Osaka de la mano de Konishi Hirosada

Introducción: Qué ver en Osaka

Osaka, ciudad de sueños, guerras, artes y humo. Osaka, ciudad adorada, hogar de mi vida y mis obras, escenario cultural y culinario. Habitada desde hace más de diez mil años, y capital de Japón en un par de ocasiones, Osaka baila entre la tradición y la modernidad. La industria marca fuertemente su carácter: fábricas de barcos, cables o instrumentos en convivencia con la tarea de artesanos y las manufacturas: pura creación permanente. Pocos la conocen tan bien como yo, Konishi Hirosada, misterioso y prolífico artista declarado el más importante de la Osaka del siglo XIX. ¡O eso dicen los historiadores! Mis obras son tan valoradas que están actualmente en muchos museos europeos y estadounidenses; más de ochocientas compuse en esta maravillosa ciudad. Me encantaría ahora presentarte la cultura y la gastronomía de Osaka; además, nos adentraremos en un continuo entramado que se mueve entre lo espiritual y terrenal. ¿Me acompañas?

1.-  Ritos y simbología en los templos japoneses

Comencemos nuestro recorrido con la tranquilidad que nos brinda este arco tan típicamente japonés, un torii, que separa lo profano de lo sagrado. Conviene destacar un par de aspectos para que te familiarices con nuestras costumbres al pasear por los templos. Antes de rezar, encendemos incienso o nos lavamos las manos y la boca con los cacitos provistos en una pila. Una vez purificados, donamos una moneda, hacemos sonar una gran campana, damos dos palmadas y oramos. Verás diferentes objetos repartidos por el lugar sagrado. Los papelitos atados a un árbol o cerca de él se llaman omikuji y dictan la fortuna. Si la predicción es buena, el papelito se puede guardar; si, por el contrario, trae un mal augurio, hay que atarlo junto a los otros para no llevarse la mala suerte a cuestas. Para pedir un deseo concreto, recurrimos a la rueda de la plegaria, de piedra y con bonitas inscripciones; o a las ema, esas plaquitas de madera con escritos a mano, cuya música despierta con el soplido de la brisa. Las omnipresentes esvásticas simbolizan armonía y prosperidad y se usan en Asia desde hace más de 5000 años. ¡Adelante!

2.-  Templo de Shitenno-ji

Aunque se construyera en el año 593, el templo de Shitenno-ji, se ha tenido que reedificar casi por completo en varias ocasiones, siempre con gran fidelidad. Lo fundó con dieciséis años el príncipe Shotoku, uno de los responsables del triunfo en Japón del budismo, traído originalmente por viajeros chinos. De China nos llegaron además otros muchos conocimientos e influencias, como el forjado, la cerámica, la ingeniería y, lo más importante para mí, la xilografía. Esta forma de trabajar la madera, tan común en los templos budistas, inspiró mi técnica artística predilecta: el ukiyo-e o «pinturas del mundo flotante». En fin, el interior de los distintos edificios que componen Shitenno-ji ofrece una exultante arquitectura y exquisitas obras de arte pictóricas y escultóricas. A veces hay monjes budistas rezando con bellísimos cantos. Desde la pagoda, el edificio más alto, se aprecia el conjunto monumental y parte de la ciudad. Además de simbolizar la instauración del budismo en Japón, el templo de Shitenno-ji hizo de Osaka un punto de intercambio internacional en el mundo asiático.

Templo de Shitenno-ji

3.-  Santuario de Horikoshi

El príncipe Shotoku encargó la construcción de siete santuarios para proteger el templo de Shitenno-ji. El santuario de Horikoshi es uno de ellos y está dedicado a la religión local de Japón, el sintoísmo. Hoy en día, alrededor de un 80% de la sociedad nipona practica esta religión, que vive en armonía con otras. De hecho, la mayoría de los sintoístas son también budistas. Aunque de carácter politeísta, su mayor deidad es Amaterasu, diosa del sol y del universo. Lo creas o no, los japoneses consideramos que nuestros emperadores son descendientes directos de ella. Este santuario representa fielmente la arquitectura sintoísta: mucho más sencilla que la de los templos budistas y bien integrada en la abundante vegetación, pues veneramos la naturaleza. Y es que ¡los árboles son hogar de uno de nuestros dioses! A mí me encanta venir de noche, cuando encienden los farolillos: observarlos me llena de energía y paz. Nos encontramos, por cierto, en un lugar muy popular, porque tiene propiedades mágicas: ¡los deseos se hacen realidad! Eso sí, solo se concede uno por persona, así que ¡aprovecha para pedir algo que ansíes mucho!

4.-  Parque Tennoji

No te voy a engañar: Osaka no puede presumir precisamente de espacios verdes públicos. En Japón, hubo tres períodos de soberanía militar y el último acabó con la Restauración Meiji, del siglo XIX. Esta restauración tuvo como base la carta de juramento del emperador Meiji y acarreó profundos cambios políticos y sociales, como la apertura al exterior, más poder para el emperador y una mayor libertad del pueblo. La principal consecuencia para Osaka fue su industrialización y, debido a la gran cantidad de fábricas que proliferaron aquí, se empezó a conocer como la ciudad del humo o el Manchester de oriente. La Osaka actual sigue teniendo irremediablemente ese aire industrial y, como digo, carece de parques. Este, el Tennoji, es uno de los mejores de la ciudad y nació a raíz de la Quinta Exposición Industrial Nacional, celebrada en 1903, y las élites culturales y tecnológicas de todo el país pisaron este suelo para visitarla. Cuenta con grandes explanadas, un zoo, bonitos puentes, un jardín botánico, estanques y, lo mejor de todo, el Museo de Bellas Artes de Osaka. ¿Crees que tendrán alguna obra del único e inigualable Konishi Hirosada? ¡Solo hay una forma de averiguarlo!

5.-  Shinsekai

Después de tanta tranquilidad, ya es hora de adentrarse en el bullicio de Osaka. Con un aire a la vez decadente y encantador, este barrio cuenta con la mayor variedad de kushikatsu de la ciudad. Me refiero a esa comida rebozada y en un palo que protagoniza los menús decorados con dibujos de luchadores de sumo. La hay de carne, de verduras y hasta de helado, ¡pruébala!

Shinsekai, que significa «nuevo mundo», se erigió a principios del siglo XX con la inspiración estética del colorido barrio neoyorquino de Coney Island. Sus bares y cafeterías servían como lugar de descanso al final del día para los valientes e incansables vecinos que reconstruyeron Osaka después de la Segunda Guerra Mundial. Su rauda recuperación llevó a la ciudad a una prosperidad económica incluso superior a la de antes del conflicto. Los bombardeos de esta guerra, que destruyeron un tercio de la ciudad, y los infinitos combates que la asolaron en el siglo XIV, han hecho que su imagen variara constantemente con el paso de los siglos. Hay partes, como esta, que apenas si reconozco. Eso sí, el famoso espíritu de la ciudad sigue intacto: alegre, informal y humilde.

Torre de Tsutenkaku

6.-  Torre de Tsutenkaku

Osaka obtuvo la designación oficial de ciudad en 1889 y avanzó a un ritmo arrollador: en 1925 ya era la séptima más poblada del mundo, lástima que lo turbulento de la Segunda Guerra Mundial frenara repentinamente su desarrollo. Con anterioridad, París y su torre Eiffel inspiraron la ya desaparecida arquitectura del norte del barrio de Shinsekai. Los 64 metros de altura de la torre de Tsutenkaku la convirtieron en 1912 en la segunda estructura más alta de Asia. La torre original fue destruida durante la guerra y en 1956 se realizó una versión mucho menos parisina de 103 metros de altura. Esta segunda versión, con el neón como protagonista, y los alrededores de la torre, se concibieron con una visión de lo que sería el futuro, pero, paradójicamente, su aspecto ya es anticuado. Podría quedarme horas observando la torre desde debajo: el armonioso movimiento de la escena, las sinuosas colas de los pavos reales, los trazos firmes a la par que suaves o las coloridas flores ¡la hacen totalmente embelesadora! Tanto en lo alto de la torre como en las calles aledañas verás el Billiken, un Dios de la Felicidad, símbolo indiscutible de esta zona creado por una ilustradora estadounidense.

Torre de Tsutenkaku

7.-  Den Den Town

En 1874 apareció en Japón la primera revista de manga, fuertemente influenciada por su equivalente occidental, el cómic, con una técnica de producción de originales en serie abrumadora. Por su parte, sobre 1910 nació el anime o animación japonesa, una fuerte herramienta de propaganda durante las grandes guerras. Después de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses se instalaron en Japón para asegurarse de que se producía la desmilitarización y frenar el temido comunismo. Su intervención ayudó a la asombrosa recuperación de nuestro país, que en los 60 era ya la segunda economía más poderosa del mundo. El llamado Milagro japonés consistió en el impulso de las manufacturas, la distribución y la banca, además de en una gran apuesta tecnológica, que convertiría el país en un referente mundial de cámaras y videojuegos. Las calles de Den Den Town se dibujan como un paraíso de coleccionistas y aficionados al manga, el anime y los productos electrónicos. Por estas calles pasean a menudo gentes vestidas de sus personajes favoritos, ¡me encantaría retratarlas!

8.-  Namco Osaka Nipponbashi: el palacio de los videojuegos

Efectivamente, los videojuegos son una parte esencial del espíritu de Den Den Town. A principios de los años 70, varias empresas japonesas dieron sus primeros pasos con la producción de juegos recreativos electromecánicos. Además de pioneras, estas empresas reinaron durante la edad dorada de los recreativos, que comenzó en 1978 con la captura de marcianos de Space Invaders y abarcó casi una década. Con esta gran tradición japonesa, no me extraña nada que posteriormente hayamos destacado en este ámbito. Y me atrevería a decir que la estética es heredera de los trabajos que realizamos algunos de nosotros años, décadas y siglos atrás: los gestos, las curvas, los movimientos… ¡No me parece una idea descabellada! Puede que la popularidad de los salones recreativos haya decaído en todo el mundo, pero ¡no así en Japón! Tanto los más nostálgicos como los amantes de las novedades adorarán este palacio de los videojuegos. Si quieres hacer algo muy japonés, métete en esa especie de fotomatones, conocidos como purikura, donde las fotos se combinan con escenarios llenos de color y fantasía. ¡Un suvenir de lo más auténtico!

9.-  Estación de Nankai Namba

El topónimo de Osaka se mencionó por escrito por primera vez en 1496. Su antiguo nombre, Naniwa, se ha mantenido en el distrito que estamos recorriendo y, a la vez, ha evolucionado hacia el término Namba, nombre de esta zona. La Namba que yo conocí ya no existe. Su estación, Nankai Namba, con un cierto aire europeo e inaugurada en 1885, fue uno de los pocos edificios que aquí se salvaron cuando Osaka fue bombardeada en 1945 En julio de 1937, el Imperio de Japón invadió China y, así, el Pacífico entró en la Segunda Guerra Mundial. Formó parte de las Potencias del Eje, con las fascistas Alemania e Italia. Cuando Japón bombardeó Pearl Harbor en 1941, Estados Unidos le declaró la guerra y se unió al conflicto, y su intervención provocó grandes daños en muchas ciudades japonesas. Osaka sufrió ataques aéreos en diez días distintos, lo cual supuso la muerte de más de 10 000 civiles. Ahora, todo es nuevo… ¡Qué edificios más altos y modernos! Algunos, como el Swissotel, justo detrás de la estación, ofrecen muy buenas vistas.

10.-  Artistas callejeros – J-pop

Me encanta esta parte de Namba, porque, si no llueve, se puede disfrutar de artistas callejeros a casi cualquier hora del día. ¡Viva la creatividad! Aunque hay estilos para todos los gustos, el más célebre desde los años 90 es el pop japonés o J-pop, que tiene influencias de la música tradicional nacional y del pop y rock británico y estadounidense. ¡A los jóvenes les encanta y tienen mucho talento! Este es un sitio de reunión muy habitual, pero no es de extrañar encontrarse con muchos adolescentes en plazas o espacios abiertos de toda la ciudad cantando J-pop o practicando sus coreografías. De momento, ¡veamos los que encontramos por aquí! Aunque, bueno, he de admitir que no soy yo muy conocedor de los intríngulis de la música moderna. Todo es acostumbrarse, supongo… Eso sí, avísame si por casualidad ves una biwa, que es el equivalente oriental del laúd. ¡Me muero por escuchar sus acordes una vez más!

11.-  Mercado de Kuromon Ichiba

Dicen que hay pocos recuerdos más intensos que los que vienen dados por el olfato. Ay, ¡y cuántos recuerdos! Los osaqueños vivimos por y para la comida. De hecho, Osaka tiene el apodo de tenka no daidokoro: la cocina nacional. Su ubicación estratégica entre rutas marítimas y fluviales la convirtió en un punto de venta de arroz y favoreció los intercambios e influencias culinarias externas, especialmente de Corea y China. Mientras Osaka es la cocina del país, el mercado de Kuromon Ichiba, con productos frescos o ya preparados, se considera la cocina de Osaka, así que es un buen lugar para empezar a conocer las especialidades gastronómicas. Esta ciudad influyó en el desarrollo del sushi: ¡prueba sus distintas variedades! Te recomiendo también que comas negiyaki, una tortitas con ingredientes salados, y takoyaki, esas bolitas rellenas de pulpo que encontrarás en cada esquinas. ¿Estoy oliendo sopa de udon? ¡Es mi favorita! Recuerda que, cuando comas sopa, es de buena educación hacer mucho ruido al sorberla. Y ahora, si me disculpas, voy a pedirme una.

Negiyaki

12.-  Teatro nacional de Bunraku

Mi existencia se situó en el período Edo, cuando, entre 1603 y 1868, la sociedad japonesa vivía bajo la soberanía del gobierno militar de Tokugawa y de trescientos señores feudales. A pesar del aislamiento internacional y de la fuerte rigidez social que imperaba, Japón atravesó un gran crecimiento económico e invirtió mucho en arte y cultura, algo que me permitió vivir de mi pasión y talento. Pero el aislacionismo y la falta de libertades se hacían exasperantes. Su política exterior, conocida como sakoku, sentenció durante más de doscientos cincuenta años a pena de muerte a los visitantes extranjeros y a los japoneses que salieran del país. Por eso Japón tiene un carácter tan propio. O eso tengo entendido: desgraciadamente yo nunca pude rebasar sus fronteras. Protagonizaron este período algunas de las formas tradicionales del teatro, como el bunkaru, un espectáculo de títeres con música y canciones narrativas que se representa en este edificio de 1984. Los titiriteros están a la vista y el cantante hace normalmente todas las voces de los personajes, que varían según la edad, el género o la clase social, en una narración romántica o histórica. En el año 2003, el bunkaru se declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

13.-  Hoteles del amor

En la sociedad japonesa actual hay un gran número de adultos que no pueden, o no quieren, abandonar el nido. Hay situaciones extremas, como la de los hikikomori: personas que llevan al menos seis meses prácticamente sin salir de casa y sin tener ningún tipo de interacción social. En cualquier caso, existe una respuesta para las parejas que aún siguen viviendo con sus padres: los hoteles del amor. Estos hoteles tienen decorados y escenarios inusuales, y es muy común disponer de una cama de masajes, jacuzzi, luces rojas y grandes espejos en las habitaciones. Seguro que muchos entran con un nombre falso. ¡Yo tuve varios! En mi época era muy común firmar con diferentes seudónimos, como símbolo de madurez o para evitar la censura: Hirokuni, Gosotei Hirosada, Utagawa Hirosada, Gorakutei Hirosada… ¡Todo esto debe volver locos a los historiadores del arte! ¡Me encanta! Bueno, que me voy por las ramas: algunos de los hoteles del amor tienen una temática concreta, como este que vemos aquí: ¡de Navidad! Se trata, además, de una opción curiosa y divertida de alojamiento para los turistas, que podrán disfrutar de una experiencia genuinamente japonesa.

14.-  Hozenji Yokocho

Ay, por fin llegamos a una zona que me recuerda a la Osaka de mi época; de hecho, es dificilísimo encontrar arquitectura tradicional en esta ciudad, y es que las áreas destruidas en Osaka, Tokio y Nagoya durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial superaron en solitario los destrozos ocurridos en todas las ciudades alemanas. Aunque únicamente abarque un par de manzanas, esta calle tan típica, con pavimento de piedra, casitas de madera y muchos farolillos, es toda una joya. Si te atrae la cara más tradicional de Japón, aprovecha para ir a uno de los tantos restaurantes y salones de té que hay por estos rincones. Eso sí, puede que te encuentres con grandes dificultades lingüísticas. La escritura japonesa está compuesta por unos símbolos que representan bien una sílaba, bien una palabra. Es una de las grafías más complicadas del mundo, ¡incluso para nosotros! A veces los símbolos y los sonidos son tan ambiguos que, al hablar con alguien, aclaramos qué queremos decir escribiendo con un dedo sobre la mano. De hecho, Osaka quiere decir «gran colina», pero antaño también podía significar «rebelión de samuráis», así que se cambió la escritura durante la restauración Meiji, para evitar malentendidos y, supongo, no incitar a revueltas.

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15.-  Templo de Hozen-ji

Desde 1637, los osaqueños hemos venido a rezar al templo de Hozen-ji, que antes era un gran complejo, pero desapareció casi por completo debido a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Este rinconcito en medio del caos de Namba ayuda a reencontrar la paz interior. Como una de las costumbres rituales que tenemos los sintoístas es echarle agua a las estatuas de los dioses para pedir suerte, las que se encuentran en las zonas más populares o más transitadas acaban cubiertas de musgo, algo que me parece muy bello, porque es como si les diéramos vida a nuestros amados dioses. Eso es precisamente lo que ocurre con la estatua de Mizukake Fudo, un fiero dios que corta la cabeza del mal con su espada en la mano derecha y salva a los aliados del bien con su cuerda en la mano izquierda. Además de ser venerado por la gente de a pie, este dios tiene entre sus principales adeptos a la yakuza, la mafia activa en Japón desde el siglo XVII. No te preocupes, ahora no son tan peligrosos como antaño, aunque eso sí, controlan mediante el fraude y la extorsión un número muy considerable de empresas japonesas. Venga, demos un paseo por el templo, ¡que es preciosísimo de día y de noche!

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16.-  Pasaje comercial de Ebisubashi-suji

Uy, uy, uy. ¡Aquí hay mucha gente! ¡Y caminan rapidísimo! Perdóname, es que yo estoy acostumbrado a un ritmo de vida mucho más tranquilo.

Desde principios del siglo XVII, esta calle se constituyó como una ruta de peregrinación para quienes querían rezar en el santuario de Ebisu, al norte, debido a la prosperidad de sus negocios. Desde el siglo XIX, Namba cuenta con muchos pasajes comerciales cubiertos, como este mismo. En ellos, en cada esquina hay desde comida y suvenires hasta adictivas máquinas de gancho repletas de peluches. También son comunes en muchas partes del país los paseos subterráneos que aprovechan comercialmente el espacio existente. Esta ingeniosa idea comenzó en Tokio en 1930 y Osaka la siguió una década después. A mucha gente le encantan, pero a mí me invade la claustrofobia solo de pensarlo, así que yo prefiero quedarme por aquí, que veo que hay muchas reproducciones de pinturas del mundo flotante, mi especialidad artística. Los expertos hablan de la facilidad a la hora de reconocer mi obra. ¡A ver si puedes! Te doy una pista: grabados en madera con figuras dramáticas e íntimas representadas con un trazo limpio y seguro, que se relacionaran sutilmente con un gesto o una mirada. Sencillo, ¿no?

17.-  Teatro de Shochikuza

El estilo teatral japonés que parece haber atravesado fronteras con más éxito es el que se representa en esta sala. Efectivamente, se trata del kabuki, que guarda una estrecha relación con las pinturas del mundo flotante. Aunque estas pinturas fueran al principio de un solo color, desde el siglo XVIII recurríamos siempre a la policromía, con unos colores tan intensos gracias a la utilización de tintas naturales disueltas agua. En las prácticas europeas, por el contrario, predomina el uso de óleos. En todo caso, me interesaban sobre manera el kabuki y sus actores. ¡Cómo disfrutaba retratando sus expresivos rostros en lugares fantásticos! La palabra «kabuki» se podría traducir como «el arte de cantar y bailar», y este tipo de expresión teatral nació en la cercana Kioto en 1603 como danza dramática. Durante los primeros 25 años, solo actuaban mujeres, que interpretaban a personas de ambos sexos. De hecho, en la vecina ciudad de Takarazuka hay un famoso teatro en el que todavía actúan solo mujeres.

18.-  Dotonbori

A principios del siglo XVII, Yasui Doton ideó un canal para unir dos partes del río y mejorar el intercambio comercial a través de sus aguas. Este canal, pues, fue bautizado como Dotonbori en honor a su creador. En tan solo una década, sus inmediaciones pasaron a ser el distrito de entretenimiento. En mi época, me encantaba pasear a orillas del canal y lo hacía muy a menudo, porque en él se encontraban los teatros a los que acudía para realizar mis retratos. Cada vez que venía por aquí, había algo nuevo y especial y por eso me centré en el teatro, ese lugar donde cada día es distinto e irrepetible. Con un aire excéntrico y una colorida alegría de neón, parece que ese carácter excepcional lleno de momentos únicos se sigue manteniendo en Dotonbori. ¿Qué me dices de los animales mecánicos gigantes en la puerta de los restaurantes? Y todas estas luces… ¡Nunca había visto tantas pantallas juntas! Sin lugar a dudas, el anuncio luminoso más célebre, icono de la ciudad, es el del corredor de Glico, con un atleta llegando a la meta. Ay, qué de recuerdos… ¿Damos una vuelta por el canal?

19.-  Bar de videojuegos Space Station

¿Quién dijo que jugar a los videojuegos no es una actividad social? Desde principios del siglo XXI, están muy de moda los bares de videojuegos, donde la gente se reúne para pasar un buen rato con las consolas y tomando algo. En este tipo de bares se juntan personas de todos los lugares del mundo para disfrutar de juegos orientales y occidentales, tanto clásicos como modernos. A veces es difícil encontrar algunos lugares en Osaka, porque su nombre no es muy visible o porque no tienen mucha publicidad. Además, hay muchos bares y restaurantes que no se encuentran en la planta baja, sino que hay que subir desde la calle por unas estrechas escaleras. Este tipo de sitios suelen ser menos turísticos, es decir, más auténticos y económicos. Esta zona tiene muchísimos locales de este estilo, así que anda con mucha atención, porque no se hace muy difícil encontrar un restaurante bueno, bonito y barato.

20.-  Amerika Mura

Con un aire desenfadado, calles estrechas, muchos espacios de ocio y una animada vida nocturna, el distrito de Amerika Mura, también conocido como Amemura, es uno de los más populares entre la gente joven. Esta zona empezó a cobrar fama en los años 70, cuando se restauraron diferentes almacenes para vender comida así como objetos y ropa de segunda mano provenientes de los Estados Unidos, de ahí su nombre. Hoy en día, aún se pueden encontrar muchos artículos de estas características, algunos con un aire muy retro. Aunque, no sé qué le ven a esta ropa, la verdad, donde esté un buen kimono… Lo que me fascina es que se huele la creatividad en cada esquina, porque es uno de los lugares más artísticos de la ciudad. La cultura estadounidense está tan presente en estas calles que hasta hay una versión libre de una de las estatuas más replicadas de la historia: la neoyorquina Estatua de la Libertad. ¡Mira hacia arriba! ¿La ves?

21.-  Karaoke japonés

Tsunami, kamikaze, judo, ninja, bonsái… Aunque no hables japonés, seguro que conoces más palabras de nuestro idioma de lo que crees, porque muchas de ellas han pasado a formar parte de los diccionarios internacionales. La más divertida de todas es, sin duda, la que significa literalmente «orquesta vacía». Efectivamente, ¡el karaoke! Esta divertida forma de entretenimiento se inventó en la vecina ciudad de Kobe en 1971. Desde entonces, es una herramienta indispensable para pasarlo en grande en las noches niponas. De hecho, en Japón existen más de 100.000 salas de karaoke. Osaka cuenta con algunas de ellas, repartidas por estas calles en las que estamos. Puede que no nos encontremos en la ciudad más ajardinada de Japón, pero sí en una de las más divertidas, así que aprovecha para realizar actividades de este estilo. Yo, si pudiera, cantaría en alguno de estos bares, pues para un japonés ¡es prácticamente obligatorio ir a un karaoke alguna vez!

Despedida

Ay, ¿de verdad tenemos que acabar ya? ¡Con lo que estaba disfrutando de este paseo por mi queridísima ciudad! Creo que merecerá la pena hacer otra ruta en Osaka, y qué mejor sitio que en las inmediaciones de su maravilloso castillo. Yo ahora voy a ver si encuentro mi antiguo estudio, en el que plasmaba mi corazón y mi alma en cada una de mis pinturas del mundo flotante. Aunque con lo que ha cambiado la ciudad, no sé si atinaré. ¡Me alegra mucho haberla visitado contigo! ¡Hasta siempre!

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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Washington D. C. de la mano de Frederick Douglass

Introducción: Qué ver en Washington D. C.

Recorrer Washington D. C. significa viajar por los recovecos de la historia, pero a menudo la historia se suele narrar desde una sola perspectiva. Soy Frederick Douglass y nací con la condición de esclavo en 1818, con un nombre que elegí cambiarme cuando me convertí en hombre libre. También tuve que elegir que mi cumpleaños fuera el 14 de febrero, en un proceso de recuperación de la dignidad, de la cual los esclavos éramos despojados. Aprendí a leer y a escribir y, como sabía que no existe mejor arma que la cultura, eduqué a otros esclavos. Desde que conseguí escapar, luché por la igualdad, publiqué tres autobiografías, fundé periódicos, di discursos ante miles de personas y ocupé cargos públicos en Washington D. C., donde pasé los últimos veinte años de mi vida. Dame la mano y déjame hablarte desde una perspectiva histórica única sobre este maravilloso lugar, que ocupa mi corazón.

1.-  La Casa Blanca

Pennsylvania Avenue, 1600 es una de las direcciones postales más famosas del mundo, porque corresponde a la Casa Blanca, el hogar presidencial en los Estados Unidos. Así que, ¿qué mejor lugar para empezar nuestro recorrido por Washington D. C.? Inmediatamente después de la creación del distrito capital de Washington en 1790 como territorio neutral que no pertenece a ningún estado, el arquitecto irlandés James Hoban diseñó el edificio en estilo neoclásico. Todos los presidentes del país, incluido el primer presidente afroamericano, Barack Obama, han vivido en ella desde que John Adams se mudara en 1800. Los presidentes fueron incorporando a lo largo de los años muchas de sus zonas más emblemáticas, como el Ala Oeste o el Despacho Oval. Además de Casa Blanca, en mis tiempos la llamábamos de muchas formas, como palacio presidencial o mansión ejecutiva. De hecho, su nombre actual no fue adoptado oficialmente hasta 1901. Se habla a menudo de sus increíbles espacios, como sus 132 habitaciones, 35 baños, 28 chimeneas, bolera, cine, tiendas e incluso una consulta dental. Sin embargo, apuesto a que no sabes quiénes compusieron gran parte de la mano de obra. Efectivamente: esclavos negros. Sí, irónicamente la Casa Blanca está hecha con manos negras.

2.-  Manifestantes en la Casa Blanca

Algunas de las decisiones más importantes del mundo se toman en la Casa Blanca, por lo que tiene un gran protagonismo, para bien y para mal. Por ejemplo, los británicos la incendiaron durante la guerra anglo-estadounidense de 1812, por la que se disputaron algunos territorios canadienses, pero fue reconstruida ipso facto. También se convocan a menudo muchas manifestaciones frente al edificio. Llama especialmente la atención el campamento de la paz instalado de forma permanente frente al edificio, en contra del desarrollo de las armas nucleares. El activista William Thomas lo instaló en 1981 y permaneció ahí hasta su muerte, en 2009. Lo acompañaron más activistas, como la española Concepción Picciotto, que vivió en el campamento entre 1981 y 2016. Sus sucesores continúan con esta lucha, la protesta política más larga en la historia. Hay además diferentes leyendas sobre el espíritu de Abraham Lincoln vagando por la Casa Blanca, hasta tal punto que el propio Winston Churchill juró haber visto su fantasma en una visita al edificio presidencial. ¿Te importa si voy un momento a buscarlo para agradecerle que finalmente aboliera la esclavitud?

Manifestantes en la Casa Blanca

3.-  Museo Nacional de Mujeres Artistas

¡Oh, qué maravilla! ¡Un museo dedicado a valorar el trabajo de las mujeres artistas! En mi condición de defensor de los derechos de las mujeres, me quito el sombrero ante tal iniciativa. Ante el innegable abandono de las mujeres en las artes, el matrimonio Holladay se dedicó a coleccionar arte en femenino desde los años 60 del siglo pasado, pero la inauguración del Museo Nacional de Mujeres Artistas no llegaría hasta 1987. Se encuentra en el antiguo templo masónico de la ciudad, de estilo neorrenacentista. Su colección tiene un carácter interseccional, es decir, tiene en cuenta también a mujeres de grupos histórica y socialmente oprimidos. Ese mismo era mi caso: aunque mi principal foco era la opresión racial, estaba involucrado en otras luchas. De hecho, fallecí justo después de acudir a una reunión en el consejo nacional de mujeres, de un súbito ataque al corazón, el 20 de febrero de 1895. Mi multitudinario funeral se celebró en la Iglesia Episcopal Metodista Africana, a tan solo 15 minutos al norte de aquí. Pero prefiero no volver, que ¡me trae malos recuerdos!

4.-  Teatro Ford

A mí siempre me gustaron las artes; de hecho, cambié mi apellido por el de Douglass en alusión al protagonista de La dama del lago, célebre poema de Walter Scott. Cuando vivía en Washington D. C., me gustaba acudir a este famoso teatro. Se construyó en 1833 y cumplió la función de iglesia hasta 1861, momento en que el director de escena John Ford lo compró y lo transformó en el teatro que ahora es. Sin embargo, el principal motivo de su fama fueron los tristes acontecimientos ocurridos el 14 de abril de 1865. Aquella noche, el por aquel entonces presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln y su esposa, Mary, acudieron a ver la obra Nuestro primo americano. En un acto de venganza y de cobardía, justo después de la victoria de los estados del norte en la Guerra de Secesión, el actor John Wilkes Booth, simpatizante de los estados del sur, asesinó a Lincoln de un tiro en la cabeza. Dicen que el despiadado asesino gritó en latín «Sic semper tyrannis», es decir, «así siempre a los tiranos», las palabras que Bruto le dedicó a Julio César cuando lo mató. Sea verdad o no, desde luego resulta muy teatral.

5.-  Explanada Nacional

Estar aquí y observar lo que nos rodea implica mirar a la Historia a los ojos. Este parque nacional entre el Capitolio y el río Potomac es el más visitado en los Estados Unidos. A finales del siglo XVIII, George Washington contrató al ingeniero francés Pierre Charles L’Enfant para que lo diseñara, pero su construcción no se llevó a cabo hasta principios del XX. Por un lado, este parque presenta infinidad de monumentos, que nos transportan al pasado y nos brindan esperanza. Por otro, este es un lugar de reunión de las masas bien enfurecidas, bien hermanadas. Por el suelo que pisamos ha habido desde grandes manifestaciones por el cambio del statu quo, como la Marcha por el trabajo y la libertad en el verano de 1963, o la Marcha de las mujeres a principios de 2017, hasta celebraciones por los logros históricos, como la primera investidura de Barack Obama en enero de 2009. ¡Un presidente negro en los Estados Unidos! Qué pena no haber vivido para verlo.

Explanada Nacional

6.-  El Capitolio

El Capitolio, que alberga el congreso estadounidense, se empezó a construir en 1793, no mucho después de la Declaración de Independencia con respecto a Gran Bretaña, el famoso 4 de julio de 1776. Fue también Pierre Charles L’Enfant quien ideó el proyecto. Sin embargo, una vez empezado, se negó a aportar dibujos, alegando que el diseño estaba en su cabeza. Tras su despido y varios intentos frustrados de encontrar un sustituto, tomó las riendas el arquitecto, pintor e inventor William Thornton, con un diseño neoclásico. Cuando el gobierno británico llevó a cabo la quema de Washington en 1814, el edificio quedó tremendamente dañado. En su reconstrucción se agregó la rotonda, inspirada en el exquisito Panteón de Agripa, en Roma. Admiremos la cúpula: con 88 metros de alto, 29 de diámetro y un peso de 6400 toneladas; se trata de una estructura de hierro pintada de tal manera que parece piedra. Te recomiendo visitar el interior: yo podía pasarme las horas absorto en la contemplación de tal obra magna. Si entras, búscame en el centro de visitantes: desde 2013 hay una estatua mía ahí.

El Capitolio

7.-  Museo Nacional de los Indios Americanos

Las tareas de investigación y educación que desempeña el Instituto Smithsoniano incluyen una serie de museos, la mayoría en Washington D. C. Uno de ellos es el Museo Nacional de los Indios Americanos, que recoge la historia, la cultura, la literatura, las lenguas y las artes de los pueblos nativos de Norteamérica. Con esa tendencia tan tristemente común en el hombre blanco, los europeos masacraron a pueblos nativos americanos casi por completo cuando llegaron a estas tierras. Después de los errores del pasado, lo único que se puede hacer en el presente es rescatar la memoria para prevenir la repetición de estos hechos. Un trocito de mi historia está al sureste de aquí, al otro lado del río Anacostia: Cedar Hill, la casa en la que pasé mis últimos veinte años, algunos con mi primera esposa Anna, que era negra, como mi madre, y otros con la segunda: Helen, blanca, como el esclavista de mi padre. Por mi fama y mi hogar, me apodaron el Sabio de Anacostia y también el León de Anacostia. Pero mejor sigamos por otro camino: la añoranza por la felicidad pretérita me impide volver a Cedar Hill.

8.-  Museo Smithsoniano de Arte Americano

Este museo del Instituto Smithsoniano está dedicado a obras de artistas estadounidenses. Merece la pena explorar sus salas para conocer este país con una mayor profundidad, con joyas que van desde retratos coloniales y paisajes decimonónicos hasta obras abstractas y pinturas afroamericanas. Empápate de cultura, porque el conocimiento es el único camino desde la esclavitud hasta la libertad, real o metafóricamente. Yo aprendí a leer y a escribir, y conseguí manejar tan bien el arte de la oratoria que los norteños no podían creerse que hubiera sido esclavo. Me convertí en predicador de la iglesia metodista en 1839 y di infinidad de discursos abolicionistas. La cultura es importante, sí, muy importante… ¡Y la memoria! Cuando fallecí, mi esposa Helen luchó por que Cedar Hill se convirtiera en un monumento histórico. Gracias a ella, yo también formo parte de la memoria de esta ciudad, al igual que todos los artistas en el Museo Smithsoniano de Arte Americano. Este museo se encuentra, por cierto, en el edificio de la antigua oficina de patentes y comparte el espacio con la magnífica Galería Nacional de Retratos.

9.-  Museo Nacional de Arte Africano

No puedo evitar que este sea mi museo Smithsoniano favorito; y no solo por el contenido, sino porque sus orígenes tienen un gran valor sentimental para mí, a pesar de que el museo naciera en 1964, sesenta años después de mi muerte. Y es que comenzó sus pasos como institución privada en una casita en la que yo mismo había vivido un tiempo, en el barrio de Capitol Hill, aquí al lado. Tan solo quince años después pasó a formar parte del Instituto Smithsoniano y abrió sus puertas oficialmente en 1987. Cuenta con una amplísima colección con obras de todo el continente africano que van desde la antigüedad hasta la contemporaneidad. Quizás te hayas dado cuenta de que comparte características arquitectónicas con el edificio justo al lado. Se trata de la galería Sackler, especializada en arte asiático. Ambas construcciones se realizaron a la par, a mediados de los 80 del siglo pasado. Me enorgullece ver todo esto: cuando escapé de Maryland para convertirme en hombre libre no me habría imaginado que dedicaran un museo en la capital a mi gente. Qué maravilla.

10.-  Museo del Holocausto

Al contrario de lo que uno podría haber esperado, durante el siglo XX el mundo siguió enfermo de guerras y genocidios. El suceso más inhumano en occidente fue sin duda el Holocausto, culmen de la lacra antisemita que los siglos arrastraban. Con ese afán de conservar la memoria tan presente en esta ciudad, el presidente Jimmy Carter inició un proceso para compilar, organizar y presentar materiales sobre el asesinato de millones de judíos bajo el nombre de Holocausto. Estos esfuerzos se tradujeron a lo que hoy es este museo de entrada gratuita. Con una mezcla de los estilos arquitectónicos neoclásico, georgiano y moderno, el museo del Holocausto abrió sus puertas en 1993 y, en un acto especialmente simbólico, su primer visitante fue Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama. Sus visitantes podrán pasear entre recuerdos y atrocidades gracias a los objetos, fotografías, vídeos e incluso los angustiantes relatos de los pocos supervivientes que van quedando.

11.-  Monumento a Jefferson

Como es lógico, Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos y presidente del país entre 1801 y 1809, también tiene su monumento en Washington. Y es precioso: diseñado en 1925 con estilo neoclásico, se encuentra a orillas de la cuenca Tidal, componiendo una estampa de ensueño. Jefferson fue el tercer presidente de los Estados Unidos y se encargó de redactar la Declaración de Independencia de aquel 4 de julio de 1776, fecha que se celebra por todo lo alto cada año en esta ciudad y en todo el país en general. Esta celebración se me antoja, sin embargo, como ampulosa, fraudulenta, decepcionante, irreverente e hipócrita, porque tapa los crímenes de una nación de salvajes. Jefferson clamaba estar en contra de la esclavitud, pero no hizo nada para destruirla, y desde la Declaración de Independencia hasta la Proclamación de Emancipación, por la cual se abolió la esclavitud, pasaron casi cien años. Jefferson veía la esclavitud como contranatural y defendía la libertad individual de cada persona, algo muy radical para su tiempo, pero las palabras se las lleva el viento…

12.-  Memorial a Franklin Delano Roosevelt

Franklin Delano Roosevelt ocupó la presidencia entre 1933 y 1945, con el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, con lo que el presidente ganó en popularidad. Además, implantó el sistema social y político de corte liberal que caracteriza al país aún hoy en día. Todo ello lo hace merecedor de este monumento. Además de algunos elementos habituales en este tipo de obras, como citas célebres, una estatua de la primera dama o escenas políticas, hay partes que seguramente te llamen la atención. Por un lado, la estatua principal del presidente, sentado, está acompañada de otra de un perrito, Fala, la adorada mascota presidencial. Por otro lado, en la entrada hay una estatua de Roosevelt en silla de ruedas, ya que fue el primer presidente con una discapacidad física, lo cual supuso la instalación de rampas en la Casa Blanca. Como curiosidad, su tío y también presidente Theodor Roosevelt invitó durante su mandato, concretamente en 1901, al portavoz afroamericano Booker T. Washington y a su familia a cenar. El hecho levantó tal revuelo entre los sectores más conservadores que no se invitó a ninguna otra persona negra a cenar en la Casa Blanca durante treinta años.

13.-  Parque y río Potomac

Los europeos que llegaron a los Estados Unidos arrasaron con todo, ocuparon los terrenos y masacraron y discriminaron a los nativos americanos. Aunque poco, queda una herencia de lo que resistió a la invasión blanca, como es el caso de ciertos topónimos, entre ellos Potomac, que significa «algo traído» en una de las lenguas algonquinas. Con una existencia de unos dos millones de años, el río Potomac ha presenciado la Historia, desde el paso de los diferentes pueblos nativos americanos que tuvieron la necesidad de sus aguas, hasta las batallas de la Guerra de Secesión que se libraron a sus orillas. Hoy en día, abastece con casi dos mil millones de litros de agua diarios al área metropolitana de Washington. El parque homónimo comprende varios monumentos y tiene hermosos parajes, como el cerezal, especialmente bello en los albores de la primavera. El parque es ideal para pasear cualquier día, en una huida del cemento siempre reconfortante.

14.-  Monumento a Martin Luther King

A pesar de los problemas raciales que aún persisten en Estados Unidos, es evidente que el país ha mejorado muchísimo desde la llegada de los primeros esclavos en 1619 hasta ahora. Quién nos diría a los esclavos de entonces que en la capital se erigiría una estatua de tal envergadura dedicada a un afroamericano. King fue el líder del movimiento de los Derechos Civiles, que, a través de la no violencia y la desobediencia civil, buscó acabar con la discriminación y la segregación racial. La lucha culminó en la Ley de Derechos Civiles de 1964, a través de la cual se prohibió la discriminación por raza, sexo, color, religión y origen. Este monumento se inauguró en 2011 y está compuesto por una estatua de Martin Luther King de más de 9 metros de altura y por frases sacadas de sus distintos textos y discursos. Me encanta la que dice: «Dedícate a la humanidad. Comprométete con la noble lucha por la igualdad de derechos. Mejorarás como persona, harás que tu nación sea más grande y contribuirás a crear un mundo mejor.» ¡Se me pone la piel de gallina!

Monumento a Martin Luther King

15.-  Monumento a los veteranos de la guerra de Corea

En 1950, dos años después de la división de Corea con una polémica frontera, Corea del Norte invadió Corea del Sur, lo cual dio inicio a un conflicto que duraría tres años. Como en otros muchos conflictos bélicos internacionales, los Estados Unidos intervinieron, como fuerza principal de las Naciones Unidas, en apoyo a Corea del Sur. China y Rusia, por su parte, se situaron en el bando de Corea del Norte. Finalmente, se firmó el Acuerdo de Armisticio de Corea para no continuar el conflicto, pero no un acuerdo de paz, con lo que técnicamente las dos Coreas siguen en guerra a día de hoy. En este escenario, el monumento que tienes delante se inauguró en 1995 en honor a los soldados estadounidenses que lucharon en esta guerra, de los cuales más de 36.000 perdieron la vida. Cuenta con un muro que representa escenas bélicas y con 19 estatuas en un terreno hostil, que componen un escuadrón de patrulla en plena acción. El realismo de la obra da escalofríos, ¿no te parece?

16.-  Estanque reflectante del monumento a Lincoln

Este es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad: ha sido escenario de grandes películas, como Forrest Gump, y a sus orillas han sucedido muchos de los acontecimientos históricos de Washington D. C. Por ejemplo, en 1939 a la artista Marian Anderson se le negó la posibilidad de cantar en una famosa sala de conciertos por el hecho de ser afroamericana, por lo que su espectáculo se trasladó aquí y asistieron más de 75.000 personas. Martin Luther King, Obama…: este lugar tiene una gran relevancia para mi pueblo. Aunque, yo no lo conocí tal cual, claro, ya que me mudé a Washington D. C. en 1877 para trabajar en el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos, y este estanque reflectante se construyó casi cincuenta años después. Aun sin este mágico estanque de más de 600 metros de largo, me encantaba dar paseos por aquí después del trabajo.

17.-  Monumento a Lincoln

El monumento a Lincoln se construyó entre 1914 y 1922 con piedras de diferentes regiones de los Estados Unidos, en honor a la lucha del presidente por la Unión. El exterior tiene 36 columnas dóricas, una por cada estado que componía el país cuando Lincoln fue asesinado, los cuales también están representados en el friso. El sobrio interior alberga la imponente estatua de Abraham Lincoln, con 18 metros de altura. He de confesar que tengo sentimientos encontrados respecto a Lincoln, porque fue el presidente del hombre blanco: en un principio solo pretendió frenar la esclavitud, pero le costó dar el paso para erradicarla. Aunque compartiera los prejuicios de los hombres blancos hacia los negros, sé que en lo más profundo de su corazón odiaba y aborrecía la esclavitud. Lo importante es que finalmente actuó, y el 1 de enero de 1863 anunció la liberación de todos los esclavos en los Estados Confederados de América a través de la Proclamación de Emancipación. Cien años después, Martin Luther King pronunció desde aquí su famoso discurso «Yo tengo un sueño» delante de las 250.000 personas que asistían a la Marcha por el trabajo y la libertad. Qué no habría dado yo por presenciarlo.

Monumento a Lincoln

18.-  Monumento a los Veteranos de Vietnam

La participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam fue fuertemente rechazada por la sociedad. Esta guerra entre fuerzas comunistas y anticomunistas se libró entre 1955 y 1975. Estados Unidos se involucró más y más, por lo que desde 1964 hubo protestas pacifistas durante varios años, muchas de ellas en la capital. Esto fue de la mano de otros movimientos, como la lucha por los derechos civiles y por la igualdad de género. Este monumento de 8000 metros cuadrados está compuesto por una escalofriante lista con los casi 60.000 caídos estadounidenses de la guerra de Vietnam. Los nombres junto a un rombo representan a los muertos en combate y los que van seguidos de una cruz, a los desaparecidos en combate. Aún a día de hoy se agregan nombres al muro y varias veces se ha conmemorado a todas las víctimas leyendo sus nombres en voz alta, tarea que dura tres días. Este monumento me deja sin palabras, así que parafrasearé a Martin Luther King: «Si el alma de Estados Unidos se envenena por completo, parte de la autopsia ha de decir “Vietnam”».

Washington DC

19.-  Monumento nacional a la Segunda Guerra Mundial

El monumento nacional a la Segunda Guerra Mundial se inauguró en 2004 en una ubicación polémica, por ocupar un espacio históricamente destinado a las manifestaciones. Con 56 pilares de granito organizados en forma ovalada, el monumento está dedicado a los dieciséis millones de estadounidenses que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Cada una de las más de 4000 estrellas doradas en uno de los muros simboliza a 100 caídos. En otros muros hay citas de personajes históricos y relieves que conmemorar diferentes batallas. Seguramente te sorprendan los dos grafitis que rezan «Kilroy was here», o sea, «Kilroy estuvo aquí», y que parecen no acompañar el espíritu del conjunto. Se trata de un elemento de la cultura popular que los soldados de la Segunda Guerra Mundial usaban como código. El Museo del Holocausto, estrechamente relacionado con este monumento por el mérito estadounidense a la hora de liberar a los judíos, está muy cerca de aquí.

20.-  Monumento a Washington

Uno de los monumentos más destacados de la Explanada Nacional es sin lugar a dudas el obelisco dedicado a Washington, el primer presidente de los Estados Unidos. Lo curioso es que el monumento se concibió antes de que Washington se convirtiera en presidente, ya que era el comandante en jefe del Ejército Continental, es decir, el ejército formado a raíz de la Guerra de Independencia. No puedo decir que le tenga demasiada estima a Washington, el «padre de los Estados Unidos»: con tan solo once años se convirtió en dueño de varios esclavos y luego fue comprando más con el paso del tiempo. El matrimonio Washington llegó a tener más de cien esclavos, que él pidió liberar en su testamento cuando ella falleciera. ¡Ja! ¡Qué generosidad! Como verás, quienes han configurado esta patria son puramente hombres blancos, algo que repercute irremediablemente en los tiempos presentes. Hay que conocer y reconocer las consecuencias de la historia… Y es que nadie puede poner una cadena en el tobillo de su prójimo sin tener el otro extremo alrededor de su cuello.

21.-  Despedida

Aún queda un largo trecho para conseguir la igualdad de las personas, pero me siento lleno de esperanza con la evolución de este país desde mis tiempos hasta el presente. ¡Quién lo habría adivinado! Dediqué mi vida a mejorar esta nación, y mi labor fue tan importante que hay parques, barrios, calles y colegios con mi nombre, mi figura aparece en canciones, libros, películas y hasta videojuegos, e incluso en abril de 2017 se acuñaron monedas con mi rostro. Me ha encantado recorrer la ciudad contigo, emocionarnos juntos y comprobar que, a pesar de todo, soplan vientos favorables. He de dejarte para que sigas descubriendo otros rincones, quizás mi casa en Anacostia o el animado barrio de Adams Morgan. Sigue empapándote de la historia de la capital y recuerda que sin lucha no hay progreso, así que no puedo marcharme sin decirte: ¡Revélate! ¡Revélate! ¡Revélate!

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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Más guías originales

Esta guía está narrada a partir de un personaje histórico
y forma parte del proyecto Navibration

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Mapa literario de Madrid

Madrid ha servido como escenario de infinidad de obras literarias, en las que se dibuja la villa con el paso del tiempo. Hemos seleccionado seis libros escritos en los siglos XIX, XX y XXI que se desarrollan en Madrid y hemos creado rutas literarias por toda la ciudad.

Es posible navegar por el mapa interactivo con el ratón para acercarse y alejarse y, además, al pinchar en el icono de arriba a la izquierda, se pueden seleccionar o quitar las casillas con las rutas propuestas, para poder ver así el número deseado de ellas. Asimismo, al pinchar en cada letra aparece una cita de la obra en cuestión en la que se mencionan los sitios marcados y una fotografía del aspecto actual del lugar. Si quieres ver el mapa más grande, pincha en el icono en la esquina superior derecha. Hay más información de cada obra más abajo.

Disfrútalo: viajar y leer nunca han estado más unidos.

En las citas del mapa se puede observar cómo la capital española ha sido durante siglos escenario de diferentes momentos históricos y cambios sociales, los cuales han querido plasmar sobre el papel escritores procedentes de todos los rincones del país. Resulta interesante analizar las diferentes costumbres de los personajes en ciertos puntos de la ciudad, como la prohibición de que las parejas se abracen en público descrita en La voz dormida, de Chacón, con la antigua estación de Delicias de fondo. Se aprecian también los negocios tradicionales y familiares de barrio, como la tienda de tubos en la calle de la Magdalena que describe Galdós en Fortunata y Jacinta o la de lavabos en la calle de Sagasta de la que habla Cela en La Colmena. Algunos lugares emblemáticos ya han desaparecido, como el Café de Fornos, famoso por sus tertulias literarias, al que acuden los personajes de El árbol de la ciencia (Baroja), hoy reconvertido en un Starbucks. A su vez, otros lugares fantásticos son hoy en día ciertamente símbolos de la ciudad, como la inventada “buñolería modernista” de Luces de bohemia (Valle-Inclán), que en realidad es la imprescindible y siempre concurrida chocolatería San Ginés. La ciudad y la literatura se casan en estas obras, creando momentos tensos, pasionales, divertidos o tristes. En todo caso, como le ocurre al abuelo de la protagonista de El corazón helado (Grandes), Madrid es una ciudad para querer y echar de menos.

Por último, ofrecemos un breve comentario de las obras que aparecen en el mapa.

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Aunque naciera en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, Galdós basó gran parte de sus novelas en Madrid, retratando la España de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX de una manera profunda y, hay que reconocerlo, algo espesa. Su obra se encuadra en el Realismo y se le considera uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos. La capital española tiene un peso tan magno en su obra, que existe la expresión Madrid galdosiano, equiparable al París de Balzac y al Londres de Dickens.

Fortunata y Jacinta está protagonizada, como su propio nombre indica, por personajes femeninos, algo muy común en la obra de Galdós, que colocó a muchas mujeres en el primer plano como personajes centrales de sus novelas, en obras como Tormento, Marianela y Misericordia. Fortunata y Jacinta se relacionan la una con la otra a través de Juan Santa Cruz, el hombre con quien ambas mantienen una relación amorosa. La obra crea un universo muy detallado, tanto que alrededor de los personajes principales hay más de un centenar de secundarios, en un Madrid marcado por acontecimientos históricos de gran relevancia sucedidos entre 1869 y 1876: los últimos coletazos de la Revolución de 1868, el Reinado de Amadeo I de España, la Primera República, los golpes militares de Pavia y Martínez Campos y la Restauración. En los años 80 se hizo una miniserie basada en este libro.

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)Pío Baroja nació allá por 1872 en San Sebastián, en el seno de una familia acomodada y estrechamente relacionada con el periodismo. Cuando tenía tan solo siete años, su familia se trasladó a Madrid, donde empezó a conocer a fondo la capital española. Vivían concretamente en la calle Fuencarral y luego en la calle del Espíritu Santo, algo curioso si se tiene en cuenta que la ruta trazada en nuestro mapa basada en su obra pasa muy cerca de estas calles tan céntricas, lo que demuestra la relación del escritor de la Generación del 98 con Madrid.

En El árbol de la ciencia, Baroja narra la historia de Andrés Hurtado, en una novela narrativa y filosófica en la que se retrata fielmente el Madrid de finales del siglo XIX. El autor es pesimista con lo que ocurre en el país durante esa época, dibujando un retrato agrio, incómodo y áspero de la situación. Como el escritor donostiarra, Hurtado estudia en el instituto San Isidro, en el barrio de La Latina, y luego Medicina en la Universidad Complutense de Madrid. Los personajes de esta obra semiautobiográfica trasmiten las angustias de la época y el desasosiego de un modo magistral.

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)Ramón María del Valle-Inclán nació en un municipio pontevedrés en 1866. Su obra se encuadra dentro del Modernismo y su mayor logro literario es la creación del estilo que él mismo denominó Esperpento, que consiste en buscar el lado cómico hasta en las circunstancias más trágicas. Después de estudiar Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela (sin llegar a terminar la carrera), pasó su primera estancia larga en Madrid, donde acude a varios cafés literarios con asiduidad, reuniéndose con escritores como Baroja. Pasó el resto de su vida cambiando de residencia entre Pontevedra, Madrid y México. En su segunda etapa en Madrid, después de ser funcionario con un sueldo fijo, decidió dejarlo todo para dedicarse a la literatura y a la interpretación, llevando así una vida bohemia.

Luces de bohemia nació siendo un ejercicio literario que salió por fascículos en un diario en 1920, pero se publicó con su forma definitiva en 1924. La obra de teatro (que se ha representado en infinidad de escenarios durante décadas y décadas) está protagonizada por Max Estrella, que recorre durante una noche las calles de Madrid, en concreto Sol y Huertas, junto con Don Latino de Hispalis, en un retrato ciertamente esperpéntico del Madrid más bohemio y, a la vez, representando situaciones extravagantes. Los personajes viven en la desesperanza de un país hundido durante la época de la Restauración.

La colmena (Camilo José Cela, 1951)

La colmena (Camilo José Cela, 1951)El Nobel de Literatura Camilo José Cela nació en La Coruña en 1916, en una familia adinerada. Cuando tenía nueve años, su familia se trasladó a Madrid, y más adelante Cela, como Baroja, estudió en el instituto San Isidro de Madrid y comenzó la carrera de Medicina. Pronto comenzó a interesarse en escribir literatura, mientras se dedicaba a otras labores para tener un sueldo fijo. Su estilo se enmarca en el Tremendismo y el Realismo Social.

La colmena también fue censurada por la España franquista, pero Cela consiguió editarla en Buenos Aires. Comenzó a escribir el libro en Madrid, ciudad que tomó como escenario (y en la que, por cierto, muriera en 2002). Las diferentes historias que se entremezclan entre sus páginas se desarrollan en infinidad de calles de Madrid, algunas de las cuales no se encuentran en este mapa, como Manuel Silvela, Ventura de la Vega o Luchana, con la ficción centrada entre el sur del castizo barrio de Chamberí y la calle Atocha. Con una narrativa ágil y minuciosa, esta obra maestra basa las relaciones entre un entramado de unos trescientos personajes (en su mayoría, de clase media baja), que se mueven por espacios múltiples, en los que las calles de Madrid sirven como lugares de paso, con un telón de fondo de una ciudad tremendamente afectada por la posguerra. El magnífico Mario Camus realizó la versión cinematográfica en 1982.

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La novelista y poetisa pacense Dulce Chacón, nacida en 1954, comenzó a tener un reconocimiento sólido tan solo un año antes de su muerte prematura gracias a La voz dormida, a partir de la cual Benito Zambrano rodó una película homónima en 2011. Chacón vivió en Madrid desde los once años, puesto que su familia decidió trasladarse a la capital. Desde hace más de una década, el Ayuntamiento de Zafra, su ciudad natal, de donde es además hija predilecta, concede el Premio Dulce Chacón de Narrativa Española cada año.

Chacón pasó cuatro años documentándose y escribiendo La voz dormida, que narra las penurias en la cárcel de mujeres de Ventas, al este de Madrid, durante los duros años cuarenta, con una España hundida por la posguerra y la represión franquista. Otro espacio madrileño predilecto en la novela es la esquina de la calle Relatores y la calle Atocha, donde hay un pequeño hostal en la ficción. Los personajes, basados en personas reales con historias tan cruentas que la autora decidió suavizar, recorrerán las calles colindantes en búsqueda de libertad, de respuestas y de justicia. La voz dormida es una novela dura, con escenarios tristísimos como el Ministerio de la Gobernación (donde se realizaban torturas franquistas) o el cementerio de la Almudena, pero narrada de una forma soberbia, en la que la escritora recreó seis décadas después un Madrid teñido de horrores.

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)Almudena Grandes (1960) es la única entre estos seis escritores nacida en Madrid. Grandes ha escrito novelas contemporáneas de gran éxito, como Las edades de Lulú Atlas de geografía humana. Su obra se centra principalmente en las épocas de la posguerra y la transición (la cual considera un fracaso) y ha sido galardonada con gran cantidad de premios. Ella mismo habla de la influencia en su obra de, entre otros, Benito Pérez Galdós.

Grandes leyó más de doscientos libros sobre la Guerra Civil Española, cuyo resultado fueron las más de novecientas páginas de El corazón helado. Los personajes principales (uno de familia falangista y la otra, republicana y exiliada en Francia) se enfrentan a los fantasmas del conflicto bélico décadas después de su fin, intentando encontrar respuestas y paz. El recorrido de esta obra es el más largo de todos los que hemos creado, puesto que en ella se narran hechos sucedidos en toda la ciudad de Madrid, no sólo la parte más céntrica. Aparecen lugares comunes con otras obras, como el cementerio de La Almudena, pero también se mencionan otros sitios, como los barrios de Salamanca o Tetuán. Esta obra es, por tanto, un relato minucioso de las cicatrices del pasado y la memoria que ha de mantenerse en el presente.

[Artículo escrito por Patricia Martín Rivas
y publicado originalmente en Wimdu.]

Berlín de la mano de Rosa Luxemburgo

Introducción: Qué ver en Berlín

¡Saludos, camaradas! Soy Rosa Luxemburgo, teórica marxista soviética y cofundadora del ahora partido comunista alemán. Pasé la mitad de mi vida en la convulsa ciudad de Berlín, que desde mi nacimiento en 1871 hasta finales del siglo XX atravesó infinidad de momentos históricos que hoy en día se pueden apreciar paseando por la ciudad, casi totalmente reconstruida después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En poco más de un siglo, Berlín sufrió dos grandes guerras y los estragos de la barbarie nazi, estuvo dividida por el famoso Muro y fue el lugar donde se anunció el derrocamiento de la monarquía; de hecho ¡yo lideré la revolución! Todo ello quedó marcado en su arquitectura y su carácter, que configuran el Berlín actual, una ciudad muy activa y alternativa. La capital alemana, tan distinta del resto del país, es auténtica y cuenta con lugares llenos de historia y de lucha que merece la pena descubrir. ¿Nos vamos de paseo?

1.-  Alexanderplatz

Estamos en Alexanderplatz, el centro de Berlín. ¡Cómo ha cambiado! Cuando yo vivía en Berlín, Alexanderplatz presumía de elegantes edificios, pero fueron destruidos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. En los años 60, esta plaza constituía el centro neurálgico del Berlín Este y el Gobierno de la República Democrática Alemana o RDA la reconstruyó de acuerdo con el gusto comunista, con grandes edificios minimalistas. En 1969, se incorporaron a Alexanderplatz dos de los símbolos de la ciudad: la gran torre de televisión y el reloj mundial. El 4 de noviembre de 1989, se manifestaron en esta plaza más de medio millón de personas, demostrando el poder de las masas y su capacidad de cambiar el curso de la historia, ya que consiguieron que el Muro cayera tan solo cinco días después. Ahora el capitalismo reina en la plaza, ¡está llena de cadenas de tiendas! Por cierto, una de las calles que sale de la plaza lleva mi nombre.

Torre de televisión de Berlín

2.-  Hackescher Höfe

El Kaiser Guillermo I obligó a todos los judíos de Berlín a trasladarse aquí en 1737. Debido a la superpoblación en Berlín y a una ley que estipulaba que las construcciones no superaran los cinco pisos, se idearon viviendas con un sistema de edificios ordenados alrededor de patios: cuanto más alejados de la calle, más baratos, con lo que el mismo bloque de edificios estaba dividido por estratos sociales y cada patio era casi como un pequeño barrio. Estos patios son los llamados Hackescher Höfe y destacan dos actualmente: el Endellscher Hof, muy elegante y con tiendas de diseño, y el interesantísimo Schwarzenberg, que varios artistas ocuparon para repararlo, unidos por el antisemitismo y la lucha contra toda discriminación, con murales que van cambiando cada cierto tiempo. El alemán Otto Weidt tenía aquí un centro para trabajadores ciegos y sordos y durante el nazismo contrató a muchos judíos para que no los enviaran a campos de concentración. ¡Toda una proeza!

3.-  Nueva Sinagoga

La Nueva Sinagoga también fue dañada durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que cambió ligeramente desde su inauguración en 1866. Se construyó para albergar a la cada vez más creciente población judía, con capacidad para tres mil personas. A pesar de no ser religiosa, me gustaba contemplar la bella arquitectura de la sinagoga: su fachada de ladrillo ornamentada, pero austera, está coronada por una majestuosa cúpula con toques dorados. En los linchamientos nazis durante la Noche de los Cristales Rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, cuando se quemaron más de mil sinagogas en la Alemania Nazi, un policía empuñó su arma para proteger la Nueva Sinagoga de los atacantes y consiguieron apagar los incendios en la zona antes de que dañaran el edificio. A día de hoy, esta sinagoga tiene protección policial permanente, al igual que otros edificios judíos en la ciudad.

Nueva sinagoga

4.-  Museo de la RDA (DDR Museum)

En este pequeño museo se cuenta la historia de la República Democrática Alemana, también conocida como RDA o como DDR, por sus siglas en alemán. La RDA formaba parte del Bloque del Este durante la Guerra Fría. Esta zona logró aislarse del zarpazo del capitalismo entre 1949 y 1990, aunque las condiciones en las que vivía la gente no eran idóneas, por carecer de libertades personales. Yo misma serví como un símbolo de la RDA, por mi ideología y mi defensa de la igualdad, por lo que rebautizaron varios lugares de la ciudad con mi nombre. Sin embargo, sus formas dictatoriales y represivas no honraban mi memoria. Muy cerca se encuentra el Marx-Engels Forum, con una estatua de los autores del Manifiesto Comunista. En las calles de Berlín, por cierto, aún quedan huellas de la RDA gracias a los Ampelmann, los característicos muñequitos de los semáforos que hay por toda la ciudad, todo un símbolo de la reunificación alemana.

5.-  Isla de los Museos

¡Cómo me habría gustado haber visto el busto de Nefertiti con mis propios ojos! Recuerdo el revuelo que causó su hallazgo y cómo sus descubridores alegaron que no existían palabras para describirlo: había que contemplarlo en persona. Ahora Nefertiti está en esta isla, en el Neues Museum, el más importante junto con el Pérgamo. En esta isla en el río también se encuentra el Lustgarden, el parque donde, aquel 9 de noviembre de 1918, se encontraban las gentes entusiasmadas al escuchar a mi camarada Karl Liebknecht, con quien lideré la revolución, declarar la República Libre y Socialista Alemana tras la abdicación del Kaiser. Fue un día tan emocionante… Qué pena que al final fracasara. La Liga Espartaquista, fundada por Liebknecht y yo, sigue viva, pues se convertiría en el Partido Comunista de Alemania. El Lustgarden se tiñó después de fealdad, puesto que aquí se celebraron varios mítines nazis, con Hitler como orador. Como no triunfó el socialismo, reinó la barbarie.

6.-  Catedral de Berlín

La Catedral de Berlín o Berliner Dom es la iglesia más grande de la ciudad, donde se realizan misas protestantes, conciertos y visitas. En su cripta está uno de los mayores sepulcros dinásticos de toda Europa. El parque de enfrente es el Lustgarden. Se construyó en el siglo XV como iglesia católica, después fue luterana y desde 1817, protestante. Sin embargo, se reconstruyó tantas veces que la catedral que conocemos ahora se terminó en 1905, con estilo neorrenacentista. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió grandes daños y durante la época de la RDA no ofreció servicios religiosos, como había de ser para seguir los ideales comunistas. Llaman mucho la atención sus cúpulas verdes, ¿a que sí? Ese color tan característico no es otro que el de la pátina, es decir, el aspecto que ha adquirido el cobre que recubre las cúpulas debido a la humedad.

7.-  Nikolaiviertel + Rotes Rathaus

¿No es preciosa esta zona? Se trata de la parte más antigua de Berlín, el Nikolaiviertel o barrio de Nicolás. Data del siglo XIII y se mantuvo en pie hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando los bombardeos de los aliados destruyeron gran parte de la ciudad con el fin de acabar con la lacra fascista. Por ello Nikolaiviertel está totalmente reconstruido. La iglesia que hay en el centro, Nikolaikirche, es la más antigua de la ciudad, construida alrededor del año 1230, época en la que se erigieron decenas y decenas de iglesias en toda Europa, con el fin de embadurnar a las personas con la fe cristiana, un medio de control de las masas muy eficaz, a decir verdad. Muy cerca se encuentra el Rotes Rathaus o ayuntamiento rojo, que es el actual ayuntamiento de Berlín y que se construyó a mediados del siglo XIX con un ladrillo rojizo y la estética renacentista del norte de Italia.

8.-  Humboldt Forum

El Humboldt Forum se encuentra en un espacio que ocuparon otros edificios en el pasado. Originalmente, vivían aquí los reyes prusianos, en un enorme Palacio Real barroco, desde donde precisamente mi camarada Karl Liebknecht anunció la caída de la monarquía. Aunque el Palacio Real sufrió daños en la Segunda Guerra Mundial, quedó en pie. El Gobierno de la RDA lo derribó, por considerarlo un símbolo imperialista, y construyó el Parlamento de Berlín Este, un sobrio edificio con fachadas de espejo marrón. No obstante, un adolescente hamburgués visitó Berlín en 1962, vio que el Palacio había desaparecido y se obsesionó con recuperarlo. Después de la caída del Muro aquel antiguo estudiante creó una fundación gracias a la que consiguió que se dispusieran a derribar el edificio comunista, pero se paralizó el proyecto debido a las protestas y muchos artistas lo ocuparon hasta que finalmente lo destruyeron. La reconstrucción del antiguo Palacio configura ahora el Humboldt Forum, dedicado a las artes.

9.-  Unter den Linden

Junto a la Isla de los Museos se encuentra la calle Karl Liebknecht, que pasa a ser el famoso bulevar de Unter den Linden o «bajo los tilos». Juan Jorge de Brandeburgo lo creó para llegar fácilmente al Tiergarten, su coto de caza. Su diseño definitivo se realizó en el siglo XIX, como prueba de que Berlín no era un pueblo, sino una gran ciudad, pero fue totalmente destruido durante la Segunda Guerra Mundial. El Gobierno de Berlín Este plantó los tilos de nuevo, para devolverle al bulevar su aspecto original. Siempre ha sido uno de lugares preferidos por los berlineses e inspiración de escritores, compositores y artistas. Aquí, al principio del bulevar, podemos ver a la derecha la Neue Wache, monumento a los caídos en la guerra, y la Universidad Humboldt, que siempre me traía buenos recuerdos, por mis años de estudiante en Zúrich, donde me doctoré en Derecho, siendo una de las primeras mujeres en poder hacerlo.

10.-  Bebelplatz

La majestuosa plaza de Bebelplatz está rodeada por grandes edificios: la Ópera Estatal, partes de la Universidad de Humboldt y la catedral de Santa Eduvigis. Sin embargo, lo más llamativo de esta plaza es la obra conceptual del artista israelí Micha Ullman: una sala con estanterías vacías que se encuentra bajo tierra y que se ve desde arriba, a un lado de la plaza. La obra representa la quema de libros que los nazis llevaron a cabo el 10 de mayo de 1933 en este mismo lugar. Se trató de una acción sincronizada en veintidós ciudades universitarias alemanas y llevaba a cabo a manos de estudiantes y profesores nazis. Debido a su espíritu totalitarista, consideraron que las obras con ideologías distintas, como las comunistas o pacifistas, y las escritas por judíos se merecían arder en la hoguera, con lo que quemaron libros de autores como Franz Kafka, Albert Einstein, Bertha von Suttner, Karl Marx, Sigmund Freud o una servidora.

11.-  Pariser Platz

Al final de Unter den Linden se encuentra una de las plazas más importantes de la ciudad y, desde luego, una de las más populares entre los turistas. Fue bautizada como Pariser Platz o «plaza de París» en honor a la ocupación de la capital francesa en 1814 a manos de los aliados contra el imperialismo de Napoleón, entre quienes había tropas prusianas. Durante la Segunda Guerra Mundial, esta plaza fue destruida casi totalmente. Al quedar en la frontera cuando el Muro dividió la ciudad, la zona quedó asolada y se reconstruyó tras la caída, con un plan arquitectónico estricto, cuyo resultado es este armonioso espacio. En ella se encuentran la Puerta de Brandenburgo, varias tiendas, la Academia de las Artes, el prestigioso hotel Adlon y la Sala del silencio, mi lugar favorito de la plaza, ya que se puede pensar y meditar estando ajenos de los ruidos de la gente, del tráfico y de la historia.

12.-  Puerta de Brandenburgo

La Puerta de Brandenburgo sí sobrevivió a los bombardeos bélicos, aunque quedara algo dañada. Originalmente llamada Puerta de la Paz, se construyó en el siglo XVIII en estilo neoclásico para marcar la antigua frontera entre Berlín y la Ciudad de Brandenburgo. En un principio, la familia real se otorgó el privilegio de exclusividad para pasar bajo la puerta y luego la adoptaron los nazis como un símbolo del partido. Durante la Guerra Fría, el Muro pasaba justo al lado, algo que se puede ver ahora con un tímido pero poderoso monumento en el suelo, donde está señalada la trayectoria del Muro con baldosines. Pero no solo se puede ver aquí, ¡fíjate en las demás zonas fronterizas por todo Berlín! Los medios de comunicación cubrieron especialmente esta zona durante la Caída del Muro, en 1989, con lo que la Puerta de Brandenburgo quedó grabada en el imaginario internacional como símbolo de lo que fue en origen: la Puerta de la Paz.

Rastro del muro de Berlín

13.-  Reichstag

El Reichstag, de estilo neobarroco y lugar actual de reunión del parlamento alemán, ha sufrido grandes daños a lo largo de su historia: primero cuando lo incendiaron en 1933, como ataque al partido nazi, que lo usaba también con fines parlamentarios; luego cuando lo bombardeó el heroico Ejército Rojo en 1945 para después realizar unas pintadas en alfabeto cirílico, aún conservadas, y colocar una bandera en el emblemático edificio en celebración de la victoria sobre las tropas fascistas en la batalla de Berlín, la última gran batalla de la guerra. Después de la guerra cayó en desuso, ya que la Cámara del Pueblo, de Berlín este, y el Parlamento Federal, de Berlín oeste, se asignaron a otros lugares, en las ciudades de Berlín y Bonn respectivamente. El acto oficial de la ceremonia de reunificación en 1990 se realizó en el Reichstag. Los visitantes que lo deseen podrán disfrutar de las vistas de la ciudad desde la impresionante cúpula de cristal.

14.-  Tiergarten

Por muy agradable que resulte pasear por aquí, lejos del tumulto de la ciudad, el Tiergarten, o «jardín de animales», no me trae buenos recuerdos: fue aquí donde los paramilitares del Freikorps, apoyados por el ministro de defensa, dispararon a mi camarada Liebknecht, para después depositar su cuerpo sin nombre en una morgue. Nuestro asesinato levantó una ola de violencia en la ciudad, con muchos revolucionarios y civiles asesinados. Hay un monumento dedicado a Liebknecht y a mí en este inmenso parque de 210 hectáreas, concebido originalmente como coto de caza para la realeza, que luego también construyó salones aristócratas, para privilegiar, como siempre, a las clases altas. Afortunadamente, el pueblo comenzó a usar el espacio, en el que se instalaron refugiados y gentes empobrecidas en pequeñas construcciones rudimentarias, que contrastaban con los ostentosos salones. De entre los tantos monumentos, destaca la Columna de la Victoria, en el centro del parque, desde donde hay unas preciosas vistas.

15.-  Potsdamer Platz

¡No me puedo creer que esto sea Potsdamer Platz! Con esos modernos edificios de cristal, está irreconocible. Ha cambiado radicalmente desde que celebráramos aquí la primera gran manifestación por la paz, en contra de la Primera Guerra Mundial. Centro ferroviario del país, era una de las plazas más transitadas de toda Europa en la década de los 20 del siglo pasado y parece que sigue siendo muy popular. Después de quedar prácticamente destruido por los bombardeos, en los inicios de la Guerra Fría constituyó una zona neutra para soviéticos, británicos y estadounidenses. Se reconstruyó parcialmente, pero los edificios fueron derribados de nuevo debido a los incendios provocados en la Sublevación de 1953 en la Alemania oriental, contra el Gobierno de la RDA. Luego se convirtió en tierra de nadie y, prácticamente, en un vertedero gigante. En 1990 se celebró en Potsdamer Platz el mayor concierto de rock hasta la época, con Pink Floyd interpretando su célebre The Wall, «el muro».

16.-  Weinhaus Huth

Con todas estas construcciones tan llamativas en Potsdamer Platz, el edificio más longevo de todos, Weinhaus Huth, pasa desapercibido, ya que está integrado en el conjunto arquitectónico. Gracias a su estructura de hierro, fue el único edificio que quedó entero en toda la plaza después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, eso no es lo más sorprendente, sino que la zona quedó totalmente abandonada al acabar la guerra, por estar cerca del Muro, y nadie quería ni pisar por aquí, por lo que Weinhaus Huth fue el único edificio hasta la década de los 90. Así, en medio de la inmensa ciudad quedaba esta plaza prácticamente desierta, algo que cambió radicalmente con la Reunificación Alemana, cuando la zona se revalorizó y la reconstruyeron, gastando doscientos millones de euros extra para respetar el edificio protegido de Weinhaus Huth. De esta forma, la zona recuperó la afluencia de gentes ávidas de diversión y consumismo, totalmente inmersas en el capitalismo vencedor.

17.-  Monumento a los judíos de Europa asesinados

El Monumento a los judíos de Europa asesinados pone los pelos de punta. Aunque siempre fuimos un pueblo perseguido, los nazis llevaron a cabo la mayor masacre, asesinando a seis millones de judíos. Afortunadamente, los aliados y las valerosas tropas soviéticas consiguieron erradicar el fascismo. Alemania condenó lo ocurrido eliminando símbolos nazis e invirtiendo en obras centradas en la memoria, como las Stolpersteine, pequeñas placas informativas de hormigón y latón incrustadas en el suelo por toda la ciudad, en los lugares donde habían residido judíos llevados a campos de concentración, o este poderoso monumento ante el que nos encontramos, con casi tres mil bloques de cemento de distintas alturas y a diferentes distancias que transmiten sentimientos como la angustia o el dolor. Debajo hay un centro de información con datos sobre el Holocausto que hielan la sangre. Existe también un monumento a los homosexuales perseguidos durante el nazismo justo al otro lado de la calle, nada más entrar al Tiergarten.

Helene Dobrin Moritz Dobrin

18.-  Búnker de Hitler

En consonancia con el proceso de eliminación de todos los símbolos fascistas por parte de los soviéticos y, más adelante, del Gobierno alemán, para mostrar rechazo y para evitar peregrinaciones, se destruyó el búnker donde Hitler pasó sus últimos momentos. En él, dirigió operaciones y se casó con Eva Braun. Justo bajo nuestros pies se encontraba este lugar muy elaborado, especialmente construido para el dictador en 1944, a 8,5 metros bajo tierra y con tres metros de cemento encima, con salidas a la antigua Cancillería del Reich. Aun en tales circunstancias, no renunciaron a sus privilegios y vivían en espacio amplísimo, con agua, electricidad, sirvientes, muebles de lujo y pinturas, entre ellas un retrato de Federico II de Prusia, uno de los héroes del genocida. Acorralados por el ejército soviético, ambos se suicidaron, él de un tiro y ella con cianuro, y luego sus cuerpos fueron incinerados, por petición expresa de Hitler. Hay una placa indicativa del lugar desde 2006.

19.-  Neue Kirche + Gendarmenmarkt

La Neue Kirche, también conocida como la Catedral Alemana, se encuentra frente a la Catedral Francesa, componiendo dos edificios casi idénticos. Ambos conforman, junto con la sala de conciertos, en el conjunto de Gendarmenmarkt, una de las plazas más bellas y armoniosas de Berlín, con esa bonita piedra de tono amarillento. Sin embargo, como sucede en toda la ciudad, este no es el aspecto que tenía en el siglo XVII, cuando se creó, ya que fue casi totalmente destruida en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y los edificios reconstruidos no conservan su carácter religioso, sino que cuentan con museos, cafeterías y miradores. En medio de la plaza hay un monumento dedicado a uno de los poetas alemanes más célebres: Schiller. La época más animada para disfrutar de la plaza es en diciembre, porque, pese al frío, la gente se congrega alegremente en uno de los mercadillos navideños más populares de la ciudad.

20.-  Checkpoint Charlie

El Checkpoint Charlie fue el control fronterizo más famoso entre Berlín Este y Berlín Oeste. En actividad durante veintiocho años, se trataba del único punto de paso de un lado a otro para extranjeros y aliados. Con un sistema de control mucho más desarrollado en el este, fue escenario de protestas pacíficas, grandes momentos de tensión (¡con tanques incluidos!) y tiroteos dirigidos a quienes intentaban cruzar ilegalmente. Hoy en día hay una reproducción de un puesto de mando, la foto de un soldado de cada bando y placas indicativas de la entrada y salida de uno a otro lado. Lo más llamativo para mí es observar la diferencia aún visible entre el lado este y el oeste desde el Checkpoint Charlie, especialmente en relación con la arquitectura y los negocios que hay en las calles inmediatamente colindantes. Se trata de uno de los lugares más representados en la literatura y el cine centrados en este periodo histórico.

21.-  Museo Judío

No hay mejor lugar en toda la ciudad para aprender sobre nuestra historia, la del pueblo judío. Está compuesto por tres edificios con formas irregulares, como símbolo del camino irregular al que nuestro pueblo ha estado sometido durante la historia, y cuenta con objetos, fotografías, pinturas, esculturas y documentos en los que el horror está muy presente, con especial énfasis en el Holocausto, por supuesto. Antes había un museo judío en otro lugar de la ciudad, pero los nazis lo cerraron en 1933 y no fue hasta 2001 que este nuevo museo judío de la ciudad abrió sus puertas. Es imprescindible visitar este museo para comprender la historia de Berlín, una ciudad con una gran influencia intelectual, cultural y económica de los judíos. Tiene una zona de eventos, donde se celebran regularmente conciertos de música judía tradicional y contemporánea, se proyectan películas y se puede disfrutar de la comida kosher, preparada conforme a las leyes judías tradicionales.

22.-  Canal Landwehr

El barrio de Kreuzberg era el centro alternativo y creativo de Berlín Oeste y aún conserva su ambiente, a pesar de su rápida elitización residencial en la última década. Aquí se encuentra parte del canal Landwehr, construido entre 1845 y 1850 para unir las zonas este y oeste del río Spree. A las orillas de este canal, el 15 de enero de 1919, las fuerzas paramilitares del Freikorps me asesinaron a culatazos y con un disparo en la cabeza, cuando tenía cuarenta y siete años, simplemente por mi ideología comunista. No contentos con aquella injusta y terrible muerte, tiraron mi cadáver al agua, donde estuvo durante casi cinco meses. Los textos que escribí, en busca de conseguir un mundo más justo afortunadamente perduraron: entre otras cosas, Lenin y Trotsky dieron reconocimiento a mis credenciales revolucionarios en la III Internacional y a mediados de enero Berlín celebra cada año el día de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. ¡Fui, soy y seré!

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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