she is at peace with this compassionate white lie. In case Mom calls that day (since it is winter in Rwanda, she always asks if it is cold), Keza has gotten into the morning habit of checking the weather in the city where she pays rent but hasn’t set foot since March.

Keza considers it perfectly normal not to reveal the whole truth about her romantic situation, which is still tender, uncertain and fragile, but to lie about the weather somehow seems to her the nadir of shamelessness, because that would be to deny nature. Feeling Ganza’s skin is also part of nature, but it happens in a modest recess, not exposed to the totalitarian sun and wind. She would never do that to her mother, so in Omaha, Nebraska, she always dresses in accordance with the meteorological whims of Portland, Maine, to remain faithful to the woman who gave her life, even if it means sweltering occasionally. Besides, science assures her that both cities have temperate continental climates, so who’s she to quibble about 10 or 15 degrees?

Keza changes the subject as quickly as possible: everything is fine here, everything is the same, the usual, how about you? Life in Rwanda has changed with the virus, of course, and at first she was interested in keeping up-to-minute on all the daily ins and outs, but now it has all begun to blend together: the family businesses are still struggling to stay afloat, people are swarming around without masks or remorse on their motorbikes and in church, and most are living hand to mouth. Dad likes to think he’s the one saving the day because he’s bringing some money in here and there from those ventures he’s always tangled up in that Keza and the rest of the siblings are kept blissfully ignorant about. Mom keeps things running smoothly: she doesn’t merely do housework that’s a perk of the rich she works at the gas company, has savings, and ensures her husband thinks that yes, yes, without you, we couldn’t manage. So the usual, but with a pandemic in the background. 

Her parents are not really aware of what is going on in the United States Dad is not at all aware, let’s not delude ourselves; he never calls. They know about historical slavery and stop telling us about it: they have no idea about the current injustices. They’ve never heard of George Floyd, much less Breonna Taylor, and Keza doesn’t tell them about #BlackLivesMatter, or protests around the country. What for? To make them worry? Everything’s all right, Mom; the usual, Mom.

Her mother knows the basics: that Keza works from home (home? “home”), that she does something with computers, something, that Ganza exists, that he is a Tutsi, obviously, that it hasn’t rained today. She doesn’t need to know anything else: delving into the intricacies of daughters’ lives is overrated.

Keza mentioned him once months ago, a friend, and then didn’t breathe a word when she moved 1,000 miles away to hunker down through the uncertainty and loneliness of the pandemic in his house, all timelines accelerated. At the beginning, she always made sure to Skype from in front of a white wall, to avoid arousing suspicion, but little by little she has managed to assemble a reproduction of the living room of her apartment in Maine, a stage designed with a click, so perfectly identical that Keza moves through it, phone in hand, with a mixture of comfort and repulsion. She doesn’t know why she has gone to so much trouble; in the end her conversations are made up of pixels, echoes, endless repeating, and what, what, what?

Today lying seems unusually daunting for some reason: she invents a parallel birthday in Maine, where her sister still lives, and recounts to her mother in great detail the plans they have together, but soon she gets caught up in the fabrication and is able to visualize every detail, even the color of the non-existent confetti at her imaginary celebration.

They end the call, and so much dissembling leaves a bad taste in her mouth. No matter she’ll steel herself by the next call and continue to hide her omnipresence and talk about the weather, gaslight her mother if she remarks on anything off about the furniture and patiently explain once again (and again and again) how to activate the front camera.

Keza is living in a joyful glow. She really cares about Ganza, but it must remain a secret, because she has grown up listening to “don’t go out with a boy until you’re married” and “hide your fiancé from your father until the wedding day.” And that’s why she must omit him, separate him from the world shared with her mother. By verbalizing an imaginary reality in which she is single and confined in solitude, she has unwittingly created a double life that overwhelms her sleep-weakened defenses to erupt into her nightmares.

They’ve barely been dating for six months, but for Ganza this is the most special weekend of the year. He gives her his first gift: a surprise dinner with friends on the terrace of the African restaurant downtown, her favorite of the city. The evening starts with gloves, mask and air kisses and inevitably ends with photos of abandoned social distancing and santés with spit-covered glasses. The cherry on top of a perfect night is his second gift, which the whole group gets excited about: traditional Rwandan outfits with matching prints. The couple quickly changes in the bathroom, making them look even more hopelessly like lovebirds, and their garb ends the night stained with toasts and laughter.

They sleep spooning, without taking off their soiled clothing, in an improvised, unspoken, and enveloping gesture of love. Keza lives in flyover country, pays rent on an empty apartment in the Northeast and has her sights set on working on the West Coast. Sometimes she gets lost in nocturnal musings, questioning the tangibility of her existence, but today she drifts off with the absolute conviction that her true home lies in that secret embrace.

She awakes to the pleasure of a foot massage, a barrage of celebratory kisses and the smell of coffee and reheated dinner leftovers. Keza rouses herself and looks at the outfits that now marks their unity as a couple, and she feels happy and calm. Her objectives for today: tranquility and repose no work emails or competition over who folds the laundry faster.

Although on Sundays they usually start the day discussing current events with mouths full of solutions and breakfast, Ganza tries to keep things trivial, steering the conversation away every time a fraught topic comes up, because today is a happy day, we should talk about something else; today you wanted to relax, right? But Keza argues that there is nothing more worthy of her birthday than words, their only power, in fact: as temporary residents of the United States, they cannot risk going to demonstrations, since getting involved in any hint of politics could easily end up in deportation. They can’t even feel secure walking in their residential neighborhood at night, because they are at the mercy of any white neighbor who deems them suspicious and calls the police.

They love to see the system finally teetering, but they have to resign themselves to a struggle from the shadows and take solace in talking about what’s going on around them, watching videos of police brutality, stirring up consciousness on the Internet under pseudonyms, patronizing African American and African businesses. Their trench is built of those little gestures. They want to help and participate, because they have become a part of this country over the years, even if they don’t plan to stay forever, in this place as full of opportunities as of contempt, this place that has defined their identities from a perspective they never could have conceived of in Rwanda. They both reject from the core of their beings any possibility of raising children in a land where merely to be black is to be in constant danger.

But for now they see no reason to return to Rwanda: their careers are going well, each of their siblings is scattered in a different country, all their friends have emigrated, and every visit means hundreds of dollars in gifts. When they return, in the future, it will be to open their own business, but their present is located somewhere in the vastness of the United States. Better not to protest, no.

Ganza is right: on this day it is better not to think about any of that. Forget it, it doesn’t matter, the agenda for today is to immerse herself in utter relaxation. But in the midst of her mani-pedi, Keza remembers the pepper spray that the police used against demonstrators last Thursday; as they watch a matinee, a racist comment from a man in the street a couple of weeks back races through her mind; and even trying to read a book (with the incessant beep-beep-beep symphony in the background), her eyes glaze over as she reaffirms to herself that people only listen when there are riots, and she feels devastated that she cannot be there.

It is only when they cook the special birthday dinner together isombe, ubugali and waakye that Keza becomes completely immersed in the glow of tenderness that has been a gift of the lockdown and stands watching Ganza dipping the sorghum leaves. She forgets about Seattle or Portland and for once is fully present in Omaha, and the scene radiates so much beauty that it becomes an oil painting: the blending of colors, the perpendicular light that divides his face, the shadows that infuse the cabbage and tomatoes with drama, the atmospheric perspective created by the sfumato of yucca flour.

The still life is shattered by a sudden ringing. As soon as she picks up the phone, Keza has a mysterious premonition that her mother is no longer living in ignorance. She feels ridiculous, tiny, insignificant. She doesn’t know how she knows, but she knows. A hunch, what do you want me to tell you, kid? The thought lasts for a second should I tell her or not? but then she returns to constructing a simpler life, thanks her for the well-wishes and focuses on the staccato questions with precise answers: no, Mom, not at all cold, not at all, the weather here in Maine today is gorgeous. 

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More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Mapa literario de Madrid

Madrid ha servido como escenario de infinidad de obras literarias, en las que se dibuja la villa con el paso del tiempo. Hemos seleccionado seis libros escritos en los siglos XIX, XX y XXI que se desarrollan en Madrid y hemos creado rutas literarias por toda la ciudad.

Es posible navegar por el mapa interactivo con el ratón para acercarse y alejarse y, además, al pinchar en el icono de arriba a la izquierda, se pueden seleccionar o quitar las casillas con las rutas propuestas, para poder ver así el número deseado de ellas. Asimismo, al pinchar en cada letra aparece una cita de la obra en cuestión en la que se mencionan los sitios marcados y una fotografía del aspecto actual del lugar. Si quieres ver el mapa más grande, pincha en el icono en la esquina superior derecha. Hay más información de cada obra más abajo.

Disfrútalo: viajar y leer nunca han estado más unidos.

En las citas del mapa se puede observar cómo la capital española ha sido durante siglos escenario de diferentes momentos históricos y cambios sociales, los cuales han querido plasmar sobre el papel escritores procedentes de todos los rincones del país. Resulta interesante analizar las diferentes costumbres de los personajes en ciertos puntos de la ciudad, como la prohibición de que las parejas se abracen en público descrita en La voz dormida, de Chacón, con la antigua estación de Delicias de fondo. Se aprecian también los negocios tradicionales y familiares de barrio, como la tienda de tubos en la calle de la Magdalena que describe Galdós en Fortunata y Jacinta o la de lavabos en la calle de Sagasta de la que habla Cela en La Colmena. Algunos lugares emblemáticos ya han desaparecido, como el Café de Fornos, famoso por sus tertulias literarias, al que acuden los personajes de El árbol de la ciencia (Baroja), hoy reconvertido en un Starbucks. A su vez, otros lugares fantásticos son hoy en día ciertamente símbolos de la ciudad, como la inventada “buñolería modernista” de Luces de bohemia (Valle-Inclán), que en realidad es la imprescindible y siempre concurrida chocolatería San Ginés. La ciudad y la literatura se casan en estas obras, creando momentos tensos, pasionales, divertidos o tristes. En todo caso, como le ocurre al abuelo de la protagonista de El corazón helado (Grandes), Madrid es una ciudad para querer y echar de menos.

Por último, ofrecemos un breve comentario de las obras que aparecen en el mapa.

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Aunque naciera en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, Galdós basó gran parte de sus novelas en Madrid, retratando la España de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX de una manera profunda y, hay que reconocerlo, algo espesa. Su obra se encuadra en el Realismo y se le considera uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos. La capital española tiene un peso tan magno en su obra, que existe la expresión Madrid galdosiano, equiparable al París de Balzac y al Londres de Dickens.

Fortunata y Jacinta está protagonizada, como su propio nombre indica, por personajes femeninos, algo muy común en la obra de Galdós, que colocó a muchas mujeres en el primer plano como personajes centrales de sus novelas, en obras como Tormento, Marianela y Misericordia. Fortunata y Jacinta se relacionan la una con la otra a través de Juan Santa Cruz, el hombre con quien ambas mantienen una relación amorosa. La obra crea un universo muy detallado, tanto que alrededor de los personajes principales hay más de un centenar de secundarios, en un Madrid marcado por acontecimientos históricos de gran relevancia sucedidos entre 1869 y 1876: los últimos coletazos de la Revolución de 1868, el Reinado de Amadeo I de España, la Primera República, los golpes militares de Pavia y Martínez Campos y la Restauración. En los años 80 se hizo una miniserie basada en este libro.

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)Pío Baroja nació allá por 1872 en San Sebastián, en el seno de una familia acomodada y estrechamente relacionada con el periodismo. Cuando tenía tan solo siete años, su familia se trasladó a Madrid, donde empezó a conocer a fondo la capital española. Vivían concretamente en la calle Fuencarral y luego en la calle del Espíritu Santo, algo curioso si se tiene en cuenta que la ruta trazada en nuestro mapa basada en su obra pasa muy cerca de estas calles tan céntricas, lo que demuestra la relación del escritor de la Generación del 98 con Madrid.

En El árbol de la ciencia, Baroja narra la historia de Andrés Hurtado, en una novela narrativa y filosófica en la que se retrata fielmente el Madrid de finales del siglo XIX. El autor es pesimista con lo que ocurre en el país durante esa época, dibujando un retrato agrio, incómodo y áspero de la situación. Como el escritor donostiarra, Hurtado estudia en el instituto San Isidro, en el barrio de La Latina, y luego Medicina en la Universidad Complutense de Madrid. Los personajes de esta obra semiautobiográfica trasmiten las angustias de la época y el desasosiego de un modo magistral.

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)Ramón María del Valle-Inclán nació en un municipio pontevedrés en 1866. Su obra se encuadra dentro del Modernismo y su mayor logro literario es la creación del estilo que él mismo denominó Esperpento, que consiste en buscar el lado cómico hasta en las circunstancias más trágicas. Después de estudiar Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela (sin llegar a terminar la carrera), pasó su primera estancia larga en Madrid, donde acude a varios cafés literarios con asiduidad, reuniéndose con escritores como Baroja. Pasó el resto de su vida cambiando de residencia entre Pontevedra, Madrid y México. En su segunda etapa en Madrid, después de ser funcionario con un sueldo fijo, decidió dejarlo todo para dedicarse a la literatura y a la interpretación, llevando así una vida bohemia.

Luces de bohemia nació siendo un ejercicio literario que salió por fascículos en un diario en 1920, pero se publicó con su forma definitiva en 1924. La obra de teatro (que se ha representado en infinidad de escenarios durante décadas y décadas) está protagonizada por Max Estrella, que recorre durante una noche las calles de Madrid, en concreto Sol y Huertas, junto con Don Latino de Hispalis, en un retrato ciertamente esperpéntico del Madrid más bohemio y, a la vez, representando situaciones extravagantes. Los personajes viven en la desesperanza de un país hundido durante la época de la Restauración.

La colmena (Camilo José Cela, 1951)

La colmena (Camilo José Cela, 1951)El Nobel de Literatura Camilo José Cela nació en La Coruña en 1916, en una familia adinerada. Cuando tenía nueve años, su familia se trasladó a Madrid, y más adelante Cela, como Baroja, estudió en el instituto San Isidro de Madrid y comenzó la carrera de Medicina. Pronto comenzó a interesarse en escribir literatura, mientras se dedicaba a otras labores para tener un sueldo fijo. Su estilo se enmarca en el Tremendismo y el Realismo Social.

La colmena también fue censurada por la España franquista, pero Cela consiguió editarla en Buenos Aires. Comenzó a escribir el libro en Madrid, ciudad que tomó como escenario (y en la que, por cierto, muriera en 2002). Las diferentes historias que se entremezclan entre sus páginas se desarrollan en infinidad de calles de Madrid, algunas de las cuales no se encuentran en este mapa, como Manuel Silvela, Ventura de la Vega o Luchana, con la ficción centrada entre el sur del castizo barrio de Chamberí y la calle Atocha. Con una narrativa ágil y minuciosa, esta obra maestra basa las relaciones entre un entramado de unos trescientos personajes (en su mayoría, de clase media baja), que se mueven por espacios múltiples, en los que las calles de Madrid sirven como lugares de paso, con un telón de fondo de una ciudad tremendamente afectada por la posguerra. El magnífico Mario Camus realizó la versión cinematográfica en 1982.

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La novelista y poetisa pacense Dulce Chacón, nacida en 1954, comenzó a tener un reconocimiento sólido tan solo un año antes de su muerte prematura gracias a La voz dormida, a partir de la cual Benito Zambrano rodó una película homónima en 2011. Chacón vivió en Madrid desde los once años, puesto que su familia decidió trasladarse a la capital. Desde hace más de una década, el Ayuntamiento de Zafra, su ciudad natal, de donde es además hija predilecta, concede el Premio Dulce Chacón de Narrativa Española cada año.

Chacón pasó cuatro años documentándose y escribiendo La voz dormida, que narra las penurias en la cárcel de mujeres de Ventas, al este de Madrid, durante los duros años cuarenta, con una España hundida por la posguerra y la represión franquista. Otro espacio madrileño predilecto en la novela es la esquina de la calle Relatores y la calle Atocha, donde hay un pequeño hostal en la ficción. Los personajes, basados en personas reales con historias tan cruentas que la autora decidió suavizar, recorrerán las calles colindantes en búsqueda de libertad, de respuestas y de justicia. La voz dormida es una novela dura, con escenarios tristísimos como el Ministerio de la Gobernación (donde se realizaban torturas franquistas) o el cementerio de la Almudena, pero narrada de una forma soberbia, en la que la escritora recreó seis décadas después un Madrid teñido de horrores.

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)Almudena Grandes (1960) es la única entre estos seis escritores nacida en Madrid. Grandes ha escrito novelas contemporáneas de gran éxito, como Las edades de Lulú Atlas de geografía humana. Su obra se centra principalmente en las épocas de la posguerra y la transición (la cual considera un fracaso) y ha sido galardonada con gran cantidad de premios. Ella mismo habla de la influencia en su obra de, entre otros, Benito Pérez Galdós.

Grandes leyó más de doscientos libros sobre la Guerra Civil Española, cuyo resultado fueron las más de novecientas páginas de El corazón helado. Los personajes principales (uno de familia falangista y la otra, republicana y exiliada en Francia) se enfrentan a los fantasmas del conflicto bélico décadas después de su fin, intentando encontrar respuestas y paz. El recorrido de esta obra es el más largo de todos los que hemos creado, puesto que en ella se narran hechos sucedidos en toda la ciudad de Madrid, no sólo la parte más céntrica. Aparecen lugares comunes con otras obras, como el cementerio de La Almudena, pero también se mencionan otros sitios, como los barrios de Salamanca o Tetuán. Esta obra es, por tanto, un relato minucioso de las cicatrices del pasado y la memoria que ha de mantenerse en el presente.

[Artículo escrito por Patricia Martín Rivas
y publicado originalmente en Wimdu.]

Berlín de la mano de Rosa Luxemburgo

Introducción: Qué ver en Berlín

¡Saludos, camaradas! Soy Rosa Luxemburgo, teórica marxista soviética y cofundadora del ahora partido comunista alemán. Pasé la mitad de mi vida en la convulsa ciudad de Berlín, que desde mi nacimiento en 1871 hasta finales del siglo XX atravesó infinidad de momentos históricos que hoy en día se pueden apreciar paseando por la ciudad, casi totalmente reconstruida después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En poco más de un siglo, Berlín sufrió dos grandes guerras y los estragos de la barbarie nazi, estuvo dividida por el famoso Muro y fue el lugar donde se anunció el derrocamiento de la monarquía; de hecho ¡yo lideré la revolución! Todo ello quedó marcado en su arquitectura y su carácter, que configuran el Berlín actual, una ciudad muy activa y alternativa. La capital alemana, tan distinta del resto del país, es auténtica y cuenta con lugares llenos de historia y de lucha que merece la pena descubrir. ¿Nos vamos de paseo?

1.-  Alexanderplatz

Estamos en Alexanderplatz, el centro de Berlín. ¡Cómo ha cambiado! Cuando yo vivía en Berlín, Alexanderplatz presumía de elegantes edificios, pero fueron destruidos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En los años 60, esta plaza constituía el centro neurálgico del Berlín Este y el Gobierno de la República Democrática Alemana o RDA la reconstruyó de acuerdo con el gusto comunista, con grandes edificios minimalistas. En 1969, se incorporaron a Alexanderplatz dos de los símbolos de la ciudad: la gran torre de televisión y el reloj mundial. El 4 de noviembre de 1989, se manifestaron en esta plaza más de medio millón de personas, demostrando el poder de las masas y su capacidad de cambiar el curso de la historia, ya que consiguieron que el Muro cayera tan solo cinco días después. Ahora el capitalismo reina en la plaza, ¡está llena de cadenas de tiendas! Por cierto, una de las calles que sale de la plaza lleva mi nombre.

Torre de televisión de Berlín

2.-  Hackescher Höfe

El Kaiser Guillermo I obligó a todos los judíos de Berlín a trasladarse aquí en 1737. Debido a la superpoblación en Berlín y a una ley que estipulaba que las construcciones no superaran los cinco pisos, se idearon viviendas con un sistema de edificios ordenados alrededor de patios: cuanto más alejados de la calle, más baratos, con lo que el mismo bloque de edificios estaba dividido por estratos sociales y cada patio era casi como un pequeño barrio. Estos patios son los llamados Hackescher Höfe y destacan dos actualmente: el Endellscher Hof, muy elegante y con tiendas de diseño, y el interesantísimo Schwarzenberg, que varios artistas ocuparon para repararlo, unidos por el antisemitismo y la lucha contra toda discriminación, con murales que van cambiando cada cierto tiempo. El alemán Otto Weidt tenía aquí un centro para trabajadores ciegos y sordos y durante el nazismo contrató a muchos judíos para que no los enviaran a campos de concentración. ¡Toda una proeza!

3.-  Nueva Sinagoga

La Nueva Sinagoga también fue dañada durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que cambió ligeramente desde su inauguración en 1866. Se construyó para albergar a la cada vez más creciente población judía, con capacidad para tres mil personas. A pesar de no ser religiosa, me gustaba contemplar la bella arquitectura de la sinagoga: su fachada de ladrillo ornamentada, pero austera, está coronada por una majestuosa cúpula con toques dorados. En los linchamientos nazis durante la Noche de los Cristales Rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, cuando se quemaron más de mil sinagogas en la Alemania Nazi, un policía empuñó su arma para proteger la Nueva Sinagoga de los atacantes y consiguieron apagar los incendios en la zona antes de que dañaran el edificio. A día de hoy, esta sinagoga tiene protección policial permanente, al igual que otros edificios judíos en la ciudad.

Nueva sinagoga

4.-  Museo de la RDA (DDR Museum)

En este pequeño museo se cuenta la historia de la República Democrática Alemana, también conocida como RDA o como DDR, por sus siglas en alemán. La RDA formaba parte del Bloque del Este durante la Guerra Fría. Esta zona logró aislarse del zarpazo del capitalismo entre 1949 y 1990, aunque las condiciones en las que vivía la gente no eran idóneas, por carecer de libertades personales. Yo misma serví como un símbolo de la RDA, por mi ideología y mi defensa de la igualdad, por lo que rebautizaron varios lugares de la ciudad con mi nombre. Sin embargo, sus formas dictatoriales y represivas no honraban mi memoria. Muy cerca se encuentra el Marx-Engels Forum, con una estatua de los autores del Manifiesto Comunista. En las calles de Berlín, por cierto, aún quedan huellas de la RDA gracias a los Ampelmann, los característicos muñequitos de los semáforos que hay por toda la ciudad, todo un símbolo de la reunificación alemana.

5.-  Isla de los Museos

¡Cómo me habría gustado haber visto el busto de Nefertiti con mis propios ojos! Recuerdo el revuelo que causó su hallazgo y cómo sus descubridores alegaron que no existían palabras para describirlo: había que contemplarlo en persona. Ahora Nefertiti está en esta isla, en el Neues Museum, el más importante junto con el Pérgamo. En esta isla en el río también se encuentra el Lustgarden, el parque donde, aquel 9 de noviembre de 1918, se encontraban las gentes entusiasmadas al escuchar a mi camarada Karl Liebknecht, con quien lideré la revolución, declarar la República Libre y Socialista Alemana tras la abdicación del Kaiser. Fue un día tan emocionante… Qué pena que al final fracasara. La Liga Espartaquista, fundada por Liebknecht y yo, sigue viva, pues se convertiría en el Partido Comunista de Alemania. El Lustgarden se tiñó después de fealdad, puesto que aquí se celebraron varios mítines nazis, con Hitler como orador. Como no triunfó el socialismo, reinó la barbarie.

6.-  Catedral de Berlín

La Catedral de Berlín o Berliner Dom es la iglesia más grande de la ciudad, donde se realizan misas protestantes, conciertos y visitas. En su cripta está uno de los mayores sepulcros dinásticos de toda Europa. El parque de enfrente es el Lustgarden. Se construyó en el siglo XV como iglesia católica, después fue luterana y desde 1817, protestante. Sin embargo, se reconstruyó tantas veces que la catedral que conocemos ahora se terminó en 1905, con estilo neorrenacentista. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió grandes daños y durante la época de la RDA no ofreció servicios religiosos, como había de ser para seguir los ideales comunistas. Llaman mucho la atención sus cúpulas verdes, ¿a que sí? Ese color tan característico no es otro que el de la pátina, es decir, el aspecto que ha adquirido el cobre que recubre las cúpulas debido a la humedad.

7.-  Nikolaiviertel + Rotes Rathaus

¿No es preciosa esta zona? Se trata de la parte más antigua de Berlín, el Nikolaiviertel o barrio de Nicolás. Data del siglo XIII y se mantuvo en pie hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando los bombardeos de los aliados destruyeron gran parte de la ciudad con el fin de acabar con la lacra fascista. Por ello Nikolaiviertel está totalmente reconstruido. La iglesia que hay en el centro, Nikolaikirche, es la más antigua de la ciudad, construida alrededor del año 1230, época en la que se erigieron decenas y decenas de iglesias en toda Europa, con el fin de embadurnar a las personas con la fe cristiana, un medio de control de las masas muy eficaz, a decir verdad. Muy cerca se encuentra el Rotes Rathaus o ayuntamiento rojo, que es el actual ayuntamiento de Berlín y que se construyó a mediados del siglo XIX con un ladrillo rojizo y la estética renacentista del norte de Italia.

8.-  Humboldt Forum

El Humboldt Forum se encuentra en un espacio que ocuparon otros edificios en el pasado. Originalmente, vivían aquí los reyes prusianos, en un enorme Palacio Real barroco, desde donde precisamente mi camarada Karl Liebknecht anunció la caída de la monarquía. Aunque el Palacio Real sufrió daños en la Segunda Guerra Mundial, quedó en pie. El Gobierno de la RDA lo derribó, por considerarlo un símbolo imperialista, y construyó el Parlamento de Berlín Este, un sobrio edificio con fachadas de espejo marrón. No obstante, un adolescente hamburgués visitó Berlín en 1962, vio que el Palacio había desaparecido y se obsesionó con recuperarlo. Después de la caída del Muro aquel antiguo estudiante creó una fundación gracias a la que consiguió que se dispusieran a derribar el edificio comunista, pero se paralizó el proyecto debido a las protestas y muchos artistas lo ocuparon hasta que finalmente lo destruyeron. La reconstrucción del antiguo Palacio configura ahora el Humboldt Forum, dedicado a las artes.

9.-  Unter den Linden

Junto a la Isla de los Museos se encuentra la calle Karl Liebknecht, que pasa a ser el famoso bulevar de Unter den Linden o «bajo los tilos». Juan Jorge de Brandeburgo lo creó para llegar fácilmente al Tiergarten, su coto de caza. Su diseño definitivo se realizó en el siglo XIX, como prueba de que Berlín no era un pueblo, sino una gran ciudad, pero fue totalmente destruido durante la Segunda Guerra Mundial. El Gobierno de Berlín Este plantó los tilos de nuevo, para devolverle al bulevar su aspecto original. Siempre ha sido uno de lugares preferidos por los berlineses e inspiración de escritores, compositores y artistas. Aquí, al principio del bulevar, podemos ver a la derecha la Neue Wache, monumento a los caídos en la guerra, y la Universidad Humboldt, que siempre me traía buenos recuerdos, por mis años de estudiante en Zúrich, donde me doctoré en Derecho, siendo una de las primeras mujeres en poder hacerlo.

10.-  Bebelplatz

La majestuosa plaza de Bebelplatz está rodeada por grandes edificios: la Ópera Estatal, partes de la Universidad de Humboldt y la catedral de Santa Eduvigis. Sin embargo, lo más llamativo de esta plaza es la obra conceptual del artista israelí Micha Ullman: una sala con estanterías vacías que se encuentra bajo tierra y que se ve desde arriba, a un lado de la plaza. La obra representa la quema de libros que los nazis llevaron a cabo el 10 de mayo de 1933 en este mismo lugar. Se trató de una acción sincronizada en veintidós ciudades universitarias alemanas y llevaba a cabo a manos de estudiantes y profesores nazis. Debido a su espíritu totalitarista, consideraron que las obras con ideologías distintas, como las comunistas o pacifistas, y las escritas por judíos se merecían arder en la hoguera, con lo que quemaron libros de autores como Franz Kafka, Albert Einstein, Bertha von Suttner, Karl Marx, Sigmund Freud o una servidora.

11.-  Pariser Platz

Al final de Unter den Linden se encuentra una de las plazas más importantes de la ciudad y, desde luego, una de las más populares entre los turistas. Fue bautizada como Pariser Platz o «plaza de París» en honor a la ocupación de la capital francesa en 1814 a manos de los aliados contra el imperialismo de Napoleón, entre quienes había tropas prusianas. Durante la Segunda Guerra Mundial, esta plaza fue destruida casi totalmente. Al quedar en la frontera cuando el Muro dividió la ciudad, la zona quedó asolada y se reconstruyó tras la caída, con un plan arquitectónico estricto, cuyo resultado es este armonioso espacio. En ella se encuentran la Puerta de Brandenburgo, varias tiendas, la Academia de las Artes, el prestigioso hotel Adlon y la Sala del silencio, mi lugar favorito de la plaza, ya que se puede pensar y meditar estando ajenos de los ruidos de la gente, del tráfico y de la historia.

12.-  Puerta de Brandenburgo

La Puerta de Brandenburgo sí sobrevivió a los bombardeos bélicos, aunque quedara algo dañada. Originalmente llamada Puerta de la Paz, se construyó en el siglo XVIII en estilo neoclásico para marcar la antigua frontera entre Berlín y la Ciudad de Brandenburgo. En un principio, la familia real se otorgó el privilegio de exclusividad para pasar bajo la puerta y luego la adoptaron los nazis como un símbolo del partido. Durante la Guerra Fría, el Muro pasaba justo al lado, algo que se puede ver ahora con un tímido pero poderoso monumento en el suelo, donde está señalada la trayectoria del Muro con baldosines. Pero no solo se puede ver aquí, ¡fíjate en las demás zonas fronterizas por todo Berlín! Los medios de comunicación cubrieron especialmente esta zona durante la Caída del Muro, en 1989, con lo que la Puerta de Brandenburgo quedó grabada en el imaginario internacional como símbolo de lo que fue en origen: la Puerta de la Paz.

Rastro del muro de Berlín

13.-  Reichstag

El Reichstag, de estilo neobarroco y lugar actual de reunión del parlamento alemán, ha sufrido grandes daños a lo largo de su historia: primero cuando lo incendiaron en 1933, como ataque al partido nazi, que lo usaba también con fines parlamentarios; luego cuando lo bombardeó el heroico Ejército Rojo en 1945 para después realizar unas pintadas en alfabeto cirílico, aún conservadas, y colocar una bandera en el emblemático edificio en celebración de la victoria sobre las tropas fascistas en la batalla de Berlín, la última gran batalla de la guerra. Después de la guerra cayó en desuso, ya que la Cámara del Pueblo, de Berlín este, y el Parlamento Federal, de Berlín oeste, se asignaron a otros lugares, en las ciudades de Berlín y Bonn respectivamente. El acto oficial de la ceremonia de reunificación en 1990 se realizó en el Reichstag. Los visitantes que lo deseen podrán disfrutar de las vistas de la ciudad desde la impresionante cúpula de cristal.

14.-  Tiergarten

Por muy agradable que resulte pasear por aquí, lejos del tumulto de la ciudad, el Tiergarten, o «jardín de animales», no me trae buenos recuerdos: fue aquí donde los paramilitares del Freikorps, apoyados por el ministro de defensa, dispararon a mi camarada Liebknecht, para después depositar su cuerpo sin nombre en una morgue. Nuestro asesinato levantó una ola de violencia en la ciudad, con muchos revolucionarios y civiles asesinados. Hay un monumento dedicado a Liebknecht y a mí en este inmenso parque de 210 hectáreas, concebido originalmente como coto de caza para la realeza, que luego también construyó salones aristócratas, para privilegiar, como siempre, a las clases altas. Afortunadamente, el pueblo comenzó a usar el espacio, en el que se instalaron refugiados y gentes empobrecidas en pequeñas construcciones rudimentarias, que contrastaban con los ostentosos salones. De entre los tantos monumentos, destaca la Columna de la Victoria, en el centro del parque, desde donde hay unas preciosas vistas.

15.-  Potsdamer Platz

¡No me puedo creer que esto sea Potsdamer Platz! Con esos modernos edificios de cristal, está irreconocible. Ha cambiado radicalmente desde que celebráramos aquí la primera gran manifestación por la paz, en contra de la Primera Guerra Mundial. Centro ferroviario del país, era una de las plazas más transitadas de toda Europa en la década de los 20 del siglo pasado y parece que sigue siendo muy popular. Después de quedar prácticamente destruido por los bombardeos, en los inicios de la Guerra Fría constituyó una zona neutra para soviéticos, británicos y estadounidenses. Se reconstruyó parcialmente, pero los edificios fueron derribados de nuevo debido a los incendios provocados en la Sublevación de 1953 en la Alemania oriental, contra el Gobierno de la RDA. Luego se convirtió en tierra de nadie y, prácticamente, en un vertedero gigante. En 1990 se celebró en Potsdamer Platz el mayor concierto de rock hasta la época, con Pink Floyd interpretando su célebre The Wall, «el muro».

16.-  Weinhaus Huth

Con todas estas construcciones tan llamativas en Potsdamer Platz, el edificio más longevo de todos, Weinhaus Huth, pasa desapercibido, ya que está integrado en el conjunto arquitectónico. Gracias a su estructura de hierro, fue el único edificio que quedó entero en toda la plaza después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, eso no es lo más sorprendente, sino que la zona quedó totalmente abandonada al acabar la guerra, por estar cerca del Muro, y nadie quería ni pisar por aquí, por lo que Weinhaus Huth fue el único edificio hasta la década de los 90. Así, en medio de la inmensa ciudad quedaba esta plaza prácticamente desierta, algo que cambió radicalmente con la Reunificación Alemana, cuando la zona se revalorizó y la reconstruyeron, gastando doscientos millones de euros extra para respetar el edificio protegido de Weinhaus Huth. De esta forma, la zona recuperó la afluencia de gentes ávidas de diversión y consumismo, totalmente inmersas en el capitalismo vencedor.

17.-  Monumento a los judíos de Europa asesinados

El Monumento a los judíos de Europa asesinados pone los pelos de punta. Aunque siempre fuimos un pueblo perseguido, los nazis llevaron a cabo la mayor masacre, asesinando a seis millones de judíos. Afortunadamente, los aliados y las valerosas tropas soviéticas consiguieron erradicar el fascismo. Alemania condenó lo ocurrido eliminando símbolos nazis e invirtiendo en obras centradas en la memoria, como las Stolpersteine, pequeñas placas informativas de hormigón y latón incrustadas en el suelo por toda la ciudad, en los lugares donde habían residido judíos llevados a campos de concentración, o este poderoso monumento ante el que nos encontramos, con casi tres mil bloques de cemento de distintas alturas y a diferentes distancias que transmiten sentimientos como la angustia o el dolor. Debajo hay un centro de información con datos sobre el Holocausto que hielan la sangre. Existe también un monumento a los homosexuales perseguidos durante el nazismo justo al otro lado de la calle, nada más entrar al Tiergarten.

Helene Dobrin Moritz Dobrin

18.-  Búnker de Hitler

En consonancia con el proceso de eliminación de todos los símbolos fascistas por parte de los soviéticos y, más adelante, del Gobierno alemán, para mostrar rechazo y para evitar peregrinaciones, se destruyó el búnker donde Hitler pasó sus últimos momentos. En él, dirigió operaciones y se casó con Eva Braun. Justo bajo nuestros pies se encontraba este lugar muy elaborado, especialmente construido para el dictador en 1944, a 8,5 metros bajo tierra y con tres metros de cemento encima, con salidas a la antigua Cancillería del Reich. Aun en tales circunstancias, no renunciaron a sus privilegios y vivían en espacio amplísimo, con agua, electricidad, sirvientes, muebles de lujo y pinturas, entre ellas un retrato de Federico II de Prusia, uno de los héroes del genocida. Acorralados por el ejército soviético, ambos se suicidaron, él de un tiro y ella con cianuro, y luego sus cuerpos fueron incinerados, por petición expresa de Hitler. Hay una placa indicativa del lugar desde 2006.

19.-  Neue Kirche + Gendarmenmarkt

La Neue Kirche, también conocida como la Catedral Alemana, se encuentra frente a la Catedral Francesa, componiendo dos edificios casi idénticos. Ambos conforman, junto con la sala de conciertos, en el conjunto de Gendarmenmarkt, una de las plazas más bellas y armoniosas de Berlín, con esa bonita piedra de tono amarillento. Sin embargo, como sucede en toda la ciudad, este no es el aspecto que tenía en el siglo XVII, cuando se creó, ya que fue casi totalmente destruida en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y los edificios reconstruidos no conservan su carácter religioso, sino que cuentan con museos, cafeterías y miradores. En medio de la plaza hay un monumento dedicado a uno de los poetas alemanes más célebres: Schiller. La época más animada para disfrutar de la plaza es en diciembre, porque, pese al frío, la gente se congrega alegremente en uno de los mercadillos navideños más populares de la ciudad.

20.-  Checkpoint Charlie

El Checkpoint Charlie fue el control fronterizo más famoso entre Berlín Este y Berlín Oeste. En actividad durante veintiocho años, se trataba del único punto de paso de un lado a otro para extranjeros y aliados. Con un sistema de control mucho más desarrollado en el este, fue escenario de protestas pacíficas, grandes momentos de tensión (¡con tanques incluidos!) y tiroteos dirigidos a quienes intentaban cruzar ilegalmente. Hoy en día hay una reproducción de un puesto de mando, la foto de un soldado de cada bando y placas indicativas de la entrada y salida de uno a otro lado. Lo más llamativo para mí es observar la diferencia aún visible entre el lado este y el oeste desde el Checkpoint Charlie, especialmente en relación con la arquitectura y los negocios que hay en las calles inmediatamente colindantes. Se trata de uno de los lugares más representados en la literatura y el cine centrados en este periodo histórico.

21.-  Museo Judío

No hay mejor lugar en toda la ciudad para aprender sobre nuestra historia, la del pueblo judío. Está compuesto por tres edificios con formas irregulares, como símbolo del camino irregular al que nuestro pueblo ha estado sometido durante la historia, y cuenta con objetos, fotografías, pinturas, esculturas y documentos en los que el horror está muy presente, con especial énfasis en el Holocausto, por supuesto. Antes había un museo judío en otro lugar de la ciudad, pero los nazis lo cerraron en 1933 y no fue hasta 2001 que este nuevo museo judío de la ciudad abrió sus puertas. Es imprescindible visitar este museo para comprender la historia de Berlín, una ciudad con una gran influencia intelectual, cultural y económica de los judíos. Tiene una zona de eventos, donde se celebran regularmente conciertos de música judía tradicional y contemporánea, se proyectan películas y se puede disfrutar de la comida kosher, preparada conforme a las leyes judías tradicionales.

22.-  Canal Landwehr

El barrio de Kreuzberg era el centro alternativo y creativo de Berlín Oeste y aún conserva su ambiente, a pesar de su rápida elitización residencial en la última década. Aquí se encuentra parte del canal Landwehr, construido entre 1845 y 1850 para unir las zonas este y oeste del río Spree. A las orillas de este canal, el 15 de enero de 1919, las fuerzas paramilitares del Freikorps me asesinaron a culatazos y con un disparo en la cabeza, cuando tenía cuarenta y siete años, simplemente por mi ideología comunista. No contentos con aquella injusta y terrible muerte, tiraron mi cadáver al agua, donde estuvo durante casi cinco meses. Los textos que escribí, en busca de conseguir un mundo más justo afortunadamente perduraron: entre otras cosas, Lenin y Trotsky dieron reconocimiento a mis credenciales revolucionarios en la III Internacional y a mediados de enero Berlín celebra cada año el día de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. ¡Fui, soy y seré!

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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Más guías originales

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Caleidoscopio

Todo está en paréntesis. Y qué: volverá. No pensaba que fuera a vivir una revolución, a estar viva para ver las calles llenas del grito unánime, las pintadas, los cacerolazos desde los balcones, los zarpazos de justicia, la sed de lucha. El estallido social le ha regalado la carantoña de la justicia y el sentirse chilena por primera vez, pero no con un orgullo nacional hueco, sino con una fuerza intrínseca y voraz que la inunda ferozmente.

Se sienta a escribir cada mañana, mientras Aliwe aún duerme, y se le agolpan las ideas en las uñas; y no porque la hayan mandado callar durante demasiado tiempo, sino porque el estallido la ha convertido en una figura más valorada y visible en el mundo de la microficción y ahora tiene tanto que decir que se le enredan los dedos y la lengua. Un día escribe: «acumula la melena extraída, la arrulla»; y otro: «las vocales del texto comenzaron seductoras a danzar emergiendo del escrito»; y al siguiente: «la anhelada selva de cemento insiste en moldearnos con el frío mimetismo del hormigón». Paula paladea las palabras, cuando le llegan, y las saborea y las escupe en el papel y extraña cada escenario con un slam de poesía. 

Extrañar quizás sea demasiado fuerte. Le gustaría volver a ponerse frente a un micrófono, sí, pero acepta la realidad y la atesora. Ha creado un templo con Aliwe, y no echan nada de menos, en realidad, si lo piensan, porque se aferran al presente, y del presente en adelante. Entre los muros del hogar más seguro que ha habitado jamás, a su hija le transmite la fuerza, la paciencia y la chilenidad con un amor maternal que ha tenido que sacar de las entrañas y del propio aprendizaje más allá de su estirpe. Se veneran, se ronronean. 

En cuanto Aliwe se despierta, busca a su mamá para meditar. Paula, empeñada en mejorar la crianza y en no repetir los patrones sufridos, ha creado esta rutina porque sabe que la niña aprenderá así a conocerse y a tomar posesión de sí misma y de su interior y que no hay nada más importante que eso para superar cualquier situación externa. Aunque a veces se queje del encierro, Aliwe disfruta de la vida en casa y de la constante caricia de su madre, y sabe entretenerse sola con las clases a distancia, las tareas, la pintura y los vídeos y vídeos de TikTok. 

A veces las visita el aura de Pablo, eternamente joven, con esos treinta y un años que rechazan las agujas del reloj. Durante la infancia de Paula, su papá se convirtió en tabú, porque la familia adoptó una postura hermética tras su desaparición e hicieron como si Pablo de repente no hubiera existido. El 31 de agosto de 1975, con trece días de vida, le arrebataron a su padre arrastrándolo al vórtice de la desmemoria chilena, lo que llevó a un ¿in?evitable maltrato doméstico y nacional y a los horrores que componen todo el pasado al que Paula apenas si vuelve. 

Aliwe nació en el mismo lugar que su mamá, Santiago, que a la vez es un sitio totalmente distinto, porque Pinochet ya llevaba un lustro criando malvas cuando la pequeña llegó al mundo. Paula suaviza las verdades para que su niñita sí disfrute de la infancia y expectora la denuncia entre las páginas. Le tocó (sobre)vivir la dictadura hasta los quince años, ahogada entre amenazas de muerte y en la siniestra falacia sobre el vacío paternal. Los once años de su hija no le dejan entender la realidad del todo. Mejor: a su edad, Paula tampoco comprendía nada. 

Creció en la mentira repetitiva y repetitiva de que a su papá se lo había llevado un ataque al corazón, sin pestañear sobre el porqué de esas visitas a la Vicaría de la Solidaridad cada viernes, para ver si había alguna noticia, alguna noticia, alguna, algo. Ella solo sabía que le estampaban una identificación al llegar y cada sellito le hacía sentirse importante en el refugio de la imaginación y andaba por el edificio con una majestuosidad inventada, que desapareció el día que vio la fotografía de su padre en uno de los muros con desaparecidos. Desde entonces, se tiñeron de amargura aquellos paseos de viernes de la mano de su mamá, rodeadas de mujeres con pancartas, rostros de hombres en blanco y negro y las miradas confusas de los otros niños a los que el estado de Chile les había legado la orfandad. Aún hoy, podría hacerse el camino al edificio descascarillado de la Vicaría de la Solidaridad desde varios puntos de la ciudad sin abrir los ojos, porque creció trazando mapas mentales de cómo llegar a un lugar seguro, con la amenaza permanente del asesinato de su madre.

Aliwe es el vivo reflejo de Paula, pero existe entre ellas una diferencia radical: el recelo. Mientras que a la mujer todavía le acecha sin remedio, la niña vive felizmente sumida en un país imperfecto pero sin dictadura y desconoce los azotes del pánico. Por esa sutil diferencia, Aliwe insistía e insistía en ir a las manifestaciones con su mamá, pero solo lo hicieron por la orillita y se centraron en la micropolítica en el barrio y en casa: Paula siempre se congela ante las aglomeraciones, se enerva con solo recordar las amenazas de muerte en forma de llamadas de teléfono y le espanta el mero avistamiento de un paco, porque la policía tiene las manos manchadas de la sangre de su padre y de los más de tres mil asesinados y desaparecidos.

Pero en casa se entrelazan en la calma y los miedos no sobrepasan los umbrales ni los alféizares. Han construido una unidad que desafía la de la sagrada familia del pesebre (o no tanto: tampoco es que San José fuera el papá biológico ni que la dictadura diera lugar a la figura del padre de izquierdas); y cocinan, bailan, meditan, charlan, corretean: su refugio se viste de la certeza del presente y de la tangibilidad del hogar. El estallido social está latente y volverá con fuerza, por mucho que el Gobierno borre las pintadas y siga estrujando a la gente humilde. Es cuestión de tiempo, tiempo, poco a poco vamos cerrando la herida.

Hasta ahora, a Paula le rondaba con insistencia el pensamiento de que no existía la justicia en este país. El estallido ha marcado un antes y un después en la historia chilena y se ha convertido en un inicio que es a la vez un cierre, el fin de un largo duelo.

Hace dos años le contaron cómo lo habían asesinado. Sin tortura, lo dispararon, lo tiraron a una fosa común a saber dónde. Listo. Paula ya no busca a su padre, pero no va a retirar su ADN del Instituto Médico Legal —guardadito ahí para que lo contrasten en caso de que un olfato canino localice restos óseos y se desvele la verdad—, pero a la vez está reconciliada con la idea de no saber nunca nada más. Acepta las contrariedades, cree en la reencarnación, se sabe en una continua transformación y no se ata al cuerpo físico: Pablo está en la naturaleza y es el viento, los pájaros, el aire que respiran, un invitado de honor cuando se abre una ventana, la historia de Chile. Eso es mucho más importante que el paradero de un cuerpo.

Mientras que la ansiada revolución le ha regalado la resignificación como persona, ciudadana y víctima de los derechos humanos y la reconciliación con su pasado, el confinamiento se ha convertido en un oasis que comparte con Aliwe y con Pablo, que forma parte de la familia más que nunca: hija y nieta reciben sus energías, su risa, su humor, sus andares, sus abrazos y todo aquello que trasciende la realidad de las escasas fotografías.  

Aliwe no conoce el rencor y ha aprendido a querer más allá de horizontes espaciotemporales, como lo hace con su abuelo o con su papá, al que solo ha visto tres veces desde que los tiempos adoptaron estos tintes pandémicos. Es buen padre, pero vive en otra ciudad y no es factible ni seguro moverse, así que el virus lo ha convertido en un papá digital de videollamada diaria. Paula se pregunta qué onda con los hombres ausentes, qué pena, pero le consuela que su hija sí disfrute de un padre, aunque ahora mismo sea bidimensional.

Su mayor aprendizaje como mujer herida por la historia radica en cultivar la paciencia y se lo transmite a su hija a través de la cotidianidad. Le obsequia las enseñanzas de Jesús y de Mistral y de Buda y de Lautaro y le susurra que siempre crecemos como seres humanos, que estamos en una transformación a nivel mundial, que creamos constantemente un espacio de autogeneración. Cuando la niña duerme, saca las penitas y dolores y los gurruña para soltarlos entre los vientos y los escritos.

En la caricia de los cuarenta y cinco años, Paula lucha desde la pluma, cría desde el amor y piensa desde las entrañas. Le ha tocado vivir una situación fuerte dentro de las muchas situaciones fuertes que acontecen en la vida. Bueno. Estudió teatro para ordenarse por dentro, para entender(se) y para denunciar, y ahora moldea el tiempo desnudando su alma y vomitándola frente a cada página en blanco, y escribe para destapar sus miedos y sacar a la luz sus horrores. 

Todo está en un paréntesis, sí, y qué: Paula ahora se acurruca en el fragor callejero y los remiendos de una justicia hasta ahora exangüe, y se cura cada día junto a su hija en unos muros levantados en el eco incesante de la introspección, la reflexión, la sanación y la liberación. Volverá: paciencia, paciencia; volverá.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Atmósfera

Jamás se había presenciado una tormenta de tal magnitud en el seco verano de Kilstonia. Qué raro que llueva con tanta furia en esta parte de Oregón: tan solo esta mañana, el cielo estaba tan despejado que Vera ha visto con claridad desde la ventana cómo un castor estaba en medio de la isla poniéndose morado a sauce. El sauce del Vera. La mujer ha saltado de la cama de un brinco, como si no tuviera ochenta y un años ni le acabaran de operar de un pie, ha agarrado su rifle calibre 22, ha abierto la cerradura del balcón, ha esperado unos instantes para no alborotar al bicho, ha empujado la puerta lentamente, ha colocado el arma sobre la barandilla para evitar cualquier temblor inesperado, ha guiñado un ojo, ha dicho entre dientes «ya te tengo, cabronzuelo» y lo ha hecho añicos, convirtiéndolo en otro de los testigos de su excelente puntería. 

Ya que estaba, ha aprovechado y se ha cargado a dos nutrias que pasaban por ahí, que son una especie exótica invasora y no pintan nada por esos lares —el castor, bueno, es el animal del estado, pero tenía que haber pensado en conservar el honor antes de hincar esos dientecillos en su sauce—. Reventar esos animales la ha llenado de paz. Vera ya tiene bastante con aguantar que las ocas caguen alrededor de todo el lago, que los pájaros le picoteen el maíz y que los ciervos invadan el jardín si se le olvida cerrar la valla. Qué mañana más gloriosa.

Aquella dicha se ha visto rota cuando Vera ha recordado que el puente está en obras y que dejar a los animales ahí mirando al cielo podría traer un hedor insoportable en unos días, porque no hay manera de saber a ciencia cierta si aparecerá pronto un buitre o un halcón. Normalmente le habría pedido a Steve que se encargara de recoger aquellos animalejos inertes, pero su santo esposo también estaba inerte, y al final ha decidido que le costará menos hacerlo ella misma en un momento que estar rogándole todo el día. Total, sabía de sobra que no iba a tardar nada: se ha recogido los canos cabellos en una coleta, ha agarrado la barca, ha remado los diez metros que separan la tierra de la isla, ha enganchado a las bestias por el pescuezo y, ya en tierra firme, las ha tirado al bosque para que se las meriende un zorro, un lince, un puma o cualquier otro carnívoro que les tenga aprecio a esos asquerosos seres.

Cuando ha vuelto al caserón de mil metros cuadrados, imponente en medio del esplendor natural que lo rodea en todas direcciones, Steve ya estaba impaciente por dar el paseo matutino habitual hasta el buzón para recoger cartas y el periódico, en lo que ahora es su único contacto con la civilización. Cuando se ha enterado de las correrías de Vera, ha decidido algo inusual: en caso de que se cruzaran con algún animal hambriento que hubieran podido atraer las víctimas de su esposa, llevaría el cuchillo de caza con el que solo se arma en las caminatas nocturnas.

Volviendo de aquel paseo bajo el cielo azul, Vera ha sentido un dolor agudo y repentino en las sienes y le ha dicho a Steve que amenazaba tormenta, pero él ha soltado un no como una catedral en ese impulso marital que siempre la desespera. Bueno, que piense lo que quiera, tiempo al tiempo. La mujer no se ofusca con negatividad, porque andar por los caminos de esos ciento sesenta mil metros cuadrados que componen sus tierras le quita todos los males: siempre había soñado con tener un bosque, y ahora Kilstonia le ofrece mucho más que eso.

Como cada mañana, la pareja ha hecho el crucigrama del New York Times, codo con codo, con la adrenalina que da el café mezclado con las soluciones para los acertijos más rebuscados. A la mujer le ha extrañado que la araña Lidia no estuviera en la cocina, pero no se lo ha tomado como un mal presagio. Lo que sí ha levantado sus sospechas es que, durante las horas y horas que ha pasado apañando el jardín, no ha podido divisar ni un solo arácnido entre las margaritas, las rosas, los delfinios, las milenramas, los lirios, las malvarrosas o las aguileñas, y eso que los ha buscado concienzudamente porque, según la tradición en la que se enraízan las bases de su imaginario aprehendido en la colonia checa de Baltimore en la que creció, las arañas traen buena suerte.

Esta misteriosa desaparición le ha causado un escalofrío, que se ha intensificado con los nigérrimos nubarrones que acechaban por el oeste, fundiéndose con las copas de las decenas de pinos que rodean la casa. Lo ha solucionado abrigándose con su sudadera favorita, que reza «Mi cuerpo es un templo (antiguo y en ruinas)» y ha seguido afanada en sus maravillosas flores, donde las abejas hoy no se rebozaban, juguetonas, para embadurnarse de néctar. Ha exclamado en un respingo «¡Ježíš Marjá!», porque si jura, las palabrotas le brotan solo en checo. Se ha obcecado con tanto ahínco en encontrar arañas, que no se ha dado cuenta de la falta absoluta de insectos. Ha afinado el oído: no parecía haber cantos de pájaros tampoco. Y ha sacudido la cabeza durante un buen rato: Ježíš Marjá, ježíš Marjá.

La curiosidad pesaba más que cualquier preocupación, pero, como no existe nada que interrumpa sus costumbres y, a las cuatro de la tarde, se ha sentado en el invernadero con su libro —ahora está sumergida en el mamotreto Historia del Imperio persa—, un vino blanco con gaseosa —que le ayuda a relajarse— y un bol con patatas fritas que iba partiendo en pedacitos más y más pequeños para dilatarlas en el tiempo, de tanto que le gustan —algo que le enseñó su hermano de niña—.

Es entonces cuando ha comenzado la tormenta, con un violento granizo que ha golpeado los tragaluces con tal fuerza que Vera ha quedado aturullada durante largo rato y se ha ido dando tumbos hasta su habitación para echarse la segunda siesta de aquel día extrañamente oscuro de finales de junio.

Ahora, la pareja de ingenieros aeroespaciales jubilados está cocinando tranquilamente, pero la tormenta y el dolor de cabeza continúan. Vera le regala amor al goloso Steve con la mejor repostería, pero hoy solo quiere hacer algo rápido, irse a la cama y dormir toda la noche del tirón. La voz melosa de Steve y la calmada destreza narrativa, que aprendió al criarse en un intelectual ambiente judío carente de niños y repleto de libros, le dan un masaje en las sienes a Vera. Su esposo le cuenta cómo ha ido su día y cómo no le ha dado tiempo a hacer todo lo que hubiera querido: ha tocado un rato el piano pero no el violín en la sala de música, ha jugado al ajedrez en línea, no ha leído, ha hecho unas cuantas flexiones y pesas en el ático y ningún abdominal, ha refunfuñado un buen rato leyendo los últimos tuits del Presidente y ha escrito un par de notas para su libro Sentir nuestro universo, pero no ha añadido ni un solo párrafo. El mismo cuento de siempre.

El coronavirus apenas los ha sacudido. Ha habido un par de cambios, claro: ahora no pueden recibir visitas de sus hijos y sus nietos ni celebrar los campamentos musicales que llevan años acogiendo en casa ni acudir a los almuerzos mensuales de los ateos de Eugene ni tocar con el cuarteto de cuerda ni quedar con la gente de Cottage Grove Community United, el grupo que fundaron para acabar con el statu quo de la zona y que está consiguiendo grandes cosas, como forzar el cierre de la tienda de cuchillos con unos dueños fascistas que destrozaron a pedradas los cristales de la sinagoga hace unos meses. Echan de menos la creatividad en grupo, el activismo y a la familia, pero la rutina, lo esencial, sigue intacto.

Vera se frota las sienes y Steve le recomienda que se tome una aspirina y va a buscarla a la primera planta. Al ser cinco años más joven que su esposa, le preocupa su salud y la cuida mucho, especialmente ahora: Vera ya ha pasado por seis o siete pulmonías, así que el virus podría matarla sin clemencia. Steve se encarga de todas las compras para que Vera no se cruce con gente en el supermercado, pero no le inquieta demasiado que nunca lleven mascarilla ni Laura, la mujer que limpia la casa cada semana, ni Jake, el jardinero bipolar que vive ilegalmente en la cabaña junto al granero y al que llevan un tiempo invitando infructuosamente a que se marche. Al fin y al cabo, Vera lleva practicando el distanciamiento social toda la vida —benditos orígenes centroeuropeos— y, además, tiene buen oído, así que no necesita arrimarse a nadie.

Los nimbos se aferran a las copas de los árboles de Kilstonia y cubren todo el cielo sin perder un ápice de furia, creando una oscuridad grisácea e inusual para las siete de la tarde. El primer fallo eléctrico los azota cuando Steve baja en el ascensor con el bote de aspirinas en la mano, pero no dura mucho y el hombre puede liberarse de la fúnebre claustrofobia a los pocos minutos. Ninguno se asusta, porque viven en la simple y llana convicción de que el miedo no es un recurso útil.

Cenan pasta con una espesa salsa de tomate y albóndigas, sin preocuparse por calorías ni dietas —por algo corre sangre de carniceros por las venas de Vera— y la degustan con tanta gracia, que ninguno de los dos permite que salte ni una sola gotita sobre el mantel blanco de tela, inmaculado aún sin haberlo lavado desde hace mil comidas. Steve le cuenta bajo una titiladora lámpara de araña cómo la sal fue monopolio de la Corona Española en el reino desde la Edad Media hasta 1869, cuando solo los reyes podían explotarla y venderla y variaban los precios y obligaban a comprarla cuando surgían imprevistos, como una guerra o la construcción de un palacete. Vera lleva décadas haciendo la comida sosa a propósito, porque Steve nunca pide el salero así, sin más, sino que lo hace cada noche con un relato salino, que no se acaban jamás y que la mujer adora con toda su alma.

En la misma semana de agosto de 1966, Steve descubrió y bautizó el cometa Kilston y recogió a una muchacha rubia, divertida e inteligente a la que le había dejado tirada su coche en una de las colinas de Berkeley y que se convertiría en su esposa diez años después, tras una década de telenovela, con enredos como líos de faldas con la hermana, el Verano del Amor y tres churumbeles de por medio. El cometa no será visible de nuevo hasta dentro de ciento ochenta mil años y el amor que siente por Vera no se podría repetir en el mismo período de tiempo.

De postre, toman una tostadita de Mermelada de destitución y ciruelas, de la cosecha del verano de 2017, que a Steve le sabe a poco, pero que deja satisfecha a Vera. 

Es entonces cuando el generador explota: «¡Parece que a Donald no le gusta la mermelada que hicimos en su honor!», exclama la mujer, que no pierde el humor jamás, pero en seguida se enzarzan en una discusión sobre a quién le tocaba llenar el tanque de propano —a ti, no, a ti, no, no, no, a ti, a ti—. 

Bueno, no lo vamos a solucionar esta noche: para Steve es demasiado pronto para acostarse, así que busca unas cuantas velas, pero Vera no está para tonterías —hay tormenta fuera y dentro de su cabeza— y sube peldaño tras peldaño tras peldaño por la imponente escalera doble, ayudándose del bastón y la barandilla (¿cuándo fue la última vez que prescindió del ascensor?). Antes de meterse en la cama, se da un refriego y sale a la terraza y admira la vasta oscuridad sin luna desde el balcón, qué belleza extraordinaria, la de esa oscuridad que no existe en las ciudades y que jamás había conocido hasta que se mudó al reino de Kilstonia.

Duerme plácidamente, disfrutando de ese sueño en que dispara desde el balcón a zombies con el rostro descubierto, toses víricas y carteles de «Trump 2020» en las manos, hasta que a eso de las tres de la mañana la despiertan unos torpes y ruidosos pasos en la escalera metálica de caracol junto a su ventana. Se asoma y ve a Jake, con una escopeta y los azules ojos saliéndosele de las cuencas, en lo que parece otro de sus brotes psicóticos. Puf, otra vez. Cierra tranquilamente la cortina, abre la puerta de la habitación y profiere con el eco autoritario que le regala la arquitectura: «¡Steve! Sal por el este y mira a ver qué coño le pasa a Jake». 

Intenta retomar el sueño, porque se le han quedado un par de zombies en el tintero, pero oye el piano y no puede pegar ojo. Qué hartura: Steve no le ha hecho ni caso. Agarra el bastón y baja —peldaño, peldaño, peldaño— rodeada de una oscuridad absoluta solo iluminada por los incesantes relámpagos. Llega al final en un traspiés y prepara el bastón en alto para que la grandilocuente bronca que le va a caer a Steve por no encargarse de Jake adquiera un énfasis más teatral. Abre la puerta de la sala de música y el piano deja de sonar. Se dice a sí misma que será el fantasma del campamento de verano que no podemos celebrar este año y suelta una de esas carcajadas que causa la satisfacción de las propias ocurrencias y que retumba entre las paredes de la mansión y se entremezcla con los truenos.

Pero Vera solo cree en un fantasma, el de su madre, que se le aparece desde por la mañana, cuando lo coloca todo en su sitio sistemáticamente, pasando por la tarde, cada vez que termina una tarea con perfección férrea, hasta por la noche, al realizar el ritual de lavado (manos, cara y pies, manos, cara y pies), antes de acostarse. 

Cuando cierra la puerta de la sala de música, oye la radio carraspeando Paganini desde el comedor, y Vera se lleva hasta ahí a golpe de bastón y de relámpago. En un solo destello, Vera aprecia un chorreón rojo que le ha arrebatado la pulcritud al mantel y unas piernas fugaces arrastradas por el suelo. Siente miedo por primera vez en décadas: no conocía el pavor desde que escapó de la inclemente cuchara de madera de su madre al casarse con su primer marido.

No sabe qué hacer. Se enzarza con el interruptor más cercano, como si así fuera a alumbrar su casa y su mente, ambas inmersas en la oscuridad, en la pesadilla de la sangre de Steve sobre el mantel, de sus pies desapareciendo por la cristalera. Nada. ¿Sube peldaño a peldaño a peldaño para coger el rifle de su habitación? ¿Cómo ha podido dejárselo arriba? Menudo fallo. Pero no hay tiempo de volver a por él: podría perder a Steve. De repente, se le ilumina la bombilla socrática y piensa en la cicuta salvaje de la que lleva queriendo deshacerse durante siglos, pero que inconscientemente sabía que alguna vez tendría que recurrir a ella.

Sale con sigilo. El cielo ruge, la lluvia no cesa, las ramas representadas en el mosaico del jardín se convierten en serpientes, el cuervo Cicerón grazna discursos en una verborrea sin descanso, el carillón pierde su característica delicadeza y ruge con fuerza metálica, Vera arranca la cicuta de cuajo con la mano izquierda enguantada y se pregunta cómo se aplicará el veneno. De entre todas las posibilidades, su favorita es, sin duda, meterle las hierbas por el culo a Jake, pero no cree que la logística vaya a ser demasiado sencilla —aunque, bueno, tiró a un niño el doble de grande que ella de pequeña a un agujero por defender a su hermano: seguro que ahora se las apaña—. Tendrá que improvisar según lo pille. Ese maldito Jake, que no se marcha ni con agua caliente, que se autoproclama familiar de Steve y Vera Kilston —familiar, ja, como si ellos no tuvieran ya suficiente con sus cinco hijos y siete nietos—, que tiene media docena de armas en la cabaña ilegal, que es peor que mil castores y nutrias con hambre, que dice que su pareja se suicidó con un disparo y siempre lo creyeron, pero ahora se llena de dudas. Piensa en la sangre, en los pies, en esos ojos fuera de las cuencas de maníaco con coronavirus (nunca lleva mascarilla, este tipo). Por el culo, la cicuta. 

Vera, despeinada, en camisón blanco, con sandalias y calcetines, ve algo de movimiento en la laguna, como un forcejeo, y avanza rauda bajo la incesante lluvia, aprovechado que el ruido de sus pisadas se guarece en la tabarra incesante de Cicerón y en el ululato del búho desde el granero sin ventanas. Los cuerpos de ambos hombres parecen pugnar por la vida entre los nenúfares y Vera recuerda a Baba Sklutskem, ese espíritu bañado en barro y algas y armado con un palo que habita los lagos para ahogar a los hombres, y se le representa con la cara de su madre y la visión le obliga inmediatamente a darse media vuelta. Steve grita el nombre de Vera.

¡Su Steve, su adorado Steve, su ojito derecho! Olerá sus camisetas tie-dye todos los días, levantará un altar en su honor con orquídeas y nubes de chuchería y piezas de ajedrez en el centro geográfico de Kilstonia y llorará cada vez que vislumbre la estrella polar brillando en el cielo. Ježíš Marjá, Vera, salva a tu esposo, tu madre lleva mucho tiempo muerta y solo habita en tus manías diarias y Baba Sklutskem no existe más que en el folklore y, desde luego, no tiene lugar en Kilstonia. Vera tira el bastón y corre como no sabía que todavía podía hacerlo, piensa en la roja sangre sobre el mantel, en los pies arrastrados…

¡Vera, Vera! Sigue clamando Steve, y los gritos la llenan de tanta furia que convierte la cicuta en zumo. Cuando llega a la orilla, con la lengua fuera, Steve le dice con la mayor tranquilidad del mundo que el alarido de Vera sobre Jake le ha hecho dar tal respingo que ha puesto el mantel perdido de ruibarbo hervido, que había tenido que comerse un bol entero para que no se estropeara al apagarse la nevera tras la explosión del generador, que qué torpe, je, je, pero que no le ha empalagado nada de nada, fíjate tú, ¡un bol entero!, bueno, excepto lo que ha derramado a causa de su grito, que Jake estaba histérico perdido y que Steve ha tenido que tranquilizarlo hablándole de la esencia mágica en nuestro amable universo, de cómo todo está conectado y de cómo por cada acción hay una reacción equitativa y opuesta, que a Jake le ha dado un patatús al escucharlo y que a Steve se le ha ocurrido arrastrarlo hasta el lago para despertarlo con el impacto del agua helada, porque no había manera de reanimarlo de otra manera, que mira qué tranquilito está ahora, nuestro Jake, que están enredados entre los pedúnculos del nenúfar y que no corren peligro, pero que se ha hundido el cuchillo de caza hasta fondo del lago y que no les vendrían mal unas tijeras de podar. 

Por el esfuerzo, a la mujer le duele la cadera, la rodilla izquierda, el dedo gordo del pie derecho y las pestañas superiores, y está empapada de lluvia y de espumarajos de rabia. Ahora querría usar la cicuta también con Steve, por el mismo orificio, pero no podría, pero no por falta de ganas, sino porque ya se le ha deshecho toda por el camino. Vera, que llevaba más de sesenta años sin sentir el pellizco del miedo, mira desde arriba a esos miserables agazapados entre las plantas y se funde con la tormenta, iluminada por la sucesión de relámpagos: pedidle ayuda a Baba Sklutskem o, si queréis, yo podría cortar los tallos desde el balcón de arriba a golpe de rifle, pero no sé qué tal puntería tendré de noche, así que mejor os apañáis vosotros solitos, guapos, y, después de salir, ya podéis encargaros de que el mantel esté reluciente cuando me levante a desayunar, porque en Kilstonia no hay lugar para lamparones. Y se marcha desgañitándose en una proliferación infinita de Ježíš Marjás.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Atmosphere

A storm like this is unheard of at Kilstonia during the dry Oregon summer. Strange to see the pounding rain; only this morning, the baked cloudless sky had set off in stark shadows a beaver brazenly gorging himself on the willow tree on the island. Vera’s willow tree. She jumped out of bed, 81 years and recent foot surgery at once forgotten, grabbed her .22, unlatched the lock to the balcony, paused a brief instant to avoid spooking the critter, and edged the door cautiously open. Resting the gun on the railing to avoid any unwanted trembling, she closed an eye to aim carefully, mumbled “I got you, you little bastard,” and shot him to doll rags, one more witness to her excellent aim.

While she was at it, she picked off a couple of passing nutria, an exotic invasive species with no business in these parts. The beaver may have a bit more local cred as the state animal, but he should have thought more about the responsibilities which accompany that honor before sinking those blunt teeth into her willow tree. Blasting those animals away filled her with peace. Vera already has enough to bear with the geese blanketing the shore of her lake with shit, the birds pecking at her corn, and the deer invading her garden every time she forgets to latch the gate. What a glorious morning.

That happiness was shattered when Vera remembered that the bridge was being repaired, and leaving the animals there to gaze at the sky might mean an unbearable stench in a few days, because it’s hard to guarantee the prompt services of a vulture or a hawk. Normally she would have asked Steve to collect the inert animals, but her husband was still inert himself, and she decided that, in the end, it would be less trouble to take care of it herself than to spend all day begging him to. Anyway, she knew very well it wouldn’t take long: she gathered her gray hair in a ponytail, grabbed the boat, rowed the thirty feet needed to reach the island, seized the beasts by their necks and, once back on terra firma, tossed them into the woods to be eaten by a fox, a lynx, a cougar or any other carnivore that should take a liking to these nasty creatures.

When she got back to the house, its 10,000 square feet imposing even amidst the natural splendor stretching out in every direction, Steve was impatiently waiting to go on their daily morning stroll to pick up the mail, on many days their only lifeline to civilization. When he heard about Vera’s spree, though, he took an unusual step: in case they crossed paths with any hungry animals lured by the sweet stench of his wife’s victims, he fetched the hunting knife that usually only accompanied him on late night walks.

As they returned home under the clear blue sky, Vera felt a sudden sharp pain in her temples and told Steve that a storm was brewing, but he sternly disabused her of that misconception with that universal reflex of husbands that always drove her to desperation. Fine, let him think whatever he wants, time will tell. She can’t be touched by negativity, because pacing the paths of those 40 acres that are her corner of the earth cures her of all ills: she has always dreamed of having her own forest, and now she has much more than that at Kilstonia.

Like every morning, the couple did the New York Times crossword puzzle, side by side, the effects of the coffee mingling with the rush from solving the trickiest clues. Vera was surprised that Lidia the spider was not in the kitchen, but she didn’t take it as a bad omen at the time. What did begin to arouse her suspicions was that, in all the hours and hours she spent tending the garden, she didn’t spot a single arachnid among the daisies, the roses, the delphiniums, the achillea, the lilies, the hollyhocks, or the columbines. And this despite painstakingly searching for them because, in the tradition of the Czech community of Baltimore where she grew up (still the foundation of her vision of the world seven decades later), spiders bring good luck.

This mysterious absence sent a chill down her spine, intensified by the dark, bruised clouds lurking in the west that merged with the tops of the dozens of pine trees encircling the house. She remedied this by wrapping herself in her favorite sweatshirt, which reads “My body is a temple (ancient and crumbling).” She continued busying herself with her wonderful flowers, where today not one bee was buzzing, playfully, to bathe itself in nectar… “Ježíš Marjá,” she exclaimed. She had been so fixated on spiders that she had overlooked the complete disappearance of insects. She listened intently: there was no bird song either. She shook her head. Ježíš Marjá, Ježíš Marjá. When she swore, the words always came out in Czech.

Curiosity outweighed any real concern and, since there was nothing to disrupt her habits, at four o’clock in the afternoon she sat down in the sunroom with her book — she was currently immersed in the mammoth History of the Persian Empire — a white wine and soda — to help her relax — and a bowl of potato chips, such a treat that she broke them into progressively smaller and smaller pieces to stretch them across time — something her brother taught her as a child.

That’s when the storm arrived suddenly, a violent barrage of hail assaulting the skylights with such force that Vera felt dazed, transfixed for several long moments before staggering to her room to take her second nap of that strangely dark day at the end of June.

Now, the couple of retired aerospace engineers is quietly cooking dinner, but the storm and Vera’s headache rage unabated. So powerful is Steve’s sweet tooth that Vera expresses love through fine pastry, but today she just wants to do something quick and dirty, so she can get to bed and sleep all night long. Steve’s warm voice and the meticulous narrative style he learned as an only child in a bookish Jewish environment massage Vera’s aching temples. Her husband recounts his day and laments lacking time to do everything he wanted: he played the piano for a while in the music room but not the violin, he played chess online but didn’t read, he did a few push-ups and weights in the attic but no abs, he grumbled at length while reading the President’s latest tweets and jotted a couple of notes but didn’t add a single paragraph to his book Feeling Our Universe. Same old same old.

The coronavirus has barely tickled them. There have been a few changes, of course: they can’t receive visits from their children and grandchildren, or hold the music camp they’ve been hosting for years, or attend the monthly Eugene Atheist luncheons, or play string quartets, or meet with Cottage Grove Community United, the group they founded to upend the area status quo, already triumphant in shutting down the infamous “fascist knife shop” (two of the owners having been recently convicted of hurling rocks through the windows of a synagogue). They miss the energy of group creativity, activism, and family, but the routine, the essence, is still intact.

Vera rubs her temples, and Steve recommends that she take an aspirin and heads to the first floor to fetch it. Five years younger than his wife, he is concerned about her health and takes zealous care of her, especially now: Vera has already made it through six or seven bouts of pneumonia, so the virus would strike her mercilessly. Steve does all the shopping so that Vera needn’t come into contact with people at the supermarket, but he’s not too worried about Laura, the woman who cleans the house every week, or Jake, the bipolar gardener who lives illegally in the cabin next to the barn, the rusting hulks of his cars covering the lawn, and whom they’ve been politely inviting to vacate the premises for some time without effect. After all, Vera has been practising social distancing all her life — thank God for her Central European origins — and she still has excellent hearing, so she doesn’t need to get too close to anyone.

The clouds cling to the treetops of Kilstonia and drape the entire sweep of the heavens without diluting their fury, and by 7 PM, an unusual greyish darkness has already fallen almost two hours before sunset. The first blackout hits when Steve is descending in the elevator, aspirin bottle in hand, but it doesn’t last long and he escapes the funereal claustrophobia within a few minutes. Neither of them is scared, because they live with the simple conviction that fear is not a useful recourse.

For dinner, they have spaghetti in a thick sauce overflowing with meatballs. No calorie counting or fad diets here — the blood of generations of butchers run in Vera’s veins, after all — but they eat so gracefully that neither of them allows a single drop to escape onto the spotless white tablecloth, still immaculate and unwashed after hundreds of meals. Under the flickering chandelier, Steve tells her how salt was a monopoly of the Spanish royal family from the Middle Ages until 1869, prices tyrannically raised when unforeseen expenses arose, such as a war or the fancy for one more palace. Vera has been intentionally undersalting her cooking for decades because Steve never asks her to pass the shaker without unearthing another tale from the annals of salt, apparently endless, of which she never tires.

In the same week in August 1966, Steve discovered and named the comet Kilston and gave a ride to a funny, intelligent blonde girl whose car had broken down in the Berkeley hills and would become his wife ten years later, after a decade-long soap opera involving irresolute sisters, the Summer of Love, and three children thrown in. The comet will not return for another 180,000 years, and his love for Vera would not repeat any sooner.

For dessert, they have toast with Plum Impeachment Jam from the 2017 summer harvest, lacking flavor for Steve but leaving Vera content. That’s when the generator explodes.

“It seems like the Donald isn’t a fan of his jam,” declares Vera, who never loses her cool, but they immediately get into an argument about whose turn it was to fill the propane tank — yours, no, yours, no, yours, yours.

Well, we’re not going to fix this tonight: Steve scrounges around for some candles, clearly with no intention of going to bed, but Vera is not up for any nonsense — there is a storm pounding outside and inside her skull — so she climbs step by step by step up the majestic double stairway, supporting herself with her cane and the bannister (when was the last time she dispensed with the elevator?). Before she gets into bed, she gives herself a quick sponge bath and goes out on the terrace to admire the vast moonless night from the balcony: what extraordinary beauty, that absolute darkness that does not exist in the city, and that she had never known until moving to the kingdom of Kilstonia.

She sleeps peacefully and, at around one in the morning, in the midst of that dream where she shoots zombies from the balcony as they lurch towards the house, their faces uncovered, their coughing virulent, their hands clutching “Trump 2020” signs, she is awoken by frenzied footsteps ringing on the metal spiral staircase by her window. She peers out and sees Jake, waving a shotgun with crazed blue eyes popping out of their sockets, in what looks like another one of his psychotic breaks. Not again… She calmly draws the curtain, opens the door to the hall and proclaims with that authoritative echo that is a gift of grandiose architecture: “Steve! Go out to the east wing and see what the hell is wrong with Jake.”

She tries to get back to sleep, because she has a couple of zombies left to deal with, but the loud notes of the piano reverberating through the floor ensure that she can’t sleep a wink. What a drag. Steve clearly didn’t pay any attention to her at all. She grabs her cane and heads downstair — step, step, step — engulfed in inky blackness illuminated sporadically by relentless flashes of lightning. She reaches the bottom with a stumble and raises her cane up high so the grandiloquent excoriation that Steve is about to receive for not dealing with Jake will be more theatrical. She opens the door to the music room and the piano stops playing. She tells herself that it must be the ghost of the music camp that will never happen this year, and she lets out one of those guffaws which only one’s own unsurpassed wit can elicit, and it rumbles through the walls of the mansion and mingles with the thunder.

But Vera only believes in one ghost, that of her mother, who haunts her from the morning, when she carefully arranges everything in its proper place, through the afternoon, every time she finishes a task with iron perfection, to the evening, when she performs her washing ritual (hands, face, and feet) before going to bed.

When she closes the door to the music room, she hears Paganini clattering from the radio in the dining room, and Vera is led there by blows of her cane and lightning. In the brief pallid clarity of a flash, Vera sees a red gush that has ravished the cleanliness of the tablecloth and fleeting legs dragged across the floor. Fear grips her for the first time in decades: she has not known terror since fleeing her mother’s wooden spoon after revealing her engagement to her first husband.

She doesn’t know how to react. She flicks the nearest light switch, as if to illuminate her house and her mind, both immersed in darkness, in the nightmare of Steve’s blood on the tablecloth, of his feet now disappearing from her view through the glass door. Nothing. Should she climb stair by stair by stair to retrieve the .22 from her room? How could she have left it upstairs? What a blunder. But there’s no time to go back for it: she could lose Steve. A sudden Socratic epiphany blazes, and she remembers the wild hemlock she’s been trying to dispose of for ages, but which she subconsciously has always known she’d eventually resort to.

She creeps outside stealthily. The sky roars, the rain drums down ceaselessly, the branches of the garden mosaic writhe and turn to snakes, the raven Cicero croaks his long-winded discourses without respite, the wind chimes abandon their delicacy and howl with metallic fury, Vera tears the hemlock out with her gloved left hand and ponders how to administer the poison. Of all the possibilities, her favourite is undoubtedly shoving the herbs up Jake’s ass, but she realizes the logistics may prove tricky — although, well, as a child she threw a boy twice her size into a hole when necessary to defend her brother: no doubt she’ll manage to make it work now. She’ll have to improvise based on what she’s given. That bastard Jake, clinging to them like a limpet, unabashedly calling himself one of the family — pah, as if they didn’t already have family to spare with five children and seven grandchildren — with his gun collection filling his illegal hut, worse than a thousand hungry beavers or nutria. She, like the police, had believed him when he claimed his wife woke up in the middle of the night and shot herself, but now she is filled with doubt. She remembers the crimson stain, the slack feet bouncing, the protruding eyeballs of a maniac with coronavirus (I mean, he never wears a mask, this guy). Hemlock. Up the ass.

Vera, limping in sandals and socks and a white nightgown, her hair disheveled, spots movement in the pond, like a struggle, and advances quickly under the pitiless rain, taking advantage of the fact that the noise of her footsteps is swallowed by Cicero’s incessant harangue and the hooting of the owl from the windowless barn. The shadowy figures of the two men are battling for their lives amidst the water lilies, and Vera remembers Baba Sklutskem, draped in muck and algae, that club-wielding water spirit lurking in the depths of lakes to drag men to their death, who appears with her mother’s face, and the vision makes her recoil and turn around. Steve calls out Vera’s name.

Her Steve, her beloved Steve, the apple of her eye! She will sniff his tie-dye shirts every day, erect a shrine in his honor in the geographical centre of Kilstonia adorned with orchids and marshmallows and chess pieces, cry every time she sees the North Star shining in the sky. Ježíš Marjá, Vera, save your husband, your mother is long dead and lives only in your daily routines, and Baba Sklutskem exists only in folklore and certainly isn’t welcome in Kilstonia. Vera tosses away her cane and runs with an agility she’d thought long-gone; she thinks of the red blood on the tablecloth, of the dragged feet…

Vera, Vera! Steve keeps yelling, and the yells fill her with such fury that she crushes the hemlock into juice. When she arrives at the shore, panting, Steve turns casually to her and informs her with the greatest tranquillity in the world that Vera’s shrieking about Jake startled him so much that he had soaked the tablecloth in stewed rhubarb, that he was forced to eat the entire bowl so it wouldn’t spoil with the fridge off after the generator explosion, hehe, some people might think it was too sweet to eat plain, but the final bite hadn’t lost any of the relish of the first bite, fancy that, an entire bowl, well, until she’d made him upend it! That Jake was hysterical and lost, and that Steve had to soothe him by explaining the magical essence of our gentle universe, how everything is connected and how for every action there is an equal and opposite reaction. That Jake suffered a real shock when he got wind of this, and Steve had to drag him into the lake so the icy water would bring him back to his senses, because there was no other way to revive him, look how calm he is now, our dear Jake. That the two of them are tangled up in the pedicels of the water lilies, though in no danger, but the hunting knife has sunk to the bottom of the lake, so a pair of pruning shears would really come in handy.

Because of her unwonted exertion, Vera’s hips, left knee, right big toe, and upper eyelashes hurt, and she is drenched with rain and foaming rage. Now she would love to use the hemlock on Steve instead, via the same orifice, but she can’t, not for lack of enthusiasm, but because it has all disintegrated along the way. Vera, who had avoided the pinch of fear for more than sixty years, peers down on the miserable duo crouching damply among the plants and melts back into the storm, illuminated by a continuous explosion of lightning bolts: Ask Baba Sklutskem to help you out, or perhaps I could cut off the stalks from the upper balcony with my .22, but I can’t vouch for my aim at night, so maybe you lovebirds had better manage on your own, and after you’ve gotten out, the two of you can see to it that the tablecloth is sparkling by the time I’m up for breakfast, because there’s no place for stains in Kilstonia. And she departs screaming an endless flurry of Ježíš Marjás at the top of her lungs.

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More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Gastronomía

Todo se debe al fatídico festival de durian en la oficina y al consecuente atracón. Y lo peor es que la idea la ha tenido el propio Ong, animado por la llegada de junio y con ganas de complacer a sus compañeros, con paladares sumidos en la pesadumbre y anhelantes de los sabores arrebatados. 

La temporada de la reina de las frutas siempre se tiñe de alegría, pero este año de carencias culinarias, el manjar preferido de los penanguitas ha adquirido las cualidades de maná, en tal desierto de monotonía y aislamiento. Por eso, cuando Ong se ha presentado esta mañana con esos paquetes de plástico desechable —bien envueltos, bien sellados, que no huela en el autobús, que no huela—, sus compañeros lo han recibido con vítores.

Son pocos, los compañeros, nada, cuatro gatos: muchos se han pedido vacaciones no remuneradas indefinidas, por no exponerse o por la inestabilidad política, quién sabe. Da igual, había que celebrar este momento tan esperado, así que se han arrejuntado en un par de mesas —a dos metros de distancia, desinfectando a conciencia cada paquete, sin pasarse nada de mano en mano— y se han dispuesto a disfrutar de esa fruta salada, dulce, cremosa, con un aroma que invade el aire, el pelo, la ropa, las almas. El durian, como el amor, existe para compartirlo. Con tan pocas bocas con quienes compartirlo, al final Ong ha acabado cebándose de lo lindo, engatusado por aquella seducción irremediable de fruit fatal

Incluso en ese placentero momento, Ong no ha podido evitar despotricar. Qué mal, qué mal lo está pasando el cielo de su boca. Y sus compañeros sufren la misma carencia: nadie sabe cocinar, ¿para qué?, si viven en una meca culinaria donde comprar comida casera es más barato y rápido que liarse a guisar en casa. Una compañera le ha recomendado, con la boca llena de durian y el corazón plagado de angustia, una marca de dim sum congelado, que no queda tan mal al hervirlo en casa, no te creas, hace el apaño, y se ríen de tal aberración y cada cual vuelve a su puesto de trabajo. 

Ong, hipnotizado por los dictámenes de su barriga, no se puede sacar de la cabeza su restaurante de dim sum favorito y lleva toda la tarde sin poder pegar un palo al agua. Cuánto van ya, ¿ocho, diez semanas? sin poder sentarse en un restaurante. Ahora dejan, pero con seguimiento de contacto y distanciamiento social y así uno se sumerge en una paranoia vírica que nubla y marea y no hay quien disfrute de nada.

Ong está ahí, entre las cuatro paredes de ese edificio gris en un polígono industrial al ladito del aeropuerto, plantado frente al ordenador como un pasmarote, sumido en una espiral obsesiva en la que solo piensa en volver a degustar una de sus comidas favoritas, aunque sea en versión congelada. Pero antes, tiene que mandar unas facturas en inglés, dim, registrar el último flete aéreo del día, sum, autorizar la partida de un cargamento naval en malayo, dim, negociar precios en hokkien para el transporte en vuelos comerciales sin pasajeros, sum, explicarle en mandarín a un importador singapurense los problemas resultantes de tan insaciable demanda para tan esmirriada oferta, dim, porque, si no, los estantes de los supermercados se vaciarán, sum, y él no va a ser el responsable de tal barbarie. 

A duras penas, lo deja todo bien atado y se larga de una vez por todas, que ya no soporta más la insistencia de su insaciable estómago, que, por mucho que esté lleno de durian, insiste en degustar dim sum. Aunque la mente le diga que seguramente le espere una insípida birria de primera categoría, el estómago gana la pugna al proyectar espejismos hacia la mente, donde aquella delicada y deliciosa delicatessen resplandece en bandejitas meticulosamente ordenadas sobre carros repletos y vertiginosos en algunos de los coloridos edificios con encanto carcomido pergeñados durante el colonialismo británico en pleno Georgetown, donde se come el mejor dim sum de todo el país.

Ong se siente afiebrado, pero sospecha que la sensación se la brinda esa gula visceral que le fustiga con una furia psicosomática. No puede ser otra cosa: como ya es costumbre, esta mañana, antes de que le permitieran acceder a la oficina, le han tomado la temperatura, le han invitado (invitado, ¡ja!) a echarse gel antibacterial y a registrarse en la entrada, con el nombre, DNI, hora, minutos y segundos de llegada, temperatura exacta y casi la talla de calzoncillos. Y, en fin, bueno, no tenía fiebre. Ni él ni nadie. Se toca la frente y quizás siente un ligero ardorcillo, pero nada, nada. No hay virus que valga. Esto viene todo de la añoranza culinaria, sin duda. Agarra sus cosas con una parsimonia infundada por su propia convicción de que todo va bien. Acalla cualquier paranoia en ese cuaderno lleno de garabatos, que guarda en su maletín con todos sus miedos y lo cierra con llave ahogando el pánico en el interior de la cerradura.

Sale a la calle y esos treinta y dos grados húmedos le dan un soplamocos más calenturiento de lo habitual. No pasa nada de nada. Es hora punta y los precios de Grab están por las nubes, así que, como se encuentra tan bien, va a la parada del autobús y empuña el arma necesaria para tan bizarra gesta: la paciencia. Cogerá el autobús a Komtar y luego irá al centro en taxi. Hay una cola larguísima, que al principio lo intimida, porque le recuerda a las filas que se crearon cuando cerraron la ciudad hace unas semanas y la gente se comenzó a arremolinarse frente a las comisarías para pedir los permisos necesarios para realizar viajes interestatales. Entonces el caos empezó a reinar poco a poco, con controles policiales en todos los caminos y aquellas decisiones gubernamentales que ni los guardias entendían y nadie sabía cómo actuar. Las alertas de emergencia lanzadas por el gobierno, que llegaban a todos los móviles únicamente en malayo y con sonidos estridentes que parecían anunciar una guerra, no solo sembraban pánico, sino que además excluían deliberadamente a dos tercios de la población de la isla. En esos días se dio cuenta de que esta vez no iba a ser como las epidemias de SRAG y MERS, sino que se trataba de algo enorme, que en las últimas semanas había traído consecuencias radicales en la economía, en la libertad de movimiento, en la política malaya, en sus nervios.

Pero esta fila se debe a la hora punta y a la vergonzosa frecuencia del autobús 301. Espera, desespera, empieza a sudar. ¿El fuego es interior o exterior? Reboza la cara en el frío cristal de la marquesina, lentamente, en un gesto tirando a gatuno que espera que nadie vea. Al menos las calles están bañadas del dulce aroma del durian; el virus no ha impedido que los maleteros vayan cargados de frutas, que broten tenderetes que las venden en cada esquina. Adopta el método de supervivencia de sumergirse en la fragancia mientras sigue refrescándose la frente.

Por fin llega el autobús y se queda el último, porque no le gustan las aglomeraciones, y menos con gente contagiosa (¿como él?). Antes de subir las escaleras, reúne fuerzas y pone su mejor cara de no tener fiebre. El conductor le toma la temperatura una vez, frunce el gesto, otra. Ong sonríe desabrido —como si se le transparentara la boca con la mascarilla—, sube, anda, sube, son solo un par de décima, y agradece el gesto con un terima kasih enclenque que es más bien un suspiro.

Hace como que se sienta tranquilamente derrumbándose junto a una anciana que parece que no ve tres en un burro, así que posiblemente no juzgará los sudores de Ong. Pega la cabeza al frío cristal de nuevo, en un alivio solo perturbado por sus pensamientos: se acalora más aún al pensar en ese golpe de estado sibilino apoyado por el mismísimo sultán y orquestado aprovechando el brote de COVID para quitarle el poder a Mahathir tras declarar el confinamiento, aunque siguen en una democracia, ¿no?, aunque no hayan votado por el nuevo primer ministro, aunque ahora Muhyiddin tiene todo el poder, aunque ya da igual, porque tienes coronavirus y ya está, asúmelo, Ong, la muerte te besa la nuca, desaparecerás de la faz de la Tierra y la libertad que la luchen los vivos. 

No tosas, no tosas, ponte un capítulo de Normal People en el móvil, con lo que te gusta, y relájate. Pero no se distrae y se obnubila con la idea de no toser y, aunque no tiene ganas, tose como un descosido y la anciana saca lentamente del bolso dos ventiladores a pilas para que el virus no le roce la piel. La ingenuidad y la futilidad del gesto resulta tan extremadamente adorable, que a Ong le encantaría apoyar la cabeza en el hombro de esa afable mujer y casi lo hace, pero se reprime, y su estómago empieza a gritar «¡dim sum, dim sum!» como si no estuviera al borde de la muerte. Al joven lo conmueve tanto el significado etimológico de esas palabras —«acariciar suavemente el corazón»— que el estómago gana una vez el debate interno entre morir comiendo o en la cama. 

Su restaurante favorito queda lejos y, a medida que sube la fiebre, le va pareciendo más y más irresponsable ir; además, está a más de diez kilómetros de su casa, así que legalmente no podría hacerlo, aunque ya lo haya hecho dos veces esquivando a la policía, pero entonces no tenía coronavirus. 

Lo mejor sería volver a casa directamente, pero aparece en su cabeza la recomendación de dim sum congelado de su compañera de trabajo. Ya que va a morir de todas maneras, merece la pena un esfuerzo final, enmarcado en un plan más factible, aunque sea por dim sum congelado: se bajará en un par de paradas e irá al supermercado, eso es, entrar y salir, sin contagiar a nadie, sin hablar, sin mirar a nadie. En casa solo podría comerse las plantas —y no piensa a hacerle eso a sus bebés—. Aquel óbito que lo acecha no le va a privar de un último placer culinario, qué va. Mataría por ese manjar. 

Se le empañan las gafas al pasar del gélido autobús a la sauna exterior y la neblina le hace sentir más mareado, así que le compra un teh tarik con mucho hielo a un vendedor ambulante que no debería estar ahí, pero está y, bueno, parece sano, y Ong le paga sin contagiarlo. Espera en la cola del AEON —es corta, ya no hay tantas compras de por si acasos—, algo que no haría si esta no fuera su última cena, porque odia las filas, las odia, pero se distrae pensando en lo que daría por ver el templo Kek Lok Si y el bosque de manglares en Balik Pulau, por pasear con sus amigos ang mo por la turística calle Chulia e introducirles en el mundo del curry mee (sin confesarles que en Penang se prepara con sangre de cerdo), por hacer otra caminata por la selva hasta llegar a la playa y hasta por que los monos le robaran la comida de nuevo… Pero sobre todo, ay, le encantaría ir en bici por ese camino junto a los huertos de durian y llenarse de aquel olor acre que siempre lo hace viajar a su infancia. Se le inundan los ojos de recuerdos líquidos mientras se pega la fría bolsa de plástico a la frente, qué placer, qué gusto, qué satisfacción, y se le mezclan lágrimas, sudor y condensación en la cara.

Cuando se acerca su turno, se bebe el té de un trago, se seca con la manga y entra al supermercado, del tirón, y el frescor combinado del hielo y del aire acondicionado le recorre el cuerpo en un escalofrío que lo deja aterido y le recuerda que la gélida mano de la muerte le roza la piel, pero está convencido: cumplirá la Misión Dim Sum aunque sea lo último que haga.

En la entrada, pone cara de no tener ni frío ni calor y le toman la temperatura en esa frente gélida de bebida callejera, ningún problema, pasa, pasa, la mentira cuela. Le piden que se ajuste bien, bien, bien la mascarilla, le echan una pegajosa y desinfectante mezcla de agua y jabón con espray en las manos, le pegan un número al cuerpo que tendrá que entregar en caja y le hacen registrarse con un código QR para controlar el tiempo que pasa en la tienda: quince minutos, ni-un-se-gun-do-más. Va flechado a la sección de congelados, agarra una bolsa, paga —pero ¿la gente no deja distancia de seguridad en esta cola tampoco?—, sale y se planta los glaciares dim sum en la frente de virus y fuego. Un abrir y cerrar de ojos: eso es lo que tarda.

Ya solo tiene que coger un taxi, un Grab, un MyCar, un trishaw, lo que sea. Pronto llegará a casa y besará a su madre, su hermana y sus plantas por última vez. Qué pena, pero qué suerte verlas a todas. 

Dos conductores lo echan a patadas y sin explicaciones en cuanto se sube al coche. Ya está, obviamente tiene coronavirus y se ha convertido en un paria. Abre la bolsa a mordiscos, se intenta comer una bolita de dim sum congelada. Ya está, ha llegado su hora, no cabe duda: nadie en su sano juicio se metería eso a la boca, vaya última cena de mierda. Lo escupe. El tercer conductor también lo rechaza, pero al menos le da un motivo: señala un cartelito colgando del reposacabezas con un durian tachado, muy habitual en el transporte malayo, porque en los espacios cerrados el aroma de la fruta se afea e impregna sin remedio todas las superficies.

En ese preciso instante precioso, Ong se da cuenta de que apesta a la dichosa fruta y piensa en el empacho y en la fiebre que siempre le da la ingesta masiva de su adorado durian. Le lleva pasando desde pequeño, pero el pánico de las últimas semanas ha impedido que lo achacara a la glotonería. El rostro se le inunda de alegría y se gasta todo el gel antibacteriano que le queda para lavarse las manos y la boca requetebien y dejar de expeler ese hedor.

Se monta en el cuarto taxi, relajado en la fiebre, olvidándose del estrés y la ansiedad que le produce pensar en estos tiempos totalitarios y en la incertidumbre del futuro. Haber superado el coronavirus de mentira lo tranquiliza de verdad y se sumerge en la felicidad de este instante al pegar la frente en la fresquísima ventanilla hasta quedarse dormido.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Gastronomy

It was all caused by that fateful office durian party and his resulting binge. And the worst thing is that Ong himself had come up with the idea, inspired by the arrival of June and hoping to cheer up his coworkers, their palates plunged in sorrow and longing for vanished flavors.

The arrival of the king of fruits is always an occasion of joy, but in this year of culinary deprivation, Penang’s favorite delicacy has become manna in a desert of monotony and isolation. That’s why, when Ong showed up this morning with those disposable plastic packages of durian well-wrapped, well-sealed, no smell on the bus, no smell his coworkers had greeted him with eager cries.

His few coworkers who were still there, that is many had asked for indefinite unpaid leave to avoid infection or because of the political instability, who knows. But now is one of the most joyful periods of the year, and they gathered round a couple of tables eight feet apart, disinfecting every package, not passing anything along and enjoy the savory, sweet, creamy fruit, its smell permeating the air, attaching to their hair, their clothing, and their souls. Durian, like love, is meant to be shared. With so few left to share with, though, Ong ended up gorging himself, entranced by the irresistible seduction of that fruit fatal.

Even in this rare moment of bliss, Ong couldn’t resist complaining. What misery, what misery it has been for his taste buds. And his coworkers are going through the same suffering: nobody knows how to cook, what’s the point? They live in a culinary mecca where buying food crafted by a specialist is cheaper and quicker than getting tangled up with pots and pans at home. A colleague, mouth full of durian, heart full of desperation, recommended a brand of frozen dim sum which is quite edible when boiled at home, don’t be close-minded, it does the job, and they laughed at this perversity, and each returned to his job.

Ong, mesmerized by the demands of his belly, can’t get his favorite dim sum restaurant out of his head all afternoon and hasn’t done diddly squat. What’s it been, eight, ten weeks now? Without being able to sit in a restaurant. Now they do let you, but with contact tracing and social distancing, and eating out means being immersed in a viral paranoia that clouds and dizzies you, and it’s impossible to enjoy anything.

He sits there, in that grey building in an office park in the Free Industrial Zone, gawking foolishly at his computer, caught in an obsessive spiral in which all he can focus on is tasting one of his favorite culinary treats again. But first, he has to send invoices in English, dim, record the last air freight of the day, sum, authorize the departure of a shipload in Malay, dim, negotiate prices in Hokkien for transport on passenger-free commercial flights, sum, explain in Mandarin to a Singapore importer the problems of meeting the voracious demand with the current meager supply, dim, because, if not, the shelves of the supermarkets will be empty, sum, and he will not be responsible for such an atrocity.

With difficulty, he wraps everything up and leaves once and for all, no longer able to resist the urging of his insatiable stomach, which, though already full of durian, insists on tasting dim sum. Although his mind may tell him that a bland slop is all that awaits him for dinner, his stomach prevails by projecting mirages before his mind, of laden carts groaning under a dizzying array of neatly-arranged plates amidst a halo of light, surrounded by the dingy colonial charm of the colorful shophouses of central Georgetown, where the best dim sum in the country is eaten.

Ong feels feverish, but suspects that the sensation is fruit of the visceral gluttony that is whipping him with psychosomatic fury. It can’t be anything else; as usual, this morning, before he had been allowed into the office, they had taken his temperature, invited him (invited him, ha!) to apply an anti-bacterial gel and check in at the entrance, with his name, ID, hour, minute and second of arrival, exact temperature and practically his brand of underwear. And, anyway, well, he doesn’t have a fever. Neither he nor anyone else. He touches his forehead and perhaps there is a slight burning, but nothing, nothing. There’s no virus whatsoever. This is all just a result of culinary nostalgia, no doubt. He grabs his things with a calmness grounded in his own conviction that all is well. He shuts all his paranoia in that scrawl-filled notebook which he puts away in his briefcase with all his fears and locks up, suffocating the panic behind the lock.

He goes out into the street, and the humid 90 degrees pack more of a punch than ever. There’s absolutely nothing wrong. It’s rush hour and prices on Grab are sky high, so, since he’s feeling so well, he heads to the bus stop and unsheathes the weapon he needs for such an inexplicable whim: patience. He’ll take the bus to Komtar and then continue in a taxi. There is a very long line, which at first intimidates him, because it reminds him of the lines that formed when they shut down the city a few weeks ago, and people began to pile up in front of the police stations to apply for the necessary permits to make interstate trips. Then chaos had seized dominion little by little, with police checkpoints on every road and those government edicts that even their enforcers did not understand, and nobody sure how to behave. The emergency alerts issued by the government, which were pushed to all cell phones in Malay only, with shrill alarms that seemed to announce a nuclear strike, not only spread panic but also deliberately excluded two thirds of the island’s population. It was during those days that he realized that this time it wouldn’t be like the SARS and MERS scares, that this was something huge, which in recent weeks had already wrought radical consequences on the economy, on freedom of movement, on Malaysian politics, on his nerves.

But this line can be blamed only on rush hour and the embarrassing scarcity of 301 buses. Wait, wait, he’s starting to sweat. Is the fire from within or without? He rubs his face against the cold glass of the shelter, slowly, with a cat-like gesture that he hopes nobody sees. At least the street is awash with the sweet smell of durian; despite the virus, it seems like every trunk is loaded with the fruit, and stalls have sprouted up overnight along the side of the road. He focuses on that fragrance as a survival method while cooling his forehead.

Finally the bus arrives and he ends up last to board, because he doesn’t like crowds, much less of contagious people (like him?). Before climbing the stairs, he gathers his strength and puts on his best “I don’t have a fever” face. The driver takes his temperature once, frowns, once again. Ong smiles grimly (as if his mouth were visible through his mask) get in, c’mon, get in, it’s only a few tenths of degrees, and acknowledges the favor with a terima kasih that is more like a sigh.

He pretends to sit tranquilly, collapsing next to an old woman who doesn’t seem like she can see her hand in front of her face, so she probably won’t be judgmental about Ong’s sweat. He presses his face to the cold glass again, his relief only spoiled by his own thoughts: he grows even hotter at the thought of that devious coup d’état supported by the sultan himself and orchestrated to take advantage of the COVID outbreak and seize power from Mahathir after instituting confinement, even though this is still a democracy, right? even if they didn’t vote for the new prime minister, even if now Muhyiddin has consolidated power, even if it doesn’t matter anymore, because you have coronavirus and that’s that, admit it, Ong, death is kissing the back of your neck, you will disappear from the face of the Earth and leave the living to squabble over freedom. 

Don’t cough, don’t cough, watch an episode of Normal People on your phone and relax. But he can’t lose himself in the show and is obsessed with the idea of not coughing, and although he doesn’t really need to, he starts coughing like a Sabah coal miner, and the old woman asks him if he is all right while she edges away and pulls out two tiny plastic battery-operated fans to try to push the virus away. The ingenuity and the futility of this gesture somehow seems adorable in that moment. Ong has an urge to lay his head on the woman’s shoulder, but he holds back, and his stomach starts screaming “dim sum, dim sum!” as if he weren’t teetering on the edge of his grave. The young man is so moved by the etymological origin of that term “to gently caress the heart” that his stomach triumphs once and for all in the internal debate between dying while eating or dying in bed.

His favorite restaurant is far away and, as the fever continues to rise, it begins to seem more and more irresponsible to go; besides, it’s more than ten kilometers from his house, so legally it’s not even permitted, even though he’s already done it twice by dodging the police, Admittedly, he didn’t have coronavirus back then.

He should just go home directly, but that recommendation of frozen dim sum from his co-worker pops into his head. Since he is going to die anyway, it is worth one final effort, on a smaller scale, even if it is for frozen dim sum. He will get off in a couple of stops and go to the supermarket, that’s it, in and out, without infecting anyone, without talking, without looking at anyone. At home, the only thing he has to eat is his plants and he would never do that to his babies. This specter which is haunting him will not deprive him of one last culinary pleasure, no way. He’d kill for that delight.

As he passes from the icebox of the bus into the sauna of the outdoors, his glasses fog up, and the blur makes him feel even dizzier, so he buys a teh tarik with extra ice from a street vendor who shouldn’t be there, but he is and, well, he looks healthy, and Ong pays without infecting him. He waits in line at the AEON it’s short, there’s no longer so much precautionary hoarding something he would never subject himself to if this weren’t his last meal, because he hates lines, he hates them, but he manages to lose track of time thinking about what he would give to see the Kek Lok Si temple or the mangrove backwaters of Balik Pulau once again, to go walking with his ang mo friends along touristy Chulia Street and introduce them to the world of curry mee (without telling them that in Penang it’s served with pig’s blood), to take another walk through the jungle to the beach, even to have his food stolen by monkeys again… But above all, he would love to ride his bike along the trail of durian orchards, bathing in that pungent smell that brings him back to his childhood. Once more, just once more. His eyes flood with liquid memories as he sticks the cold plastic bag to his forehead, what pleasure, what delight, what relief, and tears, sweat, and condensation mix on his face.

When his turn comes, he downs his tea in one gulp, dries himself with his sleeve, and enters the supermarket, all in a single movement, and the combined coolness of ice and air conditioning courses through his body in a chill that leaves him terrified and reminds him that the icy hand of death is still clutching at his skin, but he is convinced: he will fulfill this Dim Sum Mission if it is his last act on Earth.

At the entrance, he carefully puts on his “neither hot nor cold” face, and the guard scans the temperature of that forehead frozen from street drinking, no problem, enter, enter, the lie sticks. The guard asks him to fit his mask tight, tight, tight, puts a sticky, disinfecting mixture of soap and water and spray on his hands, sticks a number on his body that he will have to display at checkout and makes him register with a QR code to monitor the time he spends in the store: fifteen minutes, not-one-sec-ond-more. He beelines to the frozen food section, grabs a bag, pays but doesn’t anybody respect safe distances in this line either? exits and presses dim sum glaciers to his forehead of virus and fire. A blink of an eye: that’s how long he takes.

Now all he has to do is get a taxi, a Grab, a MyCar, a trishaw, whatever. Soon he will arrive home and kiss his mother, his sister, and his plants one last time. It’s sad, but what luck to be able to see them all.

Two drivers kick him out without explanation as soon as he gets in the car. That’s it, it is obvious to everyone that he has coronavirus, and he has become a pariah. He bites open the bag, tries to eat a frozen dumpling. That’s it, his time has come, there’s no doubt about it: nobody in their right mind would put that in their mouth, what a shitty last meal. He spits it out. The third driver also rejects him, but at least gives him a reason, gesturing to the sign on the headrest with a crossed-out durian, familiar in public transport across the Malay peninsula. In the enclosed space, every surface and fabric would be impregnated with the powerful smell. 

In that blessed instant, Ong suddenly realizes that he reeks of the cursed fruit and recalls the indigestion and fever that has always punished him for overindulgence in his beloved durian. It first happened when he was a little boy, but with panic in the air, he hadn’t even thought to blame his suffering on gluttony. His face floods with joy, and he uses the entire remainder of his anti-bacterial gel to wash his hands and mouth thoroughly and conceal the odor.

He gets into the fourth taxi, relaxed in his fever, leaving behind the stress and anxiety caused by pondering these totalitarian times and the uncertainty of the future. His conquest of the false coronavirus fills him with assurance, and he immerses himself in the happiness of this moment by resting his forehead against the icy-cool window until he drifts into sleep.

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Love in the Time of Coronavirus

[Tales of the pandemic based on real stories from around the world with a touch of fiction.
Ongoing literary project.]
Little Girl in a Blue Armchair, by Mary Cassatt

Oneirism

After all, Keza has been exercising omnipresence for some time: why should one more city be a problem? Saturday kicks off with a job interview over Zoom that she’d told Ganza would finish by 12 at the absolute latest; three quarters of an hour past noon, she’s still there, her tongue coated with the minutiae of her value as a computer programmer, pert as ever, full of assurances that the location is perfect. If she’s hired, she’ll be in Seattle right away, yes, yes, no problem, it’s practically next door, there’s nothing tying me down here.

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Atmosphere

A storm like this is unheard of at Kilstonia during the dry Oregon summer. Strange to see the pounding rain; only this morning, the baked cloudless sky had set off in stark shadows a beaver brazenly gorging himself on the willow tree on the island. Vera’s willow tree. She jumped out of bed, 81 years and recent foot surgery at once forgotten, grabbed her .22, unlatched the lock to the balcony, paused a brief instant to avoid spooking the critter, and edged the door cautiously open. Resting the gun on the railing to avoid any unwanted trembling, she closed an eye to aim carefully, mumbled “I got you, you little bastard,” and shot him to doll rags, one more witness to her excellent aim.

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Gastronomy

It was all caused by that fateful office durian party and his resulting binge. And the worst thing is that Ong himself had come up with the idea, inspired by the arrival of June and hoping to cheer up his coworkers, their palates plunged in sorrow and longing for vanished flavors.

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Melomania

Andrei dreams that once again his hands will be a blur as he plays Rachmaninov’s preludes to an adoring crowd, the frenzy will create a gale that rips the socks off the pot-bellied, mustachioed man in the front row, and the performance will end with the piano bursting into flames from the hammers’ unrelenting assault on the strings.

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Geography

Strawberry and cream tarts, lemon bundt cake, artisan tiramisu, blueberry muffins, Dutch apple pie, chocolate eclairs, cherry cobbler, cinnamon rolls, and bread, bread, and more bread. All expired, but it’s better than nothing.

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Mnemonics

The idea of actually calling the police occurred to the Daughter. By no means did she want him to be arrested and spend the night in lock-up — which no doubt nowadays served more as a breeding ground for the virus than anything else — but it couldn’t be denied that, in a way, he had brought it on himself; driving all the way to Zhuanghe was truly a preposterous idea.

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Autarchy

Beyoncé is trapped in her gel nails. Well, not Beyoncé Beyoncé, it’s just that Maria refuses to allow her real name to be used, because it’s simply too distinctive, and she prefers not to be recognized in the street. So we’ll have to turn to her idol for a pseudonym (surely, there must be more Beyoncé fans than Marias in the world). Anyway, what happened is that Beyonce got sick before the virus got its official papers cleared to leave China, and she endured nine days of fever and misery, but she didn’t die, because she took good care of herself, and because she was lucky, and because she’s not in a high-risk demographic, and because she doesn’t know if she had coronavirus or just the flu or who knows the hell what.

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Theophany

The neo-ancient emergence of the phrase “streaming mass” had launched her into delight tinged with relief. She has stoically resigned herself to renouncing her walks to the Dish, her jazzercise classes, her meandering bike rides, no matter how much she longs for them. All for the common good. And, well, she has a big backyard, where she can run, dance, or do flips on the trampoline if she wants. She never actually has, but why shouldn’t she?

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~ Leer los cuentos en español ~

Melomania

Andrei dreams that once again his hands will be a blur as he plays Rachmaninov’s preludes to an adoring crowd, the frenzy will create a gale that rips the socks off the pot-bellied, mustachioed man in the front row, and the performance will end with the piano bursting into flames from the hammers’ unrelenting assault on the strings.

Of late, he’s had the chance to play the music that has been languishing on his to-do list for a century, with time on his hands to practice for hours and hours on end. Days pass in the blink of an eye as he performs virtuosities on that piano without an audience in the corner of his living room. Since he is forbidden to leave the house, it is important to keep his talent in the front of people’s minds, so Andrei records himself and records himself and records himself, striving for perfection on each and every note, hoping to receive virtually the endless ovations from enthusiastic audiences that sustain him. 

He watches the recordings several times the flying fingers, the waving bangs, the jumble of friendship bracelets dangling from his wrist, the glasses precarious on his nose, the pajama pants, the thirty-three years barely marked on his face and assures himself that this incarnation into sound has not destroyed any of the sublimeness of the original composition. He chooses the version he thinks is best suited to New York’s Carnegie Hall and, on his 22nd viewing of the chosen video, the composer whispers to him that if he really wants to flaunt his talent by playing Piano Sonata No. 29 in B flat Major, Op.106, the “Hammerklavier,” it would be wise to avoid looking like a hobo, with those polka-dot pajamas and frayed cuffs, and instead wear some nice velvet court robes shimmering with gold and silver embroideries. Andrei silences this insolence because he’s sure Ekaterina Voznesenskaya, Katia to her friends, loves his bohemian look, an artist totally absorbed by his own genius and isolation. And who’s Ludwig to talk, anyway; that unruly mop of his always made him look like an escaped lunatic. 

It’s good, very good, the “Hammerklavier” video. If he plays like that on June 8, 2021, he will officially establish himself as an artist. For sure. Perfect rhythm, ideal harmony, optimal hand positioning… And, on top of that, it’s cunningly recorded to show him from his good side, for when people see it, for when Katia sees it.

Before he uploads it to Facebook, he puts water up to heat in the samovar and, from the kitchen window, overhears the neighbor trying to convince his girlfriend to move to Moscow once and for all. Andrei cocks an ear: for weeks he has been following the trials and tribulations of this couple and their dramatically vapid dialogue, as if ripped straight from a Channel One soap opera. The accusatory shouts begins, the water starts to boil, I won’t go to such a dirty, ugly city full of proud muzhiks, he searches and searches for his favorite cup, they progress to another kind of screaming, puts the zavarka in, listens for a little while longer, pours the water into the kettle, he will never understand make-up sex, lets it steep, closes the window, sweetens the tea with jam.

He doesn’t know what he should caption the video. For the clip he posted on May 10th, he wrote, “Shortly before the corona era,” to remember one of his last concerts in a venue with an audience — dressed to kill, back then, yes: with his bow tie, his maroon suit jacket with navy blue sleeves, his tartan pants in grey tones. Katia had liked the video and every single comment made on it: “Thank God for Andrei” from Nina Golyshevskaya, “Incredibly beautiful” from Steve Kilston, “Rock star” from Marina Kononov, and “Hope you’ll be able to visit us soon” from David Lischinsky. Katia had clicked like, like, like on everything. And she herself had chimed in with, “Excellent” with one, two, three, four, five exclamation marks. Whoops, six. Six exclamation marks.

Katia has been reacting to everything Andrei publishes lately: a surprised face for the video playing Mozart’s Sonata in A minor, star eyes for the portrait in Baltimore two years ago, broken hearts when he uploaded endless photos of St. Petersburg under a cloudless azure sky, a thumbs up for the musical and culinary memories in that palatial Oregon mansion, green hearts for the selfie accompanied by an Oscar Wilde quote, a kiss for his short recording of Prokofiev’s Sonata No. 4, a crying face for the photo of a soldier playing the piano in front of a tank with who knows what war as a backdrop. 

But what touched the musician most deeply was when Katia watched the video of the piece Solitude 3, composed by him, himself, the future superstar Andrei Ivanovich Andreev, who will soar to worldwide renown with an hour-long standing ovation in Carnegie Hall and will nearly pass out from a surfeit of glory, with his wife of the future weeping tears of joy from the loge and remembering that comment she’d made on May 14, 2020: “A true reflection of solitude.”

Andrei posts the video with the title and popular name of Beethoven’s piece accompanied by the appropriate YouTube and Spotify links, eschewing musical note emojis or any such nonsense, and waits expectantly before his screen. After five and a half sips of tea, Katia’s reaction arrives. She comments with an emoji of a bouquet of flowers, conveyed to Andrei by the surly, taciturn OZON delivery driver who hums Fanny Mendelssohn’s Nocturne in G Minor through his mask as he sullenly slams down the package with the socks Andrei ordered several week before.

He arranges the colorful socks on the white table in the living room, each pair exactly one vershok apart, and takes 3D photos of them. He already has his complete outfit for the Carnegie Hall performance (unless he gets fat, which at this rate…), but he’s still missing the most important element. He has just received ten striking pairs with stripes, checks, diamonds, and color blocks, and he likes them all, but he can’t settle on one in particular. He puts on his suit, his shirt, his bow tie, his shoes and starts swapping the socks in and out. Nothing, he can’t choose. He places a mirror to one side of the piano and plays while wearing every possible chromatic combination, peeking at himself out of the corner of his eye. Nothing, nothing. He records a video of himself on his camera, searches for applause in a sound effects library to play at the end of each piece, to add authenticity — what can he say? He is addicted to that tightrope sensation of performing to a large auditorium with every error final. No dice. He strips off the rest of his clothes to perform with only his socks: first this pair, then that pair; recording, mirror, peek, bow. It works, it works: the yellow ones with black squares are perfect for Carnegie Hall.

Perfect? No matter that he already posted the Hammerklavier video today: he’d better share the 3D photo on Facebook, see what people say, see what Katia says. He’s not going to mention the performance in New York, just in case it gets cancelled. He’ll just write, “Which ones would you wear for a big concert?” If Katia picks the red and black gingham pair or the white ones with two-tone triangles, he will forget her forever and create a Tinder account and all her emojis will pass in one eye and out the other.

But Katia comments immediately: “No contest, the yellow ones!” And then Andrei, from his home that is peacefully immersed in a silence as absolute as John Cage’s 4’33”, walks hand in hand with Katia through the streets of St. Petersburg and shows her the Rimsky-Korsakov school, where he teaches two days a week, and they eat borscht and pelmeni and stroll along the banks of the Neva, clothed in granite, her waters interlaced with fair bridges, past isles bedecked with dark-green parks, as they whisper verses by Alexander Pushkin and kiss each other for the first time in one of the countless stars on the domes of Trinity Cathedral and enter the paintings of Elena Figurina and Galina Khailu in the Erarta Museum, and Bach’s English Suite No. 2 in A minor serves as a soundtrack, and they recall the time of COVID-19, already discussed in the past tense, what anxiety, when all the concerts were cancelled, and it seemed like the government wouldn’t help the artists, and no networking could be done in person, and we communicated with emojis and solitudes.

He travels to the present hypnotized by the turtledove that lands on the windowsill every day at 7:46 PM and coos and purrs and twitters the Gavotte by Ella Adayevskaya and stares at him until hitting the final note and taking flight. The day’s last light is fading: he should have some dinner, study a little French, and read Zinaída Hippius to try to avoid thinking about June 2021.

Carnegie Hall keeps the date in place, shining with a halo of hope on the calendar, but Andrei is aware that time deceives; it seems like only yesterday that he sat down in front of the piano and, with no prior training, imitated by ear what that older girl had just done. Almost three decades have passed in allegro vivace: twelve months more will pass in a sigh — and who knows what the world will look like a year from now. If he has learned anything in the last two months, it is that time does not exist, that the present and the future are merely tinged by aspirations or fears or hopes or dreams, and that only Chopin’s nocturnes are clad in iron certainty.

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Geography

Strawberry and cream tarts, lemon bundt cake, artisan tiramisu, blueberry muffins, Dutch apple pie, chocolate eclairs, cherry cobbler, cinnamon rolls, and bread, bread, and more bread. All expired, but it’s better than nothing.

Each time he readies this cornucopia for his people, it fills him with excitement, but ever since the chase and the $130 fine a few months ago, there is always the nagging concern that maybe this time will be another disaster.

He has just left the only supermarket that responded to his pleas the Albertsons in South El Paso from which he has been taking a daily cartful for the past five years and he realizes he is already feeling unusually tense. Will they let him cross? He arranges the surplus and expired products with the restraint and methodical efficiency of someone who knows exactly what he’s doing. It’s already become rote: he arrives every day at the loading and unloading zone, passes through to the bakery and pastry section, collects everything his compatriots don’t want, to be taken to those who can’t choose what they want, puts it in the cart, and distributes it among the coolers he always carries in the trunk.

Calm down, calm down, he sips water, exhales, gets in his pick-up truck, murmurs a rapid prayer. His nerves are on edge after three border crossings in a single day last week. Normally things aren’t so hectic, but it appears that, in these times, perishable goods have lost their attraction for American shoppers, and they pile up, pile up, pile up and usually land in the dumpster.

He buries his anxiety, starts the engine, and heads for the border, temporarily imbued with the tranquillity of hope and faith. That journey of barely five minutes is filled with the faces he will hopefully see today. First appears little Maria Fernanda from the orphanage, whose parents were murdered a couple of months back, but is always full of affection, seeking to be hugged, embraced, cradled. Then he decides he will leave some bread at Angélica’s house, partially repaired after another rampage of her teenage son, who sniffed glue as a kid, and then went on to marijuana and then cocaine and then meth. Wresting his thoughts away, the visage of Rahui comes to him, Rahui, who himself lives precariously in the Tarahumara settlement, is always eager to help unload the pick-up truck and distribute food to his neighbors. Just before he arrives, there flashes into his mind an image of that wryly upbeat woman everyone calls La Perrita, who loves chocolate and dirty jokes and who was thrown by her children into the teeming chaos of the overcrowded psychiatric hospital after she fell on the train tracks and lost both legs and an arm. Merely thinking about them fills him with warmth: the loneliness of a childless divorce vanishes like smoke when he arrives in Juarez, when he joins his makeshift Mexican family. He sees them every week, they kiss and hug (nowadays much less), play, pray, sing, laugh and even celebrate together at Christmas and Easter. God willing he will be able to get across. God willing.

Agents on both sides of the border have him firmly in their sights. While returning to the U.S., despite a digital trail of his countless arrivals and departures, is usually a breeze (because it’s his own country, and he has the SENTRI pass for trusted travelers), Mexico often poses problems. As he approaches customs, Jeff plans how to proceed. There are five entry points at the border — he knows them all too well, after 23 years of experience. To lessen suspicion, Jeff tries to repeat as infrequently as possible, keeping a running mental record of which is due. Although controls are less comprehensive in this direction, Jeff is often accused by officers of carrying too much food. Through painstaking trial and error, he has determined what is likely to be considered an acceptable amount — two four-foot containers per trip, three at the most — but today they may say even that’s too much. Then he will have to go back and wait for another day and try to distribute the food to the homeless people he finds in El Paso or to his neighbors, because food banks only accept donations of non-perishable food. As a last resort, Jeff will eat what he can himself before it goes bad, but what the supermarket discards is already on its last legs, and not a single eclair more can be crammed into the freezer. What can he do: sometimes the trash is an inevitable fate, and his thoughts always turn to his children whenever he’s forced to toss the spoiled food.

He’s approaching that high wall that’s been steadily growing since 1819, and Jeff can’t stop sweating. Come on, you’ve been doing this for years and years. There are a couple of cars ahead of him. No comparison to what it’s usually like; the border closed on March 21, and only those considered essential can pass. He’s essential, in theory, but they can refuse him on any pretext.

If they don’t let him through, he won’t try his luck at another checkpoint. He would hate to repeat the experience of last year’s pursuit and ticket, when he was carrying four coolers loaded with pastries and the agents wouldn’t let him cross, and he switched to another entrance and initially managed to get through, but the first guards had tipped them off, and he was commanded to stop, and he started singing loudly to feign incomprehension, and they chased him down with a truck, and they dumped him back in the United States and screamed at him, and he had to pay a fine of $135 to boot. And 2300 pesos goes a long way on the other side. No, if they don’t let him pass, he’s not going to gamble again. Now he treads carefully: better to live to fight another day, even if he has to throw away precious expired food. 

The border gets closer, closer, and Jeff tenses his shoulders, squeezes the steering wheel with his hands, prays and prays that they don’t give him any trouble, turns down the K-LOVE music that always accompanies him, fits the yellow cap over his gray hair, adjusts the tiger-print mask (better to leave it on, right?), readies his passport, and hands it to the officer with gloves and caution and his blue eyes glowing with supplication and prayers crouched at the corners of his lips. Will he manage to get across? 

In general, he knows the weak points and proper approach for each of the border patrol officers, who don’t give a damn about the starving people in their country or the children wasting away in orphanages. However, the agent he’s drawn today, Jorge Lopez, always keeps him guessing, because depending on what side of the bed he woke up on, he sometimes displays compassion, sometimes blazes with fury; and he’s just as likely to dutifully process the official food transportation tax as he is to cough with the self-importance of petty authority to elicit a bribe.

Jeff forces his eyes into a smile and says good morning, how are you, sir, thank you very much. To avoid any sign of weakness or concern about his lengthy entry record, he concentrates on mentally plotting his course for the day. Before starting the deliveries, he will head to kilometer 27 to buy meat, milk, eggs, and fruit at the El Roble supermarket. The cash, cobbled together from various donors as well as a sizable portion of the profits Jeff makes from his own eBay store, provides for a decent haul of fresh food. On recent trips, he’s wandered bewildered through the richly-stocked supermarket aisles: piles, mountains of toilet paper gleam under the fluorescent glare, because this battered city can’t afford the luxury of descending on stores like locusts to hoard for a catastrophe. In these times, a full supermarket is synonymous with thousands of empty cupboards and refrigerators. In Ciudad Juarez, hunger and drugs kill many more people than any damn virus.

Officer Lopez addresses him as if they haven’t faced each other two hundred and forty-two times previously, and Jeff responds with restrained friendliness, and Officer Lopez asks if he has anything to declare, and Jeff mentions the three coolers full of bread and pastry, and Officer Lopez peers at him with puzzlement and examines the vehicle with eyes filled with the eternal suspicion of one who works every day in the uncertainty of discerning good from evil.

Suddenly, this inspection, now so routine, seems to him like an oasis of calm, and he is flooded with a sense of tranquility. Let God’s will be done. What truly worries Jeff is that the lords of this jungle will exploit the situation to lure in and conscript the most desperate for the skirmishes of their lethal trade. In April, obligatory social distancing was imposed in Mexico and more than 70 percent of the large factories in Juarez closed. Now many are on the streets and dying of hunger: staying home is not a choice, but a privilege.

On top of everything, this virus has the cartels pissed off, because most of the ingredients for making drugs come from China and the ban on shipping goods from the Asian behemoth is, in this land, a ban on getting rich. Incensed. The closed borders are decimating the drug routes. Downright infuriated. A few weeks ago, five gringos were executed, including a school teacher Jeff had been working with.

But Jeff doesn’t fear these thugs, and he drives around quietly in his pick-up truck, with his Christian music and “You have a friend in Jesus” on the license plate, telling himself, repeating to himself, that the bad guys may not fear him, but they fear God. At sixty-seven years old, maybe what he should really fear is the virus, high-risk group and so mobile, but what terrifies him much more is that his people may not have anything to put on their plates.

Agent Lopez regards Jeff with apathy: it seems that today it will be the official tax; two, three hundred pesos per cooler, he will have to pay. Times aren’t so hard now really: the health crisis doesn’t stop civil servants from drawing their salary, so Jeff is only forced to cough up a bribe a third of the times he crosses the border. The situation always gets worse after federal elections, when every departing president has the nasty habit of emptying the state coffers and leaving the customs agents trembling. Since they won’t get paid anything for three or four months, they forget to ask for the official paperwork to be filled out, and their mouths fill with absurd sums, knowing that the flow of gringos will feed their families when the state can’t. There’s still a year or so to go before the next election, so, putting aside morals, Jeff is essentially indifferent: he just declares what he’s carrying, and the cost of the bribe ends up equivalent to that of the tax only the pockets in which it ends up change, but that’s not his problem. He just wants to get to the other side.

He waits as the agent fills out forms, signs such and such document, pays for this, that, and the other, and finally crosses the border to his second home, that city forsaken by God and man without drinking water, without sanitation, without paved streets, and without hope and sighs with relief. Jeff is determined that he will not stop he will keep on making his three weekly trips in this pick-up truck that has only seen El Paso and Juarez and that already bears 300,000 miles and tarts and cake and tiramisu and muffins and pies and eclairs and cobblers and rolls and bread and experience.

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by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Mnemonics

The idea of actually calling the police occurred to the Daughter. By no means did she want him to be arrested and spend the night in lock-up — which no doubt nowadays served more as a breeding ground for the virus than anything else — but it couldn’t be denied that, in a way, he had brought it on himself; driving all the way to Zhuanghe was truly a preposterous idea. 

Xu Wei was between a rock and a hard place. All the siblings were taking turns looking after Grandma, and now he was up. If he didn’t go, either he’d just be leaving someone else in the lurch, or he’d be dooming Grandma to rapid (and lonely) deterioration. And Grandma already had afflictions enough, given that she wouldn’t be able to celebrate nongli xīnnián for the first time in eighty-six? years — at this point, it’s hard to keep track. No, it was Xu Wei’s turn to stay with Grandma, so he would accept his burden. 

Ever-methodical since his birth under the sign of the goat, he packed his bags in a matter of minutes, resorting to his old trick of humming rhyming lists to avoid forgetting anything. Socks in the glove box, cigarette packet in my jacket, ID and cash on the dash, shoes and hat and suit always in the boot, yan xu bing’zi on the seat next to me.

Li Na, whose enduring love for this man had been anchored in those rhyming ditties for decades, was on the verge of a conniption fit. She had already tried, actively and passively, to keep her husband from leaving, because the virus is spreading, because I swear I’m getting a divorce, because you’ll die and give the Daughter a stroke, because nobody cooks a wǔcǎi xuěhuā shànbèi like yours, because I’m too young to be a widow, because it’s freezing cold, because I’m too old to find a boyfriend, because you’re staying here, and that’s final!

But Xu Wei blithely kept going back and forth to the car, with his dopey grin and unwavering devotion to being contrarian, and those unescapable, sing-song rhy-yming li-ists began to grate on Li Na more and more. As he passed from one room to another, the song remained reverberating, like one of those pungent farts that lingers endlessly in a room: “Socks in the glove box, cigarette packet in my jacket, ID and cash on the dash.”

“ID and cash on the dash…” ID AND CASH ON THE DASH…”

In the end, that pestilential song gave Li Na an idea and, as impulsive as any good horse, quickly slipped that detestable “ID and cash” off the hapless dashboard and left him bereft of ID, driver’s license, and credit card.

That cheerful farewell with a have a good trip and a call when you arrive and a smile perplexed Xu Wei, but at the same time, he regarded it as a small triumph, the respect due to the man of the house.

As soon as the car pulled out, Li Na pulled up WeChat to video call the Daughter and report the scheme that had been launched with the theft of the wallet, improvised and without follow-up. It was then that the Daughter, a distant spectator of this drama from her home in the United States, brought up the police, with Machiavellian resolve and a thirst for harmony.

Li Na recounted everything in minute detail to the young man who picked up the phone, that my husband is in a metallic orange Chang’an, with license plate 辽B-C1603, that he doesn’t have any papers, that, remember, it is dangerous to leave Dalian, that if he is stopped, send him home right away. But the receptionist transferred him to a clerk. But the clerk transferred him to a detective. But the detective transferred him to the highway patrol. And even though the story shrunk inexorably with each telling — Chang’an, metallic orange, 辽B-C1603, home, right away — Li Na never despaired.

When Xu Wei called to tell her he had been stopped by the police, she feigned surprise as she sighed with relief, but he wouldn’t let her get a word in edgewise in his eagerness to tell her that according to AutoNavi, I’ll arrive at my destination in Zhuanghe in one hour and forty-six minutes, that the police let me go because you know what a smooth talker I can be, and my charm has only grown with the years, that what no longer work so well for me are rhyming lists, that I was convinced I had my ID and cash on the dash, that I’ll see you in a few days, that in a week at the very most. 

At the very least… what a horrible month. Not only did the city of Zhuanghe close its borders two days after Xu Wei’s arrival, but it forbade him from even leaving the apartment because he didn’t have his papers and had traveled from another city. They treated poor old Xu Wei like a leper, there, locked in his apartment, with sensors monitoring his door to make sure he didn’t leave, and a sign warning his neighbors of the mortal danger of breathing the same air as this undoubtedly virus-ridden intruder. How eternal those few weeks seemed: two cases immediately emerged in the building, one of his brothers had to bring him food, three cases, they played game after game of mahjong (the old biddy is invincible), five cases, he bathed Grandma every day to cleanse her of the virus, the virus, the virus, six, he looked ever poorer and dirtier as his beard grew — which also brings bad luck, and he has nothing to shave with — seven, eight cases.

Li Na has been calling the Daughter and Xu Wei every day; at first with concern, then with melancholy, and finally out of inertia. She had never lived alone before and, to alleviate her isolation (and to celebrate it) she has decided to change things up. Inspired by the Daughter, she has chosen to lead a gweilo lifestyle: she has done zumba every morning, binge-watched the complete filmographies of Audrey Hepburn and Janet Leigh, paraded around the house in a man’s shirt, and eaten caesar salad every day. She has missed Xu Wei, of course, but by the Great Lady of the Three Foxes, what bliss, but how sad, but what a treat.

Today Xu Wei is finally back, hurrying, hurrying, to get to a barbeque at a friend’s house in the outskirts of Dalian, visions of succulent lamb dancing before his eyes. In a rush and excited to return home, Xu Wei struggles to turn the lock, and when he finally opens the door, he does so with a thunderous crash. Li Na hears it (as if it were possible not to) and slips in the bath from surprise and nervousness — positive or negative, who can say?

Despite the spurts and spurts of blood gushing cinematically down the drain, Li Na doesn’t want to go to the hospital because, as she well knows, eating lamb when one has stitches goes against thousands of years of medical lore. And she’s going to devour that lamb whole after a month of salads. She won’t let them give her a single stitch.

Eight stitches. 

Xu Wei absolutely refuses to go to the party under any circumstances, because he doesn’t dare to tempt fate any more, because what wretched luck he’s had: it’s as if he’d been on a fourth floor, as if he’d dressed in white, as if someone had gifted him a clock, as if he’d left his chopsticks stuck in the rice, as if he hadn’t followed the tenets of feng shui, as if he’d adopted a turtle. But either we go to the party, or you can go back to live with your mother and leave me in peace.

In a few minutes, Xu Wei, clean-shaven, will check that his ID and cash are on the dash before starting the car to take his beloved wife with eight stitches on her scalp to dine on lamb. And whatever must happen shall happen.

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Love in the Time of Coronavirus

Theophany

The neo-ancient emergence of the phrase “streaming mass” had launched her into delight tinged with relief. She has stoically resigned herself to renouncing her walks to the Dish, her jazzercise classes, her meandering bike rides, no matter how much she longs for them. All for the common good. And, well, she has a big backyard, where she can run, dance, or do flips on the trampoline if she wants. She never actually has, but why shouldn’t she?

Physical exercise is not, then, her main concern, but missing Sunday Mass is a harder pill to swallow. Now that is something unpardonable. She has given more than a chance to guided meditation videos on YouTube and theological chats over family dinner but, after two weeks devoid of the reverend’s velvet words, the pit in her stomach bores deeper every second. How is it possible to face these apocalyptic times without the spiritual peace of Sunday’s congregation?

That’s why just reading “streaming mass” on her church’s website in spite of the friction of its meaning, its almost paradoxical chronology had made her feel a little bit closer to heaven.

This Sunday, dressed to the nines, she’s set up to correct exams while she waits for the service to begin. She dialed in to the video call twenty-three minutes and fifty-seven seconds before the start of mass, when there was not yet another soul to be seen in this cyber-limbo, so she continues to wield her red pen, less focused than usual due to the angelic chime every time someone new joins.

Six minutes and fourteen seconds before the streaming mass, she puts the exams aside to be dealt with in a clearer-eyed moment and begins to focus on the images of the other devotees. There are dozens of them and, every time one speaks, her picture fills the screen and ruthlessly unveils all the secrets of her home, at a stroke transforming all the others into petty, unwitting domestic spies.

Although the longevity of the parishioners is hardly news to her, Caroline can’t help but be struck by the great host of pills in the foreground, of respirators in the background, of canes and walkers strewn about not judging, not judging, that would be a sin, but you have to admit it’s striking. She, who drags the average age down quite a few years, finds it almost sinful to peer into room after room of these old people, the poor devils, awash among their pillboxes, their orthopedic devices, their embroidered cushions, and their antediluvian photos.

Holy Mass begins; and it turns out that the seniors, for whom this first encounter with video-conferencing is a baptism by fire, are not at all acquainted with the concept of “muting the microphone”. The reverend’s words are incessantly and irrepressibly interrupted by, “I don’t know that man from Adam,” and “Heavens, how does this work?” and “Turn up the goddamn volume, Joseph, for Chrissake.” Images of the reverend are interspersed with ladies in their Sunday best shouting that they don’t understand, with half deaf gentlemen who don’t understand that they are shouting, with shouting grandchild after grandchild, not understanding what’s not to understand.

Bedlam and chaos. The blind leading the blind.

Caroline, all dolled up for this long-awaited moment, finds herself getting more and more distracted. She tries again and again to focus on the word of God praise to you, Jesus Christ but the situation is more hilarious than solemn. And exasperating. So funny, but so maddening, but so funny.

The reverend sighs, blesses, sighs, sighs.

A young man well, not so much young, as younger than the others materialized on the main screen as if descended from from the heavens and demonstrates on a sheet of paper the steps for muting the damn microphone, written in letters the size of a soft-boiled egg. Caroline sees the promised land beckon, but the blessed vision lasts but a few moments; the Methuselahs click, click, click, they try, click, click, click, but nothing, click, nothing, click, click, nothing, nothing, nothing.

Hell, now in streaming.

Caroline boils inside one must have the patience of Job… She bites her tongue, crosses herself, makes a perfunctory gesture of farewell and hangs up, closing her computer with restrained violence.

And her house is plunged suddenly into the deepest silence. And, there, in that sacred hush, there, there, hidden, there dwells her God.

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Autarchy

Beyoncé is trapped in her gel nails. Well, not Beyoncé Beyoncé, it’s just that Maria refuses to allow her real name to be used, because it’s simply too distinctive, and she prefers not to be recognized in the street. So we’ll have to turn to her idol for a pseudonym (surely, there must be more Beyoncé fans than Marias in the world). Anyway, what happened is that Beyonce got sick before the virus got its official papers cleared to leave China, and she endured nine days of fever and misery, but she didn’t die, because she took good care of herself, and because she was lucky, and because she’s not in a high-risk demographic, and because she doesn’t know if she had coronavirus or just the flu or who knows the hell what. 

Now she’s completely cured. She may not know the precise nature of what she had, but she’s definitely cured. To celebrate her recovery, she’d forked over twenty euros for an old Chinese lady to attach some beautiful pink — natural-toned — gel nails, with a little flower at the edge, natural in a totally different way. To attach them tightly to the nail plate, attach them very, very tightly. 

It was the first time she’d ever gotten gel nails, but she deserved it, for fuck’s sake; she’d been clinging on to life by a thread (or at least had a really nasty fever) for nine days. She deserved some gel nails as a reward. Of course she deserved it. 

The only hitch was the arrival of the pandemic, this time officially and with a stamped tourist visa, so all businesses that weren’t strictly essential had been required to close indefinitely, by decree of the Bundesregierung. And now it turns out that gel nails aren’t a necessity. Unfuckingbelievable. All the Chinese nail salons closed. Every single one.

And now two weeks have gone by since she stuck her hand in that device with a UV lamp that burned like bloody hell. Two weeks — the nails are starting to look battered. Wikipedia informs her that nails grow an average of 0.1 millimeters per day. So that’s 1.4 millimeters already. Beyoncé’s voracious half-moons are encroaching further and further onto her cuticle. 

Poor Beyonce, half-heartedly telecommuting from the confinement of her apartment, types endlessly on her laptop and misenters number after number in Excel because those damn claws protrude farther every day and stick themselves where they’re not wanted, and everything gets messed up. She has to pore over every formula with a microscope. 

And worst of all, she can’t concentrate, because her friend Carmen (we’re going to have to call her Gwyneth due to privacy concerns) told her that oy, oy, oy, those nails and that gel must be veritable nests of coronavirus. Disinfect, disinfect. Ne-e-sts. 

Beyoncé checks the cells, half of them wrong, because those nests of coronavirus relish chaos. She is completely incapable of concentration, Gwyneth’s words a relentless drumbeat behind every thought. Plus, the laptop was brought to her from the office only a few days ago; no doubt it’s still bathed in viruses. She sprays her nails with disinfectant at every chance. Calculation, psss, psss, correction, psss, multiplication, psss, psss, etcetera, psss, psss, psss

And then there’s grocery shopping, yet another ordeal. She couldn’t get it delivered without pawning one of her more important organs, because she lives alone, and you have to buy provisions for a football team to qualify for free delivery. So she goes to the supermarket, whatcha gonna do? At least she gambles the lives of her gel nails: on previous excursions, two of them were ripped off by the cursed, blessed handles of the shopping bags, but she can’t have such misfortune every time (no matter how hard she tries).

When she ventures into the terrifying world outside her apartment, she applies every last tip forwarded to her on WhatsApp: she wears gloves and a mask, she doesn’t touch anything at all, she scolds a woman who is manhandling loaf after loaf of bread with her bare hands (c’mon, lady, Jesus Christ!), she keeps six feet apart in the queue, she sprints across to the other sidewalk when she spots a figure approaching in the distance. Look what she’s come to. When she arrives home, she initiates disinfection protocols as soon as she reaches the landing — a bucket of bleach at the entrance for her shoes, plastic bags to shield the plastic bags, coat banished to the disinfection zone (which she doesn’t have, of course, because she lives in a studio, not a mansion). She washes her hands as if digging for a secret layer of skin. She scrubs and scrubs the nests of coronavirus, which have been well and truly exposed. And then she rounds it off with a psss, psss, psss, and then a few more for good measure.

She feels hideous, with her nails in this state. One day she straightens her hair, which she always keeps curly nowadays, unstraightened since her last wild night at Fabrik; pwah, more than five years ago. She looks strange: between that hair and those nails, she looks like God knows what. She Skypes her mother, how ugly you are, then her best friend, how ugly, how ugly. And she sulkily washes her hair to bring back the glory of her curls, but her nails don’t fall out no matter how long she keeps on at her scalp.

She has learned to knit from YouTube videos, and the hours fly by, but she can’t get her nails out of her head, because they are always before her eyes, dancing to and fro with the needles. The nails without gel, the ones that broke carrying the groceries, still have remnants stubbornly glued on, and those can’t be pried off either. The other nails are increasingly on their last legs, but well-anchored, shining pinkly and in bloom, the half moon on the cuticles now full. Perhaps the cure is worse than the disease. 

Beyoncé only leaves the house to go shopping, but what truly makes her feel trapped are those tacky gel nails: what on Earth was I thinking when I get them done, I want my twenty euros back, I’ll never get gel nails ever again in my life, never.

With all her fretting about nails this and not nails that, the days rush by: she watches a film about explosions and sweat starring Angelina Jolie, and she forgets her nails; cooks and there her nails are, staring at her; psss, psss; sunbathes on her balcony in the breaks between the Berlin snow and nails? what nails?; does a HIIT workout and everything hurts except her nails; sews and sews and nails and nails and psss; she takes a nap and dreams about nails; reads Julia Navarro and sometimes they creep past the edge of the page, psss, psss, and other times, they are lost in the drama of the novel; she organizes bingo games over Skype and the nails knock the balls away when she tries to pick them up, psss, but it’s fun, and she doesn’t mind so much — not for nothing was she crowned “Online Bingo Queen.” 

She’s already been confined for 2.1 millimeters (or three weeks), and it seems like it’s going to be long-term, but the days are losing form, are losing form more and more. Her main concern in life is whether the Chinese women will open the nail salons. Well. Perhaps someday the gel nails will plunge over the finger cliff inevitable with the march of time. Perhaps that day will arrive before the uncertain date of the end of the quarantine. Perhaps. 

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Peripecia

Vendrá primero la madrugadora de Manoli, la panadera, que es una balsa de aceite y a quien a veces hay que arrancarle las palabras de la garganta; luego le toca a Juan, ese que se compró una casita en la zona nueva, que parece un lorito de repetición y le pone a uno la cabeza como un bombo; más tarde tendrá a las dos hermanas, las señoras mayores que viven un poco más arriba de la calle, que son la alegría de la huerta y siempre lo piropean por tener cada ojo de un color; a las cuatro acudirá la dueña del bar de la plaza de la Iglesia, la Mari, que está muy sola y se desahoga en cada visita y suele soltar alguna de esas lagrimillas que dejan un nudo en la garganta, pero al final se acaba yendo con la autoestima por las nubes; después será el turno del chiquito este joven de las loterías, cómo se llama, ay, que no para quieto y pone los nervios a flor de piel y hay que cerrar los oídos y contar hasta cien para tranquilizarse; casi al final llegará Julito, el bedel del colegio, a quien le sientan genial los consejos y la maestría de Dioni y se va con el guapo subido; y ya a última hora tiene cita Antonio, el patatero, que trae tranquilidad y un soplo de aire fresco y le pone al tanto de todo entre broma y broma con la confianza de la amistad.

Para el primer día, no está nada mal. Ha costado cuadrarlo todo: lleva sonando el teléfono sin parar desde que anunció la reapertura hace menos de una semana y ha tenido que hacer malabarismos para que el horario quede muy organizadito, porque las citas han de hacerse con cuentagotas para una mayor seguridad. Se muere de ganas de ponerse manos a la obra. Qué duro, qué duro está siendo. Y qué raro. Al principio lo veía todo con el ojo marrón y le daba por cepillar al gato, sin parar, de los puritos nervios. Se cruzaba con él y tris, lo agarraba de un zarpazo y se pasaba el tiempo cepillándolo y cepillándolo, y el gato sin decir ni miau, ahí, con la paciencia de un santo. Ahora, aunque roza el final con los dedos, todavía le da ansiedad e intenta peinarlo, pero lo trae tan frito que, en cuanto vislumbra a su humano cepillo en mano, sale corriendo como un descosido.

Por fin cambiarán las tornas en un rato y nadie huirá de sus peines, más bien al contrario: irán llegando las personas que ha citado para hoy, ávidas, como imantadas a su cepillo. Se ha hinchado de ilusión solo al abrir el cierre de la peluquería —el golpe seco del candado, el estruendo del metal, el dulce repiqueteo de la campanilla— y el ánimo ha ido creciendo y creciendo a medida que ultimaba cada detalle. Está el ojillo verde resplandeciente: le apasiona su trabajo y enfrentarse a todos esos pelos de cuarentena se plantea como todo un reto en que tiene que tirar de creatividad y realizar transformaciones drásticas, ras, ras, ras. Se imagina perfectamente el desfile de hoy: greñas y canas y puntas abiertísimas y restos del tinte ese del supermercado, que satura el cabello y lo ahoga, que mira que te avisé de que no echaras esa baratija y tú erre que erre. 

Desde que empezara a lavar cabezas a los dieciséis años en el barrio de Salamanca y luego abriera su propio negocio en 1991 en su Leganés natal, jamás había soltado las tijeras durante tanto tiempo. La última semana antes del confinamiento sentía cierta desconfianza y preocupación, pero el virus parecía lejano y ajeno, así que, cuando anunció el cierre del establecimiento, lo hizo con incredulidad y se le centró toda la visión del mundo en el ojo marrón. 

El confinamiento le ha regalado una extraña sensación de calma desoladora al no oír la incesante campanilla de una puerta que se abre y se cierra constantemente, al carecer de gente entrando, tilín, tilín, y saliendo, tilín, tilín, y entrando, tilín, tilín, al no forzarse a mantener una conversación y otra y otra, al descubrir el silencio de los secadores apagados. De la noche a la mañana, su realidad se guareció entre las cuatro paredes de su hogar, flanqueado por esas puertas blindadas sin blindar, con todo el tiempo del que nunca había disfrutado con Reme y con los niños, conociéndose. 

Conociéndose, sí, porque antes solo se veían a la hora de la cena y los fines de semana, pero en los dos últimos meses lo han hecho todo juntos y construyen recuerdos buenos, muy buenos; aunque también hay momentos en los que siente presión en el ojo marrón huye como gato que atisba un cepillo. Entonces se baja a caminar al garaje un rato, nada, treinta, cuarenta minutitos, y da un paso y otro y otro sumido en la claustrofobia del gas, la luz, el agua, el teléfono, la comunidad, los seguros, los tributos al ayuntamiento, el IVA, las facturas, los productos, la tarifa de autónomos, la gestoría, los seguros sociales de su trabajadora y el alquiler del piso y luego se ofusca con los enredos con los niños, cuya única preocupación es el instituto y que entregan los deberes siempre a ultimita hora. Y da pasos y pasos y pasos rebotando de un muro a otro en ese oscuro garaje que huele a humedad y vuelve a fumar en secreto y los pasos van desenredando sus pensamientos y se llena de respiraciones profundas —inhala, exhala— y vuelve a casa con el ojo verde incendiado y con ganas de mejorar sus nuevas dotes en la cocina y de echar un parchís con esa familia tan bien peinada para disfrutar del trajín del niño, la curiosidad de la niña y el humor de Reme.

Ella, Reme, fue la que agarró las riendas para tirar para delante y organizar todos los gastos y apretarse el cinturón en lo que haga falta, hombre ya. También a ella se le ocurrió lo de decorar el escaparate de la peluquería por el día de la madre, como hace mañosamente para cualquier ocasión especial, y esta no va a ser menos: que si al final no podemos abrir y la mayor parte del tiempo el cierre va a tener que estar echado, porque el Gobierno al final decide que no se puede pasar de fase y nadie más ve el escaparate, no importa, por lo menos nos entretenemos. Quedó precioso: aquellas flores, aquellos colores se le metieron a Dioni por ambos ojos, el marrón y el verde, y todavía los lleva dentro, dándole vueltas en el estómago. Aquel florecimiento lo hizo querer más a su pareja, qué gran suerte tenerla a su lado, pero no se lo digas, que no le gustan esas ñoñerías, y le plantó un beso en los morros que retumbó en aquella peluquería sin un alma y ella se dio cuenta de que había vuelto a fumar, pero no lo regañó, porque esta vez lo entendía.

El Gobierno, bueno, bien, a saber qué habrían hecho otros, lo mismo o peor. La ambigüedad inicial lo carcomía, la ruina lo acechaba como una infausta tormenta y se le arremolinaba la angustia en el ojo marrón hasta tirarse de los pelos y gritar y llorar en sus paseos y paseos por el garaje. Afortunadamente, no tuvo que verse obligado a aceptar el dinero de sus amigos, porque poco a poco le fueron concediendo esto y lo otro: aplazamientos en los pagos del IVA, respira, condonación de la tarifa de autónomos y los seguros sociales de marzo y abril, respira, respira, concesión de un bono social para agua y luz, respira, respira, respira. Y los bancos, bueno, mal, como siempre, unos buitres: le aprobaron un crédito ICO, para tener liquidez y afrontar los pagos, pero con un interés regulado por el Gobierno, porque siempre tienen que sacar tajada, incluso en estos momentos.

En los últimos días ha estado yendo a la peluquería para apañarla e ir acostumbrándose a los estrictos protocolos: complementos sanitarios, desinfección después de cada corte, mascarillas obligatorias, aforo limitado, esterilización de utensilios… En lo que va y vuelve, pasea por el barrio con incredulidad y piensa en el resto de autónomos y cada cierre echado le parte el corazón. Se pregunta cómo estarán los demás negocios, si habrán solicitado las ayudas a tiempo, si cumplirán con los requisitos, si se las habrán concedido. El ojo marrón se anega. Se esperaba cada vez un mayor optimismo, pero en esas calles con contagios y muertes reinan la incertidumbre y la preocupación. Dioni le pone nombre, apellidos y cara a cada una de las víctimas, porque no existe cabeza en el barrio que no haya pasado por sus manos: sus padres fueron de los primeros en llegar allá cuando aquello no eran más que casitas bajas y chabolas y calles estrechas sin asfaltar. Dioni es el barrio, lo conocen todos. Su clientela hace las veces de familia y la familia ayuda con la clientela. Se echarán una mano unos a otros, seguro… Se nota que últimamente la gente del barrio quiere ayudar, hay iniciativas, donativos, colectas de comida. Le da por pensar que el ser humano es maravilloso y el ojo verde le hace chiribitas.

El reloj ya está a punto de marcar las diez. Se pone la mascarilla quirúrgica y encima la N95 para mayor seguridad. La manitas de Reme les ha hecho a él y a su empleada unas pantallas de protección que ocupan toda la cara, para que arreglen esas hordas de pelos que llegarán a partir de hoy. Lo ha echado tanto de menos… Lleva treinta y seis años dedicándose a trastabillar por esa rama de la psicología que supone escuchar y aconsejar mientras lava cabezas, corta las puntas —y un poquito más, un poquitito, para sanear, que te va a quedar un peinado mo-ní-si-mo—, alisa, riza, moldea, pone horquillas y echa laca, desde la mañana hasta la tarde, muchas horas, muchas.

Llega Manoli con una larga melena y pide que corte, que corte bien, que la va a donar. La quiere besar y abrazar, pero no le queda más remedio que hacerlo de boquilla, con una voz distorsionada por todos esos cachivaches reglamentarios. Cuando mete la tijera, siente en el brazo una ráfaga de aliento que atraviesa la mascarilla de la mujer y le recorre un escalofrío, pero continúa, porque queda mucho día y hay que cambiar el miedo por respeto y asumir la nueva normalidad y los iris se le colman de arcoíris.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas