Istmo

El puente de las Américas ha adquirido otro significado para Minerva y ahora siempre le vienen a la mente casi con angustia las prisas y los horarios de cuando tenía que ir a recoger a su hija a la casa de su ex durante los meses de restricción por sexos. Cada vez que lo cruzaba antes de la pandemia, el puente le hacía pensar en una anécdota distinta o recrearse en la excelente arquitectura de acero o maldecir las construcciones recientes y chapuceras —con muy malos cimientos debido a la corrupción— o contemplar la bella fusión de naturaleza y creación humana del canal o fijarse en el baile de los autos al ritmo de una salsa de antaño que salía de sus altavoces. Inevitablemente, ahora solo le invade el recuerdo monolítico de la cuarentena estricta.

Parece que los casos siguen bajando, pero cuando hay un pico de contagios o muertes, a Minerva le dan los siete males solo de pensar en volver al confinamiento selectivo. Esa ley, que solo se llevó a cabo realmente en Panamá —y por tiempo breve en partes de Colombia y Perú—, tenía unas normas muy claras: las mujeres podrían salir los lunes, miércoles y viernes y los hombres, los martes, jueves y sábados, y no en cualquier momento del día, sino en las dos horas delimitadas según su número de cédula. Se retirarían estas medidas, prometieron los políticos, en cuanto se aplanara la curva.

La población aceptó, qué se le iba a hacer, y al principio, la hija no pudo ver a su papá más que por videollamada. Confiaban en que las restricciones terminaran pronto, así que se limitaron a la relación digital con la resignación con la que se aceptan las cosas que parecen tener fecha de caducidad, ya que, según los expertos, los casos se estabilizarían en un mes como mucho; no, no: dos; tres a lo sumo. 

Sin embargo, las semanas pasaban y tanto la nostalgia paternofilial como las ganas de Minerva de descansar un poco de sus obligaciones no hacían más que crecer. Cuando ya anunciaron que se alargarían las medidas más y más, los padres trazaron un nuevo plan: él recogería a la niña en las dos horas que le concedieran su sexo y su número de cédula (una hora para ir y otra para volver, puente de las Américas mediante, afortunadamente con menos tráfico del habitual) y, equis días después, ella conduciría hasta el otro lado de la ciudad, también condicionada por las limitaciones corporales y numéricas. Menos mal que tomaron esa decisión: al final fueron seis meses en que tres días las calles las plagaban los hombres y otros tres, las mujeres, y los domingos quedaban vacías, a excepción de los trabajadores elementales.

Hoy Minerva ha aparcado a quince minutos de la casa del ex, que vive después del puente y el tráfico es infinito en la parte oeste de la provincia. Antes que dar vueltas y vueltas con el auto, la mujer prefiere pasear y disfrutar de la tranquilidad de alguien a quien el Gobierno ya no le impone horarios demasiado rígidos (no más el toque de queda a las diez de la noche, pero aún es temprano). Camina con calma, con la piel oscura reluciendo lozana bajo el sol primaveral, y mueve los hombros algo entumecidos por las horas que pasa enseñando en línea. 

Ya que en breve regresará con su hija a casa —una burbuja sin patio ni balcón y con poco espacio personal—, quiere disfrutar de ese tiempito de paseo que se regala, pero enseguida siente le cae un «oye, flaca» y le pitan los taxis y los guardias de seguridad le dan las buenas tardes y le echan una miradita de arriba a abajo. Nada que no le haya sucedido desde la adolescencia, aunque ahora le hace más ruido: eso no pasaba durante la cuarentena absoluta, cuando todo el mundo estaba tan estresado y ensimismado que parecía que por fin había funcionado la llamada «ley antipiropos», que trató de pasar hace un par de años Ana Matilde Gómez sin éxito, porque no consiguió ningún apoyo ni de hombres ni de mujeres. Lo cierto es que, antes de la calma callejera como consecuencia de la restricción por sexos, a Minerva realmente no le incomodaban demasiado los ojos de los hombres clavados en su cuerpo ni en el fragor de los silbidos y los piropos inapropiados que ahora sí le retorcían el estómago: me parece normal que miren, se decía, un hombre que no mira será que no es heterosexual; me parece normal, del todo normal, se justificaba, porque aunque Ciudad de Panamá esté en el Pacífico, somos una cultura muy caribeña y nos decimos «oye, papi, oye, mami, oye, mi amor» en el trato normal. Y, sin Caribe mediante, ojo, que le ha pasado lo mismo en más países, la verdad; en mayor o menor medida, en todos los que ha visitado (que han sido muchos). Vamos, es del todo normal. Al fin y al cabo, se convencía, el día que ya nadie te mira y el día que ya nadie te dice nada, eres una vieja y por ende ya caducaste; mírate, a tus cuarenta y cinco, todavía tienes la suerte de conservar tu atractivo. 

Inconscientemente, ahora su definición de acoso ha cambiado a raíz de esos seis meses en que el espacio público pertenecía tres veces a la semana exclusivamente a las mujeres. Casi exclusivamente: para sorpresa de Minerva, los hombres seguían formando parte de la fauna en los días femeninos, debido a todos aquellos trabajos esenciales que estaban masculinizados —policías, camioneros, reponedores de supermercado—, algo en lo que tampoco había reparado antes. Era tan rara la situación: todo el mundo con tapabocas y protector facial e incertidumbre y miedo al contagio; tan rara, que los piropos y los silbidos se silenciaron casi por completo. Aunque los ojos sí hablaban y a veces caía alguna que otra mirada lasciva pese a la inferioridad numérica de los machos. Normal, porque una gusta. No era acoso, no tocaban, solo miraban: del todo normal. Si quieren ser impertinentes con una, lo siguen siendo, si te quieren decir una tontería te la van a decir, se repetía Minerva. 

Ahora que las calles vuelven a ser dominio de los hombres, se notan de una forma más exagerada las miradas fijas, pegajosas, llenas de lujuria, y le incomodan como nunca antes y le ruge una sensación rarísima desde las entrañas. La verdad es que al principio le parecía tremendamente aburrido no ver apenas hombres —y raro, rarísimo—, pero acabó por acostumbrarse a los espacios públicos ocupados por mujeres: el ambiente pasó a convertirse en relajante, como si todo fluyera mejor sin tropezarse con zalamerías impertinentes a cada paso.

Por mucho que se habituara, a ella nunca le llegó a convencer este plan maestro —que los políticos siguen amenazando con volver a instaurar— porque quedaban grupos fuera: no cabían en él las personas transexuales, ni los solteros heterosexuales en busca de pareja, ni los padres con custodia compartida. Algo en principio tan simple basado en un concepto supuestamente claro (dividir la población en dos aprovechando las «diferencias naturales») en realidad complicaba la vida de mucha gente.

Y menos mal que Minerva y su ex han mantenido una relación cordial y amistosa desde que se separaran en 2017. Llevan la situación familiar de un modo relajado e improvisado, de manera civilizada y a su ritmo, y jamás consideraron someterse a las presiones de horarios dictadas por un juzgado para pasar tiempo con la niña. Quién les iba a decir que decidiría por ellos el régimen de visitas un virus que azotaría cada rincón del planeta.

Cuando recoge a su hija —en un trámite breve, afable, directo: qué tal se portó, bien, todo bien, nos vemos—, la niña se queja de tener que caminar tanto rato hasta el coche, pero enseguida se le pasa el enfurruñamiento. Son igualitas: el pronto rápido y ligero, la melena corta y rizada, la sonrisa sincera y permanente, el derroche de creatividad, los andares idénticos. 

Se sumergen en el paisaje urbano, que ya ha recuperado su gentío de vendedores ambulantes —de frutas, de verduras, de agua— y limpiadores de coches en los semáforos. Todos ellos desaparecieron durante la pandemia, dejando las calles sumidas en un desamparo descorazonador: a Minerva le daba una pena horrible y se preguntaba a menudo de qué viviría esa pobre gente. Qué país: mientras unos se pasean con sus autos lujosos entre los relucientes rascacielos de vidrio y acero del modernísimo centro urbano y se llenan los bolsillos blanqueando nosecuantitos millones por acá y por allá, otros todavía van a letrinas y tienen que desgañitarse entre nubes de humo y perros y gatos callejeros para llevarse algo a la boca a través del ingenio. En esta zona hay un hombre que grita «¡bollo!, ¡booo-llooo!, ¡bo-bo-bo-llooo!» con una voz de colores barítonos que, siempre que recoge a su hija, la musical Minerva piensa que, si lo hubieran entrenado, el tipo habría sido un gran cantante de ópera.

Madre e hija caminan admirando las plantas en plena floración y, en un momento dado, Minerva se da cuenta de que los hombres miran y remiran a su hija, ya no tan niña la niña: cumplió catorce años hace un par de semanas y empieza a llamar la atención. Ha tenido la suerte de poder criarla entre algodones y su hija nunca va a ningún sitio sola, pero pronto tendrá que empezar a andar por su cuenta y a coger el transporte público. En un afán protector, la madre siente súplicas en su fuero interno por que vuelva la división por sexos. 

La hija de repente recuerda algo y comienza a rebuscar en su mochila. Agarra por fin un papel en el que ha escrito una redacción para la escuela y le pide a su madre que se sienten en un banco para leérsela en voz alta. Minerva comienza a escuchar con atención, pero enseguida se distrae con el reverso de la hoja, donde hay unas anotaciones extrañas. Cae en la cuenta: se trata de unas instrucciones para su ex escritas por su nueva pareja. Aunque por fortuna ella no ha tenido que lidiar con este tema, sabe de sobra que, durante los días en que solo los hombres tenían permitido salir, los supermercados se inundaban de seres titubeantes que empuñaban listas de la compra y llamaban por teléfono desesperadamente a esposas y madres. Sin poder evitarlo, Minerva ignora la voz de su hija y comienza a leer para sí:

«Entra al supermercado por la vía España. Camina catorce pasos hasta la zona del arroz y me traes arroz El Nazareno, papi. Ni se te ocurra traer arroz Blanquita. Está carísimo. Gira a la izquierda hasta llegar a la carnicería, dejando a los lados frijoles y pastas, y compras un pollo entero (de un peso aproximado de dos kilos, que son dos mil gramos, que son dos, cero, cero, cero gramos). Pide que te lo piquen. A mano derecha, a unos seis metros, encontrarás la zona de frutas y verduras (es muy colorida, la verás fácilmente). No se te olvide traer 500 gramos de yuca (una raíz), 500 gramos de otoe (un tubérculo), un kilo de ñame (otro tubérculo) y dos mazorcas de maíz (una planta amarilla con granos). Todo por separado, no en esos paquetes que ya está todo junto porque no suelen ser vegetales frescos. Adjunto fotos. Tengo el resto de ingredientes para el sancocho (tu plato favorito), pero puedes comprar más cosas que te apetezcan si quieres. Para pagar, deshaz tus pasos y encontrarás las cajas a la entrada del supermercado (también es la salida). Puedes usar el vale digital (la ayuda económica del Gobierno asociada a tu número de cédula), donde quedan algo más de cincuenta dólares. Si no recuerdas el pin, llámame.» 

Minerva no sabe si reír o llorar y le pide a su hija que le dé el papel para leer la redacción tranquilamente cuando lleguen a casa, porque, se excusa, el aluvión de bollos, bo-bo-bo-llos del señor que no sabe que es cantante de ópera no le ha permitido concentrarse como debiera. Hará una fotocopia del texto de su hija y destruirá el original, para que no trascienda.

Comienzan a caminar de nuevo y Minerva queda pensativa. Como evita hablarle mal de su ex a la niña, se limita a sentenciar con severidad, de la nada: «Nunca te juntes con un inútil». Ante la incomprensión de la joven —¿a qué viene eso?—, la madre se ve obligada a aclarar: «Tienes cosas más importantes que hacer con tu vida que escribir instrucciones estúpidas». Al faltarle contexto, el mensaje enrarece el ambiente y regresan juntas al coche en silencio, con paso idéntico, haciendo durante todo el camino como que nadie las mira, ni silba, ni piropea.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Solitas

Los asistentes, como no podía ser de otra manera, se entusiasmaban. El predicador, hijo de predicador, seguía predicando, y la ovación y las lágrimas se entremezclaban en la emoción indecible de un sermón interminable. Te mentiría si te dijera que en algunos momentos no me contagié de la alegre intensidad divina. Yo, la atea por antonomasia, cuyas convicciones acérrimas casi se derrumban por el efecto de esa gloriosa comunidad, en la que cantábamos y bailábamos el gospel, nos sonreíamos en cada cruce de miradas, nos recitábamos versos sacro-amorosos agarrándonos de las manos.

Tenías que haber visto sus caras. Sonreían sin parar, porque [se creían que] Dios los guardaba; cantaban, bailaban, alabado sea el Señor, se daban las manos, nos dábamos las manos, cantábamos. Yo no repetía las palabras del predicador, pero si lo hiciera, alabaría a la Señora: esa abogada que te está ayudando en el camino hacia la justicia. Por primera vez me olvidé de todo lo que no estaba entre esas cuatro paredes.

Es por eso que casi creí en Dios(a) en aquel edificio destartalado de Brooklyn. Huí hasta allí porque Manhattan me dolía demasiado: los rascacielos, que siempre me han apasionado, se me dibujaban como

F F F

A A A

L L L

O O O

S S S

Y los cuadros de Frida representaban tu lucha (nuestra lucha, qué carajo).

Y la calle Mercer me recordó a cuando Ana Mendieta se

«C

A

Y

Ó»

del piso 34.

Y aún no hay estatuas con nombre de mujer en Central Park.

Y el edificio Dakota cobija a una Yoko Ono culpabilizada, invisibilizada, ninguneada.

Y.

Me habría encantado llamar a tu abogada a ratitos, para que nos hiciera justicia a todas (a todas: a las del presente, pero también a las del futuro y, ojalá todopoderosa, a las del pasado): una Diosa justiciera que nos vengue por los crímenes acometidos durante siglos y siglos. Quiero que esa Abogada sea nuestra Señora, nuestra Diosa, y que en el juicio consiga castigar a ese diablo que decidió dañarte, hijo de un sistema que es el mismo Diablo, lleno de diablos juzgados por diablos que arguyen estratagemas para perpetuar sus diabluras.

Pero, querida sobrina, no solo pienso en ti en los momentos negativos, no te creas. Brooklyn se convirtió en mi refugio desde que vi The Dinner Party, y te quise a mi lado más que nunca.

Sojourner Truth.

Sacajawea.

Anna van Schulman.

Christine de Pisan.

Etceterísima.

Solo Diosa conoce el martirio de aquellas mujeres, con las que Judy Chicago hizo {algo de} justicia. ¿Tú ya la has visto, Gabriela? (Pese a tener solo dieciséis años, has conocido tanto que ya me pierdo.) Algún día la disfrutaremos juntas: esta comunidad de bellas representaciones de vaginas nos aliviará un poquito el suplicio, aunque no cantemos tanto ni tan bien ningún Gospel.

Y fue justo después cuando entré a aquella iglesita guiada por los cánticos que resonaban desde el exterior, aunque no conseguí aguantar toda la arenga: el tonito sermonario logró desquiciarme. Esa gente se refugia para escapar de un exterior donde la policía dispara según el aspecto físico; pero al final es una ficción: un lugar tan resguardado y tan sagrado como en el que te pasó a ti todo eso. Y sentí que me ardían los pechos y tu carita se me apareció con fuerza y me dijiste que me fuera, que era mentira, que ningún lugar es seguro, que era mentira, que ningún lugar es seguro, todo mentira.

La lluvia de fuera me llenó las gafas y los pensamientos de gotitas. «Gabriela, Gabriela», pensaba. «¿Cómo estarás, Gabriela? ¿Estás en un lugar seguro? ¿Hay algún lugar seguro? ¿O has dejado de creer en ellos?». Y pensaba en la Diosa y deseaba con fuerzas convertirme en su predicadora y quería que te ayudara.

Me noté de repente una acuciante humedad en la entrepierna: inevitablemente, la sangre había invadido mis bragas y mis leotardos. Oh, no: el vestido bermellón se había teñido de un rojo más fuerte. ¿Y la silla? Le rogué vehementemente a Diosa haber dejado un asiento libre de menstruación.

Casi llamo a Roger para anular la cena en Manhattan porque desbordaba sangre, pero se me apareció tu carita de nuevo, Gabriela, y me regañó por dejar que una manchita de nada me arruinara los planes de la última noche neoyorquina.

El lavabo de Roger y Beatrix estaba averiado. {Mecagüen Diosa.} Los juguetes de su nena yacían desperdigados por la bañera. Beatrix me dijo que usara el fregadero de la cocina, hasta arriba de cacharros. Ella habría entendido perfectamente lo del desbordamiento, pero no quise molestarla más: ya tenía bastante con el catarro, el embarazo complicado y la nena saltándole sin tregua alrededor. La maniobra con la copa siempre implica manos ensangrentadas, y no estaba dispuesta a lavármelas ni sobre los dinosaurios de goma en la bañera ni sobre los platos apilados de la familia. Una vez más en mis veinte años menstruando, tuve que improvisar una compresa con papel higiénico y, por si las moscas, me senté en el suelo para no manchar ningún tipo de tapicería.

Insistí en partir, porque Beatrix tosía sin parar y se quejaba del tripón —y porque quería cambiarme—, pero nos costó arrancar. Tú te habrías puesto de los nervios: mientras Roger hablaba y hablaba, Beatrix atendía la nena y fregaba los platos sucios, a pesar del nefasto catarro y de aquel feto que llevaba meses presionándole los nervios. Yo intentaba distraer a la nena, pero lo único que la atrajo hacia mí durante más de diez segundos fue aquella torre de peluches que me dio por hacer y que más bien parecía una orgía animal.

Tuve que limpiar el suelo con disimulo y con saliva antes de marcharnos. (Siento ser un ejemplo desesperanzador; tú eres más organizada: ojalá consigas aprender a controlar mejor el sangrado.) Llegamos por fin al restaurante y bajé al baño ipso facto, augurando un paraíso de pulcritud, váteres y lavabos, pero había una de esas personas que te echan jabón y te abren el grifo y te dan toallas con la cabeza gacha, como si una tuviera muñones o como si una estuviera a favor de la servidumbre. Me cambié el pañalcompresapapelhigiénico y no me hurgué en los adentros para extraerme la copa, vaciarla y ponérmela de nuevo. ¿Qué iba a hacer, Gabriela? ¿Ir con las manos ensangrentadas para hacerle pasar un mal rato a esa pobre criada a la que ni le dejé una propina? (Como siempre, no tenía ni un puñetero dólar en el bolsillo.) Para disfrutar de la cena, aposté por apretar los chacras y no beber tanta agua, como si tales trucos de pacotilla funcionaran.

Pero eso no fue lo peor que me ha pasado en el viaje, Gabriela: ayer en Central Park, una muchacha argentina me pidió que le sacara una foto. Por intentar entablar una conversación, le pregunté si había venido solita a Nueva York. Solita. Yo también viajaba sola, pero quedó fatal. La argentina me transmitió el desdén que merecía con los ojos —«¿le dirías a un tipo si vino solito?»— y se despidió rápida, abruptamente. Por primera vez, no quise que estuvieras a mi vera, porque te habría avergonzado (la ensoñación de tu carita se me apareció, claro, sonrojada).

Luego deambulé por el East Village con la ensoñación de tu carita persiguiéndome. Se me hace inevitable: en cada esquina plañidera me imagino tu pena y tu rabia y tu dolor y tu impotencia y no puedo parar de pensar en ti y no soporto la impotencia ni el dolor ni la rabia ni la pena que me inundan. Me sentía completamente minúscula y ninguneada: decidí parar, respirar, mirar al cielo y escuchar música, en otro de los tantos intentos de abotargar mis pensamientos. Pero de repente saltó Sunshine of Your Love y tu dolor se mezcló con mis propios recuerdos. A mí no me pasó en el grupo de la iglesia, como a ti, sino en el portal de mi casa. Sí: a mí también me violaron, Gabriela. Y también me sentía culpable. Y también conocía a mi agresor: era mi novio. Me llevó a casa un día que me emborraché demasiado y, a cambio, me forzó antes de morir en mi habitación, porque me lo estaba pasando muy bien con mis colegas y no me puedes decir que no, porque he tenido que pagar un taxi para ir a buscarte, no me puedes decir que no, porque cómo me vas a dejar así, no me puedes decir que no, no me puedes decir que no, NO ME PUEDES DECIR QUE NO. Fue él quien me pasó esa canción, que aún conservo en mi colección de música, y que siempre me recuerda (in)conscientemente a él y a su fuerza.

Aquel hombre que se masturbó en el vagón vacío del túnel de metro más largo del mundo nunca me pasó ninguna canción, así que solo se me asoma en los recuerdos cada vez que estoy sola con cualquier hombre en cualquier vagón de cualquier metro de cualquier mundo. Tampoco tengo ninguna canción que me recuerde a aquel compañero de clase en el instituto que me estampó contra el muro cuando rechacé ser su novia, porque no puedes ser tan simpática conmigo si no quieres nada más. Alguna canción en francés me recuerda a veces a David, quien rompió mi televisión a golpes al darse cuenta de que las únicas opciones pornográficas estaban codificadas. Y no es una canción, sino la sidra, la que me recuerda a aquel desconocido que me agarró una teta cuando me sujetaba el pelo mientras vomitaba. Por eso me dolió cuando me dijiste que había sido tu culpa, Gabriela, porque nos hacen pensar que siempre es nuestra culpa, incluso cuando no hacemos nada. Está muy bien tramado, ¿verdad? Al menos tú lo has denunciado, Gabriela, no como yo, que no he hecho nada y ya no creo que lo pueda hacer.

Dice la canción que voy a estar pronto contigo, mi amor, que llevo mucho tiempo esperando, que estoy contigo, mi amor, sigue, los dos solos, que voy a quedarme contigo, cariño, hasta que se me sequen los mares. No me explico por qué sigo conservando Sunshine of Your Love. Le Tigre, Ana Tijoux, Excuse 17 y las demás me empoderan, pero me olvido masoquistamente de borrar las canciones hirientes. ¿Será porque recordar las heridas pretéritas nos hace más fuertes?

Las cicatrices nos hacen más cautas, desde luego.

Y entonces entendí que mi ex era otro predicador más que tergiversa la Palabra {de Cream}, cuya letra dibuja en mí una cicatriz imborrable; que ellos, los violadores, o se dejan llevar por el Diablo —y por Dios— o son el Diablo —y se creen unos todopoderosos—, y en cualquier caso merecen ser castigados; que nos han violado y nos violan, pero que en algún momento del futuro no nos violarán nunca jamás, Gabriela, ya lo verás: las violaciones no serán nada más que parte de la historia macabra perpetuada por el Hombre [Hombre como sinónimo de hombres, no de Humanidad]. Alabada sea Diosa, diremos. Alabada sea la Señora.

Mi cadena de pensamientos se desviaba sin cesar, irremediablemente, hacia la argentina solita y Beatrix —que también estaba solita—, porque así evitaba acordarme de tus horrores, Gabriela. Aquellas mujeres tan solitas seguramente también sean las sobrinas de alguien. Y yo, yo también estoy solita. Y tú, Gabriela, también estás solita. Todas estamos solitas cuando estamos solas, pero tenemos derecho a estar solas y nos gusta estar solas y nos merecemos poder estar solas. Y nos tenemos las unas a las otras, que no se te olvide: nunca estaremos solas cuando nos necesitemos.

Vuelo en un rato a casa. El ~juicio final~ es la semana que viene —y quizás se celebre antes de que te llegue esta carta: el correo ordinario se me antoja mucho más romántico—. Ante todo, te pido que cruces los dedos, Gabriela: cruzar las piernas nunca nos sirvió de nada.

[Solitas fue el cuento más votado
del concurso XII Premio Joven de relato corto El Corte Inglés
del Club de escritura Fuentetaja]