Diatriba

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El apartamento de Mischi en Queens ya casi no huele a cerrado ni a comida podrida. Lleva pagando el alquiler de un lugar desocupado desde que murió, y ahora Ruth y Mark han llegado desde California para desempolvarlo, llenarlo de aromas frescos y vaciarlo de historia y de la oquedad forzada de los últimos meses para poder devolvérselo a su dueño de una vez por todas.

Estaba todo patas arriba desde principios de marzo, porque Ruth voló a Nueva York apresurada por la noticia de la muerte de su madre para hacer los trámites absolutamente necesarios y quedarse solo unos días, convencida de que regresaría en un par de semanas y lo apañaría todo como era debido. Jamás se le pasó por la cabeza que atravesaría un limbo de cinco meses hasta poder regresar. Sí, el virus ya se hacía eco en las noticias y la ciudad que se convertiría en uno de los epicentros mundiales apuntaba maneras, pero nadie creía que la vida cambiaría de una forma tan colosal. En marzo hizo lo básico. Cuando recogió las cenizas de Staten Island, gozó de las mismas vistas de la estatua de la Libertad que su madre contemplara al llegar a tierras desconocidas. Luego entró a una iglesia por curiosidad y las reliquias comenzaron a revolverse dentro de la urna, porque la aversión de Mischi al cristianismo se estiraba hasta en las postrimerías. En casa, recitó en su honor un pequeño kadish, la oración de los muertos, con un grupúsculo de nonagenarios y exempleadas con quienes Mischi no había sido del todo maligna. Ruth acabó besándose y abrazándose con aquellos cuasi desconocidos, como si se les hubiera olvidado a todos que la apreciación física podría acarrear consecuencias fatídicas en estos tiempos.

Ruth desempeñó las tareas con un instinto ritual, mientras sentía un gran alivio al ir cerrando este capítulo de su vida tan lleno de lucha y rabia. Sumida en la destemplanza, el aturdimiento y las ganas de terminar, tiró todo lo que pillaba, soñando con vaciar el apartamento lo antes posible. Cuando se dio cuenta de que se había deshecho de los certificados de defunción recién recibidos, le dio por pensar que quizás la rabia habitaba en sus actos. Lo único que conservó sin pensárselo dos veces fue la maleta que trajo Mischi en el Gripsholm, aquel barco sueco que le regaló la oportunidad de empezar de cero en Nueva York. En marzo aparcó el equipaje en una esquinita del apartamento, donde aún seguía, ajeno al paso del tiempo y a la ausencia de Mischi. Aún no se siente preparada para descifrar qué hay dentro de esa maleta tan enigmática como roñosa, y lleva toda la semana posponiendo la apertura, porque sabe que los documentos que guarda en su interior podrían derrumbarla.

Quizás la abra hoy, aprovechando que va a pasar el día sola, ya que Mark tiene planes sabatinos infinitos en Manhattan. Madre e hijo merecen de sobra un paréntesis hoy, después de una semana frenética deshaciéndose de los libros, papeles, cachivaches, muebles, sábanas bordadas, medicinas y máquinas obsoletas que se han ido acumulando en el apartamento durante más de medio siglo. Jamás habrían pensado que regalar objetos se convertiría en una tarea tan ardua. A Ruth le ha encantado estrechar su relación con Mark en estos días, pero ahora le seduce la idea de la soledad, que se le dibuja como ese broche final tan esperado de un luto que lleva nublándola desde la primavera. Se despedirá así de ese apartamento en que pasó parte de la infancia y la adolescencia con sus padres y su hermana, que ahora, ay, no existen más allá que en los recuerdos, muchos de ellos condensados entre estas cuatro paredes.

Mischi se marchó en el momento adecuado: qué horrible habría sido que viviera la pandemia. ¿Qué habría hecho Ruth: exponerse de vez en cuando a las hordas virulentas de los aeropuertos o mudarse con su madre? Ambas opciones le parecen igualmente mortíferas y, solo de pensarlo, le recorre por el cuerpo un escalofrío. Afortunadamente, Mischi murió como deseaba —en casa, de golpe, sin dolor, de vieja—, después de torear a la enfermedad con la que le diagnosticaron tres meses de vida a principios de 2017. Casi era de esperar, porque ya tenía experiencia en los menesteres de la supervivencia, al haber huido hacia Inglaterra con once años en uno de los primeros trenes del Kindertransport. Y, una semana antes de marcharse, le confesó a Ruth por teléfono que estaba más que preparada para abandonar este mundo y así lo hizo a los noventa y dos años.

En estos días que llevan madre e hijo confinados en el apartamento de Queens, han ido amontonando sin orden ni concierto sobre la alfombra persa del salón los papeles que irradiaran cualquier brillo de importancia, y el plan de hoy para Ruth es hacer una buena criba. 

Le apetece sumergirse en la vorágine del papeleo, porque las palabras escritas se están convirtiendo en los puntos de sutura que han ido cerrándole una herida que lleva décadas abierta. Por algún motivo desconocido, Mischi se pasó más de treinta años martirizándola, incluso amenazándola con desheredarla durante los últimos años, como empeñada en perpetuar el dolor que ella había sufrido en su piel cuando sus propios padres intentaron hacer lo mismo. 

Precisamente por eso, Ruth no cabía de asombro cuando leyó el testamento en marzo y descubrió que la última voluntad de Mischi no solo contradecía aquellas lacerantes e inagotables maldiciones, sino que le concedía a su hija la parte correspondiente y le daba el poder absoluto de decisión como única albacea. El inesperado regalo póstumo supuso un alivio mayúsculo, después del último testamento que Mischi le hubo enseñado con sorna a su hija, a quien no le legaba más que una mesa y una lámpara.

Ahora está plantada frente a una vastedad epistolar abrumadora y lee y lee sin descanso. Sostiene entre las manos decenas y decenas de cartas coléricas, con batallas dilatadas entre 1952 y 2016, y las separa en dos montones. A la derecha, coloca las cartas devueltas a Mischi en las que combatía enérgicamente por los derechos civiles de las personas negras en los años cincuenta y sesenta. Ruth había oído hablar algo del tema, pero los detalles de la feroz lucha de su madre por la calidad educativa y la vivienda digna la tienen boquiabierta. A la izquierda, acumula el enrevesado laberinto epistolar con los esfuerzos de Mischi durante siete décadas por recuperar los negocios familiares, los inmuebles, las obras de arte, por los que consiguió cuatro duros de acá y acullá. A los ochenta y ocho años, después de toda una vida, logró que la indemnizaran por aquello del Holocausto con una suculenta suma que le mostró las comodidades de tener dinero. A este galimatías se suman misivas entre Mischi y una docena de abogados en su pugna eterna por que sus padres no la dejaran en la miseria. Ruth siempre se ha preguntado qué los llevó a intentar tan fervientemente desheredarla —algo ilegal en la legislación alemana, según lo que acabó por descubrir Mischi—, porque, según la correspondencia que se despliega ante sus ojos, siempre se preocuparon por su hija.

Hace tan solo un rato ha leído una carta de 1944, en que la doctora Hilde Lion —fundadora de Stoatley Rough, el internado inglés para jovencísimos refugiados alemanes donde Mischi pasó los años del conflicto bélico— les asegura a Lily y Hermann Matthiessen que a su hija le encanta recibir noticias y fotos suyas, que no tienen que preocuparse por ninguna falta de cariño y que es alta, guapa, práctica y organizada.

Encuentra un diario de Mischi. Lo lee por encima, saltándose fragmentos, hasta que llega a una entrada de 1959 en la que, agotada por el mal de amores, contempla el suicidio. Lo primero que sobrecoge a Ruth es el amor tan fuerte que su madre sentía por su padre, eternizado en tinta hasta décadas después de que se separaran. Pero luego le hiere que, por el contrario, solo se mencione a Ruth y a su hermana, Irene, muy por encima y de refilón, como si esas niñas fueran insignificantes para ella. Su madre llevaba sin tenerla en cuenta más tiempo de lo que creía. 

Tira el diario lejos, con una rabia similar a la que sintiera ya en marzo, y mira de reojo el equipaje del Gripsholm, como diciéndose que ya ha visto todo lo que tenía que ver, que está preparada. Pero algo la frena en su interior: sabe que su madre atesoró esa maleta durante décadas. Qué absurdo: a Ruth nunca le han intimidado los objetos, pero no se siente capaz de abrirla aún; no reúne la fuerza necesaria para enfrentarse a su interior lleno de historia.

En su lugar, agarra un pequeño archivador con una etiqueta que reza «Kochrezepte», que guarda las recetas de su bisabuela Helene Dobrin, la querida abuela de Mischi asesinada en el campo de concentración de Theresienstadt, cerca de Praga. Helene y su marido Moritz abrieron varias sedes de la Dobrin Konditorei en Berlín, una pastelería y panadería de tanto éxito que incluso aparece en varias guías turísticas y obras literarias de la época. Dice la leyenda familiar que Helene introdujo el banana split en la capital alemana y que tenía mucha mano para los postres, así que Ruth acaricia las páginas de colores otoñales y se promete cocinar Schokoladencreme y ZitronenEis y Kastanientorte cuando regresen a California.

De pronto, del archivador cae un sobre con una pequeña inscripción: «Última carta de Helene a Lily antes de que la mandaran a Theresienstadt». Como es de esperar, la carta está en alemán, en un papel de arroz que expande las letras cursivas y las hace parecer cirílico. Ruth casi siente alivio de no poder entender el mensaje por ahora y coloca la carta junto al pasaporte verde con una gran esvástica con el que Lilly consiguió huir a Estados Unidos después de un tortuoso viaje atravesando por tierra Francia, España y Portugal durante la guerra. 

Gran parte de las relaciones familiares durante generaciones se enraiza en esas epístolas que inundan la alfombra persa, ahora unos papeles amarillentos con tinta vertida por gente que ya solo existe en esta correspondencia con mensajes que oscilan entre la futilidad y la trascendencia. Hablan de música, de literatura, de comida y de todas las esencias de la rutina, pero las cartas también sirvieron como medio para que el padre de Ruth, Stanley, le confesara su homosexualidad o para que su hermana le contara que tenía un cáncer terminal, que acabaría llevándosela con cuarenta y cinco años. Entonces los acontecimientos, mundanos o trascendentales, venían a golpe de grafías y matasellos.

A Ruth la asedian tantas sensaciones simultáneas que se le apelotonan y no siente absolutamente nada, excepto el respeto por esa maleta marrón y destartalada. Se centra más rato en las cartas: las lee deprisa, con una curiosidad tan consanguínea como histórica, y le asombran especialmente las de la posguerra, porque Mischi es capaz de mezclar en una sola misiva y con total ligereza temas como el último libro que ha leído, tal o cual pariente asesinado en Auschwitz, lo que disfrutó viendo Los rivales en el teatro o las historias de terror que cuenta su abuelo Moritz después de sobrevivir a Theresienstadt.

Además de la retahíla de cartas de amor entre Mischi y Stanley, que se escribían incluso viviendo juntos, también hay otras entre Mischi y un noviete de los años cuarenta, un tal Hans, del que Ruth nunca había oído hablar, pero por lo visto una pieza esencial de su juventud y de su vida. Ahí se le aparece otra cara de Mischi, vivaracha, distinta, románticamente lenguaraz, que le reprueba con gracia que la llame sweetheart y honey y lo achaca a la rápida adopción de los modismos estadounidenses del recién llegado Hans, quizás provocada por un golpe de calor. En una misiva escrita un mes antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, Hans recurre a palabras en alemán y al apelativo cariñoso «Mischilein», y muestra su impaciencia por que se reúna con él en Nueva York —que describe como una ciudad asombrosa y vertiginosa, además de como un lugar lleno de fruta y chocolate, al contrario que Inglaterra—. Le cuenta que se ha reunido con Lily y Hermann, ya divorciados, que también están deseando verla y que le han preguntado si su hija es alta o baja, gorda o flaca, guapa o fea y que si anda erguida o encorvada. En este momento, Ruth se da cuenta de que sí sabe quién es ese Hans: aquella figura misteriosa que convenció a los padres de Mischi de que le pagaran el pasaje para mudarse de Inglaterra a Estados Unidos.

Ruth sigue leyendo el testimonio de Hans y una frase se queda con ella. El muchacho asegura que, en la conversación con sus padres, no ha abierto el pico sobre los «jamones algo gordos» de Mischi. Al principio, a Ruth eso le resuena como un insulto, del todo extraño, sobre todo porque la joven Mischi estaba más bien tísica. Pero luego le resulta completamente meloso, al dibujársele como una de esas bromas coquetas que las parejas comparten en secreto con intenciones eternas, pero que acaba por extinguirse. Desde luego, nunca imaginaron que la confidencialidad la romperían, setenta y cinco años después, los ojos lectores de alguien que existe gracias a que ese romance acabara por disolverse.

Después de superar todos los desafíos de una relación a distancia, ¿por qué acabó aquel romance en cuanto Mischi llegó a Nueva York? Seguramente Mischi no se casara con Hans porque, para ella, aquella mudanza equivalía a empezar de cero. Mischi rechazó fervientemente arrastrar la cruz de refugiada judía y se quiso desvincular de cualquiera que hubiera huido también de los nazis. Para protegerse a sí misma y rebelarse contra sus padres, prefirió desposarse con un intelectual cristiano con aspecto ario que huyó de la rusticidad de la Indiana profunda y celebrar con sus hijas Navidad en lugar de Janucá.

La lectora sobre la alfombra persa encuentra también mensajes menos importantes y más distantes, que habían caído en el pozo de la desmemoria, y la Ruth del presente mira a los ojos de la Ruth del pasado, a quien, por lo visto, también le obsesionaba la comida y J. D. Salinger y utilizaba con soltura términos freudianos para describir sus sentimientos a la edad de nueve años. Pero lo que más le sorprende es leer cómo su madre y ella bromeaban y se hablaban con cariño, algo que la transporta a los primeros veinte años de su vida, cuando admiraba a su madre profundamente, antes de que todo empezara a torcerse.

Para salvarse a sí misma, Ruth se agarra a un recuerdo hermoso que ha resistido el paso del tiempo: las dotes culinarias de Mischi. Abre el congelador, donde le está esperando el último bocado maternal: la sopa que Mischi cocinó para la pasada pascua judía, que todavía sabe a gloria meses después.

Una vez reconciliada por el abrazo culinario, Ruth vuelve a la alfombra persa y agarra unas cuantas carpetas. Tenía a Mischi por una escritora en ciernes, pero ahora se encuentra ante sus complejos poemas y una prosa que atrajo el interés de varios editores. ¿Cómo pudo ocultarle todo eso a su hija? Hay una carta de rechazo de una tal Annie Laurie Williams, que no quiere publicar un relato de Mischi, Éxodo, y, sin embargo, muestra un gran interés por la novela que tiene en el horno.

Ruth lee la primera frase de la novela, sin título aparente —«Cuando los Jackson celebraban sus fiestas habituales en las noches de los sábados, Harriet Jackson se sometía a una total metamorfosis»— y cae en esa trampa lectora de preguntarse si esa tal Harriet sería un alter ego de la presumida de su madre. Hojea los papeles y salta de página en página hasta llegar al suicidio de Harriet y de nuevo le atormenta la actitud de Mischi.

Se da media vuelta y aparecen ante ella todas fotos llenas de gente pretérita, que, en lugar de apenarla, le hacen sentir de golpe una enorme gratitud por este tiempo de pausa mundial. A pesar de haberse sumido en ese umbral de disociación, confusión e incertidumbre que vienen de la mano de la parca, ha podido resguardarse en el silencio, el aislamiento y la ausencia de distracciones, los ingredientes perfectos para un bálsamo magnánimo, de los cuales habría carecido en circunstancias normales, pues en la cultura estadounidense hay que superarlo todo de un día para otro, y el duelo no tiene cabida.

En su conjunto, toda esa montonera de documentos inunda a Ruth de una simpatía, compasión y apreciación que no recuerda haber sentido jamás por su madre. Desde la perspectiva del tiempo, solidificado sobre la alfombra persa de ese apartamento en Queens, su madre se ha convertido en un personaje literario de múltiples nombres (Marion, Mischi, Mischilein), en un espectro con una vida fascinante que su hija desconocía casi por completo. Le parece que ese retrato post-mortem derrocha inteligencia, sentido del humor y sensibilidad y Ruth le perdona a su madre todos los años de amenazas, sinsentidos y negatividad.

Ahora sí cree estar emocionalmente preparada para abrir la maleta. Ruth la coloca junto al ventanal para verlo todo con la mayor claridad y, aunque no sea muy de fotos, saca un par para el recuerdo, por el miedo que le da que se le deshaga en las manos. Se limpia las gafas, respira hondo, se sonríe y se anima a abrir el equipaje del Gripsholm, sabiéndose preparada para aceptar cualquier recuerdo o descubrimiento doloroso. La Historia la está mirando fijamente, y se siente poderosa ante ese equipaje en que su madre cargó sueños y suspiros en un largo trayecto en barco desde Liverpool a Nueva York. Durante unos instantes, Ruth no puede creer lo que contiene ese objeto valiosísimo que su madre lleva décadas atesorando; y le da un ataque de risa cuando por fin procesa que la maleta está llena de las decoraciones navideñas más horteras que ha visto en su vida.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
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El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas
San Francisco

San Francisco de la mano de Mark Twain

Introducción: Qué ver en San Francisco

¡Oh, San Francisco, mi paraíso! Una ciudad siempre animada, con tantas opciones de ocio. De hecho, yo fui muy feliz escribiendo en el periódico local sobre qué se cocía en esta urbe. ¡Qué tiempos! En San Francisco me trataron mejor de lo que merecía. Yo, Mark Twain, un mero sureño estadounidense, me llevé el mejor trato en este estado recién adherido al país. Hoy en día mis obras son de lectura obligatoria en todos los institutos de Estados Unidos, pero fue aquí precisamente donde comencé a hacerme famoso. Las gentes de orígenes tan diversos y los fuertes terremotos han configurado la estética de la ciudad, con una gran influencia de la arquitectura victoriana. Eso sí, yo hice más por San Francisco que cualquiera de sus otros residentes: ¡tanto será que la población se incrementó en 300.000 habitantes al poco tiempo de marcharme! La ciudad de la niebla, San Fran, Frisco… como quiera que la llamemos, es un lugar en el que todo el mundo quiere vivir grandes experiencias. ¿Vamos a dar un paseo?

1.-  Fisherman’s Wharf

Me encanta empezar nuestro paseo en el puerto de Fisherman’s Wharf, porque llegué a San Francisco en barco de vapor más de una vez. En el siglo XIX, en plena Fiebre del Oro californiana, muchos hombres llegaban de todo el país para enriquecerse. Qué digo todo el país, ¡de todo el mundo! Muchos pescadores italianos y chinos aprovecharon el crecimiento de la ciudad para ofrecer sus mercancías a los hambrientos trabajadores. Desgraciadamente, los edificios originales fueron destruidos en el famoso terremoto e incendio de 1906, que asoló la ciudad. La arquitectura actual es una mezcla de escombros y materiales nuevos, que se utilizaron para reconstruir el puerto. Desde aquí podemos ver dos de las atracciones más populares de San Francisco. ¡Si nos deja la característica niebla del lugar, claro! Al mirar al oeste, se ve el puente Golden Gate, el símbolo de la ciudad. Y hacia el norte se vislumbra la isla de Alcatraz, con su infame prisión, cerrada en 1963 y que ahora es un museo que se puede visitar a través de un agradable paseo en barco.

2.-  PIER 39

Hay que ver lo que sopla el viento aquí. ¡No se puede venir con ropa de verano! Desde luego, el invierno más frío que he pasado es un verano en San Francisco. Aunque hay temporada de lluvias, las temperaturas cambian poquísimo a lo largo del año: hay que dormir con un par de mantas finas tanto en verano como en invierno, sin necesidad de mosquitera. Ni siquiera hay que estar pendiente de la predicción del tiempo: basta con mirar un almanaque para saber qué día hará, pues la variación de un año a otro es prácticamente nula. Supongo que hay gente a la que le gustará este clima, pero a mí me parece muy monótono, la verdad. ¡Juro que rezaba por que hubiera algún relámpago de vez en cuando! A pesar del viento, este puerto sigue siendo muy popular hoy en día. Creo que tienen mucho que ver los simpáticos leones marinos, que viven desde 1989 en esos antiguos muelles de embarcaciones. ¡Cómo disfrutan de la brisa! ¡Y qué ruidos hacen! Son más divertidos que muchos humanos que conozco. Este lugar es perfecto para disfrutar de marisco fresco, comprar suvenires y realizar varias actividades con niños, como ir al acuario.

3.-  Musée Mécanique y USS Pampanito

Ya no quedan máquinas como estas; ¡qué divertido es este lugar! El Musée Mécanique es una colección privada con máquinas antiguas de videojuegos, de música y hasta de adivinar el futuro y la fortuna en el amor. Es tan ridículo como divertido. Por muy viejas que parezcan, aún se puede jugar. ¡La diversión está asegurada por un par de peniques! Seguro que tanto mayores como niños estarán encantados. También lo estarán con el USS Pampanito, un submarino que se encuentra atracado justo al salir por el otro lado del museo. Se trata de una embarcación utilizada en seis patrullas de la Segunda Guerra Mundial y que ahora es una atracción turística. Aunque dé un poco de claustrofobia, merece la pena visitar el submarino. Cuenta con una sala de radio, cuarenta y ocho literas y muchas cosas más. ¡Es increíble! Me da mucha pena que el ingenio humano se use tan a menudo para promover la guerra y no la paz.

4.-  El gran terremoto de 1906

Recuerdo a la perfección mi primer terremoto, aquí en San Francisco. Era una tarde apacible de domingo, las calles estaban vacías y de pronto todo comenzó a temblar. El suelo se movía como las olas del mar, de un modo violento, y vi cómo los edificios empezaban a derribarse. He de confesar que la sensación me pareció única y que lo disfruté mucho. Claro que en el gran terremoto, acontecido el 18 de abril de 1906, habría tenido mucho más miedo. Al fuerte terremoto le siguieron tres días de incendios por todo San Francisco, lo que destruyó casi por completo la ciudad, y murieron centenares de personas. Fue una barbaridad. Eso sí, la ciudad supo resurgir de sus cenizas, y a una velocidad de infarto. Se ayudó a las familias sin hogar, dándoles refugio, comida y tabaco. En unas pocas semanas, los modernos tranvías circulaban por las calles. En tres años, se erigieron unos 20.000 edificios, que conforman la actual ciudad, con una arquitectura que mezcla la estética victoriana y la moderna, con predominación de la madera y el ladrillo.

5.-  Calle Lombard

La sinuosa calle Lombard es una de las más famosas del mundo. ¡Y con razón! Decenas de turistas la visitan cada día para hacerse fotos con la calle de fondo. Tiene ocho curvas cerradas en solo 400 metros. Yo no llegué a conocerla, pero me habría encantado bajar por esta calle en automóvil o en bicicleta, rodando sobre su preciosa calzada roja rodeada de plantas florales y casas de estilo victoriano. La razón de su construcción repleta de curvas fue hacer que los peatones pudieran caminar por una calle tan sumamente empinada de un modo seguro. Y, además, se consiguió hacer de un modo muy estético. Aunque parezca mentira, hay calles aún más inclinadas. Y es que parte de la personalidad de San Francisco se debe a sus colinas. Son preciosas, sí, pero aquí hay que estar en forma o contar con un buen carruaje.

6.-  El barrio italiano

La avenida Columbus, que se extiende a un lado de donde estamos, le debe su nombre a uno de los italianos más famosos de la historia: Cristóbal Colón. Un gran número de inmigrantes italianos se instalaron aquí después del gran terremoto, con lo que la zona se convirtió en un pequeño barrio italiano. De hecho, contemplamos ahora la iglesia neogótica de San Pedro y San Pablo, también conocida como la catedral italiana del oeste. Más allá de la iglesia se puede ver la torre Coit, desde donde hay unas vistas preciosas de la ciudad. Hoy en día, la población italiana en esta zona es más bien anecdótica, pero aún se pueden disfrutar pizzas, capuchinos y pasta de gran calidad. Durante los años 50 del siglo pasado, por cierto, los revolucionarios escritores de la generación beat se reunían en los cafés de la zona. No me extraña que les atrajera tanto San Francisco. Sin duda, ¡es una ciudad muy inspiradora!

7.-  Pirámide Transamérica

Cuando se terminó su construcción en 1972, la Pirámide Transamérica se convirtió en el octavo edificio más alto del mundo. Hoy en día, es el rascacielos más emblemático de la ciudad. Mide 260 metros y tiene 48 pisos, ¡en mi época no había edificios tan altos! Se construyó teniendo en cuenta la peligrosidad sísmica de la ciudad, con un sistema que demostró su eficacia durante el terremoto de Loma Prieta, en 1989, cuando no sufrió ningún daño. Se encuentra en el Distrito Financiero de San Francisco, donde se concentran decenas y decenas de empresas, bancos, bufetes de abogados y otros negocios. Cuando California pertenecía a España y después a México, el Distrito Financiero se llamaba Yerba Buena y servía como puerto. En 1846, Estados Unidos ganó el territorio en la llamada Batalla de Yerba Buena sin que se disparara ni una sola bala y sin bajas ni muertos.

8.-  Edificio de ferries

De estilo neorrenacentista, el edificio de ferries es uno de los símbolos principales de la ciudad. Su gran torre con un reloj está inspirada en la Giralda de Sevilla y las arcadas, en el acueducto de Roma. Desde que abriera sus puertas en 1898, el edificio de ferries de San Francisco se convirtió durante décadas en la puerta de entrada de forasteros nacionales e internacionales, que llegaban en tren y en barco. Antiguamente había un puente peatonal delante del edificio, pero se desmontó en un intento desesperado de conseguir metal para armamento durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a su estructura de acero, resistió los dos grandes terremotos que asolaron la ciudad. Desde 2003, el edificio renovado ofrece comidas gourmet, un mercado de agricultores varios días a la semana y terrazas con unas preciosas vistas a la bahía. Es un espacio ciertamente encantador.

9.-  Calle Market

La calle Market tiene casi cinco kilómetros y va desde el edificio de ferries hasta las colinas de Twin Peaks, desde donde se puede disfrutar de unas vistas espectaculares de la ciudad. La calle Market es la arteria de la ciudad desde que se diseñó en el siglo XIX. Antaño, la calle estaba plagada de carruajes y tranvías, pero a partir de la década de los 60 del siglo pasado, se modernizó con el metro y los rascacielos. Mi hogar estaba por aquí, de hecho: a solo una manzana, subiendo por la calle Montgomery. Se trataba de un hotel de lujo, el Occidental, el mejor de la ciudad, que desgraciadamente fue destruido por completo en el terremoto de 1906. La revista literaria semanal The Golden Era tenía su sede aquí, por lo que el hotel atrajo a muchos escritores e intelectuales. Ya entonces esta zona me parecía un lugar de prisas y jaleo, y ruido… y confusión. ¡Veo que no ha cambiado mucho!

10.-  El barrio chino

El Chinatown de San Francisco es el barrio chino más antiguo de Estados Unidos y también es el que cuenta con la mayor población china fuera de Asia. Se trata de una comunidad con centros culturales, hospitales, servicios en mandarín y cantonés y celebraciones diversas, como el año nuevo chino. Recibe más turistas incluso que el Golden Gate. Los visitantes podrán sentirse como en una ciudad china, disfrutar de la comida más auténtica y comprar objetos de recuerdo. Cuando yo vivía aquí, en los años 60 del siglo XIX, me encolerizaba ver su situación, por lo que aproveché que escribía en un periódico local para denunciarlo. Y es que, para abaratar los costes de la construcción del ferrocarril transcontinental, contrataron a más de 10.000 trabajadores de China, que vivían en condiciones deleznables. Pero ¡ahora es maravilloso! Después del gran terremoto, los mandatarios quisieron reubicar a los ciudadanos chinos en las afueras. Sin embargo, la comunidad les plantó cara y consiguieron quedarse, aprovechando para construir edificios con una estética más china, como varias pagodas, un tipo de templo budista. Aquí tenemos la famosa Puerta del Dragón, la bonita entrada al barrio chino

11.-  Museo de arte moderno

San Francisco cuenta con muy buenas colecciones de arte. Una de las más destacadas es la del museo de arte moderno, conocido como el SFMOMA. El museo se inauguró en 1935 en otra calle y se trasladó aquí sesenta años después. Tras su cierre temporal durante tres años, en 2016 reabrió sus puertas con un aspecto renovado gracias a una expansión arquitectónica. Cuenta con una colección internacional de más de 30.000 obras de arte de los siglos XX y XXI, y se trata de un museo interactivo y muy innovador. De hecho, fue uno de los primeros museos en otorgarle a la fotografía el estatus de arte. Con obras de artistas como Kahlo, Warhol o Pollock, merece la pena visitarlo, desde luego. En mi época el arte no era tan diverso (ni tan raro). ¡Me resulta asombrosa la creatividad humana! También merecen una visita el museo judío y el centro de artes Yerba Buena, ambos a la vuelta de la esquina, en la calle Mission.

12.-  Plaza Unión

Esta plaza recibe su nombre en honor a los mítines en apoyo al Ejército de la Unión durante la guerra civil estadounidense. Este ejército, liderado por Abraham Lincoln,  fue el vencedor de la guerra. Pertenecía a los estados del norte, que defendían la unidad de todos los estados y tenían ideas más liberales, como la abolición de la esclavitud. Aunque yo estaba de acuerdo con estos valores, tuve que luchar en el otro bando, con el ejército de los Estados Confederados durante un aterrador segundo. Afortunadamente para la literatura universal, sobreviví. La columna que hay en medio de la plaza está dedicada al almirante George Dewey, una de las figuras principales de la inmediatamente posterior Guerra hispano-estadounidense.

Además, en las cuatro esquinas de la plaza hay esculturas de corazones, cuyos dibujos van cambiando regularmente, y que sirven para recaudar fondos destinados al hospital principal de la ciudad. Esta zona es ideal para los amantes de las compras y del lujo.

13.-  Tranvías en Powell y Market

¡Ahora sí que me parece que estoy en el San Francisco de mis tiempos! Aquí acaba y empieza la ruta de los tranvías y se ha mantenido el antiguo mecanismo para cambiar el sentido de la marcha. Así, cuando un tranvía llega a este punto, queda encajado en una plataforma circular giratoria y varios trabajadores le dan la vuelta empujándolo. El espectáculo desde luego es único: se trata del último lugar en el mundo en que se sigue manteniendo este sistema manual. ¡Me parece increíble! ¡Qué preciosidad! Aquí mismo se puede subir al tranvía para ir hacia el norte de la ciudad. El sistema de tranvías de San Francisco se inauguró en 1878 con veintitrés líneas, de las cuales solo quedan tres hoy en día. Aunque una parte de la población local aún lo utiliza, es un medio de transporte que sigue vivo gracias a los turistas. Y, a decir verdad, viene a las mil maravillas para moverse por esta ciudad tan llena de cuestas.

14.-  Biblioteca pública de San Francisco

En la biblioteca pública de San Francisco, tuve la oportunidad de leer unos cuantos libros fascinantes de mi estilo: humor inteligente. Fue en esta ciudad donde se me ocurrió realizar lecturas públicas de mis textos. A pesar de que mis amigos opinaron que nadie acudiría a verme leer, un editor me recomendó realizar un evento literario en la casa más grande de la ciudad y cobrar un dólar por la entrada. ¡Fue todo un éxito! Comencé a exhibir mis vestiduras por los sitios con más clase de la ciudad. La biblioteca a la que yo iba estaba en otro lugar, pero se destruyó en el terremoto de 1906, con una pérdida del 80% de las obras. Entonces se trasladó al edificio que justo vemos ahora al otro lado de la calle, pero que sufrió daños en el terremoto de 1989, y se reconstruyó como museo de arte asiático. Esto nos lleva a la biblioteca actual, esta, construida entre 1993 y 1995 al puro estilo Beaux Arts, con una fachada de granito blanco y una original claraboya en su luminoso interior.

15.-  Ayuntamiento de San Francisco

Como tantos otros edificios, el antiguo Ayuntamiento quedó totalmente destruido en el terremoto de 1906. El nuevo se construyó en estilo Beaux Arts, con una estructura de metal y una cúpula de unos 94 metros de altura. El interior está diseñado con elegancia y cuenta con elementos como bóvedas y columnatas. En la entrada, hay una estatua dedicada a Harvey Milk, primer hombre abiertamente homosexual en ser elegido para ocupar un cargo público en Estados Unidos y que fue asesinado aquí mismo en 1978. El arquitecto principal, Arthur Brown, Jr., también diseñó los edificios de la ópera, los veteranos y la torre Coit, entre otros. La construcción del Ayuntamiento nuevo se terminó justo a tiempo para la Exposición Universal de San Francisco, en 1915. Con esta exposición se quiso celebrar la inauguración del canal de Panamá, y además sirvió como excusa para demostrar la ágil capacidad de recuperación de la ciudad después del devastador terremoto. Hoy en día solo queda uno de los edificios construidos expresamente para la exposición, el Palacio de Bellas Artes, en el distrito de la Marina.

16.-  Ciudad multicultural

En esta zona hay varios edificios dedicados a la música, como la ópera, la filarmónica o el centro de jazz. ¡Mis ignorantes oídos disfrutaron de un sinfín de conciertos durante mi estancia! Hay opciones para todos los gustos, ya que nos encontramos en una ciudad con gentes de diversos orígenes. La mayor oleada de migración se dio a raíz del hallazgo de grandes cantidades de oro en California, el 24 de enero de 1848. Tan solo ocho días después, California pasó a formar parte de Estados Unidos. Al año siguiente, hubo una gran oleada de hombres toscos y barbudos y la población de San Francisco aumentó en un 2400%. La Fiebre del Oro trajo consigo tiempos de bonanza, whisky, peleas, fandangos, apuestas, testosterona y gran felicidad. La ciudad se fundó oficialmente en 1850. Ha habido desde entonces diferentes movimientos que han atraído a la gente. La oleada más reciente ha sido de trabajadores de tecnología, debido al boom empresarial en el Área de la Bahía de San Francisco. Esto ha encarecido muchísimo la ciudad y ha desplazado a la población más bohemia.

17.-  Las Damas Pintadas

Reciben el nombre de Damas Pintadas más de 48.000 casas construidas entre 1849 y 1915 en Estados Unidos. Su estilo arquitectónico inicial fue el victoriano, nacido durante el reinado de Victoria I del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Con inspiración en la arquitectura gótica inglesa, este movimiento se hizo popular tanto en el Reino Unido como en sus colonias. Al morir la reina en 1901, Eduardo VII del Reino Unido subió al trono. La arquitectura adoptó entonces el estilo eduardiano, inspirado en el barroco inglés y, por tanto, menos ornamentado. La Fiebre del Oro trajo opulencia a la ciudad, con inmensas casas por todo San Francisco. Las Damas Pintadas más famosas son estas, también llamadas «las Siete Hermanas», construidas entre 1892 y 1896. Originalmente, no eran tan coloridas: un artista comenzó un movimiento en los años 60 del siglo pasado para que la ciudad fuera más viva visualmente, lo que otorgó a las Damas Pintadas su aspecto actual. Desde este parque, Alamo Square, la vista de estas casas con los rascacielos de fondo es una de las más bellas y emblemáticas de San Francisco.

18.-  El movimiento hippie

«Si vas a San Francisco, recuerda llevar flores en el pelo». La canción San Francisco se convirtió en todo un himno en la década de 1960, porque representaba todo lo que estaba sucediendo en la ciudad. San Francisco se convirtió en el epicentro del movimiento contracultural, en especial esta calle, Haight, donde se mudaron unos 15.000 hippies en 1966, muchos escritores, artistas y cantantes. En 1967 se celebró el festival del Verano del Amor y más de 100.000 locuelos vinieron a la ciudad para disfrutar del ambiente que promovía valores como la paz, el amor libre, la compasión y la igualdad. Regalaban flores a la gente que pasaba, llevaban el pelo largo y ropajes de colores y tomaban alucinógenos. Cuando acabó el verano, muchos volvieron a sus estados de origen para fundar comunas y expandir el movimiento. A lo largo de esta calle aún quedan resquicios de la contracultura, con personas que mantienen el espíritu y tiendas donde se pueden comprar objetos y camisetas hippies, que no tienen ni punto de comparación con mi elegante traje blanco, todo sea dicho.

19.-  Castro

La bandera que hoy simboliza la diversidad sexual en todo el mundo se diseñó en San Francisco, considerada la ciudad más importante en cuanto a los derechos y la visibilidad del colectivo de gays y lesbianas. Una enorme bandera multicolor ondea en Castro, el barrio gay, y cuelga de muchas viviendas y negocios. En las décadas de los 60 y los 70 del siglo pasado, muchos homosexuales se mudaron al barrio y construyeron o remodelaron casas victorianas. Así, se creó un espacio seguro para el colectivo homosexual, oprimido históricamente, y esto llevó a una liberación única en el mundo, que sirvió como modelo para otras ciudades. Desde 1970, se celebra en Castro la Marcha del Orgullo de San Francisco, uno de los mayores desfiles en el mundo por la diversidad sexual. Durante más de un siglo, por cierto, el nudismo ha sido legal en San Francisco. Y aunque desde 2012 se ha restringido legalmente, esta zona sigue siendo nudista. Así que es habitual ver a gente desnuda paseando plácidamente por la calle. Conociendo esta ciudad, ¡no puedo decir que me sorprenda!

20.-  Misión de San Francisco de Asís

También conocida como Misión Dolores, la Misión de San Francisco de Asís es el edificio más antiguo de San Francisco. Entre 1769 y 1833, varios curas franciscanos españoles construyeron veintiuna misiones en todo el estado. El objetivo era evangelizar las colonias españolas, como California. La Misión de San Francisco de Asís, fundada el 29 de junio de 1776, es la séptima que se edificó. Las misiones se construían con muy pocos recursos y normalmente estaban hechas de adobe, una masa de barro y paja. Además, no había en realidad mano de obra cualificada, sino que recurrieron a nativos americanos esclavizados y entrenados expresa e improvisadamente en las tareas de construcción. Aunque con una estética sencilla, se consiguió emular el estilo arquitectónico de la época en España. Como buen ateo, yo no pisaba por estos lares, pero sé que en la propiedad hay una estatua del cura español de la época más célebre aquí, Junípero Serra, beato declarado póstumamente Apóstol de California.

21.-  Parque Dolores

San Francisco está construido sobre colinas de arena, pero… colinas de arena muy fértiles. Así, la vegetación es muy abundante. La ciudad cuenta con todo tipo de flores ciertamente excepcionales. Incluso tienen la flor más curiosa que hay, la del Espíritu Santo, que yo pensaba que solo crecía en Centroamérica. Es difícil de encontrar, ¡los californianos se pasan todo el tiempo arrancándolas! En este parque hay muchos amantes de las flores, que las llevan en el pelo, siguiendo el espíritu hippie de la ciudad. No se puede negar que el ambiente es excepcional, con toda esta juventud. En el parque Dolores se hacen picnics, se celebran conciertos y se ven unos atardeceres espectaculares. El parque está en un lugar con un gran peso histórico. Aquí vivieron los nativos americanos yelamu durante más de dos mil años hasta que los echaron los españoles, después de explotarlos para construir edificios sin pagarles ni un penique. También se alojaron en este lugar más de 1600 familias que se quedaron sin hogar a causa del terremoto y el incendio de 1906.

22.-  Edificio de las mujeres

Gracias a mi matrimonio con Olivia Langdon, conocí a abolicionistas, socialistas, ateos y activistas por la igualdad. Ella me enseñó a luchar por un mundo mejor. Esto es lo que hacen desde 1971 en el edificio de las mujeres, un espacio donde se les dan herramientas a las mujeres para mejorar sus vidas a través de la confianza en sí mismas y la fortaleza. Además, se hacen talleres y conferencias y se prestan servicios sociales. Como muchos otros edificios en el barrio de Misión, tiene un bonito mural en su fachada. El mural de MaestraPeace simboliza los logros de la mujer en la historia. Los precios de los pisos en este barrio se han incrementado muchísimo en los últimos años, debido a la llegada masiva de jóvenes. Además  de parar a disfrutar de los murales, Misión es el lugar ideal para comer o cenar. Lo más típico son los tacos, tanto por tratarse de una parte imprescindible de la gastronomía californiana, como por ser este el barrio mexicano. ¿Y qué mejor forma de acabar nuestro recorrido que llenándonos el buche?

[Guía diseñada y escrita por
Patricia Martín Rivas]

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Washington D. C. de la mano de Frederick Douglass

Introducción: Qué ver en Washington D. C.

Recorrer Washington D. C. significa viajar por los recovecos de la historia, pero a menudo la historia se suele narrar desde una sola perspectiva. Soy Frederick Douglass y nací con la condición de esclavo en 1818, con un nombre que elegí cambiarme cuando me convertí en hombre libre. También tuve que elegir que mi cumpleaños fuera el 14 de febrero, en un proceso de recuperación de la dignidad, de la cual los esclavos éramos despojados. Aprendí a leer y a escribir y, como sabía que no existe mejor arma que la cultura, eduqué a otros esclavos. Desde que conseguí escapar, luché por la igualdad, publiqué tres autobiografías, fundé periódicos, di discursos ante miles de personas y ocupé cargos públicos en Washington D. C., donde pasé los últimos veinte años de mi vida. Dame la mano y déjame hablarte desde una perspectiva histórica única sobre este maravilloso lugar, que ocupa mi corazón.

1.-  La Casa Blanca

Pennsylvania Avenue, 1600 es una de las direcciones postales más famosas del mundo, porque corresponde a la Casa Blanca, el hogar presidencial en los Estados Unidos. Así que, ¿qué mejor lugar para empezar nuestro recorrido por Washington D. C.? Inmediatamente después de la creación del distrito capital de Washington en 1790 como territorio neutral que no pertenece a ningún estado, el arquitecto irlandés James Hoban diseñó el edificio en estilo neoclásico. Todos los presidentes del país, incluido el primer presidente afroamericano, Barack Obama, han vivido en ella desde que John Adams se mudara en 1800. Los presidentes fueron incorporando a lo largo de los años muchas de sus zonas más emblemáticas, como el Ala Oeste o el Despacho Oval. Además de Casa Blanca, en mis tiempos la llamábamos de muchas formas, como palacio presidencial o mansión ejecutiva. De hecho, su nombre actual no fue adoptado oficialmente hasta 1901. Se habla a menudo de sus increíbles espacios, como sus 132 habitaciones, 35 baños, 28 chimeneas, bolera, cine, tiendas e incluso una consulta dental. Sin embargo, apuesto a que no sabes quiénes compusieron gran parte de la mano de obra. Efectivamente: esclavos negros. Sí, irónicamente la Casa Blanca está hecha con manos negras.

2.-  Manifestantes en la Casa Blanca

Algunas de las decisiones más importantes del mundo se toman en la Casa Blanca, por lo que tiene un gran protagonismo, para bien y para mal. Por ejemplo, los británicos la incendiaron durante la guerra anglo-estadounidense de 1812, por la que se disputaron algunos territorios canadienses, pero fue reconstruida ipso facto. También se convocan a menudo muchas manifestaciones frente al edificio. Llama especialmente la atención el campamento de la paz instalado de forma permanente frente al edificio, en contra del desarrollo de las armas nucleares. El activista William Thomas lo instaló en 1981 y permaneció ahí hasta su muerte, en 2009. Lo acompañaron más activistas, como la española Concepción Picciotto, que vivió en el campamento entre 1981 y 2016. Sus sucesores continúan con esta lucha, la protesta política más larga en la historia. Hay además diferentes leyendas sobre el espíritu de Abraham Lincoln vagando por la Casa Blanca, hasta tal punto que el propio Winston Churchill juró haber visto su fantasma en una visita al edificio presidencial. ¿Te importa si voy un momento a buscarlo para agradecerle que finalmente aboliera la esclavitud?

Manifestantes en la Casa Blanca

3.-  Museo Nacional de Mujeres Artistas

¡Oh, qué maravilla! ¡Un museo dedicado a valorar el trabajo de las mujeres artistas! En mi condición de defensor de los derechos de las mujeres, me quito el sombrero ante tal iniciativa. Ante el innegable abandono de las mujeres en las artes, el matrimonio Holladay se dedicó a coleccionar arte en femenino desde los años 60 del siglo pasado, pero la inauguración del Museo Nacional de Mujeres Artistas no llegaría hasta 1987. Se encuentra en el antiguo templo masónico de la ciudad, de estilo neorrenacentista. Su colección tiene un carácter interseccional, es decir, tiene en cuenta también a mujeres de grupos histórica y socialmente oprimidos. Ese mismo era mi caso: aunque mi principal foco era la opresión racial, estaba involucrado en otras luchas. De hecho, fallecí justo después de acudir a una reunión en el consejo nacional de mujeres, de un súbito ataque al corazón, el 20 de febrero de 1895. Mi multitudinario funeral se celebró en la Iglesia Episcopal Metodista Africana, a tan solo 15 minutos al norte de aquí. Pero prefiero no volver, que ¡me trae malos recuerdos!

4.-  Teatro Ford

A mí siempre me gustaron las artes; de hecho, cambié mi apellido por el de Douglass en alusión al protagonista de La dama del lago, célebre poema de Walter Scott. Cuando vivía en Washington D. C., me gustaba acudir a este famoso teatro. Se construyó en 1833 y cumplió la función de iglesia hasta 1861, momento en que el director de escena John Ford lo compró y lo transformó en el teatro que ahora es. Sin embargo, el principal motivo de su fama fueron los tristes acontecimientos ocurridos el 14 de abril de 1865. Aquella noche, el por aquel entonces presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln y su esposa, Mary, acudieron a ver la obra Nuestro primo americano. En un acto de venganza y de cobardía, justo después de la victoria de los estados del norte en la Guerra de Secesión, el actor John Wilkes Booth, simpatizante de los estados del sur, asesinó a Lincoln de un tiro en la cabeza. Dicen que el despiadado asesino gritó en latín «Sic semper tyrannis», es decir, «así siempre a los tiranos», las palabras que Bruto le dedicó a Julio César cuando lo mató. Sea verdad o no, desde luego resulta muy teatral.

5.-  Explanada Nacional

Estar aquí y observar lo que nos rodea implica mirar a la Historia a los ojos. Este parque nacional entre el Capitolio y el río Potomac es el más visitado en los Estados Unidos. A finales del siglo XVIII, George Washington contrató al ingeniero francés Pierre Charles L’Enfant para que lo diseñara, pero su construcción no se llevó a cabo hasta principios del XX. Por un lado, este parque presenta infinidad de monumentos, que nos transportan al pasado y nos brindan esperanza. Por otro, este es un lugar de reunión de las masas bien enfurecidas, bien hermanadas. Por el suelo que pisamos ha habido desde grandes manifestaciones por el cambio del statu quo, como la Marcha por el trabajo y la libertad en el verano de 1963, o la Marcha de las mujeres a principios de 2017, hasta celebraciones por los logros históricos, como la primera investidura de Barack Obama en enero de 2009. ¡Un presidente negro en los Estados Unidos! Qué pena no haber vivido para verlo.

Explanada Nacional

6.-  El Capitolio

El Capitolio, que alberga el congreso estadounidense, se empezó a construir en 1793, no mucho después de la Declaración de Independencia con respecto a Gran Bretaña, el famoso 4 de julio de 1776. Fue también Pierre Charles L’Enfant quien ideó el proyecto. Sin embargo, una vez empezado, se negó a aportar dibujos, alegando que el diseño estaba en su cabeza. Tras su despido y varios intentos frustrados de encontrar un sustituto, tomó las riendas el arquitecto, pintor e inventor William Thornton, con un diseño neoclásico. Cuando el gobierno británico llevó a cabo la quema de Washington en 1814, el edificio quedó tremendamente dañado. En su reconstrucción se agregó la rotonda, inspirada en el exquisito Panteón de Agripa, en Roma. Admiremos la cúpula: con 88 metros de alto, 29 de diámetro y un peso de 6400 toneladas; se trata de una estructura de hierro pintada de tal manera que parece piedra. Te recomiendo visitar el interior: yo podía pasarme las horas absorto en la contemplación de tal obra magna. Si entras, búscame en el centro de visitantes: desde 2013 hay una estatua mía ahí.

El Capitolio

7.-  Museo Nacional de los Indios Americanos

Las tareas de investigación y educación que desempeña el Instituto Smithsoniano incluyen una serie de museos, la mayoría en Washington D. C. Uno de ellos es el Museo Nacional de los Indios Americanos, que recoge la historia, la cultura, la literatura, las lenguas y las artes de los pueblos nativos de Norteamérica. Con esa tendencia tan tristemente común en el hombre blanco, los europeos masacraron a pueblos nativos americanos casi por completo cuando llegaron a estas tierras. Después de los errores del pasado, lo único que se puede hacer en el presente es rescatar la memoria para prevenir la repetición de estos hechos. Un trocito de mi historia está al sureste de aquí, al otro lado del río Anacostia: Cedar Hill, la casa en la que pasé mis últimos veinte años, algunos con mi primera esposa Anna, que era negra, como mi madre, y otros con la segunda: Helen, blanca, como el esclavista de mi padre. Por mi fama y mi hogar, me apodaron el Sabio de Anacostia y también el León de Anacostia. Pero mejor sigamos por otro camino: la añoranza por la felicidad pretérita me impide volver a Cedar Hill.

8.-  Museo Smithsoniano de Arte Americano

Este museo del Instituto Smithsoniano está dedicado a obras de artistas estadounidenses. Merece la pena explorar sus salas para conocer este país con una mayor profundidad, con joyas que van desde retratos coloniales y paisajes decimonónicos hasta obras abstractas y pinturas afroamericanas. Empápate de cultura, porque el conocimiento es el único camino desde la esclavitud hasta la libertad, real o metafóricamente. Yo aprendí a leer y a escribir, y conseguí manejar tan bien el arte de la oratoria que los norteños no podían creerse que hubiera sido esclavo. Me convertí en predicador de la iglesia metodista en 1839 y di infinidad de discursos abolicionistas. La cultura es importante, sí, muy importante… ¡Y la memoria! Cuando fallecí, mi esposa Helen luchó por que Cedar Hill se convirtiera en un monumento histórico. Gracias a ella, yo también formo parte de la memoria de esta ciudad, al igual que todos los artistas en el Museo Smithsoniano de Arte Americano. Este museo se encuentra, por cierto, en el edificio de la antigua oficina de patentes y comparte el espacio con la magnífica Galería Nacional de Retratos.

9.-  Museo Nacional de Arte Africano

No puedo evitar que este sea mi museo Smithsoniano favorito; y no solo por el contenido, sino porque sus orígenes tienen un gran valor sentimental para mí, a pesar de que el museo naciera en 1964, sesenta años después de mi muerte. Y es que comenzó sus pasos como institución privada en una casita en la que yo mismo había vivido un tiempo, en el barrio de Capitol Hill, aquí al lado. Tan solo quince años después pasó a formar parte del Instituto Smithsoniano y abrió sus puertas oficialmente en 1987. Cuenta con una amplísima colección con obras de todo el continente africano que van desde la antigüedad hasta la contemporaneidad. Quizás te hayas dado cuenta de que comparte características arquitectónicas con el edificio justo al lado. Se trata de la galería Sackler, especializada en arte asiático. Ambas construcciones se realizaron a la par, a mediados de los 80 del siglo pasado. Me enorgullece ver todo esto: cuando escapé de Maryland para convertirme en hombre libre no me habría imaginado que dedicaran un museo en la capital a mi gente. Qué maravilla.

10.-  Museo del Holocausto

Al contrario de lo que uno podría haber esperado, durante el siglo XX el mundo siguió enfermo de guerras y genocidios. El suceso más inhumano en occidente fue sin duda el Holocausto, culmen de la lacra antisemita que los siglos arrastraban. Con ese afán de conservar la memoria tan presente en esta ciudad, el presidente Jimmy Carter inició un proceso para compilar, organizar y presentar materiales sobre el asesinato de millones de judíos bajo el nombre de Holocausto. Estos esfuerzos se tradujeron a lo que hoy es este museo de entrada gratuita. Con una mezcla de los estilos arquitectónicos neoclásico, georgiano y moderno, el museo del Holocausto abrió sus puertas en 1993 y, en un acto especialmente simbólico, su primer visitante fue Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama. Sus visitantes podrán pasear entre recuerdos y atrocidades gracias a los objetos, fotografías, vídeos e incluso los angustiantes relatos de los pocos supervivientes que van quedando.

11.-  Monumento a Jefferson

Como es lógico, Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos y presidente del país entre 1801 y 1809, también tiene su monumento en Washington. Y es precioso: diseñado en 1925 con estilo neoclásico, se encuentra a orillas de la cuenca Tidal, componiendo una estampa de ensueño. Jefferson fue el tercer presidente de los Estados Unidos y se encargó de redactar la Declaración de Independencia de aquel 4 de julio de 1776, fecha que se celebra por todo lo alto cada año en esta ciudad y en todo el país en general. Esta celebración se me antoja, sin embargo, como ampulosa, fraudulenta, decepcionante, irreverente e hipócrita, porque tapa los crímenes de una nación de salvajes. Jefferson clamaba estar en contra de la esclavitud, pero no hizo nada para destruirla, y desde la Declaración de Independencia hasta la Proclamación de Emancipación, por la cual se abolió la esclavitud, pasaron casi cien años. Jefferson veía la esclavitud como contranatural y defendía la libertad individual de cada persona, algo muy radical para su tiempo, pero las palabras se las lleva el viento…

12.-  Memorial a Franklin Delano Roosevelt

Franklin Delano Roosevelt ocupó la presidencia entre 1933 y 1945, con el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, con lo que el presidente ganó en popularidad. Además, implantó el sistema social y político de corte liberal que caracteriza al país aún hoy en día. Todo ello lo hace merecedor de este monumento. Además de algunos elementos habituales en este tipo de obras, como citas célebres, una estatua de la primera dama o escenas políticas, hay partes que seguramente te llamen la atención. Por un lado, la estatua principal del presidente, sentado, está acompañada de otra de un perrito, Fala, la adorada mascota presidencial. Por otro lado, en la entrada hay una estatua de Roosevelt en silla de ruedas, ya que fue el primer presidente con una discapacidad física, lo cual supuso la instalación de rampas en la Casa Blanca. Como curiosidad, su tío y también presidente Theodor Roosevelt invitó durante su mandato, concretamente en 1901, al portavoz afroamericano Booker T. Washington y a su familia a cenar. El hecho levantó tal revuelo entre los sectores más conservadores que no se invitó a ninguna otra persona negra a cenar en la Casa Blanca durante treinta años.

13.-  Parque y río Potomac

Los europeos que llegaron a los Estados Unidos arrasaron con todo, ocuparon los terrenos y masacraron y discriminaron a los nativos americanos. Aunque poco, queda una herencia de lo que resistió a la invasión blanca, como es el caso de ciertos topónimos, entre ellos Potomac, que significa «algo traído» en una de las lenguas algonquinas. Con una existencia de unos dos millones de años, el río Potomac ha presenciado la Historia, desde el paso de los diferentes pueblos nativos americanos que tuvieron la necesidad de sus aguas, hasta las batallas de la Guerra de Secesión que se libraron a sus orillas. Hoy en día, abastece con casi dos mil millones de litros de agua diarios al área metropolitana de Washington. El parque homónimo comprende varios monumentos y tiene hermosos parajes, como el cerezal, especialmente bello en los albores de la primavera. El parque es ideal para pasear cualquier día, en una huida del cemento siempre reconfortante.

14.-  Monumento a Martin Luther King

A pesar de los problemas raciales que aún persisten en Estados Unidos, es evidente que el país ha mejorado muchísimo desde la llegada de los primeros esclavos en 1619 hasta ahora. Quién nos diría a los esclavos de entonces que en la capital se erigiría una estatua de tal envergadura dedicada a un afroamericano. King fue el líder del movimiento de los Derechos Civiles, que, a través de la no violencia y la desobediencia civil, buscó acabar con la discriminación y la segregación racial. La lucha culminó en la Ley de Derechos Civiles de 1964, a través de la cual se prohibió la discriminación por raza, sexo, color, religión y origen. Este monumento se inauguró en 2011 y está compuesto por una estatua de Martin Luther King de más de 9 metros de altura y por frases sacadas de sus distintos textos y discursos. Me encanta la que dice: «Dedícate a la humanidad. Comprométete con la noble lucha por la igualdad de derechos. Mejorarás como persona, harás que tu nación sea más grande y contribuirás a crear un mundo mejor.» ¡Se me pone la piel de gallina!

Monumento a Martin Luther King

15.-  Monumento a los veteranos de la guerra de Corea

En 1950, dos años después de la división de Corea con una polémica frontera, Corea del Norte invadió Corea del Sur, lo cual dio inicio a un conflicto que duraría tres años. Como en otros muchos conflictos bélicos internacionales, los Estados Unidos intervinieron, como fuerza principal de las Naciones Unidas, en apoyo a Corea del Sur. China y Rusia, por su parte, se situaron en el bando de Corea del Norte. Finalmente, se firmó el Acuerdo de Armisticio de Corea para no continuar el conflicto, pero no un acuerdo de paz, con lo que técnicamente las dos Coreas siguen en guerra a día de hoy. En este escenario, el monumento que tienes delante se inauguró en 1995 en honor a los soldados estadounidenses que lucharon en esta guerra, de los cuales más de 36.000 perdieron la vida. Cuenta con un muro que representa escenas bélicas y con 19 estatuas en un terreno hostil, que componen un escuadrón de patrulla en plena acción. El realismo de la obra da escalofríos, ¿no te parece?

16.-  Estanque reflectante del monumento a Lincoln

Este es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad: ha sido escenario de grandes películas, como Forrest Gump, y a sus orillas han sucedido muchos de los acontecimientos históricos de Washington D. C. Por ejemplo, en 1939 a la artista Marian Anderson se le negó la posibilidad de cantar en una famosa sala de conciertos por el hecho de ser afroamericana, por lo que su espectáculo se trasladó aquí y asistieron más de 75.000 personas. Martin Luther King, Obama…: este lugar tiene una gran relevancia para mi pueblo. Aunque, yo no lo conocí tal cual, claro, ya que me mudé a Washington D. C. en 1877 para trabajar en el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos, y este estanque reflectante se construyó casi cincuenta años después. Aun sin este mágico estanque de más de 600 metros de largo, me encantaba dar paseos por aquí después del trabajo.

17.-  Monumento a Lincoln

El monumento a Lincoln se construyó entre 1914 y 1922 con piedras de diferentes regiones de los Estados Unidos, en honor a la lucha del presidente por la Unión. El exterior tiene 36 columnas dóricas, una por cada estado que componía el país cuando Lincoln fue asesinado, los cuales también están representados en el friso. El sobrio interior alberga la imponente estatua de Abraham Lincoln, con 18 metros de altura. He de confesar que tengo sentimientos encontrados respecto a Lincoln, porque fue el presidente del hombre blanco: en un principio solo pretendió frenar la esclavitud, pero le costó dar el paso para erradicarla. Aunque compartiera los prejuicios de los hombres blancos hacia los negros, sé que en lo más profundo de su corazón odiaba y aborrecía la esclavitud. Lo importante es que finalmente actuó, y el 1 de enero de 1863 anunció la liberación de todos los esclavos en los Estados Confederados de América a través de la Proclamación de Emancipación. Cien años después, Martin Luther King pronunció desde aquí su famoso discurso «Yo tengo un sueño» delante de las 250.000 personas que asistían a la Marcha por el trabajo y la libertad. Qué no habría dado yo por presenciarlo.

Monumento a Lincoln

18.-  Monumento a los Veteranos de Vietnam

La participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam fue fuertemente rechazada por la sociedad. Esta guerra entre fuerzas comunistas y anticomunistas se libró entre 1955 y 1975. Estados Unidos se involucró más y más, por lo que desde 1964 hubo protestas pacifistas durante varios años, muchas de ellas en la capital. Esto fue de la mano de otros movimientos, como la lucha por los derechos civiles y por la igualdad de género. Este monumento de 8000 metros cuadrados está compuesto por una escalofriante lista con los casi 60.000 caídos estadounidenses de la guerra de Vietnam. Los nombres junto a un rombo representan a los muertos en combate y los que van seguidos de una cruz, a los desaparecidos en combate. Aún a día de hoy se agregan nombres al muro y varias veces se ha conmemorado a todas las víctimas leyendo sus nombres en voz alta, tarea que dura tres días. Este monumento me deja sin palabras, así que parafrasearé a Martin Luther King: «Si el alma de Estados Unidos se envenena por completo, parte de la autopsia ha de decir “Vietnam”».

Washington DC

19.-  Monumento nacional a la Segunda Guerra Mundial

El monumento nacional a la Segunda Guerra Mundial se inauguró en 2004 en una ubicación polémica, por ocupar un espacio históricamente destinado a las manifestaciones. Con 56 pilares de granito organizados en forma ovalada, el monumento está dedicado a los dieciséis millones de estadounidenses que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Cada una de las más de 4000 estrellas doradas en uno de los muros simboliza a 100 caídos. En otros muros hay citas de personajes históricos y relieves que conmemorar diferentes batallas. Seguramente te sorprendan los dos grafitis que rezan «Kilroy was here», o sea, «Kilroy estuvo aquí», y que parecen no acompañar el espíritu del conjunto. Se trata de un elemento de la cultura popular que los soldados de la Segunda Guerra Mundial usaban como código. El Museo del Holocausto, estrechamente relacionado con este monumento por el mérito estadounidense a la hora de liberar a los judíos, está muy cerca de aquí.

20.-  Monumento a Washington

Uno de los monumentos más destacados de la Explanada Nacional es sin lugar a dudas el obelisco dedicado a Washington, el primer presidente de los Estados Unidos. Lo curioso es que el monumento se concibió antes de que Washington se convirtiera en presidente, ya que era el comandante en jefe del Ejército Continental, es decir, el ejército formado a raíz de la Guerra de Independencia. No puedo decir que le tenga demasiada estima a Washington, el «padre de los Estados Unidos»: con tan solo once años se convirtió en dueño de varios esclavos y luego fue comprando más con el paso del tiempo. El matrimonio Washington llegó a tener más de cien esclavos, que él pidió liberar en su testamento cuando ella falleciera. ¡Ja! ¡Qué generosidad! Como verás, quienes han configurado esta patria son puramente hombres blancos, algo que repercute irremediablemente en los tiempos presentes. Hay que conocer y reconocer las consecuencias de la historia… Y es que nadie puede poner una cadena en el tobillo de su prójimo sin tener el otro extremo alrededor de su cuello.

21.-  Despedida

Aún queda un largo trecho para conseguir la igualdad de las personas, pero me siento lleno de esperanza con la evolución de este país desde mis tiempos hasta el presente. ¡Quién lo habría adivinado! Dediqué mi vida a mejorar esta nación, y mi labor fue tan importante que hay parques, barrios, calles y colegios con mi nombre, mi figura aparece en canciones, libros, películas y hasta videojuegos, e incluso en abril de 2017 se acuñaron monedas con mi rostro. Me ha encantado recorrer la ciudad contigo, emocionarnos juntos y comprobar que, a pesar de todo, soplan vientos favorables. He de dejarte para que sigas descubriendo otros rincones, quizás mi casa en Anacostia o el animado barrio de Adams Morgan. Sigue empapándote de la historia de la capital y recuerda que sin lucha no hay progreso, así que no puedo marcharme sin decirte: ¡Revélate! ¡Revélate! ¡Revélate!

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Onirismo

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Al fin y al cabo, Keza lleva ya un tiempo practicando la omnipresencia: añadir otra ciudad a la lista no tiene por qué cambiar nada. El sábado arranca con una entrevista de trabajo por Zoom, que le había dicho a Ganza que acabaría a las doce como mu-chí-si-mo, pero ya han pasado tres cuartos de hora desde el mediodía y la muchacha sigue ahí, con la lengua embadurnada de sus escarceos curriculares como ingeniera informática, el desparpajo que la caracteriza y augurios de mudanza: si la eligen, llegará a Seattle, Washington, en seguida, sí, sí, ningún problema, si me pilla cerquísima, no hay nada que me ate. 

Sin pretensiones de cotillear, Ganza no puede evitar escuchar de fondo cada promesa de Keza y le entristece el mero hecho de pensar en su partida. Intenta centrarse en la cocina: ya tiene preparadas desde hace un buen rato las mimosas (se van a aguar), las tortitas (se van a enfriar), la fruta (se va a oxidar), las bolas de helado (se van a derretir). La paciencia se le está consumiendo, pero sabe que se trata de una gran oportunidad laboral para ella, pero no quiere que se marche de Nebraska, pero en realidad son menos de cuatro horas en avión, pero él tampoco es que se pueda mudar ahora, pero no tendrá problema para encontrar algo allí como ingeniero eléctrico cuando esté libre, pero ojalá se quede, pero cuelga ya, copón, pero.

Cuando Keza termina, se nota que la entrevista la ha dejado exhausta, pero se recupera con ese brunch aguado, frío, oxidado, derretido y lleno de amor que le ha preparado su Ganza. Ninguno menciona los desperfectos culinarios y disfrutan mucho de ese comienzo de fin de semana cumpleañero, a pesar de los incesantes soniditos de notificaciones, que Keza ignora, pero que enervan a Ganza, con tanto bip-bip-bip, bip-bip-bip. Keza no se molesta en mirar el móvil: a las nueve de la noche en África central, sus tías por fin han aparcado el ajetreo diario y le mandan recomendaciones en forma de fotos y memes y vídeos y textos de copia-pega con kilómetros de faltas de ortografía sobre cómo lavarse las manos, los beneficios de comer carne, los robots antiepidemia en los hospitales, los maleficios de la delgadez, los horrores de los vestidos demasiado cortos. Y también envían selfies, muchos selfies, todos los días, con luces y perspectivas que resaltarían inevitablemente cualquier papada de cualquier tía. No todas son sus tías-tías: en Ruanda, cada bebé crece en el seno de la comunidad, consanguinidad mediante o no, y las mujeres que se involucran en la crianza derrochan una generosidad vestida consejos ad æternum, por mucho que una ya tenga una edad. Las tías-no-tías con WhatsApp son el antónimo de silencio.

A pesar de las truculencias del bip-bip-bip, la mezcla explosiva de champán y vitamina C los empieza a poner mimosos, pero enseguida llega una llamada interruptus. Ganza le pide que no lo coja, anda, que tu cumpleaños no es hasta mañana, pero sabe de sobra cómo funcionan esos paquetes de veinticuatro horas de llamadas e internet en su patria: si no contesta ahora, igual no hablarán hasta dentro de una o dos semanas.

Es la madre de Keza. Ya sabes, chitón. Que no podía esperar a mañana, que qué tal por Maine, que muy bien, muy bien, tranquila, que si por aquí todo como siempre. Las conversaciones con mamá rozan lo soporífero, y más ahora que se ha hecho a la narración desde el embuste —antes, al menos, las verdades a medias la llenaban de adrenalina—. Le cuenta qué estaría haciendo en Maine y reproduce su día en Nebraska, cambiando un poquito de escenario, imaginándose confinada en soledad en aquel apartamento que lleva semanas sin pisar. Ya no se pone nerviosa cuando hablan, porque está cómoda en la acolchada mentirijilla piadosa: por si mamá llama hoy —como en Ruanda es invierno, siempre pregunta si hace frío—, tiene la costumbre de revisar cada mañana el clima de la ciudad donde paga el alquiler pero que no pisa desde marzo. 

A Keza le parece normal no contarle toda la verdad sobre sus amoríos, aún tiernos, inciertos, frágiles, pero mentir sobre la situación meteorológica le parece el sumun de la sinvergonzonería, porque sería negar la naturaleza. Sentir la piel de Ganza también forma parte de la naturaleza, pero sucede en un recoveco, y no en el absolutismo del sol y el viento. Como jamás le haría eso a su madre, en Omaha, Nebraska, siempre se viste según los dictámenes atmosféricos de Portland, Maine, para mantenerse fiel a la mujer que le dio la vida, aunque eso implique algún achicharre ocasional. Total, según los meteorólogos, ambas presumen de un clima continental templado, así que por qué poner el grito en el cielo por nimiedades de seis u ocho grados.

Keza cambia de tema en cuanto puede: todo bien por aquí, todo igual, como siempre, como siempre, nada nuevo, tú qué tal. La vida en Ruanda ha pegado un cambio con el virus, claro, y al principio le despertaba interés conocer los pormenores, pero ahora ya las novedades se visten de antigüedades: los negocios familiares siguen luchando por mantenerse a flote, la gente se arremolina sin mascarillas ni remordimientos en las motos y en la iglesia y la mayoría de personas viven al día. A papá le gusta pensar que está salvando la situación porque saca algo de dinero de aquí y allá, en esos negocios en los que siempre está enredado y que Keza y el resto de hermanos desconocen. Mamá desenreda: no se dedica solo a las tareas de casa —eso es de ricas—, sino que trabaja en la compañía de gas, tiene ahorros y le hace pensar a su marido que sí, que sí, que sin ti no saldríamos adelante. Nada nuevo bajo el sol, excepto el trasfondo vírico.

Sus padres no están muy al tanto de lo que pasa en Estados Unidos —papá no está al tanto de nada, para qué engañarnos: nunca llama—. Saben lo de la esclavitud pretérita y para de contar: no tienen ni la más remota idea de las injusticias actuales. Jamás han oído nombrar a George Floyd —ni mucho menos a Breonna Taylor— y Keza tampoco les cuenta nada sobre #BlackLivesMatter ni sobre las protestas en todo el país. ¿Para qué? ¿Para preocuparlos? Todo bien, mamá; como siempre, mamá.

La madre conoce lo básico: que Keza trabaja desde casa —¿casa?: «casa»—, que hace algo con ordenadores, algo, que Ganza existe, que obviamente es tutsi, que hoy no ha llovido. No necesita saber nada más: adentrarse en los intríngulis de las vidas de las hijas está sobrevalorado. 

Keza lo mencionó una vez hace meses, un amigo, y luego no soltó ni prenda cuando se mudó a dos mil quinientos kilómetros para sobrellevar la incertidumbre pandémica en la casa de aquel muchacho al que tampoco conocía tanto. Antes procuraba colocarse siempre delante de muro blanco, para no despertar sospechas, pero poco a poco ha conseguido pergeñar una reproducción del salón de su piso en Maine, un escenario diseñado a golpe de clic, tan perfectamente idéntico que Keza se mueve por él, videollamada en mano, con una mezcolanza de comodidad y repelús. No sabe por qué se ha molestado tanto; total, qué más da: al final sus conversaciones se componen de píxeles, ecos, repeticiones y ¿qué, qué, qué? 

Hoy la mentira se le está haciendo bola, pero al final se las apaña: se inventa un cumpleaños paralelo, en Maine, donde sí que vive su hermana, y le cuenta a su madre los planes que harán juntas con todo lujo de detalles y se embarulla y embarulla en el embuste y ella misma se imagina a la perfección hasta el color del confeti inexistente de su celebración imaginaria.

Cuelgan y tanta trola le deja un mal sabor de boca. Da igual: seguirá ocultando su ubicuidad y hablará sobre el clima, le hará luz de gas a su madre sobre cualquier extrañeza fruto del despiste en el mobiliario y se armará de paciencia una vez más (y otra y otra) para explicarle a su madre cómo activar la cámara delantera.

Keza está encantada. Le tiene un cariño tremendo a Ganza, tremendo, pero ha de ser un secreto todavía, porque ha crecido escuchando «no te eches novio hasta que no te cases» o «esconde a tu prometido de tu padre hasta la boda». Y eso hace, lo omite, lo separa del universo que comparte con su madre. Al verbalizar una realidad imaginaria en la que está soltera y confinada en soledad, sin darse cuenta ha creado una doble vida que domina cuando está despierta, pero que se solidifica en sus pesadillas.

Apenas si llevan seis meses saliendo, pero para Ganza este fin de semana es el más especial del año. Le da su primer regalo: una cena sorpresa con amigos en la terraza de ese restaurante africano en el centro, su favorito de la ciudad. La velada empieza con guantes, mascarilla y besos al aire y acaba inevitablemente con fotos sin distanciamiento social y chinchines con copas baboseadas. La guinda a una noche perfecta la pone el segundo obsequio, que emociona a todos los comensales: unos trajes tradicionales ruandeses con estampados a juego, que la pareja se enfunda en un periquete en el baño, que les da un aire aún más fuerte de tortolitos y que acabarán manchando de brindis y carcajadas.

Duermen en cucharita, sin quitarse esa ropa con lamparones, en un gesto de amor improvisado, silencioso y envolvente. Keza vive en el centro del país, paga el alquiler de su piso vacío en la costa este y tiene las miras laborales en la costa oeste. A veces se pierde en sus pensamientos noctívagos cuestionándose la corporeidad de su existencia, pero hoy se adormece en el convencimiento absoluto de que su hogar verdadero converge en este abrazo secreto.

Despierta desde el placer de un masaje en los pies, de millones de besos conmemorativos y del olor a café y a las sobras recalentadas de la cena. Keza se despereza y observa los trajes que ahora conforman su unidad como pareja, y se siente dichosa y tranquila. Su propósito de hoy, la calma: nada de correos de trabajo ni de competiciones sobre quién dobla la colada más rápido.

Aunque los domingos acostumbran a comenzar el día comentando la actualidad con las bocas llenas de soluciones y desayuno, Ganza intenta hablar de banalidades y cambiar el rumbo de la conversación cada vez que sale el tema, porque hoy es un día alegre, mejor hablemos de otra cosa, que hoy querías relajarte, ¿no? Pero Keza argumenta que no puede haber nada más valioso en su cumpleaños que la palabra, su único poder, de hecho: como residentes temporales en Estados Unidos, no pueden ir a manifestaciones, ya que cualquier sombra política en la que se involucren podría acabar fácilmente en una deportación. Por no poder no pueden ni siquiera caminar en su propio barrio residencial de noche, porque quedan a la merced de que cualquier vecino blanco los considere sospechosos y llame a la policía. 

Les encanta que el sistema se tambalee, pero les toca resignarse a vivirlo desde una lucha sombría y castrada y refugiarse en hablar de lo que ocurre a su alrededor, ver vídeos de la brutalidad policial, remover conciencias en internet desde seudónimos, consumir en negocios afroamericanos y africanos. Su trinchera la conforman esos pequeños gestos. Quieren ayudar y participar, porque también han arado durante años parte de su historia en esta tierra, aunque no tengan pensado quedarse aquí para siempre, en este lugar con tantas oportunidades como desprecio, que ha dibujado sus identidades desde una perspectiva que jamás los rozó en Ruanda. Ambos rechazan desde las entrañas cualquier posibilidad de tener hijos en un lugar donde el mero hecho de ser una persona negra equivale a estar en peligro constante.

Pero por ahora no ven ningún motivo para volver a Ruanda: sus trayectoria profesionales van viento en popa, cada uno de sus hermanos está en un país distinto, todos sus amigos han emigrado y se tienen que gastar cientos de dólares en regalos cada vez que van de visita. Cuando vuelvan, en el futuro, será para abrir su propio negocio, pero su presente está en algún lugar de la vastedad estadounidense. Mejor no manifestarse, no.

Tiene razón Ganza, es mejor no pensar en ello: olvídalo, da igual, que el plan para hoy consiste sumirse en la relajación más sublime. Pero durante la sesión de manicura y pedicura, Keza se acuerda del gas pimienta que la policía lanzó en la manifestación del jueves pasado; en plena película de matiné, le viene a la mente el comentario racista que le soltó aquel hombre por la calle hace un par de semanas; y hasta al leer un libro —con esa incesante sinfonía de bip-bip-bip de fondo—, se refuerza en la idea de que la gente solo escucha cuando hay revueltas y le apena no poder acudir.

Solo al cocinar juntos la cena especial de cumpleaños —isombe, ubugali y waakye—, Keza se sume por completo en el fulgor de la ternura que le ha regalado el confinamiento y observa a Ganza remojando las hojitas de zahína. Se olvida de Seattle y de Portland y su presencia se enraíza por completo en Omaha, y la escena irradia tanta belleza que se convierte en óleo sobre lienzo: la amalgama de colores, la luz perpendicular que divide el rostro de su chico, las sombras que dramatizan la col y los tomates, la perspectiva aérea dada por aquel sfumato de harina de yuca.

Interrumpe el bodegón una llamada y, en cuanto descuelga, Keza siente de sopetón de que mamá ya no vive en la ignorancia. Se siente ridícula, minúscula, insignificante. No sabe cómo lo sabe, pero lo sabe. Una corazonada, qué quieres que te diga, chica. El pensamiento dura el lapso de un segundo —¿se lo cuento o no?—, pero enseguida vuelve a fingir verdades, agradece la felicitación y se centra en las preguntas entrecortadas con respuestas certeras: no, mamá, nada de frío, nada, hoy hace un tiempo de lujo aquí en Maine.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Atmósfera

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Jamás se había presenciado una tormenta de tal magnitud en el seco verano de Kilstonia. Qué raro que llueva con tanta furia en esta parte de Oregón: tan solo esta mañana, el cielo estaba tan despejado que Vera ha visto con claridad desde la ventana cómo un castor estaba en medio de la isla poniéndose morado a sauce. El sauce del Vera. La mujer ha saltado de la cama de un brinco, como si no tuviera ochenta y un años ni le acabaran de operar de un pie, ha agarrado su rifle calibre 22, ha abierto la cerradura del balcón, ha esperado unos instantes para no alborotar al bicho, ha empujado la puerta lentamente, ha colocado el arma sobre la barandilla para evitar cualquier temblor inesperado, ha guiñado un ojo, ha dicho entre dientes «ya te tengo, cabronzuelo» y lo ha hecho añicos, convirtiéndolo en otro de los testigos de su excelente puntería. 

Ya que estaba, ha aprovechado y se ha cargado a dos nutrias que pasaban por ahí, que son una especie exótica invasora y no pintan nada por esos lares —el castor, bueno, es el animal del estado, pero tenía que haber pensado en conservar el honor antes de hincar esos dientecillos en su sauce—. Reventar esos animales la ha llenado de paz. Vera ya tiene bastante con aguantar que las ocas caguen alrededor de todo el lago, que los pájaros le picoteen el maíz y que los ciervos invadan el jardín si se le olvida cerrar la valla. Qué mañana más gloriosa.

Aquella dicha se ha visto rota cuando Vera ha recordado que el puente está en obras y que dejar a los animales ahí mirando al cielo podría traer un hedor insoportable en unos días, porque no hay manera de saber a ciencia cierta si aparecerá pronto un buitre o un halcón. Normalmente le habría pedido a Steve que se encargara de recoger aquellos animalejos inertes, pero su santo esposo también estaba inerte, y al final ha decidido que le costará menos hacerlo ella misma en un momento que estar rogándole todo el día. Total, sabía de sobra que no iba a tardar nada: se ha recogido los canos cabellos en una coleta, ha agarrado la barca, ha remado los diez metros que separan la tierra de la isla, ha enganchado a las bestias por el pescuezo y, ya en tierra firme, las ha tirado al bosque para que se las meriende un zorro, un lince, un puma o cualquier otro carnívoro que les tenga aprecio a esos asquerosos seres.

Cuando ha vuelto al caserón de mil metros cuadrados, imponente en medio del esplendor natural que lo rodea en todas direcciones, Steve ya estaba impaciente por dar el paseo matutino habitual hasta el buzón para recoger cartas y el periódico, en lo que ahora es su único contacto con la civilización. Cuando se ha enterado de las correrías de Vera, ha decidido algo inusual: en caso de que se cruzaran con algún animal hambriento que hubieran podido atraer las víctimas de su esposa, llevaría el cuchillo de caza con el que solo se arma en las caminatas nocturnas.

Volviendo de aquel paseo bajo el cielo azul, Vera ha sentido un dolor agudo y repentino en las sienes y le ha dicho a Steve que amenazaba tormenta, pero él ha soltado un no como una catedral en ese impulso marital que siempre la desespera. Bueno, que piense lo que quiera, tiempo al tiempo. La mujer no se ofusca con negatividad, porque andar por los caminos de esos ciento sesenta mil metros cuadrados que componen sus tierras le quita todos los males: siempre había soñado con tener un bosque, y ahora Kilstonia le ofrece mucho más que eso.

Como cada mañana, la pareja ha hecho el crucigrama del New York Times, codo con codo, con la adrenalina que da el café mezclado con las soluciones para los acertijos más rebuscados. A la mujer le ha extrañado que la araña Lidia no estuviera en la cocina, pero no se lo ha tomado como un mal presagio. Lo que sí ha levantado sus sospechas es que, durante las horas y horas que ha pasado apañando el jardín, no ha podido divisar ni un solo arácnido entre las margaritas, las rosas, los delfinios, las milenramas, los lirios, las malvarrosas o las aguileñas, y eso que los ha buscado concienzudamente porque, según la tradición en la que se enraízan las bases de su imaginario aprehendido en la colonia checa de Baltimore en la que creció, las arañas traen buena suerte.

Esta misteriosa desaparición le ha causado un escalofrío, que se ha intensificado con los nigérrimos nubarrones que acechaban por el oeste, fundiéndose con las copas de las decenas de pinos que rodean la casa. Lo ha solucionado abrigándose con su sudadera favorita, que reza «Mi cuerpo es un templo (antiguo y en ruinas)» y ha seguido afanada en sus maravillosas flores, donde las abejas hoy no se rebozaban, juguetonas, para embadurnarse de néctar. Ha exclamado en un respingo «¡Ježíš Marjá!», porque si jura, las palabrotas le brotan solo en checo. Se ha obcecado con tanto ahínco en encontrar arañas, que no se ha dado cuenta de la falta absoluta de insectos. Ha afinado el oído: no parecía haber cantos de pájaros tampoco. Y ha sacudido la cabeza durante un buen rato: Ježíš Marjá, ježíš Marjá.

La curiosidad pesaba más que cualquier preocupación, pero, como no existe nada que interrumpa sus costumbres y, a las cuatro de la tarde, se ha sentado en el invernadero con su libro —ahora está sumergida en el mamotreto Historia del Imperio persa—, un vino blanco con gaseosa —que le ayuda a relajarse— y un bol con patatas fritas que iba partiendo en pedacitos más y más pequeños para dilatarlas en el tiempo, de tanto que le gustan —algo que le enseñó su hermano de niña—.

Es entonces cuando ha comenzado la tormenta, con un violento granizo que ha golpeado los tragaluces con tal fuerza que Vera ha quedado aturullada durante largo rato y se ha ido dando tumbos hasta su habitación para echarse la segunda siesta de aquel día extrañamente oscuro de finales de junio.

Ahora, la pareja de ingenieros aeroespaciales jubilados está cocinando tranquilamente, pero la tormenta y el dolor de cabeza continúan. Vera le regala amor al goloso Steve con la mejor repostería, pero hoy solo quiere hacer algo rápido, irse a la cama y dormir toda la noche del tirón. La voz melosa de Steve y la calmada destreza narrativa, que aprendió al criarse en un intelectual ambiente judío carente de niños y repleto de libros, le dan un masaje en las sienes a Vera. Su esposo le cuenta cómo ha ido su día y cómo no le ha dado tiempo a hacer todo lo que hubiera querido: ha tocado un rato el piano pero no el violín en la sala de música, ha jugado al ajedrez en línea, no ha leído, ha hecho unas cuantas flexiones y pesas en el ático y ningún abdominal, ha refunfuñado un buen rato leyendo los últimos tuits del Presidente y ha escrito un par de notas para su libro Sentir nuestro universo, pero no ha añadido ni un solo párrafo. El mismo cuento de siempre.

El coronavirus apenas los ha sacudido. Ha habido un par de cambios, claro: ahora no pueden recibir visitas de sus hijos y sus nietos ni celebrar los campamentos musicales que llevan años acogiendo en casa ni acudir a los almuerzos mensuales de los ateos de Eugene ni tocar con el cuarteto de cuerda ni quedar con la gente de Cottage Grove Community United, el grupo que fundaron para acabar con el statu quo de la zona y que está consiguiendo grandes cosas, como forzar el cierre de la tienda de cuchillos con unos dueños fascistas que destrozaron a pedradas los cristales de la sinagoga hace unos meses. Echan de menos la creatividad en grupo, el activismo y a la familia, pero la rutina, lo esencial, sigue intacto.

Vera se frota las sienes y Steve le recomienda que se tome una aspirina y va a buscarla a la primera planta. Al ser cinco años más joven que su esposa, le preocupa su salud y la cuida mucho, especialmente ahora: Vera ya ha pasado por seis o siete pulmonías, así que el virus podría matarla sin clemencia. Steve se encarga de todas las compras para que Vera no se cruce con gente en el supermercado, pero no le inquieta demasiado que nunca lleven mascarilla ni Laura, la mujer que limpia la casa cada semana, ni Jake, el jardinero bipolar que vive ilegalmente en la cabaña junto al granero y al que llevan un tiempo invitando infructuosamente a que se marche. Al fin y al cabo, Vera lleva practicando el distanciamiento social toda la vida —benditos orígenes centroeuropeos— y, además, tiene buen oído, así que no necesita arrimarse a nadie.

Los nimbos se aferran a las copas de los árboles de Kilstonia y cubren todo el cielo sin perder un ápice de furia, creando una oscuridad grisácea e inusual para las siete de la tarde. El primer fallo eléctrico los azota cuando Steve baja en el ascensor con el bote de aspirinas en la mano, pero no dura mucho y el hombre puede liberarse de la fúnebre claustrofobia a los pocos minutos. Ninguno se asusta, porque viven en la simple y llana convicción de que el miedo no es un recurso útil.

Cenan pasta con una espesa salsa de tomate y albóndigas, sin preocuparse por calorías ni dietas —por algo corre sangre de carniceros por las venas de Vera— y la degustan con tanta gracia, que ninguno de los dos permite que salte ni una sola gotita sobre el mantel blanco de tela, inmaculado aún sin haberlo lavado desde hace mil comidas. Steve le cuenta bajo una titiladora lámpara de araña cómo la sal fue monopolio de la Corona Española en el reino desde la Edad Media hasta 1869, cuando solo los reyes podían explotarla y venderla y variaban los precios y obligaban a comprarla cuando surgían imprevistos, como una guerra o la construcción de un palacete. Vera lleva décadas haciendo la comida sosa a propósito, porque Steve nunca pide el salero así, sin más, sino que lo hace cada noche con un relato salino, que no se acaban jamás y que la mujer adora con toda su alma.

En la misma semana de agosto de 1966, Steve descubrió y bautizó el cometa Kilston y recogió a una muchacha rubia, divertida e inteligente a la que le había dejado tirada su coche en una de las colinas de Berkeley y que se convertiría en su esposa diez años después, tras una década de telenovela, con enredos como líos de faldas con la hermana, el Verano del Amor y tres churumbeles de por medio. El cometa no será visible de nuevo hasta dentro de ciento ochenta mil años y el amor que siente por Vera no se podría repetir en el mismo período de tiempo.

De postre, toman una tostadita de Mermelada de destitución y ciruelas, de la cosecha del verano de 2017, que a Steve le sabe a poco, pero que deja satisfecha a Vera. 

Es entonces cuando el generador explota: «¡Parece que a Donald no le gusta la mermelada que hicimos en su honor!», exclama la mujer, que no pierde el humor jamás, pero en seguida se enzarzan en una discusión sobre a quién le tocaba llenar el tanque de propano —a ti, no, a ti, no, no, no, a ti, a ti—. 

Bueno, no lo vamos a solucionar esta noche: para Steve es demasiado pronto para acostarse, así que busca unas cuantas velas, pero Vera no está para tonterías —hay tormenta fuera y dentro de su cabeza— y sube peldaño tras peldaño tras peldaño por la imponente escalera doble, ayudándose del bastón y la barandilla (¿cuándo fue la última vez que prescindió del ascensor?). Antes de meterse en la cama, se da un refriego y sale a la terraza y admira la vasta oscuridad sin luna desde el balcón, qué belleza extraordinaria, la de esa oscuridad que no existe en las ciudades y que jamás había conocido hasta que se mudó al reino de Kilstonia.

Duerme plácidamente, disfrutando de ese sueño en que dispara desde el balcón a zombies con el rostro descubierto, toses víricas y carteles de «Trump 2020» en las manos, hasta que a eso de las tres de la mañana la despiertan unos torpes y ruidosos pasos en la escalera metálica de caracol junto a su ventana. Se asoma y ve a Jake, con una escopeta y los azules ojos saliéndosele de las cuencas, en lo que parece otro de sus brotes psicóticos. Puf, otra vez. Cierra tranquilamente la cortina, abre la puerta de la habitación y profiere con el eco autoritario que le regala la arquitectura: «¡Steve! Sal por el este y mira a ver qué coño le pasa a Jake». 

Intenta retomar el sueño, porque se le han quedado un par de zombies en el tintero, pero oye el piano y no puede pegar ojo. Qué hartura: Steve no le ha hecho ni caso. Agarra el bastón y baja —peldaño, peldaño, peldaño— rodeada de una oscuridad absoluta solo iluminada por los incesantes relámpagos. Llega al final en un traspiés y prepara el bastón en alto para que la grandilocuente bronca que le va a caer a Steve por no encargarse de Jake adquiera un énfasis más teatral. Abre la puerta de la sala de música y el piano deja de sonar. Se dice a sí misma que será el fantasma del campamento de verano que no podemos celebrar este año y suelta una de esas carcajadas que causa la satisfacción de las propias ocurrencias y que retumba entre las paredes de la mansión y se entremezcla con los truenos.

Pero Vera solo cree en un fantasma, el de su madre, que se le aparece desde por la mañana, cuando lo coloca todo en su sitio sistemáticamente, pasando por la tarde, cada vez que termina una tarea con perfección férrea, hasta por la noche, al realizar el ritual de lavado (manos, cara y pies, manos, cara y pies), antes de acostarse. 

Cuando cierra la puerta de la sala de música, oye la radio carraspeando Paganini desde el comedor, y Vera se lleva hasta ahí a golpe de bastón y de relámpago. En un solo destello, Vera aprecia un chorreón rojo que le ha arrebatado la pulcritud al mantel y unas piernas fugaces arrastradas por el suelo. Siente miedo por primera vez en décadas: no conocía el pavor desde que escapó de la inclemente cuchara de madera de su madre al casarse con su primer marido.

No sabe qué hacer. Se enzarza con el interruptor más cercano, como si así fuera a alumbrar su casa y su mente, ambas inmersas en la oscuridad, en la pesadilla de la sangre de Steve sobre el mantel, de sus pies desapareciendo por la cristalera. Nada. ¿Sube peldaño a peldaño a peldaño para coger el rifle de su habitación? ¿Cómo ha podido dejárselo arriba? Menudo fallo. Pero no hay tiempo de volver a por él: podría perder a Steve. De repente, se le ilumina la bombilla socrática y piensa en la cicuta salvaje de la que lleva queriendo deshacerse durante siglos, pero que inconscientemente sabía que alguna vez tendría que recurrir a ella.

Sale con sigilo. El cielo ruge, la lluvia no cesa, las ramas representadas en el mosaico del jardín se convierten en serpientes, el cuervo Cicerón grazna discursos en una verborrea sin descanso, el carillón pierde su característica delicadeza y ruge con fuerza metálica, Vera arranca la cicuta de cuajo con la mano izquierda enguantada y se pregunta cómo se aplicará el veneno. De entre todas las posibilidades, su favorita es, sin duda, meterle las hierbas por el culo a Jake, pero no cree que la logística vaya a ser demasiado sencilla —aunque, bueno, tiró a un niño el doble de grande que ella de pequeña a un agujero por defender a su hermano: seguro que ahora se las apaña—. Tendrá que improvisar según lo pille. Ese maldito Jake, que no se marcha ni con agua caliente, que se autoproclama familiar de Steve y Vera Kilston —familiar, ja, como si ellos no tuvieran ya suficiente con sus cinco hijos y siete nietos—, que tiene media docena de armas en la cabaña ilegal, que es peor que mil castores y nutrias con hambre, que dice que su pareja se suicidó con un disparo y siempre lo creyeron, pero ahora se llena de dudas. Piensa en la sangre, en los pies, en esos ojos fuera de las cuencas de maníaco con coronavirus (nunca lleva mascarilla, este tipo). Por el culo, la cicuta. 

Vera, despeinada, en camisón blanco, con sandalias y calcetines, ve algo de movimiento en la laguna, como un forcejeo, y avanza rauda bajo la incesante lluvia, aprovechado que el ruido de sus pisadas se guarece en la tabarra incesante de Cicerón y en el ululato del búho desde el granero sin ventanas. Los cuerpos de ambos hombres parecen pugnar por la vida entre los nenúfares y Vera recuerda a Baba Sklutskem, ese espíritu bañado en barro y algas y armado con un palo que habita los lagos para ahogar a los hombres, y se le representa con la cara de su madre y la visión le obliga inmediatamente a darse media vuelta. Steve grita el nombre de Vera.

¡Su Steve, su adorado Steve, su ojito derecho! Olerá sus camisetas tie-dye todos los días, levantará un altar en su honor con orquídeas y nubes de chuchería y piezas de ajedrez en el centro geográfico de Kilstonia y llorará cada vez que vislumbre la estrella polar brillando en el cielo. Ježíš Marjá, Vera, salva a tu esposo, tu madre lleva mucho tiempo muerta y solo habita en tus manías diarias y Baba Sklutskem no existe más que en el folklore y, desde luego, no tiene lugar en Kilstonia. Vera tira el bastón y corre como no sabía que todavía podía hacerlo, piensa en la roja sangre sobre el mantel, en los pies arrastrados…

¡Vera, Vera! Sigue clamando Steve, y los gritos la llenan de tanta furia que convierte la cicuta en zumo. Cuando llega a la orilla, con la lengua fuera, Steve le dice con la mayor tranquilidad del mundo que el alarido de Vera sobre Jake le ha hecho dar tal respingo que ha puesto el mantel perdido de ruibarbo hervido, que había tenido que comerse un bol entero para que no se estropeara al apagarse la nevera tras la explosión del generador, que qué torpe, je, je, pero que no le ha empalagado nada de nada, fíjate tú, ¡un bol entero!, bueno, excepto lo que ha derramado a causa de su grito, que Jake estaba histérico perdido y que Steve ha tenido que tranquilizarlo hablándole de la esencia mágica en nuestro amable universo, de cómo todo está conectado y de cómo por cada acción hay una reacción equitativa y opuesta, que a Jake le ha dado un patatús al escucharlo y que a Steve se le ha ocurrido arrastrarlo hasta el lago para despertarlo con el impacto del agua helada, porque no había manera de reanimarlo de otra manera, que mira qué tranquilito está ahora, nuestro Jake, que están enredados entre los pedúnculos del nenúfar y que no corren peligro, pero que se ha hundido el cuchillo de caza hasta fondo del lago y que no les vendrían mal unas tijeras de podar. 

Por el esfuerzo, a la mujer le duele la cadera, la rodilla izquierda, el dedo gordo del pie derecho y las pestañas superiores, y está empapada de lluvia y de espumarajos de rabia. Ahora querría usar la cicuta también con Steve, por el mismo orificio, pero no podría, pero no por falta de ganas, sino porque ya se le ha deshecho toda por el camino. Vera, que llevaba más de sesenta años sin sentir el pellizco del miedo, mira desde arriba a esos miserables agazapados entre las plantas y se funde con la tormenta, iluminada por la sucesión de relámpagos: pedidle ayuda a Baba Sklutskem o, si queréis, yo podría cortar los tallos desde el balcón de arriba a golpe de rifle, pero no sé qué tal puntería tendré de noche, así que mejor os apañáis vosotros solitos, guapos, y, después de salir, ya podéis encargaros de que el mantel esté reluciente cuando me levante a desayunar, porque en Kilstonia no hay lugar para lamparones. Y se marcha desgañitándose en una proliferación infinita de Ježíš Marjás.

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El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Geografía

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Tartaletas de fresa y nata, bizcocho de plátano, tiramisú artesanal, pastel de chocolate, tarta de zanahoria, magdalenas con glaseado de unicornio, corona de bizcocho de limón, dulces rellenos de cabello de ángel, rollos de canela y pan, pan y más pan. Todo caducado, pero algo es algo.

La emoción lo embarga siempre que prepara todos esos manjares para su gente, pero, desde que sucedió aquello de la persecución y la multa de ciento treinta y cinco dólares hace unos meses, a veces no puede evitar que lo invada la preocupación y pensar que quizás esta vez tampoco salga bien.

Acaba de salir del único supermercado que cedió a sus súplicas —ese Albertsons en el sur de El Paso del que suele sacar un carrito diario desde hace cinco años— y ya se nota especialmente tenso. ¿Lo dejarán pasar? Coloca los excedentes y los productos caducados con la parsimonia y la metodología de quien sabe lo que hace. Ya forma parte de su rutina: llega todos los días a la zona de carga y descarga, desde donde entra a la sección de panadería y pastelería, recopila todo lo que sus compatriotas no quieren para llevárselo a quienes no pueden elegir qué querer, lo mete en el carrito y lo reparte entre las neveras que siempre carga en el maletero.

Calma, calma, bebe agua, respira, entra en la camioneta, murmura una oración rapidita. Tiene los nervios de punta porque la semana pasada cruzó la frontera tres veces en un mismo día. Normalmente no hay tanto ajetreo, pero parece que últimamente los productos perecederos gozan de menos popularidad entre los compradores estadounidenses y se acumulan, se acumulan, se acumulan y suelen acabar en la basura.

Entierra la inquietud, arranca el motor y se dirige a la frontera empapado de la tranquilidad que arropan la esperanza y la fe. Ese trayecto de apenas cinco minutos se le llena de rostros: ojalá pueda verlos hoy. Primero se le aparece la carita de María Fernanda, a la que le mataron a los padres hace un par de meses y que siempre rezonga por el orfanato llenita de cariño y ansias de abrazos y besos y mimos. Después decide que le dejará algún pan a Angélica en casa, que ya está casi reparada después del último arrebato destructivo de su hijo adolescente, que se enganchó al pegamento de niño y luego se pasó a la marihuana y luego a la cocaína y luego al cristal. En seguida se le cruza la imagen de Rahui, que vive en la colonia tarahumara y que siempre quiere ayudar a descargar la camioneta y a repartir comida entre sus vecinos. Justo antes de llegar, le invade la mente el semblante de aquella mujer de humores desgastados a la que llaman Perrita, que adora el chocolate y los chistes verdes y a quien sus hijos abandonaron en el hospital psiquiátrico, donde habitan más de cien personas, después de que se cayera en la vía del tren y perdiera las piernas y un brazo. El simple hecho de pensar en ellos lo llena de calidez: la soledad de un divorcio sin hijos desaparece de un plumazo al llegar a Juárez, donde se reúne con su gente, a la que ve todas las semanas y se besan y abrazan (ahora mucho menos), juegan, rezan, cantan, ríen e incluso comen juntos en Navidad y en Semana Santa. Ojalá lo dejen cruzar. Ojalá, ojalá.

Los agentes de ambos lados de la frontera lo tienen muy visto. Mientras que el regreso a Estados Unidos, con un registro digital de todas sus entradas y salidas, siempre es pan comido (tanto por tratarse de su propio país como por disponer del pase SENTRI para cruzar a sus anchas), México, sin embargo, suele poner problemas. Por eso, en cuanto se va acercando a la aduana, Jeff planifica cómo actuar. Hay cinco puntos de entrada en la frontera —los conoce de sobra: empezó sus andaduras en 1997—, así que, para no despertar tantas sospechas, lleva la cuenta de cabeza de por cuál le toca cruzar cada vez. Aunque México dispone de menos controles de seguridad, a menudo los guardias tachan a Jeff de llevar demasiada comida. Ya tiene calculado cuánto se considera una cantidad aceptable —dos contenedores de un metro y medio de largo por trayecto, tres a lo sumo—, pero quizás hoy lo acusen de ir con más de la cuenta. Entonces tendrá que regresar y esperar a otro día e intentar distribuir la comida entre la gente sin hogar que encuentre por El Paso o entre sus vecinos, porque los bancos de alimentos solo aceptan donaciones de comida imperecedera. Como último recurso, Jeff picoteará un poco de esto y un poco de aquello antes de que se estropee, pero lo que le sobra al supermercado ya está en las últimas y a él no le cabe más pan en el congelador. Qué remedio: a veces resulta inevitable tirarlo y sus pensamiento siempre se visten de sus niños cada vez que se ve obligado a deshacerse de la comida estropeada.

Se va acercando a aquel alto muro que crece sin parar desde 1819 y Jeff no puede controlar el sudor. Venga, que llevas años y años haciendo esto. Hay un par de coches delante. Nada comparado con como suele ser: la frontera cerró el veintiuno de marzo y solo pasa a quien se le considera esencial. Él lo es, pero lo pueden rechazar por cualquier pretexto.

Si no lo dejan pasar, no va a intentarlo por otro punto de control. Odiaría vivir de nuevo aquello de la persecución y la multa del año pasado, cuando llevaba cuatro neveras cargaditas de repostería y los agentes no lo permitieron cruzar y probó por otra entrada y pasó, pero los primeros guardias dieron el chivatazo y los segundos le pidieron que parara y él se puso a cantar a voz en grito para hacer como que no se enteraba de nada y lo persiguieron con un camión y lo devolvieron a Estados Unidos y lo regañaron de lo lindo y tuvo que pagar ciento treinta y cinco dólares por la bromita. Y dos mil trescientos pesos dan para mucho al otro lado. No, si no lo dejan pasar, no se la va a jugar otra vez. Ahora se anda con pies de plomo: mejor volver otro día, aunque tenga que tirar aquella valiosa comida caducada.

Se acerca, se acerca la frontera, y Jeff tensa los hombros, aprieta el volante con las manos, reza y reza por que no le pongan problemas, silencia la música K-LOVE que siempre lo acompaña, se cala bien la gorra amarilla en la cabeza cana, se ajusta la mascarilla con estampado de tigre (mejor dejársela puesta, ¿no?), prepara el pasaporte y se lo entrega al agente con guantes y precaución y los ojillos azules brillando de súplica y las oraciones agazapadas en las comisuras de los labios. ¿Podrá cruzar?

Por lo general, ya sabe de qué pie cojea cada uno de los agentes aduanales, a quienes no les importan un comino ni la gente que se muere de hambre en su país ni los niños de los orfanatos. Sin embargo, el de hoy, ese tal Jorge López, siempre lo desconcierta, porque, según por dónde sople el viento, ya muestra compasión, ya furia; y le puede dar tanto por tramitar oficialmente el impuesto por transportar alimentos, como por carraspear con la prepotencia propia de la autoridad para forzar el soborno.

Jeff sonríe con los ojos y chapurrea un buenos días, un cómo está, señor, un muchas gracias. Para no mostrar signos de debilidad y preocupación por el registro, se concentra en dibujar mentalmente su recorrido de este día. Antes de comenzar el reparto, conducirá hasta el kilómetro 27 para comprar carne, leche, huevos y fruta en el súper El Roble. El dinero, que proviene de diversos donantes y de buena parte de los beneficios que Jeff saca de su propia tienda en eBay, da para una cantidad decente de alimentos frescos. Últimamente pasea por los abundantes pasillos del supermercado con perplejidad: están hasta arriba de papel higiénico, porque nadie se puede permitir el lujo de arramplar y almacenar en caso de hecatombe, porque, en los tiempos que corren, un supermercado lleno es sinónimo de miles de armarios y frigoríficos vacíos. En Ciudad Juárez mata a más gente el hambre y la droga que este dichoso virus.

El agente López le habla como si no lo hubiera visto doscientas cuarenta y dos veces y Jeff responde con amabilidad contenida y el agente López pregunta si tiene algo que declarar y Jeff menciona las tres neveras hasta arriba de panes y dulces y el agente López lo mira con desconcierto y examina el vehículo con los ojos colmados de la sospecha de quien trabaja en las profundidades de la incertidumbre entre el bien y el mal.

Jeff siente fulminantemente que ese registro rutinario es una balsa de aceite y lo invade la tranquilidad. Que sea lo que Dios quiera. A Jeff lo que de verdad le preocupa es que los amos del cotarro aprovechen la situación para atraer a los jóvenes más desesperados y los obliguen a vender droga. En abril impusieron en México el distanciamiento social obligatorio y cerraron más del setenta por ciento de las grandes fábricas de Juárez. Ahora mucha gente está de patitas en la calle y morirá de hambre: quedarse en casa no es una opción, sino un privilegio. 

Encima de todo, ese virus tiene a los cárteles cabreados, porque la mayoría de los ingredientes para elaborar narcóticos vienen de China y las prohibiciones a la hora de transportar mercancías desde el país asiático se traducen en esta tierra como privaciones para enriquecerse. Muy cabreados. Las fronteras cerradas dilapidan las rutas de la droga. Cabreadísimos. Hace unas semanas, asesinaron a cinco gringos, incluida una profesora de colegio con la que Jeff colaboraba.

Pero a Jeff no le dan miedo esos matones y conduce la camioneta de acá para allá con sosiego, con su musiquita cristiana y con su «You have a friend in Jesus» en la matrícula, repitiéndose y repitiéndose que los tipos malos temen a Dios. Con sesenta y siete años, lo que quizás debería temer de verdad es el virus, por ser grupo de riesgo y andar de un lado para otro, pero le da mucho más pavor que su gente no tenga qué llevarse a la boca.

El agente López mira a Jeff con apatía: parece que hoy toca arancel legal; doscientos, trescientos pesos por nevera tendrá que pagar. No es tan mal momento ahora en realidad: la crisis sanitaria no impide que los funcionarios sigan cobrando, así que Jeff solo se ve obligado a recurrir a los sobornos un tercio de las veces que cruza la frontera. La situación empeora después de las elecciones federales, cuando cada presidente que se marcha tiene la fea costumbre de vaciar las arcas del estado y dejar a los agentes aduanales temblando; y como no cobran nada durante tres o cuatro meses, se olvidan de pedir que se rellene el papelito oficial y se les llena la boca de precios ridículos, en la certeza de que aquel flujo de gringos alimentará a sus familias. Aún queda un año y pico para la próximas elecciones, así que, fuera del plano moral, a Jeff en realidad le da igual una cosa que otra: siempre y cuando declare lo que lleva, en los tiempos tranquilos la suma de los impuestos y del soborno es idéntica y solo varían los bolsillos en los que acaba, pero ese no es problema suyo. Él solo quiere estar del otro lado. 

Espera a que el agente rellene tal o cual papel, firma uno o dos documentos, paga esto y lo otro y por fin cruza la frontera a su segundo hogar, aquel paraje dejado de la mano de Dios —sin agua potable, sin alcantarillado, sin asfaltar y sin esperanza— y suspira con alivio. Jeff no se plantea parar y seguirá realizando sus tres viajes semanales en aquella camioneta que solo conoce El Paso y Juárez y que ya carga casi medio millón de kilómetros y de tartaletas y de bizcochos y de tiramisú y pasteles y de tartas y de magdalenas y de coronas y de dulces y de rollos y de panes y de aprendizajes.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Teofanía

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La eclosión neovetusta de las palabras «misa en streaming» le causó un regocijo embadurnado de alivio. Se ha resignado estoicamente a renunciar a las caminatas por el Dish, a las clases de jazzercise, a los paseos en bici de acá para allá, por mucho que le gusten. Todo sea por el bien común. Y, bueno, dispone de un gran jardín trasero, donde podría correr, bailar o saltar en la cama elástica si quisiera. Nunca lo ha hecho, pero por qué no.

El ejercicio físico no es, pues, su mayor preocupación, pero sí perderse la misa de los domingos. Eso; eso sí que no lo perdona. Ha dado una oportunidad a los vídeos de meditación guiada en YouTube y a las conversaciones teológicas durante la cena en familia; pero, después de dos semanas sin las palabras de terciopelo del cura, el huequito en el estómago se agranda a cada segundo. ¿Cómo afrontar estos tiempos turbulentos sin la paz espiritual de la santa congregación dominical?

Por eso, solo con leer «misa en streaming» en la web de su iglesia —a pesar de sus significados chirriantes, casi de cronología antónima—, se sintió un poquitito más cerca del cielo.

Hoy domingo, se ha vestido como para una boda y se ha dispuesto a corregir exámenes mientras espera a que empiece el servicio. Ha conectado la videollamada veintitrés minutos y cincuenta y siete segundos antes del inicio de la misa, cuando aún no había ni una sola alma por el ciberespacio cristiano, así que sigue tachando errores y poniendo notas, más distraída que de costumbre, debido a las campanitas que suenan, casi celestialmente, cada vez que alguien se conecta.

Seis minutos y catorce segundos antes de la misa en streaming, aparta los exámenes para revisarlos en un momento de más clarividencia y se empieza a fijar en las imágenes del resto de asistentes. Los hay por decenas y, cada vez que alguien habla, su ventana se convierte en la principal y muestra todos los secretos hogareños sin despojos, transformando en un santiamén a todos los demás en míseros e involuntarios espías de salones.

Aunque la longevidad de los parroquianos no es ninguna novedad, Caroline no puede evitar que le llame la atención la gran cantidad de pastillas en primer plano, de respiradores en el último, de bastones y andadores por aquí y por allá —sin juzgar, sin juzgar, que es pecado: pero ¿no crees que es llamativo?—. A ella, que baja la media de edad un buen puñadito de años, le resulta casi pecaminoso espiar en los salones y salones de aquellos ancianos, los pobres, ahí entre sus pastilleros, sus cacharros ortopédicos, sus cojines bordados y sus fotos de antes de la guerra.

Empieza la santa misa; y los abuelitos, que usan el ordenador de pascuas a ramos, no están familiarizados en absoluto con el concepto «silenciar el micro». Las palabras del padre se ven, incesante e inagotablemente, interrumpidas por un «si aquí no hay ni Cristo», un «cielos, cómo funciona esto», un «sube el volumen, Joseph, por el amor de Dios». Las imágenes del padre se intercalan con señoras emperifolladas que gritan que no se enteran, con señores medio sordos que no se enteran de que gritan, con nietos y nietos que gritan y no se enteran de que no se enteran.

Estrépito y caos: qué calvario.

Caroline, vestida como un pincel y deseosa del momento, cada vez se siente más distraída y no hace más que intentar centrarse en la palabra de Dios —gloria a ti, señor Jesús—, pero la situación es más hilarante que solemne. Y exasperante. Y qué risa, pero qué desesperación, pero qué risa.

El cura resopla, bendice, resopla, resopla.

Un hombre joven —no tanto joven, joven, sino joven en comparación con el resto—, aparece en la pantalla principal como caído del cielo y muestra en un folio las instrucciones sobre cómo silenciar el maldito micrófono, escritas con letras del tamaño de una manzana. Caroline ve el cielo abierto, pero la bendición dura unos instantes: los longevos corderos, clic, clic, clic, lo intentan, clic, clic, clic, pero nada, clic, nada, clic, clic, nada, nada, nada.

Infierno en streaming.

Caroline explota por dentro —porque la procesión va por dentro, pero mecagüen D…—. Se muerde la lengua, se santigua, hace ademán de despedirse y cuelga cerrando el ordenador con violencia contenida.

Y su casa se sume súbitamente en el silencio más sigiloso. Y, ahí, en ese sacro silencio, ahí, ahí, escondido, ahí se resguarda su Dios.

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El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Catarsis

Qué bonito el mensaje de Rose. ¿No es encantadora Rose? Hace años que no hablaban y ahora, de repente, le manda estas bellas palabras. Siempre ha tenido un corazón enorme Rose, ¿verdad? El mensaje de su antigua amiga arropa a Cris toda la mañana y le ilumina el confinamiento durante unos cuantos días. La buena de Rose, qué ramalazo le ha dado, qué atenta, mírala.

Menos de una semana después le llega un saludo de Linda, tan melifluo como el de su otra amiga: que si su mágica sonrisa, que si sus gráciles andares, que si su dulzura inigualable. Cris se siente bien, arropada por el cariño de la gente a la que quiere. Qué suerte tiene. Qué suerte.

El mensaje de Richard es el que despierta sus sospechas: «Siempre que vislumbre el cielo californiano, sentiré que me están mirando tus ojos azules, que son, han sido y serán los más bellos que existan.» ¿Y este hombre? ¿Cómo que ahora le da por la zalamería? Él siempre ha sido como un libro cerrado, como un ser inerte y sin sentimientos que existe pero que no es. Y ahora qué mosca le habrá picado. Bueno.

Bueno.

Bueno, lo que pasa es que Cris lleva años enferma y los mensajes se multiplican víricamente, se convierten en un goteo constante y diario. Lo que empezó como un rayo de luz se convierte en una tormenta: más que de cariño, cada mensaje está cargado de truenos fulminantes con previsiones obituarias.

¿Años enferma? Lustros, más bien: un tumor cerebral, lupus, linfoma, cáncer de estómago, EPOC y a saber qué más. Su cuerpo, paradigma y viva imagen del vademécum. Lo que pasa, pues, es que nadie cree que Cris vaya a sobrevivir a la pandemia y no le mandan mensajes de amor, sino de despedida, de muerte. 

Cris se enfurece: si alguien va a sobrevivir, esa es ella: la máxima superviviente. No por nada, simplemente se especializa en protegerse. Ella podría dar lecciones magistrales sobre pasar semanas sin poner un pie en la calle sin perder la cabeza, sobre evitar virus y bacterias, sobre sobrevivir.

Como vuelva a recibir un mensaje sobre su sonrisa, sus andares o su dulzura, va a vomitar. Quizás el coronavirus no pueda con ella, pero esta avalancha de mensajes contagiosos la tiene con un pie en la tumba. De verdad.

Se acumulan palabras y palabras y palabras, que se niega a leer, así que se le enquistan y le supuran y la envenenan. Para sobreviviente, Cris. Basta ya.

Pero, una mañana, ojeriza y vencida, abre el ordenador y lee la ristra de mensajes de muerte apilados. Así, todos juntitos, resplandecen. Cris brilla: quizás sí sean palabras de cariño. Eros/Thánatos/Eros: palabras de amor pero de muerte pero de amor.

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