Mapa literario de Madrid

Madrid ha servido como escenario de infinidad de obras literarias, en las que se dibuja la villa con el paso del tiempo. Hemos seleccionado seis libros escritos en los siglos XIX, XX y XXI que se desarrollan en Madrid y hemos creado rutas literarias por toda la ciudad.

Es posible navegar por el mapa interactivo con el ratón para acercarse y alejarse y, además, al pinchar en el icono de arriba a la izquierda, se pueden seleccionar o quitar las casillas con las rutas propuestas, para poder ver así el número deseado de ellas. Asimismo, al pinchar en cada letra aparece una cita de la obra en cuestión en la que se mencionan los sitios marcados y una fotografía del aspecto actual del lugar. Si quieres ver el mapa más grande, pincha en el icono en la esquina superior derecha. Hay más información de cada obra más abajo.

Disfrútalo: viajar y leer nunca han estado más unidos.

En las citas del mapa se puede observar cómo la capital española ha sido durante siglos escenario de diferentes momentos históricos y cambios sociales, los cuales han querido plasmar sobre el papel escritores procedentes de todos los rincones del país. Resulta interesante analizar las diferentes costumbres de los personajes en ciertos puntos de la ciudad, como la prohibición de que las parejas se abracen en público descrita en La voz dormida, de Chacón, con la antigua estación de Delicias de fondo. Se aprecian también los negocios tradicionales y familiares de barrio, como la tienda de tubos en la calle de la Magdalena que describe Galdós en Fortunata y Jacinta o la de lavabos en la calle de Sagasta de la que habla Cela en La Colmena. Algunos lugares emblemáticos ya han desaparecido, como el Café de Fornos, famoso por sus tertulias literarias, al que acuden los personajes de El árbol de la ciencia (Baroja), hoy reconvertido en un Starbucks. A su vez, otros lugares fantásticos son hoy en día ciertamente símbolos de la ciudad, como la inventada “buñolería modernista” de Luces de bohemia (Valle-Inclán), que en realidad es la imprescindible y siempre concurrida chocolatería San Ginés. La ciudad y la literatura se casan en estas obras, creando momentos tensos, pasionales, divertidos o tristes. En todo caso, como le ocurre al abuelo de la protagonista de El corazón helado (Grandes), Madrid es una ciudad para querer y echar de menos.

Por último, ofrecemos un breve comentario de las obras que aparecen en el mapa.

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Fortunata y Jacinta (Benito Pérez Galdós, 1887)

Aunque naciera en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, Galdós basó gran parte de sus novelas en Madrid, retratando la España de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX de una manera profunda y, hay que reconocerlo, algo espesa. Su obra se encuadra en el Realismo y se le considera uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos. La capital española tiene un peso tan magno en su obra, que existe la expresión Madrid galdosiano, equiparable al París de Balzac y al Londres de Dickens.

Fortunata y Jacinta está protagonizada, como su propio nombre indica, por personajes femeninos, algo muy común en la obra de Galdós, que colocó a muchas mujeres en el primer plano como personajes centrales de sus novelas, en obras como Tormento, Marianela y Misericordia. Fortunata y Jacinta se relacionan la una con la otra a través de Juan Santa Cruz, el hombre con quien ambas mantienen una relación amorosa. La obra crea un universo muy detallado, tanto que alrededor de los personajes principales hay más de un centenar de secundarios, en un Madrid marcado por acontecimientos históricos de gran relevancia sucedidos entre 1869 y 1876: los últimos coletazos de la Revolución de 1868, el Reinado de Amadeo I de España, la Primera República, los golpes militares de Pavia y Martínez Campos y la Restauración. En los años 80 se hizo una miniserie basada en este libro.

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)

El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911)Pío Baroja nació allá por 1872 en San Sebastián, en el seno de una familia acomodada y estrechamente relacionada con el periodismo. Cuando tenía tan solo siete años, su familia se trasladó a Madrid, donde empezó a conocer a fondo la capital española. Vivían concretamente en la calle Fuencarral y luego en la calle del Espíritu Santo, algo curioso si se tiene en cuenta que la ruta trazada en nuestro mapa basada en su obra pasa muy cerca de estas calles tan céntricas, lo que demuestra la relación del escritor de la Generación del 98 con Madrid.

En El árbol de la ciencia, Baroja narra la historia de Andrés Hurtado, en una novela narrativa y filosófica en la que se retrata fielmente el Madrid de finales del siglo XIX. El autor es pesimista con lo que ocurre en el país durante esa época, dibujando un retrato agrio, incómodo y áspero de la situación. Como el escritor donostiarra, Hurtado estudia en el instituto San Isidro, en el barrio de La Latina, y luego Medicina en la Universidad Complutense de Madrid. Los personajes de esta obra semiautobiográfica trasmiten las angustias de la época y el desasosiego de un modo magistral.

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)

Luces de bohemia (Ramón María del Valle-Inclán, 1924)Ramón María del Valle-Inclán nació en un municipio pontevedrés en 1866. Su obra se encuadra dentro del Modernismo y su mayor logro literario es la creación del estilo que él mismo denominó Esperpento, que consiste en buscar el lado cómico hasta en las circunstancias más trágicas. Después de estudiar Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela (sin llegar a terminar la carrera), pasó su primera estancia larga en Madrid, donde acude a varios cafés literarios con asiduidad, reuniéndose con escritores como Baroja. Pasó el resto de su vida cambiando de residencia entre Pontevedra, Madrid y México. En su segunda etapa en Madrid, después de ser funcionario con un sueldo fijo, decidió dejarlo todo para dedicarse a la literatura y a la interpretación, llevando así una vida bohemia.

Luces de bohemia nació siendo un ejercicio literario que salió por fascículos en un diario en 1920, pero se publicó con su forma definitiva en 1924. La obra de teatro (que se ha representado en infinidad de escenarios durante décadas y décadas) está protagonizada por Max Estrella, que recorre durante una noche las calles de Madrid, en concreto Sol y Huertas, junto con Don Latino de Hispalis, en un retrato ciertamente esperpéntico del Madrid más bohemio y, a la vez, representando situaciones extravagantes. Los personajes viven en la desesperanza de un país hundido durante la época de la Restauración.

La colmena (Camilo José Cela, 1951)

La colmena (Camilo José Cela, 1951)El Nobel de Literatura Camilo José Cela nació en La Coruña en 1916, en una familia adinerada. Cuando tenía nueve años, su familia se trasladó a Madrid, y más adelante Cela, como Baroja, estudió en el instituto San Isidro de Madrid y comenzó la carrera de Medicina. Pronto comenzó a interesarse en escribir literatura, mientras se dedicaba a otras labores para tener un sueldo fijo. Su estilo se enmarca en el Tremendismo y el Realismo Social.

La colmena también fue censurada por la España franquista, pero Cela consiguió editarla en Buenos Aires. Comenzó a escribir el libro en Madrid, ciudad que tomó como escenario (y en la que, por cierto, muriera en 2002). Las diferentes historias que se entremezclan entre sus páginas se desarrollan en infinidad de calles de Madrid, algunas de las cuales no se encuentran en este mapa, como Manuel Silvela, Ventura de la Vega o Luchana, con la ficción centrada entre el sur del castizo barrio de Chamberí y la calle Atocha. Con una narrativa ágil y minuciosa, esta obra maestra basa las relaciones entre un entramado de unos trescientos personajes (en su mayoría, de clase media baja), que se mueven por espacios múltiples, en los que las calles de Madrid sirven como lugares de paso, con un telón de fondo de una ciudad tremendamente afectada por la posguerra. El magnífico Mario Camus realizó la versión cinematográfica en 1982.

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La voz dormida (Dulce Chacón, 2002)

La novelista y poetisa pacense Dulce Chacón, nacida en 1954, comenzó a tener un reconocimiento sólido tan solo un año antes de su muerte prematura gracias a La voz dormida, a partir de la cual Benito Zambrano rodó una película homónima en 2011. Chacón vivió en Madrid desde los once años, puesto que su familia decidió trasladarse a la capital. Desde hace más de una década, el Ayuntamiento de Zafra, su ciudad natal, de donde es además hija predilecta, concede el Premio Dulce Chacón de Narrativa Española cada año.

Chacón pasó cuatro años documentándose y escribiendo La voz dormida, que narra las penurias en la cárcel de mujeres de Ventas, al este de Madrid, durante los duros años cuarenta, con una España hundida por la posguerra y la represión franquista. Otro espacio madrileño predilecto en la novela es la esquina de la calle Relatores y la calle Atocha, donde hay un pequeño hostal en la ficción. Los personajes, basados en personas reales con historias tan cruentas que la autora decidió suavizar, recorrerán las calles colindantes en búsqueda de libertad, de respuestas y de justicia. La voz dormida es una novela dura, con escenarios tristísimos como el Ministerio de la Gobernación (donde se realizaban torturas franquistas) o el cementerio de la Almudena, pero narrada de una forma soberbia, en la que la escritora recreó seis décadas después un Madrid teñido de horrores.

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)

El corazón helado (Almudena Grandes, 2007)Almudena Grandes (1960) es la única entre estos seis escritores nacida en Madrid. Grandes ha escrito novelas contemporáneas de gran éxito, como Las edades de Lulú Atlas de geografía humana. Su obra se centra principalmente en las épocas de la posguerra y la transición (la cual considera un fracaso) y ha sido galardonada con gran cantidad de premios. Ella mismo habla de la influencia en su obra de, entre otros, Benito Pérez Galdós.

Grandes leyó más de doscientos libros sobre la Guerra Civil Española, cuyo resultado fueron las más de novecientas páginas de El corazón helado. Los personajes principales (uno de familia falangista y la otra, republicana y exiliada en Francia) se enfrentan a los fantasmas del conflicto bélico décadas después de su fin, intentando encontrar respuestas y paz. El recorrido de esta obra es el más largo de todos los que hemos creado, puesto que en ella se narran hechos sucedidos en toda la ciudad de Madrid, no sólo la parte más céntrica. Aparecen lugares comunes con otras obras, como el cementerio de La Almudena, pero también se mencionan otros sitios, como los barrios de Salamanca o Tetuán. Esta obra es, por tanto, un relato minucioso de las cicatrices del pasado y la memoria que ha de mantenerse en el presente.

[Artículo escrito por Patricia Martín Rivas
y publicado originalmente en Wimdu.]

Peripecia

Vendrá primero la madrugadora de Manoli, la panadera, que es una balsa de aceite y a quien a veces hay que arrancarle las palabras de la garganta; luego le toca a Juan, ese que se compró una casita en la zona nueva, que parece un lorito de repetición y le pone a uno la cabeza como un bombo; más tarde tendrá a las dos hermanas, las señoras mayores que viven un poco más arriba de la calle, que son la alegría de la huerta y siempre lo piropean por tener cada ojo de un color; a las cuatro acudirá la dueña del bar de la plaza de la Iglesia, la Mari, que está muy sola y se desahoga en cada visita y suele soltar alguna de esas lagrimillas que dejan un nudo en la garganta, pero al final se acaba yendo con la autoestima por las nubes; después será el turno del chiquito este joven de las loterías, cómo se llama, ay, que no para quieto y pone los nervios a flor de piel y hay que cerrar los oídos y contar hasta cien para tranquilizarse; casi al final llegará Julito, el bedel del colegio, a quien le sientan genial los consejos y la maestría de Dioni y se va con el guapo subido; y ya a última hora tiene cita Antonio, el patatero, que trae tranquilidad y un soplo de aire fresco y le pone al tanto de todo entre broma y broma con la confianza de la amistad.

Para el primer día, no está nada mal. Ha costado cuadrarlo todo: lleva sonando el teléfono sin parar desde que anunció la reapertura hace menos de una semana y ha tenido que hacer malabarismos para que el horario quede muy organizadito, porque las citas han de hacerse con cuentagotas para una mayor seguridad. Se muere de ganas de ponerse manos a la obra. Qué duro, qué duro está siendo. Y qué raro. Al principio lo veía todo con el ojo marrón y le daba por cepillar al gato, sin parar, de los puritos nervios. Se cruzaba con él y tris, lo agarraba de un zarpazo y se pasaba el tiempo cepillándolo y cepillándolo, y el gato sin decir ni miau, ahí, con la paciencia de un santo. Ahora, aunque roza el final con los dedos, todavía le da ansiedad e intenta peinarlo, pero lo trae tan frito que, en cuanto vislumbra a su humano cepillo en mano, sale corriendo como un descosido.

Por fin cambiarán las tornas en un rato y nadie huirá de sus peines, más bien al contrario: irán llegando las personas que ha citado para hoy, ávidas, como imantadas a su cepillo. Se ha hinchado de ilusión solo al abrir el cierre de la peluquería —el golpe seco del candado, el estruendo del metal, el dulce repiqueteo de la campanilla— y el ánimo ha ido creciendo y creciendo a medida que ultimaba cada detalle. Está el ojillo verde resplandeciente: le apasiona su trabajo y enfrentarse a todos esos pelos de cuarentena se plantea como todo un reto en que tiene que tirar de creatividad y realizar transformaciones drásticas, ras, ras, ras. Se imagina perfectamente el desfile de hoy: greñas y canas y puntas abiertísimas y restos del tinte ese del supermercado, que satura el cabello y lo ahoga, que mira que te avisé de que no echaras esa baratija y tú erre que erre. 

Desde que empezara a lavar cabezas a los dieciséis años en el barrio de Salamanca y luego abriera su propio negocio en 1991 en su Leganés natal, jamás había soltado las tijeras durante tanto tiempo. La última semana antes del confinamiento sentía cierta desconfianza y preocupación, pero el virus parecía lejano y ajeno, así que, cuando anunció el cierre del establecimiento, lo hizo con incredulidad y se le centró toda la visión del mundo en el ojo marrón. 

El confinamiento le ha regalado una extraña sensación de calma desoladora al no oír la incesante campanilla de una puerta que se abre y se cierra constantemente, al carecer de gente entrando, tilín, tilín, y saliendo, tilín, tilín, y entrando, tilín, tilín, al no forzarse a mantener una conversación y otra y otra, al descubrir el silencio de los secadores apagados. De la noche a la mañana, su realidad se guareció entre las cuatro paredes de su hogar, flanqueado por esas puertas blindadas sin blindar, con todo el tiempo del que nunca había disfrutado con Reme y con los niños, conociéndose. 

Conociéndose, sí, porque antes solo se veían a la hora de la cena y los fines de semana, pero en los dos últimos meses lo han hecho todo juntos y construyen recuerdos buenos, muy buenos; aunque también hay momentos en los que siente presión en el ojo marrón huye como gato que atisba un cepillo. Entonces se baja a caminar al garaje un rato, nada, treinta, cuarenta minutitos, y da un paso y otro y otro sumido en la claustrofobia del gas, la luz, el agua, el teléfono, la comunidad, los seguros, los tributos al ayuntamiento, el IVA, las facturas, los productos, la tarifa de autónomos, la gestoría, los seguros sociales de su trabajadora y el alquiler del piso y luego se ofusca con los enredos con los niños, cuya única preocupación es el instituto y que entregan los deberes siempre a ultimita hora. Y da pasos y pasos y pasos rebotando de un muro a otro en ese oscuro garaje que huele a humedad y vuelve a fumar en secreto y los pasos van desenredando sus pensamientos y se llena de respiraciones profundas —inhala, exhala— y vuelve a casa con el ojo verde incendiado y con ganas de mejorar sus nuevas dotes en la cocina y de echar un parchís con esa familia tan bien peinada para disfrutar del trajín del niño, la curiosidad de la niña y el humor de Reme.

Ella, Reme, fue la que agarró las riendas para tirar para delante y organizar todos los gastos y apretarse el cinturón en lo que haga falta, hombre ya. También a ella se le ocurrió lo de decorar el escaparate de la peluquería por el día de la madre, como hace mañosamente para cualquier ocasión especial, y esta no va a ser menos: que si al final no podemos abrir y la mayor parte del tiempo el cierre va a tener que estar echado, porque el Gobierno al final decide que no se puede pasar de fase y nadie más ve el escaparate, no importa, por lo menos nos entretenemos. Quedó precioso: aquellas flores, aquellos colores se le metieron a Dioni por ambos ojos, el marrón y el verde, y todavía los lleva dentro, dándole vueltas en el estómago. Aquel florecimiento lo hizo querer más a su pareja, qué gran suerte tenerla a su lado, pero no se lo digas, que no le gustan esas ñoñerías, y le plantó un beso en los morros que retumbó en aquella peluquería sin un alma y ella se dio cuenta de que había vuelto a fumar, pero no lo regañó, porque esta vez lo entendía.

El Gobierno, bueno, bien, a saber qué habrían hecho otros, lo mismo o peor. La ambigüedad inicial lo carcomía, la ruina lo acechaba como una infausta tormenta y se le arremolinaba la angustia en el ojo marrón hasta tirarse de los pelos y gritar y llorar en sus paseos y paseos por el garaje. Afortunadamente, no tuvo que verse obligado a aceptar el dinero de sus amigos, porque poco a poco le fueron concediendo esto y lo otro: aplazamientos en los pagos del IVA, respira, condonación de la tarifa de autónomos y los seguros sociales de marzo y abril, respira, respira, concesión de un bono social para agua y luz, respira, respira, respira. Y los bancos, bueno, mal, como siempre, unos buitres: le aprobaron un crédito ICO, para tener liquidez y afrontar los pagos, pero con un interés regulado por el Gobierno, porque siempre tienen que sacar tajada, incluso en estos momentos.

En los últimos días ha estado yendo a la peluquería para apañarla e ir acostumbrándose a los estrictos protocolos: complementos sanitarios, desinfección después de cada corte, mascarillas obligatorias, aforo limitado, esterilización de utensilios… En lo que va y vuelve, pasea por el barrio con incredulidad y piensa en el resto de autónomos y cada cierre echado le parte el corazón. Se pregunta cómo estarán los demás negocios, si habrán solicitado las ayudas a tiempo, si cumplirán con los requisitos, si se las habrán concedido. El ojo marrón se anega. Se esperaba cada vez un mayor optimismo, pero en esas calles con contagios y muertes reinan la incertidumbre y la preocupación. Dioni le pone nombre, apellidos y cara a cada una de las víctimas, porque no existe cabeza en el barrio que no haya pasado por sus manos: sus padres fueron de los primeros en llegar allá cuando aquello no eran más que casitas bajas y chabolas y calles estrechas sin asfaltar. Dioni es el barrio, lo conocen todos. Su clientela hace las veces de familia y la familia ayuda con la clientela. Se echarán una mano unos a otros, seguro… Se nota que últimamente la gente del barrio quiere ayudar, hay iniciativas, donativos, colectas de comida. Le da por pensar que el ser humano es maravilloso y el ojo verde le hace chiribitas.

El reloj ya está a punto de marcar las diez. Se pone la mascarilla quirúrgica y encima la N95 para mayor seguridad. La manitas de Reme les ha hecho a él y a su empleada unas pantallas de protección que ocupan toda la cara, para que arreglen esas hordas de pelos que llegarán a partir de hoy. Lo ha echado tanto de menos… Lleva treinta y seis años dedicándose a trastabillar por esa rama de la psicología que supone escuchar y aconsejar mientras lava cabezas, corta las puntas —y un poquito más, un poquitito, para sanear, que te va a quedar un peinado mo-ní-si-mo—, alisa, riza, moldea, pone horquillas y echa laca, desde la mañana hasta la tarde, muchas horas, muchas.

Llega Manoli con una larga melena y pide que corte, que corte bien, que la va a donar. La quiere besar y abrazar, pero no le queda más remedio que hacerlo de boquilla, con una voz distorsionada por todos esos cachivaches reglamentarios. Cuando mete la tijera, siente en el brazo una ráfaga de aliento que atraviesa la mascarilla de la mujer y le recorre un escalofrío, pero continúa, porque queda mucho día y hay que cambiar el miedo por respeto y asumir la nueva normalidad y los iris se le colman de arcoíris.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Tricofagia

No hay nada como el contacto de los pelitos de gata en las papilas gustativas. Con Isis se complica bastante eso de arrancarle aquellos manjares capilares, pero Nut se deja hacer más perrerías y entonces Abril le quita los pelos de un tirón y los convierte en delicatessen y disfruta de la sensación y los escupe y los traga y se le quedan bailando y bailando por la boca.

Abril persigue a las gatas a gatas por el pasillo. Nut e Isis acaban cediendo. No aprenden. O aprenden, pero se les olvida o les merece la pena o en realidad lo disfrutan o no les importa y caen de nuevo en las redes de aquella humana cazadora de pelajes. Nut, más maternal, suele dormir con Abril, pese a la contingencia alopécica, aunque hay veces que se harta y lanza un mordisquito suave de aviso o directamente se marcha de su lado. Isis la evita más, pero Abril se sale con la suya de vez en cuando, porque las cosquillas de ese pelo, mucho más cotizado por la diversión que entraña agenciárselo, saben a las mil maravillas. 

Pero no siempre puede enganchar fácilmente a las gatas. Cuando la persecución se complica, se conforma con otros pelajes: el vello de hipopótamo sabe a volteretas verdes, los mechones de oso tienen un regustillo muy rosa, la melena de mono recuerda a un dulzor violeta. Pero, al final, los que arranca del cuento se le hacen bola en la boca y no los traga con tanta facilidad, así que vuelve a intentarlo con las gatas.

Por algún motivo, Isis se deja acariciar más fácilmente en la terraza, donde le gusta relajarse al sol. Abril la sigue, sibilina, y le gusta quedarse ahí largo rato, tenga éxito o no con la magnífica degustación capilar. Desde que no sale de paseo por Móstoles en el carrito, adora ese espacio: ahí corre el aire, reside la música del carillón, brillan los colores, habitan palmas y bailoteos. En cuanto sale a la terraza a las ocho de la tarde, ella suele dar el aplauso inaugural, como si le embargara la emoción del momento en que el aire le roza la cara. El aplauso: qué tal impulso entusiasta.

La gente que vive en los pisos vecinos vuelve con las mismas canciones una y otra vez, una y otra vez, todas las tardes, y Abril disfruta al reconocerlas y las baila y aplaude con entusiasmo en cuanto acaban. La señora que la llamaba siempre «rebonica» por los pasillos es la que comienza los festejos diarios con Volveremos a juntarnos, que es una sensiblería, pero bueno, Abril desconoce la tragedia y jamás le hace ascos a un aplauso, plas, plas. Luego viene, ya por tradición, la del vecino ese sesentón —ese, ese que la raspaba con el bigote cada vez que la veía en el portal—; ese pone el Resistiré, y ya ahí a Abril le da todo el subidón y se menea como una posesa y canta a grito pelao y a su manera y da palmas durante toda la canción y el sumun del plas, plas, plas llega al final con minúsculo entusiasmo mayúsculo. La algarabía acaba cada noche con la melodía de la pareja de enfrente —la de la tela roja, amarilla, roja colgando de un ventanuco—, que se encarga de poner una música que recuerda un poco a una nana, pero mucho más difícil de seguir para Abril, que siempre se lía y aplaude después de la parte esa de «y Juan Carlos de Borbón se lo lava con jabón», plas, plas, porque parece que la melodía acaba, pero luego sigue. Siempre sigue. Plas. Mejor, así hay más palmas. Plas, plas, plas.

Con el cambio de hora, las vecinas de enfrente pueden ver mucho mejor a la pequeña, y le lanzan besos y la saludan. A Abril se le dan de perlas las abuelitas, así que les devuelve el saludo con desparpajo, pero aún no sabe tirar besos, así que las deja, sin quererlo, con la miel en los labios. Quién sabe: igual aprende pronto y les tira a las señoras trocitos de felicidad en forma de ósculos flotantes.

Abril es feliz sumida en la brisa primaveral. Da igual si está en la habitación jugando con su reflejo o si va colgada de su madre cuando hace las tareas: solo con oír la palabra «balcón», Abril lo deja todo y sus manos comienzan con el plas, plas, plas, como llevada por un impulso irrefrenable. Ella sabe que tiene que dar palmas y lo cumple. Al igual que cuando sale a la terraza, aunque no sea la hora fijada para los aplausos. A fuerza de costumbre, ya tiene el balcón vinculado a ese gesto de alegría: pasa un rato por la mañana haciendo pompas de jabón con su madre y plas, plas; se planta al sol con su padre para que le lea un cuento y plas, plas, plas; se queda obnubilada con el carillón y aplaude y carcajea cada vez que suenan las campanitas, plas, mientras muerde las pinzas de tender; sigue a Isis a la terraza y la gata baja la guardia y Abril primero aplaude y luego hace zas y ñam en un abrir y cerrar de ojos. Y ya a las ocho comienza el festival de las palmas, que lo disfruta y que lo echaría de menos si alguna vez la rutina cambiara.

Abril ya sabe decir «mamá» —bastante clarito— e «Isis» —con muchas babas y ceceo—, que son a quienes persigue testarudamente para alimentarse. Sale a menudo con ellas a comer a la terraza —y no solo delicias lácteas y capilares— ahora que la primavera está de buen humor, plas, plas; y se llena toda la cara de puré al intentar usar la cuchara y se alegra mucho cada vez que el sol la baña y aplaude y aplaude.

Aquellas tardes en el parque y en la piscina se van difuminando en la nebulosa del olvido y no recuerda todo lo que la cansaban ni que se acostaba mucho antes; y se ha acostumbrado a ver a sus abuelos por videollamada y señalarlos con el dedo y sonreírles para indicar que los conoce y luego seguir intentando comerse los pelos de Nut y de Isis. La normalidad para Abril no significa salir a la calle —¿calle?, ¿qué calle?—, sino echarse siestas, comer pelos y pelos, andar agarrada a los muebles, reír a carcajadas con el cucutrás, tomar teta, jugar en el corralito, escuchar la música de los vecinos y disfrutar del presente en el balcón. 

El primer abril de Abril nace y muere con la realidad del balcón —el toldo con hojas de roble y eucalipto pintadas, las sillas rosas, los cactus resecos, el carillón— como su único contacto con el exterior. En su memoria bailan incesantemente nuevas verdades y costumbres y enseñanzas. Un mes equivale al diez por ciento de la existencia de la pequeña, así que el balcón no se dibuja como un mero lugarcito al aire libre, sino como todo un universo.

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