Solitas

Los asistentes, como no podía ser de otra manera, se entusiasmaban. El predicador, hijo de predicador, seguía predicando, y la ovación y las lágrimas se entremezclaban en la emoción indecible de un sermón interminable. Te mentiría si te dijera que en algunos momentos no me contagié de la alegre intensidad divina. Yo, la atea por antonomasia, cuyas convicciones acérrimas casi se derrumban por el efecto de esa gloriosa comunidad, en la que cantábamos y bailábamos el gospel, nos sonreíamos en cada cruce de miradas, nos recitábamos versos sacro-amorosos agarrándonos de las manos.

Tenías que haber visto sus caras. Sonreían sin parar, porque [se creían que] Dios los guardaba; cantaban, bailaban, alabado sea el Señor, se daban las manos, nos dábamos las manos, cantábamos. Yo no repetía las palabras del predicador, pero si lo hiciera, alabaría a la Señora: esa abogada que te está ayudando en el camino hacia la justicia. Por primera vez me olvidé de todo lo que no estaba entre esas cuatro paredes.

Es por eso que casi creí en Dios(a) en aquel edificio destartalado de Brooklyn. Huí hasta allí porque Manhattan me dolía demasiado: los rascacielos, que siempre me han apasionado, se me dibujaban como

F F F

A A A

L L L

O O O

S S S

Y los cuadros de Frida representaban tu lucha (nuestra lucha, qué carajo).

Y la calle Mercer me recordó a cuando Ana Mendieta se

«C

A

Y

Ó»

del piso 34.

Y aún no hay estatuas con nombre de mujer en Central Park.

Y el edificio Dakota cobija a una Yoko Ono culpabilizada, invisibilizada, ninguneada.

Y.

Me habría encantado llamar a tu abogada a ratitos, para que nos hiciera justicia a todas (a todas: a las del presente, pero también a las del futuro y, ojalá todopoderosa, a las del pasado): una Diosa justiciera que nos vengue por los crímenes acometidos durante siglos y siglos. Quiero que esa Abogada sea nuestra Señora, nuestra Diosa, y que en el juicio consiga castigar a ese diablo que decidió dañarte, hijo de un sistema que es el mismo Diablo, lleno de diablos juzgados por diablos que arguyen estratagemas para perpetuar sus diabluras.

Pero, querida sobrina, no solo pienso en ti en los momentos negativos, no te creas. Brooklyn se convirtió en mi refugio desde que vi The Dinner Party, y te quise a mi lado más que nunca.

Sojourner Truth.

Sacajawea.

Anna van Schulman.

Christine de Pisan.

Etceterísima.

Solo Diosa conoce el martirio de aquellas mujeres, con las que Judy Chicago hizo {algo de} justicia. ¿Tú ya la has visto, Gabriela? (Pese a tener solo dieciséis años, has conocido tanto que ya me pierdo.) Algún día la disfrutaremos juntas: esta comunidad de bellas representaciones de vaginas nos aliviará un poquito el suplicio, aunque no cantemos tanto ni tan bien ningún Gospel.

Y fue justo después cuando entré a aquella iglesita guiada por los cánticos que resonaban desde el exterior, aunque no conseguí aguantar toda la arenga: el tonito sermonario logró desquiciarme. Esa gente se refugia para escapar de un exterior donde la policía dispara según el aspecto físico; pero al final es una ficción: un lugar tan resguardado y tan sagrado como en el que te pasó a ti todo eso. Y sentí que me ardían los pechos y tu carita se me apareció con fuerza y me dijiste que me fuera, que era mentira, que ningún lugar es seguro, que era mentira, que ningún lugar es seguro, todo mentira.

La lluvia de fuera me llenó las gafas y los pensamientos de gotitas. «Gabriela, Gabriela», pensaba. «¿Cómo estarás, Gabriela? ¿Estás en un lugar seguro? ¿Hay algún lugar seguro? ¿O has dejado de creer en ellos?». Y pensaba en la Diosa y deseaba con fuerzas convertirme en su predicadora y quería que te ayudara.

Me noté de repente una acuciante humedad en la entrepierna: inevitablemente, la sangre había invadido mis bragas y mis leotardos. Oh, no: el vestido bermellón se había teñido de un rojo más fuerte. ¿Y la silla? Le rogué vehementemente a Diosa haber dejado un asiento libre de menstruación.

Casi llamo a Roger para anular la cena en Manhattan porque desbordaba sangre, pero se me apareció tu carita de nuevo, Gabriela, y me regañó por dejar que una manchita de nada me arruinara los planes de la última noche neoyorquina.

El lavabo de Roger y Beatrix estaba averiado. {Mecagüen Diosa.} Los juguetes de su nena yacían desperdigados por la bañera. Beatrix me dijo que usara el fregadero de la cocina, hasta arriba de cacharros. Ella habría entendido perfectamente lo del desbordamiento, pero no quise molestarla más: ya tenía bastante con el catarro, el embarazo complicado y la nena saltándole sin tregua alrededor. La maniobra con la copa siempre implica manos ensangrentadas, y no estaba dispuesta a lavármelas ni sobre los dinosaurios de goma en la bañera ni sobre los platos apilados de la familia. Una vez más en mis veinte años menstruando, tuve que improvisar una compresa con papel higiénico y, por si las moscas, me senté en el suelo para no manchar ningún tipo de tapicería.

Insistí en partir, porque Beatrix tosía sin parar y se quejaba del tripón —y porque quería cambiarme—, pero nos costó arrancar. Tú te habrías puesto de los nervios: mientras Roger hablaba y hablaba, Beatrix atendía la nena y fregaba los platos sucios, a pesar del nefasto catarro y de aquel feto que llevaba meses presionándole los nervios. Yo intentaba distraer a la nena, pero lo único que la atrajo hacia mí durante más de diez segundos fue aquella torre de peluches que me dio por hacer y que más bien parecía una orgía animal.

Tuve que limpiar el suelo con disimulo y con saliva antes de marcharnos. (Siento ser un ejemplo desesperanzador; tú eres más organizada: ojalá consigas aprender a controlar mejor el sangrado.) Llegamos por fin al restaurante y bajé al baño ipso facto, augurando un paraíso de pulcritud, váteres y lavabos, pero había una de esas personas que te echan jabón y te abren el grifo y te dan toallas con la cabeza gacha, como si una tuviera muñones o como si una estuviera a favor de la servidumbre. Me cambié el pañalcompresapapelhigiénico y no me hurgué en los adentros para extraerme la copa, vaciarla y ponérmela de nuevo. ¿Qué iba a hacer, Gabriela? ¿Ir con las manos ensangrentadas para hacerle pasar un mal rato a esa pobre criada a la que ni le dejé una propina? (Como siempre, no tenía ni un puñetero dólar en el bolsillo.) Para disfrutar de la cena, aposté por apretar los chacras y no beber tanta agua, como si tales trucos de pacotilla funcionaran.

Pero eso no fue lo peor que me ha pasado en el viaje, Gabriela: ayer en Central Park, una muchacha argentina me pidió que le sacara una foto. Por intentar entablar una conversación, le pregunté si había venido solita a Nueva York. Solita. Yo también viajaba sola, pero quedó fatal. La argentina me transmitió el desdén que merecía con los ojos —«¿le dirías a un tipo si vino solito?»— y se despidió rápida, abruptamente. Por primera vez, no quise que estuvieras a mi vera, porque te habría avergonzado (la ensoñación de tu carita se me apareció, claro, sonrojada).

Luego deambulé por el East Village con la ensoñación de tu carita persiguiéndome. Se me hace inevitable: en cada esquina plañidera me imagino tu pena y tu rabia y tu dolor y tu impotencia y no puedo parar de pensar en ti y no soporto la impotencia ni el dolor ni la rabia ni la pena que me inundan. Me sentía completamente minúscula y ninguneada: decidí parar, respirar, mirar al cielo y escuchar música, en otro de los tantos intentos de abotargar mis pensamientos. Pero de repente saltó Sunshine of Your Love y tu dolor se mezcló con mis propios recuerdos. A mí no me pasó en el grupo de la iglesia, como a ti, sino en el portal de mi casa. Sí: a mí también me violaron, Gabriela. Y también me sentía culpable. Y también conocía a mi agresor: era mi novio. Me llevó a casa un día que me emborraché demasiado y, a cambio, me forzó antes de morir en mi habitación, porque me lo estaba pasando muy bien con mis colegas y no me puedes decir que no, porque he tenido que pagar un taxi para ir a buscarte, no me puedes decir que no, porque cómo me vas a dejar así, no me puedes decir que no, no me puedes decir que no, NO ME PUEDES DECIR QUE NO. Fue él quien me pasó esa canción, que aún conservo en mi colección de música, y que siempre me recuerda (in)conscientemente a él y a su fuerza.

Aquel hombre que se masturbó en el vagón vacío del túnel de metro más largo del mundo nunca me pasó ninguna canción, así que solo se me asoma en los recuerdos cada vez que estoy sola con cualquier hombre en cualquier vagón de cualquier metro de cualquier mundo. Tampoco tengo ninguna canción que me recuerde a aquel compañero de clase en el instituto que me estampó contra el muro cuando rechacé ser su novia, porque no puedes ser tan simpática conmigo si no quieres nada más. Alguna canción en francés me recuerda a veces a David, quien rompió mi televisión a golpes al darse cuenta de que las únicas opciones pornográficas estaban codificadas. Y no es una canción, sino la sidra, la que me recuerda a aquel desconocido que me agarró una teta cuando me sujetaba el pelo mientras vomitaba. Por eso me dolió cuando me dijiste que había sido tu culpa, Gabriela, porque nos hacen pensar que siempre es nuestra culpa, incluso cuando no hacemos nada. Está muy bien tramado, ¿verdad? Al menos tú lo has denunciado, Gabriela, no como yo, que no he hecho nada y ya no creo que lo pueda hacer.

Dice la canción que voy a estar pronto contigo, mi amor, que llevo mucho tiempo esperando, que estoy contigo, mi amor, sigue, los dos solos, que voy a quedarme contigo, cariño, hasta que se me sequen los mares. No me explico por qué sigo conservando Sunshine of Your Love. Le Tigre, Ana Tijoux, Excuse 17 y las demás me empoderan, pero me olvido masoquistamente de borrar las canciones hirientes. ¿Será porque recordar las heridas pretéritas nos hace más fuertes?

Las cicatrices nos hacen más cautas, desde luego.

Y entonces entendí que mi ex era otro predicador más que tergiversa la Palabra {de Cream}, cuya letra dibuja en mí una cicatriz imborrable; que ellos, los violadores, o se dejan llevar por el Diablo —y por Dios— o son el Diablo —y se creen unos todopoderosos—, y en cualquier caso merecen ser castigados; que nos han violado y nos violan, pero que en algún momento del futuro no nos violarán nunca jamás, Gabriela, ya lo verás: las violaciones no serán nada más que parte de la historia macabra perpetuada por el Hombre [Hombre como sinónimo de hombres, no de Humanidad]. Alabada sea Diosa, diremos. Alabada sea la Señora.

Mi cadena de pensamientos se desviaba sin cesar, irremediablemente, hacia la argentina solita y Beatrix —que también estaba solita—, porque así evitaba acordarme de tus horrores, Gabriela. Aquellas mujeres tan solitas seguramente también sean las sobrinas de alguien. Y yo, yo también estoy solita. Y tú, Gabriela, también estás solita. Todas estamos solitas cuando estamos solas, pero tenemos derecho a estar solas y nos gusta estar solas y nos merecemos poder estar solas. Y nos tenemos las unas a las otras, que no se te olvide: nunca estaremos solas cuando nos necesitemos.

Vuelo en un rato a casa. El ~juicio final~ es la semana que viene —y quizás se celebre antes de que te llegue esta carta: el correo ordinario se me antoja mucho más romántico—. Ante todo, te pido que cruces los dedos, Gabriela: cruzar las piernas nunca nos sirvió de nada.

[Solitas fue el cuento más votado
del concurso XII Premio Joven de relato corto El Corte Inglés
del Club de escritura Fuentetaja]

Diatriba

[Read story in English]

El apartamento de Mischi en Queens ya casi no huele a cerrado ni a comida podrida. Lleva pagando el alquiler de un lugar desocupado desde que murió, y ahora Ruth y Mark han llegado desde California para desempolvarlo, llenarlo de aromas frescos y vaciarlo de historia y de la oquedad forzada de los últimos meses para poder devolvérselo a su dueño de una vez por todas.

Estaba todo patas arriba desde principios de marzo, porque Ruth voló a Nueva York apresurada por la noticia de la muerte de su madre para hacer los trámites absolutamente necesarios y quedarse solo unos días, convencida de que regresaría en un par de semanas y lo apañaría todo como era debido. Jamás se le pasó por la cabeza que atravesaría un limbo de cinco meses hasta poder regresar. Sí, el virus ya se hacía eco en las noticias y la ciudad que se convertiría en uno de los epicentros mundiales apuntaba maneras, pero nadie creía que la vida cambiaría de una forma tan colosal. En marzo hizo lo básico. Cuando recogió las cenizas de Staten Island, gozó de las mismas vistas de la estatua de la Libertad que su madre contemplara al llegar a tierras desconocidas. Luego entró a una iglesia por curiosidad y las reliquias comenzaron a revolverse dentro de la urna, porque la aversión de Mischi al cristianismo se estiraba hasta en las postrimerías. En casa, recitó en su honor un pequeño kadish, la oración de los muertos, con un grupúsculo de nonagenarios y exempleadas con quienes Mischi no había sido del todo maligna. Ruth acabó besándose y abrazándose con aquellos cuasi desconocidos, como si se les hubiera olvidado a todos que la apreciación física podría acarrear consecuencias fatídicas en estos tiempos.

Ruth desempeñó las tareas con un instinto ritual, mientras sentía un gran alivio al ir cerrando este capítulo de su vida tan lleno de lucha y rabia. Sumida en la destemplanza, el aturdimiento y las ganas de terminar, tiró todo lo que pillaba, soñando con vaciar el apartamento lo antes posible. Cuando se dio cuenta de que se había deshecho de los certificados de defunción recién recibidos, le dio por pensar que quizás la rabia habitaba en sus actos. Lo único que conservó sin pensárselo dos veces fue la maleta que trajo Mischi en el Gripsholm, aquel barco sueco que le regaló la oportunidad de empezar de cero en Nueva York. En marzo aparcó el equipaje en una esquinita del apartamento, donde aún seguía, ajeno al paso del tiempo y a la ausencia de Mischi. Aún no se siente preparada para descifrar qué hay dentro de esa maleta tan enigmática como roñosa, y lleva toda la semana posponiendo la apertura, porque sabe que los documentos que guarda en su interior podrían derrumbarla.

Quizás la abra hoy, aprovechando que va a pasar el día sola, ya que Mark tiene planes sabatinos infinitos en Manhattan. Madre e hijo merecen de sobra un paréntesis hoy, después de una semana frenética deshaciéndose de los libros, papeles, cachivaches, muebles, sábanas bordadas, medicinas y máquinas obsoletas que se han ido acumulando en el apartamento durante más de medio siglo. Jamás habrían pensado que regalar objetos se convertiría en una tarea tan ardua. A Ruth le ha encantado estrechar su relación con Mark en estos días, pero ahora le seduce la idea de la soledad, que se le dibuja como ese broche final tan esperado de un luto que lleva nublándola desde la primavera. Se despedirá así de ese apartamento en que pasó parte de la infancia y la adolescencia con sus padres y su hermana, que ahora, ay, no existen más allá que en los recuerdos, muchos de ellos condensados entre estas cuatro paredes.

Mischi se marchó en el momento adecuado: qué horrible habría sido que viviera la pandemia. ¿Qué habría hecho Ruth: exponerse de vez en cuando a las hordas virulentas de los aeropuertos o mudarse con su madre? Ambas opciones le parecen igualmente mortíferas y, solo de pensarlo, le recorre por el cuerpo un escalofrío. Afortunadamente, Mischi murió como deseaba —en casa, de golpe, sin dolor, de vieja—, después de torear a la enfermedad con la que le diagnosticaron tres meses de vida a principios de 2017. Casi era de esperar, porque ya tenía experiencia en los menesteres de la supervivencia, al haber huido hacia Inglaterra con once años en uno de los primeros trenes del Kindertransport. Y, una semana antes de marcharse, le confesó a Ruth por teléfono que estaba más que preparada para abandonar este mundo y así lo hizo a los noventa y dos años.

En estos días que llevan madre e hijo confinados en el apartamento de Queens, han ido amontonando sin orden ni concierto sobre la alfombra persa del salón los papeles que irradiaran cualquier brillo de importancia, y el plan de hoy para Ruth es hacer una buena criba. 

Le apetece sumergirse en la vorágine del papeleo, porque las palabras escritas se están convirtiendo en los puntos de sutura que han ido cerrándole una herida que lleva décadas abierta. Por algún motivo desconocido, Mischi se pasó más de treinta años martirizándola, incluso amenazándola con desheredarla durante los últimos años, como empeñada en perpetuar el dolor que ella había sufrido en su piel cuando sus propios padres intentaron hacer lo mismo. 

Precisamente por eso, Ruth no cabía de asombro cuando leyó el testamento en marzo y descubrió que la última voluntad de Mischi no solo contradecía aquellas lacerantes e inagotables maldiciones, sino que le concedía a su hija la parte correspondiente y le daba el poder absoluto de decisión como única albacea. El inesperado regalo póstumo supuso un alivio mayúsculo, después del último testamento que Mischi le hubo enseñado con sorna a su hija, a quien no le legaba más que una mesa y una lámpara.

Ahora está plantada frente a una vastedad epistolar abrumadora y lee y lee sin descanso. Sostiene entre las manos decenas y decenas de cartas coléricas, con batallas dilatadas entre 1952 y 2016, y las separa en dos montones. A la derecha, coloca las cartas devueltas a Mischi en las que combatía enérgicamente por los derechos civiles de las personas negras en los años cincuenta y sesenta. Ruth había oído hablar algo del tema, pero los detalles de la feroz lucha de su madre por la calidad educativa y la vivienda digna la tienen boquiabierta. A la izquierda, acumula el enrevesado laberinto epistolar con los esfuerzos de Mischi durante siete décadas por recuperar los negocios familiares, los inmuebles, las obras de arte, por los que consiguió cuatro duros de acá y acullá. A los ochenta y ocho años, después de toda una vida, logró que la indemnizaran por aquello del Holocausto con una suculenta suma que le mostró las comodidades de tener dinero. A este galimatías se suman misivas entre Mischi y una docena de abogados en su pugna eterna por que sus padres no la dejaran en la miseria. Ruth siempre se ha preguntado qué los llevó a intentar tan fervientemente desheredarla —algo ilegal en la legislación alemana, según lo que acabó por descubrir Mischi—, porque, según la correspondencia que se despliega ante sus ojos, siempre se preocuparon por su hija.

Hace tan solo un rato ha leído una carta de 1944, en que la doctora Hilde Lion —fundadora de Stoatley Rough, el internado inglés para jovencísimos refugiados alemanes donde Mischi pasó los años del conflicto bélico— les asegura a Lily y Hermann Matthiessen que a su hija le encanta recibir noticias y fotos suyas, que no tienen que preocuparse por ninguna falta de cariño y que es alta, guapa, práctica y organizada.

Encuentra un diario de Mischi. Lo lee por encima, saltándose fragmentos, hasta que llega a una entrada de 1959 en la que, agotada por el mal de amores, contempla el suicidio. Lo primero que sobrecoge a Ruth es el amor tan fuerte que su madre sentía por su padre, eternizado en tinta hasta décadas después de que se separaran. Pero luego le hiere que, por el contrario, solo se mencione a Ruth y a su hermana, Irene, muy por encima y de refilón, como si esas niñas fueran insignificantes para ella. Su madre llevaba sin tenerla en cuenta más tiempo de lo que creía. 

Tira el diario lejos, con una rabia similar a la que sintiera ya en marzo, y mira de reojo el equipaje del Gripsholm, como diciéndose que ya ha visto todo lo que tenía que ver, que está preparada. Pero algo la frena en su interior: sabe que su madre atesoró esa maleta durante décadas. Qué absurdo: a Ruth nunca le han intimidado los objetos, pero no se siente capaz de abrirla aún; no reúne la fuerza necesaria para enfrentarse a su interior lleno de historia.

En su lugar, agarra un pequeño archivador con una etiqueta que reza «Kochrezepte», que guarda las recetas de su bisabuela Helene Dobrin, la querida abuela de Mischi asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt, cerca de Praga. Helene y su marido Moritz abrieron varias sedes de la Dobrin Konditorei en Berlín, una pastelería y panadería de tanto éxito que incluso aparece en varias guías turísticas y obras literarias de la época. Dice la leyenda familiar que Helene introdujo el banana split en la capital alemana y que tenía mucha mano para los postres, así que Ruth acaricia las páginas de colores otoñales y se promete cocinar Schokoladencreme y ZitronenEis y Kastanientorte cuando regresen a California.

De pronto, del archivador cae un sobre con una pequeña inscripción: «Última carta de Helene a Lily antes de que la mandaran a Theresienstadt». Como es de esperar, la carta está en alemán, en un papel de arroz que expande las letras cursivas y las hace parecer cirílico. Ruth casi siente alivio de no poder entender el mensaje por ahora y coloca la carta junto al pasaporte verde con una gran esvástica con el que Lilly consiguió huir a Estados Unidos después de un tortuoso viaje atravesando por tierra Francia, España y Portugal durante la guerra. 

Gran parte de las relaciones familiares durante generaciones se enraiza en esas epístolas que inundan la alfombra persa, ahora unos papeles amarillentos con tinta vertida por gente que ya solo existe en esta correspondencia con mensajes que oscilan entre la futilidad y la trascendencia. Hablan de música, de literatura, de comida y de todas las esencias de la rutina, pero las cartas también sirvieron como medio para que el padre de Ruth, Stanley, le confesara su homosexualidad o para que su hermana le contara que tenía un cáncer terminal, que acabaría llevándosela con cuarenta y cinco años. Entonces los acontecimientos, mundanos o trascendentales, venían a golpe de grafías y matasellos.

A Ruth la asedian tantas sensaciones simultáneas que se le apelotonan y no siente absolutamente nada, excepto el respeto por esa maleta marrón y destartalada. Se centra más rato en las cartas: las lee deprisa, con una curiosidad tan consanguínea como histórica, y le asombran especialmente las de la posguerra, porque Mischi es capaz de mezclar en una sola misiva y con total ligereza temas como el último libro que ha leído, tal o cual pariente asesinado en Auschwitz, lo que disfrutó viendo Los rivales en el teatro o las historias de terror que cuenta su abuelo Moritz después de sobrevivir a Theresienstadt.

Además de la retahíla de cartas de amor entre Mischi y Stanley, que se escribían incluso viviendo juntos, también hay otras entre Mischi y un noviete de los años cuarenta, un tal Hans, del que Ruth nunca había oído hablar, pero por lo visto una pieza esencial de su juventud y de su vida. Ahí se le aparece otra cara de Mischi, vivaracha, distinta, románticamente lenguaraz, que le reprueba con gracia que la llame sweetheart y honey y lo achaca a la rápida adopción de los modismos estadounidenses del recién llegado Hans, quizás provocada por un golpe de calor. En una misiva escrita un mes antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Hans recurre a palabras en alemán y al apelativo cariñoso «Mischilein», y muestra su impaciencia por que se reúna con él en Nueva York —que describe como una ciudad asombrosa y vertiginosa, además de como un lugar lleno de fruta y chocolate, al contrario que Inglaterra—. Le cuenta que se ha reunido con Lily y Hermann, ya divorciados, que también están deseando verla y que le han preguntado si su hija es alta o baja, gorda o flaca, guapa o fea y que si anda erguida o encorvada. En este momento, Ruth se da cuenta de que sí sabe quién es ese Hans: aquella figura misteriosa que convenció a los padres de Mischi de que le pagaran el pasaje para mudarse de Inglaterra a Estados Unidos.

Ruth sigue leyendo el testimonio de Hans y una frase se queda con ella. El muchacho asegura que, en la conversación con sus padres, no ha abierto el pico sobre los «jamones algo gordos» de Mischi. Al principio, a Ruth eso le resuena como un insulto, del todo extraño, sobre todo porque la joven Mischi estaba más bien tísica. Pero luego le resulta completamente meloso, al dibujársele como una de esas bromas coquetas que las parejas comparten en secreto con intenciones eternas, pero que acaba por extinguirse. Desde luego, nunca imaginaron que la confidencialidad la romperían, setenta y cinco años después, los ojos lectores de alguien que existe gracias a que ese romance acabara por disolverse.

Después de superar todos los desafíos de una relación a distancia, ¿por qué acabó aquel romance en cuanto Mischi llegó a Nueva York? Seguramente Mischi no se casara con Hans porque, para ella, aquella mudanza equivalía a empezar de cero. Mischi rechazó fervientemente arrastrar la cruz de refugiada judía y se quiso desvincular de cualquiera que hubiera huido también de los nazis. Para protegerse a sí misma y rebelarse contra sus padres, prefirió desposarse con un intelectual cristiano con aspecto ario que huyó de la rusticidad de la Indiana profunda y celebrar con sus hijas Navidad en lugar de Janucá.

La lectora sobre la alfombra persa encuentra también mensajes menos importantes y más distantes, que habían caído en el pozo de la desmemoria, y la Ruth del presente mira a los ojos de la Ruth del pasado, a quien, por lo visto, también le obsesionaba la comida y J. D. Salinger y utilizaba con soltura términos freudianos para describir sus sentimientos a la edad de nueve años. Pero lo que más le sorprende es leer cómo su madre y ella bromeaban y se hablaban con cariño, algo que la transporta a los primeros veinte años de su vida, cuando admiraba a su madre profundamente, antes de que todo empezara a torcerse.

Para salvarse a sí misma, Ruth se agarra a un recuerdo hermoso que ha resistido el paso del tiempo: las dotes culinarias de Mischi. Abre el congelador, donde le está esperando el último bocado maternal: la sopa que Mischi cocinó para la pasada pascua judía, que todavía sabe a gloria meses después.

Una vez reconciliada por el abrazo culinario, Ruth vuelve a la alfombra persa y agarra unas cuantas carpetas. Tenía a Mischi por una escritora en ciernes, pero ahora se encuentra ante sus complejos poemas y una prosa que atrajo el interés de varios editores. ¿Cómo pudo ocultarle todo eso a su hija? Hay una carta de rechazo de una tal Annie Laurie Williams, que no quiere publicar un relato de Mischi, Éxodo, y, sin embargo, muestra un gran interés por la novela que tiene en el horno.

Ruth lee la primera frase de la novela, sin título aparente —«Cuando los Jackson celebraban sus fiestas habituales en las noches de los sábados, Harriet Jackson se sometía a una total metamorfosis»— y cae en esa trampa lectora de preguntarse si esa tal Harriet sería un alter ego de la presumida de su madre. Hojea los papeles y salta de página en página hasta llegar al suicidio de Harriet y de nuevo le atormenta la actitud de Mischi.

Se da media vuelta y aparecen ante ella todas fotos llenas de gente pretérita, que, en lugar de apenarla, le hacen sentir de golpe una enorme gratitud por este tiempo de pausa mundial. A pesar de haberse sumido en ese umbral de disociación, confusión e incertidumbre que vienen de la mano de la parca, ha podido resguardarse en el silencio, el aislamiento y la ausencia de distracciones, los ingredientes perfectos para un bálsamo magnánimo, de los cuales habría carecido en circunstancias normales, pues en la cultura estadounidense hay que superarlo todo de un día para otro, y el duelo no tiene cabida.

En su conjunto, toda esa montonera de documentos inunda a Ruth de una simpatía, compasión y apreciación que no recuerda haber sentido jamás por su madre. Desde la perspectiva del tiempo, solidificado sobre la alfombra persa de ese apartamento en Queens, su madre se ha convertido en un personaje literario de múltiples nombres (Marion, Mischi, Mischilein), en un espectro con una vida fascinante que su hija desconocía casi por completo. Le parece que ese retrato post-mortem derrocha inteligencia, sentido del humor y sensibilidad y Ruth le perdona a su madre todos los años de amenazas, sinsentidos y negatividad.

Ahora sí cree estar emocionalmente preparada para abrir la maleta. Ruth la coloca junto al ventanal para verlo todo con la mayor claridad y, aunque no sea muy de fotos, saca un par para el recuerdo, por el miedo que le da que se le deshaga en las manos. Se limpia las gafas, respira hondo, se sonríe y se anima a abrir el equipaje del Gripsholm, sabiéndose preparada para aceptar cualquier recuerdo o descubrimiento doloroso. La Historia la está mirando fijamente, y se siente poderosa ante ese equipaje en que su madre cargó sueños y suspiros en un largo trayecto en barco desde Liverpool a Nueva York. Durante unos instantes, Ruth no puede creer lo que contiene ese objeto valiosísimo que su madre lleva décadas atesorando; y le da un ataque de risa cuando por fin procesa que la maleta está llena de las decoraciones navideñas más horteras que ha visto en su vida.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas