Ataraxia

Tras comprar el billete, J culpa de su decisión repentina no solo al imán sino también a la fiebre, y Manolo ladra cada vez que su cuidadora le suelta alguna reflexión en voz alta o viaja en el tiempo o cuando ve un pájaro a través de la ventana.

En estos días de fiebre y entumecimiento, a la J de este plano del presente le ha cambiado el destino un imán de la nevera con un dibujo de Nueva York y un mensaje ñoño —Magic works only for those who believe in it— la acaba de convencer para comprarse los pasajes a Gringolandia. Ya hace más de un año que no se monta en un avión, con lo que ha sido ella, tan nómada ella; y la adrenalina de reservar ese vuelo, de imaginarse el cosquilleo en el estómago al despegar y de aterrizar en lo que se imagina una tierra tan distinta le hace olvidarse por un ratito del dolor de cuerpo que siente.

La fiebre no es para tanto, pero el entumecimiento no le deja dormir. El dolor es rarísimo. Ella se lo imaginaba como el del dengue, que lo ha pasado ya ¿tres, cuatro veces? y que ataca a las extremidades. Dengue, dengue, dengue. La comparación del virus presente con el tropical la transporta al día antes de que se marchara el brasileiro, y del padecimiento físico pasa al emocional. En el plano al que J viaja, el chico del que se ha enamorado no se marcha de Playa del Carmen y cuarentenean felices en el frote de las pieles y en esa conexión anímica que no habían sentido desde hacía tiempo.

Manolo la saca del trance con un ladrido áspero que parece carraspera y J regresa a este dolor que tanto la sorprende porque le importuna los sueños. Desde que se contagió, J siente como si hubiera ido mucho al gimnasio o como si le hubiesen dado una somanta de palos. Lleva desde anteayer así, con la paliza, y con una flexibilidad lastimera que no le deja ni tocarse los pies con las manos.

Sospecha —bueno, sabe, carajo, sabe, dejémonos de tonterías— que se infectó con el dichoso virus cuando estaba haciendo fermentos y yogures veganos con su amiga y socia hace unos días y, en un momento dado, se relajaron, se sacaron las mascarillas y se tomaron unos vinitos. Luego la otra chica comenzó a encontrarse mal y después la siguió J, que se empezó a sentir regulín de camino al supermercado, pero le tomaron la temperatura antes de entrar y todo bien. ¿Todo bien? Mentira: ella ya se notaba la fiebre. Lo vio del todo claro cuando una J del presente que vive en otro plano, trabaja en el Chedraui y lleva meses observando cómo durante toda la pandemia nunca le han impedido a nadie la entrada a un súper de Playa del Carmen le susurró su teoría antisistema: trucan los termómetros, porque, si no, perderían ventas. Cuando visitó el supermercado, por suerte J no habló con nadie más allá de las cortesías ni se quitó el tapabocas. Quién sabe si lo propagaría entonces. Tampoco lo piensa mucho, porque es imposible saberlo y no le gusta quedarse atascada en el plano hipotético.

Al menos no tiene que pasar por los dolores ni las fiebres ni los males de amores en el ruidoso Ejidal, donde lleva viviendo dos años. Ahora está descansando como una burguesa en casa de sus amigos en una urbanización cerrada a la gente común, con calles privadas y todo, donde se aloja durante todo el mes a cambio de cuidar a Manolo, un buen compañero de mimos y maratones de series. Le encantan los trueques así. Lleva años practicando esta forma de relacionarse sin que medie la plata. En su casa casa, la que habita a cambio de dinero, existe el ruido constante del taller de autos, de las conversaciones a gritos, de la música a todo volumen. Pero acá reina el silencio, que es calidad de vida.

Y también lo es no someterse al yugo del trabajo. Que «trabajar» viene del latín tripaliāre, Manolo, «torturar». Por eso no echa de menos en absoluto el hotel del que la despidieron a causa de la pandemia. Ya no está abocada a volcarse en el proyecto de esa gente, que tenía tan poco que ver con ella. En el hotelazo de Cancún, iba a comisión: se dedicaba a fotografiar a turistas, que a veces compraban las fotos y solo así ganaba dinero. Los dueños europeos y estadounidenses de los hoteles de lujo de la zona evitan pagar sueldos a los empleados tercermundistas. Solo así se mantienen primermundistas, Manolo.

En esta casa y sin ese laburo explotador sí se puede cuidar y recuperar como es debido: quiere verduras, verduras, verduras, se ha visto todo el catálogo de Netflix y HBO aprovechando que sus amigos sí tienen suscripción, medita con el canturreo matinal de los pájaros y se queda embelesada mirando el imán cada vez que saca algo de la nevera. Todo se resincroniza, le cuenta a Manolo, babeante bajo el imán, todo son cambios, qué sé yo. J rehíla mucho el «yo» porque no se le irá jamás el acento por mucho que patee de norte a sur y que se le mezclen y remezclen las variedades del español. Y el perro la comprende: siempre que le habla, él la mira hasta adentrito del alma con sus ojillos marrones y la contesta con su característica voz de cazallero. Ella se siente arropada por su ladrido y su mirada, pero a veces recurre a los audios de wasap con humanos digitales para conversar de una forma un poco más silábica.

La J del futuro en Estados Unidos prefiere no molestar a la del presente para contarle nada, por no arruinarle la sorpresa y porque no se creería ni en pedo todo lo que amará ese país tan execrado por la antiimperialista J adolescente: sentirá un cosquilleo al presenciar Manhattan desde el puente de Brooklyn, le encantarán todas las opciones veganas en supermercados y restaurantes, trabará una amistad bellísima con generosa desconocida que la hospedará durante semanas en una autocaravana en un lugar muy verde con atardeceres muy naranjas del norte de California con el nombre de cuento que es Ukiah. Le gustarán la gente, los paisajes, la libertad. No se acordará del brasileiro más que ocasionalmente y ya nunca desde los ovarios, como ese antaño que es ahora. No, no, todo esto le parecería una locura si se lo narraran en el presente. Mejor que no lo sepa, que se recupere tranquila, que lo descubra más tarde. 

Lo más importante es que puede tomar la decisión de marcharse porque es libre y está sola y no tiene que rendirle cuentas a ningún hombre ni ninguna mujer ni a sus padres allá en Argentina ni a nadie de nadie. Le encanta la soledad elegida, pero se le hace raro cuando es obligada. Duele, duele más que el dengue y el coronavirus cuando es obligada. Esta soledad no formaba parte de sus decisiones: el chico del que se había enamorado se quedó atrapado en Brasil en una visita a su familia cuando cerraron las fronteras y ya nunca volvió. Al menos ha sabido aprovechar la soledad impuesta y escribe y vende fotos por Tulum y bebe mate y medita y lee cuentos de Lorrie Moore y ahora siente que le ha dado la vuelta a todo, que, al no haberse hundido, su plano presente lo ha elegido ella.

El día que él tenía que coger el avión de vuelta a México y no lo hizo, a J le dolían los ovarios más que nunca en su vida. No el corazón, no el alma, no la boca del estómago, sino los órganos con el que más lo quería y extrañaba: qué feo dolor de ovarios. Y ya nunca volvió, Manolo. Qué sola me sentía. Encima no podía ver a sus amigos con tanta frecuencia y no pensaba volver a La Plata con su familia. De ninguna manera. Qué sola, carajo. Y ahora qué enferma. Antes no sentía que todo podía cambiar de un momento a otro, pero ahora sabe que sí, y a veces le inquieta la idea de que pueda variar tanto el presente, de que se desestabilicen tanto los planos. Y otras veces me vale todo verga, Manolo.

En alguna ocasión la arrastra la J que vive en un plano más tremebundo y se obsesiona con que no quiero vivir así el resto de mi vida, Manolo. Aunque estuvo un poco paranoica al principio, en realidad nunca le ha dado miedo miedo el virus —ni siquiera ahora que le mordisquea los adentros—, pero sí le aterroriza la pérdida de albedrío. ¿Acaso el mundo va a ser ya para siempre así? Y le confiesa al perro que esto nos va a cercenar la libertad a los hippies. Se sonríe por haber comprado el vuelo. Ojalá no lo cancelen. Ojalá pueda volar.

Tose, le duele un costado, le da flojera pasar por todo esto. Por supuesto, cree en el virus que tiene dentro, que le provoca esta fiebre horrible y delirante, que no le deja dormir con tanto dolor corporal, pero eso no significa que no sea una herramienta de manipulación de los gobiernos y resto de autoridades, que nos tienen ahora bajo su total control, Manolo. No nos podemos mover libremente: el placer de cualquier político. Somos tan aparatitos sociales que damos asco, che. Y el perro ladra roncamente a cada rato para reafirmar las sentencias. 

Encima en México tratan a la gente de a pie como si fuera idiota perdida. Se empezó a indignar cuando salieron los anuncios gubernamentales protagonizados por la superheroína contra el coronavirus, Susana Distancia (¿te puedes creer ese nombre absurdo?), y ahora le apesta todo a infantilización del pueblo, desde el semáforo —rojo, «no salgas si no es estrictamente necesario», verde, «podemos salir pero con precaución y prevención», buf, buf— hasta los disparates sobre no renunciar a los abrazos que han salido de la boca del presidente en los peores momentos de la pandemia. Al final los ricos se quedan en casa, pero para la gente de la calle no hay semáforo ni Susana que valga, solo pobreza, solo formas de intentar llevarse algo a la boca. Con toda esta mierda, siente un trato más directo con la incertidumbre, por momentos insoportable, y se dice que todo lo que tenga que pasar, pasará, para tranquilizarse con un tonto mantra que se cree a ratos.

A J le gusta de siempre apegarse al presente; pero una vez se despegó y se imaginó un proyecto a largo plazo con su brasileiro y llegó el COVID-19 y él se quedó en su país y ella se la pasó comiendo almohada, esperando como una ilusa rebozada de mitos del amor romántico. ¿Cómo habría sido el presente con él si no hubiera habido pandemia? Le encanta pensar en presentes paralelos, en cosas que están pasando en otro plano de otro presente de otra J. ¿Cómo estás, J? Se dice a si misma mirándose al espejo para comunicarse con todas sus vidas paralelas de cualquier momento de su historia. En una de ellas, jamás se despidió del brasileiro, jamás cumplió los cuarenta llorando por teléfono con él, esperándolo como una loca, con tormentillas en los ovarios. Otra J estará cogiendo ahora con el brasileiro como una descosida. Otra se estará masturbando obsesivamente mirando las fotos en Instagram de ese pelotudo. Esta J al menos está en paz. O casi. Fui una boluda esperándolo, Manolo, y le espachurra la cara al perro dejándose atrapar por el pegajoso pasado, una boluda, no mames, espachurra, espachurra. Su configuración mental se está tambaleando con la enfermedad, pero da igual todo eso ahora: la J del presente y de este plano se cuida la mente con terapia, las energías con flores de bach y los buenos presagios con alguna tirada de cartas que otra.

Para quitarse el mal sabor de boca que le traen los momentos feos pretéritos, va a la cocina a comer algo. Le agradece infinitamente al universo no haber perdido el sentido del gusto ni del olfato. Ya tiene bastante con no poder dormir ni coger tan libremente. Este virus ataca a los pecados capitales. Al menos puede recrearse en la gula. Se debate entre un paraíso de apetencias y se revuelve de pronto solo de pensar en lo evidente, en lo que no se habla más que en petit comité, porque, che, Manolo, acá nadie dice que todo esto de la pandemia mundial empezó por comer animales.

El imán la mira a los ojos y le susurra una vez más que «Magic works only for those who believe in it» y le manda un guiño con ese dibujito de un paisaje urbano verticalmente inverosímil (¿será así Nueva York de verdad?). El perro, orgulloso pecador, la sigue, a sabiendas de que la nevera aguarda sabrosa felicidad para su hocico. ¿Tú crees en la magia, Manolo?, pero él solo la mira con ojillos de cordero degollado, porque cree en la magia del ruego culinario, de la relación humana-perro para saciar las hambrunas.

J piensa que el brasileiro es el pasado —ya no lo llama por su nombre para distanciarse más aún de él— y que el imán sirve como bisagra del presente y se dibuja un futuro cercano lleno de estereotipos gringos. Qué risa le daría ahora mismo conocer el plano futuro de esta J, verse montada en bici entre los rascacielos de Manhattan o trimeando marihuana en las montañas californianas mientras piensa en México como un lugar lejano en el pasado que quizás nunca haya existido o en su romance con ese brasileiro que ¿de verdad me enamoró? Qué encrucijada: sus pensamientos la arrastran hacia atrás y su imaginación hacia delante e intenta meditar en vano y así no hay quien se centre en el presente.

El imán la mira y Manolo la mira y sus emociones se le revuelven todas y la nevera pita porque lleva un rato abierta y, al mismo tiempo, el perro le da un par de lametazos en los pies y J sale de la ensoñación y vuelve a este extrañísimo final de la primavera.

Manolo la mira con su cara de perro callejero —las babas en las comisuras de la boca, los ojillos rojos—, y J decide que sí, que hoy se van a la cama pronto, sin series ni nada, solamente con los gorjeos, chasquidos y chillidos de los geckos de fondo. Mañana irán a ver el amanecer. Procura no perderse tal espectáculo, que la ayuda a transitar los cambios y a lidiar con el pasado, el presente y el futuro, porque la salida del sol es sempiterna —ayer, hoy, mañana—, a diferencia de todo lo demás, que está inexorablemente en constante cambio. Su vida de burguesa es también temporal, pero se ha acostumbrado a ella y a su silencio. Ah, el silencio con sonidos (que no con ruidos): los cantarines reptiles, el vientecillo, los ronquidos de Manolo y ya. Por este silencio igual se plantearía volver a la aplastante rueda del sistema opresor que es el trabajo. Y. La fiebre le hace desvariar de nuevo. Tampoco vale tanto el silencio.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Istmo

El puente de las Américas ha adquirido otro significado para Minerva y ahora siempre le vienen a la mente casi con angustia las prisas y los horarios de cuando tenía que ir a recoger a su hija a la casa de su ex durante los meses de restricción por sexos. Cada vez que lo cruzaba antes de la pandemia, el puente le hacía pensar en una anécdota distinta o recrearse en la excelente arquitectura de acero o maldecir las construcciones recientes y chapuceras —con muy malos cimientos debido a la corrupción— o contemplar la bella fusión de naturaleza y creación humana del canal o fijarse en el baile de los autos al ritmo de una salsa de antaño que salía de sus altavoces. Inevitablemente, ahora solo le invade el recuerdo monolítico de la cuarentena estricta.

Parece que los casos siguen bajando, pero cuando hay un pico de contagios o muertes, a Minerva le dan los siete males solo de pensar en volver al confinamiento selectivo. Esa ley, que solo se llevó a cabo realmente en Panamá —y por tiempo breve en partes de Colombia y Perú—, tenía unas normas muy claras: las mujeres podrían salir los lunes, miércoles y viernes y los hombres, los martes, jueves y sábados, y no en cualquier momento del día, sino en las dos horas delimitadas según su número de cédula. Se retirarían estas medidas, prometieron los políticos, en cuanto se aplanara la curva.

La población aceptó, qué se le iba a hacer, y al principio, la hija no pudo ver a su papá más que por videollamada. Confiaban en que las restricciones terminaran pronto, así que se limitaron a la relación digital con la resignación con la que se aceptan las cosas que parecen tener fecha de caducidad, ya que, según los expertos, los casos se estabilizarían en un mes como mucho; no, no: dos; tres a lo sumo. 

Sin embargo, las semanas pasaban y tanto la nostalgia paternofilial como las ganas de Minerva de descansar un poco de sus obligaciones no hacían más que crecer. Cuando ya anunciaron que se alargarían las medidas más y más, los padres trazaron un nuevo plan: él recogería a la niña en las dos horas que le concedieran su sexo y su número de cédula (una hora para ir y otra para volver, puente de las Américas mediante, afortunadamente con menos tráfico del habitual) y, equis días después, ella conduciría hasta el otro lado de la ciudad, también condicionada por las limitaciones corporales y numéricas. Menos mal que tomaron esa decisión: al final fueron seis meses en que tres días las calles las plagaban los hombres y otros tres, las mujeres, y los domingos quedaban vacías, a excepción de los trabajadores elementales.

Hoy Minerva ha aparcado a quince minutos de la casa del ex, que vive después del puente y el tráfico es infinito en la parte oeste de la provincia. Antes que dar vueltas y vueltas con el auto, la mujer prefiere pasear y disfrutar de la tranquilidad de alguien a quien el Gobierno ya no le impone horarios demasiado rígidos (no más el toque de queda a las diez de la noche, pero aún es temprano). Camina con calma, con la piel oscura reluciendo lozana bajo el sol primaveral, y mueve los hombros algo entumecidos por las horas que pasa enseñando en línea. 

Ya que en breve regresará con su hija a casa —una burbuja sin patio ni balcón y con poco espacio personal—, quiere disfrutar de ese tiempito de paseo que se regala, pero enseguida siente le cae un «oye, flaca» y le pitan los taxis y los guardias de seguridad le dan las buenas tardes y le echan una miradita de arriba a abajo. Nada que no le haya sucedido desde la adolescencia, aunque ahora le hace más ruido: eso no pasaba durante la cuarentena absoluta, cuando todo el mundo estaba tan estresado y ensimismado que parecía que por fin había funcionado la llamada «ley antipiropos», que trató de pasar hace un par de años Ana Matilde Gómez sin éxito, porque no consiguió ningún apoyo ni de hombres ni de mujeres. Lo cierto es que, antes de la calma callejera como consecuencia de la restricción por sexos, a Minerva realmente no le incomodaban demasiado los ojos de los hombres clavados en su cuerpo ni en el fragor de los silbidos y los piropos inapropiados que ahora sí le retorcían el estómago: me parece normal que miren, se decía, un hombre que no mira será que no es heterosexual; me parece normal, del todo normal, se justificaba, porque aunque Ciudad de Panamá esté en el Pacífico, somos una cultura muy caribeña y nos decimos «oye, papi, oye, mami, oye, mi amor» en el trato normal. Y, sin Caribe mediante, ojo, que le ha pasado lo mismo en más países, la verdad; en mayor o menor medida, en todos los que ha visitado (que han sido muchos). Vamos, es del todo normal. Al fin y al cabo, se convencía, el día que ya nadie te mira y el día que ya nadie te dice nada, eres una vieja y por ende ya caducaste; mírate, a tus cuarenta y cinco, todavía tienes la suerte de conservar tu atractivo. 

Inconscientemente, ahora su definición de acoso ha cambiado a raíz de esos seis meses en que el espacio público pertenecía tres veces a la semana exclusivamente a las mujeres. Casi exclusivamente: para sorpresa de Minerva, los hombres seguían formando parte de la fauna en los días femeninos, debido a todos aquellos trabajos esenciales que estaban masculinizados —policías, camioneros, reponedores de supermercado—, algo en lo que tampoco había reparado antes. Era tan rara la situación: todo el mundo con tapabocas y protector facial e incertidumbre y miedo al contagio; tan rara, que los piropos y los silbidos se silenciaron casi por completo. Aunque los ojos sí hablaban y a veces caía alguna que otra mirada lasciva pese a la inferioridad numérica de los machos. Normal, porque una gusta. No era acoso, no tocaban, solo miraban: del todo normal. Si quieren ser impertinentes con una, lo siguen siendo, si te quieren decir una tontería te la van a decir, se repetía Minerva. 

Ahora que las calles vuelven a ser dominio de los hombres, se notan de una forma más exagerada las miradas fijas, pegajosas, llenas de lujuria, y le incomodan como nunca antes y le ruge una sensación rarísima desde las entrañas. La verdad es que al principio le parecía tremendamente aburrido no ver apenas hombres —y raro, rarísimo—, pero acabó por acostumbrarse a los espacios públicos ocupados por mujeres: el ambiente pasó a convertirse en relajante, como si todo fluyera mejor sin tropezarse con zalamerías impertinentes a cada paso.

Por mucho que se habituara, a ella nunca le llegó a convencer este plan maestro —que los políticos siguen amenazando con volver a instaurar— porque quedaban grupos fuera: no cabían en él las personas transexuales, ni los solteros heterosexuales en busca de pareja, ni los padres con custodia compartida. Algo en principio tan simple basado en un concepto supuestamente claro (dividir la población en dos aprovechando las «diferencias naturales») en realidad complicaba la vida de mucha gente.

Y menos mal que Minerva y su ex han mantenido una relación cordial y amistosa desde que se separaran en 2017. Llevan la situación familiar de un modo relajado e improvisado, de manera civilizada y a su ritmo, y jamás consideraron someterse a las presiones de horarios dictadas por un juzgado para pasar tiempo con la niña. Quién les iba a decir que decidiría por ellos el régimen de visitas un virus que azotaría cada rincón del planeta.

Cuando recoge a su hija —en un trámite breve, afable, directo: qué tal se portó, bien, todo bien, nos vemos—, la niña se queja de tener que caminar tanto rato hasta el coche, pero enseguida se le pasa el enfurruñamiento. Son igualitas: el pronto rápido y ligero, la melena corta y rizada, la sonrisa sincera y permanente, el derroche de creatividad, los andares idénticos. 

Se sumergen en el paisaje urbano, que ya ha recuperado su gentío de vendedores ambulantes —de frutas, de verduras, de agua— y limpiadores de coches en los semáforos. Todos ellos desaparecieron durante la pandemia, dejando las calles sumidas en un desamparo descorazonador: a Minerva le daba una pena horrible y se preguntaba a menudo de qué viviría esa pobre gente. Qué país: mientras unos se pasean con sus autos lujosos entre los relucientes rascacielos de vidrio y acero del modernísimo centro urbano y se llenan los bolsillos blanqueando nosecuantitos millones por acá y por allá, otros todavía van a letrinas y tienen que desgañitarse entre nubes de humo y perros y gatos callejeros para llevarse algo a la boca a través del ingenio. En esta zona hay un hombre que grita «¡bollo!, ¡booo-llooo!, ¡bo-bo-bo-llooo!» con una voz de colores barítonos que, siempre que recoge a su hija, la musical Minerva piensa que, si lo hubieran entrenado, el tipo habría sido un gran cantante de ópera.

Madre e hija caminan admirando las plantas en plena floración y, en un momento dado, Minerva se da cuenta de que los hombres miran y remiran a su hija, ya no tan niña la niña: cumplió catorce años hace un par de semanas y empieza a llamar la atención. Ha tenido la suerte de poder criarla entre algodones y su hija nunca va a ningún sitio sola, pero pronto tendrá que empezar a andar por su cuenta y a coger el transporte público. En un afán protector, la madre siente súplicas en su fuero interno por que vuelva la división por sexos. 

La hija de repente recuerda algo y comienza a rebuscar en su mochila. Agarra por fin un papel en el que ha escrito una redacción para la escuela y le pide a su madre que se sienten en un banco para leérsela en voz alta. Minerva comienza a escuchar con atención, pero enseguida se distrae con el reverso de la hoja, donde hay unas anotaciones extrañas. Cae en la cuenta: se trata de unas instrucciones para su ex escritas por su nueva pareja. Aunque por fortuna ella no ha tenido que lidiar con este tema, sabe de sobra que, durante los días en que solo los hombres tenían permitido salir, los supermercados se inundaban de seres titubeantes que empuñaban listas de la compra y llamaban por teléfono desesperadamente a esposas y madres. Sin poder evitarlo, Minerva ignora la voz de su hija y comienza a leer para sí:

«Entra al supermercado por la vía España. Camina catorce pasos hasta la zona del arroz y me traes arroz El Nazareno, papi. Ni se te ocurra traer arroz Blanquita. Está carísimo. Gira a la izquierda hasta llegar a la carnicería, dejando a los lados frijoles y pastas, y compras un pollo entero (de un peso aproximado de dos kilos, que son dos mil gramos, que son dos, cero, cero, cero gramos). Pide que te lo piquen. A mano derecha, a unos seis metros, encontrarás la zona de frutas y verduras (es muy colorida, la verás fácilmente). No se te olvide traer 500 gramos de yuca (una raíz), 500 gramos de otoe (un tubérculo), un kilo de ñame (otro tubérculo) y dos mazorcas de maíz (una planta amarilla con granos). Todo por separado, no en esos paquetes que ya está todo junto porque no suelen ser vegetales frescos. Adjunto fotos. Tengo el resto de ingredientes para el sancocho (tu plato favorito), pero puedes comprar más cosas que te apetezcan si quieres. Para pagar, deshaz tus pasos y encontrarás las cajas a la entrada del supermercado (también es la salida). Puedes usar el vale digital (la ayuda económica del Gobierno asociada a tu número de cédula), donde quedan algo más de cincuenta dólares. Si no recuerdas el pin, llámame.» 

Minerva no sabe si reír o llorar y le pide a su hija que le dé el papel para leer la redacción tranquilamente cuando lleguen a casa, porque, se excusa, el aluvión de bollos, bo-bo-bo-llos del señor que no sabe que es cantante de ópera no le ha permitido concentrarse como debiera. Hará una fotocopia del texto de su hija y destruirá el original, para que no trascienda.

Comienzan a caminar de nuevo y Minerva queda pensativa. Como evita hablarle mal de su ex a la niña, se limita a sentenciar con severidad, de la nada: «Nunca te juntes con un inútil». Ante la incomprensión de la joven —¿a qué viene eso?—, la madre se ve obligada a aclarar: «Tienes cosas más importantes que hacer con tu vida que escribir instrucciones estúpidas». Al faltarle contexto, el mensaje enrarece el ambiente y regresan juntas al coche en silencio, con paso idéntico, haciendo durante todo el camino como que nadie las mira, ni silba, ni piropea.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Efemérides

Gao Hi no brilla precisamente por su sentido del humor, pero sus palabras y su carácter se visten de comicidad sin pretensiones al filtrarse por el traductor del móvil, lo cual siempre ha llevado a Lucas a la carcajada, incluso en medio de todo el dramón de hace ya un año, cuando solo él se hospedaba en este céntrico hotel de Wuhan con quinientas cuarenta y cuatro habitaciones, ahora de nuevo boyante y con un nombre que su garganta española sigue sin lograr pronunciar.

El recepcionista del Jinjiang Inn levanta la mirada al oír el traca traca de las ruedas de una maleta en contacto con las juntas de las baldosas y se ilumina al ver a su amigo Lucas y, como todavía es temprano —por las mañanas solo sabe hablar chino—, tira de traductor:

«Puedo ver el rostro de mi amigo laowai.
Bienvenido a un simple agujero.»

Lucas, cómo no, le ríe la ocurrencia a su ya estimado Gao Hi, con tanto salero tecnológico. Al recepcionista siempre le ha gustado la actitud risueña del joven, que ayuda a suavizar el  gris ambiente, cargado de una mezcla de neblina y contaminación agravada por la culpabilidad que flota en el aire. Esa risa sincera le remueve el flequillo a Gao Hi con frescura.

Aquello de la culpabilidad lo lleva notando Lucas desde su primera visita a la ciudad, cuyo nombre al principio le costó recordar —¿dónde iba la hache?; ¿es «Wuhan» o «Wuham»?—, pero que ahora tiene grabado a fuego. En el último año, habrá pasado tres meses en el epicentro del virus, yendo y viniendo desde Pekín, y el nubarrón pecaminoso sigue presente en sus habitantes, quienes otrora sintieran gran orgullo de su ciudad: el impresionante río Yangtsé, los rascacielos, la torre de la Grulla Amarilla, un glorioso pasado y el riquísimo pescado con salsa agridulce.

Lucas conoce la ciudad en parte a través de las gafas de Gao Hi, amable y servicial incluso en los momentos más nefastos. En enero de 2020, cuando era el único huésped, el perfecto recepcionista le tendió una bolsita con sus dedos larguísimos —lo más largos y delgados que Lucas había visto jamás—, con las pulcras uñas de los meñiques bastante más crecidas que el resto. Con una mirada jovial bajo las gafas de pasta —y, seguramente, una servicial sonrisa bajo la mascarilla—, activó el altavoz del traductor y escuchó los fonemas ajenos mientras se retocaba el flequillo: 

«La máscara que llevas es terrible. 
Cuando te enamores de ella, definitivamente morirás. 
Ponte la máscara que usa el médico.» 

Quizás ya era tarde: Lucas se había enamorado un poco de su mascarilla —ya bastante raída, todo sea dicho—, porque lo había protegido durante un par de días de la muerte por esa «extraña neumonía», como la bautizaron los medios en un principio, que había surgido en esa misma ciudad. Pero no veía inconveniente en enamorarse de otra, así que aceptó la bolsita que amablemente le ofreció el recepcionista en un primer gesto de amistad.

El gerente del Jinjiang Inn también se portó muy bien con él durante aquellos días inciertos en los que un nuevo virus había cambiado el destino del mundo. Aquel hombre alto, corpulento y con una gran mascarilla quirúrgica azul fue a tomarle la temperatura y a entregarle un papel rosa que explicaba en un inglés chapucero que los empleados del hotel no podrían ir a trabajar porque, en una decisión sin precedentes, se habían suspendido todos los transportes en esa enorme ciudad con una superficie cinco veces mayor a la de Londres. Además, aclara el papel, se cancelarían las celebraciones del Año de la Rata, que prometía estabilidad y fortuna para abrir un negocio y ganar dinero. El gerente se disculpó: sin personal, no podían ofrecer servicio de habitaciones y la cocina estaría cerrada, así que el huésped de la habitación 532 se tendría que buscar la vida.

Gao Hi parecía vivir en la recepción y cubría de atenciones a Lucas, incluso después de haberlo pillado robando cuatro rollos de papel higiénico, tres botellas de agua, cinco bolsas de basura, unos cuantos vasos de plástico y un puñado de sobres de té negro. El recepcionista lo mimaba sin descanso: le daba mascarillas, le tomaba la temperatura, le ponía en contacto con gente, hacía de intérprete y lo entretenía contándole su vida —traductor mediante por las mañanas y con una asombrosa soltura bilingüe por las tardes, carente, eso sí, de la socarronería dada por la torpeza tecnológica—. Cuando su huésped no estaba, Gao Hi, siempre sumido en la tragicomedia, pasaba las horas muertas con el videojuego de moda en Wuhan, Plague Inc., creado en 2012 y que consiste en crear un virus que extermine a toda la humanidad.

El vínculo pandémico que se fraguó entre el único empleado y el único huésped del Jinjiang Inn ahora hacen que Lucas jamás se plantee alojarse en ningún otro lugar de la gran urbe, porque si hay un hogar verdadero ese es aquel donde uno se ha tenido que lavar los calzoncillos a mano cuando todos los cierres están echados indefinidamente. Pero ese no es el único motivo: a finales de enero del año pasado, el número de contagios no dejaba de aumentar y el Consulado de España en Pekín lo quiso evacuar de la ciudad apestada, pero él trató de quedarse a toda costa en el epicentro de la noticia, hasta que tuvo que dar su brazo a torcer cuando su hotel cerró y ninguno de los abiertos lo quiso alojar —que si no hay habitaciones libres (mentira), que si no aceptamos extranjeros (verdad), que si patatín, que si patatán: al final tuvo que dormir una noche entre cartones—. Después de ese trato, no pensaba volver con el rabo entre las piernas, ni en broma: él ya tiene su hotel.

En fin, que no le quedó otra que tirar para el aeropuerto de Wuhan, prácticamente vacío después de que en 2019 recibiera a 27 millones de pasajeros y con una frecuencia de entre 600 y 800 vuelos al día. No le apetecía nada meterse en un avión de regreso a Europa con veinte españoles más y no sé cuántos británicos que se estaban poniendo hasta el culo de paracetamol en los baños para que no les diera fiebre cuando les tomaran la temperatura antes de despegar y, después de las dos semanas de una cuarentena surrealista en un hospital de Madrid, Lucas volvió a China en cuanto pudo. Nunca se tendría que haber ido: como periodista, aquella decisión iba del todo contra natura.

Las obligaciones lo llevan a Wuhan muy a menudo desde entonces. Esta vez, el periódico lo ha mandado ahí para que escriba varios artículos sobre el equipo de la OMS que pasará varias semanas en el foco inicial para, ojalá, resolver los interrogantes que siguen teniendo al mundo en vilo —y, ya de paso, para desmentir teorías conspiranoicas—. Lucas, como el resto de periodistas, está deseando que alguno de esos trece virólogos, veterinarios, epidemiólogos y expertos en seguridad alimentaria le susurre algún secreto que grite en los titulares, pero en el fondo sabe que no habrá respuestas rotundas.

Más que los periodistas internacionales, son los wuhanianos quienes anhelan un notición que los exculpe. El jefe del equipo de expertos chinos encargado de investigar el coronavirus en la ciudad sigue erre que erre con que el virus posiblemente llegara a través de productos congelados extranjeros —que si de Brasil, que si de Alemania— y presenta las suposiciones como pruebas fehacientes que el pueblo se cree —se quiere creer, porque ha habido tantos contagios, tantos muertos por nuestra culpa…—. Aunque el principal experto de la OMS se muestra escéptico ante tal dudosa contingencia, a Lucas, por un lado, le gustaría que el virus no hubiera surgido aquí. Lleva un año entrevistando a sus gentes —lo que cuesta, joder: de cada cincuenta, tres hablan inglés y solo uno está dispuesto a soltar la lengua— y el sentimiento general es de flagelo. Fuera del país, pocos sabían de la existencia de esa ciudad con tres mil quinientos años de historia y diecinueve millones de habitantes, pero ahora todo el mundo la conoce e, inevitablemente, la estigmatiza. Qué pena le da.

Y qué desconocimiento hay, qué diferencia con el resto del planeta: actualmente, no existe ciudad más segura que Wuhan. Los continuos controles tienen una efectividad tal que llevan desde mayo sin ningún contagio. En todo el país, de hecho: en cuanto hay una ligera sospecha de brote, se hace una PCR a todos los posibles infectados y aquí paz y después gloria. Hace nada, en Pekín se realizaron pruebas a diecisiete millones de personas en una sola semana y se confinó a quien fue necesario y listo. Mientras el mundo sigue confinado, en China todo parece sumirse en la vieja normalidad: las discotecas están a rebosar, cuesta encontrar una mesa libre en los restaurantes, las calles presumen de algarabía en los albores de las celebraciones del Año del Buey y solo hay obligación de llevar mascarilla en el transporte público.

Lucas lleva todo el santo día en la sala de la rueda de prensa. Han soltado cuatro chorradas, pero nada concluyente ni revelador. No cree que digan nada más a este paso. Tiene hambre: será más productivo ir a cenar, e incluso quizás charle con alguien por el camino. Eso quiere él: calle, calle, calle, nada de declaraciones oficiales y rollos burocráticos. Seguro que saca más chicha de una tendera, de un mendigo o de una doctora que de esos mandamases de la OMS. 

Sale a la niebla y se ajusta bajo el cuello de la chaqueta el fular celeste, ese símbolo de identidad de Lucas que le resalta la mirada, ya por sí sola intensificada por las pobladas cejas. Busca restaurantes en el móvil: qué de opciones en comparación con enero de 2020. Entonces solo pudo encontrar abierto un sitio donde vendían una especie de sándwiches de atún, jamón york y maíz envueltos en una capa de queso caramelizado. Después de días a base de almendras y bolas rellenas de pasas y una cosa rara pegajosa y dulcísima, aquellos sándwiches que no hacían justicia a la gastronomía de la zona le supieron a gloria. Esa tiendita y el Starbucks de Jianghan Road lo mantuvieron con fuerzas, además de un desayuno que le ofrecieron en el hotel un día suelto. Como no le corroe precisamente la nostalgia culinaria por esos singulares sándwiches, busca un restaurante en condiciones, algo cerca con una buena puntuación en Baidu. 

Hay uno con buena pinta a veinticinco minutos. Escribe a sus dos amigos, cámaras para otros medios españoles, y les propone reunirse allí. Decide caminar. Ya recorrió la ciudad bastantes veces en bici en su momento y ahora parece otro lugar completamente distinto, lleno de un tráfico loco y de peatones que se le cruzarían sin parar. No le apetece nada pedalear en esas circunstancias, con lo fácil que resultaba antes circular por las calles vacías. Qué momentos de incertidumbre: los medios ya empezaban a hablar de coronavirus pero sin cifras concretas, se acababa de descubrir que se transmitía entre humanos, #EscapeWuhan era el hashtag más popular en Weibo y los taxis solo transportaban a gente con síntomas y necesidad de ir al hospital. Aquella pesadilla se trataba del escenario perfecto para alguien llevado siempre por la intrepidez: Lucas aprovechó las bicicletas de alquiler baratísimas repartidas por toda la ciudad e iba de un hospital a otro en bicicleta, incluidos los improvisados en polideportivos y estadios, donde ingresaban a personas que habían dado positivo pero que no presentaban síntomas graves. 

Por supuesto, también acudió varias veces al colosal mercado de mariscos de Huanan, donde parecía haber empezado todo, con cincuenta mil metros cuadrados de carpas, tenderetes, casetas, callejuelas, aparcamientos, bloques de casas y venta de todo tipo de especies más o menos exóticas, vivas o muertas, en las partes más ocultas de la zona este. Con todo precintado y cerrado, un par de comerciantes que esperaban en fila para recibir un subsidio del gobierno de diez mil yuanes por las pérdidas ocasionadas por el cierre le hablaron del Viejo Fantasma, un hombre de setenta años con un puesto de frutos secos junto a un charco permanente de desechos de ciervo que jugaba todas las tardes a las cartas con otro anciano que vendía pato congelado. El Viejo Fantasma había fallecido hacía unas semanas de esa rara neumonía —¿quizás la primera víctima?; ay, lo que habría dado por entrevistarlo—, y su lúdico compañero seguía hospitalizado. No le dejaron hacer fotos (y le pillaron y obligaron a borrar las que tomó a escondidas), pero las imágenes del desamparo se le quedaron grabadas para siempre: sentía que se encontraba en una película de terror de serie B, en una ciudad gris y húmeda en medio de China, con millones de personas protegiéndose con mascarillas de una contagiosa enfermedad que se expandía más y más y que salió de ese mercado donde cuentan que no sólo se vendían mariscos, sino también desde cocodrilos hasta pavos reales, pasando por ranas, serpientes, erizos, puercoespines, tejones, lobeznos, murciélagos, gatos, venados, ratas, zorros, burros, conejos, perros y patos.

Le encantaba todo: se sentía vivo y enérgico a pesar de la falta de comida, de las horas de pedaleo en las calles vacías, de los mensajes de preocupación que le mandaban a diario su madre y su abuela. Si alguna vez le invadía la morriña, se la borraban de un plumazo las campanas de la iglesia de Hankou, que rompían cada día el silencio del anochecer y le regalaban un eco hogareño que su cuerpo agradecía al invadirle una sensación de cobijo abstracta pero real. 

Y, si no, siempre podía recurrir a TanTan para acurrucarse en un artificioso calor humano. Usar el Tinder chino en Wuhan le trajo consecuencias inesperadas: tuvo un par de citas sosas con chicas sin demasiado miedo a la extraña neumonía, en las que el recién llegado todavía sucumbía al impulso de los dos besos y enrarecía el encuentro desde el primer instante. Una de las citas salió tan mal que su té seguía caliente cuando ella se marchó tras balbucear una excusa mal elaborada. Asumió que no encontraría el amor en ese lugar, pero al menos estableció lazos informativos con gente de a pie —le resultó más satisfactorio aprovechar la tesitura que echar un polvo de una noche, para qué nos vamos a engañar—. Aunque varias mujeres lo bloquearon en cuanto soltó palabras como «Hong Kong», «democracia» o «mala gestión del alcalde de Wuhan», consiguió sonsacar mucha información útil que humanizaría sus crónicas.

A sus veintiocho años, se sabía invencible. Más que darle miedo, lo desconocido siempre lo ha atraído, no tanto por la edad, sino más bien por su condición de periodista hasta la médula. A Lucas siempre le ha podido el deseo de estar en el meollo de la cuestión y desvelar todo lo posible. ¿Cómo evitarlo? No hay remedio contra lo connatural: su primer encuentro con la adrenalina informativa está fuertemente arraigado en sus recuerdos fetales, cuando su madre, Raquelita, embarazada de seis meses, fue en moto a cubrir un atentado terrorista de ETA en Madrid donde murieron dos agentes del TEDAX al desactivar un paquete bomba, y a Lucas le latía el corazón a toda velocidad aún dentro de la joven periodista.

Al caminar por Wuhan, Lucas analiza una vez más la urbe más denostada del último año: la sempiterna niebla baja y espesa, ese aire industrial y amplísimo río. No le encanta, la verdad, pero le tiene un cariño especial y le asombra lo normal que es todo. Tras unos pocos meses en paréntesis, el paisaje chino ha vuelto a su estado natural, verdaderamente inalterable: las mujeres salen a la calle con parasol para que su piel permanezca lo más clara posible, los hombres ya lucen cuerpazo con el llamado «bikini pekinés» —la camiseta remangada y la barriga cervecera al aire— y toda la gente escupe sin cesar —pareciera que más incluso que antes, japú, como si quisieran compensar los meses en que la saliva era infecciosa, japú, japú, como si se les hubiera acumulado, japú—.

Lucas llega el primero al restaurante y aprovecha para hablar por vídeo un ratito con su novia, Yuan Yuan (o Lucrezia, según su sobrenombre occidental), que lo extraña desde el apartamento que comparten en Pekín. Cuando llegan sus amigos, hablan de cosas mundanas —por favor, nada de actualidad ahora, me importa un comino todo— y beben a escondidas baijiu, un licor de arroz y soja con más de 60 grados que camuflan en botellas de agua: hoy saldrán un rato por un antro donde ponen reguetón y sirven cócteles raros y hay que ir calentando motores. Lucas siente el aire cálido de un hombre que está comiendo justo detrás de él y le eructa cada dos por tres en el cogote. Lo comentan los amigos en voz alta, aprovechando que nadie los entiende, y se ríen. Aunque viviera ahí el resto de sus días, no cree que se acostumbrara nunca a los modales chinos: se cuelan en la fila siempre que pueden, le escupen un día sí y otro también en los zapatos, le llenan la nuca de vientecillos en los restaurantes… Sin embargo, admira muchas cualidades de la cultura: la generosidad colectiva, la devoción hacia los mayores, la responsabilidad cívica, el sentido común y la hospitalidad una vez abren las puertas de sus casas. Igual sí podría vivir ahí muchos años. Quién sabe: tiene trabajo, pareja, está aprendiendo chino y le encanta la comida. Quién sabe, quién sabe.

Aún tiene que exprimir más su puesto. Cuando el periódico lo mandó como corresponsal del este de Asia, le hacían los ojos chiribitas al pensar en cubrir algún gran acontecimiento o catástrofe y seguir la estela de sus padres. Algún tsunami o terremoto en el Sudeste Asiático. O Kim Jong-un y Trump de retiro romántico en un spa de lujo norcoreano. O una robot sexual explotada que asesina en serie a pervertidos japoneses. Se le ocurrían mil cosas y ahora no puede salir de China, porque tardaría meses en que le dieran permiso para volver a entrar. Sí, claro, lo del coronavirus ha sido bastante emocionante, pero ya hay poca chicha y, en lugar de plantarse en el cogollo de todo, de momento se tiene que conformar con narrar acaecimientos como el golpe de estado en Birmania desde su oficina de Pekín, como un plumilla de poca monta.

Los amigos pasan un par de horas en la discoteca y se sienten afortunados, porque en España no podrían desfogarse de esta manera. Si lo piensan (si lo cuentan), todo les parece raro, pero esa es su realidad: beber, bailar, ligar como si nada.

Lucas vuelve al hotel y, al atravesar el umbral, Gao Hi sale de las profundidades (del suelo y del sueño) y teclea en su móvil un texto que repite en otro idioma el traductor:

«Demasiado tarde. Estamos de vacaciones.»

Lucas suelta una risotada exangüe y, como sospecha que Gao Hi quiere decirle otra cosa, seguramente nimia, se dispone a despedirse sin más; pero, antes de volver a su camastro tras el mostrador, el recepcionista lo interrumpe. «Any news?» pregunta Gao Hi, esperanzado, con su propia voz humana. Noticias hay —siempre hay noticias—, pero Lucas sabe que Gao Hi quiere absolución, así que el huésped le clava los ojos azules compasivamente y sacude la cabeza, con su característica sonrisa picarona de medio lado, que lleva meses sin esconderse detrás de una mascarilla.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Solitas

Los asistentes, como no podía ser de otra manera, se entusiasmaban. El predicador, hijo de predicador, seguía predicando, y la ovación y las lágrimas se entremezclaban en la emoción indecible de un sermón interminable. Te mentiría si te dijera que en algunos momentos no me contagié de la alegre intensidad divina. Yo, la atea por antonomasia, cuyas convicciones acérrimas casi se derrumban por el efecto de esa gloriosa comunidad, en la que cantábamos y bailábamos el gospel, nos sonreíamos en cada cruce de miradas, nos recitábamos versos sacro-amorosos agarrándonos de las manos.

Tenías que haber visto sus caras. Sonreían sin parar, porque [se creían que] Dios los guardaba; cantaban, bailaban, alabado sea el Señor, se daban las manos, nos dábamos las manos, cantábamos. Yo no repetía las palabras del predicador, pero si lo hiciera, alabaría a la Señora: esa abogada que te está ayudando en el camino hacia la justicia. Por primera vez me olvidé de todo lo que no estaba entre esas cuatro paredes.

Es por eso que casi creí en Dios(a) en aquel edificio destartalado de Brooklyn. Huí hasta allí porque Manhattan me dolía demasiado: los rascacielos, que siempre me han apasionado, se me dibujaban como

F F F

A A A

L L L

O O O

S S S

Y los cuadros de Frida representaban tu lucha (nuestra lucha, qué carajo).

Y la calle Mercer me recordó a cuando Ana Mendieta se

«C

A

Y

Ó»

del piso 34.

Y aún no hay estatuas con nombre de mujer en Central Park.

Y el edificio Dakota cobija a una Yoko Ono culpabilizada, invisibilizada, ninguneada.

Y.

Me habría encantado llamar a tu abogada a ratitos, para que nos hiciera justicia a todas (a todas: a las del presente, pero también a las del futuro y, ojalá todopoderosa, a las del pasado): una Diosa justiciera que nos vengue por los crímenes acometidos durante siglos y siglos. Quiero que esa Abogada sea nuestra Señora, nuestra Diosa, y que en el juicio consiga castigar a ese diablo que decidió dañarte, hijo de un sistema que es el mismo Diablo, lleno de diablos juzgados por diablos que arguyen estratagemas para perpetuar sus diabluras.

Pero, querida sobrina, no solo pienso en ti en los momentos negativos, no te creas. Brooklyn se convirtió en mi refugio desde que vi The Dinner Party, y te quise a mi lado más que nunca.

Sojourner Truth.

Sacajawea.

Anna van Schulman.

Christine de Pisan.

Etceterísima.

Solo Diosa conoce el martirio de aquellas mujeres, con las que Judy Chicago hizo {algo de} justicia. ¿Tú ya la has visto, Gabriela? (Pese a tener solo dieciséis años, has conocido tanto que ya me pierdo.) Algún día la disfrutaremos juntas: esta comunidad de bellas representaciones de vaginas nos aliviará un poquito el suplicio, aunque no cantemos tanto ni tan bien ningún Gospel.

Y fue justo después cuando entré a aquella iglesita guiada por los cánticos que resonaban desde el exterior, aunque no conseguí aguantar toda la arenga: el tonito sermonario logró desquiciarme. Esa gente se refugia para escapar de un exterior donde la policía dispara según el aspecto físico; pero al final es una ficción: un lugar tan resguardado y tan sagrado como en el que te pasó a ti todo eso. Y sentí que me ardían los pechos y tu carita se me apareció con fuerza y me dijiste que me fuera, que era mentira, que ningún lugar es seguro, que era mentira, que ningún lugar es seguro, todo mentira.

La lluvia de fuera me llenó las gafas y los pensamientos de gotitas. «Gabriela, Gabriela», pensaba. «¿Cómo estarás, Gabriela? ¿Estás en un lugar seguro? ¿Hay algún lugar seguro? ¿O has dejado de creer en ellos?». Y pensaba en la Diosa y deseaba con fuerzas convertirme en su predicadora y quería que te ayudara.

Me noté de repente una acuciante humedad en la entrepierna: inevitablemente, la sangre había invadido mis bragas y mis leotardos. Oh, no: el vestido bermellón se había teñido de un rojo más fuerte. ¿Y la silla? Le rogué vehementemente a Diosa haber dejado un asiento libre de menstruación.

Casi llamo a Roger para anular la cena en Manhattan porque desbordaba sangre, pero se me apareció tu carita de nuevo, Gabriela, y me regañó por dejar que una manchita de nada me arruinara los planes de la última noche neoyorquina.

El lavabo de Roger y Beatrix estaba averiado. {Mecagüen Diosa.} Los juguetes de su nena yacían desperdigados por la bañera. Beatrix me dijo que usara el fregadero de la cocina, hasta arriba de cacharros. Ella habría entendido perfectamente lo del desbordamiento, pero no quise molestarla más: ya tenía bastante con el catarro, el embarazo complicado y la nena saltándole sin tregua alrededor. La maniobra con la copa siempre implica manos ensangrentadas, y no estaba dispuesta a lavármelas ni sobre los dinosaurios de goma en la bañera ni sobre los platos apilados de la familia. Una vez más en mis veinte años menstruando, tuve que improvisar una compresa con papel higiénico y, por si las moscas, me senté en el suelo para no manchar ningún tipo de tapicería.

Insistí en partir, porque Beatrix tosía sin parar y se quejaba del tripón —y porque quería cambiarme—, pero nos costó arrancar. Tú te habrías puesto de los nervios: mientras Roger hablaba y hablaba, Beatrix atendía la nena y fregaba los platos sucios, a pesar del nefasto catarro y de aquel feto que llevaba meses presionándole los nervios. Yo intentaba distraer a la nena, pero lo único que la atrajo hacia mí durante más de diez segundos fue aquella torre de peluches que me dio por hacer y que más bien parecía una orgía animal.

Tuve que limpiar el suelo con disimulo y con saliva antes de marcharnos. (Siento ser un ejemplo desesperanzador; tú eres más organizada: ojalá consigas aprender a controlar mejor el sangrado.) Llegamos por fin al restaurante y bajé al baño ipso facto, augurando un paraíso de pulcritud, váteres y lavabos, pero había una de esas personas que te echan jabón y te abren el grifo y te dan toallas con la cabeza gacha, como si una tuviera muñones o como si una estuviera a favor de la servidumbre. Me cambié el pañalcompresapapelhigiénico y no me hurgué en los adentros para extraerme la copa, vaciarla y ponérmela de nuevo. ¿Qué iba a hacer, Gabriela? ¿Ir con las manos ensangrentadas para hacerle pasar un mal rato a esa pobre criada a la que ni le dejé una propina? (Como siempre, no tenía ni un puñetero dólar en el bolsillo.) Para disfrutar de la cena, aposté por apretar los chacras y no beber tanta agua, como si tales trucos de pacotilla funcionaran.

Pero eso no fue lo peor que me ha pasado en el viaje, Gabriela: ayer en Central Park, una muchacha argentina me pidió que le sacara una foto. Por intentar entablar una conversación, le pregunté si había venido solita a Nueva York. Solita. Yo también viajaba sola, pero quedó fatal. La argentina me transmitió el desdén que merecía con los ojos —«¿le dirías a un tipo si vino solito?»— y se despidió rápida, abruptamente. Por primera vez, no quise que estuvieras a mi vera, porque te habría avergonzado (la ensoñación de tu carita se me apareció, claro, sonrojada).

Luego deambulé por el East Village con la ensoñación de tu carita persiguiéndome. Se me hace inevitable: en cada esquina plañidera me imagino tu pena y tu rabia y tu dolor y tu impotencia y no puedo parar de pensar en ti y no soporto la impotencia ni el dolor ni la rabia ni la pena que me inundan. Me sentía completamente minúscula y ninguneada: decidí parar, respirar, mirar al cielo y escuchar música, en otro de los tantos intentos de abotargar mis pensamientos. Pero de repente saltó Sunshine of Your Love y tu dolor se mezcló con mis propios recuerdos. A mí no me pasó en el grupo de la iglesia, como a ti, sino en el portal de mi casa. Sí: a mí también me violaron, Gabriela. Y también me sentía culpable. Y también conocía a mi agresor: era mi novio. Me llevó a casa un día que me emborraché demasiado y, a cambio, me forzó antes de morir en mi habitación, porque me lo estaba pasando muy bien con mis colegas y no me puedes decir que no, porque he tenido que pagar un taxi para ir a buscarte, no me puedes decir que no, porque cómo me vas a dejar así, no me puedes decir que no, no me puedes decir que no, NO ME PUEDES DECIR QUE NO. Fue él quien me pasó esa canción, que aún conservo en mi colección de música, y que siempre me recuerda (in)conscientemente a él y a su fuerza.

Aquel hombre que se masturbó en el vagón vacío del túnel de metro más largo del mundo nunca me pasó ninguna canción, así que solo se me asoma en los recuerdos cada vez que estoy sola con cualquier hombre en cualquier vagón de cualquier metro de cualquier mundo. Tampoco tengo ninguna canción que me recuerde a aquel compañero de clase en el instituto que me estampó contra el muro cuando rechacé ser su novia, porque no puedes ser tan simpática conmigo si no quieres nada más. Alguna canción en francés me recuerda a veces a David, quien rompió mi televisión a golpes al darse cuenta de que las únicas opciones pornográficas estaban codificadas. Y no es una canción, sino la sidra, la que me recuerda a aquel desconocido que me agarró una teta cuando me sujetaba el pelo mientras vomitaba. Por eso me dolió cuando me dijiste que había sido tu culpa, Gabriela, porque nos hacen pensar que siempre es nuestra culpa, incluso cuando no hacemos nada. Está muy bien tramado, ¿verdad? Al menos tú lo has denunciado, Gabriela, no como yo, que no he hecho nada y ya no creo que lo pueda hacer.

Dice la canción que voy a estar pronto contigo, mi amor, que llevo mucho tiempo esperando, que estoy contigo, mi amor, sigue, los dos solos, que voy a quedarme contigo, cariño, hasta que se me sequen los mares. No me explico por qué sigo conservando Sunshine of Your Love. Le Tigre, Ana Tijoux, Excuse 17 y las demás me empoderan, pero me olvido masoquistamente de borrar las canciones hirientes. ¿Será porque recordar las heridas pretéritas nos hace más fuertes?

Las cicatrices nos hacen más cautas, desde luego.

Y entonces entendí que mi ex era otro predicador más que tergiversa la Palabra {de Cream}, cuya letra dibuja en mí una cicatriz imborrable; que ellos, los violadores, o se dejan llevar por el Diablo —y por Dios— o son el Diablo —y se creen unos todopoderosos—, y en cualquier caso merecen ser castigados; que nos han violado y nos violan, pero que en algún momento del futuro no nos violarán nunca jamás, Gabriela, ya lo verás: las violaciones no serán nada más que parte de la historia macabra perpetuada por el Hombre [Hombre como sinónimo de hombres, no de Humanidad]. Alabada sea Diosa, diremos. Alabada sea la Señora.

Mi cadena de pensamientos se desviaba sin cesar, irremediablemente, hacia la argentina solita y Beatrix —que también estaba solita—, porque así evitaba acordarme de tus horrores, Gabriela. Aquellas mujeres tan solitas seguramente también sean las sobrinas de alguien. Y yo, yo también estoy solita. Y tú, Gabriela, también estás solita. Todas estamos solitas cuando estamos solas, pero tenemos derecho a estar solas y nos gusta estar solas y nos merecemos poder estar solas. Y nos tenemos las unas a las otras, que no se te olvide: nunca estaremos solas cuando nos necesitemos.

Vuelo en un rato a casa. El ~juicio final~ es la semana que viene —y quizás se celebre antes de que te llegue esta carta: el correo ordinario se me antoja mucho más romántico—. Ante todo, te pido que cruces los dedos, Gabriela: cruzar las piernas nunca nos sirvió de nada.

[Solitas fue el cuento más votado
del concurso XII Premio Joven de relato corto El Corte Inglés
del Club de escritura Fuentetaja]

Enigma

[Read story in English]

Kawa maúlla mantras desde fuera de la puerta mosquitera y Akiko entrelaza los miaus que le regala el presente, kan-ze-on, na-mu-butsu, y entona los cánticos que lleva repitiendo cada mañana antes del amanecer durante más de treinta años, yo-butsu-u-in, yo-butsu-u-en, con una concentración arraigada en la práctica, bup-po-so-en, jo-raku-ga-jo, una estricta disciplina, cho-nen-kan-ze-on, bon-nen-kan-ze-on, y una energía más propia de una chavala que de una septuagenaria, nen-nen-ju-shin-ki, nen-nen-fu-ri-shin.

El amanecer hawaiano revela poco a poco el exuberante verdor y los grillos y las ranas que llevan toda la noche de cháchara dan paso a los pájaros, que no descansarán la garganta hasta que no caiga el sol. Akiko adora ese silencio lleno de melodías que compone su hogar y lo saborea durante unos instantes antes de comenzar la jornada.

Lleva un par de días con una preocupación recurrente que se le aparece incluso durante la meditación —una es humana, qué le vamos a hacer—: ha de resolver el conflicto del shi-shi antes de que se derrumbe la casa más grande de toda la hacienda, ese lugar donde antaño convivían nueve o diez trabajadores de las plantaciones de azúcar de Hakalau y que seguro que tenían menos roces que estos cuatro patanes de vida y llanto fáciles.

Akiko acepta el enredo con la paciencia aprendida de la filosofía budista y, sobre todo, con la experiencia de alguien que lleva tres décadas gestionando su negocio y recibiendo a blanquitos quejumbrosos en su propiedad. Empezó allá por los albores de los noventa, con un conocido que le pidió alojamiento a cambio de un puñado de dólares y Akiko durmió en el suelo y le ofreció su propio futón y un delicioso desayuno y con el dinero compró otro futón y luego una cama y otra y después apañó la casa de los trabajadores del azúcar y más adelante construyó las cabañas en el jardín trasero y acabó por dedicarse a arreglar todo el pueblo. Ese pequeño imperio en medio de la selva del que está orgullosa ahora lo pone en entredicho un tipo que lleva meses alargando la estancia en la casa porque «no es seguro buscar piso con la que está cayendo» y que se niega a proyectar los orines en el ángulo correcto o, al menos, a limpiar el shi-shi que invade el suelo sin decoro. Encima, la novia de aquel mequetrefe se ha tragado sus falacias. Ayer, la pareja le entregó una lista con las horribles fechorías de sus compañeras de casa pormenorizadas: “21/12/2020, 8:37 – Cuchillo con restos de mermelada de frambuesa en el fregadero, sin lavar”; “21/12/2020, 14:46 – Tres migas de pan anómalas, probablemente integrales, en el ala sureste de la encimera, consecuente hilera de hormigas nueva”; Akiko pasa las páginas impacientemente, “26/12/2020, 15:04 – Rollo de papel casi terminado, con 1,5 cuadrados restantes, y sin el próximo listo sobre la tapa del váter, según las pesquisas”; etcétera, etcétera, etceterísima. Akiko susurró una de sus coletillas («Intrigante…»), pero no se lió a mirar con detalle aquellas páginas y páginas de tinta emborronada, claro, porque una tiene poco tiempo y mucho nervio y porque, a decir verdad, la caligrafía del meón deja mucho que desear y no merece ni medio minuto. Si llega a verle la letruja antes de alquilarles la habitación, bien sabe Buda que ella no estaría aquí y ahora pasando por este embrollo. 

Esa lista ha sido lo que faltaba para terminar un año lleno de dificultades; y todo porque las chicas le dejaron una nota al tipo pidiéndole que no meara fuera del váter y el cuarentón se indignó hasta límites insospechados, alegando que su mamá le enseñó en su momento a hacer sus cosas correctamente. Al crecer con su madre y cuatro hermanas, ¿acaso no crees que sabe todo lo que hay que saber sobre menesteres urinarios en un baño compartido? Por qué va a ser él quien apunta fuera, sostiene la novia, como ignorando que el resto de la casa alivia las vejigas en posición sentada. El grandullón incluso llamó a su mamá para informarle sobre la opresión a la que su niño se estaba viendo sometido, y ella simplemente estalló en una carcajada, lo cual prueba irrefutablemente que hay imperfecciones en el diseño del inodoro. Y puesto que no hay pruebas fehacientes de que esos orines provengan de él, se niega a limpiar el suelo, con lo mal que tiene la espalda, y huele todo a meado y las chicas, de apenas veinte años, se ven obligadas a someterse a los mandatos fálicos y fregotear a cada rato las baldosas húmedas y pestilentes.

Qué manera de acabar este inolvidablemente extraño 2020 en que Akiko ha sufrido ya bastantes cambios, con lo que a ella le gusta la rigidez de la rutina: primero tuvo que dejar de acoger a huéspedes durante unos meses —como si se pudiera permitir afrontar tanto gasto ella sola—; luego empezó a recibir gente como a escondidas, forzando cuarentenas e invitando a cada persona recién llegada a evitar obligatoriamente el camino que da a la carretera y usar un atajillo con una inestable escalera oxidada para moverse de un lado a otro de la inmensa hacienda, para no levantar las sospechas de los vecinos, que andan con la mosca detrás de la oreja y el ceño permanentemente fruncido. Después de tan solo tres décadas aquí, para algunos ella aún levanta sospechas y no es más que una extraña de Oahu que solo trae a más forasteros con excéntricas costumbres.

Todo este panorama la abrumó hasta tal punto durante las primeras semanas, que había días en que desoía la alarma a las 4:44 de cada mañana para levantarse y meditar, y su compañero fijo de la práctica ancestral tenía que despertarla retorciéndole con ternura el dedo gordo de un pie. Gracias a él, la mujer pudo mantener el ritmo tambaleado por la pandemia.

Pero hay algo que le duele más que nada: tener que renunciar al festival de mochis que lleva celebrando en su casa más de veinte años, que atrae a más de seiscientas personas en cada ocasión, tanto de esta isla como del resto del archipiélago y que aparece en toda buena guía de viajes que se precie. Cómo le gustaría machacar el arroz con su familia espiritual para elaborar el dulce desde las cinco de la mañana, preparar adornos florales, charlar con las pitonisas y las vendedoras de frutipán y poke que nunca fallan, escuchar a los más ancianos narrar historias sobre la plantación, agarrar el micrófono para hacer reír a su ávido público con cualquier chorrada que se le pase por la mente, en su salsa, en su día, en su hacienda, menearse al ritmo de los tambores japoneses y recaudar dinero para la preservación de los cementerios, la escuela, el pueblo, su legado. Extraoficialmente, Akiko es la alcaldesa de Wailea. No, no: la reina de Wailea.

Extraña el maravilloso festival de mochis, pero acepta el cambio estoicamente y no se aferra más de lo necesario a la melancolía, sino que se centra en el osoji, la tradición japonesa de limpiar a fondo durante los últimos días de diciembre para recibir cada año nuevo con la pulcritud emocional que se merece. Empezará por el jardín. Ya se ha cambiado el kimono de la meditación por su atuendo de diario —ropa ancha y ajada, pañoleta a la cabeza con una flor amarilla enganchada, la larga melena recogida en un moño y un sombrero de paja encima—; y coge la motosierra firmemente para despedazar la palmera que anoche derribó el viento y que ahora obstruye uno de los caminos de tierra. Akiko sabe que en realidad mide uno noventa y pesa ochenta y cinco kilos de puro músculo y se sorprende cada vez que el espejo se inventa la imagen de un alfeñique de metro y medio. 

La reina de Wailea lleva veintisiete años sin pisar una consulta médica —lo cual achaca a su dieta vegetariana y las sesiones de acupuntura y los masajes mensuales— y saca fuerzas no solo para ocuparse de su casa, sino que, lideresa innata, organiza encuentros para limpiar anualmente el templo del pueblo e ir cada mes a sacar hierbajos de dos metros y restaurar los cementerios budistas que se esconden en cada rincón de la isla. Agradece especialmente el último encuentro del año, que coincide con la tradición del osoji, y que, al ser al aire libre, sí ha podido mantener a pesar del coronavirus. 

Rodeada de los gallos y gallinas que han salido a pasear bajo la sombra de las palmeras, Akiko transporta el tronco despedazado en la carretilla, se dice que le pedirá al fontanero que venga esta misma tarde y deja de pensar en ese zoquete que ya debería ser mayorcito como para haber aprendido a hacer shi-shi como Buda manda.

Sus huéspedes favoritos son, desde luego, las mujeres de mediana edad divorciadas, como las dos que se alojan actualmente en la parte de la propiedad donde vive Akiko. Las mujeres que salen victoriosas de un matrimonio atroz se llenan de una fuerza desmesurada y se saben sacar las castañas por sí mismas, sin lloriquear a cada rato porque la puerta de la habitación no cierra, el wifi no va o Zutanito está ocupando toda la nevera. Independiente e imparable, Akiko se ve reflejada en ellas y comparten energía: no hay mujer más fuerte que la que no depende de un hombre. Si solo alquilara habitaciones a mujeres divorciadas, podría vivir la existencia zen en la que se enraíza su ser interior y, desde luego, no tendría que preocuparse de si hay o no shi-shi fuera del váter.

Toca las campanas con gratitud y aloha por todos los ancestros de Wailea y para atraer a su cada vez más numerosa manada felina, que está entrenada para saber que el tañimiento es sinónimo de boles con comida reciente. Kawa, esa bola gris que maúlla casi con lamento, acude siempre el primero y es un pozo sin fondo. Se dice que por estas criaturas ella ya no viaja, pero en realidad no lo hace porque su alma está adherida a las ramas del árbol de aguacate que ocupa parte del jardín trasero y que la despierta cada madrugada con la caricia de la fragorosa caída de sus frutos sobre el tejado de latón.

Hace un par de noches no la desveló, sin embargo, el rugido volcánico de la diosa Pele, que llevaba dos años dormida y cuya furia inesperada vino acompañada de escupitajos de lava de hasta ciento veinte metros de altura y de la vaporización de un lago entero en un mísero segundo. El grito divino recorrió sesenta y cinco kilómetros para llegar a Wailea en forma de un terremoto que hizo vibrar las ventanas. Akiko mantiene las costumbres de sus ancestros por el respeto que merece la sangre que le corre por las venas, pero, al ser hawaiana de tercera generación, conoce de sobra los antojos de fuego del volcán Kīlauea cuando le da por erupcionar un poquitín y ni pestañea. 

El fontanero, un imperturbable y lacónico hawaiano, llega a la hora acordada porque sabe que Akiko valora la puntualidad. Otea el váter con pachorra y en silencio durante unos instantes y, confuso, le pide explicaciones a Akiko. La mujer corre a la cocina y llama a las chicas, honey, honey, les dice, es la hora del Congreso del shi-shi, y acuña la expresión con total naturalidad, sin pensar que esas californianas que se están resguardando del virus en las islas quizás no sean muy duchas en terminología hawaiana-japonesa. La siguen algo perplejas y se despejan de dudas al llegar al baño y vislumbrar al fontanero. «Por lo visto hay un problema con el váter, pero yo no entiendo muy bien cuál es. ¿Se lo podéis explicar vosotras a este buen hombre?». Les encantaría decir directamente que, bueno, que el problema es muy sencillo, que a su compañero de casa parece no importarle si atina o no en la taza, pero su amabilidad gringa les agarra la lengua y las bloquea. Afortunadamente, la pareja, siempre al acecho desde el dormitorio, hace su aparición con prepotencia y las chicas les ceden el turno de palabra. Explican que ese váter o está mal diseñado o se ha roto, que salpica lo use quien lo use y que el pis rebota y rebosa entre la taza y la tapa y mancha así en suelo y que han comprado un váter de repuesto de segunda mano para que el fontanero lo cambie, que está en el jardín trasero y que no tiene mayor complicación la cosa.

Akiko, con su energía habitual, se pone en acción, dispuesta a descubrir qué leyes de la física desafía este objeto. Llena un vaso de agua y lo destila para simular un shi-shi machuno cualquiera. Como no parece haber salpicadura perceptible al ojo humano, la mujer se tira al suelo de un brinco y se pone a palmotearlo sin dejar ni un solo centímetro sin inspeccionar, para el asombro de los presentes y la arcada contenida de las chicas, que saben de sobra todo el shi-shi que cae a diario por esos lares. Le pide al fontanero que compruebe el suelo con sus manos expertas, por si ella se ha dejado algo que revisar, pero el hombre se niega con elegante rotundidad y sin rodeos.

Los inquilinos comienzan a discutir sobre los misterios del suelo seco civilizadamente, pero poco a poco las voces se pisan y aumentan y el fontanero no sabe dónde meterse. El mártir de la micción defiende su honor a capa y espada y el debate va subiendo de tono. El fontanero se ampara en un rincón, queriéndose invisible. De repente, Akiko da dos palmadas autoritarias y el grupo enmudece al instante. «Dejadme pensar veinte segundos; veinte» ordena con el índice de punta y, de inmediato, la mujer entra casi en trance, sin importarle los diez ojos que tiene encima. La idea le viene de golpe, como en una revelación. Es brillante. Sí, sí, desde luego: brillante. ¿Cómo no se le habrá ocurrido antes? ¿Cómo han podido estar perdiendo el tiempo con vasitos y chorradas? En seguida resolverán el misterio y ella podrá dedicarle tiempo a asuntos que de verdad merecen la pena, como acariciar a Kawa.

«Honey», le dice al meón titánico —ella conoce de sobra el nombre, la edad y la profesión de cada huésped, pero siempre recurre a la misma fórmula para referirse a la gente—.  «Honey», repite, «tengo una solución: ¿podrías hacer shi-shi delante del fontanero? Así él podrá ver cuál es exactamente el defecto del váter y lo solucionará». Akiko lo dice con el rigor y el convencimiento con que guía las meditaciones; y solo el asombro paraliza la carcajada de las chicas, mientras que la novia y el fontanero no saben qué cara poner y quedan expectantes a la respuesta de ese grandullón que no tiene ni idea de cómo orinar y que ha quedado totalmente inmóvil, pero se puede ver con claridad que se está retorciendo por dentro. Finalmente, masculla con esa voz de barítono bobalicón tan suya que hace retumbar las paredes en una verborrea diaria incesante: «oh, ni en broma, ni en broma, me niego a hacer eso». Akiko no entiende el rechazo, tan convencida como estaba de su brillantez. 

Sin poder quitarse las miradas de encima, el malhechor de los inodoros intenta romper el silencio y se derrumba para darle paso al mea culpa: que bueno, que tiene que ir al baño tres o cuatro veces cada noche y que a veces nota como el pis le baja por las piernas, que está oscuro, que no se puede agachar, ni en broma, que no tiene porqué limpiarlo, que también le pasa lo mismo al resto, que por supuesto que no va a mear sentado porque eso es indigno y que sería injusto que solo él tuviera que usar el baño exterior, lo que además supondría seguramente espachurrar un par de babosas al salir a oscuras. 

Tamaña verbosidad patética empieza a diluirse entre los pensamientos de Akiko hasta convertirse en un zumbido y sale del ensimismamiento para cortar esa retahíla sin sentido con un agradecimiento seco, «mahalo, honey», y teletransportarse a otro lugar, porque es la hora de encender las velas y el incienso en los templetes que tiene repartidos por la hacienda y de hacer sonar las campanas para que coman los gatos de nuevo. 

Tras la sesión de yoga al final de la jornada, tiene las ideas más claras sobre cómo afrontar la situación. Si una se centrara en lo puramente económico, después de casi un año de pérdidas, lo más sabio quizás sería mantener a los inquilinos ignorando sus grados de patanería, pero Akiko está enraizada en el plano de lo inmaterial: respira y tiene la dicha de ser y estar. Y, como no necesita nada más, manda un correo al meón y su cómplice recomendándoles que para el mes que viene lo mejor será que busquen otro alojamiento con un váter que se adapte a sus necesidades. A 31 de diciembre, el osoji ha sido todo un éxito: Akiko ha terminado de limpiar su casa y está lista para el año nuevo.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Enigma

[Leer cuento en español]

Kawa yowls mantras from outside the screen door, and Akiko weaves in these meows bestowed upon her by the Eternal Now, kan-ze-on, na-mu-butsu, and intones the chants that she has recited every morning before dawn for more than thirty years, yo-butsu-u-in, yo-butsu-u-en, with deep concentration rooted in practice, bup-po-so-en, jo-raku-ga-jo, strict discipline, cho-nen-kan-ze-on, bon-nen-kan-ze-on, and an energy redolent more of a brash girl than a septuagenarian, nen-nen-ju-shin-ki, nen-nen-fu-ri-shin.

The Hawaiian sunrise reveals in fits and starts an exuberant explosion of verdure, and the crickets and frogs who have been gossiping all night cede to the birds, who will not rest their throats until the sun sets. Akiko loves this silence full of melodies that makes her home, and for a few stolen moments before the day begins, she pauses to savor it.

For a couple of days now, a niggling concern has been creeping to join her even in the meditation room — she is only human. A truce must be negotiated in the war of the shi-shi before it tears apart the big house, that ramshackle dwelling sufficient for a family of nine when the Hakalau sugar plantation was still active, but apparently too small for these four coddled oafs.

To the stoicism of Buddhist philosophy, Akiko adds the finely-honed patience of someone who has been managing her business and hosting querulous haoles on her property for three decades. She started back in the early nineties, when an acquaintance asked for accommodation in exchange for a few bucks, and Akiko slept on the floor to give him her own futon and a delicious breakfast and reinvested that money in another futon and leveraged that into a bed and then fixed up the plantation house and then built the cabins in the back garden and is now tackling remodeling the whole village. That little empire in the middle of the jungle that she is so proud of is now under assault from a dude who has been prolonging his stay in the house for months because “it’s not safe to look for an apartment with all this shit going on” and who refuses to make the effort to project his piss at the correct angle or at the very least clean the shi-shi that puddles obscenely in front of the toilet. On top of that, the girlfriend of that overgrown lolo has circled the wagons with him. Yesterday, the couple suddenly appeared with a clipboard with a dozen tightly-ruled sheets of paper and mutely presented it to Akiko. In confusion, Akiko glanced down at the pages, which it quickly became apparent contained a painstaking accounting of their housemates’ most lurid crimes: “12/21/2020, 8:37 AM – Knife with traces of raspberry jam discovered in sink, unwashed; “12/21/2020, 2:46 PM – Three anomalous crumbs, likely whole-wheat, detected on southeast countertop. Heightened ant activity.” Flipping impatiently, “12/26/2020, 3:04 PM – Left-side toilet paper roll contained only 1.5 remaining sheets, further search revealed no backup roll queued up on toilet tank,” etcetera, etcetera, etcetera. “Intriguing,” Akiko murmured to herself, one of her repertoire of factotum responses, but perused no more of the densely-inked pages, because one’s time on this plane is short and because, to tell the truth, this lout’s handwriting left a lot to be desired and was not worthy of any additional scrutiny. If she had set eyes on this crooked scrawl before renting the room to them, Buddha knows she would not be here now suffering through this. 

This unhinged list was the last straw in a year full of tribulations, a counter-barrage after the girls had left a note gently counseling him not to pee outside the toilet, leaving the 45-year-old sputtering with incredulous indignation at the sheer manifest injustice of it all before retorting that his mother taught him very well to take care of his business correctly. He’d grown up in a house with his mother and four sisters, so do you really think he could have survived ’til now otherwise? Why pin the blame on just him for bad aim, the girlfriend interjected, ignoring the inconvenient fact that the rest of the house relieved themselves sitting down. In fact, he’d even called his mother to report the persecution and vile accusations, and she’d merely cracked up laughing, which proved that the real culprit must be faulty toilet design. Since the urine is no likelier to be his than anyone else’s, he refuses to clean the floor, not with his bad back, so the rich bouquet of piss permeating the entire first story has forced the girls, barely twenty years old, to submit to phallic mandate, regularly scrubbing the moist, fragrant tiles. 

Akiko, who thrives under the rigidity of routine, has suffered through enough changes already this year: first she had to stop taking in guests entirely for a few months — if only her fixed expenses had paused as well — then she’d started receiving people on the sly, for long stays only, strictly enforcing quarantines and instructing each newcomer to use a rickety, rusting ladder instead of the path visible from the road to avoid the prying eyes of suspicious neighbors who prowl the town with engraved frowns. After only three decades here, to some she is still suspect, an outsider from Oahu bringing in a parade of strangers with outlandish customs. 

The whole situation had discombobulated her to such an extent in the first few weeks that there were days when she didn’t hear her alarm that rang at 4:44 every morning for meditation, and her one unflagging companion in this ancestral practice had to come to her room to wake her up by tenderly twisting her big toe. Thanks to him, she’d been able to cling to routine left tottering by the pandemic.

But one deprivation stings her more than anything else: having to cancel the mochi festival that she has been celebrating on her property for more than two decades, in recent years attracting more than six hundred people from the Big Island and from the whole archipelago, a fixture of more recent guidebooks. How she would like to gather with her whole spiritual ohana at 5 AM to crush the rice for the cakes, prepare floral decorations, chat with the fortunetellers and the breadfruit and poke vendors who never fail to appear, listen to the elders recount fading tales of the plantation, seize the microphone and hold forth on whatever subject crosses her mind to a laughing, appreciative audience, in her element, on her day, at her estate, shaking to the beat of Japanese drums, all while raising money for the cemeteries, the school, the village, her legacy. Unofficially, Akiko is the mayor of Wailea. No, no: the queen of Wailea.

She misses the wonderful year-end festival, but accepts the change stoically, releasing her melancholy to focus instead on osoji, the Japanese tradition of cleaning thoroughly in the final days of December in order to receive each new year with the emotional purity it deserves. It will start in the garden. She has already switched out her meditation kimono for everyday attire — loose, worn clothing, a scarf around her head with a yellow flower attached, long hair gathered in a bun with a straw hat perched on top of everything. She grasps the chainsaw firmly to rip apart the palm tree toppled by last night’s powerful gusts, now blocking one of the dirt paths. Akiko knows that she is six feet tall and 200 pounds of pure muscle, and she is astonished each time to see the tiny, thin woman that the mirror invents. 

The queen of Wailea hasn’t set foot in a doctor’s office in 27 years —why would she need to, with a vegetarian diet and monthly acupuncture and massage? — and she not only draws on her strength to take care of her house, but also, as a born leader, she organizes efforts to clean the town’s temple annually and to go every month to hack through the jungle and restore the overgrown Buddhist cemeteries hidden in every corner of the island. She is especially grateful for the last meeting of the year, which coincides with the tradition of osoji, and which, being outdoors, buffeted by the cleansing Hawaiian winds, she has been able to maintain despite the coronavirus. 

Surrounded by roosters and hens promenading in the shade of the palm trees, Akiko hefts the shattered trunk into her wheelbarrow, telling herself she will ask the plumber to come around this very afternoon so she can stop thinking once and for all about that puffed-up pissant who should be old enough by now to have learned to make shi-shi.

Her favorite guests are, without a doubt, divorced women in the assuredness of middle age, like the two currently staying in the part of the property where Akiko lives. These women emerge unbowed from atrocious marriages and are filled with an inordinate strength. They know how to change their own diapers, without whining incessantly that their bedroom door won’t stay closed, that the internet is slow, that their housemate is hogging the fridge. Independent and unstoppable, Akiko is reflected in them, and they share energy: there is no woman stronger than one who does not depend on a man. If she only rented rooms to divorced women, she could live the Zen existence of her true inner being and, of course, she wouldn’t have to worry about what proportion of shi-shi ended up in the toilet. 

She rings the bells in gratitude and warm aloha for the Wailea ancestors and to summon the ever-growing herd of cats, conditioned to know this clanging is synonymous with bowls of fresh food. Kawa, that immense gray mound whose meows seem infused with plaintive longing, always gets there first, his majestic stomach a bottomless pit. She tells herself that she has forsworn travel in order to care for these creatures, but in reality it is because her soul is tied to the branches of the avocado tree that towers over the back garden, waking her up every morning with the ringing caress of its colossal two-pound fruits on her brass roof.

A couple of nights ago, however, she alone had continued sleeping unfazed when the goddess Pele, after an unaccustomed respite of two years, had roared into alertness, spewing plumes of lava 400 feet into the air, vaporizing an entire lake in a fraction of a second, and rattling every window in Wailea, 40 miles away. Akiko maintains the customs of her Japanese ancestors because of her respect for the blood that runs through her veins, but she is also a third generation Hawaiian who knows all too well the Kīlauea volcano’s cravings for fire, so she doesn’t even blink an eye. 

The plumber, a stolid, laconic Hawaiian, arrives at the agreed-upon time because he knows that Akiko values punctuality. He unhurriedly examines the toilet in silence for a few minutes, then finally asks, “So, what is it that you want me to do?” Akiko heads to the kitchen and beckons to the girls. “Honey, honey,” she calls explosively, “it’s time for a shi-shi convention,” taking it as a matter of course that these two coronavirus refugees from California will understand this Hawaiian term of Japanese origin without further elaboration. Somewhat bemused, they follow her, but the import becomes clear as they are led into the bathroom and spot the plumber. “Apparently there is some kind of problem with the toilet, but I don’t understand it too well. Can you kids explain it to the plumber?” They would love to say straight out that, well, the problem is pretty simple — we’ve got a guy here who seems to regard a bathroom as a personal challenge to piss over the largest possible surface area, but politeness grabs their tongues and stymies them. Fortunately, the ever-attentive couple emerges self-importantly from their bedroom at that moment, and the girls are able to refer the inquiry to them. They clarify that the toilet is either badly designed or damaged, so whenever anyone uses it, the pee ricochets and manages to splash between the bowl and the seat, wetting the floor. Fortunately, they have managed to lay their hands on a second-hand toilet of more appropriate design which they have been conveniently storing outside the back door. The plumber need merely swap in this wonderful new toilet and every issue will be solved. 

Akiko, with her usual boundless energy, springs into action to verify this unfortunate artifact of physics. She fills up a glass of water and decants it into the bowl to simulate an ordinary male shi-shi. As there doesn’t seem to be any perceptible splash to the fallible human eye, she drops to the floor and pats every square inch with her hands in search of fresh puddling, to the amazement of all present and the contained retching of the girls, who know all about the daily rain of shi-shi that falls in these parts. She invites the plumber to check the floor with his own hands, in case his greater expertise in the field will allow finer-tuned detection, but the man begs off politely.

The tenants begin to discuss the conundrum of the dry floor in a civilized manner, but little by little voices rise and accusations start to fly. The micturating martyr defends his honor vigorously, and remarks start to get personal. The plumber shifts his weight awkwardly in the background. Akiko suddenly gives two authoritative slaps and the group instantly falls silent. “Let me think for twenty seconds; twenty” she orders with her index finger pointed and immediately the woman enters into a state almost of trance, unconscious of the ten eyes trained on her. The idea comes to her at once, as in a revelation. It is brilliant. Yes, yes, of course: brilliant. How could it not have occurred to her before? Why on Earth were they fooling around with glasses and water? Soon the mystery will be solved, and she will be able to spend time on matters that are truly worthwhile, like petting Kawa.

“Honey,” she says to the titanic tinkler — she knows the name, age, and profession of every guest with precision, but she always reverts to this universal form of address, “Honey,” she repeats, “Here’s what we’re gonna do. Can you just quickly do a little shi-shi in front of the plumber? Then he can see exactly where things go wrong, and he’ll be able to fix it.” Akiko pronounces this with the rigor and conviction with which she guides her meditations; and only amazement paralyzes the girls’ laughter, while the girlfriend and the plumber don’t know how to react, and merely turn expectantly to await the the response of the ungainly urinater. He totally freezes for a few endless seconds, the tortured inner workings of his thoughts playing out on his face, before, finally, he mumbles in that slightly-addled baritone that drones for hours each day to an apparently enthralled audience, rumbling through the walls of the house: “Oh, hell no, hell no, I’m not going to do that”. Akiko cannot fathom this refusal, so convinced is she of the faultless logic of her solution. 

As the eyes continue to bore into him, the lavatory lawbreaker nervously fills the silence, tripping over himself to give explanations. Sure, he has to go to the bathroom three or four times every night, and sometimes he feels a little pee trickling down his legs in the dark, but that doesn’t mean it gets on the floor and hell no, he’s not going to clean it, the same thing happens to everyone. And of course he can’t pee sitting down because that’s undignified, and it would be completely unfair to single him out and make him go to the outside bathroom, plus it’s impossible because he might step on slugs. 

As he rambles idiotically on, the words blur into a senseless hum in the background of Akiko’s thoughts. She jerks herself from her musing to abruptly stem the chaotic, splashing stream of words with a “mahalo, honey” and appears in another place, because it is time to light the candles and incense in the shrines she has scattered around the property and to ring the bells for the cats to feast once more. 

After the evening yoga session, her ideas on dealing with the situation finally crystallize completely. If she were to think purely in economic terms, after almost a year of operating losses, perhaps the wisest thing would be to keep tenants no matter how boorish, but Akiko grounds herself in the plane of the immaterial: she is breathing, so she is blessed. And, since she requires nothing else, she sends off an e-mail to the couple announcing that for next month, they will have to find accommodations with a toilet more suited to their needs. On December 31st, osoji is at last complete: Akiko has finally fully cleansed her house and is ready to welcome in the new year.

{Translated by Adam Lischinsky}

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More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Aroma

Aunque jamás lo confesaría, había esperado con ansias la llamada de su mamá anunciando que al final no vendría a pasar las fiestas a Sucre. Después de unos minutos al teléfono con ella, falsamente maldiciendo la pandemia por separar a las familias, le pidió con liviandad su exquisita receta de picana navideña, para cocinarla ella por primera vez, empujada por la ausencia materna. Perderse tal manjar sí que le daba una pena infinita.

La madre le narró, como en una algarabía, una lista opaquísima de ingredientes e instrucciones que no obedecían a la lógica, sino a ese instinto arraigado en las entrañas de cualquier mujer que ha crecido entre fogones y cuyas manos bailan solas entre sartenes y ollas. Eliana tomó cuatro notas rápidas e inconexas, agradeció a su madre por (haber intentado) darle la receta y pensó que se las apañaría, pues, al fin y al cabo, lleva toda la vida presenciando el ritual culinario.

Ahora, frente a la gran cacerola donde lleva casi una hora hirviendo en agua con sal el pecho de res troceado, el alivio por la ausencia materna se convierte en pesadumbre, porque se juzga y se tacha de mala hija, y la sensación de malestar se agrava con el bullicio de los ladridos de los perros callejeros entrando por la ventana, como si su furia ronca le diera dentelladas en el alma.

Con los chuchos enrevesados en las entrañas, trocea el pollo —¿será suficiente?; mamá no ha especificado cantidades— y le saltan los pensamientos de un mal recuerdo a otro. Como aquel día del confinamiento en que su madre se levantó con los ojos incendiados. Hacía mucho que no le pasaba en presencia de su hija —llevan años sin vivir juntas, décadas—, y a Eliana ya casi se le había olvidado cómo le cambiaba el humor en los días de fuego, críticas y lamentos.  

Cuando su mamá vino de visita desde Potosí allá por marzo, la idea era alojarla durante dos semanas, para que se despojara de los huequitos en el espíritu de añoranza por los nietos. Sin embargo, el repentino estallido de la cuarentena llevó a que la visita se alargara un mes y otro y otro. En una rutina angustiante que parecía no tener fin, Eliana tenía que cuidar de su madre, educar a sus hijos junto con su esposo a falta de clases en la escuela —para que los profesores les atendieran, había que pagar aparte—, ocuparse de los gatos, del perro, de las tareas del hogar y sacar a flote su joven negocio. ¡Y ya por no hablar de las preocupaciones por la situación política del país! El alud de obligaciones era tal que escaseaban los días en que tenía tiempo para ella misma. 

Una vez añadida la carne, Eliana prepara con esmero los ajíes, la cebolla, las zanahorias, el apio, el laurel, el pimentón colorado, el perejil y la pimienta blanca, para darle otra dimensión a ese guiso a fuego lento que, de momento, expele únicamente olores animales. La fragancia le hace pensar en su mamá y se dice que va por buen camino, pero enseguida duda: ¿de verdad, de verdad, de verdad crees que lo estás haciendo bien, ilusa?

Al principio, a Eliana le angustiaba el hecho de que la enfermedad atacara con más voracidad a las personas mayores, pero a su madre parecía traerle sin cuidado, lo cual dificultaba más aún las atenciones. Con poca paciencia y el instinto protector a flor de piel, Eliana siempre volvía del mercado con el pánico de que el coronavirus estuviera agazapado entre las bolsas de la compra, así que desinfectaba cada producto con esmero y miedo, le lavaba las manos a la anciana constantemente y le pedía que no tocara nada.

Seguro que, si su mamá estuviera presente ahora, criticaría su forma de cortar, seguro, el tamaño de los pedazos, seguro, seguro, el tiempo de cocción, seguro, seguro, seguro, y esta certeza siembra más y más dudas en Eliana, que se incrementan con los ladridos de los perros callejeros. En los ocho meses de encierro, su madre nunca se sintió como en casa y había que incluso invitarla a que se sirviera pan o mantequilla cuando una adivinaba que quizás tuviera hambre. Suspiraba a menudo postrada frente a la ventana: esa mujer de pollera, activa, vivaracha y luchadora solía salir todos los días para ocuparse de sus quehaceres y ahora estaba encerrada entre cuatro paredes, como un animalillo sin voluntad propia. Había veces en que los suspiros pasaban a aluviones de lamentos y la anciana llevaba las riendas de los humores de la casa, para la desesperación del resto de la familia. En los días buenos, jugaba con los nietos, pintaba mandalas o hacía galletas con Eliana, que se llenaba de regocijo al ver a su mamá de buen talante.

Al cortar las papas en trozos grandes, se pregunta qué más podría haber hecho. La anciana parecía analizar cada paso que daba Eliana y se entrometía si alguna vez se ponía algo estricta para instaurar el orden infantil. Alegaba nunca haberla reñido o gritado cuando ella era pequeña y a Eliana le entraban los mil demonios al recordar que incluso alguna vez la llegó a pegar de niña. Qué rabia: ¿acaso la mujer creía sus palabras o lo decía de boca para afuera?

Una vez las papas y las carnes están en su punto, la cocinera vierte en la cacerola una taza de vino blanco con una seguridad inusual en una primeriza y se repite a sí misma que sí, Eliana, que hiciste todo lo que pudiste: además de llevar las riendas de la casa, a tu mamá la cuidabas, la alimentabas, la iniciaste en el arte de colorear mandalas e intentaste inundarla de optimismo.

Se lo dice y se lo cree y después lo duda y cae otra vez en la culpabilidad — Eliana, podrías haber hecho algo más, mucho más—, pero luego acaba por autoconvencerse de nuevo, temporalmente, hasta que el ladrido de los perros callejeros vuelve a mordisquearle los entresijos. 

Prueba el caldo y le sabe algo soso, así que añade sal pensando en el día en que su mamá se levantó sin manos y alegó que ya nunca más podría pintar mandalas. En ese momento, Eliana tiró la toalla. Estaba harta de tanto ajetreo psicosomático. Si la anciana quería sumirse en la negatividad, allá ella. Comenzó a desoírla como remedio para que la convivencia se le hiciera más llevadera, para evitar que ese nubarrón pesimista afectase a su familia (que hasta los gatos estaban deprimidos, carajo): cuando se ponía a criticar al tío Fulanito o a la prima Menganita, Eliana hacía oídos sordos y cambiaba de tema; cuando les decía a los niños que los hombres no lloran o los tachaba de inútiles, Eliana los acunaba en su regazo para sosegar las lágrimas que necesitaran echar; cuando corregía con cinismo las formas de hacer de su hija, Eliana exageraba los gestos supuestamente erróneos con orgullo.

Le rompió el corazón leer los escritos que su madre dejó en su cuarto al marcharse —que si le daba miedo envejecer, que si le dolía todo, que si extrañaba Potosí—, lo cual le hizo sentir peor, porque, en esos ocho meses, nunca logró ponerse en su piel ni compadecerse de sus miedos. ¿Has hecho todo lo que has podido por ayudarla, Eliana?

Su malestar se sigue alimentando de tanto ladrido. Se acerca a la ventana y la cierra con furia mientras musita que si están todos los perros callejeros de Sucre debajo de mi ventana o qué mierda pasa, y el reflejo que le regala el vidrio no sabe si corresponde a su rostro o al de su mamá. Da un respingo del susto: odiaría convertirse en aquella mujer y se juzga más aún por aquel rechazo espiritual, abstractamente parricida. Si sus hijos sintieran lo mismo por ella algún día, no lo soportaría. Pero ella no es su madre, qué va: aunque a veces pierda la paciencia, trata de mejorar cada día y demostrarles amor a sus pequeños, procurarles todo lo que necesitan sin consentirlos demasiado, envolverlos en carantoñas. Fuera, fuera: abre la ventana de nuevo y les lanza la negatividad a los chuchos para que la devoren. 

Se pregunta por qué tanta culpabilidad a posteriori: ¿por sentir alivio y felicidad por no compartir el hogar con una persona de cuya boca rara vez sale nada positivo? Si no se tratara de su propia madre, no se sentiría así: los lazos familiares nos hacen aguantar más de lo que nos gustaría. El desahogo que sintió Eliana cuando su mamá se marchó después de ocho meses, esa sensación de ligereza, le ha hecho replantearse su relación. Tiene que atender a la anciana cuando lo requieran las circunstancias, y lo hará como mejor pueda, pero ha de establecer una distancia emocional que le permita protegerse y cuidarse a sí misma. Hala: ya tiene propósito para el año nuevo.

Parte dos mazorcas de maíz a la mitad —¿estarán justo, justo, justo a la mitad, mamá?— y las incorpora a ese guiso que la reconcilia más con su madre que nunca: le encantaría que sus manos y su instinto fueran idénticos a los maternales, heredar ese don de hacer de cada plato la mayor de las delicias. Tal vez su madre nunca haya demostrado su afecto con abrazos y besos, pero sí lo ha hecho a través de la comida, desde luego, inigualable. 

De pronto, Eliana la extraña.

Ya solo queda una hora de cocción y el guiso estará preparado. Se sienta a la mesa, aún pensativa, preguntándose si la cena será un desastre, y su esposo interrumpe ese bucle de cavilaciones de culpabilidad y recelos con cada niño de una mano, quienes, bien repeinaditos, anuncian que la mesa ya está puesta y los entrantes, listos para hincarles el diente. El esposo olisquea el aire condensado en esa cocina que lleva horas a todo vapor y sus palabras se convierten en un bálsamo: «nunca he olido una picana tan sabrosa».

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Bibliofilia

Cada vez que se trenza el pelo, agradece por Nina Wayra. Cada mechón, cada cruce, cada tirón marcan la presencia de la niña en el mundo con salud y alborozo. Las dos trenzas caen a ambos lados del cuello y ahora llegan hasta el pecho, pero se quieren cada vez más largas, cada vez más largas, hasta el infinito, porque prometió no volver a cortarse nunca más el cabello si Nina Wayra nacía sanita.

Después de peinarse, Coyote lee un par de cuentos (ahora le embelesa Edgar Allan Poe), con las letras ensombrecidas efímeramente por el humillo de la aguapanela y el silencio del verbo acariciado por los arrullos desde el exterior. No se le cae la casa encima: sale a diario al monte o a hacer recados, dejándose llevar por los soles y las lunas y la medida de pico y cédula, según la cual puede ir al pueblo solo en los días impares. Sus padres ya son señores de edad, grupo de riesgo, y no pueden caminar tanto, por lo que lleva meses encargándose él de tales menesteres. No le importa, le gusta caminar al mercado, aunque vivan lejos de la zona urbana, porque respira aire puro y le rozan la piel el aire y la luz de la naturaleza y reflexiona e imagina y crea y se le pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén. Eso dice él siempre, se me pasan los dos punto seis kilómetros en un santiamén, porque el encierro le angustia, lo aborrece, él que ha sido siempre tan callejero.

Está mejor acá que si lo hubieran confinado en Tunja. Acá puede caminar por la finquita y más allá. Puede recorrer el campo y sumergirse en el inigualable verdor colombiano para encontrarse consigo mismo. Siente más libertad que en cualquier ciudad, excepto si alguien se enamora de él. Y, desgraciadamente…

Tuvo suerte: vino al pueblo a visitar a sus padres con Nina Wayra y la mamá, que ya no son pareja, pero comparten y se ayudan mutuamente; y ese fin de semana de visita pasó a convertirse en semanas de estancia, en meses de convivencia. La niña y la mamá acabaron por conseguir un permiso para salir del pueblo y regresar a Tunja, pero entre todos decidieron que lo mejor sería que Coyote se quedara un tiempico para cuidar de sus padres, hacerles compañía (y la compra) y continuar con el acercamiento a sí mismo.

La pandemia y los paseos en soledad han esclarecido algunas de sus dudas vitales. Ahora se vuelve a hablar con su hermana y su cuñado, que también han pasado tiempo en la casa de los papás. De joven, de loco, se obsesionó con unos libros de Foucault suyos que no le quisieron prestar y acabó por robarlos y perder su confianza. Pero ahora le ha dado por airear sus propios textos, originados durante el confinamiento, y han vuelto a hablar porque el cuñado también escribe y su hermana mayor lee con avidez. Robar letras, escupir letras: las pasiones literarias han marcado su relación. La extrañaba, carajo, a su querida hermana.

Catapultar letras. Planea nuevas formas de enfocar sus proyectos de difusión de la literatura en espacios no convencionales. ¿Cuándo podrá volver a repartir obras en zonas rurales con su proyecto Bicilibros? Quizás virtualmente, claro, no queda otra, virtualmente: aunque ahorita haya tránsito libre, la gente ya le tiene miedo al contacto físico, y ¿cuánto perdura el miedo? 

Lee mucho, muchísimo. Escribe, como lleva haciendo un tiempo, pero ahora también publica, deja que lo miren todito por dentro. Antes lo hacía para sí mismo y difundía solo las letras del resto. Pero ahora se está exponiendo. Forma parte de un colectivo de minificción internacional, con escritores de los que aprende cada día y lo motivan. Escribe, lee, difunde, sueña entre renglón y renglón.

Lo que más le gusta de la ciudad es que sus trenzas pasan más desapercibidas. No como en Somondoco, con tres, cuatro mil habitantes, donde nadie comprende qué le puede llevar a un tipo a no cortarse el pelo. Nada. No hay justificación suficiente para que un hombre elija pasearse alegremente con tal aspecto, porque ya se sabe que los mechudos no son más que revolucionarios o anarquistas o gandules o guerrilleros o subversivos o drogadictos o todo lo anterior. Sí, sí, seguro que todo lo anterior. Todo junto, por muy contradictorio que parezca. La violencia hizo que los campesinos de esa zona esmeraldera se volvieran cada vez más conservadores y se dicen que conocen muy bien a los hombres como Coyote, ese, no más que un mechudo que solo busca problemas, una persona no deseable para la estabilidad del país. 

Sin duda.

El comandante de la estación de policía desde luego no tiene ninguna duda de que un hombre que no se apaña como se tendría que apañar, que no se afeita a diario, que no se corta el pelo cada pocas semanas, que no viste de traje o de uniforme, que no se presenta con decencia ante la sociedad y ante Dios, que no se baña, carajo, es que ni se bañan, carajo, que son purito piojo, que un hombre así no busca más que problemas.

Su aspecto le trae problemas, problemas, problemas inevitablemente, pero él lo reinterpreta y lo honra. En una actividad de promoción de lectura hace ya tiempo, un joven le dijo que parece uno de esos hombres que se dedican al tráfico ilegal de personas para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, un coyote. A Antonio le encantó imaginarse a sí mismo como un hombre que cruza y expande las fronteras —las fronteras literarias— y se apropió el término. 

Pero ¿cómo podría desdibujar las fronteras levantadas por la pandemia? Le da muchas vueltas al tema, todo un quebradero de cabeza. Le encantaría juntarse en la universidad, hacer una lluvia de ideas, pero no es momento de reunirse con nadie. Pregunta a compañeros por internet. Cómo lo hacemos, cómo seguimos. Difícil. Está la cosa negra.

Cada vez que recorre esos dos punto seis kilómetros para llegar al pueblo va moldeando más su plan, lo cual lo distrae y le da un aire como ido. Los libros se cogen, se miran, se manosean: llevar la literatura a espacios no convencionales se dificulta en tiempos de pandemia. Llega al pueblo otro día más para comprar comida de a poquitos, porque luego hay que cargarla: es más fácil en varios viajes, poquito, poquito, en varios viajes.

Es más difícil en varios viajes, pero al estar tan ensimismado, al principio no se dio cuenta. El comandante lleva un tiempo observando cada movimiento de Coyote, ese melenudo que merodea a sus anchas por el pueblo, que seguro que se trae algo maléfico entre manos. Ahora siempre le pide que le muestre la cédula de ciudadanía, siempre, siempre, cada vez que baja al pueblo, con la esperanza de que rompa las nuevas normas creadas para mitigar la enfermedad y castigarlo como merece, con esos pelos, a quién se le ocurre ir así por la vida.

Coyote cada vez ha ido cargando más compra de una vez para reducir sus visitas al pueblo, aunque dificulte el viaje y tenga que parar en varias ocasiones para que le dejen de latir los dedos, se desdibujen las marcas de las asas sobre la piel y las yemas recobren el color natural. Llegaba a casa cada vez más pálido, más fatigado, y su madre, que jamás le llama Coyote, solo le susurra «Antonio, Antonio, qué pasó, Antonio» y él musita que se enamoró de mí el comandante de la policía, el pendejo comandante. Eso dice siempre, que se enamoró de él el comandante.

Pero ahora tiene una bici nueva, de montaña. La primera era de ruta, un cacharro. Con esta puede bajar al pueblo más rápido, no ser visto por el comandante, quizás. Con esta podrá retomar su misión con más fuerza que nunca y que la falta de un libro no sea motivo para que una persona no lea. Sueña con recibir libros de todos los géneros, para compartir con la comunidad. Le donan obras diferentes universidades y él va —bueno, iba, irá, ahora no puede— con su bici por las zonas rurales de Colombia repartiendo libros, con la intención de que los jóvenes se enganchen a la literatura y no a las sustancias psicoactivas. En las zonas más ricas sí que pide una luquita, una platica, pide, porque él tiene gastos y familia, pero su objetivo es compartir con la comunidad, expandir por toda Colombia el amor por la literatura.

Con la bici nueva, baja al pueblo más rápido, pero el comandante de policía le sigue pidiendo la cédula. Al principio, cuando la mascarilla no era obligatoria, la excusa para pararle era esa, cédula, barbijo, decía el comandante, dónde está tu barbijo, decía el comandante. Y, ya cada vez que baja al pueblo, lo hostiga, lo indaga y cédula, cédula, dónde está tu cédula. Un calvario. Baja poco, lo menos posible, y vuelve a casa con la mochila hasta arriba de comida, con bolsas enganchadas en el manillar de la bici, sintiéndose casi funambulista.

Quizás la difusión literaria virtual no triunfe tanto como se imaginó en un principio. Un par de colegas le han dicho que en las ciudades, sí, bueno, hay más medios, más librerías, más bibliotecas. Pero él quiere llegar a las zonas rurales y ahí no hay tanta gente con acceso a la tecnología y entonces Bicilibros cobra aún más importancia. Podría seguir ciertos protocolos de desinfección y limpiar bien todos los libros y pedir que no se toquen; podría convertirse en una especie de juglar y hablar de los contenidos y narrar historias de historias a través de la mascarilla y entregar solo la obra elegida, sin manoseos.

El comandante debería leer un libro o dos o cien para romper esa costrica de prejuicios y poder convertirse en una persona crítica pensante. Hastiado, el otro día lo denunció Coyote en sus redes sociales, porque necesita escribir lo que ve, lo que escucha y lo que siente. No teme tanto por su vida, pero conoce el fraude, la corrupción y la brutalidad de la policía, y le da miedo que le coloquen una sustancia prohibida en la maleta, que le apliquen todo el peso de la ley, que le multen con un millón de pesos que no tiene. Y, si pasara, quién le iba a creer a él, no más que un mechudo, en lugar de a un señor con uniforme, un señor como Dios manda, carajo.

Esos cabellos no recuerdan la caricia metálica de las tijeras, pero sí las carantoñas de Nina Wayra. Cada vuelta de trenza dibuja un recuerdo con su hija, que se enreda entre los mechones durante los sueños nocturnos de Coyote. El treintañero extraña su vida social, antes tan movida —el campus universitario, los parques—, añora Bicilibros y su club de lectura, echa de menos las tertulias, las charlas, esa búsqueda grupal constante para solucionar los problemas del país. Pero, cuando duerme profundamente, en la maraña de sus sueños solo se aparece la carita de Nina Wayra y por eso cada mañana se enorgullece de la imagen de sus cabellos resplandecientes ante el espejo.

Hace nadita, sus padres por fin han conseguido un auto y pueden bajar al pueblo, comprar rápido, exponerse menos al virus y al comandante, porque su aspecto sí entra dentro de los confines de la decencia. Ya él poco tiene que hacer acá. Sin duda, lo mejor es regresar mañana a Tunja. Su melena de seis años pasará desapercibida en una borrasca de deshumanización e individualismo, en esa nube de conocidos y desconocidos con tapabocas, hasta que se pueda volver a la camaradería. Coyote extrañará a sus padres y el campo —verde diurno silente, negro nocturno estrellado—, pero su melena regresará a los brazos risueños de Nina Wayra. 

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Eufonía

Esta casa. La de al lado. Do-ba-du-ba-du. Los cabellos rizados al viento. El jardín común. Una balada eterna de John Coltrane. La belleza del caos. Du-ba. La belleza en el caos. Compañeros de sueños que van y vienen según la temporada y el amor. El amor. Du-ba-du. Una voz. Esa voz. Du-du. Méli jamás se había mimetizado tanto con un sitio y, transfronteriza, ahora no sabe dónde acaba su piel y dónde empiezan la huerta, la piedra, el aire de su hogar.

Y ahora la llegada de un bebé, ba-ba-bu, a esa familia que no es una familia pero sí es una familia. Be-be-bu. Lily y Martin van a ser padres, ¿recuerdas cuando nos lo contaron?, vamos a ser madres, ¿te acuerdas? Be-ba-ba. Y las malas noticias sobre su salud, se acuerda de cuando lo contó, ¿recuerdas?, cuánto la apoyaron, ¿te acuerdas? El amor. Ba-ba-bu. Esa casa. El amor.

En esa casa de Toulouse vive la música. Y la política y el amor y el saxofón tenor y la reflexión y el amor y vamos a tener un bebé y la creatividad y cambiemos el mundo y ¿la enfermedad?, ssh, ssh, nada negativo, nada, da-da-da, no lo pienses, canta, toca. Cambiemos el mundo. Du-du-du. El piano. Du-du. Y el amor. Méli fuma y siente y pronuncia hermosísimos galimatías con la magia de su garganta, da-da-da, y se olvida de todo lo que no tiene cabida en la casa.

Cuando se mete en el estudio de grabación casero que improvisaron al principio de la pandemia, se le llena todo el cuerpo de un, dos, tres, y, y do, re, fa, la; ese estudio, t-t-tcha, del que ya han nacido varios proyectos musicales, tcha. Ahora no hay tanto movimiento y solo viven cuatro en la casa, dos parejas, todos músicos, t-t-tcha, todos música, y crean, ensayan, graban, ensayan, crean, crean, t-t-tcha, graban. Le ha costado coger ritmo, la verdad. Los músicos que conoció durante los años que vivió en España y los de Francia se activaron con el encierro, y al principio recibía vídeos a diario. Pero a ella le invadieron la timidez y las dudas. Tcha. A diario. Qué talento. ¿Qué talento? Tcha. ¿Y tú, Méli, y tú?

Se juzgaba. Se juzga. De siempre. No hay peor juez para sí misma. Ha empezado mil textos, melodías, ritmos que se le apelotonan en la garganta y comienzan, pero se atascan, mal, Méli, mal, fatal, Méli, se atascan, se quedan, un carraspeo, mal, mal, Mélissandre, por favor, céntrate, mujer. Se exige tanto porque el espejo y los vídeos no muestran el aura resplandeciente que le aparece al cantar. No se da cuenta de cómo su voz cabalga sobre las notas de un piano, de una trompeta, de cualquier instrumento que se le ponga por delante. Cómo le hace amor a las notas, su voz. Brillas, Méli, fíjate. Bien. Bien. Maravillosa. Pero podría ser mejor, ¿no? Di-da-di-la-la. En su ser se enfrentan dos fuerzas desiguales, la de su yo autoritario, ta-ta-ri-o, y la de su voz interior, que pugna incansable, para afirmarse y salir. Afirmarse y salir. Salir. Di-la-la.

Ahora, Méli ha aprendido a abrir la compuerta al instante. Deja que hablen su voz primitiva, su instinto, sus entrañas. Le viene y lo canta, ta-ta-ta, lo graba y lo esconde, bien bien guardadito, to-ta-ta, lejos de ese yo autoritario, en un lugar donde jamás podría encontrarlo, ni juzgar, porque no tiene la llave. No tiene la clave. No tiene más que miedo. Y cuando se pase el miedo, do-da-do, Méli llegará al escondite y rescatará la canción. Hoy no. ¿Mañana? No. No-na-no. Bueno, quizás. Quizás. Quizás mañana. Hoy aprende de los demás. ¿Mañana? Bueno, quizás mañana.

Junto con Emilio, su pareja, tiene un dúo musical. Antes del confinamiento, paseaban la progresión II-V-I por cada rincón de Toulouse, ba-bop-ba-dop-bop, pero los vientos del presente no se lo permiten. Ahora están experimentando con la música brasileña. Lily y Martin gozan de una ayuda del gobierno por haber tocado más de setecientas horas y esperan a su bebé sin demasiadas preocupaciones económicas. Pero Méli y Emilio no alcanzan el número de minutitos exigido, así que se ven obligados a tirar de ahorros, dop-bop, porque no se puede tocar en bares ni en salas ni en parques. Les cancelan conciertos desde hace meses, para dentro de meses. Ba-dop. Toulouse está en silencio. Todo cancelado, pospuesto. No, no, no. ¿Mayo? No. ¿Agosto? No. ¿Octubre? No. No. Quizás en 2021 cesará el silencio. ¿Enero? No. Quizás. El silencio extraña que lo desgarre la voz de Méli. El silencio se llena de significado gracias a la música, pero de momento las notas están encerradas en la jaula invisible del jardín común.

El jardín común adora la algarabía de todos los músicos que lo habitan. ¿Solo músicos? Bueno, músico-etno-psico-carpinteros. ¿Cuántos son ahora? ¿Ocho? ¿Diez? No sé. ¿Doce? No sé. ¿Cuánta gente vive en la otra casa? La gente va y viene. No sé. Del jardín. De la vida. Na-na-na. Como cuando con dos años y medio Méli llegó desde Tahití con su madre, quien se lió a cantar en bares y salas y parques. Así creció Méli, de escenario en escenario, inmersa en las melodías, y por eso ahora siente a sus treinta años que la casa musical-caótica-creativa de Toulouse es el hogar por antonomasia. Va y viene la gente. Méli hace diez años que no va a Tahití. Volverá. Ta-ta-hi-ti-ti. Volverá. No sabe cuándo, pero la gente va y viene. Va y viene. Volverá. O no. Ta-hi-hi-ti. Volverá.

Han hecho de todo en el jardín común. De todo. Clarinete. Coser mascarillas para los hospitales. Contrabajo. Concursos culinarios. Piano. Yoga, pilates. Saxofón. Empaquetar comida para gente sin hogar. Trompeta. El jardín es el presente más férreo y armonioso. ¿Te acuerdas del concierto de música balcánica para la vecina que no pudo volver a Rumanía como tenía planeado? De todo. De todo. Do-do-do. Todo. El jardín común, la casa común, la vida común. Lo comparten todo. La comida, la ropa, los porros. Debaten, discuten, dudan de las medidas gubernamentales. Da igual. Se quieren. Todo es de todos, nada es de nadie. El bebé común. Do-to-do-do. La huerta brilla porque cada mañana —si le da el venazo, la verdad— Méli la riega canturreando, do-do-do, y se fusiona con la tierra y, mientras las plantas se enredan en gorgoritos, ella hace la fotosíntesis.

Poco antes de confinarse, empezaron los problemas de salud y Méli rompía el encierro para acudir al hospital y entonces descubrieron las manchas en la resonancia. La noticia del bebé se mezcló con la de la esclerosis múltiple y todos los sentimientos se apiñaron en esa casa de Toulouse. Pena. Rabia. Alegría. Pena. Alegría. Amor. Sorpresa. Miedo. Amor. Amor. Alegría. Miedo. Amor. Amor. Amor.

Esperó para contárselo a sus padres hasta después del confinamiento. Quería decírselo en persona. A su abuela, nada. Ni mu. Su abuela tiene demasiadas malas noticias. Pierde amigos cada mes. Nada. Ni mu-mu-mm. Es una señora muy alegre, no la quiere contaminar. Todo sigue igual con la abuela; pero la relación con sus padres ha cambiado desde que lo saben. Ahora los llama más. Ellos le dejan espacio. Saben que Méli les contará cualquier novedad. Mu-mu. Se quieren, confían, tienen esperanza.

La música, la huerta, la política la mantienen viva. Bi-bi-ba-ba-ba. Hace unos meses, a una chica de la otra casa se la quiso llevar la policía por colgar en su ventana una pancarta contra Macron. Entonces se les ocurrió la idea de llenar las calles de Toulouse de preguntas, y ahora salen de vez en cuando para colgar carteles. Bi-bi-ba-ba. Méli ha obtenido becas y ayudas sociales, y agradece a quienes lucharon por conseguirlas y los homenajea luchando. Durante el confinamiento, el Gobierno aprovechó para sacar nuevos decretos que empeoran las condiciones de los trabajadores. Bu-bu-bu. La lucha no puede parar. Los carteles no dicen nada rotundo, solo preguntan, abren el debate, bi-ba-ba, y la gente los mira y reprocha o dialoga o aplaude o intercambia opiniones o reflexiona un momentito y sigue de largo, con la pregunta a rastras, inevitablemente. ¿Cuáles son mis valores esenciales? Ba-ba. ¿La esperanza se siembra? Bi-ba-ba. ¿Quieres volver a la anormalidad? Bi-bi. ¿Cultivas tu pensamiento crítico? Bi-bi-ba-ba.

La música, la huerta, la política, el amor. El amor. Da-ya-da-du. Méli le debe su fortaleza mental a todos los que la rodean y cuidan. El amor. Está persuadida, más que nunca, del gran poder salvador del amor y de la solidaridad en este momento. Ya-da-du. Las muestras de afecto y de cariño no cuestan dinero. Cuestan tiempo, dedicación y a veces compromisos. Méli es una composición de armonía y amor y ánimo, un torbellino de notas musicales arremolinados en la garganta que explotan en el aire, y sabe de sobra que en esta vida no nos queda más que improvisar.

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Berlín de la mano de David Bowie

Introducción: Qué ver en Berlín

Viajé por todo el planeta, pero ninguna ciudad me marcó tanto como Berlín. Aquí estaba yo, David Bowie, con mi amigo Jim, más conocido como Iggy Pop, sin un duro y sin planes, pero con ganas de crear, de vivir y de soñar. Viví el Berlín de los años 70, cuando era el punto más conflictivo del mundo durante la Guerra Fría, con el sentimiento de que la muerte estaba permanentemente a la vuelta de la esquina.  Berlín es una ciudad interesantísima, romántica, novedosa, histórica y creativa. Aquí todas las expresiones artísticas son bienvenidas y la música es una forma de vida. Esta ciudad me inspiró tanto que me ayudó a reinventarme y a componer los álbumes Low, Heroes y Lodger, que conforman la Trilogía de Berlín. Para mí, Berlín es un lugar donde perderse con facilidad y, a la vez, donde encontrarse. Me gustaría transmitirte todo el amor que le profeso a esta increíble ciudad. ¿Nos perdemos por Berlín?

1.-  Rosa-Luxemburg-Platz

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht le dedicó unas palabras a Rosa Luxemburgo cuando aún buscaban su cadáver: «La Rosa roja ahora también ha desaparecido. Dónde se encuentra es desconocido. Porque ella a los pobres la verdad ha dicho. Los ricos del mundo la han extinguido». Yo mismo me inspiré en Brecht para hacerle también un homenaje a Rosa Luxemburgo, en forma de canción, y la historia la ha puesto en su lugar. En Berlín hay varios lugares que llevan su nombre, como esta plaza, donde también está la sede del partido de izquierdas. Esta plaza era un núcleo habitual de enfrentamientos entre comunistas y nazis. En enero de 1933 fue escenario  de grandes protestas contra el partido nazi, unos días antes de que Hitler se convirtiera en Canciller de Alemania. Hoy en día todo es muy distinto: esta zona es maravillosa para tomarse algo o comer en un ambiente a la vez chic y desenfadado, especialmente la calle Torstraße.

2.-  Torre de televisión

La Torre de la televisión mide 365 metros, con lo que destaca mucho en esta ciudad con tantos edificios bajos. Es uno de los símbolos más poderosos y representativos de Berlín y la construyó el Gobierno de Berlín Este en los 60. Cuando vivía aquí, se veía a ambos lados del muro y me resultaba un elemento descomunal, casi una herramienta de control. ¡Me daba la sensación de que también podrían vernos desde ahí arriba! Hoy en día, los turistas pueden contemplar la ciudad desde las alturas e incluso comer en un restaurante, pero cuidado con el vértigo: es la cuarta construcción más alta de Europa. Cuando luce el sol, se refleja en forma de cruz en la cúpula de la Torre, algo que los berlineses llaman «la venganza del Papa». Y es que, curiosamente, el Gobierno decidió derribar una iglesia medieval para edificar la Torre. Pero bueno, el Papa no se venga demasiado, porque el sol aquí brilla por su ausencia.

3.-  Alexanderplatz + Reloj Mundial

Alexanderplatz recibió su nombre debido a la visita de Alejandro I de Rusia en el siglo XIX, y lo ha conservado desde entonces, algo no demasiado habitual en Berlín. Varios años después de la caída del muro, diferentes fuerzas intentaron demoler la plaza para construir un pequeño Manhattan. Sin embargo, desde 2015 los edificios están protegidos históricamente, a pesar de no ser especialmente bonitos. Esto es así porque los construyó el Gobierno de Berlín Este, después de que la codiciada plaza quedase en su lado, con lo que forman parte de la arquitectura comunista de la ciudad. Los verdaderos berlineses (incluidos los adoptivos, como yo) le llamamos Alex, y es uno de los puntos de encuentro principales de la ciudad, sobre todo el Reloj Mundial. Este reloj tan original muestra la hora de veinticuatro husos horarios. Los turistas suelen matar el hambre con un típico Currywurst de los que venden los señores con caseta incorporada por toda la plaza.

Reloj Mundial Alexanderplatz

4.-  Kabarett Überbrettl

¡Oh, los años 20 en Berlín! ¡Cómo me habría gustado vivirlos! Se trataba de una época llena de música, libertad y experimentación. Una de las formas artísticas más comunes fueron los cabarets alemanes, inspirados en los franceses, aunque mucho más satíricos, irónicos y políticos, y con bastante humor negro. Ay, sí, ¡me habría encantado vivir aquella época berlinesa de total libertad! El primero de Alemania fue el Kabarett Überbrettl, que estaba aquí mismo, enfrente de una comisaría. Qué atrevido, ¿verdad? En él no solo se representaban espectáculos gloriosos, sino que era un hervidero de ideas y se reunían pequeños grupos organizados que maquinaban en contra del movimiento nazi, cada vez más poderoso. Mi compatriota Christopher Isherwood, que también vivió en la ciudad, escribió varias novelas maravillosas con estos cabarets como telón de fondo. Algunas de sus obras, como Adiós a Berlín, que inspiró el musical Cabaret, hablaban del cierre de estos locales por parte de los nazis, poco amantes de la diversión.

5.-  Kino International + Café Moskau

Esta gran avenida, la Karl-Marx-Allee, fue la más importante de Berlín Este. El Kino International es uno de los ejemplos de arquitectura comunista que han conservado mejor el espíritu de la época. Gran cantidad de cineastas eligen este lugar para la premiere de sus películas, por la magia que irradia gracias a su peculiar estilo, tanto exterior como interior. También es uno de los escenarios donde se proyectan películas del célebre festival de cine de Alemania, la Berlinale. Este cine se edificó durante la reconstrucción de la ciudad, en los años 50 y 60. En esta época también se abrieron en la avenida siete cafés dedicados a la cocina y la cultura de ciertos países comunistas, pero casi todos han desaparecido. Uno de los pocos que sigue activo es el Café Moskau, dedicado originalmente a la gastronomía rusa. El ambiente del café ha cambiado mucho, pero su original arquitectura lo convierte en un lugar muy especial.

6.-  Café Sibylle

El Café Sibylle sí ha conservado el espíritu de Berlín Este. Resulta muy evocador tomarse algo en este lugar, especialmente un delicioso Strudel de manzana, el dulce alemán por excelencia. Cuenta con paneles informativos y antiguos objetos de la época: desde artículos cotidianos, hasta un trozo del  famoso bigote de Stalin. Bueno, de una estatua suya destruida en 1961, ¡no de su bigote de verdad! Por esta zona venía de vez en cuando con Iggy Pop y con su novia, Esther Friedmann. Nos llevaba un chófer en mi Mercedes, que llamaba mucho la atención en este barrio construido expresamente para las clases obreras. Jim y yo vivíamos en un barrio en Berlín Oeste, por supuesto, que tenía una elevada población turca. Vinimos a Berlín para huir de Los Ángeles, una ciudad muy artificial, al contrario que la capital alemana. Berlín nos llenaba de felicidad, qué le íbamos a hacer.

Café Sibylle

7.-  Laubenganghaus

Antiguamente llamada Stalinallee, la avenida Karl-Marx-Allee se construyó en cuatro años con la idea de que fuera democrática en su contenido y nacionalista en su apariencia. Tenía que medir setenta y cinco metros de ancho y las construcciones habían de tener al menos ocho plantas, algo muy distinto en el resto de la ciudad, con una arquitectura no demasiado alta. Este edificio residencial de colores salmón y blanco, diseñado por la arquitecta Ludmilla Herzenstein con estilo Bauhaus, fue el primero en erigirse en esta calle. Sin embargo, se le criticó mucho, puesto que consideraron que ponía en duda la sensibilidad estética de las clases trabajadoras. En adelante, los arquitectos se inspiraron en la arquitectura barroca y neoclásica, por eso se pueden apreciar columnas dóricas, mosaicos y elementos simétricos. Sin embargo, hay construcciones que se salen de estos mandatos estéticos. Esta avenida de 2,3 kilómetros es el monumento arquitectónico más largo de Europa.

8.- Frankfurter Tor

La Frankfurter Tor (o puerta de Frankfurt), de los años 50, está compuesta por dos torres simétricas. Se edificó en memoria de la catedral alemana y francesa en Gendarmenmarkt, destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Con la bomba, los hombres se creyeron dioses y reinó el caos. En este barrio, Friedrichshain, unos ocho mil edificios se vieron afectados. Las llamadas «mujeres de los escombros» se ocuparon de la necesaria reconstrucción, reutilizando materiales de los edificios destruidos para erigir otros nuevos. En Alemania había siete millones más de mujeres que de hombres, porque la mayoría habían muerto en la guerra o los habían encarcelado. Así, las mujeres de entre quince y cincuenta años realizaron un excelente trabajo de reconstrucción. Gracias a estas heroínas anónimas, Berlín pudo recuperarse de un modo más rápido. Ah, por cierto, en muchas ciudades alemanas  crearon montañas artificiales con los escombros inutilizables y las ajardinaron. Hay dos de ellas muy cerca de aquí, en el parque público de Friedrichshain.

9.-  Rigaer Straße

Una de las experiencias más auténticamente berlinesas es visitar las casas okupas. Después de la caída del Muro, diferentes grupos se instalaron en varios edificios de la ciudad, muchos de ellos en esta calle, la Rigaer Straße. Pese a la presión policial durante años y años y al cierre de algunos espacios, hay varias casas que se han legalizado y siguen funcionando. Algunas ofrecen eventos como comidas vegetarianas o conciertos, normalmente a cambio de donaciones. Los originales grafitis y murales en las fachadas simbolizan la libertad creativa y le dan un toque único a la ciudad, en la que prima la destrucción de la alta cultura. Berlín es una de las capitales del mundo con un mayor número de punkies y gente que viste con un estilo nada convencional. ¡Por eso me gustaba tanto vivir aquí! Además, al contrario que en Los Ángeles, nadie me reconocía por la calle. Siempre me gustó mucho crear personajes y meterme en su piel, y todos se adaptaban perfectamente a la ciudad. ¡Era maravilloso!

Berlín

10.-  Boxhagener Platz

Fridriechshain es uno de los barrios más populares de Berlín. Tiene bares con estilo, restaurantes retro, discotecas conocidísimas, teatros antiguos y famosos mercadillos. El mercadillo más destacado es el que se celebra cada domingo en Boxhagener Platz, o Boxi para los berlineses. Se venden sobre todo objetos antiguos y ropa vintage. Esta zona es el paraíso de los amantes de lo retro. En las inmediaciones de la plaza se puede disfrutar de una gastronomía muy original o de una película en el Kino Intimes, un cine inaugurado en 1909. ¿Quién dijo que no se podía viajar al pasado? Cuando llegué a Berlín, se podía sentir la tensión en el aire y pensé: «Si no puedo escribir aquí, no podré hacerlo en ningún otro sitio». Afortunadamente, esos conflictos forman parte de la historia, pero la creatividad sigue estando muy latente en esta ciudad, y muchos artistas y músicos vienen aquí a probar suerte y convierten zonas como esta en un lugar mágico.

11.-  Simon-Dach-Straße

Nunca habría imaginado que esta zona fuera tan animada, moderna y atractiva. Cuando yo vivía aquí, todo esto formaba parte de Berlín Este. Era una zona completamente industrial y una aberración estética por la que nadie elegiría dar un paseo. Berlín ha ido cambiando de barrio de moda en las últimas décadas. El mío, Schöneberg, era el mejor lugar cuando yo me mudé a la ciudad, pero después de la caída del Muro, el barrio de moda pasó a ser primero Prenzlauer Berg, luego este mismo, Fridriechshain, y después otros más. Esto va ligado al encarecimiento de los barrios, claro. Ahora, la Simon-Dach-Straße es la calle con más bares en todo Berlín, con lo que se convierte en un buen lugar para hacer una parada y disfrutar del ambiente tomando una buena cerveza alemana. Además, cuando suben las temperaturas, las terrazas rebosan alegría. ¡Ojalá tengas suerte y disfrutes del buen tiempo!

12.-  Berghain

La mejor discoteca de techno en todo el mundo está en una antigua central eléctrica de Berlín. Se llama Berghain y se encuentra en la frontera entre los antiguos Berlín Este y Berlín Oeste. Es uno de los centros de peregrinación mundiales para los amantes de la música electrónica, que tanto me influyó cuando viví aquí, hasta el punto de reinventarme. No cierra en todo el fin de semana y se puede entrar y salir pagando una sola vez. Eso sí, hay que cumplir sus reglas estrictas para poder entrar ¡y para quedarse! No aceptan gente arreglada, sino con un estilo transgresor. ¡A mí me habrían dejado entrar seguro! Además, está prohibido hacer fotos dentro y tener la mente cerrada: mucha gente se desnuda y hay noches temáticas fetichistas. Si no consigues pasar, no te preocupes, es parte de la experiencia. En la puerta venden productos que rezan: «A mí tampoco me dejaron entrar en Berghain».

13.-  RAW-Gelände

Berlín es, desde luego, una ciudad única. Las expresiones culturales aceptadas, conservadas e idolatradas van desde estatuas del Antiguo Egipto hasta lugares llenos de grafitis, como RAW-Gelände, un taller del siglo XIX para la reparación de trenes. Se trata de un espacio donde exteriores e interiores rebosan creatividad y energía: murales, una zona de patinaje, un lugar donde practicar la escalada, restaurantes muy variados, una piscina, discotecas, galerías, un gran Biergarten (literalmente, «jardín de cerveza») y hasta una cabina telefónica transformada en discoteca minúscula. Se puede confiar en la fortaleza del rocódromo, por cierto, ya que era uno de los pocos búnkeres construidos en la superficie durante la Segunda Guerra Mundial. La fuerza vecinal cobra especial vigor en este lugar, puesto que, a pesar de los intentos lucrativos de renovación y construcción de viviendas por parte de sus diferentes dueños, la gente de la zona ha presionado para que el lugar conserve ese aire bohemio y creativo que lo caracteriza.

14.-  Mercedes-Benz-Arena

Normalmente las ciudades tienen un centro, pero en el Berlín dividido se creó una especie de tierra de nadie. Después de la Caída del Muro, se abrió una oportunidad de oro para los inversores, que compraron terreno inmediatamente. Ese es el motivo por el cual los edificios más modernos y altos se encuentran en la zona donde antes estaba el Muro, especialmente desde la céntrica Potsdamer Platz al suburbano barrio de Treptow. Fue algo polémico, ya que la mayoría de las empresas que realizaron estas obras no eran berlinesas, sino del sur de Alemania. Una de ellas es Mercedes Benz, que inauguró este recinto multiusos en 2008. Con una acústica espectacular, Metallica fue la primera de una gran cantidad de bandas de éxito en actuar aquí. También se celebran eventos deportivos. En el Mercedes-Benz-Arena se consumen cada año alrededor de cuatrocientos mil litros de cerveza y ciento treinta mil pretzels, esos lacitos de pan tan típicos de aquí. Aquí se puede ser, desde luego, muy alemán.

15.-  Muro de Berlín

Después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín estaba dividida en cuatro zonas controladas por Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia. Debido a la mala situación de muchos de los habitantes de Berlín Este, hubo una gran migración al Oeste. Con idea de frenarlo, se construyó el tan odiado Muro en 1961. Los que vivíamos en el lado oeste, teníamos bastante libertad de movimiento, pero al otro lado del Muro estaban atrapados y controlados por la Stasi, la policía secreta del este. Fuimos muchos los que protestamos ante tales injusticias. La actuación más emocionante de mi vida fue en 1987 al lado del Muro y aproveché para expresar mi rechazo con mi famosa canción Heroes, sobre dos amantes, uno del este y otro del oeste. Se me saltaron las lágrimas al oír a la gente cantando desde el este al unísono con los que estábamos al oeste, como si se tratara de un himno.

16.-  East Side Gallery

El Muro cayó en 1989 y, como recuerdo, se ha conservado la East Side Gallery, una galería al aire libre entre los barrios de Friedrichshain y Kreuzberg. En poco más de un kilómetro, la gente viaja a los tiempos de la ciudad dividida, además de poder disfrutar de los diferentes murales pintados por la paz y la libertad. El más famoso es el llamado «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal», que representa el beso en los labios entre el líder comunista Leonid Brezhnev y el político comunista Erich Honecker, durante la celebración del trigésimo aniversario de la República Democrática Alemana. El beso fraternal socialista era una muestra habitual de afinidad entre estados con esta ideología reinante. Este muro, por cierto, es solo el muro interior, porque en realidad había dos: el principal era más alto y tenía alambre de espino. Más de cien personas se dejaron la vida intentando pasar al oeste, pero más de cinco mil lo consiguieron.

Este de Berlín

17.-  Spree + Puente de Oberbaum

El puente de Oberbaum es uno de los edificios más representativos de Berlín. Está en un lugar estratégico, ya que une los barrios de Friedrishain y Kreuzberg, antaño separados por el Muro. Así, representa la tan ansiada unidad entre el este y el oeste. A pesar de los planes de Hitler de ganar la guerra y convertir Berlín en lo que llamó la «capital mundial Germania”, el Ejército Rojo fue ganando terreno en la capital alemana. En un intento desesperado por frenarlos, las fuerzas armadas de la Alemania nazi volaron la parte central del puente en 1945. En el río Spree murieron ahogadas varias personas intentando pasar al lado oeste. Cada vez que leía alguna noticia al respecto, se me ponían los pelos de punta. Ahora es todo tan diferente… En fin, el río se suele congelar en invierno, pero con el buen tiempo, es muy agradable dar un paseo en barco y contemplar la ciudad desde las aguas.

18.-  Wrangelkiez

Wrangelkiez es un distrito con una identidad muy marcada debido a su peculiar historia. Pertenecía a Berlín Oeste y el Muro lo rodeaba por tres lados, con lo que se produjo una especie de aislamiento de la zona al quedar solo uno de los lados libre. Además, tanto la policía como el gobierno tenían el Wrangelkiez muy abandonado, por lo que la libertad era suprema. Con una situación tan peculiar, se empezaron a desarrollar espacios alternativos rebosantes de creatividad. Este espíritu experimental aún está muy presente en Kreuzberg, un barrio muy animado con una población especialmente joven y multicultural, que tiene gran cantidad de galerías de arte, bares y restaurantes y una animada vida nocturna. Era uno de los barrios que más visitaba cuando vivía aquí. Venía a Kreuzberg tanto para grabar mis discos en un estudio como para salir de fiesta. Iggy Pop y yo lo pasábamos en grande en el cercano club SO36, que aún sigue abierto.

19.-  Badeschiff

No hay mejor lugar para combatir los escasos días de calor de Berlín, que el Badeschiff, una piscina flotante sobre el río Spree. La piscina está hecha a partir de una antigua embarcación y es una maravilla bañarse en medio del río sin exponerse a su gran contaminación, habitual en cualquier río urbano. Además, el Badeschiff tiene arena de playa, tumbonas, música, bebida y comida. ¡Es toda una maravilla! Si vienes cuando el tiempo no es excelente, no te preocupes: la piscina la cubren cuando hace frío y, además, ofrecen servicio de spa. Desde luego, merece la pena ir en cualquier momento del año. El Badeschiff se encuentra en una zona muy industrial que, como otras muchas de tales características en la ciudad, ha sido restaurada y convertida en un espacio alternativo con diferentes opciones de ocio.

20.-  Treptower Park

No he visto jamás un otoño más hermoso que el de Berlín, especialmente al pasear por Treptower Park, cuyos árboles adoptan todos los espectros cromáticos y configuran una experiencia visual verdaderamente asombrosa. En 1987, dos años antes de la Caída del Muro, el Gobierno de Berlín Este permitió que la banda de rock inglesa Barclay James Harvest, por supuesto no comunista, diera un concierto al aire libre en este parque, con más de 150.000 asistentes. Esto era, claramente, un síntoma del declive del régimen del este. El grupo ya había dado un concierto en Berlín en 1980, pero en el lado oeste, por supuesto. En todo caso, merece la pena perderse en el Treptower Park en cualquier momento del año, con casi novecientos mil metros cuadrados de pureza e inspiración.

21.-  Monumento Conmemorativo a los Soldados Soviéticos

A pesar de no ser muy amigo de la ideología comunista, este monumento de 1949 me resulta realmente sobrecogedor. Está dedicado a cinco mil de los ochenta mil soldados soviéticos muertos en la Batalla de Berlín, totalmente decisiva para que cayera el régimen nazi a manos del Ejército Rojo. El monumento está rodeado de árboles y se levantó en un antiguo espacio deportivo. Está compuesto por una grandiosa entrada, zonas ajardinadas, esculturas, relieves en alemán y ruso con historias bélicas narradas por Stalin y una estatua de doce metros de altura y setenta toneladas. Esta estatua protagonista es ciertamente polémica, pues muchas mujeres consideraron que aquel hombre con una espada y un niño representaba a un gran violador, ya que algunos soldados rusos abusaron de muchas mujeres alemanas durante la guerra. El Berlín del siglo XXI es, afortunadamente, muy distinto. Aunque dudo que vaya a pasar, deseo de todo corazón que aprendamos de nuestros propios errores.

Monumento Conmemorativo a los Soldados Soviéticos
[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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Más guías originales

Esta guía está narrada a partir de un personaje histórico
y forma parte del proyecto Navibration

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Diatriba

[Read story in English]

El apartamento de Mischi en Queens ya casi no huele a cerrado ni a comida podrida. Lleva pagando el alquiler de un lugar desocupado desde que murió, y ahora Ruth y Mark han llegado desde California para desempolvarlo, llenarlo de aromas frescos y vaciarlo de historia y de la oquedad forzada de los últimos meses para poder devolvérselo a su dueño de una vez por todas.

Estaba todo patas arriba desde principios de marzo, porque Ruth voló a Nueva York apresurada por la noticia de la muerte de su madre para hacer los trámites absolutamente necesarios y quedarse solo unos días, convencida de que regresaría en un par de semanas y lo apañaría todo como era debido. Jamás se le pasó por la cabeza que atravesaría un limbo de cinco meses hasta poder regresar. Sí, el virus ya se hacía eco en las noticias y la ciudad que se convertiría en uno de los epicentros mundiales apuntaba maneras, pero nadie creía que la vida cambiaría de una forma tan colosal. En marzo hizo lo básico. Cuando recogió las cenizas de Staten Island, gozó de las mismas vistas de la estatua de la Libertad que su madre contemplara al llegar a tierras desconocidas. Luego entró a una iglesia por curiosidad y las reliquias comenzaron a revolverse dentro de la urna, porque la aversión de Mischi al cristianismo se estiraba hasta en las postrimerías. En casa, recitó en su honor un pequeño kadish, la oración de los muertos, con un grupúsculo de nonagenarios y exempleadas con quienes Mischi no había sido del todo maligna. Ruth acabó besándose y abrazándose con aquellos cuasi desconocidos, como si se les hubiera olvidado a todos que la apreciación física podría acarrear consecuencias fatídicas en estos tiempos.

Ruth desempeñó las tareas con un instinto ritual, mientras sentía un gran alivio al ir cerrando este capítulo de su vida tan lleno de lucha y rabia. Sumida en la destemplanza, el aturdimiento y las ganas de terminar, tiró todo lo que pillaba, soñando con vaciar el apartamento lo antes posible. Cuando se dio cuenta de que se había deshecho de los certificados de defunción recién recibidos, le dio por pensar que quizás la rabia habitaba en sus actos. Lo único que conservó sin pensárselo dos veces fue la maleta que trajo Mischi en el Gripsholm, aquel barco sueco que le regaló la oportunidad de empezar de cero en Nueva York. En marzo aparcó el equipaje en una esquinita del apartamento, donde aún seguía, ajeno al paso del tiempo y a la ausencia de Mischi. Aún no se siente preparada para descifrar qué hay dentro de esa maleta tan enigmática como roñosa, y lleva toda la semana posponiendo la apertura, porque sabe que los documentos que guarda en su interior podrían derrumbarla.

Quizás la abra hoy, aprovechando que va a pasar el día sola, ya que Mark tiene planes sabatinos infinitos en Manhattan. Madre e hijo merecen de sobra un paréntesis hoy, después de una semana frenética deshaciéndose de los libros, papeles, cachivaches, muebles, sábanas bordadas, medicinas y máquinas obsoletas que se han ido acumulando en el apartamento durante más de medio siglo. Jamás habrían pensado que regalar objetos se convertiría en una tarea tan ardua. A Ruth le ha encantado estrechar su relación con Mark en estos días, pero ahora le seduce la idea de la soledad, que se le dibuja como ese broche final tan esperado de un luto que lleva nublándola desde la primavera. Se despedirá así de ese apartamento en que pasó parte de la infancia y la adolescencia con sus padres y su hermana, que ahora, ay, no existen más allá que en los recuerdos, muchos de ellos condensados entre estas cuatro paredes.

Mischi se marchó en el momento adecuado: qué horrible habría sido que viviera la pandemia. ¿Qué habría hecho Ruth: exponerse de vez en cuando a las hordas virulentas de los aeropuertos o mudarse con su madre? Ambas opciones le parecen igualmente mortíferas y, solo de pensarlo, le recorre por el cuerpo un escalofrío. Afortunadamente, Mischi murió como deseaba —en casa, de golpe, sin dolor, de vieja—, después de torear a la enfermedad con la que le diagnosticaron tres meses de vida a principios de 2017. Casi era de esperar, porque ya tenía experiencia en los menesteres de la supervivencia, al haber huido hacia Inglaterra con once años en uno de los primeros trenes del Kindertransport. Y, una semana antes de marcharse, le confesó a Ruth por teléfono que estaba más que preparada para abandonar este mundo y así lo hizo a los noventa y dos años.

En estos días que llevan madre e hijo confinados en el apartamento de Queens, han ido amontonando sin orden ni concierto sobre la alfombra persa del salón los papeles que irradiaran cualquier brillo de importancia, y el plan de hoy para Ruth es hacer una buena criba. 

Le apetece sumergirse en la vorágine del papeleo, porque las palabras escritas se están convirtiendo en los puntos de sutura que han ido cerrándole una herida que lleva décadas abierta. Por algún motivo desconocido, Mischi se pasó más de treinta años martirizándola, incluso amenazándola con desheredarla durante los últimos años, como empeñada en perpetuar el dolor que ella había sufrido en su piel cuando sus propios padres intentaron hacer lo mismo. 

Precisamente por eso, Ruth no cabía de asombro cuando leyó el testamento en marzo y descubrió que la última voluntad de Mischi no solo contradecía aquellas lacerantes e inagotables maldiciones, sino que le concedía a su hija la parte correspondiente y le daba el poder absoluto de decisión como única albacea. El inesperado regalo póstumo supuso un alivio mayúsculo, después del último testamento que Mischi le hubo enseñado con sorna a su hija, a quien no le legaba más que una mesa y una lámpara.

Ahora está plantada frente a una vastedad epistolar abrumadora y lee y lee sin descanso. Sostiene entre las manos decenas y decenas de cartas coléricas, con batallas dilatadas entre 1952 y 2016, y las separa en dos montones. A la derecha, coloca las cartas devueltas a Mischi en las que combatía enérgicamente por los derechos civiles de las personas negras en los años cincuenta y sesenta. Ruth había oído hablar algo del tema, pero los detalles de la feroz lucha de su madre por la calidad educativa y la vivienda digna la tienen boquiabierta. A la izquierda, acumula el enrevesado laberinto epistolar con los esfuerzos de Mischi durante siete décadas por recuperar los negocios familiares, los inmuebles, las obras de arte, por los que consiguió cuatro duros de acá y acullá. A los ochenta y ocho años, después de toda una vida, logró que la indemnizaran por aquello del Holocausto con una suculenta suma que le mostró las comodidades de tener dinero. A este galimatías se suman misivas entre Mischi y una docena de abogados en su pugna eterna por que sus padres no la dejaran en la miseria. Ruth siempre se ha preguntado qué los llevó a intentar tan fervientemente desheredarla —algo ilegal en la legislación alemana, según lo que acabó por descubrir Mischi—, porque, según la correspondencia que se despliega ante sus ojos, siempre se preocuparon por su hija.

Hace tan solo un rato ha leído una carta de 1944, en que la doctora Hilde Lion —fundadora de Stoatley Rough, el internado inglés para jovencísimos refugiados alemanes donde Mischi pasó los años del conflicto bélico— les asegura a Lily y Hermann Matthiessen que a su hija le encanta recibir noticias y fotos suyas, que no tienen que preocuparse por ninguna falta de cariño y que es alta, guapa, práctica y organizada.

Encuentra un diario de Mischi. Lo lee por encima, saltándose fragmentos, hasta que llega a una entrada de 1959 en la que, agotada por el mal de amores, contempla el suicidio. Lo primero que sobrecoge a Ruth es el amor tan fuerte que su madre sentía por su padre, eternizado en tinta hasta décadas después de que se separaran. Pero luego le hiere que, por el contrario, solo se mencione a Ruth y a su hermana, Irene, muy por encima y de refilón, como si esas niñas fueran insignificantes para ella. Su madre llevaba sin tenerla en cuenta más tiempo de lo que creía. 

Tira el diario lejos, con una rabia similar a la que sintiera ya en marzo, y mira de reojo el equipaje del Gripsholm, como diciéndose que ya ha visto todo lo que tenía que ver, que está preparada. Pero algo la frena en su interior: sabe que su madre atesoró esa maleta durante décadas. Qué absurdo: a Ruth nunca le han intimidado los objetos, pero no se siente capaz de abrirla aún; no reúne la fuerza necesaria para enfrentarse a su interior lleno de historia.

En su lugar, agarra un pequeño archivador con una etiqueta que reza «Kochrezepte», que guarda las recetas de su bisabuela Helene Dobrin, la querida abuela de Mischi asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt, cerca de Praga. Helene y su marido Moritz abrieron varias sedes de la Dobrin Konditorei en Berlín, una pastelería y panadería de tanto éxito que incluso aparece en varias guías turísticas y obras literarias de la época. Dice la leyenda familiar que Helene introdujo el banana split en la capital alemana y que tenía mucha mano para los postres, así que Ruth acaricia las páginas de colores otoñales y se promete cocinar Schokoladencreme y ZitronenEis y Kastanientorte cuando regresen a California.

De pronto, del archivador cae un sobre con una pequeña inscripción: «Última carta de Helene a Lily antes de que la mandaran a Theresienstadt». Como es de esperar, la carta está en alemán, en un papel de arroz que expande las letras cursivas y las hace parecer cirílico. Ruth casi siente alivio de no poder entender el mensaje por ahora y coloca la carta junto al pasaporte verde con una gran esvástica con el que Lilly consiguió huir a Estados Unidos después de un tortuoso viaje atravesando por tierra Francia, España y Portugal durante la guerra. 

Gran parte de las relaciones familiares durante generaciones se enraiza en esas epístolas que inundan la alfombra persa, ahora unos papeles amarillentos con tinta vertida por gente que ya solo existe en esta correspondencia con mensajes que oscilan entre la futilidad y la trascendencia. Hablan de música, de literatura, de comida y de todas las esencias de la rutina, pero las cartas también sirvieron como medio para que el padre de Ruth, Stanley, le confesara su homosexualidad o para que su hermana le contara que tenía un cáncer terminal, que acabaría llevándosela con cuarenta y cinco años. Entonces los acontecimientos, mundanos o trascendentales, venían a golpe de grafías y matasellos.

A Ruth la asedian tantas sensaciones simultáneas que se le apelotonan y no siente absolutamente nada, excepto el respeto por esa maleta marrón y destartalada. Se centra más rato en las cartas: las lee deprisa, con una curiosidad tan consanguínea como histórica, y le asombran especialmente las de la posguerra, porque Mischi es capaz de mezclar en una sola misiva y con total ligereza temas como el último libro que ha leído, tal o cual pariente asesinado en Auschwitz, lo que disfrutó viendo Los rivales en el teatro o las historias de terror que cuenta su abuelo Moritz después de sobrevivir a Theresienstadt.

Además de la retahíla de cartas de amor entre Mischi y Stanley, que se escribían incluso viviendo juntos, también hay otras entre Mischi y un noviete de los años cuarenta, un tal Hans, del que Ruth nunca había oído hablar, pero por lo visto una pieza esencial de su juventud y de su vida. Ahí se le aparece otra cara de Mischi, vivaracha, distinta, románticamente lenguaraz, que le reprueba con gracia que la llame sweetheart y honey y lo achaca a la rápida adopción de los modismos estadounidenses del recién llegado Hans, quizás provocada por un golpe de calor. En una misiva escrita un mes antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Hans recurre a palabras en alemán y al apelativo cariñoso «Mischilein», y muestra su impaciencia por que se reúna con él en Nueva York —que describe como una ciudad asombrosa y vertiginosa, además de como un lugar lleno de fruta y chocolate, al contrario que Inglaterra—. Le cuenta que se ha reunido con Lily y Hermann, ya divorciados, que también están deseando verla y que le han preguntado si su hija es alta o baja, gorda o flaca, guapa o fea y que si anda erguida o encorvada. En este momento, Ruth se da cuenta de que sí sabe quién es ese Hans: aquella figura misteriosa que convenció a los padres de Mischi de que le pagaran el pasaje para mudarse de Inglaterra a Estados Unidos.

Ruth sigue leyendo el testimonio de Hans y una frase se queda con ella. El muchacho asegura que, en la conversación con sus padres, no ha abierto el pico sobre los «jamones algo gordos» de Mischi. Al principio, a Ruth eso le resuena como un insulto, del todo extraño, sobre todo porque la joven Mischi estaba más bien tísica. Pero luego le resulta completamente meloso, al dibujársele como una de esas bromas coquetas que las parejas comparten en secreto con intenciones eternas, pero que acaba por extinguirse. Desde luego, nunca imaginaron que la confidencialidad la romperían, setenta y cinco años después, los ojos lectores de alguien que existe gracias a que ese romance acabara por disolverse.

Después de superar todos los desafíos de una relación a distancia, ¿por qué acabó aquel romance en cuanto Mischi llegó a Nueva York? Seguramente Mischi no se casara con Hans porque, para ella, aquella mudanza equivalía a empezar de cero. Mischi rechazó fervientemente arrastrar la cruz de refugiada judía y se quiso desvincular de cualquiera que hubiera huido también de los nazis. Para protegerse a sí misma y rebelarse contra sus padres, prefirió desposarse con un intelectual cristiano con aspecto ario que huyó de la rusticidad de la Indiana profunda y celebrar con sus hijas Navidad en lugar de Janucá.

La lectora sobre la alfombra persa encuentra también mensajes menos importantes y más distantes, que habían caído en el pozo de la desmemoria, y la Ruth del presente mira a los ojos de la Ruth del pasado, a quien, por lo visto, también le obsesionaba la comida y J. D. Salinger y utilizaba con soltura términos freudianos para describir sus sentimientos a la edad de nueve años. Pero lo que más le sorprende es leer cómo su madre y ella bromeaban y se hablaban con cariño, algo que la transporta a los primeros veinte años de su vida, cuando admiraba a su madre profundamente, antes de que todo empezara a torcerse.

Para salvarse a sí misma, Ruth se agarra a un recuerdo hermoso que ha resistido el paso del tiempo: las dotes culinarias de Mischi. Abre el congelador, donde le está esperando el último bocado maternal: la sopa que Mischi cocinó para la pasada pascua judía, que todavía sabe a gloria meses después.

Una vez reconciliada por el abrazo culinario, Ruth vuelve a la alfombra persa y agarra unas cuantas carpetas. Tenía a Mischi por una escritora en ciernes, pero ahora se encuentra ante sus complejos poemas y una prosa que atrajo el interés de varios editores. ¿Cómo pudo ocultarle todo eso a su hija? Hay una carta de rechazo de una tal Annie Laurie Williams, que no quiere publicar un relato de Mischi, Éxodo, y, sin embargo, muestra un gran interés por la novela que tiene en el horno.

Ruth lee la primera frase de la novela, sin título aparente —«Cuando los Jackson celebraban sus fiestas habituales en las noches de los sábados, Harriet Jackson se sometía a una total metamorfosis»— y cae en esa trampa lectora de preguntarse si esa tal Harriet sería un alter ego de la presumida de su madre. Hojea los papeles y salta de página en página hasta llegar al suicidio de Harriet y de nuevo le atormenta la actitud de Mischi.

Se da media vuelta y aparecen ante ella todas fotos llenas de gente pretérita, que, en lugar de apenarla, le hacen sentir de golpe una enorme gratitud por este tiempo de pausa mundial. A pesar de haberse sumido en ese umbral de disociación, confusión e incertidumbre que vienen de la mano de la parca, ha podido resguardarse en el silencio, el aislamiento y la ausencia de distracciones, los ingredientes perfectos para un bálsamo magnánimo, de los cuales habría carecido en circunstancias normales, pues en la cultura estadounidense hay que superarlo todo de un día para otro, y el duelo no tiene cabida.

En su conjunto, toda esa montonera de documentos inunda a Ruth de una simpatía, compasión y apreciación que no recuerda haber sentido jamás por su madre. Desde la perspectiva del tiempo, solidificado sobre la alfombra persa de ese apartamento en Queens, su madre se ha convertido en un personaje literario de múltiples nombres (Marion, Mischi, Mischilein), en un espectro con una vida fascinante que su hija desconocía casi por completo. Le parece que ese retrato post-mortem derrocha inteligencia, sentido del humor y sensibilidad y Ruth le perdona a su madre todos los años de amenazas, sinsentidos y negatividad.

Ahora sí cree estar emocionalmente preparada para abrir la maleta. Ruth la coloca junto al ventanal para verlo todo con la mayor claridad y, aunque no sea muy de fotos, saca un par para el recuerdo, por el miedo que le da que se le deshaga en las manos. Se limpia las gafas, respira hondo, se sonríe y se anima a abrir el equipaje del Gripsholm, sabiéndose preparada para aceptar cualquier recuerdo o descubrimiento doloroso. La Historia la está mirando fijamente, y se siente poderosa ante ese equipaje en que su madre cargó sueños y suspiros en un largo trayecto en barco desde Liverpool a Nueva York. Durante unos instantes, Ruth no puede creer lo que contiene ese objeto valiosísimo que su madre lleva décadas atesorando; y le da un ataque de risa cuando por fin procesa que la maleta está llena de las decoraciones navideñas más horteras que ha visto en su vida.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Diatribe

[Leer cuento en español]

By now, the odor of abandon and decaying food has almost dissipated from Mischi’s apartment in Queens. She has been paying rent for a vacant apartment since her death, and now Ruth and her son, Mark, have come all the way from California to dust it off, to expel the mustiness, to empty it of history and the tangible void of the last few months so that it can be returned to its owner. 

Everything has remained in disarray since the beginning of March, because when the sudden news of her mother’s death sent Ruth rushing to New York, she took care of only the barest necessities, confident that she would be back within a couple of weeks to arrange everything properly. It had never crossed her mind that five months of purgatory would pass before her return. Yes, the virus was filling the news even then, and New York was already giving hints that it would become one of the world’s epicenters, but it still seemed like a distant, foreign scourge, not quite real. Collecting the ashes from Staten Island, she faced the same views of the Statue of Liberty that had greeted her mother arriving on these alien shores. Her curiosity aroused by a church she’d never noticed before, she entered on a whim, and the remains started to writhe within their urn, because it seemed Mischi’s repulsion to Christianity survived even incineration. Back at the apartment, she recited the Kaddish, the prayer of the dead, with a minyan formed of the hodgepodge of nonagenarians and former employees Mischi hadn’t been nasty enough to drive away permanently. She ended up kissing and hugging these near-strangers as if everyone had forgotten that in these times, death lurked in every breath.

Ruth performed these obligations by ritualistic instinct, relief growing as she closed out this chapter of her life so full of fighting and anger. Eager to be done and feeling slightly dazed, she threw things away with abandon, emptying the apartment as quickly as possible. Later, when she realized that in her cleansing frenzy, she’d thrown away all the death certificates she’d just paid for, she allowed the thought to cross her mind that maybe her anger hadn’t yet been completely surmounted. The one thing she kept without a second thought was the suitcase that Mischi brought on the Gripsholm, the Swedish ship that carried her to a new life in New York. In March, Ruth set this luggage in a corner and there it remains, oblivious to the march of history and the absence of Mischi. She still doesn’t feel ready to face whatever’s inside that shabby and enigmatic suitcase and has been postponing opening it all week long, knowing the memories it holds might shatter her.

Perhaps she’ll open it today, taking advantage of being on her own, since Mark set off for a Saturday in Manhattan and shows no signs of returning. Both mother and son deserve a break today, after a frenzied week trying to dispose of the seemingly inexhaustible stores of books, documents, tchotchkes, furniture, clothing, medical equipment, and now-obscure devices that accumulate over more than half a century of a life in the same apartment. Who’d have thought giving valuable items away could prove so difficult? Ruth has enjoyed strengthening her relationship with Mark over these days, but now she is lured by the idea of solitude, which seems to her like a chance for the long-awaited closure to the mourning that has clouded her since spring. She will say goodbye for the last time to that apartment where she spent most of her childhood and adolescence with her parents and sister, all of whom, it hits her, now exist only as memories, many staged within these four walls.

Mischi made her exit at the right time; how awful it would have been for her to live through the pandemic. And what would Ruth have done? Expose herself repeatedly to the menacing, panting crowds of airports or just move in with her mother? Both options sound potentially deadly, and just the thought sends a chill down her spine. Fortunately, Mischi died exactly as she wished — at home, suddenly, painlessly, after a long life, able to claim moral victory over the cancer the doctors had said would kill her in three months all the way back in early 2017. This defiance of death was almost to be expected, because by the age of eleven, she was already a reluctant expert on the necessities of survival, leaving behind all friends and family to escape to England on one of the first trains of the Kindertransport. But a week before she’d died, she announced on a phone call with Ruth that she was more than ready to leave this world behind too, and she finally did so at the age of ninety-two.

Over these days that mother and son have been confined to the apartment in Queens, they have erected a giant, chaotic pyramid on the Persian rug out of every document that exudes the slightest whiff of interest, and Ruth’s goal for today is to do a thorough winnowing.

She is eager to plunge into the maelstrom of paper because the written words are stitching up a wound that has gaped open for decades. For some unknowable reason, Mischi spent more than thirty years bad-mouthing her as greedy and conniving, even threatening to disinherit her in later years, as if determined to perpetuate the pain she had suffered when her own father did the same to her.

Hence, Ruth was astonished when she read the will in March and discovered that Mischi’s last testament contradicted those lacerating, inexhaustible curses, not only granting her daughter her rightful share of the estate but giving her absolute power as the sole executor. This unanticipated posthumous gift was a tremendous emotional reprieve, a far cry from the single table and lamp granted to Ruth in an earlier will tauntingly shown to her by her mother. 

Now she sits before an overwhelming epistolary expanse and reads and reads without respite. Through her hands pass dozens and dozens of angry letters from forgotten battles that took place between 1952 and 2016, and she separates them into two piles. On the right, she places the letters returned to Mischi which trace her fierce advocacy for Black civil rights in the 1950s and 1960s. She had already known the broad details of her mother’s education campaigning, but the deep commitment to fair housing was all new to her. On the left, she puts the Byzantine labyrinth of correspondence relating to her attempts to recover the family businesses, real estate, and works of art, in a struggle that spanned seven decades, with restitution of pennies on the dollar granted in spurts and dribbles. At the age of eighty-eight, her life already behind her, she received a tidy sum from the German government that allowed her, in her 90s, to finally discover the pleasure of spending money. Inextricably intertwined with this saga is her ultimately futile fight to recover her rightful share of her parents’ estate, traced in drifts of letters from a dozen different lawyers. Ruth has always wondered what led them to disinherit her — an impossibility in German law, as Mischi later discovered — because, from the correspondence she comes across, it seems they never stopped caring for their daughter.

Just minutes ago, she discovered a letter from 1944, in which Dr. Hilde Lion — founder of Stoatley Rough, the English boarding school for German refugee children where Mischi spent the war years— assures Lily and Hermann Matthiessen that their daughter loves to receive news and photos of them, that they don’t have to worry about any lack of affection, and that she is a good-looking, tall girl, very practical, and “quite capable to organise.”

She finds a diary of Mischi’s which she skims through, skipping whole sections, until she comes across a 1959 entry in which, exhausted and lovesick, Mischi contemplates suicide. Ruth’s first overwhelming impression is how much her mother truly loved her father, and the letters she’s found demonstrate that this endured until the end, even decades after their separation. But she can’t help the nagging realization that, conversely, Ruth and her sister, Irene, are mentioned only in passing, as if they were irrelevant to this decision… her mother has been ignoring her for even longer than she thought.

She tosses the journal away in a moment of ire, and peers out of the corner of her eye at the Gripsholm luggage, as if now she has seen everything she needed to, she is ready. But something is still holding her back: she knows her mother treasured that suitcase for decades. It’s ridiculous, because Ruth has never felt intimidated by objects, but she cannot open it yet; she does not feel strong enough to face its contents, maybe because of the weight of history. 

Instead, she grabs a small file cabinet labeled “Kochrezepte” that proves to hold the recipes of her great-grandmother Helene Dobrin, Mischi’s beloved grandmother who was killed in Theresienstadt, the concentration camp near Prague. Helene and her husband Moritz founded the Dobrin Konditoreien, which quickly grew to many branches across the ritziest neighborhoods of Berlin, so successful that it became a fixture in guidebooks and even literature of the epoch. Family legend has it that Helene introduced the banana split to the German capital, and she was unquestionably a savant with desserts, so Ruth strokes the autumnal pages and vows to cook Schokoladencreme and Zitronen-Eis and Kastanientorte when they return to California.

Suddenly, an envelope with a small note pinned to it drops from the file cabinet: “Last letter from Helene to Lily before she was sent to Theresienstadt.” The ink is still crystal clear, as if written yesterday, but it is in German, the precise, old-fashioned cursive on the pristine onionskin so elongated that it resembles Cyrillic. Ruth is almost relieved that the message is indecipherable for now, and she places the letter next to the green passport with a large swastika that Lily used to flee to the United States via a tortuous journey overland through wartime France, Spain, and Portugal.

Generations of a family reside in these epistles flooding the Persian rug, yellowing papers with ink spilled in love and anger and confession by people who now must be conjured out of this correspondence that oscillates between futility and transcendence. They speak of music, literature, food and all the routines of a life, but the letters also served as a means for Ruth’s father, Stanley, to reveal his homosexuality, and for her sister to tell her that she has terminal cancer, shortly before her death at the age of forty-five. At this remove in time, there is indeed a curious flattening in which the mundane has become as important as the momentous. 

Ruth is besieged by so many simultaneous sensations that no single emotion can break through, and she feels absolutely nothing except dread of that brown, battered suitcase. She focuses again on the letters: she reads them quickly, with a curiosity that is both historical and familial, and she is especially amazed by those from the post-war period, how in a single letter, Mischi is able to casually mix book recommendations with news of relatives killed in Auschwitz, and the pleasure of a night at the theater seeing The Rivals with the the horror stories of her grandfather Moritz about surviving Theresienstadt.

Among the countless letters between Mischi and Stanley, who couldn’t resist painting their love in ink even when living under the same roof, Ruth stumbles upon love letters to Mischi from a boyfriend in the 1940s, Hans, never mentioned by her mother in 70 years, yet apparently a key figure of her youth, and of her life. There, another side of Mischi appears, vivacious, chattily romantic, reproving him lightly for calling her “sweetheart” and “honey,” blaming pernicious American influence on newly-arrived Hans or perhaps a heat wave addling his mind. In a letter written a month before the end of World War II, Hans resorts to German words and uses the affectionate nickname “Mischilein,” expressing his impatience to be reunited with her in New York, which he describes as an amazing and dizzying city, as well as a place full of fruit and chocolate, so unlike England. He tells her that he has met with Lily and Hermann who, after so many years of separation from their daughter, are forced to ask this stranger whether she is tall or short, fat or thin, beautiful or ugly, straight or hunched. And Ruth suddenly makes a connection in her mind and realizes that this Hans is the same person as that mysterious figure who finally convinced Mischi’s parents to bring her over from England and reunite her with them.

A curious and slightly jarring phrase jumps out at her. Hans assures Mischi that he has not said a word to her parents about her “slightly fat hams”. At first it seems vaguely insulting, especially since Mischi was always rather skinny, if anything, in her youth, but then she sees its sweetness. This is clearly the inside joke of a playful young couple (likely born in the awkward transition from Germanophone to Anglophone), repeatedly endlessly by flirtatious lovers who see a lifetime before them, until suddenly it is never repeated again. It was never intended to be seen, seventy-five years later, by the prying eyes of someone who exists only thanks to the disintegration of that romance.

After surviving all the stresses of a year apart, why did their love collapse so quickly once Mischi rejoined him in New York? Perhaps she didn’t marry Hans because for her, New York was always supposed to be a blank slate. She fervently refused to play the role of the pitiable Jewish refugee and strove to disassociate herself from anyone else who had escaped the Nazis. Driven by an instinct for self-protection and rebelliousness against her family, she preferred to marry the most Aryan-looking man she met, an intellectual Christian from rural Indiana, and to celebrate Christmas with her daughters instead of Hanukkah.

The explorer on the Persian rug also comes across less exciting but less distant messages, fallen into the oblivion of forgetfulness, and the Ruth of the present stares into the eyes of the Ruth of the past, who, apparently, was already obsessed with food and J. D. Salinger and casually bandying about Freudian terms to describe her feelings at the age of nine. But what surprises her most is to read how she and her mother joked with each other and talked to each other with love, and it brings her back to the first 20 years of her life, when she had admired her mother so much, before everything soured.

Mischi’s cooking is one bright memory Ruth has always been able to cling to. She opens the freezer, where the last taste of her mother awaits her, and the soup that Mischi froze the previous Passover still tastes like youth and life all these months later.

After this culinary reconciliation, Ruth returns to the fray and grabs a few more folders. She knew Mischi always had some aspirations as a writer, but she had no idea how complex her poetry was, or that she had gotten interest from publishers about short stories and even a novel. How could she have hidden this part of her life from her daughter? She finds a rejection letter from an Annie Laurie Williams, who regrets being unable to publish Mischi’s story, Exodus, but expresses great interest in her upcoming novel.

Ruth reads the first sentence of the novel, apparently untitled — “When the Jacksons did their customary entertaining on Saturday nights, Harriet Jackson underwent a complete metamorphosis” — and falls into the reader’s trap of wondering if Harriet is an alter ego of her mother. She leafs through the sheets and jumps from page to page until she reaches Harriet’s suicide, and she is stung once again by Mischi’s attitude.

She turns around and sees only photos full of inhabitants of the past which, instead of saddening her, suddenly make her feel an enormous gratitude for this world-wide caesura. Plunged by Death into dissociation, confusion and uncertainty, she has been able to take refuge in silence, isolation and freedom from distractions, the perfect ingredients for a generous balm, all of which she would have lacked under normal circumstances, since in American culture everything must be overcome from one day to the next, because it holds no place for mourning.

Seen as a unified story, the pile of documents floods Ruth with sympathy, compassion and appreciation. With the safety and perspective of time, reified on the Persian carpet of that apartment in Queens, her mother has been transformed into a literary character with multiple names — Marion, Mischi, Mischilein, — a stranger with a fascinating life that her daughter was often barely aware of. It seems to her that this post-mortem portrait exudes intelligence, humor and sensitivity, and Ruth forgives her mother all the years of threats and negativity.

Now she feels emotionally ready to face the suitcase. Ruth carries it next to the window to illuminate it clearly and, even though she’s not normally one for photos, she snaps a couple as a memento, because she’s afraid the valise will crumble in her hands. She wipes off her glasses, takes a deep breath, smiles, and steels herself to open the case, knowing she can take any painful memory or discovery. She has History before her eyes and feels powerful confronting that suitcase which bore her mother’s dreams and sighs on the long boat ride from Liverpool to New York and the unknown. For a second after it falls open, Ruth’s brain can’t process what’s before her eyes, and then she giggles helplessly as she realizes the case is filled entirely with the tackiest Christmas decorations she’s ever seen.

{Translated by Adam Lischinsky}

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More tales of the pandemic based on real stories at
Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus
Navarrevisca

Genealogía

Únicamente tía Tomasa guarda recuerdos de recuerdos de la gripe de 1918 en toda Navarrevisca; y, hasta ahora, siempre le habían parecido historias de fantasmas, de otro mundo o de otra época.

Las anécdotas se las regaló su madre, Fermina, y llevaban décadas sin paseársele por la memoria, pero desde hace unos meses se le dibujan como reminiscencias incesantes que se le aparecen hasta en sueños. 

Tía Tomasa se levanta de buena mañana, abre la ventana para airear bien la habitación y le comienzan a invadir esos vientos gerontológicos que configuran sus pensamientos desde hace noventa y cuatro años. Antes de descender a la planta baja para no regresar hasta la noche, se lava, se viste, se toma sus pastillas y hace la cama. En esa misma cama fallecieron su madre y su suegra y quizás también su abuela María con lo de la gripe, quién sabe, porque entonces en los pueblos se moría en casa. Una vez aviada, recorre las escaleras despacito, despacito, porque tiene la pierna un poco a la virulé y el descenso le agrava el dolor. 

Para no centrarse en el calvario de la bajada, piensa, peldaño a peldaño, si entonces tendrían vacunas. Ayer se preguntó si usarían mascarillas. Y el otro día le asaltaron dudas sobre el distanciamiento social. Siempre se responde que no a todo, que seguramente por eso se murió su abuela María de la mal llamada gripe española: porque no tenían nada y no conocían nada y no se cuidaban nada de nada. O sí, quién sabe, si nadie se acuerda ya de esos tiempos. Como siempre, llega a la planta baja sin sacar nada en claro, pero al menos la divagación le sirve para ignorar la dolencia.

Tiene sus rituales diarios, tía Tomasa, que apaña la casa con brío y salero: barre, recoge los cacharros de la noche anterior, se hace el desayuno. Hoy no le toca cocinar, porque aún le quedan croquetas de la semana pasada, además de unos tomatillos y unos torreznitos que le trajo ayer Maritere, la vecina, que está siempre pendiente de ella. Mañana hará empanadillas para un regimiento y las congelará para ir comiéndoselas de a poquitos.

La pierna le está dando guerra. Normal: ayer se fue con Currita a la farmacia y luego se tomaron un café y unos churros en Casa Victoria, que las llenaron de energía para echar a andar hasta las Pezuelas y la puerta de tío Ufe, casi hasta San Antonio, y se les fue la mañana en un santiamén. 

Hoy toca descanso. Se acopla en la flexura del codo la cesta con los útiles del ganchillo, agarra la silla de mimbre y sale ágilmente a la puerta de casa, donde se coloca con maña al sol y el cabello cano le resplandece mientras lo acarician suavemente los aires serranos. Si ya el pueblo se estaba quedando sin gente, ahora el desamparo ocupa las calles con más solemnidad. Esta mañana no hay ni un alma, excepto un par de gatillos que maúllan en ruegos famélicos y que sienten la ausencia humana desde el estómago.

Tía Tomasa se acomoda sobre la mimbre, totalmente amoldada a sus hechuras, y, en cuanto junta las agujas, el tintineo invoca la figura de Fermina y le vienen esos recuerdos en un torbellino confuso y se le enredan entre la lana. Su madre le daba bien a la sinhueso en el telar, mientras desenmarañaba y urdía, pero aquellas palabras se las llevó el viento y el tiempo, porque no parecían importantes. 

Fermina sobrevivió a la anterior pandemia, pero se quedó huérfana de madre con dieciocho años. A saber si se infectó alguien más de la familia, a saber con cuántos años contaba abuela María cuando se la llevó la gripe, a saber cómo se enfrentó a la parca, a saber dónde falleció. A pesar de ser familia directa, tía Tomasa se dice que desconoce quién es aquella gente, si ella no había nacido aún, qué voy a saber yo. No suspira, porque es de humores risueños, y tampoco le preocupa el olvido, pero la cadena de pensamientos inciertos se le hace inevitable durante estos tiempos.

Y aquellos tiempos… Qué duros, por Dios. Tía Tomasa creció entre cañas y canillas y su abuelo y su padre la enseñaron desde muy pequeña el arte de tejer, a lo que se dedicó en cuerpo y alma hasta que se casó con su Aurelio, que en paz descanse, un cabrero guapetón que la conquistó con las tantas y tantas cartas que le envió desde la mili. Ella tejía mejor que su hermana, que era puro nervio, dónde va a parar. A tía Tomasa se le inundaban las manos de paz y paciencia y no se le rompían los hilos al confeccionar las mantas para los pastores. Pero no solo tejía: también tupía las mantas en el batán y las cortaba —de cincuenta metros a veinticinco y luego a cinco y luego a dos y medio, le resuena como un sonsonete— y las llevaba al tendedero y las dejaba bonitas bonitas y las trocaba por los pueblos de esa zona de Ávila con su padre. Mantas y mantas pesadísimas (sobre todo cuando llovía) a cambio de queso o garbanzos o pimentón o patatas o castañas o higos o aceites o lana de oveja sin preparar o lo que hubiera, hija, a veces cuatro duros, si había suerte, que entonces había pesetas.

Come con la tele. Dicen en el parte que la gente que se salvó durante la gripe española no salía a la calle y que vivía en espacios bien ventilados y que incluso se les prohibió la cría de cerdos en casa. Sobrevivirían los ricos, tú verás. Aquí en el pueblo, antes había mucha gente y muchas casas malutas, de piedras amontonadas y con ventanucos, y siempre había un gorrino en cada hogar, que daba para el caldero de todo el año. Y las familias vivían todas juntas (los padres, los hijos, los nietos) y no tenían ni agua, solo la del pilón, y las calles eran puras trampaleras. Le contaba su madre que, durante esa horrible gripe, había días que no daban abasto ni para llevar a los muertos al cementerio de La Mata, el de ahí abajo, el antiguo.

Después de comer, regresa a su sillilla. Poco a poco, van saliendo tía Paula, tía Leoncia, tía María, todas las viudas que habitan la calle. Cada una con su asiento arcaico de mimbre, con su distancia, con sus agujas y sin sus cartas. Eso sí que lo echan de menos, más que ninguna otra cosa: las partidas durante horas y horas cada domingo, la fuerte presencia del mazo dentro del puño, los sonidos secos al barajear, el júbilo de cantar brisca. Cada vez son menos las que juegan, porque ya fallecieron tía Felisa, tía Fidela y tía Rosario, pero las homenajean con una vivacidad de carcajadas y alguna reyerta fortuita.

Ahora tienen que hablarse cada una desde una esquina, qué le vamos a hacer, y a ratos no se entienden, pero se contestan «pues tú verás», y acaban por comprenderse, porque se hacen compañía desde que no tenían arrugas. Cuando pasa alguien, si pasa, se ponen la mascarilla. Se tiran toda la tarde como cotorras, sin parar de tejer y, entre dimes y diretes, se van los días volando, aunque les falte el ajetreo de los forasteros y no puedan preguntarles «¿dónde va la cuadrilla?» o «¿cuándo habéis venío?» o «¿ya han llegado tu hermana?».

Están bien, se cuidan, no ha muerto nadie que resida en el pueblo, aquí no hay tanto peligro. Tía Tomasa está como un roble, si no fuera por el dolor de pierna… Aunque, hace unas semanas, se levantó toda revuelta y mareada y, nada, le pusieron una inyección, la llevaron a Burgohondo, que ahí sí hay médicos, y le metieron un palitroque en cada roto de la nariz y aquí paz y después gloria. Nada, todo bien, hija, no hay coronavirus que valga. A saber si hubiera agarrado ella también lo de antaño, ¿qué pruebas le harían a su abuela?, la pobre, tan joven, tan joven. Parece que otras dos o tres señoras más se murieron ese mismo día en Navarrevisca. Seguro que antes no había ni pruebas ni nada.

Hoy dan misa. Las vetustas amigas pueden ver la sombra de la torre de piedra coronada con cigüeñas desde la puerta de casa, pero se preparan con bastante antelación, porque vaya trajín siempre que repican las campanas: ay, la garrota, ay, la mascarilla. Entran y salen, entran y salen, hasta que tienen todos los avíos. Y van caminando lentamente, bien separadas, sin agarrarse del brazo, con el único apoyo del bastón y de la presencia de las amigas.

Y ahora, tú verás, hay que hacer de todo antes de entrar a la iglesia: limpiarse bien las suelas en el felpudo, lavarse bien las manos con el gel ese que está como un témpano, sentarse cada una en una punta en los banquillos —uno sí, uno no, uno sí, uno no, que así no hay quién se dé la paz en condiciones—, tomar el cuerpo de Cristo en la mano, con mascarilla el cura y mascarilla la persona comulgante. Al final se ríen, las señoras, porque todo este jaleo le da algo de emoción a la cosa: no ha habido cambios en la misa desde hace ni te cuento.

Al final del día, tía Tomasa se siente feliz en su hogar, en ese pueblo de la sierra con doscientos y pico habitantes. Tiene que aprovechar estos días que le quedan. Ya llega el otoño y empieza a refrescar y en el parte hablan y hablan de la segunda ola esa y sus hijas se la quieren llevar a Madrid, para otro posible confinamiento. No le gustaría volver a los meses de encierro, cuando se le hacían los días larguísimos, porque el único entretenimiento era observar a las familias reales europeas en las revistas, hacer calcetinillos para sus bisnietos y mirar a la policía desde el balcón. Y, encima, cuando salió a pasear por primera vez desde después de dos meses encerrada, ahí sí que le dolía la pierna pero bien, veía las estrellas, no podía dar un paso. Pero, hija, habrá que obedecer: si se queda y se pone mala, ¿qué hace? Su Maribel y su Lumi quieren lo mejor para ella. 

Se convence de que podría ser peor cuando rememora las crónicas borrosas sobre la pandemia anterior en el pueblo que le narraba su madre en el telar, testimonio que ya solo habita en su memoria, porque no está recogido en ninguna hemeroteca ni en ningún registro de la iglesia ni en ningún otro imaginario de este mundo y que se hunde cada vez más en los misteriosos recovecos de la historia. Esos recuerdos de recuerdos se esconden como un tesoro efímero en la persona más mayor de toda Navarrevisca, que se acaba de meter en la cama para descansar sobre todo la pierna —que le duele menos cuando la estira—. Tía Tomasa sueña con soñar que su abuela sobrevive y que le cuenta con pelos y señales todo lo que pasó en Navarrevisca durante la gripe española.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

10 estatuas de mujeres en Europa

De todas las estatuas que hay en los espacios públicos de todo el mundo, muy pocas tienen nombres y apellidos de mujer. Por eso, queremos homenajear a algunas de las figuras femeninas más célebres e influyentes de la historia a quienes se les haya dedicado un monumento en alguna ciudad europea.

El 8 de mayo de 1429 el ejército francés liberó Orleans de manos de los ingleses, en uno de los episodios más importantes de la guerra de los Cien Años. La persona que estaba al mando del ejército no era otra que Juana de Arco (1412-1431), uno de los personajes más célebres de la historia. En honor a este acontecimiento, Francia celebra el segundo domingo del mes de mayo la fiesta nacional de Juana de Arco, a quien los ingleses acabaron quemando en la hoguera por delito de herejía con tan solo diecinueve años. La estatua de Juana de Arco, que brilla de bronce y oro en la place des Pyramides, París, es uno de los tantos monumentos en el país galo a la santa (sí, la canonizaron en 1920), además de una de las poquísimas estatuas ecuestres con una mujer a las riendas de un caballo.

Estatua ecuestre de Juana de Arco en París.
Estatua ecuestre de Juana de Arco en París.
Fotografía de Dennis Jarvis

Alguien que también murió demasiado pronto por revelarse contra las injustas leyes establecidas fue la granadina Mariana de Pineda (1804-1831), condenada a pena de muerte por tener contacto con los liberales. La prueba que utilizaron para condenarla fue una bandera antimonárquica que supuestamente estaba tejiendo y que lo más probable es que fuera colocada en su casa por la policía. Después de su muerte, por garrote vil, se convirtió en una mártir y en un símbolo de la libertad. Se le han dedicado varios homenajes, como una estatua en su honor en la plaza que lleva su nombre en Granada, una obra de teatro escrita por el propio Lorca o la colocación de sus restos mortales en 1856 en la cripta de la preciosa catedral de su ciudad natal.

Mariana de Pineda en Granada
Mariana de Pineda en Granada.
Fotografía de Alba Iglesias Zamorano.

Desgraciadamente, la que murió más joven fue la celebérrima Ana Frank (1929-1945), que falleció con tan solo quince años. Su único pecado fue nacer en la Alemania nazi siendo judía. Durante la Segunda Guerra Mundial, se ocultó con su familia durante dos años y medio en la parte de atrás de un edificio en Ámsterdam, donde hoy en día se encuentra su casa-museo y frente a la que hay una estatua dedicada a la adolescente. Durante el tiempo que estuvo encerrada, escribió su famoso y escalofriante diario, donde narra lo que hacían entre las cuatro paredes hasta que delataron a todos los miembros de la familia y los llevaron a campos de concentración. A Ana primero la arrastraron a Auschwitz y luego a Bergen-Belsen, donde murió de tifus tan solo unos días antes de que liberaran a los judíos. Su padre fue el único superviviente y se encargó de publicar los textos en un libro titulado La casa de atrás, que luego se llamaría El diario de Ana Frank.

Estatua de Ana Frank frente a su refugio en Ámsterdam
Estatua de Ana Frank frente a su refugio en Ámsterdam.
Fotografía de btristan.

Otra víctima del Holocausto fue la filósofa y religiosa Edith Stein (1841-1942), quien estudió germanística, historia y filosofía en distintas universidades alemanas y fue discípula del filósofo Edmund Husserl. Aunque de origen judío, Stein pronto dudó de la religión de su familia y la lectura de varios textos, en especial de Vida, de Santa Teresa de Ávila, la llevaron por el camino del catolicismo, hasta tomar los hábitos en 1934, adoptando el nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz. A lo largo de su vida, escribió varios textos de suma importancia, como El ser finito y el ser eterno, obra realizada en 1933 y publicada póstumamente en 1950 que pone en relación el cristianismo y la fenomenología de Husserl, o Formación y vocación de la mujer, sobre pedagogía y la lucha por los derechos de las mujeres. Se exilió en Holanda, pero la policía nazi la detuvo en el país ocupado para conducirla a su triste final: una cámara de gas en Auschwitz. Su monumento, en Colonia, la representa por partida doble, en su vertiente judía y cristiana. La iglesia católica reconoció su santidad, puesto que Juan Pablo II la canonizó en 1998 y en 1999 la nombró copatrona de Europa.

Monumento dedicado a Edith Stein en Colonia
Monumento dedicado a Edith Stein en Colonia.
Fotografía de Steve Moses.

Más de 2000 años atrás, otra mujer pasó a los anales de la literatura, aunque no se tiene demasiada información sobre ella. Safo de Lesbos (630/612-580 a.C.) nació en la famosa isla, que actualmente forma parte de Grecia, y perteneció a una familia acomodada. Además de dedicarse al arte y la literatura, también se hizo cargo del negocio familiar y fue activista política, posicionándose fuertemente en contra de la tiranía. Su gran implicación la obligó a exiliarse en Sicilia, pero regresó a Lesbos unos años después y dirigió allí una academia de las artes. Escribía sobre temáticas muy liberales, como la bisexualidad, y su influencia literaria fue tal que existe un tipo de estrofa denominada sáfica, fue fruto de admiración para personajes de la talla de Baudelaire o Woolf y se le han dedicado varios monumentos, como el que se encuentra en la ciudad de Mitilene, en Lesbos, representada con una lira en la mano.

Safo con una lira, en Lesbos
Safo con una lira, en Lesbos.
Fotografía de Aegean Midilli.

La británica Emmeline Pankhurst (1858-1928) también luchó contra la tiranía, pero de otra índole: lideró el movimiento sufragista, a partir del cual pretendían conseguir el voto para las mujeres en el Reino Unido. Los miembros del grupo recurrieron a técnicas de protesta que fueron desde manifestaciones hasta huelgas de hambre o el ataque a policías, por lo que entraron en prisión varias veces. Hasta el momento, los únicos que podían votar eran los varones de más de 21 años; pero en 1918 las sufragistas consiguieron que las mujeres mayores de 30 años pudieran ejercer su derecho y en 1928, sólo unas semanas después de la muerte de Pankhurst, igualaron las edades. Su lucha tuvo tanto peso que tan solo dos años después de su muerte les dedicaron una estatua en el Jardín de la Torre Victoria de Londres a Emmeline y a su hija Christabel, también sufragista, y en 1999 la revista Time la incluyó en su lista con las cien personas más influyentes del siglo XX.

Monumento a Emmeline y Christabel Pankhurst
Monumento a Emmeline y Christabel Pankhurst en Londres.
Fotografía de Jim Linwood.

Quien también lo tuvo difícil para que la consideraran como una igual fue la polaca Maria Sklodowska-Curie, más conocida como Marie Curie (1867-1934). Ella y su marido Pierre trabajaron durante toda su vida en el campo de la radiología, por lo que recibieron el Premio Nobel de Física en 1903 y, después de que Pierre falleciera en un accidente de tráfico, se alzó con Premio Nobel de Química en 1911, convirtiéndose en la primera persona en conseguir los galardones suecos en dos categorías distintas. Sin embargo, no lo tuvo nada fácil: hubo muchas reticencias para que recibiera el primer premio por no haberlo conseguido antes ninguna mujer, consideraban más importante el trabajo de su marido y durante toda su vida aprovecharon cualquier excusa para cerrarle las puertas (por ejemplo, el romance que tuvo ya viuda con un hombre cinco años más joven provocó un escándalo que repercutió en su carrera). Sin embargo, su innegable talento la llevó a conseguir grandes logros, como ser la primera mujer entre el profesorado de La Sorbona, dirigir el Servicio de Radiología de la Cruz Roja o fundar en Instituto del Radio, ahora llamado Instituto de Oncología Maria Sklodowska-Curie. Hay varios homenajes a ella en Varsovia, como una estatua de la científica sosteniendo el símbolo del polonio, elemento que descubrió junto a su marido.

Estatua de Marie Curie en Varsovia
Estatua de Marie Curie en Varsovia.
Fotografía de Alberto Cabello.

Romper los moldes y las leyes formó parte de la vida de muchas mujeres. Para que reinara María Teresa I de Austria (1717-1780), hija del emperador Carlos VI, no sólo estalló la Guerra de Sucesión Austriaca, un conflicto que duró nueve años, sino que se tuvo que abolir la Ley Sálica, que le impedía gobernar por el mero hecho de ser del sexo femenino. La monarca fue la primera y única mujer al cargo de la casa de Habsburgo y su reinado, que duró nada más y nada menos que cuarenta años, le dio para mucho y llevó a cabo medidas bastante benevolentes, como la abolición de la servidumbre o la mejora del sistema educativo. Tuvo dieciséis hijos con su marido, Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico, entre los que destaca María Antonieta, la última reina de Francia, a quien cortaron la cabeza en la guillotina. La imponente estatua de María Teresa I de Austria, con diecinueve metros de altura y cuarenta y cuatro toneladas de peso, se alza en la plaza de María Teresa, en Viena, y está rodeada de generales a caballo.

Monumento a María Teresa I de Austria en Viena
Monumento a María Teresa I de Austria en Viena.
Fotografía de Costel Slincu.

Una de las personas más influyentes en materia de educación fue Maria Montessori (1870-1952), quien marcó huella en el sistema educativo actual. La italiana fundó a principios del siglo XX el método didáctico que lleva su nombre y que es tan aclamado hoy en día. Este sistema consiste en darles libertad a los alumnos para que aprendan de una forma más autónoma y desarrollen su talento propio gracias al estímulo del maestro. Antiguamente había una estatua de Montessori en Berlín, pero en 1933 los nazis cerraron todas las escuelas alemanas que seguían su método educativo y quemaron la estatua en un incendio alimentado con sus propios libros. Eso sí, en su lugar de nacimiento, Chiaravalle, hay una casa-museo y un llamativo monumento de acero y bronce que representa a Maria Montessori con un niño.

El niño en el centro del mundo: monumento a Maria Montessori. Fotografía de Mario Sorbi.
El niño en el centro del mundo: monumento a Maria Montessori.
Fotografía de Mario Sorbi.

A principios del siglo XX se escribió la primera biografía de la reina pirata de Irlanda, Grace O’Malley (1530-1603), cuyo nombre irlandés era Gráinne Ní Mháille y que fue la lideresa de clan O’Mháille. Su familia pertenecía a la nobleza, por lo que recibió una buena educación, pero eso no le impidió tener mala fama debido a sus dos matrimonios y a los distintos romances que no se molestó en ocultar. A causa de las tensiones con Inglaterra y los continuos intentos de invasión del país vecino, O’Malley se convirtió en pirata y lideró un movimiento por la defensa de las aguas irlandesas. Su estatua, con la cabeza bien alta, está en un parque de Westport, Irlanda; y hay incluso una canción tradicional irlandesa dedicada a O’Malley, que se llama Óró sé do bheatha abhaile y se considera un símbolo de la rebeldía.

La reina pirata Grace O'Malley
La reina pirata Grace O’Malley en Westport.
Fotografía de Stair na hÉireann.
[Artículo escrito por Patricia Martín Rivas
y publicado originalmente en Wimdu.]

Parole intraducibili

FERNWEH
Tedesco
~Sentire nostalgia per un luogo mai visitato~

Erano anni – anni – che volevano visitare quel luogo. Non ne avevano mai sentito parlare finché si trasferirono in Cina, ma la sua esistenza si era trasformata in un’ossessione. Un’ossessione irraggiungibile, tuttavia: nelle poche vacanze che avevano ogni anno, avevano sempre ricevuto qualche visita che preferiva conoscere Pechino o si erano ammalati o non ne avevano voglia o era uscito qualcosa più vicino o più economico o più.

Avevano letto tanto su quel posto, che già si immaginavano mentre camminavano tra le colline arancioni, bagnandosi nelle sue acque cristalline, godendo della gastronomia, facendo il (dis)amore nelle valli, nelle acque, tra i manicaretti.

Anche se l’aereo era più veloce e più economico, decisero di andare in auto: le trenta ore di guida promettevano esuberanze. E chi si credevano, loro, per dire di no alle esuberanze?

In realtà, quel viaggio si vestiva di rottura: erano Abramović e Ulay sulla Muraglia Cinese, ma molto meno stravaganti. Non avevano smesso di discutere negli ultimi mesi, e quel viaggio era ciò che mancava loro per sigillare la loro relazione, di cui tanto avevano letto e parlato e pianificato e sognato.

E addio.

Le prime quattordici ore passarono volando: godettero del paesaggio, dell’incessante trambusto nella bella spaziosità delle autostrade, delle parole che venivano alla bocca osservando targhe altrui, dei ricordi che venivano loro in mente per le canzoni alla radio. E senza né discutere né rinfacciare né insultare.

Ma non venivano più parole in mente con la targa dell’auto d’avanti. Avevano recuperato cento quarantasei parole dalle loro aree di Broca e Wernicke, e non avevano più da dove prenderne.

L’autostrada aveva venti corsie e l’ingorgo si estendeva per centoventi chilometri e i chilometri si stavano mangiando ottantacinque milioni di persone.

Mentre aspettavano che si dissolvesse l’ingorgo, parlarono dei propri sentimenti più profondi, dei loro pensieri più intimi, fecero migliaia di amici, condivisero storie, bave e altri fluidi, si riconciliarono, mangiarono manicaretti insospettati, impararono ad amare il dolce aroma del fumo, mulinarono incessantemente le ciglia. Non arrivarono mai a destinazione e decisero di non andarci mai: quei dodici giorni in auto furono le migliori vacanze della loro vita.

{Traduzione di Giuseppe Gallotta}

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Questo racconto si basa su una parola intraducibile
e forma parte del libro in spagnolo
Saudade, di Patricia Martín Rivas.

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San Francisco

San Francisco de la mano de Mark Twain

Introducción: Qué ver en San Francisco

¡Oh, San Francisco, mi paraíso! Una ciudad siempre animada, con tantas opciones de ocio. De hecho, yo fui muy feliz escribiendo en el periódico local sobre qué se cocía en esta urbe. ¡Qué tiempos! En San Francisco me trataron mejor de lo que merecía. Yo, Mark Twain, un mero sureño estadounidense, me llevé el mejor trato en este estado recién adherido al país. Hoy en día mis obras son de lectura obligatoria en todos los institutos de Estados Unidos, pero fue aquí precisamente donde comencé a hacerme famoso. Las gentes de orígenes tan diversos y los fuertes terremotos han configurado la estética de la ciudad, con una gran influencia de la arquitectura victoriana. Eso sí, yo hice más por San Francisco que cualquiera de sus otros residentes: ¡tanto será que la población se incrementó en 300.000 habitantes al poco tiempo de marcharme! La ciudad de la niebla, San Fran, Frisco… como quiera que la llamemos, es un lugar en el que todo el mundo quiere vivir grandes experiencias. ¿Vamos a dar un paseo?

1.-  Fisherman’s Wharf

Me encanta empezar nuestro paseo en el puerto de Fisherman’s Wharf, porque llegué a San Francisco en barco de vapor más de una vez. En el siglo XIX, en plena Fiebre del Oro californiana, muchos hombres llegaban de todo el país para enriquecerse. Qué digo todo el país, ¡de todo el mundo! Muchos pescadores italianos y chinos aprovecharon el crecimiento de la ciudad para ofrecer sus mercancías a los hambrientos trabajadores. Desgraciadamente, los edificios originales fueron destruidos en el famoso terremoto e incendio de 1906, que asoló la ciudad. La arquitectura actual es una mezcla de escombros y materiales nuevos, que se utilizaron para reconstruir el puerto. Desde aquí podemos ver dos de las atracciones más populares de San Francisco. ¡Si nos deja la característica niebla del lugar, claro! Al mirar al oeste, se ve el puente Golden Gate, el símbolo de la ciudad. Y hacia el norte se vislumbra la isla de Alcatraz, con su infame prisión, cerrada en 1963 y que ahora es un museo que se puede visitar a través de un agradable paseo en barco.

2.-  PIER 39

Hay que ver lo que sopla el viento aquí. ¡No se puede venir con ropa de verano! Desde luego, el invierno más frío que he pasado es un verano en San Francisco. Aunque hay temporada de lluvias, las temperaturas cambian poquísimo a lo largo del año: hay que dormir con un par de mantas finas tanto en verano como en invierno, sin necesidad de mosquitera. Ni siquiera hay que estar pendiente de la predicción del tiempo: basta con mirar un almanaque para saber qué día hará, pues la variación de un año a otro es prácticamente nula. Supongo que hay gente a la que le gustará este clima, pero a mí me parece muy monótono, la verdad. ¡Juro que rezaba por que hubiera algún relámpago de vez en cuando! A pesar del viento, este puerto sigue siendo muy popular hoy en día. Creo que tienen mucho que ver los simpáticos leones marinos, que viven desde 1989 en esos antiguos muelles de embarcaciones. ¡Cómo disfrutan de la brisa! ¡Y qué ruidos hacen! Son más divertidos que muchos humanos que conozco. Este lugar es perfecto para disfrutar de marisco fresco, comprar suvenires y realizar varias actividades con niños, como ir al acuario.

3.-  Musée Mécanique y USS Pampanito

Ya no quedan máquinas como estas; ¡qué divertido es este lugar! El Musée Mécanique es una colección privada con máquinas antiguas de videojuegos, de música y hasta de adivinar el futuro y la fortuna en el amor. Es tan ridículo como divertido. Por muy viejas que parezcan, aún se puede jugar. ¡La diversión está asegurada por un par de peniques! Seguro que tanto mayores como niños estarán encantados. También lo estarán con el USS Pampanito, un submarino que se encuentra atracado justo al salir por el otro lado del museo. Se trata de una embarcación utilizada en seis patrullas de la Segunda Guerra Mundial y que ahora es una atracción turística. Aunque dé un poco de claustrofobia, merece la pena visitar el submarino. Cuenta con una sala de radio, cuarenta y ocho literas y muchas cosas más. ¡Es increíble! Me da mucha pena que el ingenio humano se use tan a menudo para promover la guerra y no la paz.

4.-  El gran terremoto de 1906

Recuerdo a la perfección mi primer terremoto, aquí en San Francisco. Era una tarde apacible de domingo, las calles estaban vacías y de pronto todo comenzó a temblar. El suelo se movía como las olas del mar, de un modo violento, y vi cómo los edificios empezaban a derribarse. He de confesar que la sensación me pareció única y que lo disfruté mucho. Claro que en el gran terremoto, acontecido el 18 de abril de 1906, habría tenido mucho más miedo. Al fuerte terremoto le siguieron tres días de incendios por todo San Francisco, lo que destruyó casi por completo la ciudad, y murieron centenares de personas. Fue una barbaridad. Eso sí, la ciudad supo resurgir de sus cenizas, y a una velocidad de infarto. Se ayudó a las familias sin hogar, dándoles refugio, comida y tabaco. En unas pocas semanas, los modernos tranvías circulaban por las calles. En tres años, se erigieron unos 20.000 edificios, que conforman la actual ciudad, con una arquitectura que mezcla la estética victoriana y la moderna, con predominación de la madera y el ladrillo.

5.-  Calle Lombard

La sinuosa calle Lombard es una de las más famosas del mundo. ¡Y con razón! Decenas de turistas la visitan cada día para hacerse fotos con la calle de fondo. Tiene ocho curvas cerradas en solo 400 metros. Yo no llegué a conocerla, pero me habría encantado bajar por esta calle en automóvil o en bicicleta, rodando sobre su preciosa calzada roja rodeada de plantas florales y casas de estilo victoriano. La razón de su construcción repleta de curvas fue hacer que los peatones pudieran caminar por una calle tan sumamente empinada de un modo seguro. Y, además, se consiguió hacer de un modo muy estético. Aunque parezca mentira, hay calles aún más inclinadas. Y es que parte de la personalidad de San Francisco se debe a sus colinas. Son preciosas, sí, pero aquí hay que estar en forma o contar con un buen carruaje.

6.-  El barrio italiano

La avenida Columbus, que se extiende a un lado de donde estamos, le debe su nombre a uno de los italianos más famosos de la historia: Cristóbal Colón. Un gran número de inmigrantes italianos se instalaron aquí después del gran terremoto, con lo que la zona se convirtió en un pequeño barrio italiano. De hecho, contemplamos ahora la iglesia neogótica de San Pedro y San Pablo, también conocida como la catedral italiana del oeste. Más allá de la iglesia se puede ver la torre Coit, desde donde hay unas vistas preciosas de la ciudad. Hoy en día, la población italiana en esta zona es más bien anecdótica, pero aún se pueden disfrutar pizzas, capuchinos y pasta de gran calidad. Durante los años 50 del siglo pasado, por cierto, los revolucionarios escritores de la generación beat se reunían en los cafés de la zona. No me extraña que les atrajera tanto San Francisco. Sin duda, ¡es una ciudad muy inspiradora!

7.-  Pirámide Transamérica

Cuando se terminó su construcción en 1972, la Pirámide Transamérica se convirtió en el octavo edificio más alto del mundo. Hoy en día, es el rascacielos más emblemático de la ciudad. Mide 260 metros y tiene 48 pisos, ¡en mi época no había edificios tan altos! Se construyó teniendo en cuenta la peligrosidad sísmica de la ciudad, con un sistema que demostró su eficacia durante el terremoto de Loma Prieta, en 1989, cuando no sufrió ningún daño. Se encuentra en el Distrito Financiero de San Francisco, donde se concentran decenas y decenas de empresas, bancos, bufetes de abogados y otros negocios. Cuando California pertenecía a España y después a México, el Distrito Financiero se llamaba Yerba Buena y servía como puerto. En 1846, Estados Unidos ganó el territorio en la llamada Batalla de Yerba Buena sin que se disparara ni una sola bala y sin bajas ni muertos.

8.-  Edificio de ferries

De estilo neorrenacentista, el edificio de ferries es uno de los símbolos principales de la ciudad. Su gran torre con un reloj está inspirada en la Giralda de Sevilla y las arcadas, en el acueducto de Roma. Desde que abriera sus puertas en 1898, el edificio de ferries de San Francisco se convirtió durante décadas en la puerta de entrada de forasteros nacionales e internacionales, que llegaban en tren y en barco. Antiguamente había un puente peatonal delante del edificio, pero se desmontó en un intento desesperado de conseguir metal para armamento durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a su estructura de acero, resistió los dos grandes terremotos que asolaron la ciudad. Desde 2003, el edificio renovado ofrece comidas gourmet, un mercado de agricultores varios días a la semana y terrazas con unas preciosas vistas a la bahía. Es un espacio ciertamente encantador.

9.-  Calle Market

La calle Market tiene casi cinco kilómetros y va desde el edificio de ferries hasta las colinas de Twin Peaks, desde donde se puede disfrutar de unas vistas espectaculares de la ciudad. La calle Market es la arteria de la ciudad desde que se diseñó en el siglo XIX. Antaño, la calle estaba plagada de carruajes y tranvías, pero a partir de la década de los 60 del siglo pasado, se modernizó con el metro y los rascacielos. Mi hogar estaba por aquí, de hecho: a solo una manzana, subiendo por la calle Montgomery. Se trataba de un hotel de lujo, el Occidental, el mejor de la ciudad, que desgraciadamente fue destruido por completo en el terremoto de 1906. La revista literaria semanal The Golden Era tenía su sede aquí, por lo que el hotel atrajo a muchos escritores e intelectuales. Ya entonces esta zona me parecía un lugar de prisas y jaleo, y ruido… y confusión. ¡Veo que no ha cambiado mucho!

10.-  El barrio chino

El Chinatown de San Francisco es el barrio chino más antiguo de Estados Unidos y también es el que cuenta con la mayor población china fuera de Asia. Se trata de una comunidad con centros culturales, hospitales, servicios en mandarín y cantonés y celebraciones diversas, como el año nuevo chino. Recibe más turistas incluso que el Golden Gate. Los visitantes podrán sentirse como en una ciudad china, disfrutar de la comida más auténtica y comprar objetos de recuerdo. Cuando yo vivía aquí, en los años 60 del siglo XIX, me encolerizaba ver su situación, por lo que aproveché que escribía en un periódico local para denunciarlo. Y es que, para abaratar los costes de la construcción del ferrocarril transcontinental, contrataron a más de 10.000 trabajadores de China, que vivían en condiciones deleznables. Pero ¡ahora es maravilloso! Después del gran terremoto, los mandatarios quisieron reubicar a los ciudadanos chinos en las afueras. Sin embargo, la comunidad les plantó cara y consiguieron quedarse, aprovechando para construir edificios con una estética más china, como varias pagodas, un tipo de templo budista. Aquí tenemos la famosa Puerta del Dragón, la bonita entrada al barrio chino

11.-  Museo de arte moderno

San Francisco cuenta con muy buenas colecciones de arte. Una de las más destacadas es la del museo de arte moderno, conocido como el SFMOMA. El museo se inauguró en 1935 en otra calle y se trasladó aquí sesenta años después. Tras su cierre temporal durante tres años, en 2016 reabrió sus puertas con un aspecto renovado gracias a una expansión arquitectónica. Cuenta con una colección internacional de más de 30.000 obras de arte de los siglos XX y XXI, y se trata de un museo interactivo y muy innovador. De hecho, fue uno de los primeros museos en otorgarle a la fotografía el estatus de arte. Con obras de artistas como Kahlo, Warhol o Pollock, merece la pena visitarlo, desde luego. En mi época el arte no era tan diverso (ni tan raro). ¡Me resulta asombrosa la creatividad humana! También merecen una visita el museo judío y el centro de artes Yerba Buena, ambos a la vuelta de la esquina, en la calle Mission.

12.-  Plaza Unión

Esta plaza recibe su nombre en honor a los mítines en apoyo al Ejército de la Unión durante la guerra civil estadounidense. Este ejército, liderado por Abraham Lincoln,  fue el vencedor de la guerra. Pertenecía a los estados del norte, que defendían la unidad de todos los estados y tenían ideas más liberales, como la abolición de la esclavitud. Aunque yo estaba de acuerdo con estos valores, tuve que luchar en el otro bando, con el ejército de los Estados Confederados durante un aterrador segundo. Afortunadamente para la literatura universal, sobreviví. La columna que hay en medio de la plaza está dedicada al almirante George Dewey, una de las figuras principales de la inmediatamente posterior Guerra hispano-estadounidense.

Además, en las cuatro esquinas de la plaza hay esculturas de corazones, cuyos dibujos van cambiando regularmente, y que sirven para recaudar fondos destinados al hospital principal de la ciudad. Esta zona es ideal para los amantes de las compras y del lujo.

13.-  Tranvías en Powell y Market

¡Ahora sí que me parece que estoy en el San Francisco de mis tiempos! Aquí acaba y empieza la ruta de los tranvías y se ha mantenido el antiguo mecanismo para cambiar el sentido de la marcha. Así, cuando un tranvía llega a este punto, queda encajado en una plataforma circular giratoria y varios trabajadores le dan la vuelta empujándolo. El espectáculo desde luego es único: se trata del último lugar en el mundo en que se sigue manteniendo este sistema manual. ¡Me parece increíble! ¡Qué preciosidad! Aquí mismo se puede subir al tranvía para ir hacia el norte de la ciudad. El sistema de tranvías de San Francisco se inauguró en 1878 con veintitrés líneas, de las cuales solo quedan tres hoy en día. Aunque una parte de la población local aún lo utiliza, es un medio de transporte que sigue vivo gracias a los turistas. Y, a decir verdad, viene a las mil maravillas para moverse por esta ciudad tan llena de cuestas.

14.-  Biblioteca pública de San Francisco

En la biblioteca pública de San Francisco, tuve la oportunidad de leer unos cuantos libros fascinantes de mi estilo: humor inteligente. Fue en esta ciudad donde se me ocurrió realizar lecturas públicas de mis textos. A pesar de que mis amigos opinaron que nadie acudiría a verme leer, un editor me recomendó realizar un evento literario en la casa más grande de la ciudad y cobrar un dólar por la entrada. ¡Fue todo un éxito! Comencé a exhibir mis vestiduras por los sitios con más clase de la ciudad. La biblioteca a la que yo iba estaba en otro lugar, pero se destruyó en el terremoto de 1906, con una pérdida del 80% de las obras. Entonces se trasladó al edificio que justo vemos ahora al otro lado de la calle, pero que sufrió daños en el terremoto de 1989, y se reconstruyó como museo de arte asiático. Esto nos lleva a la biblioteca actual, esta, construida entre 1993 y 1995 al puro estilo Beaux Arts, con una fachada de granito blanco y una original claraboya en su luminoso interior.

15.-  Ayuntamiento de San Francisco

Como tantos otros edificios, el antiguo Ayuntamiento quedó totalmente destruido en el terremoto de 1906. El nuevo se construyó en estilo Beaux Arts, con una estructura de metal y una cúpula de unos 94 metros de altura. El interior está diseñado con elegancia y cuenta con elementos como bóvedas y columnatas. En la entrada, hay una estatua dedicada a Harvey Milk, primer hombre abiertamente homosexual en ser elegido para ocupar un cargo público en Estados Unidos y que fue asesinado aquí mismo en 1978. El arquitecto principal, Arthur Brown, Jr., también diseñó los edificios de la ópera, los veteranos y la torre Coit, entre otros. La construcción del Ayuntamiento nuevo se terminó justo a tiempo para la Exposición Universal de San Francisco, en 1915. Con esta exposición se quiso celebrar la inauguración del canal de Panamá, y además sirvió como excusa para demostrar la ágil capacidad de recuperación de la ciudad después del devastador terremoto. Hoy en día solo queda uno de los edificios construidos expresamente para la exposición, el Palacio de Bellas Artes, en el distrito de la Marina.

16.-  Ciudad multicultural

En esta zona hay varios edificios dedicados a la música, como la ópera, la filarmónica o el centro de jazz. ¡Mis ignorantes oídos disfrutaron de un sinfín de conciertos durante mi estancia! Hay opciones para todos los gustos, ya que nos encontramos en una ciudad con gentes de diversos orígenes. La mayor oleada de migración se dio a raíz del hallazgo de grandes cantidades de oro en California, el 24 de enero de 1848. Tan solo ocho días después, California pasó a formar parte de Estados Unidos. Al año siguiente, hubo una gran oleada de hombres toscos y barbudos y la población de San Francisco aumentó en un 2400%. La Fiebre del Oro trajo consigo tiempos de bonanza, whisky, peleas, fandangos, apuestas, testosterona y gran felicidad. La ciudad se fundó oficialmente en 1850. Ha habido desde entonces diferentes movimientos que han atraído a la gente. La oleada más reciente ha sido de trabajadores de tecnología, debido al boom empresarial en el Área de la Bahía de San Francisco. Esto ha encarecido muchísimo la ciudad y ha desplazado a la población más bohemia.

17.-  Las Damas Pintadas

Reciben el nombre de Damas Pintadas más de 48.000 casas construidas entre 1849 y 1915 en Estados Unidos. Su estilo arquitectónico inicial fue el victoriano, nacido durante el reinado de Victoria I del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Con inspiración en la arquitectura gótica inglesa, este movimiento se hizo popular tanto en el Reino Unido como en sus colonias. Al morir la reina en 1901, Eduardo VII del Reino Unido subió al trono. La arquitectura adoptó entonces el estilo eduardiano, inspirado en el barroco inglés y, por tanto, menos ornamentado. La Fiebre del Oro trajo opulencia a la ciudad, con inmensas casas por todo San Francisco. Las Damas Pintadas más famosas son estas, también llamadas «las Siete Hermanas», construidas entre 1892 y 1896. Originalmente, no eran tan coloridas: un artista comenzó un movimiento en los años 60 del siglo pasado para que la ciudad fuera más viva visualmente, lo que otorgó a las Damas Pintadas su aspecto actual. Desde este parque, Alamo Square, la vista de estas casas con los rascacielos de fondo es una de las más bellas y emblemáticas de San Francisco.

18.-  El movimiento hippie

«Si vas a San Francisco, recuerda llevar flores en el pelo». La canción San Francisco se convirtió en todo un himno en la década de 1960, porque representaba todo lo que estaba sucediendo en la ciudad. San Francisco se convirtió en el epicentro del movimiento contracultural, en especial esta calle, Haight, donde se mudaron unos 15.000 hippies en 1966, muchos escritores, artistas y cantantes. En 1967 se celebró el festival del Verano del Amor y más de 100.000 locuelos vinieron a la ciudad para disfrutar del ambiente que promovía valores como la paz, el amor libre, la compasión y la igualdad. Regalaban flores a la gente que pasaba, llevaban el pelo largo y ropajes de colores y tomaban alucinógenos. Cuando acabó el verano, muchos volvieron a sus estados de origen para fundar comunas y expandir el movimiento. A lo largo de esta calle aún quedan resquicios de la contracultura, con personas que mantienen el espíritu y tiendas donde se pueden comprar objetos y camisetas hippies, que no tienen ni punto de comparación con mi elegante traje blanco, todo sea dicho.

19.-  Castro

La bandera que hoy simboliza la diversidad sexual en todo el mundo se diseñó en San Francisco, considerada la ciudad más importante en cuanto a los derechos y la visibilidad del colectivo de gays y lesbianas. Una enorme bandera multicolor ondea en Castro, el barrio gay, y cuelga de muchas viviendas y negocios. En las décadas de los 60 y los 70 del siglo pasado, muchos homosexuales se mudaron al barrio y construyeron o remodelaron casas victorianas. Así, se creó un espacio seguro para el colectivo homosexual, oprimido históricamente, y esto llevó a una liberación única en el mundo, que sirvió como modelo para otras ciudades. Desde 1970, se celebra en Castro la Marcha del Orgullo de San Francisco, uno de los mayores desfiles en el mundo por la diversidad sexual. Durante más de un siglo, por cierto, el nudismo ha sido legal en San Francisco. Y aunque desde 2012 se ha restringido legalmente, esta zona sigue siendo nudista. Así que es habitual ver a gente desnuda paseando plácidamente por la calle. Conociendo esta ciudad, ¡no puedo decir que me sorprenda!

20.-  Misión de San Francisco de Asís

También conocida como Misión Dolores, la Misión de San Francisco de Asís es el edificio más antiguo de San Francisco. Entre 1769 y 1833, varios curas franciscanos españoles construyeron veintiuna misiones en todo el estado. El objetivo era evangelizar las colonias españolas, como California. La Misión de San Francisco de Asís, fundada el 29 de junio de 1776, es la séptima que se edificó. Las misiones se construían con muy pocos recursos y normalmente estaban hechas de adobe, una masa de barro y paja. Además, no había en realidad mano de obra cualificada, sino que recurrieron a nativos americanos esclavizados y entrenados expresa e improvisadamente en las tareas de construcción. Aunque con una estética sencilla, se consiguió emular el estilo arquitectónico de la época en España. Como buen ateo, yo no pisaba por estos lares, pero sé que en la propiedad hay una estatua del cura español de la época más célebre aquí, Junípero Serra, beato declarado póstumamente Apóstol de California.

21.-  Parque Dolores

San Francisco está construido sobre colinas de arena, pero… colinas de arena muy fértiles. Así, la vegetación es muy abundante. La ciudad cuenta con todo tipo de flores ciertamente excepcionales. Incluso tienen la flor más curiosa que hay, la del Espíritu Santo, que yo pensaba que solo crecía en Centroamérica. Es difícil de encontrar, ¡los californianos se pasan todo el tiempo arrancándolas! En este parque hay muchos amantes de las flores, que las llevan en el pelo, siguiendo el espíritu hippie de la ciudad. No se puede negar que el ambiente es excepcional, con toda esta juventud. En el parque Dolores se hacen picnics, se celebran conciertos y se ven unos atardeceres espectaculares. El parque está en un lugar con un gran peso histórico. Aquí vivieron los nativos americanos yelamu durante más de dos mil años hasta que los echaron los españoles, después de explotarlos para construir edificios sin pagarles ni un penique. También se alojaron en este lugar más de 1600 familias que se quedaron sin hogar a causa del terremoto y el incendio de 1906.

22.-  Edificio de las mujeres

Gracias a mi matrimonio con Olivia Langdon, conocí a abolicionistas, socialistas, ateos y activistas por la igualdad. Ella me enseñó a luchar por un mundo mejor. Esto es lo que hacen desde 1971 en el edificio de las mujeres, un espacio donde se les dan herramientas a las mujeres para mejorar sus vidas a través de la confianza en sí mismas y la fortaleza. Además, se hacen talleres y conferencias y se prestan servicios sociales. Como muchos otros edificios en el barrio de Misión, tiene un bonito mural en su fachada. El mural de MaestraPeace simboliza los logros de la mujer en la historia. Los precios de los pisos en este barrio se han incrementado muchísimo en los últimos años, debido a la llegada masiva de jóvenes. Además  de parar a disfrutar de los murales, Misión es el lugar ideal para comer o cenar. Lo más típico son los tacos, tanto por tratarse de una parte imprescindible de la gastronomía californiana, como por ser este el barrio mexicano. ¿Y qué mejor forma de acabar nuestro recorrido que llenándonos el buche?

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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