Ataraxia

Tras comprar el billete, J culpa de su decisión repentina no solo al imán sino también a la fiebre, y Manolo ladra cada vez que su cuidadora le suelta alguna reflexión en voz alta o viaja en el tiempo o cuando ve un pájaro a través de la ventana.

En estos días de fiebre y entumecimiento, a la J de este plano del presente le ha cambiado el destino un imán de la nevera con un dibujo de Nueva York y un mensaje ñoño —Magic works only for those who believe in it— la acaba de convencer para comprarse los pasajes a Gringolandia. Ya hace más de un año que no se monta en un avión, con lo que ha sido ella, tan nómada ella; y la adrenalina de reservar ese vuelo, de imaginarse el cosquilleo en el estómago al despegar y de aterrizar en lo que se imagina una tierra tan distinta le hace olvidarse por un ratito del dolor de cuerpo que siente.

La fiebre no es para tanto, pero el entumecimiento no le deja dormir. El dolor es rarísimo. Ella se lo imaginaba como el del dengue, que lo ha pasado ya ¿tres, cuatro veces? y que ataca a las extremidades. Dengue, dengue, dengue. La comparación del virus presente con el tropical la transporta al día antes de que se marchara el brasileiro, y del padecimiento físico pasa al emocional. En el plano al que J viaja, el chico del que se ha enamorado no se marcha de Playa del Carmen y cuarentenean felices en el frote de las pieles y en esa conexión anímica que no habían sentido desde hacía tiempo.

Manolo la saca del trance con un ladrido áspero que parece carraspera y J regresa a este dolor que tanto la sorprende porque le importuna los sueños. Desde que se contagió, J siente como si hubiera ido mucho al gimnasio o como si le hubiesen dado una somanta de palos. Lleva desde anteayer así, con la paliza, y con una flexibilidad lastimera que no le deja ni tocarse los pies con las manos.

Sospecha —bueno, sabe, carajo, sabe, dejémonos de tonterías— que se infectó con el dichoso virus cuando estaba haciendo fermentos y yogures veganos con su amiga y socia hace unos días y, en un momento dado, se relajaron, se sacaron las mascarillas y se tomaron unos vinitos. Luego la otra chica comenzó a encontrarse mal y después la siguió J, que se empezó a sentir regulín de camino al supermercado, pero le tomaron la temperatura antes de entrar y todo bien. ¿Todo bien? Mentira: ella ya se notaba la fiebre. Lo vio del todo claro cuando una J del presente que vive en otro plano, trabaja en el Chedraui y lleva meses observando cómo durante toda la pandemia nunca le han impedido a nadie la entrada a un súper de Playa del Carmen le susurró su teoría antisistema: trucan los termómetros, porque, si no, perderían ventas. Cuando visitó el supermercado, por suerte J no habló con nadie más allá de las cortesías ni se quitó el tapabocas. Quién sabe si lo propagaría entonces. Tampoco lo piensa mucho, porque es imposible saberlo y no le gusta quedarse atascada en el plano hipotético.

Al menos no tiene que pasar por los dolores ni las fiebres ni los males de amores en el ruidoso Ejidal, donde lleva viviendo dos años. Ahora está descansando como una burguesa en casa de sus amigos en una urbanización cerrada a la gente común, con calles privadas y todo, donde se aloja durante todo el mes a cambio de cuidar a Manolo, un buen compañero de mimos y maratones de series. Le encantan los trueques así. Lleva años practicando esta forma de relacionarse sin que medie la plata. En su casa casa, la que habita a cambio de dinero, existe el ruido constante del taller de autos, de las conversaciones a gritos, de la música a todo volumen. Pero acá reina el silencio, que es calidad de vida.

Y también lo es no someterse al yugo del trabajo. Que «trabajar» viene del latín tripaliāre, Manolo, «torturar». Por eso no echa de menos en absoluto el hotel del que la despidieron a causa de la pandemia. Ya no está abocada a volcarse en el proyecto de esa gente, que tenía tan poco que ver con ella. En el hotelazo de Cancún, iba a comisión: se dedicaba a fotografiar a turistas, que a veces compraban las fotos y solo así ganaba dinero. Los dueños europeos y estadounidenses de los hoteles de lujo de la zona evitan pagar sueldos a los empleados tercermundistas. Solo así se mantienen primermundistas, Manolo.

En esta casa y sin ese laburo explotador sí se puede cuidar y recuperar como es debido: quiere verduras, verduras, verduras, se ha visto todo el catálogo de Netflix y HBO aprovechando que sus amigos sí tienen suscripción, medita con el canturreo matinal de los pájaros y se queda embelesada mirando el imán cada vez que saca algo de la nevera. Todo se resincroniza, le cuenta a Manolo, babeante bajo el imán, todo son cambios, qué sé yo. J rehíla mucho el «yo» porque no se le irá jamás el acento por mucho que patee de norte a sur y que se le mezclen y remezclen las variedades del español. Y el perro la comprende: siempre que le habla, él la mira hasta adentrito del alma con sus ojillos marrones y la contesta con su característica voz de cazallero. Ella se siente arropada por su ladrido y su mirada, pero a veces recurre a los audios de wasap con humanos digitales para conversar de una forma un poco más silábica.

La J del futuro en Estados Unidos prefiere no molestar a la del presente para contarle nada, por no arruinarle la sorpresa y porque no se creería ni en pedo todo lo que amará ese país tan execrado por la antiimperialista J adolescente: sentirá un cosquilleo al presenciar Manhattan desde el puente de Brooklyn, le encantarán todas las opciones veganas en supermercados y restaurantes, trabará una amistad bellísima con generosa desconocida que la hospedará durante semanas en una autocaravana en un lugar muy verde con atardeceres muy naranjas del norte de California con el nombre de cuento que es Ukiah. Le gustarán la gente, los paisajes, la libertad. No se acordará del brasileiro más que ocasionalmente y ya nunca desde los ovarios, como ese antaño que es ahora. No, no, todo esto le parecería una locura si se lo narraran en el presente. Mejor que no lo sepa, que se recupere tranquila, que lo descubra más tarde. 

Lo más importante es que puede tomar la decisión de marcharse porque es libre y está sola y no tiene que rendirle cuentas a ningún hombre ni ninguna mujer ni a sus padres allá en Argentina ni a nadie de nadie. Le encanta la soledad elegida, pero se le hace raro cuando es obligada. Duele, duele más que el dengue y el coronavirus cuando es obligada. Esta soledad no formaba parte de sus decisiones: el chico del que se había enamorado se quedó atrapado en Brasil en una visita a su familia cuando cerraron las fronteras y ya nunca volvió. Al menos ha sabido aprovechar la soledad impuesta y escribe y vende fotos por Tulum y bebe mate y medita y lee cuentos de Lorrie Moore y ahora siente que le ha dado la vuelta a todo, que, al no haberse hundido, su plano presente lo ha elegido ella.

El día que él tenía que coger el avión de vuelta a México y no lo hizo, a J le dolían los ovarios más que nunca en su vida. No el corazón, no el alma, no la boca del estómago, sino los órganos con el que más lo quería y extrañaba: qué feo dolor de ovarios. Y ya nunca volvió, Manolo. Qué sola me sentía. Encima no podía ver a sus amigos con tanta frecuencia y no pensaba volver a La Plata con su familia. De ninguna manera. Qué sola, carajo. Y ahora qué enferma. Antes no sentía que todo podía cambiar de un momento a otro, pero ahora sabe que sí, y a veces le inquieta la idea de que pueda variar tanto el presente, de que se desestabilicen tanto los planos. Y otras veces me vale todo verga, Manolo.

En alguna ocasión la arrastra la J que vive en un plano más tremebundo y se obsesiona con que no quiero vivir así el resto de mi vida, Manolo. Aunque estuvo un poco paranoica al principio, en realidad nunca le ha dado miedo miedo el virus —ni siquiera ahora que le mordisquea los adentros—, pero sí le aterroriza la pérdida de albedrío. ¿Acaso el mundo va a ser ya para siempre así? Y le confiesa al perro que esto nos va a cercenar la libertad a los hippies. Se sonríe por haber comprado el vuelo. Ojalá no lo cancelen. Ojalá pueda volar.

Tose, le duele un costado, le da flojera pasar por todo esto. Por supuesto, cree en el virus que tiene dentro, que le provoca esta fiebre horrible y delirante, que no le deja dormir con tanto dolor corporal, pero eso no significa que no sea una herramienta de manipulación de los gobiernos y resto de autoridades, que nos tienen ahora bajo su total control, Manolo. No nos podemos mover libremente: el placer de cualquier político. Somos tan aparatitos sociales que damos asco, che. Y el perro ladra roncamente a cada rato para reafirmar las sentencias. 

Encima en México tratan a la gente de a pie como si fuera idiota perdida. Se empezó a indignar cuando salieron los anuncios gubernamentales protagonizados por la superheroína contra el coronavirus, Susana Distancia (¿te puedes creer ese nombre absurdo?), y ahora le apesta todo a infantilización del pueblo, desde el semáforo —rojo, «no salgas si no es estrictamente necesario», verde, «podemos salir pero con precaución y prevención», buf, buf— hasta los disparates sobre no renunciar a los abrazos que han salido de la boca del presidente en los peores momentos de la pandemia. Al final los ricos se quedan en casa, pero para la gente de la calle no hay semáforo ni Susana que valga, solo pobreza, solo formas de intentar llevarse algo a la boca. Con toda esta mierda, siente un trato más directo con la incertidumbre, por momentos insoportable, y se dice que todo lo que tenga que pasar, pasará, para tranquilizarse con un tonto mantra que se cree a ratos.

A J le gusta de siempre apegarse al presente; pero una vez se despegó y se imaginó un proyecto a largo plazo con su brasileiro y llegó el COVID-19 y él se quedó en su país y ella se la pasó comiendo almohada, esperando como una ilusa rebozada de mitos del amor romántico. ¿Cómo habría sido el presente con él si no hubiera habido pandemia? Le encanta pensar en presentes paralelos, en cosas que están pasando en otro plano de otro presente de otra J. ¿Cómo estás, J? Se dice a si misma mirándose al espejo para comunicarse con todas sus vidas paralelas de cualquier momento de su historia. En una de ellas, jamás se despidió del brasileiro, jamás cumplió los cuarenta llorando por teléfono con él, esperándolo como una loca, con tormentillas en los ovarios. Otra J estará cogiendo ahora con el brasileiro como una descosida. Otra se estará masturbando obsesivamente mirando las fotos en Instagram de ese pelotudo. Esta J al menos está en paz. O casi. Fui una boluda esperándolo, Manolo, y le espachurra la cara al perro dejándose atrapar por el pegajoso pasado, una boluda, no mames, espachurra, espachurra. Su configuración mental se está tambaleando con la enfermedad, pero da igual todo eso ahora: la J del presente y de este plano se cuida la mente con terapia, las energías con flores de bach y los buenos presagios con alguna tirada de cartas que otra.

Para quitarse el mal sabor de boca que le traen los momentos feos pretéritos, va a la cocina a comer algo. Le agradece infinitamente al universo no haber perdido el sentido del gusto ni del olfato. Ya tiene bastante con no poder dormir ni coger tan libremente. Este virus ataca a los pecados capitales. Al menos puede recrearse en la gula. Se debate entre un paraíso de apetencias y se revuelve de pronto solo de pensar en lo evidente, en lo que no se habla más que en petit comité, porque, che, Manolo, acá nadie dice que todo esto de la pandemia mundial empezó por comer animales.

El imán la mira a los ojos y le susurra una vez más que «Magic works only for those who believe in it» y le manda un guiño con ese dibujito de un paisaje urbano verticalmente inverosímil (¿será así Nueva York de verdad?). El perro, orgulloso pecador, la sigue, a sabiendas de que la nevera aguarda sabrosa felicidad para su hocico. ¿Tú crees en la magia, Manolo?, pero él solo la mira con ojillos de cordero degollado, porque cree en la magia del ruego culinario, de la relación humana-perro para saciar las hambrunas.

J piensa que el brasileiro es el pasado —ya no lo llama por su nombre para distanciarse más aún de él— y que el imán sirve como bisagra del presente y se dibuja un futuro cercano lleno de estereotipos gringos. Qué risa le daría ahora mismo conocer el plano futuro de esta J, verse montada en bici entre los rascacielos de Manhattan o trimeando marihuana en las montañas californianas mientras piensa en México como un lugar lejano en el pasado que quizás nunca haya existido o en su romance con ese brasileiro que ¿de verdad me enamoró? Qué encrucijada: sus pensamientos la arrastran hacia atrás y su imaginación hacia delante e intenta meditar en vano y así no hay quien se centre en el presente.

El imán la mira y Manolo la mira y sus emociones se le revuelven todas y la nevera pita porque lleva un rato abierta y, al mismo tiempo, el perro le da un par de lametazos en los pies y J sale de la ensoñación y vuelve a este extrañísimo final de la primavera.

Manolo la mira con su cara de perro callejero —las babas en las comisuras de la boca, los ojillos rojos—, y J decide que sí, que hoy se van a la cama pronto, sin series ni nada, solamente con los gorjeos, chasquidos y chillidos de los geckos de fondo. Mañana irán a ver el amanecer. Procura no perderse tal espectáculo, que la ayuda a transitar los cambios y a lidiar con el pasado, el presente y el futuro, porque la salida del sol es sempiterna —ayer, hoy, mañana—, a diferencia de todo lo demás, que está inexorablemente en constante cambio. Su vida de burguesa es también temporal, pero se ha acostumbrado a ella y a su silencio. Ah, el silencio con sonidos (que no con ruidos): los cantarines reptiles, el vientecillo, los ronquidos de Manolo y ya. Por este silencio igual se plantearía volver a la aplastante rueda del sistema opresor que es el trabajo. Y. La fiebre le hace desvariar de nuevo. Tampoco vale tanto el silencio.

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Más cuentos pandémicos basados en historias reales en
El amor en los tiempos del coronavirus,
de Patricia Martín Rivas.

El amor en los tiempos de coronavirus_Patricia Martín Rivas

Solitas

Los asistentes, como no podía ser de otra manera, se entusiasmaban. El predicador, hijo de predicador, seguía predicando, y la ovación y las lágrimas se entremezclaban en la emoción indecible de un sermón interminable. Te mentiría si te dijera que en algunos momentos no me contagié de la alegre intensidad divina. Yo, la atea por antonomasia, cuyas convicciones acérrimas casi se derrumban por el efecto de esa gloriosa comunidad, en la que cantábamos y bailábamos el gospel, nos sonreíamos en cada cruce de miradas, nos recitábamos versos sacro-amorosos agarrándonos de las manos.

Tenías que haber visto sus caras. Sonreían sin parar, porque [se creían que] Dios los guardaba; cantaban, bailaban, alabado sea el Señor, se daban las manos, nos dábamos las manos, cantábamos. Yo no repetía las palabras del predicador, pero si lo hiciera, alabaría a la Señora: esa abogada que te está ayudando en el camino hacia la justicia. Por primera vez me olvidé de todo lo que no estaba entre esas cuatro paredes.

Es por eso que casi creí en Dios(a) en aquel edificio destartalado de Brooklyn. Huí hasta allí porque Manhattan me dolía demasiado: los rascacielos, que siempre me han apasionado, se me dibujaban como

F F F

A A A

L L L

O O O

S S S

Y los cuadros de Frida representaban tu lucha (nuestra lucha, qué carajo).

Y la calle Mercer me recordó a cuando Ana Mendieta se

«C

A

Y

Ó»

del piso 34.

Y aún no hay estatuas con nombre de mujer en Central Park.

Y el edificio Dakota cobija a una Yoko Ono culpabilizada, invisibilizada, ninguneada.

Y.

Me habría encantado llamar a tu abogada a ratitos, para que nos hiciera justicia a todas (a todas: a las del presente, pero también a las del futuro y, ojalá todopoderosa, a las del pasado): una Diosa justiciera que nos vengue por los crímenes acometidos durante siglos y siglos. Quiero que esa Abogada sea nuestra Señora, nuestra Diosa, y que en el juicio consiga castigar a ese diablo que decidió dañarte, hijo de un sistema que es el mismo Diablo, lleno de diablos juzgados por diablos que arguyen estratagemas para perpetuar sus diabluras.

Pero, querida sobrina, no solo pienso en ti en los momentos negativos, no te creas. Brooklyn se convirtió en mi refugio desde que vi The Dinner Party, y te quise a mi lado más que nunca.

Sojourner Truth.

Sacajawea.

Anna van Schulman.

Christine de Pisan.

Etceterísima.

Solo Diosa conoce el martirio de aquellas mujeres, con las que Judy Chicago hizo {algo de} justicia. ¿Tú ya la has visto, Gabriela? (Pese a tener solo dieciséis años, has conocido tanto que ya me pierdo.) Algún día la disfrutaremos juntas: esta comunidad de bellas representaciones de vaginas nos aliviará un poquito el suplicio, aunque no cantemos tanto ni tan bien ningún Gospel.

Y fue justo después cuando entré a aquella iglesita guiada por los cánticos que resonaban desde el exterior, aunque no conseguí aguantar toda la arenga: el tonito sermonario logró desquiciarme. Esa gente se refugia para escapar de un exterior donde la policía dispara según el aspecto físico; pero al final es una ficción: un lugar tan resguardado y tan sagrado como en el que te pasó a ti todo eso. Y sentí que me ardían los pechos y tu carita se me apareció con fuerza y me dijiste que me fuera, que era mentira, que ningún lugar es seguro, que era mentira, que ningún lugar es seguro, todo mentira.

La lluvia de fuera me llenó las gafas y los pensamientos de gotitas. «Gabriela, Gabriela», pensaba. «¿Cómo estarás, Gabriela? ¿Estás en un lugar seguro? ¿Hay algún lugar seguro? ¿O has dejado de creer en ellos?». Y pensaba en la Diosa y deseaba con fuerzas convertirme en su predicadora y quería que te ayudara.

Me noté de repente una acuciante humedad en la entrepierna: inevitablemente, la sangre había invadido mis bragas y mis leotardos. Oh, no: el vestido bermellón se había teñido de un rojo más fuerte. ¿Y la silla? Le rogué vehementemente a Diosa haber dejado un asiento libre de menstruación.

Casi llamo a Roger para anular la cena en Manhattan porque desbordaba sangre, pero se me apareció tu carita de nuevo, Gabriela, y me regañó por dejar que una manchita de nada me arruinara los planes de la última noche neoyorquina.

El lavabo de Roger y Beatrix estaba averiado. {Mecagüen Diosa.} Los juguetes de su nena yacían desperdigados por la bañera. Beatrix me dijo que usara el fregadero de la cocina, hasta arriba de cacharros. Ella habría entendido perfectamente lo del desbordamiento, pero no quise molestarla más: ya tenía bastante con el catarro, el embarazo complicado y la nena saltándole sin tregua alrededor. La maniobra con la copa siempre implica manos ensangrentadas, y no estaba dispuesta a lavármelas ni sobre los dinosaurios de goma en la bañera ni sobre los platos apilados de la familia. Una vez más en mis veinte años menstruando, tuve que improvisar una compresa con papel higiénico y, por si las moscas, me senté en el suelo para no manchar ningún tipo de tapicería.

Insistí en partir, porque Beatrix tosía sin parar y se quejaba del tripón —y porque quería cambiarme—, pero nos costó arrancar. Tú te habrías puesto de los nervios: mientras Roger hablaba y hablaba, Beatrix atendía la nena y fregaba los platos sucios, a pesar del nefasto catarro y de aquel feto que llevaba meses presionándole los nervios. Yo intentaba distraer a la nena, pero lo único que la atrajo hacia mí durante más de diez segundos fue aquella torre de peluches que me dio por hacer y que más bien parecía una orgía animal.

Tuve que limpiar el suelo con disimulo y con saliva antes de marcharnos. (Siento ser un ejemplo desesperanzador; tú eres más organizada: ojalá consigas aprender a controlar mejor el sangrado.) Llegamos por fin al restaurante y bajé al baño ipso facto, augurando un paraíso de pulcritud, váteres y lavabos, pero había una de esas personas que te echan jabón y te abren el grifo y te dan toallas con la cabeza gacha, como si una tuviera muñones o como si una estuviera a favor de la servidumbre. Me cambié el pañalcompresapapelhigiénico y no me hurgué en los adentros para extraerme la copa, vaciarla y ponérmela de nuevo. ¿Qué iba a hacer, Gabriela? ¿Ir con las manos ensangrentadas para hacerle pasar un mal rato a esa pobre criada a la que ni le dejé una propina? (Como siempre, no tenía ni un puñetero dólar en el bolsillo.) Para disfrutar de la cena, aposté por apretar los chacras y no beber tanta agua, como si tales trucos de pacotilla funcionaran.

Pero eso no fue lo peor que me ha pasado en el viaje, Gabriela: ayer en Central Park, una muchacha argentina me pidió que le sacara una foto. Por intentar entablar una conversación, le pregunté si había venido solita a Nueva York. Solita. Yo también viajaba sola, pero quedó fatal. La argentina me transmitió el desdén que merecía con los ojos —«¿le dirías a un tipo si vino solito?»— y se despidió rápida, abruptamente. Por primera vez, no quise que estuvieras a mi vera, porque te habría avergonzado (la ensoñación de tu carita se me apareció, claro, sonrojada).

Luego deambulé por el East Village con la ensoñación de tu carita persiguiéndome. Se me hace inevitable: en cada esquina plañidera me imagino tu pena y tu rabia y tu dolor y tu impotencia y no puedo parar de pensar en ti y no soporto la impotencia ni el dolor ni la rabia ni la pena que me inundan. Me sentía completamente minúscula y ninguneada: decidí parar, respirar, mirar al cielo y escuchar música, en otro de los tantos intentos de abotargar mis pensamientos. Pero de repente saltó Sunshine of Your Love y tu dolor se mezcló con mis propios recuerdos. A mí no me pasó en el grupo de la iglesia, como a ti, sino en el portal de mi casa. Sí: a mí también me violaron, Gabriela. Y también me sentía culpable. Y también conocía a mi agresor: era mi novio. Me llevó a casa un día que me emborraché demasiado y, a cambio, me forzó antes de morir en mi habitación, porque me lo estaba pasando muy bien con mis colegas y no me puedes decir que no, porque he tenido que pagar un taxi para ir a buscarte, no me puedes decir que no, porque cómo me vas a dejar así, no me puedes decir que no, no me puedes decir que no, NO ME PUEDES DECIR QUE NO. Fue él quien me pasó esa canción, que aún conservo en mi colección de música, y que siempre me recuerda (in)conscientemente a él y a su fuerza.

Aquel hombre que se masturbó en el vagón vacío del túnel de metro más largo del mundo nunca me pasó ninguna canción, así que solo se me asoma en los recuerdos cada vez que estoy sola con cualquier hombre en cualquier vagón de cualquier metro de cualquier mundo. Tampoco tengo ninguna canción que me recuerde a aquel compañero de clase en el instituto que me estampó contra el muro cuando rechacé ser su novia, porque no puedes ser tan simpática conmigo si no quieres nada más. Alguna canción en francés me recuerda a veces a David, quien rompió mi televisión a golpes al darse cuenta de que las únicas opciones pornográficas estaban codificadas. Y no es una canción, sino la sidra, la que me recuerda a aquel desconocido que me agarró una teta cuando me sujetaba el pelo mientras vomitaba. Por eso me dolió cuando me dijiste que había sido tu culpa, Gabriela, porque nos hacen pensar que siempre es nuestra culpa, incluso cuando no hacemos nada. Está muy bien tramado, ¿verdad? Al menos tú lo has denunciado, Gabriela, no como yo, que no he hecho nada y ya no creo que lo pueda hacer.

Dice la canción que voy a estar pronto contigo, mi amor, que llevo mucho tiempo esperando, que estoy contigo, mi amor, sigue, los dos solos, que voy a quedarme contigo, cariño, hasta que se me sequen los mares. No me explico por qué sigo conservando Sunshine of Your Love. Le Tigre, Ana Tijoux, Excuse 17 y las demás me empoderan, pero me olvido masoquistamente de borrar las canciones hirientes. ¿Será porque recordar las heridas pretéritas nos hace más fuertes?

Las cicatrices nos hacen más cautas, desde luego.

Y entonces entendí que mi ex era otro predicador más que tergiversa la Palabra {de Cream}, cuya letra dibuja en mí una cicatriz imborrable; que ellos, los violadores, o se dejan llevar por el Diablo —y por Dios— o son el Diablo —y se creen unos todopoderosos—, y en cualquier caso merecen ser castigados; que nos han violado y nos violan, pero que en algún momento del futuro no nos violarán nunca jamás, Gabriela, ya lo verás: las violaciones no serán nada más que parte de la historia macabra perpetuada por el Hombre [Hombre como sinónimo de hombres, no de Humanidad]. Alabada sea Diosa, diremos. Alabada sea la Señora.

Mi cadena de pensamientos se desviaba sin cesar, irremediablemente, hacia la argentina solita y Beatrix —que también estaba solita—, porque así evitaba acordarme de tus horrores, Gabriela. Aquellas mujeres tan solitas seguramente también sean las sobrinas de alguien. Y yo, yo también estoy solita. Y tú, Gabriela, también estás solita. Todas estamos solitas cuando estamos solas, pero tenemos derecho a estar solas y nos gusta estar solas y nos merecemos poder estar solas. Y nos tenemos las unas a las otras, que no se te olvide: nunca estaremos solas cuando nos necesitemos.

Vuelo en un rato a casa. El ~juicio final~ es la semana que viene —y quizás se celebre antes de que te llegue esta carta: el correo ordinario se me antoja mucho más romántico—. Ante todo, te pido que cruces los dedos, Gabriela: cruzar las piernas nunca nos sirvió de nada.

[Solitas fue el cuento más votado
del concurso XII Premio Joven de relato corto El Corte Inglés
del Club de escritura Fuentetaja]