Idilio

[Read story in English]

Chiyo necesita estar sola ahora mismo. Va a pedir un té en una de las cafeterías tradicionales de Kioto, olvidarse de lo que ha pasado y escribir en su diario mientras siente el abrazo eterno de la ciudad. Y luego, cuando esté más calmada, volverá a ver a su padre.

Es todo tan raro… Al principio, intentó paliar la soledad impuesta con Zoom, Skype, LINE y cualquier otra cosa que la distrajera de estar consigo misma. Ahora, sin embargo, hay veces que no puede soportar no estar a solas con Kioto. A solas, sin nadie más. Eso es todo lo que necesita, se ha dado cuenta de que ese es su verdadero amor: su ciudad y el aroma del incienso y el zumbido de las cigarras y los susurros del pasado, en esa forma tan especial con que Kioto le sonríe con templos, jardines, ríos y montañas.

En parte, su profunda conexión con la ciudad tiene sus raíces en la supervivencia. Japón ha pasado por guerras, hambrunas, revueltas políticas, inundaciones, terremotos… Y ella siente que ha tenido vivencias similares. A pesar de todo, Kioto sigue resistiendo y permanece tan pacífica y tranquila como una estatua de Buda. Chiyo se aferra a la fuerza y la serenidad de la ciudad cuando siente que está a punto de romperse en mil pedazos.

Ahora intenta alcanzar ese estado de ánimo, porque está a punto de desmoronarse después del ritual del hatsumōde. Como de costumbre, la primera visita anual a un templo sintoísta la ha hecho con su padre. Después de rezar por buena fortuna y prosperidad en el nuevo año, han probado su buenaventura con el tradicional omikuji.

Con una expresión alegre, tan suya —la sonrisa perenne, los ojos centelleantes—, ha probado suerte con la esperanza de obtener daikichi. Sin embargo, el papelito le regala la peor fortuna de todas, kyo, una maldición que rara vez aparece y mucho menos en el día de Año Nuevo. «Debes cuidar de tu salud», «Compórtate», «Sé paciente», «No tengas demasiadas esperanzas». Los últimos dos años, con la pandemia, han sido durísimos para su salud mental, así que la mala ventura le ha caído como un jarro de agua fría. Se ha sentido más sola que nunca y tristísima: lo último que esperaba era otro año duro.

Kyo —ha murmurado, al borde de las lágrimas.

—Venga, que no es más que un juego —le ha dicho su padre, mirándola fijamente y riéndose para quitarle hierro al asunto.

No esperaba esa respuesta. Lo que de verdad necesitaba era consuelo, pero ni su padre ni su fortuna ni el año nuevo parecen estar dispuestos a animarla. Desde luego, la realidad mundial no la consuela. Ni su situación amorosa. Su única compañera fiel durante todo este tiempo ha sido Kioto… Por eso le ha pedido a su padre que se separen durante unas horas y le ha prometido que lo llamaría cuando estuviera lista para volver a verlo.

Con el viento que hace hoy, los ginkos y los arces bailan en una colina lejana. Chiyo se dice que, cuando una tormenta llega a la montaña, los árboles más desprotegidos y vulnerables caen primero. Antes, estar sola la hacía vulnerable, como si ella misma fuera uno de esos árboles, pero ahora se refugia precisamente en la soledad para sentirse fuerte. No es más que un juego. No es más que un juego. Las palabras de su padre le resultan socarronas, huecas. ¿Por qué llevan haciéndolo desde que era una niña si no es más que un juego? Ya está bien entrada en la treintena: si no significa nada, no tendrían que haber mantenido la tradición hasta ahora.

Camina rodeada de su bella ciudad, que la arropa. Siempre la arropa. No es más que un juego. No es más… Las palabras se desvanecen poco a poco, y ella se sume en un estado meditativo durante ese paseo en el que los adoquines le alteran los andares y se le va la mirada hacia la madera bellamente imperfecta de las puertas y el gris puro de las tejas. Inhala, exhala.

Estar soltera ya le resultaba difícil de por sí y la llegada de la pandemia empeoró su situación: dejó de salir con amigos, de tomar algo con sus compañeros después del trabajo y de charlar con desconocidos. La mayoría de sus interacciones en persona pasaron a ser virtuales y todo su mundo se redujo al móvil y el portátil. Ha acabado hasta las narices de las relaciones enlatadas en una pantalla.

Kioto también se murió de pena al principio. A la ciudad, acostumbrada a ochenta millones de visitantes al año, le desconcertaron sus arterías vacías. Cuando se declaró el primer estado de emergencia en la primavera de 2020, Chiyo pasó por una calle comercial en Kawaramachi y todos los negocios estaban cerrados, excepto las tiendas de alimentación y las farmacias. El paisaje era desolador.

Chiyo se sentía como un personaje de una película postapocalíptica: ¿cómo podía estar tan vacía la ciudad en un día cálido y soleado y sin una nube en el cielo? Pasaron los días y las semanas y no había nadie en las calles. Qué aturdimiento. Absolutamente nadie. Nunca se habría imaginado esa imagen de Kioto.

Poco a poco, empezaron a brotar carteles por toda la ciudad: el nuevo lema de las tiendas de suvenires, de las cafeterías, de los restaurantes y de los hoteles recién construidos para los Juegos Olímpicos de 2020 era un triste «Cerrado». No se trataba de un simple desastre financiero, sino de la pérdida de las ilusiones y los sueños de mucha gente.

Chiyo pasea para evitar a su padre y su propio destino y se para frente al templo de Bukkoji para observar el humo que sale del quemador de incienso. Piensa en todas las personas que han pasado por aquí a lo largo de los siglos para buscar consuelo después de perder a sus seres queridos, en esos días en que las oraciones y la cuarentena eran la única forma de luchar contra una enfermedad. Por lo menos ahora tenemos vacunas y lo entendemos todo mejor. Al principio, a Chiyo le desesperaba ver los templos vacíos. Vivía sola y solo salía para sentir la soledad de Kioto. Así es cómo ambas, la mujer y la ciudad, se encontraron. Al haber estado en más de setenta ciudades en todo el mundo, le empezó a dar mucha ternura la gente que depende del turismo para vivir y pensó que podría convertirse en viajera de su propia ciudad.

Desde que tomó esa decisión, engancha la bici todos los fines de semana y va a una o dos cafeterías para darles todo su apoyo. Las cafeterías tienen alma, Kioto tiene alma: sus gentes. Chiyo siempre insiste en mostrar su agradecimiento, porque esos lugares la hacen sentir que forma parte de una comunidad. Ella usa siempre la expresión «がんばって», ganbatte, por la que les desea a los dueños que resistan, y ellos responden, sin perder la sonrisa, que lo harán. Y luego Kioto inhala y exhala y se percata de que irradia belleza sin que la pisoteen hordas y hordas de turistas. Hacía muchísimo que no tenía esta sensación.

Y Chiyo se siente menos sola cuando está a solas con Kioto. Esta ciudad carece de carteles de neón y de publicidad agresiva que creen un simulacro de actividad, de ajetreo. El silencio ha llevado a Chiyo a encontrar un centro dentro de sí misma y ha aprendido a disfrutar sobremanera de su propia compañía. La relación entre ambas se ha dibujado, en cierto modo, como un proceso muy curativo.

Mientras pedalea, le parece como si hablara con su ciudad: «Oye, gracias por estar ahí. Me encantas. Me gustaría conocerte más, quiero pasar más tiempo contigo». Y Kioto le responde con murmullos de viento y le cuenta historias sobre la emperatriz Go-Sakuramachi Tennō y sobre el monje Shinran y sobre tantas personas que ya se marcharon hace mucho tiempo y que alguna vez sintieron la misma congoja que a ella tanto le aflige. «En el año 869, hubo una pandemia y la gente celebró un festival para rezar por la purificación…». Al estar tan receptiva a lo que le cuenta su ciudad y caminar por los mismos lugares una y otra vez, Chiyo viaja en el tiempo.

Hoy le resultan más reconfortantes las historias del pasado de Kioto que los pronósticos que se le han presentado. Pero no lo piensa, no lo piensa: no quiere volver a caer en un bucle de soledad y autosabotaje. Prefiere remover el té matcha que ha pedido para llevar y disfrutar conscientemente de su sabor herbáceo. Las adivinas han vuelto a las calles para ofrecer lecturas de manos. Eso es buena señal, le da esperanza, pero hoy prefiere ignorarlas. Se sienta a orillas del río y se queda mirando el agua mientras se pregunta cuántos tifones habrán arrasado esta zona, cuántas veces el río se habrá desbordado con ira para inundar la ciudad. Se imagina a las tantas y tantas personas que habrán colocado sacos de arena en la ribera a lo largo de la historia para proteger el paisaje que se abre ante sus ojos en el presente. Se siente agradecida por todo lo que tiene: un techo, salud, satisfacción laboral y familiares y amigos maravillosos. Hay tantas cosas de las que disfruta y que el virus no le ha arrebatado: leer, escribir, cocinar, hacer crucigramas… El covid no puede quitárselo todo. El jardín zen y el sonido de las cigarras y de la corriente le recuerdan que saldrán de esta pandemia, como lo hicieron todos los ancestros de esta ciudad. La ciudad y su cultura han sobrevivido mil veces. Lo harán una vez más.

Su padre se sienta a su lado. Llevaba un rato buscándola. 

—No es más que un juego, te estás preocupando demasiado —insiste.

Le dan ganas de levantarse y separarse de él de nuevo. Siempre ha habido altibajos en su relación. Nunca se han llegado a entender del todo. Pero se dice a sí misma que es mejor que se quede ahí.

—Claro que me preocupa. He pasado dos años muy duros. Ya basta.

Su padre queda pensativo y, poco después, saca la cartera y le da un billete.

—Vuelve a intentarlo.

—¿Para qué? No quiero tirar el dinero a la basura.

—Merecerá la pena. Ve al templo y repítelo.

Chiyo va a un templo cercano y paga una vez más para conocer su sino. No cree que cuente esta vez, pero bueno. La miko le da un cilindro de bambú para que pruebe fortuna. Chiyo reza por obtener un augurio más optimista y saca un omikuji nuevo. Recibe un número diferente. ¡Uf!

—Aquí está tu fortuna. Buena suerte para el año nuevo —la miko sonríe y le entrega una tira de papel doblada.

Chiyo abre la tira y lee la fortuna.

—¡Me ha salido daikichi! —le dice emocionada a su padre, que la está esperando a orillas del río.

—Ah, ¡muy buena fortuna! ¡Qué suerte! —contesta su padre—. Siempre es mejor empezar el año con esperanzas.

Chiyo observa la orilla del río y piensa que hoy su padre ha colocado sacos de arena alrededor de ella para evitar que se inunde. Ella es ahora un paisaje lleno de esperanza y lo seguirá siendo, porque se acordará de intentarlo una y otra vez, hasta conseguir el daikichi que anda buscando.

~~~~~~~~~~~~~~~~~

Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Osaka de la mano de Konishi Hirosada

Introducción: Qué ver en Osaka

Osaka, ciudad de sueños, guerras, artes y humo. Osaka, ciudad adorada, hogar de mi vida y mis obras, escenario cultural y culinario. Habitada desde hace más de diez mil años, y capital de Japón en un par de ocasiones, Osaka baila entre la tradición y la modernidad. La industria marca fuertemente su carácter: fábricas de barcos, cables o instrumentos en convivencia con la tarea de artesanos y las manufacturas: pura creación permanente. Pocos la conocen tan bien como yo, Konishi Hirosada, misterioso y prolífico artista declarado el más importante de la Osaka del siglo XIX. ¡O eso dicen los historiadores! Mis obras son tan valoradas que están actualmente en muchos museos europeos y estadounidenses; más de ochocientas compuse en esta maravillosa ciudad. Me encantaría ahora presentarte la cultura y la gastronomía de Osaka; además, nos adentraremos en un continuo entramado que se mueve entre lo espiritual y terrenal. ¿Me acompañas?

1.-  Ritos y simbología en los templos japoneses

Comencemos nuestro recorrido con la tranquilidad que nos brinda este arco tan típicamente japonés, un torii, que separa lo profano de lo sagrado. Conviene destacar un par de aspectos para que te familiarices con nuestras costumbres al pasear por los templos. Antes de rezar, encendemos incienso o nos lavamos las manos y la boca con los cacitos provistos en una pila. Una vez purificados, donamos una moneda, hacemos sonar una gran campana, damos dos palmadas y oramos. Verás diferentes objetos repartidos por el lugar sagrado. Los papelitos atados a un árbol o cerca de él se llaman omikuji y dictan la fortuna. Si la predicción es buena, el papelito se puede guardar; si, por el contrario, trae un mal augurio, hay que atarlo junto a los otros para no llevarse la mala suerte a cuestas. Para pedir un deseo concreto, recurrimos a la rueda de la plegaria, de piedra y con bonitas inscripciones; o a las ema, esas plaquitas de madera con escritos a mano, cuya música despierta con el soplido de la brisa. Las omnipresentes esvásticas simbolizan armonía y prosperidad y se usan en Asia desde hace más de 5000 años. ¡Adelante!

2.-  Templo de Shitenno-ji

Aunque se construyera en el año 593, el templo de Shitenno-ji, se ha tenido que reedificar casi por completo en varias ocasiones, siempre con gran fidelidad. Lo fundó con dieciséis años el príncipe Shotoku, uno de los responsables del triunfo en Japón del budismo, traído originalmente por viajeros chinos. De China nos llegaron además otros muchos conocimientos e influencias, como el forjado, la cerámica, la ingeniería y, lo más importante para mí, la xilografía. Esta forma de trabajar la madera, tan común en los templos budistas, inspiró mi técnica artística predilecta: el ukiyo-e o «pinturas del mundo flotante». En fin, el interior de los distintos edificios que componen Shitenno-ji ofrece una exultante arquitectura y exquisitas obras de arte pictóricas y escultóricas. A veces hay monjes budistas rezando con bellísimos cantos. Desde la pagoda, el edificio más alto, se aprecia el conjunto monumental y parte de la ciudad. Además de simbolizar la instauración del budismo en Japón, el templo de Shitenno-ji hizo de Osaka un punto de intercambio internacional en el mundo asiático.

Templo de Shitenno-ji

3.-  Santuario de Horikoshi

El príncipe Shotoku encargó la construcción de siete santuarios para proteger el templo de Shitenno-ji. El santuario de Horikoshi es uno de ellos y está dedicado a la religión local de Japón, el sintoísmo. Hoy en día, alrededor de un 80% de la sociedad nipona practica esta religión, que vive en armonía con otras. De hecho, la mayoría de los sintoístas son también budistas. Aunque de carácter politeísta, su mayor deidad es Amaterasu, diosa del sol y del universo. Lo creas o no, los japoneses consideramos que nuestros emperadores son descendientes directos de ella. Este santuario representa fielmente la arquitectura sintoísta: mucho más sencilla que la de los templos budistas y bien integrada en la abundante vegetación, pues veneramos la naturaleza. Y es que ¡los árboles son hogar de uno de nuestros dioses! A mí me encanta venir de noche, cuando encienden los farolillos: observarlos me llena de energía y paz. Nos encontramos, por cierto, en un lugar muy popular, porque tiene propiedades mágicas: ¡los deseos se hacen realidad! Eso sí, solo se concede uno por persona, así que ¡aprovecha para pedir algo que ansíes mucho!

4.-  Parque Tennoji

No te voy a engañar: Osaka no puede presumir precisamente de espacios verdes públicos. En Japón, hubo tres períodos de soberanía militar y el último acabó con la Restauración Meiji, del siglo XIX. Esta restauración tuvo como base la carta de juramento del emperador Meiji y acarreó profundos cambios políticos y sociales, como la apertura al exterior, más poder para el emperador y una mayor libertad del pueblo. La principal consecuencia para Osaka fue su industrialización y, debido a la gran cantidad de fábricas que proliferaron aquí, se empezó a conocer como la ciudad del humo o el Manchester de oriente. La Osaka actual sigue teniendo irremediablemente ese aire industrial y, como digo, carece de parques. Este, el Tennoji, es uno de los mejores de la ciudad y nació a raíz de la Quinta Exposición Industrial Nacional, celebrada en 1903, y las élites culturales y tecnológicas de todo el país pisaron este suelo para visitarla. Cuenta con grandes explanadas, un zoo, bonitos puentes, un jardín botánico, estanques y, lo mejor de todo, el Museo de Bellas Artes de Osaka. ¿Crees que tendrán alguna obra del único e inigualable Konishi Hirosada? ¡Solo hay una forma de averiguarlo!

5.-  Shinsekai

Después de tanta tranquilidad, ya es hora de adentrarse en el bullicio de Osaka. Con un aire a la vez decadente y encantador, este barrio cuenta con la mayor variedad de kushikatsu de la ciudad. Me refiero a esa comida rebozada y en un palo que protagoniza los menús decorados con dibujos de luchadores de sumo. La hay de carne, de verduras y hasta de helado, ¡pruébala!

Shinsekai, que significa «nuevo mundo», se erigió a principios del siglo XX con la inspiración estética del colorido barrio neoyorquino de Coney Island. Sus bares y cafeterías servían como lugar de descanso al final del día para los valientes e incansables vecinos que reconstruyeron Osaka después de la Segunda Guerra Mundial. Su rauda recuperación llevó a la ciudad a una prosperidad económica incluso superior a la de antes del conflicto. Los bombardeos de esta guerra, que destruyeron un tercio de la ciudad, y los infinitos combates que la asolaron en el siglo XIV, han hecho que su imagen variara constantemente con el paso de los siglos. Hay partes, como esta, que apenas si reconozco. Eso sí, el famoso espíritu de la ciudad sigue intacto: alegre, informal y humilde.

Torre de Tsutenkaku

6.-  Torre de Tsutenkaku

Osaka obtuvo la designación oficial de ciudad en 1889 y avanzó a un ritmo arrollador: en 1925 ya era la séptima más poblada del mundo, lástima que lo turbulento de la Segunda Guerra Mundial frenara repentinamente su desarrollo. Con anterioridad, París y su torre Eiffel inspiraron la ya desaparecida arquitectura del norte del barrio de Shinsekai. Los 64 metros de altura de la torre de Tsutenkaku la convirtieron en 1912 en la segunda estructura más alta de Asia. La torre original fue destruida durante la guerra y en 1956 se realizó una versión mucho menos parisina de 103 metros de altura. Esta segunda versión, con el neón como protagonista, y los alrededores de la torre, se concibieron con una visión de lo que sería el futuro, pero, paradójicamente, su aspecto ya es anticuado. Podría quedarme horas observando la torre desde debajo: el armonioso movimiento de la escena, las sinuosas colas de los pavos reales, los trazos firmes a la par que suaves o las coloridas flores ¡la hacen totalmente embelesadora! Tanto en lo alto de la torre como en las calles aledañas verás el Billiken, un Dios de la Felicidad, símbolo indiscutible de esta zona creado por una ilustradora estadounidense.

Torre de Tsutenkaku

7.-  Den Den Town

En 1874 apareció en Japón la primera revista de manga, fuertemente influenciada por su equivalente occidental, el cómic, con una técnica de producción de originales en serie abrumadora. Por su parte, sobre 1910 nació el anime o animación japonesa, una fuerte herramienta de propaganda durante las grandes guerras. Después de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses se instalaron en Japón para asegurarse de que se producía la desmilitarización y frenar el temido comunismo. Su intervención ayudó a la asombrosa recuperación de nuestro país, que en los 60 era ya la segunda economía más poderosa del mundo. El llamado Milagro japonés consistió en el impulso de las manufacturas, la distribución y la banca, además de en una gran apuesta tecnológica, que convertiría el país en un referente mundial de cámaras y videojuegos. Las calles de Den Den Town se dibujan como un paraíso de coleccionistas y aficionados al manga, el anime y los productos electrónicos. Por estas calles pasean a menudo gentes vestidas de sus personajes favoritos, ¡me encantaría retratarlas!

8.-  Namco Osaka Nipponbashi: el palacio de los videojuegos

Efectivamente, los videojuegos son una parte esencial del espíritu de Den Den Town. A principios de los años 70, varias empresas japonesas dieron sus primeros pasos con la producción de juegos recreativos electromecánicos. Además de pioneras, estas empresas reinaron durante la edad dorada de los recreativos, que comenzó en 1978 con la captura de marcianos de Space Invaders y abarcó casi una década. Con esta gran tradición japonesa, no me extraña nada que posteriormente hayamos destacado en este ámbito. Y me atrevería a decir que la estética es heredera de los trabajos que realizamos algunos de nosotros años, décadas y siglos atrás: los gestos, las curvas, los movimientos… ¡No me parece una idea descabellada! Puede que la popularidad de los salones recreativos haya decaído en todo el mundo, pero ¡no así en Japón! Tanto los más nostálgicos como los amantes de las novedades adorarán este palacio de los videojuegos. Si quieres hacer algo muy japonés, métete en esa especie de fotomatones, conocidos como purikura, donde las fotos se combinan con escenarios llenos de color y fantasía. ¡Un suvenir de lo más auténtico!

9.-  Estación de Nankai Namba

El topónimo de Osaka se mencionó por escrito por primera vez en 1496. Su antiguo nombre, Naniwa, se ha mantenido en el distrito que estamos recorriendo y, a la vez, ha evolucionado hacia el término Namba, nombre de esta zona. La Namba que yo conocí ya no existe. Su estación, Nankai Namba, con un cierto aire europeo e inaugurada en 1885, fue uno de los pocos edificios que aquí se salvaron cuando Osaka fue bombardeada en 1945 En julio de 1937, el Imperio de Japón invadió China y, así, el Pacífico entró en la Segunda Guerra Mundial. Formó parte de las Potencias del Eje, con las fascistas Alemania e Italia. Cuando Japón bombardeó Pearl Harbor en 1941, Estados Unidos le declaró la guerra y se unió al conflicto, y su intervención provocó grandes daños en muchas ciudades japonesas. Osaka sufrió ataques aéreos en diez días distintos, lo cual supuso la muerte de más de 10 000 civiles. Ahora, todo es nuevo… ¡Qué edificios más altos y modernos! Algunos, como el Swissotel, justo detrás de la estación, ofrecen muy buenas vistas.

10.-  Artistas callejeros – J-pop

Me encanta esta parte de Namba, porque, si no llueve, se puede disfrutar de artistas callejeros a casi cualquier hora del día. ¡Viva la creatividad! Aunque hay estilos para todos los gustos, el más célebre desde los años 90 es el pop japonés o J-pop, que tiene influencias de la música tradicional nacional y del pop y rock británico y estadounidense. ¡A los jóvenes les encanta y tienen mucho talento! Este es un sitio de reunión muy habitual, pero no es de extrañar encontrarse con muchos adolescentes en plazas o espacios abiertos de toda la ciudad cantando J-pop o practicando sus coreografías. De momento, ¡veamos los que encontramos por aquí! Aunque, bueno, he de admitir que no soy yo muy conocedor de los intríngulis de la música moderna. Todo es acostumbrarse, supongo… Eso sí, avísame si por casualidad ves una biwa, que es el equivalente oriental del laúd. ¡Me muero por escuchar sus acordes una vez más!

11.-  Mercado de Kuromon Ichiba

Dicen que hay pocos recuerdos más intensos que los que vienen dados por el olfato. Ay, ¡y cuántos recuerdos! Los osaqueños vivimos por y para la comida. De hecho, Osaka tiene el apodo de tenka no daidokoro: la cocina nacional. Su ubicación estratégica entre rutas marítimas y fluviales la convirtió en un punto de venta de arroz y favoreció los intercambios e influencias culinarias externas, especialmente de Corea y China. Mientras Osaka es la cocina del país, el mercado de Kuromon Ichiba, con productos frescos o ya preparados, se considera la cocina de Osaka, así que es un buen lugar para empezar a conocer las especialidades gastronómicas. Esta ciudad influyó en el desarrollo del sushi: ¡prueba sus distintas variedades! Te recomiendo también que comas negiyaki, una tortitas con ingredientes salados, y takoyaki, esas bolitas rellenas de pulpo que encontrarás en cada esquinas. ¿Estoy oliendo sopa de udon? ¡Es mi favorita! Recuerda que, cuando comas sopa, es de buena educación hacer mucho ruido al sorberla. Y ahora, si me disculpas, voy a pedirme una.

Negiyaki

12.-  Teatro nacional de Bunraku

Mi existencia se situó en el período Edo, cuando, entre 1603 y 1868, la sociedad japonesa vivía bajo la soberanía del gobierno militar de Tokugawa y de trescientos señores feudales. A pesar del aislamiento internacional y de la fuerte rigidez social que imperaba, Japón atravesó un gran crecimiento económico e invirtió mucho en arte y cultura, algo que me permitió vivir de mi pasión y talento. Pero el aislacionismo y la falta de libertades se hacían exasperantes. Su política exterior, conocida como sakoku, sentenció durante más de doscientos cincuenta años a pena de muerte a los visitantes extranjeros y a los japoneses que salieran del país. Por eso Japón tiene un carácter tan propio. O eso tengo entendido: desgraciadamente yo nunca pude rebasar sus fronteras. Protagonizaron este período algunas de las formas tradicionales del teatro, como el bunkaru, un espectáculo de títeres con música y canciones narrativas que se representa en este edificio de 1984. Los titiriteros están a la vista y el cantante hace normalmente todas las voces de los personajes, que varían según la edad, el género o la clase social, en una narración romántica o histórica. En el año 2003, el bunkaru se declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

13.-  Hoteles del amor

En la sociedad japonesa actual hay un gran número de adultos que no pueden, o no quieren, abandonar el nido. Hay situaciones extremas, como la de los hikikomori: personas que llevan al menos seis meses prácticamente sin salir de casa y sin tener ningún tipo de interacción social. En cualquier caso, existe una respuesta para las parejas que aún siguen viviendo con sus padres: los hoteles del amor. Estos hoteles tienen decorados y escenarios inusuales, y es muy común disponer de una cama de masajes, jacuzzi, luces rojas y grandes espejos en las habitaciones. Seguro que muchos entran con un nombre falso. ¡Yo tuve varios! En mi época era muy común firmar con diferentes seudónimos, como símbolo de madurez o para evitar la censura: Hirokuni, Gosotei Hirosada, Utagawa Hirosada, Gorakutei Hirosada… ¡Todo esto debe volver locos a los historiadores del arte! ¡Me encanta! Bueno, que me voy por las ramas: algunos de los hoteles del amor tienen una temática concreta, como este que vemos aquí: ¡de Navidad! Se trata, además, de una opción curiosa y divertida de alojamiento para los turistas, que podrán disfrutar de una experiencia genuinamente japonesa.

14.-  Hozenji Yokocho

Ay, por fin llegamos a una zona que me recuerda a la Osaka de mi época; de hecho, es dificilísimo encontrar arquitectura tradicional en esta ciudad, y es que las áreas destruidas en Osaka, Tokio y Nagoya durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial superaron en solitario los destrozos ocurridos en todas las ciudades alemanas. Aunque únicamente abarque un par de manzanas, esta calle tan típica, con pavimento de piedra, casitas de madera y muchos farolillos, es toda una joya. Si te atrae la cara más tradicional de Japón, aprovecha para ir a uno de los tantos restaurantes y salones de té que hay por estos rincones. Eso sí, puede que te encuentres con grandes dificultades lingüísticas. La escritura japonesa está compuesta por unos símbolos que representan bien una sílaba, bien una palabra. Es una de las grafías más complicadas del mundo, ¡incluso para nosotros! A veces los símbolos y los sonidos son tan ambiguos que, al hablar con alguien, aclaramos qué queremos decir escribiendo con un dedo sobre la mano. De hecho, Osaka quiere decir «gran colina», pero antaño también podía significar «rebelión de samuráis», así que se cambió la escritura durante la restauración Meiji, para evitar malentendidos y, supongo, no incitar a revueltas.

Osaka,

15.-  Templo de Hozen-ji

Desde 1637, los osaqueños hemos venido a rezar al templo de Hozen-ji, que antes era un gran complejo, pero desapareció casi por completo debido a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Este rinconcito en medio del caos de Namba ayuda a reencontrar la paz interior. Como una de las costumbres rituales que tenemos los sintoístas es echarle agua a las estatuas de los dioses para pedir suerte, las que se encuentran en las zonas más populares o más transitadas acaban cubiertas de musgo, algo que me parece muy bello, porque es como si les diéramos vida a nuestros amados dioses. Eso es precisamente lo que ocurre con la estatua de Mizukake Fudo, un fiero dios que corta la cabeza del mal con su espada en la mano derecha y salva a los aliados del bien con su cuerda en la mano izquierda. Además de ser venerado por la gente de a pie, este dios tiene entre sus principales adeptos a la yakuza, la mafia activa en Japón desde el siglo XVII. No te preocupes, ahora no son tan peligrosos como antaño, aunque eso sí, controlan mediante el fraude y la extorsión un número muy considerable de empresas japonesas. Venga, demos un paseo por el templo, ¡que es preciosísimo de día y de noche!

IMG_6227 2

16.-  Pasaje comercial de Ebisubashi-suji

Uy, uy, uy. ¡Aquí hay mucha gente! ¡Y caminan rapidísimo! Perdóname, es que yo estoy acostumbrado a un ritmo de vida mucho más tranquilo.

Desde principios del siglo XVII, esta calle se constituyó como una ruta de peregrinación para quienes querían rezar en el santuario de Ebisu, al norte, debido a la prosperidad de sus negocios. Desde el siglo XIX, Namba cuenta con muchos pasajes comerciales cubiertos, como este mismo. En ellos, en cada esquina hay desde comida y suvenires hasta adictivas máquinas de gancho repletas de peluches. También son comunes en muchas partes del país los paseos subterráneos que aprovechan comercialmente el espacio existente. Esta ingeniosa idea comenzó en Tokio en 1930 y Osaka la siguió una década después. A mucha gente le encantan, pero a mí me invade la claustrofobia solo de pensarlo, así que yo prefiero quedarme por aquí, que veo que hay muchas reproducciones de pinturas del mundo flotante, mi especialidad artística. Los expertos hablan de la facilidad a la hora de reconocer mi obra. ¡A ver si puedes! Te doy una pista: grabados en madera con figuras dramáticas e íntimas representadas con un trazo limpio y seguro, que se relacionaran sutilmente con un gesto o una mirada. Sencillo, ¿no?

17.-  Teatro de Shochikuza

El estilo teatral japonés que parece haber atravesado fronteras con más éxito es el que se representa en esta sala. Efectivamente, se trata del kabuki, que guarda una estrecha relación con las pinturas del mundo flotante. Aunque estas pinturas fueran al principio de un solo color, desde el siglo XVIII recurríamos siempre a la policromía, con unos colores tan intensos gracias a la utilización de tintas naturales disueltas agua. En las prácticas europeas, por el contrario, predomina el uso de óleos. En todo caso, me interesaban sobre manera el kabuki y sus actores. ¡Cómo disfrutaba retratando sus expresivos rostros en lugares fantásticos! La palabra «kabuki» se podría traducir como «el arte de cantar y bailar», y este tipo de expresión teatral nació en la cercana Kioto en 1603 como danza dramática. Durante los primeros 25 años, solo actuaban mujeres, que interpretaban a personas de ambos sexos. De hecho, en la vecina ciudad de Takarazuka hay un famoso teatro en el que todavía actúan solo mujeres.

18.-  Dotonbori

A principios del siglo XVII, Yasui Doton ideó un canal para unir dos partes del río y mejorar el intercambio comercial a través de sus aguas. Este canal, pues, fue bautizado como Dotonbori en honor a su creador. En tan solo una década, sus inmediaciones pasaron a ser el distrito de entretenimiento. En mi época, me encantaba pasear a orillas del canal y lo hacía muy a menudo, porque en él se encontraban los teatros a los que acudía para realizar mis retratos. Cada vez que venía por aquí, había algo nuevo y especial y por eso me centré en el teatro, ese lugar donde cada día es distinto e irrepetible. Con un aire excéntrico y una colorida alegría de neón, parece que ese carácter excepcional lleno de momentos únicos se sigue manteniendo en Dotonbori. ¿Qué me dices de los animales mecánicos gigantes en la puerta de los restaurantes? Y todas estas luces… ¡Nunca había visto tantas pantallas juntas! Sin lugar a dudas, el anuncio luminoso más célebre, icono de la ciudad, es el del corredor de Glico, con un atleta llegando a la meta. Ay, qué de recuerdos… ¿Damos una vuelta por el canal?

19.-  Bar de videojuegos Space Station

¿Quién dijo que jugar a los videojuegos no es una actividad social? Desde principios del siglo XXI, están muy de moda los bares de videojuegos, donde la gente se reúne para pasar un buen rato con las consolas y tomando algo. En este tipo de bares se juntan personas de todos los lugares del mundo para disfrutar de juegos orientales y occidentales, tanto clásicos como modernos. A veces es difícil encontrar algunos lugares en Osaka, porque su nombre no es muy visible o porque no tienen mucha publicidad. Además, hay muchos bares y restaurantes que no se encuentran en la planta baja, sino que hay que subir desde la calle por unas estrechas escaleras. Este tipo de sitios suelen ser menos turísticos, es decir, más auténticos y económicos. Esta zona tiene muchísimos locales de este estilo, así que anda con mucha atención, porque no se hace muy difícil encontrar un restaurante bueno, bonito y barato.

20.-  Amerika Mura

Con un aire desenfadado, calles estrechas, muchos espacios de ocio y una animada vida nocturna, el distrito de Amerika Mura, también conocido como Amemura, es uno de los más populares entre la gente joven. Esta zona empezó a cobrar fama en los años 70, cuando se restauraron diferentes almacenes para vender comida así como objetos y ropa de segunda mano provenientes de los Estados Unidos, de ahí su nombre. Hoy en día, aún se pueden encontrar muchos artículos de estas características, algunos con un aire muy retro. Aunque, no sé qué le ven a esta ropa, la verdad, donde esté un buen kimono… Lo que me fascina es que se huele la creatividad en cada esquina, porque es uno de los lugares más artísticos de la ciudad. La cultura estadounidense está tan presente en estas calles que hasta hay una versión libre de una de las estatuas más replicadas de la historia: la neoyorquina Estatua de la Libertad. ¡Mira hacia arriba! ¿La ves?

21.-  Karaoke japonés

Tsunami, kamikaze, judo, ninja, bonsái… Aunque no hables japonés, seguro que conoces más palabras de nuestro idioma de lo que crees, porque muchas de ellas han pasado a formar parte de los diccionarios internacionales. La más divertida de todas es, sin duda, la que significa literalmente «orquesta vacía». Efectivamente, ¡el karaoke! Esta divertida forma de entretenimiento se inventó en la vecina ciudad de Kobe en 1971. Desde entonces, es una herramienta indispensable para pasarlo en grande en las noches niponas. De hecho, en Japón existen más de 100.000 salas de karaoke. Osaka cuenta con algunas de ellas, repartidas por estas calles en las que estamos. Puede que no nos encontremos en la ciudad más ajardinada de Japón, pero sí en una de las más divertidas, así que aprovecha para realizar actividades de este estilo. Yo, si pudiera, cantaría en alguno de estos bares, pues para un japonés ¡es prácticamente obligatorio ir a un karaoke alguna vez!

Despedida

Ay, ¿de verdad tenemos que acabar ya? ¡Con lo que estaba disfrutando de este paseo por mi queridísima ciudad! Creo que merecerá la pena hacer otra ruta en Osaka, y qué mejor sitio que en las inmediaciones de su maravilloso castillo. Yo ahora voy a ver si encuentro mi antiguo estudio, en el que plasmaba mi corazón y mi alma en cada una de mis pinturas del mundo flotante. Aunque con lo que ha cambiado la ciudad, no sé si atinaré. ¡Me alegra mucho haberla visitado contigo! ¡Hasta siempre!

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

~~~~~~~~~~~~~~~~~

Más guías originales

Esta guía está narrada a partir de un personaje histórico
y forma parte del proyecto Navibration

[Está prohibido copiar o reproducir, total o parcialmente, el contenido del sitio web, salvo para su uso propio y salvo autorización específica.]