Idiosincrasia

Ensimismada por la insistencia de su cilantro en amarillear, Angélica se imagina su propia muerte con una clarividencia abrumadora por enésima vez en la vida. Y eso que ahora no fuma. Antes, cuando se acomodaba durante horas en la barda de la Casa de Cortés, para ver a la gente de paseo y susurrarse efímeras ficciones ajenas mientras se vestía los interiores con humos, jamás le invadían pensamientos obituarios. 

El fulgor verde de sus lechugas al atardecer la suelen llenar de brío, pero a veces empatiza con el cilantro: al ser grupo de riesgo, su esposo y el hijo que todavía vive en la casa familiar apenas si la dejan salir. Arranca las hojillas malheridas de cuajo, porque dejarse hipnotizar por sus humores ocráceos sería como volver a los años de amargura en Emiratos Árabes Unidos, cuando la mera idea de enfermar o morir le producía tal pánico que se sumía ya en las garras de un insomnio anclado en la ansiedad, ya en esos sueños profundos de hasta veinte horas de quienes quieren escapar de la realidad.

Ahí sí que estaba sola por sentencia: empujada al exilio por el despido masivo de aquella criminal empresa que, de un día para otro, puso a ocho mil quinientas familias de patitas en la calle, sin declarar quiebra ni dar finiquitos ni indemnizaciones ni salarios caídos ni nada de nada. Se robaron hasta las cajas de ahorros de los trabajadores con el apoyo de ese ratero de Calderón, quien jamás se mereció el honor de presidir la República Mexicana.

En los Emiratos, sus hijos no aguantaron ni un tris y su esposo pilotaba aviones sin descanso: no se le veía el pelo durante seis días seguidos y luego se marchaba de nuevo a las pocas horas de volver al hogar. «Hogar», en ese caso, servía de eufemismo para «departamento teñido de la soledad impuesta de existir en medio de la arena de un país donde las palabras de una mujer se equiparan a la nada y su valía solo depende de la de un hombre y más como extranjera, que una pasa a la categoría de ciudadana de tercera clase».

Escapa de los tormentos añejos gracias a la palpabilidad de un fruto maduro de su huerta. Hace unos días leyó que «aguacate» en náhuatl significa «testículo», así que lo saborea regodeándose en la etimología y evitando mirar de reojillo las hojitas secas del cilantro, que le recuerdan a toda la gente que está muriendo —decenas, cientos, miles: las cifras no paran de subir—. A través del gusto regresa a su ser, a su presencia en Coyoacán, donde vive y donde fallecerá, porque ya no piensa morar ni morir en ningún otro lugar del planeta jamás.

Aquella otra vez que vislumbró la parca, estaba atrapada casi en las antípodas con una depresión coronada por la certeza de que la mataría. Su temor la llevó a hacer jurar y perjurar a su marido que, si la muerte llegaba, mandaría sus restos a México para que sus cenizas se desperdigaran por cada rincón de Coyoacán; daba igual si en las banquetas, los maceteros, los charcos o incluso los botes para la basura: ella quería desperdigarse por su barrio querido, por la tierra que la llenaba de sollozos y nostalgias incluso cuando se sumía en esos sueños profundos de los que despertaba empapada en sudor y suspiros con el amor por su polícroma tierra exacerbado. Si sus restos permanecieran hasta los confines de la eternidad en esos territorios remotos, sería como morir por duplicado. 

Allá, inmersa en el desamparo, viviendo algunos de los peores años de su vida, se acostumbró a hilar palabrillas en el silencio más absoluto y ahora espera a que ennegrezca el día y su familia se deje embelesar por la caída de los párpados, para que el ruido sólo quepa en el pasado y en el futuro. Y entonces, sólo entonces, consigue escribir los portentosos microcuentos y poemas que le brotan de las uñas al sigilo de su fascinante guarida crepuscular. 

Pero hay veces en que el silencio se llena del ruido causado por la incertidumbre del mañana y entonces anhela la inspiración pasada: ya no se puede sentar en la barda de la Casa de Cortés, su lugar favorito para observar a la gente e inventarse historias. Aunque mejor, ya que el mequetrefe del alcalde ha anotado una escabechina más a su lista de barbaridades cometidas y por cometer, afeando el edificio al cubrir de blanco el radiante amarillo pretérito y alejando de la zona toda brizna de inspiración.

Con el confinamiento se ha aferrado a las letras y está más activa que nunca: a sus cincuenta y siete años se ha convertido en toda una marisabidilla de la tecnología e imparte cursos en línea, participa de proyectos de escritura virtuales y hace de las noticias, añoranzas, reminiscencias y rutinas sus musas. En días como hoy, se cuestiona su propia supervivencia y se convence de que permanecerá en este mundo cristalizándose en la literatura. 

Ha comenzado un microcuento —«Escurrían sobre sus redes los sudores de varios bichos»—, pero necesita llenarse los entresijos de brisillas para poder continuarlo. Sube a la azotea del edificio a tomar ese aire nocturno que parece tan limpio —la contaminación se camufla, sibilina, entre las maravillas de la noche— y disfruta del sonido de los árboles mecidos por el viento y del canto de los grillos que festejan el verano. Su casa, ese refugio donde se narra por dentro, se envuelve entre las cálidas páginas de sus libros, los deliciosos zarandeos de sus plantas y los entrelazamientos con su familia. 

Una tormenta de verano le recuerda que está viva con el vigor de la lluvia y el arte fugaz de los relámpagos sobre el cielo violeta; y sobrelleva con dulzura su enésima certeza de la propia muerte, pero se resiste a sucumbir a sus promesas de descanso porque desearía no marcharse todavía de este mundo. Aunque, si pereciese, habría cumplido con lo que ha venido a hacer: se encuentra en su país, sus hijos ya se dan de comer solos y ha plantado semillitas literarias acá y acullá: no teme su partida, qué va, empero le tiene pánico a irse con dolor y sufrimiento. 

Ya enraizada donde debe, se permite el lujo de ponerse tiquismiquis: si se muriera ahora —de golpe, por favor, de golpe—, no querría que sus restos cayeran en cualquier agujero de su barrio: le encantaría que se arremolinaran alrededor del quiosco del parque Hidalgo y acariciaran a los mimos y los payasos callejeros que entretienen a un público, ahora medio ausente, por unas cuantas monedas; adoraría que sus cenizas bailotearan entre los sones y huapangos que ensayan los jaraneros en el parque de La Conchita; disfrutaría que se colaran por las fosas nasales de los gringos que se apelotonan en la casa de Frida Kahlo y se niegan a soltar jamás una mísera palabrita en nuestra lengua, para hacerlos al menos estornudar en español.

Desde el sosiego de la azotea se siente más coyoacanense que nunca. Es feliz en el lugar correcto, aunque la muerte ronde. Medita un poco —pero poco, que si no se queda dormida— y se dice que mañana inundará de amor a su familia con besos, abrazos, rica comida y les dirá que ya saben que ella es muy apapachona —porque revienta si no se llena la boca cada día con su palabra favorita, exiliada del diccionario academicista— y se inventará que falta algo indispensable y saldrá al supermercado o a la farmacia para empaparse los sentidos brevemente del arcoíris urbano hoy negado por el confinamiento. 

La pandemia no le ha arrebatado ni un gramito de hambre, y hoy Angélica sueña que las calles se dejan pasear libremente de nuevo y que come quesadillas en el mercado de antojitos, un chocolate en El Jarocho y un helado de higo con mezcal sentada en una banca oyendo el sonido de la fuente de los Coyotes mientras se llena las pupilas de las variopintas personas que, sin darse cuenta, le regalan esas historias que nutren las hambrientas líneas de su literatura.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

Geography

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Strawberry and cream tarts, lemon bundt cake, artisan tiramisu, blueberry muffins, Dutch apple pie, chocolate eclairs, cherry cobbler, cinnamon rolls, and bread, bread, and more bread. All expired, but it’s better than nothing.

Each time he readies this cornucopia for his people, it fills him with excitement, but ever since the chase and the $130 fine a few months ago, there is always the nagging concern that maybe this time will be another disaster.

He has just left the only supermarket that responded to his pleas the Albertsons in South El Paso from which he has been taking a daily cartful for the past five years and he realizes he is already feeling unusually tense. Will they let him cross? He arranges the surplus and expired products with the restraint and methodical efficiency of someone who knows exactly what he’s doing. It’s already become rote: he arrives every day at the loading and unloading zone, passes through to the bakery and pastry section, collects everything his compatriots don’t want, to be taken to those who can’t choose what they want, puts it in the cart, and distributes it among the coolers he always carries in the trunk.

Calm down, calm down, he sips water, exhales, gets in his pick-up truck, murmurs a rapid prayer. His nerves are on edge after three border crossings in a single day last week. Normally things aren’t so hectic, but it appears that, in these times, perishable goods have lost their attraction for American shoppers, and they pile up, pile up, pile up and usually land in the dumpster.

He buries his anxiety, starts the engine, and heads for the border, temporarily imbued with the tranquillity of hope and faith. That journey of barely five minutes is filled with the faces he will hopefully see today. First appears little Maria Fernanda from the orphanage, whose parents were murdered a couple of months back, but is always full of affection, seeking to be hugged, embraced, cradled. Then he decides he will leave some bread at Angélica’s house, partially repaired after another rampage of her teenage son, who sniffed glue as a kid, and then went on to marijuana and then cocaine and then meth. Wresting his thoughts away, the visage of Rahui comes to him, Rahui, who himself lives precariously in the Tarahumara settlement, is always eager to help unload the pick-up truck and distribute food to his neighbors. Just before he arrives, there flashes into his mind an image of that wryly upbeat woman everyone calls La Perrita, who loves chocolate and dirty jokes and who was thrown by her children into the teeming chaos of the overcrowded psychiatric hospital after she fell on the train tracks and lost both legs and an arm. Merely thinking about them fills him with warmth: the loneliness of a childless divorce vanishes like smoke when he arrives in Juarez, when he joins his makeshift Mexican family. He sees them every week, they kiss and hug (nowadays much less), play, pray, sing, laugh and even celebrate together at Christmas and Easter. God willing he will be able to get across. God willing.

Agents on both sides of the border have him firmly in their sights. While returning to the U.S., despite a digital trail of his countless arrivals and departures, is usually a breeze (because it’s his own country, and he has the SENTRI pass for trusted travelers), Mexico often poses problems. As he approaches customs, Jeff plans how to proceed. There are five entry points at the border — he knows them all too well, after 23 years of experience. To lessen suspicion, Jeff tries to repeat as infrequently as possible, keeping a running mental record of which is due. Although controls are less comprehensive in this direction, Jeff is often accused by officers of carrying too much food. Through painstaking trial and error, he has determined what is likely to be considered an acceptable amount — two four-foot containers per trip, three at the most — but today they may say even that’s too much. Then he will have to go back and wait for another day and try to distribute the food to the homeless people he finds in El Paso or to his neighbors, because food banks only accept donations of non-perishable food. As a last resort, Jeff will eat what he can himself before it goes bad, but what the supermarket discards is already on its last legs, and not a single eclair more can be crammed into the freezer. What can he do: sometimes the trash is an inevitable fate, and his thoughts always turn to his children whenever he’s forced to toss the spoiled food.

He’s approaching that high wall that’s been steadily growing since 1819, and Jeff can’t stop sweating. Come on, you’ve been doing this for years and years. There are a couple of cars ahead of him. No comparison to what it’s usually like; the border closed on March 21, and only those considered essential can pass. He’s essential, in theory, but they can refuse him on any pretext.

If they don’t let him through, he won’t try his luck at another checkpoint. He would hate to repeat the experience of last year’s pursuit and ticket, when he was carrying four coolers loaded with pastries and the agents wouldn’t let him cross, and he switched to another entrance and initially managed to get through, but the first guards had tipped them off, and he was commanded to stop, and he started singing loudly to feign incomprehension, and they chased him down with a truck, and they dumped him back in the United States and screamed at him, and he had to pay a fine of $135 to boot. And 2300 pesos goes a long way on the other side. No, if they don’t let him pass, he’s not going to gamble again. Now he treads carefully: better to live to fight another day, even if he has to throw away precious expired food. 

The border gets closer, closer, and Jeff tenses his shoulders, squeezes the steering wheel with his hands, prays and prays that they don’t give him any trouble, turns down the K-LOVE music that always accompanies him, fits the yellow cap over his gray hair, adjusts the tiger-print mask (better to leave it on, right?), readies his passport, and hands it to the officer with gloves and caution and his blue eyes glowing with supplication and prayers crouched at the corners of his lips. Will he manage to get across? 

In general, he knows the weak points and proper approach for each of the border patrol officers, who don’t give a damn about the starving people in their country or the children wasting away in orphanages. However, the agent he’s drawn today, Jorge Lopez, always keeps him guessing, because depending on what side of the bed he woke up on, he sometimes displays compassion, sometimes blazes with fury; and he’s just as likely to dutifully process the official food transportation tax as he is to cough with the self-importance of petty authority to elicit a bribe.

Jeff forces his eyes into a smile and says good morning, how are you, sir, thank you very much. To avoid any sign of weakness or concern about his lengthy entry record, he concentrates on mentally plotting his course for the day. Before starting the deliveries, he will head to kilometer 27 to buy meat, milk, eggs, and fruit at the El Roble supermarket. The cash, cobbled together from various donors as well as a sizable portion of the profits Jeff makes from his own eBay store, provides for a decent haul of fresh food. On recent trips, he’s wandered bewildered through the richly-stocked supermarket aisles: piles, mountains of toilet paper gleam under the fluorescent glare, because this battered city can’t afford the luxury of descending on stores like locusts to hoard for a catastrophe. In these times, a full supermarket is synonymous with thousands of empty cupboards and refrigerators. In Ciudad Juarez, hunger and drugs kill many more people than any damn virus.

Officer Lopez addresses him as if they haven’t faced each other two hundred and forty-two times previously, and Jeff responds with restrained friendliness, and Officer Lopez asks if he has anything to declare, and Jeff mentions the three coolers full of bread and pastry, and Officer Lopez peers at him with puzzlement and examines the vehicle with eyes filled with the eternal suspicion of one who works every day in the uncertainty of discerning good from evil.

Suddenly, this inspection, now so routine, seems to him like an oasis of calm, and he is flooded with a sense of tranquility. Let God’s will be done. What truly worries Jeff is that the lords of this jungle will exploit the situation to lure in and conscript the most desperate for the skirmishes of their lethal trade. In April, obligatory social distancing was imposed in Mexico and more than 70 percent of the large factories in Juarez closed. Now many are on the streets and dying of hunger: staying home is not a choice, but a privilege.

On top of everything, this virus has the cartels pissed off, because most of the ingredients for making drugs come from China and the ban on shipping goods from the Asian behemoth is, in this land, a ban on getting rich. Incensed. The closed borders are decimating the drug routes. Downright infuriated. A few weeks ago, five gringos were executed, including a school teacher Jeff had been working with.

But Jeff doesn’t fear these thugs, and he drives around quietly in his pick-up truck, with his Christian music and “You have a friend in Jesus” on the license plate, telling himself, repeating to himself, that the bad guys may not fear him, but they fear God. At sixty-seven years old, maybe what he should really fear is the virus, high-risk group and so mobile, but what terrifies him much more is that his people may not have anything to put on their plates.

Agent Lopez regards Jeff with apathy: it seems that today it will be the official tax; two, three hundred pesos per cooler, he will have to pay. Times aren’t so hard now really: the health crisis doesn’t stop civil servants from drawing their salary, so Jeff is only forced to cough up a bribe a third of the times he crosses the border. The situation always gets worse after federal elections, when every departing president has the nasty habit of emptying the state coffers and leaving the customs agents trembling. Since they won’t get paid anything for three or four months, they forget to ask for the official paperwork to be filled out, and their mouths fill with absurd sums, knowing that the flow of gringos will feed their families when the state can’t. There’s still a year or so to go before the next election, so, putting aside morals, Jeff is essentially indifferent: he just declares what he’s carrying, and the cost of the bribe ends up equivalent to that of the tax only the pockets in which it ends up change, but that’s not his problem. He just wants to get to the other side.

He waits as the agent fills out forms, signs such and such document, pays for this, that, and the other, and finally crosses the border to his second home, that city forsaken by God and man without drinking water, without sanitation, without paved streets, and without hope and sighs with relief. Jeff is determined that he will not stop he will keep on making his three weekly trips in this pick-up truck that has only seen El Paso and Juarez and that already bears 300,000 miles and tarts and cake and tiramisu and muffins and pies and eclairs and cobblers and rolls and bread and experience.

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Love in the Time of Coronavirus,
by Patricia Martín Rivas.

Love in the Time of Coronavirus

Geografía

[Read story in English]

Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

La emoción lo embarga siempre que prepara todos esos manjares para su gente, pero, desde que sucedió aquello de la persecución y la multa de ciento treinta y cinco dólares hace unos meses, a veces no puede evitar que lo invada la preocupación y pensar que quizás esta vez tampoco salga bien.

Acaba de salir del único supermercado que cedió a sus súplicas —ese Albertsons en el sur de El Paso del que suele sacar un carrito diario desde hace cinco años— y ya se nota especialmente tenso. ¿Lo dejarán pasar? Coloca los excedentes y los productos caducados con la parsimonia y la metodología de quien sabe lo que hace. Ya forma parte de su rutina: llega todos los días a la zona de carga y descarga, desde donde entra a la sección de panadería y pastelería, recopila todo lo que sus compatriotas no quieren para llevárselo a quienes no pueden elegir qué querer, lo mete en el carrito y lo reparte entre las neveras que siempre carga en el maletero.

Calma, calma, bebe agua, respira, entra en la camioneta, murmura una oración rapidita. Tiene los nervios de punta porque la semana pasada cruzó la frontera tres veces en un mismo día. Normalmente no hay tanto ajetreo, pero parece que últimamente los productos perecederos gozan de menos popularidad entre los compradores estadounidenses y se acumulan, se acumulan, se acumulan y suelen acabar en la basura.

Entierra la inquietud, arranca el motor y se dirige a la frontera empapado de la tranquilidad que arropan la esperanza y la fe. Ese trayecto de apenas cinco minutos se le llena de rostros: ojalá pueda verlos hoy. Primero se le aparece la carita de María Fernanda, a la que le mataron a los padres hace un par de meses y que siempre rezonga por el orfanato llenita de cariño y ansias de abrazos y besos y mimos. Después decide que le dejará algún pan a Angélica en casa, que ya está casi reparada después del último arrebato destructivo de su hijo adolescente, que se enganchó al pegamento de niño y luego se pasó a la marihuana y luego a la cocaína y luego al cristal. En seguida se le cruza la imagen de Rahui, que vive en la colonia tarahumara y que siempre quiere ayudar a descargar la camioneta y a repartir comida entre sus vecinos. Justo antes de llegar, le invade la mente el semblante de aquella mujer de humores desgastados a la que llaman Perrita, que adora el chocolate y los chistes verdes y a quien sus hijos abandonaron en el hospital psiquiátrico, donde habitan más de cien personas, después de que se cayera en la vía del tren y perdiera las piernas y un brazo. El simple hecho de pensar en ellos lo llena de calidez: la soledad de un divorcio sin hijos desaparece de un plumazo al llegar a Juárez, donde se reúne con su gente, a la que ve todas las semanas y se besan y abrazan (ahora mucho menos), juegan, rezan, cantan, ríen e incluso comen juntos en Navidad y en Semana Santa. Ojalá lo dejen cruzar. Ojalá, ojalá.

Los agentes de ambos lados de la frontera lo tienen muy visto. Mientras que el regreso a Estados Unidos, con un registro digital de todas sus entradas y salidas, siempre es pan comido (tanto por tratarse de su propio país como por disponer del pase SENTRI para cruzar a sus anchas), México, sin embargo, suele poner problemas. Por eso, en cuanto se va acercando a la aduana, Jeff planifica cómo actuar. Hay cinco puntos de entrada en la frontera —los conoce de sobra: empezó sus andaduras en 1997—, así que, para no despertar tantas sospechas, lleva la cuenta de cabeza de por cuál le toca cruzar cada vez. Aunque México dispone de menos controles de seguridad, a menudo los guardias tachan a Jeff de llevar demasiada comida. Ya tiene calculado cuánto se considera una cantidad aceptable —dos contenedores de un metro y medio de largo por trayecto, tres a lo sumo—, pero quizás hoy lo acusen de ir con más de la cuenta. Entonces tendrá que regresar y esperar a otro día e intentar distribuir la comida entre la gente sin hogar que encuentre por El Paso o entre sus vecinos, porque los bancos de alimentos solo aceptan donaciones de comida imperecedera. Como último recurso, Jeff picoteará un poco de esto y un poco de aquello antes de que se estropee, pero lo que le sobra al supermercado ya está en las últimas y a él no le cabe más pan en el congelador. Qué remedio: a veces resulta inevitable tirarlo y sus pensamiento siempre se visten de sus niños cada vez que se ve obligado a deshacerse de la comida estropeada.

Se va acercando a aquel alto muro que crece sin parar desde 1819 y Jeff no puede controlar el sudor. Venga, que llevas años y años haciendo esto. Hay un par de coches delante. Nada comparado con como suele ser: la frontera cerró el veintiuno de marzo y solo pasa a quien se le considera esencial. Él lo es, pero lo pueden rechazar por cualquier pretexto.

Si no lo dejan pasar, no va a intentarlo por otro punto de control. Odiaría vivir de nuevo aquello de la persecución y la multa del año pasado, cuando llevaba cuatro neveras cargaditas de repostería y los agentes no lo permitieron cruzar y probó por otra entrada y pasó, pero los primeros guardias dieron el chivatazo y los segundos le pidieron que parara y él se puso a cantar a voz en grito para hacer como que no se enteraba de nada y lo persiguieron con un camión y lo devolvieron a Estados Unidos y lo regañaron de lo lindo y tuvo que pagar ciento treinta y cinco dólares por la bromita. Y dos mil trescientos pesos dan para mucho al otro lado. No, si no lo dejan pasar, no se la va a jugar otra vez. Ahora se anda con pies de plomo: mejor volver otro día, aunque tenga que tirar aquella valiosa comida caducada.

Se acerca, se acerca la frontera, y Jeff tensa los hombros, aprieta el volante con las manos, reza y reza por que no le pongan problemas, silencia la música K-LOVE que siempre lo acompaña, se cala bien la gorra amarilla en la cabeza cana, se ajusta la mascarilla con estampado de tigre (mejor dejársela puesta, ¿no?), prepara el pasaporte y se lo entrega al agente con guantes y precaución y los ojillos azules brillando de súplica y las oraciones agazapadas en las comisuras de los labios. ¿Podrá cruzar?

Por lo general, ya sabe de qué pie cojea cada uno de los agentes aduanales, a quienes no les importan un comino ni la gente que se muere de hambre en su país ni los niños de los orfanatos. Sin embargo, el de hoy, ese tal Jorge López, siempre lo desconcierta, porque, según por dónde sople el viento, ya muestra compasión, ya furia; y le puede dar tanto por tramitar oficialmente el impuesto por transportar alimentos, como por carraspear con la prepotencia propia de la autoridad para forzar el soborno.

Jeff sonríe con los ojos y chapurrea un buenos días, un cómo está, señor, un muchas gracias. Para no mostrar signos de debilidad y preocupación por el registro, se concentra en dibujar mentalmente su recorrido de este día. Antes de comenzar el reparto, conducirá hasta el kilómetro 27 para comprar carne, leche, huevos y fruta en el súper El Roble. El dinero, que proviene de diversos donantes y de buena parte de los beneficios que Jeff saca de su propia tienda en eBay, da para una cantidad decente de alimentos frescos. Últimamente pasea por los abundantes pasillos del supermercado con perplejidad: están hasta arriba de papel higiénico, porque nadie se puede permitir el lujo de arramplar y almacenar en caso de hecatombe, porque, en los tiempos que corren, un supermercado lleno es sinónimo de miles de armarios y frigoríficos vacíos. En Ciudad Juárez mata a más gente el hambre y la droga que este dichoso virus.

El agente López le habla como si no lo hubiera visto doscientas cuarenta y dos veces y Jeff responde con amabilidad contenida y el agente López pregunta si tiene algo que declarar y Jeff menciona las tres neveras hasta arriba de panes y dulces y el agente López lo mira con desconcierto y examina el vehículo con los ojos colmados de la sospecha de quien trabaja en las profundidades de la incertidumbre entre el bien y el mal.

Jeff siente fulminantemente que ese registro rutinario es una balsa de aceite y lo invade la tranquilidad. Que sea lo que Dios quiera. A Jeff lo que de verdad le preocupa es que los amos del cotarro aprovechen la situación para atraer a los jóvenes más desesperados y los obliguen a vender droga. En abril impusieron en México el distanciamiento social obligatorio y cerraron más del setenta por ciento de las grandes fábricas de Juárez. Ahora mucha gente está de patitas en la calle y morirá de hambre: quedarse en casa no es una opción, sino un privilegio. 

Encima de todo, ese virus tiene a los cárteles cabreados, porque la mayoría de los ingredientes para elaborar narcóticos vienen de China y las prohibiciones a la hora de transportar mercancías desde el país asiático se traducen en esta tierra como privaciones para enriquecerse. Muy cabreados. Las fronteras cerradas dilapidan las rutas de la droga. Cabreadísimos. Hace unas semanas, asesinaron a cinco gringos, incluida una profesora de colegio con la que Jeff colaboraba.

Pero a Jeff no le dan miedo esos matones y conduce la camioneta de acá para allá con sosiego, con su musiquita cristiana y con su «You have a friend in Jesus» en la matrícula, repitiéndose y repitiéndose que los tipos malos temen a Dios. Con sesenta y siete años, lo que quizás debería temer de verdad es el virus, por ser grupo de riesgo y andar de un lado para otro, pero le da mucho más pavor que su gente no tenga qué llevarse a la boca.

El agente López mira a Jeff con apatía: parece que hoy toca arancel legal; doscientos, trescientos pesos por nevera tendrá que pagar. No es tan mal momento ahora en realidad: la crisis sanitaria no impide que los funcionarios sigan cobrando, así que Jeff solo se ve obligado a recurrir a los sobornos un tercio de las veces que cruza la frontera. La situación empeora después de las elecciones federales, cuando cada presidente que se marcha tiene la fea costumbre de vaciar las arcas del estado y dejar a los agentes aduanales temblando; y como no cobran nada durante tres o cuatro meses, se olvidan de pedir que se rellene el papelito oficial y se les llena la boca de precios ridículos, en la certeza de que aquel flujo de gringos alimentará a sus familias. Aún queda un año y pico para la próximas elecciones, así que, fuera del plano moral, a Jeff en realidad le da igual una cosa que otra: siempre y cuando declare lo que lleva, en los tiempos tranquilos la suma de los impuestos y del soborno es idéntica y solo varían los bolsillos en los que acaba, pero ese no es problema suyo. Él solo quiere estar del otro lado. 

Espera a que el agente rellene tal o cual papel, firma uno o dos documentos, paga esto y lo otro y por fin cruza la frontera a su segundo hogar, aquel paraje dejado de la mano de Dios —sin agua potable, sin alcantarillado, sin asfaltar y sin esperanza— y suspira con alivio. Jeff no se plantea parar y seguirá realizando sus tres viajes semanales en aquella camioneta que solo conoce El Paso y Juárez y que ya carga casi medio millón de kilómetros y de tartaletas y de bizcochos y de tiramisú y pasteles y de tartas y de magdalenas y de coronas y de dulces y de rollos y de panes y de aprendizajes.

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de Patricia Martín Rivas.

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